Raymond Williams, vida y obra de los estudios culturales

Dai Smith, profesor de historia cultural en la Swansea University acaba de presentar Raymond Williams: A Warrior’s Tale, un volumen de 450 páginas editado por la editorial galesa Parthian, dentro de la que pasa por ser su más prestigiosa colección: Library of Wales. El momento parece el adecuado, ahora que se ci¡umplen veinte años de su muerte.

Además, la cosa resulta interesante, porque como señaló David Hare en una reseña aparecida en The Guardian, si uno busca a Williams en Google obtiene más resultados que si hace lo propio con todos los autores de la New Left juntos, que ya es decir. Si a ello unimos que fue una persona poco dada al cotilleo y la farándula académica, es decir, que guardaba celosamente su intimidad, el resultado es la creación de una cierta aura que nunca viene mal desentrañar.

Al parecer, Smith se centra exclusivamente en los primeros 40 años de la vida de Williams. Su intención es constatar que nunca se vio como un crítico, al menos no en el sentido rencoroso y malintencionado que se destilaba en la Universidad de Cambridge. No, Raymond Williams quiso ser dramaturgo, más bien un novelista.

Nacido en la localidad galesa de Pandy en 1921, Williams vio su educación fronteriza como ejemplo de lo deseable en su idea de sociedad. Estando en la Universidad, durante un seminario impartido por el crítico y estudioso shakespeariano Lionel Charles Knights, le escuchó sostener el argumento de Leavis según el cual, debido a la deshumanización producida por la Revolución industrial, era muy posible que ninguna persona moderna pudiera experimentar lo que significó para Shakespeare la palabra “vecino”. Williams le interrumpió de inmediato, haciéndole ver que al menos él sí que sabía perfectamente lo que significaba, porque los había tenido en abundancia entre la clase trabajadora que habitada la comunidad galesa en la que se había criado. Esa fue su línea de acción. Williams siempre insistió en sus raíces (hijo de un ferroviario para quien la lucha de clases era algo palpable) y las proyectó en su mirada analítica, de forma polémica.

Lo anterior no ahorra las contradicciones, propias de todo ser humano, algo con lo que el biógrafo Smith también ha de lidiar en el caso de Williams, sobre todo en los asuntos familiares, pero también en su vida académica. Todo parece indicar, señala el autor de la reseña, que Williams se pasó la vida – al igual que muchos de los de esas clases altas a las que imitó con frecuencia – usando las buenas maneras, pero como medio para mantener las distancias. Aunque su proyecto aparente fuera la comunidad y el progreso del bien común, su propio comportamiento le hizo quedar encerrado y feliz en sus investigaciones, dedicándose más a incontables dramas y novelas inéditos que a promover la lucha en las barricadas sociales. Y eso que nunca abandonó su admiración por los militares (“As a wartime soldier I have learned to respect the regular army. Its traditions, its experience and its sacrifice were the leaven that saved England”), cosa que tampoco le impidió ser enjuiciado al abogar por el pacifismo en 1951 para evitar ser reclutado para la Guerra de Corea.

Así pues, Williams se tenía por un escritor imaginativo, algo que no pudo demostrar, y los demás le respetaban por ser una autoridad en el campo de la crítica cultural. Lo cual crea ciertas paradojas no siempre bien resueltas por el biógrafo. Quizá porque aquél se consideraba un artista, éste salva buerna parte de esa obra literaria inédita. Quizá por tenerse como tal tenía comportamiento excéntricos y a veces crueles, como cuando rompió secamente su amistad de años con Michael Orram, con quien había planeado tantas películas, sin prácticamente volver a dirigirle la palabra. Acaso por esa actitud dijo de sus colegas de la New Left , para quienes redactó el May Day Manifesto de 1968, que eran agradables, aunque pensaran de él que tenía “las uñas mugrientas”.

La reseña de The Guardian concluye señalando que éste es un libro de mérito y muy bueno, aunque a veces la escritura sea complicada y tortuosa, a la altura, eso sí, de lo intricado de algunos argumentos de Williams. Smith defiende que lo que hace de Williams un autor vivo es su instinto democrático de generosidad y su fidelidad a sus orígenes y a su ideología: “I am of my tribe”, dijo en cierta ocasión. A diferencia de muchos de sus colegas de izquierda, jamás mostró condescendencia o desdén. Por lo demás, desconfiaba de los comunistas, a los que él una vez llamó charlatanes de clase alta; y por la misma razón tenía aversión a los Leavisistas: porque eran unos esnobs. Así pues, para quien tituló uno de sus ensayos con aquello de “Culture is Ordinary”, “when Marxists say we are living in a dying culture, and that the masses are ignorant, I have to ask them … where on earth they have lived. A dying culture and ignorant masses are not what I have known and see”.

Todo eso es lo que más o menos señala David Hare en el mencionado rotativo britámico, pero en esas mismas páginas Terry Eagleton ha sido aún más entusiasta, lo cual era comprensible, y ha calificado el volumen de soberbio. Su colofón, en la senda habitual de sus escritos, es como sigue:

“These days the conflict between civilisation and barbarism has taken an ominous turn. We face a conflict between civilisation and culture, which used to be on the same side. Civilisation means rational reflection, material wellbeing, individual autonomy and ironic self-doubt; culture means a form of life that is customary, collective, passionate, spontaneous, unreflective and arational. It is no surprise, then, to find that we have civilisation whereas they have culture. Culture is the new barbarism. The contrast between west and east is being mapped on a new axis.

The problem is that civilisation needs culture even if it feels superior to it. Its own political authority will not operate unless it can bed itself down in a specific way of life. Men and women do not easily submit to a power that does not weave itself into the texture of their daily existence – one reason why culture remains so politically vital. Civilisation cannot get on with culture, and it cannot get on without it. We can be sure that Williams would have brought his wisdom to bear on this conundrum”.

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