Historizar la globalización

hwj.gif 

El  número de otoño de la revista History Workshop Journal  incluye una sección que lleva por título Feature Global Times and Spaces: on Historizing the Global. Parece un signo de los tiempos, un momento en el que el denominado proceso de globalización está permitiendo que vuelva a tomar auge la historia a gran escala, como lo demuestran inumerables libros y artículos, así como distintas revistas especializadas. Sin embargo, en esta ocasión el motivo es más concreto.   En el volumen anterior, el correspondiente a la pasada primavera (el 63), uno de los historiadores británicos más reputados, Geoff Eley, publicaba un artículo titulado Historicizing the Global, Politicizing Capital: Giving the Present a Name. El texto provocó ciertas discusiones y la revista aprovechó la ocasión para promover una especie de debate (el que aparece en el número 64) en el que se invitó a participar a  Antoinette Burton, historiador de la   University of Illinois, Urbana-Champaign, a Sanjay Subrahmanyam, de la UCLA  (autor de una biografía de Vasco de Gama, Crítica, 1998), a Iain A. Boal, de   Berkeley y, finalmente, a Maxine Berg, docente  en la University of Warwick y autora especializada en la revolución industrial que, a su vez, dirige el recientemente creado  Global History and Culture Centre en Warwick.    

Para no alargar esta reseña nos centraremos en los dos textos fundamentales. Por un lado, el de Eley y, por otro, el de Berg. 

  geley.jpg

La periodización a gran escala que propugna Eley significa, dice, estructurarla alrededor de las historias del desarrollo del capitalismo y de sus distintivas formaciones sociales tal como las encontramos a escala global. Pero, añade, quisiera construir ese marco no alrededor de la comprensión clásica de la industrialización y de la revolución industrial sobre las que reparamos normalmente, ni alrededor del conjunto de debates sobre el paso del feudalismo al capitalismo, sino apelando a otros planos del pensamiento contemporáneo. Uno de éstos abarca las cada vez más ricas historiografías de la esclavitud, de las sociedades de la postemancipación y del Atlántico negro, que continúan desafiándonos en la revisión de nuestras notaciones básicas sobre los orígenes del mundo moderno. El otro incide sobre lo que sabemos sobre las distintas condiciones de la acumulación y de la explotación que definen ahora las nuevas divisiones globalizadas del trabajo, particularmente con respecto a la deslocalización y a los mercados de trabajo transnacionales. En ese sentido, deseo precisar algunos contrastes con el modelo anterior de la acumulación, el establecido después de 1945 y que duró hasta cambios de mediados de los años 70.En resumen, observa Eley: de un lado, hay argumentos de peso para ver la servidumbre y la esclavitud como formas sociales de trabajo que fueron fundamentos de la modernidad capitalista forjada durante el siglo XVIII; y por otro, hay igualmente evidencias desde finales del XX de la formación de una nueva y radicalmente degradada versión del contrato de trabajo. Estas nuevas formas de la explotación del trabajo se han ido gestando alrededor del predominio cada vez mayor del salario mínimo, de un trabajo descualificado, desorganizado y desregulado, en un mercado de trabajo semilegal y deslocalizado, en el que los trabajadores son sistemáticamente despojados de la mayoría de las formas de seguridad y de protección organizadas. Esto es lo característico de la circulación del trabajo en las economías globalizadas y posfordistas del mundo capitalista actual, y es ahí donde debemos comenzar la tarea de especificar las peculiaridades del presente. Ya sea desde el punto de vista del futuro del capitalismo o desde el de sus orígenes, la comprensión más clásica del capitalismo y de sus formaciones sociales como algo que gira alrededor de la producción industrial de manufacturas comienza a parecer algo increíblemente parcial y potencialmente distorsionado, una fase que hallamos de forma aplastante en occidente, en formas que presuponen exactamente su ausencia en el resto del mundo y con una duración muy breve en el tiempo histórico.  

 maxberg.jpg Vayamos ahora a Maxine Berg (From Globalization to Global History). Su texto empieza examinando los referentes de Eley. Éste   cita a  Wallerstein, a  Cooper   y a Hobsbawm para abordar    períodos anteriores en los que hubo un orden mundial, observando la carencia de  globalización. A partir de ahí,  intenta actualizar el análisis marxista de  la acumulación   capitalista   con su propia “grand-scale periodization”   acentuando la  esclavitud y la servidumbre como fundamentales para el desarrollo del capitalismo. Las historias del capitalismo, señala, no han incorporado las formas  de trabajo servil  en sus relatos sobre   el augue del trabajo asalariado y  de  la clase obrera. Tampoco han dado la significación  debida a la producción industrial manufacturera  como punto álgido del capitalismo. Intenta reafirmar el lugar de las interacciones globales en la primera industrialización occidental, fundado especialmente en esclavitud del  mundo Atlántico.  Finalmente, encuentra paralelismos contemporáneos en los mercados globalizados de trabajo del   siglo XXI, sujetos a  contratos de trabajo infames   y a otras   formas de coerción. Sin embargo, su análisis se centra sobre Occidente, con notable poca atención a una historia global más amplia.  Eley pretende historizar la globalización, pero lo que realmente necesitamos es una aproximación histórica   mucho más global. La globalización, tanto el proceso como el debate sobre el término,  ha proporcionado gran ímpetu a la historia global entre los historiadores y sus estudiantes, lo cual está también relacionado con una mayor atención a    nuestros orígenes multiculturales. La historia global ha desafiado las viejas historias y estudios nacionales,    estimulando una modificación de la historia imperial, y   más recientemente   de la historia atlántica del mundo, que hasta este momento lo ha sido  sobre Gran Bretaña y sus colonias norteamericanas y caribeñas. La escritura global de la historia tiene un viejo prestigio cuando se habla del  antiguo mundo Greco-Romano, de los  Han en la China o de las tradiciones   árabes, persas e hindúes. En Europa, durante el   siglo XX, es conocido que en los años de entreguerra  se renovó el interés por la China y Japón. Asimismo, los objetos históricos globales volvieron en los años 70 con el sistema-mundo   de Wallerstein. Wallerstein, los historiadores imperiales y los estudios postcoloniales describieron la reproducción de metrópolis y   periferias. El colonialismo y el imperialismo proporcionaron el poder que reforzó la dominación del mundo por parte de Europa y de Norteamérica a partir del   siglo XIX.    Estas historias del mundo, sin embargo, proporcionaron diferentes narrativas  de   dominación y    resistencia. La historia policéntrica   todavía se centra sobre el edificio imperial  y los estados-nación,   que construyen la modernidad como proyecto global europeo. Nuestras historias globales todavía están limitadas en gran parte dentro del marco de la economía y de la política. Son historias comparadas del oeste y del este, por un lado, e historias de la globalización y el internacionalismo, por otra. Las grandes preguntas que nos hacemos, y que persigue la nueva  periodización   de Eley, se centran  en las fuentes del auge occidental,    los orígenes de la gran divergencia  o   la crisis de imperios. Pero, ¿no hay otras preguntas más amplias que podemos plantear sobre conexiones globales  en temas tales como diásporas,   transmisión de la cultura material y conocimiento útil, sobre   historias conectadas de la vida   urbana, de embajadas, misiones comerciales e ideologías religiosas?   

Eley historiza la globalización para ligarla a las demandas  de los E.E.U.U. y su voluntad de afirmar su poder sobre  el mundo reordenando el Oriente Medio y conteniendo a la China. La modernidad capitalista del XIX, con la   industrialización y el imperio,   no cumplió en última instancia sus promesas de   dominación mundial a largo plazo. La resistencia del Próximo Oriente y el resurgimiento económico chino e indio nos invitan a sus propias historias globales. Las historias de las conexiones chinas e indias con el mundo, así como  entre el  Islam y   Europa o entre el  Islam y   África son historias que necesitamos conocer.  Son también   historias que sostienen, y no coinciden simplemente con, la historia de Occidente   y de la modernidad capitalista.    Planteo esto como historiadora, dice Berg,   que ha escrito  durante más de veinte años sobre muchos de los  aspectos de la industrialización de Gran Bretaña y de Europa con poco conocimiento, y ciertamente ningún contrato directo,  con las historias de la India, de la China o de África. Esto   parece increíble, así que  ahora estoy intentando aprender

Anuncios