Van Gennep, cuentos académicos

Post cruzado desde Tapera

Arnold Van Gennep. Los semisabios, Buenos Aires, Eudeba, 2007, 134 páginas.

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Por un precio jamás visto en la Argentina de hoy, el libro de Van Gennep trae diez relatos ácidos, pergeñados para cuestionar algunos modos de pensar lo científico. Hace un tiempo leí en algunos de los capítulos de El perseguido, novela de Daniel Guebel, una historia parecida a una de las diez que Van Gennep narra en Los semisabios. Ambas tienen al laboratorio replicador como su dominio. En el texto de Guebel, Hunico intenta clonar a un revolucionario para que, entre otras cosas, sean los clones a quienes descubra la Inteligencia Estatal.“Ferreti: […]¿Resultarían convincentes al decir, en la mesa de torturas, “Ferretti soy yo”? ¿Serían capaces de dar su “vida” por mí? ¿Me amarían lo suficiente? Llegado el momento, ¿aceptarían que nacieron para ser sacrificados?Hunico: Qué se yo. Hago lo que puedo. Habrá que ver”.

En el texto de Gennep, el héroe -Charles-Auguste Petipoids- ha comenzado la fase industrial de su primer desarrollo partenogenético (un niño negro, por error). Para ello cuenta con un subsidio estatal, bajo el compromiso patriótico de gestar “sólo bebés franceses racialmente puros y de color agradable”.

Si sólo fueran eso, El perseguido y Los semisabios, y si sólo pertenecieran a uno y sólo a un régimen de interpretación, podríamos apostar por la candidez del relato guebeliano: el texto de Gennep vio la luz en 1911.

Lo mismo puede decirse de otra comparación. Ésta no es ya la correspondentista que apuesta a ponderar modos tempranos de tratar ciertos temas, sino otra, también correspondentista, que tiene como dominio el hacer intelectual. En efecto, tanto como Los semisabios cuanto Tristes tópicos de las ciencias sociales, de Emilio de Ípola, comparten el razonamiento que concibe al humor como modo regio de interrogarse sobre el hacer científico. Comparten, si se quiere, esa idea que Rodney Needham, autor del prólogo a la versión en inglés de Los semisabios, homologa a la “libertad para divagar” (esa condición guarecida en esa otra mitad a la que los semi-sabios sólo parecen columbrar a fuerza de sufrir las consecuencias de su salvaje rigidez metodológica). Y entonces, una vez más, si comparásemos una y otra publicación a partir de las respectivas fechas de publicación, entonces podríamos decir que la sólida cifra que las separa hace que los textos de De Ípola pierdan un poco de efecto, de poder para extrañar o shockear.

(Es probable que las condiciones de publicación afecten aún más a Tristes tópicos si está en lo cierto Rodney Needham cuando -en unas cuantas páginas del nuevo prólogo escrito especialmente para esta edición de Los Semisabios– se dedica a argumentar a favor de la condición excéntrica o paria de Gennep en el mundo académico francés de principios de siglo XX –Aunque esa idea puede discutirse si entendemos que por ese mismo período las versiones más abtrusas del posivitismo en antropología o en folklore ya estaban siendo cuestionadas.)

Con todo, es notable que algunos sarcasmos, ciertos párrafos efectistas, aún conserven el impulso iconoclasta por el cual surgieron: nos cuenta algo de la larga vida de algunas prácticas académicas…

Pero, como sabemos, no es posible pensar de ese modo los textos citados aquí. Pero no se trata de problemas de género: asistimos más bien a las dificultades por encajar un texto, antes que a las dificultades a las que el texto y sus lecturas someten al género. En ese sentido, podríamos insistir en una hipótesis que otros han dicho mejor: que la calidad de un libro es inversamente proporcional a la cantidad de advertencias del prólogo. De ser así, Tristes tópicos… y Los semisabios están integrados por textos no tan bien escritos, leídos desde hoy. Lo sabe Needham que se adelanta a denunciar algunas obvias dificultades; lo sabe Eliseo Verón (prologuista del libro de Ípola) quien en lugar de llamarle ficciones a los textos prefiere usar el término fricciones. Guebel, claro, no soporta esta hipótesis, pero tal vez el exceso en otros mundos (los mundos de la novela) se han pensado de otro modo.

Todo esto puede decirse mejor: el libro de Gennep tiene una comunidad interpretativa muy circunscripta y es la misma que la del libro de Emilio de Ípola. El hecho de que en esa comunidad casi no circulen Airas o Guebels, que apenas se alcancen cimas Lodge y que se considere posmodernos a los Schama (cuando escriben cosas muy buenas como Certezas absolutas) es también una razón por la cual esta edición de los cuentos del antropólogo reconocido por su trabajo sobre los ritos de paso merece vivir y ser leída.

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