Los efectos de Google (II)

El cuartel general de Google, en Mountain View, California –Googleplex– es la catedral de Internet, y la religión practicada entre sus paredes es el taylorismo. Eric Schmidt, uno de sus principales ejecutivos, dice que Google es “una compañía fundada en tono a la ciencia de la medida,” y que se está esforzando en “sistematizar todo” lo que hace. Tratando con terabyts de datos sobre modos de conducta que recoge a través de su buscador y de otros lugares, realiza millares de experimentos cada día, según la Harvard Business Review, y utiliza esos resultados para refinar unos algoritmos que controlan cada vez más cómo la gente encuentra información y el significado que extrae. Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo mental.

La compañía ha declarado que su objetivo es “organizar la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”. Intenta desarrollar “el buscador perfecto”, que define como algo que “entienda exactamente lo que pides y te devuelva exactamente lo que quieres”. En opinión de Google, la información es una especie de materia, un recurso utilitario que se pueda rastrear y procesar con eficacia industrial. Cuanto más sean los fragmentos de información a los que podamos “tener acceso” y cuanto más rápidamente podamos extraer lo esencial, más productivos llegaremos a ser como pensadores.

¿A dónde va todo eso? Sergey Brin y Larry Page, los dotados jovenes que fundaron Google mientras se doctoraban en informática en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su buscador en inteligencia artificial, un HAL -como una máquina que se pudiera conectar directamente con nuestro cerebro. “El último buscador es algo tan inteligente como la gente -o más”, dejo dichó Page el pasado año. “Para nosotros, trabajar en las búsquedas es una manera de trabajar en inteligencia artificial”. En una entrevista de 2004 aparecida en Newsweek, Brin dijo: “ciertamente, si tuvieras toda la información del mundo conectada directamente a tu cerebro, o a un cerebro artificial que fuera más inteligente que tu cerebro, no necesitarías el tuyo”. El año pasado, page en una convención de científicos que Google “está intentando construir realmente inteligencia artificial y hacerla a gran escala”.

Tal ambición es natural, incluso admirable, para un par de genios matemáticos con ingente efectivo a su disposición y un pequeño ejército de informáticos a su servicio. Siendo una empresa fundamentalmente científica, Google está motivada por el deseo de utilizar la tecnología, en palabras de Eric Schmidt, “para solucionar los problemas que antes nunca se habían solucionado”, y la inteligencia artificial es el problema más importante en ese sentido. ¿Por qué Brin y Page no habrían de querer hacerlo?

No obstante, esa sencilla aserción de que estaríamos mejor si nuestros cerebros fueran complementados, o incluso sustituidos, por una inteligencia artificial es inquietante. Sugiere la creencia de que la inteligencia es resultado de un proceso mecánico, una serie de pasos discretos que puedan ser aislados, medidos y optimizados. En el mundo de Google, el mundo en el que entramos cuando nos conectamos, hay poco lugar para la contemplación imprecisa. La ambigüedad no es un punto de inicio para comprender, sino una obsesión bien fijada. El cerebro humano es así un ordenador anticuado que necesita un procesador más rápido y un disco duro más grande.

La idea de que nuestras mentes deberían funcionar como máquinas de alta velocidad de proceso de datos no sólo está construida a partir de internet, es también el modelo comercial imperante en la red . Cuanto más rápidamente naveguemos por la red -más enlaces pinchemos y más páginas visitemos- más oportunidades tendrán Google y las otras compañías para recopilar información sobre nosotros y alimentar la publicidad. La mayoría de los propietarios del internet comercial obtienen parte de sus ingresos de la recogida del rastro de datos que dejamos tras nuestras visitas cuando vamos de enlace a enlace -cuantos más, mejor. Lo último que estas compañías quieren es animar a una lectura pausada o a un pensamiento tranquilo, concentrado. Su interés económico es llevarnos a la distracción.

Quizá sólo sea un agorero. En cuanto aparece cierta tendencia que glorifica el progreso tecnológico, hay un contrario dispuesto a contar lo peor de cada nueva herramienta o máquina. En el Fedro de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de la escritura. Temía que, si la gente confiaba en la palabra escrita como sustituto para el conocimiento que albergaban sus cabezas, entonces “dejarían de ejercitar su memoria y serían olvidadizos” . Dado que podrían “recibir cierta cantidad de información sin la instrucción apropiada”, “pensarían estar muy bien informados cuando en realidad serían absolutamente ignorantes”. “Henchidos de la presunción de sabiduría, pero sin poseer la verdadera sabiduría”.

“tú, que eres el padre de la escritura, le has atribuido una función opuesta a su función real a causa del orgullo que te inspira tu vástago. Aquellos que la adquieran dejarán de ejercitar su memoria y se convertirán en olvidadizos; se apoyarán en signos externos en lugar de en sus propios recursos internos” (Fedro)

Sócrates no estaba equivocado -la nueva tecnología tiene a menudo los efectos que tememos–, pero era corto de miras. No podría prever las muchas maneras en que la escritura y la lectura servirían para propagar la información, para estimular ideas frescas y ampliar el conocimiento humano (si no la sabiduría).

La llegada de la imprenta de Gutenberg, en el siglo XV, ya supuso un rechinar de dientes. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que la fácil disponibilidad de libros pudiera conducir a la holgazanería intelectual, haciendo a los hombres “menos estudiosos” y debilitando sus mentes. Otros sostuvieron que los libros y otros impresos baratos minarían la autoridad religiosa, degradarían el trabajo de eruditos y amanuenses, propagando la sedición y el libertinaje. Como advirtió Clay Shirky, profesor de la New York University, “la mayor parte de los argumentos utilzados contra la imprenta fueron correctos, incluso clarividentes”. Pero, de nuevo, los agoreros no pudieron imaginar las innumerables bendiciones que la palabra impresa esparciría.

Así pues, sí, debería desconfiar de mi escepticismo. Quizás los que despachan a los críticos de Internet como ludditas o nostalgicos acaben estando en lo cierto, y de nuestras mentes hiperactivas, alimentadas por todo un sinfín de datos, surgirá una época dorada de descubrimientos intelectuales y de sabiduría universal. Por otra parte, la red no es el alfabeto, y aunque pueda sustituir a lo impreso, produce algo completamente distinto. El tipo de lectura profunda que sugiere una secuencia de páginas impresas tiene valor no sólo por el conocimiento que adquirimos a través de las palabras del autor, sino por las reverberaciones intelectuales que esas palabras producen dentro de nuestras propias mentes. En los espacios reservados que despliega a tal fin la lectura continuada y concentrada de un libro, o cualquier otro acto de contemplación, hacemos nuestras propias asociaciones, extraemos nuestras propias inferencias y analogías, fomentando nuestras propias ideas. La lectura profunda, como señala Maryanne Wolf , es indistinguible del pensamiento profundo.

Si perdemos esos espacios reservados, o los llenamos de “contenido,” sacrificaremos algo importante no sólo en nosotros mismos sino en nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman describió de forma harto elocuente lo que nos jugamos:

Provengo de una tradición de la cultura occidental en la que el ideal (mi ideal) era una compleja, densa y quasi “catedralicia” estructura basada en la educación superior y en una personalidad bien forjada -un hombre o una mujer que acarreaban en su interior una personalidad construida y una única versión del conjunto de la herencia de Occidente. [Pero ahora] veo dentro de nosotros (yo incluido) cómo esa compleja densidad interior es reemplazada por un nuevo yo (self) – desarrollado bajo la presión de la sobreabundancia de información y de la tecnología de lo “instantáneamente disponible.”

A medida que nos despojamos de nuestro “repertorio interior de densa herencia cultural”, concluye Foreman, nos arriesgamos a convertirnos en “pancake people” -anchos pero delgados en cuanto nos conectamos con esa extensa red de información que el simple tacto de un botón pone a nuestro alcance”.

Me cautiva, añade Carr, la escena de la película 2001. Lo que la hace tan conmovedora, y tan extraña, es la respuesta emocional del ordenador cuando se le desconecta la mente: su desesperación cuando se apaga un circuito tras otro, su súplica infantil al astronauta: “Para, Dave. Tengo miedo. Tengo miedo, Dave. Dave, mi mente se está yendo. Puedo sentirlo. Puedo sentirlo” – y su reversión final a lo que solamente podemos denominar un estado de inocencia. El flujo de sensaciones de HAL contrasta con la falta de emoción con la que están caracterizadas las figuras humanas en la película, que van a lo suyo con una eficacia casi robótica. Sus pensamientos y acciones parecen programados, como si estuvieran siguiendo los pasos de un algoritmo. En el mundo de 2001, la gente se ha hecho tan maquinizada que el personaje más humano resulta ser una máquina. Ésa es la esencia de la profecía oscura de Kubrick: ya que confiamos en los ordenadores para que medien en nuestra comprensión del mundo, es nuestra propia inteligencia la que queda aplastada en la inteligencia artificial.

Esto es todo. Sugerente, ¿verdad?. Provocativo, también.

Como los contextos son importantes, diré que las ideas de Carr se han visto reforzadas por un estudio realizado a finales de 2007 por la National Endowment for the Arts: “To Read or Not to Read”. Al parecer, los chicos de instituto han empeorado su comprensión lectora en un 23 % entre 1992 y 2003. ¿Les suena de algo?

Añadamos algo más, en defensa de Carr, a partir de una noticia leída  en The Chronicle…

Tomemos el caso de Dalton A. Kehoe, profesor de la York University, en Toronto, un docente que ha ganado diversos premios por su forma de dar clase. Pues bien, no hace mucho le eligieron para par un curso en red de dos años de duración. Kehoe se puso frente a la cámara y empezó a grabar sesiones de 50 minutos, trasladando la práctica presencial. La desagradable sorpresa fue que las mismas lecciones que tanto valoraban sus estudiantes en el aula pasaron desapercibidas al verterse en línea. La razón: eran demasiado largas para el nuevo medio y la gente se aburría y las evaluaba negativamente. Es decir, como señalaba Carr, el entorno se apropia de ese contenido y le da un sentido diferente, de modo que lo que servía en un lugar no obtiene los mismos resultados en el otro.

Solución: Kehoe no tuvo que devanarse los sesos para advertir que tenía que recortar sus lecciones, así que decidió ofrecerlas en segmentos de veinte minutos, y lo mismo han hecho otros colegas. De hecho, Kehoe ya había notado que a partir de la media hora sus estudiantes presenciales perdían atención. Algunos llaman a eso “minilecciones” y, además, las enriquecen con otros recursos: se le puede pedir al estudiante que pare el video y que haga otra actividad, como ver una escena de una película o visitar un sitio de internet. Lo curioso es que, dado su éxito, hay quien está aplicando ese modelo a la asignatura presencial, reduciendo el tiempo de la lección y empleando el ordenador. Los estudiantes, encantados. Son efectos imprevistos, de ida y vuelta.

En cambio, otros ven en esta deriva un proceso de simplificación de la materia, reduciendo los contenidos y haciéndolos más “divertidos”. Podría decirse que en el medio está la virtud, cosa que no nos lleva a ningún sitio, pero lo significativo en este caso es reflexionar sobre cómo internet está modificando determinados hábitos y costumbres. En este caso, y más allá de lo que suponen los créditos ECTS y el proceso de Bolonia, la cuestión es  hasta qué punto cambiará nuestra forma de impartir la docencia.

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Una respuesta a “Los efectos de Google (II)

  1. La historia de los cambios, los grandes y los pequeños, es la historia de la humanidad. Frente a ellos siempre existe la posibilidad del temor, de la esperanza, de la sustitución. Si atendemos a los temores expresados en cada momento podemos ver que son razonables: Sócrates tenia razón cuando hablaba de la perdida existente en el paso de la discusión oral a la palabra escrita, su negativa a dejar escrito el flujo de los pensamientos porque se estancaba su dinamica, y a pesar de los escritos, la oralidad ha mantenido su curso dinamico pasando de generación en generación, las tradiciones y los saberes, enriquecidos con el paso del tiempo y del relator, esas palabras al viento son memoria y la memoria es condición del entendimiento. Los libros, reconociedo su inmenso valor, han generado tambien las interpretaciones erradas, las ideas cerradas, la exclusión, la escolastica, los fundamentalismos, la apropiación de la verdad por parte de algunos y entonces las imposiciones de poder. Tuvo que pasar mucha agua bajo los puentes para que la lingüistica lograra descifrar el lenguaje escondido bajo una capa de supuestos; solo al encontrar el orden del discurso escrito se logra entender la diversidad humana que ha existido desde siempre, el mito de la torre de babel se hace visible: con el hallazgo de la escritura nace, al igual que en este nuevo invento de la red virtual, la idea peregrina del absoluto, del lenguaje universal que nos iguala (Sócrates se debe estar riendo, con su cara de sorna), temores y esperanzas estarán siempre presentes porque cada una de esas oportunidades son parte del todo, que es el andar sin rumbo de la humanidad. Se han publicado cosas tan importantes como los pilares que dieron origen a las ciencias logrando que estas fuesen patrimonio de la humanidad, mientras tanto se ha publicado tanta basura, tanta vaguedad, que la especialización de los lenguajes particulares de cada disciplina separa, divide, y aleja a las grandes muchedumbres de los enormes contenidos de conocimiento e información. Hoy el nuevo universo de la inteligencia artificial parece responder a las diferencias, genera la sensación de que ahora si cabemos todos, que hay para todos, con la condición de dejarse llevar por el ORDENADOR UNIVERSAL, que bueno que podamos convivir con esa otra posibilidad, pero la memoria personal, el relato, el error, la contradicción, la posibilidad de no ser consumidor, la vaguedad, la duda, la autosorpresa, y la posibilidad de la aventura no prevista, de no ser programado, estarán, afortunadamente, esperando el turno para decir, para sentarse a escuchar al ilogico, al absurdo, al que estará buscando estar por fuera del sistema inventandose formas de pensar, almacenando memorias en palabras, en imagenes, en nolugares, en no-algoritmos.

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