La Revolución francesa de Michelet

Una gran noticia, desde luego, la nueva versión de los tres volúmenes de La Historia de la Revolución Francesa de Jules Michelet (Ediciones Ikusager, de Vitoria). La empresa parte de la traducción que hiciera Blasco Ibáñez (Valencia, Biblioteca Popular, 1898-1900) e incluye los célebres grabados de Daniel Urrabieta Vierge (como hiciera en 1982 la Editora de los Amigos del Círculo del Bibliófilo), pero en este caso la versión se actualiza y se añaden los capítulos mutilados en esta edición española (hubo otras versiones en Argentina).

Quizá quien mayor pasión puso en desentrañar a Michelet fue Roland Barthes y a cuenta de eso escribimos hace unos años (acopiándome en Cómo se escribe la microhistoria con mi amigo Justo Serna ) que “Michelet fue para Barthes un écrivain y no tanto un écrivant, es decir, jamás escribió acomodándose a una koïné normativa. Fue, por contra, un auténtico creador capaz de una escritura propia, sobre todo personal, y en la que se encarnaría con incisiones profundas el yo del historiador. Gracias a esa cualidad, desplegaría un arte pulsional, viene a decir Barthes, un arte que introduciría directamente el cuerpo en el lenguaje. Con Michelet, nos las veríamos, pues, con un historiador excesivo, dueño de un significante suntuoso y escéptico con la operación reificadora de los hechos postulada por el positivismo”.

Todo eso y mucho más lo expuso Barthes en su Michelet (FCE), sobre el que señalábamos: “Como nos recordaba Louis-Jean Calvet, Roland Barthes se había enfrentado a la lectura de Michelet en unas condiciones muy especiales, en concreto hacia 1945, es decir, con treinta años y cuando se resentía de una tuberculosis que le impedía una vida profesional activa y le apartaba de lo que después sería su dedicación plena a la escritura. Michelet fue para él una obsesión y un lenitivo, una huida del tedio y una forma peculiar de autoinspección. Fue, además, un objeto de análisis y un referente intelectual que, a pesar de su posterior evolución o tal vez por ello mismo, jamás abandonó o desdeñó”.

Lo volvió a reiterar Barthes en su célebre lección inaugural en el Collège de France (El placer del texto y Lección Inaugural, Siglo XXI), reconociendo que le debía “haber descubierto, desde el origen de mi vida intelectual, el sitio soberano de la Historia entre las ciencias antropológicas, así como la fuerza de la escritura cuando el saber acepta comprometerse con ella”.

“En el orden del saber, para que las cosas se conviertan en lo que son, lo que han sido, hace falta este ingrediente: la sal de las palabras. Este gusto de las palabras es lo que torna profundo y fecundo al saber. Sé por ejemplo que muchas de las proposiciones de Michelet son recusadas por la ciencia histórica, pero ello no impide que Michelet haya fundado algo así como la etnología de Francia, y que cada vez que un historiador desplace el saber histórico, en el sentido más lato del término y cualquiera que fuera su objeto, encontremos en él simplemente una escritura”.

Así es, en efecto. Desplazado en el contenido, nos queda la forma y el autor, un Michelet que se habría inspirado (diría H.White) en la denostada estética de lo sublime.

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