Terror y martirio en el mundo islámico

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Terreur et  martyre. Relever le défi de civilisation. Así se titula el libro que el pasado tres de marzo ha publicado  el conocido estudioso Gilles Kepel (Flammarion, 224 páginas). Retomando sus celebrados estudios anteriores, Kepel se centra ahora en buena medida en los hechos y acontecimientos que envuelven   el 11 de septiembre de 2001. Pasa revista a la evolución del radicalismo musulmán, por supuesto,  descifrando  los discursos de Ben Laden,   los comunicados de Zawahiri o los mensajes de Zarqawi. La catástrofe, el antes y el después le conducen a una tesis: hay dos lineas maestras que se disputan   el control del Islam a la era digital, el terror y al martirio,  “una dialéctica mortífera”. Así que no hay frente, como se ha dicho, porque en esta guerra el frente está por doquier.

El libro coincide, además, con un artículo aparecido unos días antes en Le Figaro  con motivo de la visita de  Ahmadinejad a la capital iraquí y que al poco ha traducido El País. El texto se titula   “L’Europe doit maintenant relever le défi d’Ahmadinejad” y   no dice nada nuevo, puesto que sigue a grandes rasgos las conclusiones  de un reciente  informe redactado para los servicios de inteligencia americanos (National Intelligence Estimate). De hecho, algo parecido se puede leer, sobre las mismas bases, en el último número del New York Review of Books. La diferencia con los autores de este último artículo es que Kepel no cree que los amigos americanos estén dispuestos a asumir sus responsabilidades o que, en todo caso,   es más escéptico sobre esa eventualidad. Así que, arrimando el ascua a la sardina europea,  concluye del siguiente modo:

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“Sin embargo, el presidente iraní, que llegó ayer a Bagdad, no tiene una situación mejor dentro de sus propias fronteras que su colega George W. Bush. La política de enfrentamiento -al menos verbal- con EE UU, Israel y Occidente se ha traducido en el empobrecimiento del país debido a las sanciones económicas y financieras, a pesar del alza extraordinaria de los precios de los hidrocarburos, que no reporta ningún beneficio a los ciudadanos iraníes, a diferencia de sus vecinos árabes del Consejo de Cooperación del Golfo. La generación Pasdaran -Ejército y milicias de los Guardianes de la Revolución- a la que representa está en conflicto con un clero asustado por su carácter aventurero y con las clases medias iraníes, que viven en sintonía con Occidente gracias a las parabólicas y no entienden por qué se les impide el acceso a la prosperidad cuando los precios del crudo sobrepasan los 100 dólares por barril. Ante esta alianza que amenaza con hacerle perder las elecciones legislativas del 14 de marzo, Ahmadineyad cuenta con que esta visita le permita adquirir una categoría de jefe de Estado con reconocimiento internacional. Pero cualquier negociación y cualquier esbozo de diálogo con Occidente serán de provecho, ante todo, para los reformistas, y ése es el dilema del presidente iraní. Lo paradójico es que su fuerza procede del bloqueo que ejerce en varias situaciones: sobre las elecciones presidenciales libanesas a través de Hezbolá, sobre el reconocimiento de Israel, etcétera. Empezar a negociar puede suponer para él, ante sus adversarios interiores, el beso de la muerte.

 La política del Gobierno de Bush, la guerra contra el terror que iba a reorganizar Oriente Próximo bajo la batuta de Estados Unidos, ha fracasado en el marasmo iraquí; la apoteosis islamista prometida por Bin Laden, Zawahiri y compañía, gracias a la yihad y el martirio, no ha conseguido movilizar a las masas árabes, y el Estado islámico de Irak en embrión que Al Qaeda ha instaurado en las provincias suníes va camino de ser un aborto, sin ningún elemento de realidad más que en Internet. El enemigo común de Bush y Bin Laden, el Irán chií y revolucionario, está hoy en condiciones de negociar. La presidencia estadounidense, deslegitimada por su fracaso y desfavorecida por la incertidumbre electoral, no puede recoger el guante; por consiguiente, es Europa la que debe mostrar el camino, en colaboración con los Estados árabes del Consejo de Cooperación del Golfo, un órgano creado en 1981 contra Irán pero que acogió a Ahmadineyad en su última cumbre, celebrada en Qatar. Este desafío -que es un desafío de civilización- será una de las principales tareas de la presidencia francesa de la UE: es preciso que calculemos lo que está en juego y manifestemos la voluntad política necesaria.”.

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