Jared Diamond: el factor 32

Una buena manera de empezar el año, para seguir con los propósitos de enmienda, es este texto del magnífico geógrafo  Jared Diamond, aparecido en el New York Times, el 2 de enero de 2008.

Para los matemáticos, el 32 es un número interesante: es 2 elevado a la quinta potencia, es decir, 2 por 2 por 2 por 2 por 2. Para los economistas, el 32 es aún más especial, porque mide la diferencia de nivel de vida entre el primer mundo y los países en desarrollo. Los promedios de consumo de recursos como el petróleo y los metales, así como los índices de  desechos generados como los plásticos y los gases de efecto invernadero, son   32 veces más altos en Norteamérica, Europa occidental, Japón y Australia de lo que lo son en el mundo en desarrollo. Ese factor 32 tiene consecuencias importantes.

Para entenderlas, consideremos nuestras preocupaciones con respecto a la población mundial. Hoy en día  hay más de seis billones y medio de personas, y ese número puede ascender a nueve billones en medio siglo. Hace varias décadas, eran muchos  los que consideraban que el aumento de la población constituía el principal  desafío que la humanidad tenía ante sí. Ahora nos hemos dado cuenta  que eso sólo importa   si lo ponemos en relación con lo que la gente consume y produce. Si la mayor parte de las personas del mundo, esos   6.5 billones,  estuvieran en hibernación y no metabolizaran ni consumieran,  no habría problemas de recursos. Lo qué realmente importa es el consumo total del mundo, la suma de todos los consumos locales, cuyo cómputo es el resultado de multiplicar las poblaciones locales por el promedio del consumo local  per capita.

El aproximadamente billón de personas que vive en países desarrollados tiene  un índice de  consumo per capita de 32. La mayor parte de los otros 5.5 billones de personas del mundo en desarrollo  tiene niveles  de   consumo    per capita por debajo de 32, de hecho se acerca a 1.

La población,  especialmente en el mundo en desarrollo, continúa creciendo, y hay gente que sigue centrando su preocupación en eso. Lo que observan es que las poblaciones de países como Kenia están creciendo muy rápido, y dicen que se trata de un grave problema. Desde luego, es un problema para los más de 30 millones de habitantes  de Kenia, pero no es una carga para el   mundo en general, porque los keniatas consumen poco. (Su índice relativo  per capita es 1).  El problema real para el mundo es que cada uno de los 300 millones de norteamericanos consume tanto como 32 keniatas. Con diez veces su población, los Estados Unidos consumen 320 veces más recursos que Kenia.

La gente del Tercer mundo es consciente de esta diferencia en consumo per capita, aunque la mayoría no podría especificar que ese factor es de 32. A medida que crece su desesperanza, se sienten  frustrados e indignados, y algunos se convierten en terroristas, o bien los toleran o los apoyan. Desde el 11-S de   2001, se ha puesto de manifiesto que los océanos que antes protegían a los Estados Unidos ya no sirven. Habrá más atentados terroristas contra nosotros y contra Europa, y quizás contra Japón y Australia, mientras persista esa diferencia de 32 en índices de consumo.

La gente que consume poco quiere disfrutar del estilo  de vida propio de quienes consumen mucho.   Los gobiernos de los países en vías de desarrollo hacen del aumento de los estándares de vida un objetivo fundamental de su política nacional. Y decenas  de millones de personas en el mundo en desarrollo buscan el estilo de vida del primer mundo por sí mismos, emigrando, especialmente a los Estados Unidos,   Europa occidental,   Japón y   Australia. Cada   transferencia de una persona a un país de alto consumo hace que crezcan las tasas de   consumo del mundo, aunque la mayoría de los inmigrantes no consiguen  multiplicar su consumo por 32 de forma inmediata.
Entre los países en vías de desarrollo que están intentando aumentar el nivel de  consumo per capita dentro del propio país, China ocupa un lugar destacado. Tiene la economía con el   crecimiento más rápido del mundo, y hay 1.3 billones de chinos, cuatro veces la población de los Estados Unidos. El mundo ya está  agotando los recursos disponibles, y lo hará aún más pronto si China alcanza los promedios de   consumo norteamericanos. Ahora mismo, China está compitiendo con nosotros para conseguir  petróleo y metales en los mercados mundiales.

Los índices de consumo per capita en China siguen siendo cerca de 11 veces menores que los nuestros, pero   supongamos  que se acercaran a ellos. También podríamos imaginar que no hubiera ningún otro aumento de consumo en el mundo – es decir, que ningún  otro país aumentara su consumo, que todas las poblaciones nacionales (China incluida) permanecieran  sin cambios y que cesara la inmigración. Pero sólo con que eso sucediera en la China veríamos que aproximadamente  se doblarían los índices de    consumo del mundo. El consumo de petróleo, por ejemplo, aumentaría un 106 por ciento y el de  los metales un 94 por ciento. Si la India consiguiera también lo que la China, las tasas de   consumo del mundo se triplicarían. Si todo el mundo en desarrollo lo consiguiera   repentinamente, esos índices se elevarían once veces más. Sería como si la población del mundo se hinchara hasta alcanzar los 72 billones de personas (con los actuales niveles de   consumo).

Algunos optimistas señalan que podríamos soportar un mundo con nueve billones de personas. Pero no he encontrado ninguna persona lo bastante loca como para defender que pudiéramos sostener 72 billones. Con todo, a menudo prometemos a países en vías de desarrollo que con sólo adoptar las  políticas  adecuadas – por ejemplo, instituir un gobierno honesto y una economía de mercado -, también podrán disfrutar de una forma de vida semejante a la del primer mundo. Esta promesa es imposible, una broma cruel: incluso ahora estamos teniendo dificultades para soportar  la forma de vida del primer mundo,  cuando solamente se trata de un billón de personas.

Los americanos podemos pensar en el crecimiento del   consumo   de China como un problema. Pero los chinos sólo están alcanzando el nivel de   consumo que nosotros ya tenemos. Decirles que   no lo intenten sería vano.La única propuesta que China y otros países en vías de desarrollo aceptarán es que vayamos hacia unas tasas  de   consumo y   unos estándares de vida más iguales en todo el mundo. Pero el mundo no tiene bastantes recursos disponibles para que los   índices de   consumo de China sean como los nuestros, aún menos para que lo haga el resto del mundo. ¿Significa eso que vamos de cabeza al  desastre?

No, podríamos conseguir un horizonte estable en el cual todos los países convergieran en niveles de   consumo considerablemente por debajo de los más altos actuales. Los americanos podrían oponerse: de ninguna manera   sacrificaríamos nuestros estándares de vida en beneficio del resto del mundo. Sin embargo, estemos o no dispuestos a ello,    pronto tendremos tasas más bajas de la consumo, porque las actuales  son insostenibles.

Sin embargo,  no necesitaríamos hacer un gran sacrificio,    porque los estándares de vida  no se acoplan fielmente a las tasas de consumo. Buena parte del consumo americano es derrochador y contribuye poco o nada a la calidad de vida. Por ejemplo, el consumo de petróleo per capita en Europa occidental se sitúa sobre la mitad del nuestro, cuando el nivel de vida de Europa occidental es más alto desde cualquier punto de vista razonable, incluyendo la esperanza de vida, la salud, la mortalidad infantil, el acceso a la asistencia médica, las pensiones,   los períodos de vacaciones, la calidad de las escuelas públicas y las subvenciones a las artes.

Preguntémonos si el uso derrochador que los americanos hacen de la gasolina contribuye positivamente a mejorar cualesquiera de esos índices. Hay otros aspectos de nuestro consumo que también son derrochadores. La mayor parte de las industrias pesqueras del mundo todavía   funcionan de forma no sostenible, y muchas se han derrumbado o han disminuido sus  rendimientos -incluso aunque sabemos cómo gestionarlas para preservar el medio ambiente y las pesquerías. Si   todas las industrias pesqueras fueran sostenibles, podríamos extraer peces de los océanos consiguiendo que los índices de capturas estuvieran en sus cotas históricas máximas y continuar así indefinidamente.

Lo mismo ocurre con los bosques: ya sabemos cómo manejarlos de forma sostenible, y si lo hiciéramos así en todo el mundo   podríamos extraer bastantes troncos para cubrir las necesidades de madera y del papel del mundo. Con todo, la mayoría de los bosques se gestionan de forma no sostenible,    con los consiguientes descensos en la producción. Por tanto, al igual que es cierto que podemos mantener nuestro nivel de vida consumiendo menos  de lo que   ahora lo hacemos, también es cierto que llegará el día en que los índices de   consumo per capita en muchos países en vías de desarrollo  serán casi iguales a los nuestros. Son tendencias deseables, no perspectivas   horribles.

De hecho, ya sabemos cómo mejorar las tendencias; lo que ha faltado  principalmente ha sido voluntad política. Afortunadamente, el año pasado hubo algunos signos alentadores. Australia celebró unas elecciones   en las que una gran mayoría de votantes le dieron la espalda a la política que su gobierno había seguido durante una década; el nuevo gobierno apoyó de inmediato el protocolo de Kyoto sobre el recorte emisiones de gases de efecto invernadero.

También el año pasado, la preocupación por el cambio   climático   aumentó considerablemente en los Estados Unidos. Incluso en China se están produciendo vivos   debates  sobre la política medioambiental, y las protestas públicas detuvieron recientemente la construcción de una inmensa fábrica de productos químicos cerca del centro de Xiamen. Por tanto, soy cautelosamente optimista. El mundo tiene problemas serios de   consumo, pero podemos solucionarlos si elegimos hacerlo.

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