Historia de la flagelación (Hit me with your rhythm stick)

La flagelación voluntaria 

Hay comportamientos  que cualquier persona razonable definiría como insensatos,  un atentado al sentido común. Como, por ejemplo, que alguien se inflija a sí mismo un daño corporal. La salud y la integridad de nuestro cuerpo, en particular, y de nuestra persona, en general,  pasan por ser valores comunes. De ahí que califiquemos de insensatos, de locos, de aberrantes o, como mínimo, de masoquistas a quienes se complacen en estas prácticas. Pero, lo cierto es que existen, más allá de la consideración que socialmente nos merezcan. Para comprenderlo nada mejor que recurrir al volumen de   Niklaus Largier. (In Praise of the Whip: A Cultural History of Arousal). No me resisto a relatarles lo que se comenta  de este libro, que lleva semanas en los escaparates, porque casualmente su autor es de  origen suizo, como  Valentin Groebner, de quien escribí días atras,  y publica en la misma (y excelente)  editorial: Zone Boks. Largier, que se formó como especialista en literatura alemana y filosofía en Zurich,  trabaja actualmente en Berkeley, donde llegó    el año 2000  y donde ha dirigido  el Program in Medieval Studies y  el Program in Religious Studies.   

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En el recorrido histórrico que nos propone, Largier observa que esta práctica  habría sido habitual en los siglos XI y XII entre las órdenes monásticas,  tomándola como un castigo, y su popularización habría venido de la mano del monje benedictino Peter Damian (nacido en Ravena alrededor del 1007).  Este reformador introdujo en la vida monástica una disciplina más severa, incorporando el castigo corporal a los rituales de confesión y de penitencia. A partir de entonces se fue expandiendo hasta convertirse en algo habitual, como así acontecería en el siglo XIII.   Se cita, por ejemplo, el caso de la ciudad de Perugia, cuyas autoridades,  ante la percepción de estar viviendo un período crítico,  paralizaron la actividad laboral durante un mes para permitir que sus ciudadanos pudieran arrepentirse de sus pecados y azotarse convenientemente.   Una procesión celebrada en  Bolonia por aquel entonces sirvió de punto de partida para la extensión por toda Europa de este tipo de manifestaciones flagelantes.  El movimiento no perduró en exceso, decayendo al poco, pero resurgió con cieerto vigor el siglo XIV, en parte como consecuencia de la peste negra y sus terribles secuelas. Esta reaparición    provocó algunos debates teológicos  y  fue rechazada, manteniéndose desde entonces en el ámbito privado,  y ello a pesar de la defensa que jesuitas y otros teólogos realizaron en el siglo XVI  como forma de acceder a la divinidad (los ejercicios espirituales, ¿recuerdan?).  

Largier observa un cambio claro alrededor de 1700, una evidente discontinuidad, cuando la interpretación del éxtasis que se asocia a la flagelación pasa de tener un sentido   predominantemente ascético a otro donde el primer plano lo ocupa el elemento erótico y médico.  Un tratado de 1700 (Historia flagellantium. De recto et perverso flagrorum usu apud cristianos), obra  del francés  Jacques Boileau, habría sido  el primero en expresar el miedo a que la flagelación pudiera encubrir placeres eróticos, con lo que quedó abierta la sospecha de que tal práctica indujera al despertar sexual.  Boileau señalaba que aquello no tenía ningún respaldo bíblico y que era, muy al contrario, una costumbre claramente pagana. Además, citaba casos en los que esa percepción quedaba claramente constatada, por lo que era evidente que la práctica tenía un sentido ambiguo, donde el erotismo podía imponerse. Los textos abiertamente  impúdicos, como los del marqués de Sade,  continuaron esa tradición, al abrir la puerta para que determinado tipo de imágenes dolientes  fueran leídas en clave erótica, incluso aquellas que se proponían combatirlo. Es decir, lo que antes eran expresiones de dolor y conmoción, ahora pasaba a ser erección. Y eso ocurría al tiempo que la flagelación  se convertía en objeto de la investigación médica. En 1669, el médico Johann Heinrich Meibom publicó un tratado sobre  las aplicaciones médicas del azote para estimular y mover los líquidos corporales y genitales, un libro que fue leído (y traducido) cada vez más como si  de  literatura erótica se tratase. Finalmente, a partir del siglo XIX    Inglaterra emergió como   centro de la flagelación erótica.

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 Ya lo ven, se comenta que Largier ha escogido un asunto que es relevante como parte de la historia de la sexualidad, del individuo, de la epistemología del cuerpo, aunque el volumen no ha gustado a todos. Hay quien señala que el autor se ensaña en relatar los mecanismos básicos del fenómeno, sin detenerse como debiera en los aspectos psicológicos, sociales, materiales y teológicos. Otros, en cambio, concluyen que es una obra excelente que tiene mucho que decirnos. Es el caso de Thomas Laqueur, un indudable experto en la historia de la sexualidad y vecino de colección  (con su historia cultural de la masturbación, recién traducida por FCE) : “In our era, the medieval singularity of purpose is gone. People whip themselves or each other in the service of self-creation, as a route to a more authentic self, as a rejection of norms, as a tribute to the power of theatricality and performance in making a life. And people read about it for all the same reasons—the reasons we seek arousal, which Largier helps us understand as an awakening of our senses in the service of escaping our sensory limitations. The history of arousal that Largier offers is thus very near the heart of the history of being human, that is, the history of being creatures who are both profoundly embodied and inextricably caught up in imagining ourselves capable of transcending mere matter through giving meaning to what we do”.  

Bien, para los rezagados, entre los que me incluyo, no estará de más consultar la reseña que Stephen Greenblatt (“Stroking“)  ha publicado en el número 17 (del 8 de noviembre) en la NYRB.

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