De vuelta

Hemos vuelto. ¡Quién lo habría dicho! En fin, hay cosas peores, desde luego. ¿Por qué lo hace?, dirán ustedes con abatimiento justificado. Pues no lo sé. He intentado reponer fuerzas, refrescar mi mente, pero nada: ando tan escaso de ímpetu  como siempre y  mis  neuronas chirrían de tan enjutas como están. A la desesperada, he intentado una transfusión y allá que me he ido, a Transilvania. ¡Serás iluso!, me dijo un vecino. Y tenía razón, porque al celebérrimo conde no le he visto ni en pintura. En cambio, entro en la ciudad de Sibiu y, ¡zas!,  lo primero que veo es un cartel a todo trapo con la siguiente inscripción: 20th European Meeting of Cultural Journals. ¡Mira que es grande la Unión Europea!, y más desde que le han rehecho las costuras, y tenía yo que ir a parar a Sibiu. Bien mirado, fue una revelación paulina (nada que ver con la señorita Rubio),  y aquí me tienen.  Parece que mi destino es ser un mediocre eco de lo que ocurre en otros lares. Pero esta vez me lo tomaré con calma y renunciaré a   la puntualidad y a las pretensiones.  

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Les puedo relatar que el evento tuvo lugar en el  Brukenthal Museum, un precioso palacio barroco que resultó ser un centro cultural rumano-germano, al cual acudieron un centenar escaso de personas. Es decir, que la cosa fue modesta. Y descubrí, además, que estaban allí porque, aunque pocos lo supiéra (no era mi caso), Sibiu ejercía como capital europea de la cultura 2007 (¡y yo buscando al maldito conde!). Bien: se habló de muchas cosas, pero muy poco entendí de todo aquello, dado mi humillante desconocimiento de cualquier lengua que no sea la que llamamos materna (y ésta, con graves defectos). Menos mal que andaban por allí los amigos de la revista Euphorion, una publicación sobre arte y literatura fundada en dicha ciudad hace ya casi veinte años. Vladimir Munteanu, Iustin Panta y compañía son políglotas y esa condición, que tanto envidio, me permitió captar cuatro cosas.

Por ejemplo, que no hay una idea de Europa, sino muchas, y que la entrada de los países del Este en la Unión Europea ha trastocado algunos de los fundamentos sobre los que los occidentales creían haber cimentado ese espacio económico y político. Esa idea, aunque con un énfasis particular, la expuso por los pasillos la escritora croata Slavenka Drakulic (Como si yo no estuviera, Anagrama). Pero, afortunadamente,  habló  ante el  público sobre la escasez de papel higiénico como metáfora para comprender la caída del comunismo.   Cierto es que no era una razón sólida, ni mucho menos única, pero mostraba un hecho de indudable peso: la incapacidad del régimen para satisfacer las necesidades básicas de los individuos.  Slavenka reconoció que su baño estaba ahora mejor servido, pero se preguntó si esto no era un falso paraíso: “Now we are experiencing that normality has another dimension, a tedious, small-scale struggle that each of us faces. Far from pink toilets, the colour of normality is grey. This is bad news. And there is no end to the struggle, be it for Zoe’s bathroom, for justice, for more freedom – or against corruption, manipulation, or fear. The good news, however, is there is a new chance of winning the struggle. It’s time to understand that it’s up to each of us individually to take it up. We can’t blame anybody any longer, for the simple reason that each person can make a change. Or, at least, can try to.”  

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Algo similar, por ejemplo, señaló uno de los  popes rumanos  actuales, el profesor de la Universidad de Bucarest  Mircea Vasilescu,   reputado traductor del francés y   animador de la principal revista literaria del país, Dilemateca. Vasilescu dijo que los orientales se habían sacudido el yugo soviético proyectando el mito de un Occidente libre y próspero, una normalidad occidental que oponían a su anomalía,   pero que esa idea había sido reemplazada  por la convicción de que existían muchas normalidades posibles.  Al fin y al cabo, el oeste tiene tantos problemas como la propia Rumania y algunos son mucho menos exóticos de lo que antaño los orientales  creían: “We, the easterners – and perhaps the Romanians especially – have “missed” the idea of western normality, which we have been dreaming about for such a long time. But we should be happy that things have turned out this way: we have missed an illusion and, in exchange, have become part of a European reality that continues to remain fascinating, despite all the anomalies. We only have to get to know it better and to debate it together, with its common values and its cultural differences. We will probably grasp its full meaning when the newspapers in London, Paris, or Berlin print in their classified sections advertisements such as: “House for sale on the Marne outskirts of Paris, built by Romanian masons, Polish plumbers, and Bulgarian electricians”.    

En fin, no quiero aburrir, porque la cosa no fue muy divertida que digamos. Menos mal que el día 22 empezó una escuela de verano (“International Summerschool Go East”) y me pude mezclar  con  los estudiantes rumanos y alemanes que participaban en el evento. Ahí ya el asunto mejoró bastante, hasta que regresé.  

Así pues, volveré uno de estos días, pero con una novedad. A partir de ahora, y para remediar la soledad y la escasez, compartiremos entradas con los amigos de Tapera. Así que en ocasiones incluiré algunas de de las suyas y ellos, a su vez, seleccionarán posts de entre los que aquí aparezcan. Como ellos dicen, la merma en periodicidad será compensada de este modo por la multiplicidad. Que así sea.

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