Los efectos de Google: ¿somos más estúpidos? (I)

Nicholas Carr, autor del volumen The Big Switch: Rewiring the World, From Edison to Google, publica en Atlantic Monthly un provocador y sugerente artículo titulado; Is Google Making Us Stupid?

Dice Carr que en los últimos años ha tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, se había adueñado de su cerebro, reordenando su circuito neuronal, reprogramando su memoria. En suma, ya no piensa como pensaba. Eso lo advierte, por ejemplo, cuando lee, porque antes adentrarse en un libro o en un artículo largo no le suponía ningún esfuerzo, mientras que ahora suele perder la concentración con sólo pasar dos o tres páginas. La lectura profunda, que antes le venía naturalmente, ahora se ha convertido en una penalidad.

Carr cree haber hallado la razón: ha pasando mucho tiempo conectado, buscando, navegando, enlazando, visitanto Internet. La red ha sido un don del cielo para un escritor como él: periódicos, libros, imágenes, videos, blogs, etc. Es decir, la red se está convirtiendo en un medio universal, el conducto por el que le llega la mayor parte de la información que recibe. Pero eso tiene un precio. Como precisó Marshall McLuhan en los años sesenta, los medios no son canales pasivos de información, sino que suministran la materia del pensamiento, conforman el proceso de pensamiento. Ocurre, pues, que la mente espera ahora la información de la misma manera en la que la red la distribuye: como una rápida corriente de partículas. Si antes se veía como un submarinista en un mar de palabras, dice Carr, ahora se siente como si practicara esquí acuático.

Y no soy el único, añade. Cuando lo menciono a mis amigos y conocidos, veo que la mayoría tienen experiencias similares. Cuanto más utilizan la red, más tienen que luchar para concentrarse. Algunos blogeros también han comenzado a mencionar el fenómeno. Scott Karp, que mantiene un blog sobre medios en red, confesó recientemente que ya no acaba los libros. Bruce Friedman, que escribe regularmente sobre el uso de ordenadores en medicina, también ha descrito cómo Internet ha alterado sus hábitos mentales. “Ahora he perdido casi totalmente la capacidad de leer y absorber un artículo bastante largo, ya sea en la red o impreso”. Como patólogo que ha sido de la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, Friedman me dijo en una conversación telefónica: “Ya no puedo leer Guerra y Paz. He perdido la capacidad de hacer eso. Incluso una entrada en un blog de más de tres o cuatro párrafos me resulta excesiva. Sólo echo un vistazo”.

Un estudio recientemente publicado sobre los hábitos de la investigación en red, realizado en la Universidad de Londres, sugiere que podemos estar en medio de un cambio radical, que afecta a la manera en que leemos y pensamos. Como parte de un programa de investigación de cinco años, estos estudiosos examinaron los registros informáticos que documentaban el comportamiento de los visitantes a dos sitios populares, uno ofrecido por la Biblioteca Británica y otro por un consorcio educativo británico, que proporcionan acceso a artículos de revistas, e-libros y otras fuentes de información escrita. Encontraron que los usuarios mostraban un modo de lectura ligera, echando un vistazo, pasando de una fuente a otra, y que raramente volvían a alguna de las fuentes ya visitadas. Lo normal era leer no más de una o dos páginas de un artículo o de un libro antes de marcharse a otro sitio. Puede que a veces guardaran un artículo largo, pero no hay constancia de que volvieran y lo leyeran realmente. Dicen los autores del estudio:

“Está claro que los usuarios no están leyendo en línea en el sentido tradicional; de hecho, hay signos de que están emergiendo nuevas formas de “lectura”, en las que los usuarios navegan horizontalmente por los títulos, los contenidos centrales y los resúmenes. Casi parece que se conectaran para a evitar leer en el sentido tradicional”.

Gracias a la ubicuidad del texto en internet, hoy podemos leer más de lo que era posible antes. Pero es una clase distinta de lectura, y supone una forma distinta de pensar -quizá incluso un nuevo sentido de uno mismo. “No sólo somos lo que leemos”, señala Maryanne Wolf, psicóloga de la Tuff University y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain. “Somos cómo leemos”. Y ahora mismo, en la red priman la “eficacia” y la “urgencia”, que pueden debilitar nuestra capacidad para la clase de lectura profunda que emergió con la tecnología anterior, la de la imprenta. Cuando leemos en línea, dice Wolf, tendemos a ser “meros descodificadores de la información”. Nuestra capacidad de interpretar el texto se separa en buena medida de esa otra capacidad consistente en hacer conexiones mentales profundas, algo que sí ocurre cuando leemos detenidamente, sin distracción. Y esto es un problema, porque leer no es una habilidad instintiva, sino que tenemos que enseñar a nuestras mentes a traducir los carácteres simbólicos que vemos a un lenguaje comprensible.

En 1882, Friedrich Nietzsche se compró una máquina de escribir, una Malling-Hansen. Le fallaba la visión y mantener los ojos en la página había llegado a ser dolorosamente agotador, con frecuentes dolores de cabeza. Eso le había forzado a acortar su escritura y temió que pronto tuviera que dejarla. La máquina de escribir lo rescató, al menos por una época. Una vez que dominó la máquina, podía escribir con los ojos cerrados, usando sólo los dedos. Las palabras podían fluir de nuevo desde su mente al papel. Pero la máquina tenía un efecto más sutil en su trabajo. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, notó un cambio en el estilo de su escritura. Su ya concisa prosa había llegado a ser incluso más apretada, más telegráfica. “Quizá este instrumento te conduzca hacia un nuevo idioma”, le escribió el amigo en una carta, observando que, en su propio trabajo, los “pensamientos sobre la música y el lenguaje dependen a menudo de la calidad de la pluma y el papel”.

“Tienes razón”, le contestó Nietzsche, “nuestro equipo de escritura participa en la formación de nuestros pensamientos”. Bajo la influencia de la máquina, escribe el estudioso alemán Friedrich A. Kittler, la prosa de Nietzsche “pasó de la argumentación a los aforismos, de los pensamientos a los juegos de palabras, de la retórica al estilo telegráfico”.

Sabemos que el cerebro humano es casi infinitamente maleable. James Olds, un neurólogo que dirige el Krasnow Institute for Advanced Study at George Mason University, dice que incluso la mente adulta “es muy plástica”. Las células nerviosas rompen de forma rutinaria las viejas conexiones y forman otras nuevas. “El cerebro”, según Olds, “tiene la capacidad de reprogramarse sobre la marcha, alterando su forma de funcionamiento”. Así pues, a medida que utilizamos lo que el sociólogo Daniel Bell ha llamado nuestras “tecnologías intelectuales” – las herramientas que amplían nuestra capacidad mental más allá de nuestras posibilidades físicas- comenzamos a adquirir inevitablemente las cualidades de esas tecnologías. El reloj mecánico, de uso común a partir del siglo XIV, proporciona un ejemplo compelling. En Técnica y Civilización, el historiador y crítico cultural Lewis Mumford describe cómo el reloj “desasoció el tiempo de los acontecimientos humanos, ayudando a creer en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mesurables”. El “marco abstracto del tiempo dividido” se convirtió en “punto de referencia para la acción y el pensamiento”.

El tictac metódico del reloj ayudó a que apareciera un tipo determinado de mente científica y de hombre científico. Pero también eliminó algo. Como señaló Joseph Weizenbaum en su volumen de 1976 Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation (La frontera entre el ordenador y la mente, Pirámide, 1978), emergió una versión empobrecida de lo viejo, una que rechazaba las experiencias directas que estaban en su base, y que constituían la vieja realidad. Al decidir así cuándo comer, trabajar, dormir o levantarse, dejamos de escuchar a nuestros sentidos y comenzamos a obedecer al reloj.

El proceso de adaptación a las nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las metáforas cambiantes que utilizamos para explicarnos a nosotros mismos. Cuando llegó el reloj mecánico, la gente comenzó a pensar en sus cerebros como si fueran mecanismos. Hoy, en la edad del software, los imaginamos como ordenadores. Pero los cambios, según nos dice la neurología, son mucho más profundos que lo que expresan esas metáforas. Gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación ocurre también a nivel biológico.

En particular, Internet promete tener efectos de envergadura en la cognición. En 1936, el matemático británico Alan Turing publicó un texto en el que probaba que una computadora digital, que entonces sólo era una máquina teórica, se podría programar para realizar la función de cualquier otro dispositivo para procesar información. Y eso es lo que estamos viendo hoy. Internet, un sistema de computación de alcance inconmensurable, está subsumiendo la mayor parte de nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestro periódico y nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestra radio y nuestra televisión.

Cuando la red absorbe un medio, ese medio es recreado en la imagen de la red. Inyecta el contenido del medio con enlaces de hipertexto, anuncios centelleantes y otras fruslerías digitales, rodeando el contenido con el del resto de medios que ha absorbido. Un nuevo correo electrónico, por ejemplo, puede anunciar su llegada cuando estamos repasando los titulares de un periódico. El resultado es el de dispersar nuestra atención y relajar nuestra concentración.

La influencia de la red no se acaba en los bordes de una pantalla de ordenador. Los medios tradicionales también han de adaptarse a las nuevas expectativas de la audiencia. Los programas de televisión incluyen textos en sobreimpresión y pequeños anuncios, mientras los periódicos recortan sus artículos o introducen resúmenes. Cuando este año el New York Times decidió dedicar la segunda y tercera páginas de cada edición a poner extractos de artículos, su director de diseño, Tom Bodkin, explicó que esos “atajos” permitirían que los lectores apresurados echaran un vistazo rápido a las noticias del día, ahorrándoles el método “menos eficiente” de pasar las páginas y leer los artículos. No queda más remedio que jugar con las reglas de los nuevos medios.

Nunca un sistema de comunicaciones desempeñó tantos papeles en nuestro vida-o ejerció tal influencia sobre nuestro pensamiento- como internet lo hace hoy. Con todo, con lo que se escribe sobre la red, hay poco análisis sobre cómo nos está reprogramando. Las éticas intelectuales de la red siguen siendo oscuras.

Casi en el momento en que Nietzsche comenzó a usar su máquina de escribir, un joven serio llamado Frederick Winslow Taylor llevó un cronómetro a la planta siderúrgica de Midvale en Filadelphia , iniciando una serie histórica de experimentos dirigidos a mejorar la eficacia de los maquinistas de la planta. Contando con la aprobación de los dueños, reclutó un grupo de operarios para trabajar en varias máquinas metalúrgicas, registrando y midiendo el tiempo de cada movimiento, así como las operaciones de las máquinas. Analizando cada parte del trabajo en una secuencia de pequeños pasos, discretos, y probando después diferentes maneras de realizar cada uno de ellos, Taylor creó un sistema de instrucciones precisas -“algoritmos” exactos, diríamos hoy- sobre cómo debía trabajar cada operario. Los empleados de Midvale se quejaron del nuevo régimen, señalando que les converetía casi en autómatas, pero la productividad de la fábrica mejoró.

Más de cien años después de la invención del motor a vapor, la Revolución industrial encontró su filosofía y su filósofo. La ajustada coreografía Industrial de Taylor -su “sistema,” como le gustaba llamarlo- fue abrazado por los fabricantes de todo el país y, con el tiempo, de todo el mundo. Buscando la máxima velocidad, la máxima eficacia y la máxima producción, los fabricantes utilizaron esos estudios para organizar su trabajo y configurar el de de sus operarios. El objetivo, como Taylor lo definió en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management (Principios de la Administración Científica), era identificar y adoptar, para cada trabajo, el “mejor método” de trabajo y, de ese modo, permitir “la sustitución gradual de los métodos empíricos por los científicos en todas las artes mecánicas”. Una vez que su sistema fuera aplicado a todos los actos del trabajo manual, Taylor aseguró a sus seguidores que ello supondría una reestructuración tanto de la industria como de la sociedad, creando la utopía de la perfecta eficiencia. “En el pasado el hombre ha sido lo primero”, señaló, “en el futuro debe serlo el sistema”.

En buena medida, el sistema de Taylor todavía sigue entre nosotros; informa la ética de la fabricación industrial. Y ahora, gracias al creciente poder que los ingenieros informáticos y los creadores de software tienen en nuestras vidas intelectuales, la ética taylorista está comenzando a gobernar también el reino de la mente. Internet es una máquina diseñada para recolectar, transmitir y manipular información de forma eficiente y automatizada. Sus legiones de programadores siempre están atentas para encontrar el “mejor método” – el perfecto algoritmo- para realizar cada movimiento mental de eso que hemos convenido en describir como “trabajo del conocimiento”.

Continuará…

Anuncios

8 Respuestas a “Los efectos de Google: ¿somos más estúpidos? (I)

  1. profesor Pons

    Ha logrado articular una gran cantidad de elementos sugerentes que permiten reconocer ese giro en la forma como se piensa, específicamente en el campo de las humanidades. ¿hay algún indicio de las transformaciones que han aparecido en campos como la filosofía?
    Creo que un elemento central en la actual transformación y la forma como es vista desde las humanidades tiene que ver tambien con el carácter técnico que se le atribuye a todo lo que se relaciona con informática. En realidad, las humanidades son un campo de disputa en términos de la fijación con el medio impreso que han tenido.

  2. Todos los hijos de la sociedad moderna como yo, de la cosecha del 1990, deberíamos ser más autocríticos y no cegarnos por las bondades de Internet. Agradezco artículos así que amplíen mis miras más allá de blogs y opiniones que no paran de alabar las novedades de Internet y la revolución social que ha supuesto. Google me ha ayudado a ser más vago y a contrastar menos la información, aunque esto también tiene una parte de culpa mía.

  3. El articulo apunta a una de las preocupaciones actuales: la idea de la red como el gran almacen de información acsequible para todos, ha creado la ilusión de multiplicar las posibilidades de la inteligencia, la memoria ahora no reside en el sujeto, se ubica en lugares virtuales ajenos al individuo, reduciendo su capacidad de relacionar elementos diversos y por lo tanto de generar conocimiento nuevo, el acto de establecer “links” supone la posibilidad de aumentarlos pero estos se comportan como relaciones secuenciales, azarosas y sin un sentido concreto, el conocimiento así no es un producto de la percepción sino de la opción. Las representaciones producidas por estos medios se reflejan en las construcciones musicales con samplers, en resultados y no en reflexiones. Hay un cambio en el uso que persigue la imaginación simbolica, pienso que ante el temor por el dominio de las maquinas, con el desarrollo de la inteligencia artificial, estamos adquiriendo este tipo de inteligencia que talvez sirva para el funcionamiento de un mundo muy eficiente, y humanos robotizados sin necesidad de construir maquinas complejas que lo sustituyan. A este paso tendremos especimenes estandarizados con iso-9000 en lugar de hoja de vida.

  4. Pingback: ¿Qué es un libro? « Clionauta: Blog de Historia·

  5. Pingback: Los males de internet « Clionauta: Blog de Historia·

  6. Pingback: Los males de internet « Clionauta: Blog de Historia·

  7. Pingback: Geert Lovink: Web 2.0 « Clionauta: Blog de Historia·

  8. Pingback: Geert Lovink: Web 2.0 « Clionauta: Blog de Historia·

Los comentarios están cerrados.