Robert Darnton: libros y bibliotecas en la era digital

El negocio de la digitalización de libros anda tan revuelto como siempre, con algunos parabienes y cierto sinsabor. De los primeros hay muchos ejemplos, como el enorme partido comercial que extrae Amazon al ofrecer a sus usuarios el famoso “Search inside”, que no sólo permite leer de forma gratuita una parte del libro en cuestión sino buscar cualquier palabra en su interior. Y, por supuesto, está el caso paradigmático, y también lucrativo, de Google con su Google Book Search. En ese sentido, dicha empresa anunció hace varias semanas que ya había escaneado un millón de ejemplares de los fondos de la biblioteca de la Universidad de Michigan. El logro había recaído en un volumen de astronomía, fechado en 1896 y titulado Maria Mitchell, Life, Letters and Journals, una obra que, por otra parte, ya estaba disponible gracias a la modesta trascripción del proyecto Gutenberg. Pero no se asusten, que el convenio con dicho centro aún tardará en completarse, pues quedan otros seis millones y medio de volúmenes esperando su turno.

En cambio, Microsoft no gana para disgustos. Hay quien dice que ha demostrado tener mala vista, a juzgar por lo que anunció uno de sus blogs el pasado 23 de mayo: “Today we informed our partners that we are ending the Live Search Books and Live Search Academic projects and that both sites will be taken down next week”. Así que, fin de la historia, no han podido competir con Google Book Search, a pesar de tener ya digitalizados 750 mil libros y ochenta millones de artículos, y han creído que por ese camino no iban a obtener los beneficios esperados.

Pues bien, de algo de eso y de mucho más habla nuestro admirado Robert Darnton en “The Library in the New Age“, un artículo aparecido en The New York Review of Books del 12 de junio. Un tema que le viene como añillo al dedo a este blog y al propio Darnton, que ha dejado Princeton y ha vuelto a su casa, pues en Harvard se graduó, tras haber sido nombrado el pasado verano Carl H. Pforzheimer University Professor y, sobre todo, director de la Harvard University Library. Qué mejor que un bibliotecario hablando de libros y bibliotecas, uno que además es especialista en la historia del libro!

A lo que vamos. No es cuestión de traducir el ensayo al completo, así que haré como Amazon y les ofreceré un excerpt, los primeros párrafos. La traducción completa y mejorada, que haremos  mi compañero Justo Serna y un servidor, aparecerá en Pasajes, en el número que ya he anunciado y que ambos coeditaremos:

“Podríamos decir que la información circula a nuestro alrededor de forma vertiginosa y que su tecnología  está cambiando a una velocidad desconcertante, de modo  que hemos de afrontar un problema fundamental: ¿Cómo orientarse en el nuevo paisaje? ¿Qué ocurrirá, por ejemplo, con las bibliotecas de investigación frente a maravillas tecnológicas tales como Google?

¿Cómo captar el sentido de todo eso? No tengo ninguna respuesta a esa pregunta, de modo que sólo me queda proponer una aproximación: proyectar la mirada sobre cómo se ha comunicado la información en el pasado. Dicho en pocas palabras, podría decir que ha habido cuatro cambios fundamentales en la tecnología de la información desde que los seres humanos aprendieron a hablar.

En alguna parte, alrededor del 4000 a.c., los seres humanos empezaron a escribir. Los jeroglíficos egipcios pertenecen al 3200 a.c., la escritura alfabética se data en el 1000 a.c. Según dicen  algunos estudiosos, como Jack Goody, la invención de la escritura fue el avance tecnológico más importante de la historia de la humanidad. Transformó la relación de la gente con su pasado y abrió una vía para que el el libro emergiera con fuerza en la historia.

La historia de los libros condujo a un segundo cambio tecnológico cuando el códice substituyó al rollo en algún momento de las primeras décadas de la era cristiana. Durante el siglo III, el códice -es decir, libros con páginas que uno podía pasar, en comparación con los rollos que se tenían que desenvolver- devino crucial para la propagación del cristianismo. Transformó la experiencia de la lectura: la página emergió como una unidad de percepción, y los lectores podían hojear a través de un texto claramente articulado, uno que eventualmente incluía palabras diferenciadas (es decir, palabras separadas por espacios), párrafos y capítulos, además de índices y otras ayudas para el lector.

A su vez, el códice fue transformado por la invención de la imprenta de tipos móviles en la década de 1450. A decir verdad, fueron los chinos quienes lo idearon en torno a 1045, y los coreanos utilizaron carácteres de metal sustituyendo a  los bloques de madera alrededor del 1230. Pero la invención de Gutenberg, a diferencia de lo ocurrido en el Extremo Oriente, se extendió como un reguero de pólvora, haciendo que el libro estuviera al alcance de círculos cada vez más amplios de lectores. Durante casi cuatro siglos la tecnología de la imprenta no cambió, pero el público lector creció cada vez más, gracias a las mejoras en la instrucción, la educación y el acceso a la palabra impresa. Los folletos y los periódicos, impresos por prensas movidas a vapor sobre papel hecho de pulpa de madera y no de trapos, ampliaron el proceso de democratización hasta el punto de que apareció un público lector masivo durante la segunda mitad del siglo XIX.

El cuarto gran cambio, la comunicación electrónica, sucedió ayer, o anteayer, según cómo lo midamos. Internet se fecha a partir de 1974, al menos como término. Se desarrolló a partir de ARPANET, que es de 1969, y de experimentos anteriores en la comunicación entre redes de ordenadores. La Web comenzó como un medio de comunicación entre físicos en 1981. Los Web site y los motores de la búsqueda llegaron a ser comunes a mediados de los 90. Y a partir de aquí todos sabemos la sucesión de nombres que han hecho de la comunicación electrónica una experiencia diaria: navegadores tales como Netscape, Internet Explorer y Safari, así como motores de la búsqueda del tipo de Yahoo y Google, este último fundado en 1998.

Cuando ocurre de este modo, el ritmo del cambio parece impresionante: de la escritura al códice, 4.300 años; del códice al tipo móvil, 1.150 años; del tipo móvil a Internet, 524 años; de Internet a los buscadores, diecinueve años; de los buscadores a la clasificación algorítmica de Google, siete años; ¿y quién sabe lo que nos espera a la vuelta de la esquina o lo que ahora mismo está en proyecto?

Cada cambio tecnológico ha transformado el paisaje de la información, y la aceleración ha continuado a tal ritmo que parece imparable e incomprensible. A largo plazo -utilizando esa mirada que los historiadores franceses denominan la larga duración— el marco general parece bastante claro -o más bien mareante. Pero al presentar los hechos de este modo, he conseguido que nos condujeran a una conclusión excesivamente dramática. Los historiadores, tanto los americanos como los franceses, utilizan a menudo esos trucos. Si reordenamos los acontecimientos es posible obtener un dibujo distinto, uno que acentúe la continuidad en vez del cambio. La continuidad que tengo en mente tiene que ver con la propia naturaleza de la información o, dicho de otro modo, con la inherente inestabilidad de textos. En lugar de la mirada a largo plazo de las transformaciones tecnológicas, que subyace a la extendida opinión de que acabamos de entrar en una nueva era, la de la edad de la información, quiero sostener que cada edad fue una edad de la información, cada una a su modo, y que la información ha sido siempre inestable”.

Bien, el resto tendrán que leerlo en inglés. O esperar a que aparezca en la revista Pasajes.

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2 Respuestas a “Robert Darnton: libros y bibliotecas en la era digital

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