Las lenguas de Eros (George Steiner)

My Unwritten Books (New Directions, 2008), de próxima aparición en castellano, es el último volumen de Steiner, una reflexión sobre las “partes privadas” del habla. Como adelanto, el rotativo mexicano  El Universal   ha ofrecido un extracto a sus lectores. Empieza así:

“¿Cómo es la vida sexual de un sordomudo? ¿Bajo qué estímulos y con qué ritmo él o ella se masturban? ¿Cómo siente el sordomudo la libido y el orgasmo? Sería extremadamente arduo obtener evidencia confiable. No conozco ninguna investigación sistemática al respecto. No obstante, el asunto es de primordial importancia. Se relaciona con los centros nerviosos de las interrelaciones entre Eros y lenguaje. Lleva a un primer plano desconcertante el tema decisivo de la estructura semántica de la sexualidad, de sus dinámicas lingüísticas. El sexo es hablado y oído, en voz alta o en silencio, externa o internamente, antes, durante y después de la relación sexual. Estas dos corrientes comunicativas, estas dos realizaciones son indisolubles. La eyaculación forma parte de ambas. La retórica del deseo es una categoría del discurso en la cual la generación neurofisiológica del habla y del acto sexual se comprometen entre sí. La puntuación es análoga: el orgasmo masculino es un signo de admiración. Lo que se conoce de la sexualidad de los ciegos demuestra las funciones cardinales de la representación internalizada, de la imaginería verbalizada, en la cual valores lingüísticos y táctiles informan y se refuerzan entre sí. En ninguna otra interfase del tejido humano los componentes neuroquímicos y lo que asumimos como los circuitos de la conciencia y la subconciencia están tan íntimamente fundidos. Aquí la mentalidad y lo orgánico componen una sinapsis unificada. La neurología adscribe los reflejos sexuales al sistema nervioso parasimpático. La psicología aduce impulsos y respuestas voluntarios cuando analiza conductas sexuales humanas. El propio concepto de “instinto”, apenas comprendido, distingue la zona de interacción crucial entre lo carnal y lo cerebral, entre los genitales y el espíritu. Zona que está saturada de lenguaje.

Los elementos de esta inmersión lingüística -nos movemos dentro y fuera del habla cuando preparamos, sostenemos y recordamos las relaciones sexuales- son tan numerosos e intrincados, la narrativa se encuentra bajo tales presiones emocionales, que hace imposible cualquier índice comprehensivo o clasificación aceptada. Se supone que el habla es a un tiempo universal y privada, colectiva e individual. Toda mujer u hombre sin defectos echa mano en forma automática del almacén preexistente y disponible de palabras y estructuras gramaticales. Nos movemos dentro del diccionario y la gramática de lo posible. Elaboramos nuestro idioma en relación proporcional con nuestras capacidades mentales, medio social, escolaridad, situación geográfica y herencia histórica. Pero aun cuando se encuentre en el mismo medio étnico, económico y social, y en el mismo ethos colectivo, todos y cada uno de los seres humanos, desde el estúpido y apenas articulado hasta el rico en palabras, desarrolla un “idiolecto” más o menos eficiente, es decir, un código de medios sintácticos y léxicos particulares de cada uno. Apodos, asociaciones fonéticas, referencias encubiertas subrayan tales singularidades. Cuando no se trata de una tautología propositiva, como en la lógica formal y simbólica, el lenguaje, incluso el rudimentario, es polisémico, posee varios niveles y expresa intencionalidades sólo imperfectamente reveladas o articuladas. Encripta. Esta encriptación puede muy bien ser perceptible, partir de recuerdos compartidos, aspiraciones históricas, contextos políticos y sociales. Pero asimismo puede encerrar necesidades y significados esenciales, individuales, intensamente privados. El lenguaje es por sí y para sí políglota. Contiene mundos. Piénsese tan sólo en el lenguaje de los niños. Con mucha frecuencia, la enunciación articulada es la punta del iceberg de significados sumergidos, implícitos. Cuando hablamos, oímos “entre líneas”. Comprender, entender, son actos de desciframiento intencional, de decodificación”.

Hay algunos párrafos más en el citado El Universal.

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