La historia digitalizada: El País de Jauja

Por estas tierras se tiene por costumbre  que los grandes almacenes, en su afán de perseguir al incauto consumidor, organicen de vez en cuando “la semana de…”. La pretensión no es tanto promocionar los productos de un determinado país o cultura, sino aligerar los bolsillos de los parroquianos. Pues bien, voy a hacer lo mismo. Declaro abierta la semana de Anthony Grafton, y conste que no deseo masacrar a ningún lector, sino sólo honrar a este excelente historiador. He tenido esta imaginativa ocurrencia tras leer dos artículos que ha publicado en New Yorker, una publicación que, dicho sea de paso, nunca decepciona. Grafton ha escrito un texto bastante largo sobre el futuro de la lectura, en la senda de los que no hace mucho redactaba su colega de Princeton, ahora ya emérito, Robert Darnton. Este primer  ensayo ha aparecido en papel, en las páginas de la citada revista, y viene acompañado por otro más corto que lo complementa para los usuarios de internet. En realidad, viene a mostrar la esquizofrenia de la historia digital. Se escribe sobre ella en un medio clásico (textual) con referencias a un mundo nuevo (hipertextual) que no caben en el primero. Por eso, tales  notas o citas se omiten en la primera versión  y   acaban convirtiéndose en una segunda a través de la cual se puede seguir toda la argumentación (¿me he explicado bien?, es que tengo el día tonto). Sea como fuere, es de este reverso del que voy a hablar, dejando el primero para una futura e hipotética  entrada (o post).  

Aventuras en el país de las maravillas, de Anthony Grafton, The New Yorker, 5 de noviembre de  2007  

Son muchos los caminos que conducen al mundo real –y utópico—de las colecciones digitales  que están cobrando forma a través de la  Web. Lo lógico es empezar con el más ancho: Google está  lanzando el  Partners Program y el Library Project; Microsoft ha empezado su Live Search Books Publisher Program; y la   Bibliothèque Nationale de France desarrolla una guía colorista con  su proyecto Gallica. Pero también vale la pena detenerse a revisar viejas iniciativas, como la del Project Gutenberg, que ofrece una  amplia información sobre collateral projects, e-book readers, y otras cosas. O el  Internet Archive, donde uno puede hallar un ecléctico bazar electrónico que permite escuchar a Phil Lesh o a  Matisyahu, disfrutar con los clásicos Betty Boop Cartoons o leer el   manuscrito original  de lo que luego se convertiría en Alicia en el país de las maravillas.   Además, patrocina la Open Library, una iniciativa elegante e idealista  “to get catalog information for every book” de todo el mundo, cuya finalidad es ser compilada en una wiki con la ayuda de los lectores.    

Si el que está leyendo esto lo hace en el ordenador de una gran biblioteca, entonces podrá explorar recursos digitales del tipo de  JSTOR, una base de datos que proporciona miles de artículos de revistas académicas en un formato electrónico fiable, así como el Early English Books Online; Eighteenth-Century Collections Online, que retoma   el proyecto inacabado de  E.E.B.O.,  o también  lo que proporciona Alexander Street Press. Hay muchas otras librerías accesibles en la web,  desde los depósitos virtuales patrocinados por las  Great National Collections en todo el mundo (la Library of Congress acaba de firmar su asociación a la  World Digital Library) hasta otras peculiares colecciones destinadas a aquellos a quienes les gustan los   Thomas Nast’s political cartoons o las English music-hall songs. Para los interesados, la revista  D-Lib evalúa todas esas colecciones, además de mantener un archivo con sus comentarios críticos.    

Los documentos históricos también están creciendo en la  Web, a medida que los archivos nacionales de todo el mundo van digitalizando partes sustanciales de sus fondos. Los historiadores interesados, por ejemplo,  en los documentos que de forma obsesiva produjo   la monarquía española, podrán consultar  miles de ellos en el  Archivo General de Indias y en otras colecciones recogidas en el  Portal de Archivos Españoles o, en algunos casos, en los ordenadores dispuestos al efecto en los propios archivos.  Hoy en día, cualquier historiador se puede crear su propio archivo, gracias a las cámaras digitales, y son muchas las bibliotecas y los archivos que  animan a los lectores a que empleen ese método. En los  British National Archives de Kew, uno puedo ver largas colas de historiadores haciendo click y procurándose copias digitales que luego estudiarán tranquilamente en su casa.   Dado que los documentos se reproducen al por mayor, resulta difícil hoy en día asegurar que el investigador no haga el trabajo en balde porque ya exista una reproducción disponible en algún lugar.     

 Una de las mejores maneras de que nos echen una mano en el proceloso mundo de las fuentes digitales es a través del Center for History and New Media de la la  George Mason University, creado en 1994 y en funcionamiento desde hace años bajo el impulso del desaparecido  Roy Rosenzweig. Este lugar nos muestra cómo hacer y usar  la  historia digital, pero también nos conduce a través de algunos excelentes sitios sobre la  Revolución francesa, el 11 de Septiembre  o Jamestown, así como la recreación digital del  P. T. Barnum’s American Museum, albergado por la  American Social History Project/Center for Media and Learning, en la City University of New York.  Pronto ha quedado claro que el mundo digital es una especie de País de Jauja para los académicos  —un lugar donde podemos echarnos plácidamente y alimentarnos a voluntad durante todo el día sin tener que movernos, un lugar donde el mayor peligro es reventar.    

Ciertamente, cabe preguntase qué significa todo esto para bibliotecas y lectores: el prototipo de  Mapamundi del Online Computer Library Center revela con todo detalle que son  pocos   los libros que se guardan en las bibliotecas, incluso en países como  India o Argentina; en la tierra de   Borges sólo hay un libro por cada seis habitantes  depositado en los centros académicos o en las bibliotecas públicas. Esta situación subraya la necesidad de los recursos electrónicos.  La simplicidad de. Google y su rápida interfaz contribuirán en buena medida a hacer que los libros sean rápidamente accesibles, incluso en países pobres con ordenadores desfasados y conexiones poco fiables.    

Aún así, quedan algunas dudas.  Hace algunos meses, estuve con un grupo de historiadores  que trabajan con el apoyo del Centre for History and Economics, en Harvard y en el King’s Collage de Cambridge, y que están investigando el impacto de la historia digital en las bibliotecas y archivos de todo el mundo.   Los resultados del grupo están empezando a estar disponibles    online. Por ahora, no obstante,  la mejor manera de comprender cómo los académicos y bibliotecarios están faenando para obtener algunas pepitas de oro de la ganga de pirita es visitar algunos de los blogs que han creado esos expertos.  Como ejemplo, sirva la entrada que escribió el historiador  Robert Townsend con el título de  “Google Books: What’s Not to Like?,” así como la discusión que suscitó. 

Para terminar: si alguien quiere echar un vistazo a alguna de las herramientas que los bibliotecarios crearon en el distante pasado predigital  — las Eusebius’s “canon tables,” por ejemplo, o el aviso  que te habría indicado qué libros estaban encadenados a una mesa en particular en la Biblioteca Vaticana— se puede visitar la exposición   “Rome Reborn: The Vatican Library and Renaissance Culture”. Este conjunto de libros y manuscritos fueron exhibidos en  1993 en la  Library of Congress y hace tiempo que volvieron al Vaticano, cuya biblioteca está cerrada por reformas.   Pero, de momento, uno puede ver imágenes de cada una de las piezas expuestas   —y se puede acceder a otras exposiciones anteriores  de libros y de documentos—  en la Web.

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4 Respuestas a “La historia digitalizada: El País de Jauja

  1. Bueno, en primer lugar darle las gracias por traducir el texto del “The New Yorker” y por la molestia de introducir todos estos interesantes hipervínculos.

    En segundo lugar, a aquellos lectores de este blog que esten interesados y aun no lo sepan, les anuncio que Anthony Grafton visitará España el próximo año. Será concretamente en el “IX Congreso Internacional de Cultura Escrita” que se celebrará entre el 28 y el 30 de abril de 2008 en la Universidad de Alcalá, organizado por el SIECE (Seminario Interdisciplinar de Estudios sobre Cultura Escrita). EL señor Grafton se encargará de la conferencia inaugural de este congreso que lleva por titulo “La ciudad de las palabras. Opinión pública y espacio urbano en la Edad Moderna” y que organizan el prof. Antonio Castillo (Universidad de Alcalá) y el prof. James S. Amelang (Universidad Autónoma de Madrid).
    Les pongo el enlace con toda la información sobre el Congreso:
    http://www2.uah.es/siece/siece/congreso_y_jornadas/congresosyjornadas_2008_01.html

    Por otro lado, para los interesados en el tema de esa biblioteca universal que proyecta Google, les recomiendo el libro “Google desafía a Europa.
    El mito del conocimiento universal”
    de Jean-Noël Jeanneney, recientemente traducido al castellano y al catalán por “Publicacions de la Universitat de Valencia (PUV)”. Les pongo el enlace al catálogo:
    http://puv.uv.es/

  2. Es muy interesante el problema planteado sobre el futuro de la lectura. El panorama que se nos presenta es complicado. En principio mi opinión como docente se acerca a lo que se cita en el texto editado por el profesor, en la revista Hispania y que hace referencia R. Chartier cuando dice \

  3. Pingback: Anthony Grafton: “Codex Crisis”, el mundo del libro tiembla. « Clionauta: Blog de Historia·

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