La crítica histórica (y la de cal)

Continuemos hablando de historia. Repasando reseñas y críticas, parece ser que hay un volumen que concita unanimidades, en sentido positivo, claro está. Ya les avanzo que trata un asunto del siglo XX, uno muy habitual. Porque, digámoslo sin rodeos, sólo el Novecientos triunfa entre el público lector y los analistas. Las otras centurias producen quizá textos más novedosos, en cuanto a planteamientos metodológicos o formas narrativas, pero no pueden competir con el ciclón de lo reciente, el de esos períodos donde aún pugnan la memoria y la historia.

 wages.jpg

En este caso, el libro en cuestión es The Wages of Destruction (Viking, 832 páginas), obra de Adam Tooze,  un joven y reputado especialista en historia económica que imparte sus enseñanzas en la prestigiosa Universidad de Cambridge. Nada extraño, por otra parte, tras la nueva oleada de autores británicos preocupados por el tercer reich:  Ian Kershaw,  Michael Burleigh, Richard Evans y, tratando una época posterior, Tony Judt. Ha de quedar claro, no obstante, que el autor no ha redactado una historia económica ni se ha quedado en su especialidad, como sería de esperar. Ha ido más allá de su perfil, pues   se dedica a lo que los anglosajones denominan la “modern european history”, con lo que el siglo XX quedaría fuera de sus preocupaciones habituales. 

tooze.jpg

Así pues, dicen que nos hallamos ante    una nueva, formidable y profunda interpretación del rearme alemán que comienza en 1933, con los preparativos de la guerra,  y finaliza con el desastre de 1945. El tema fundamental es  el papel  de Adolf Hitler, que llega al poder con un programa claramente establecido sobre  el futuro de Alemania cuyo objetivo era la construcción de un imperio racial   que daría lugar a la hegemonía alemana en Europa y permitiría desafiar a  los americanos. La novedad inicial estaría, pues, sobre todo en esta última parte, en ese novedoso análisis sobre el significado   de América en el pensamiento estratégico de Hitler.   América vendría a ser  la gran barrera, el obstáculo para el dominio europeo y el poder mundial. “Due to modern technology,” escribió Hitler, “and the communication it makes possible, the international relations among peoples have become so close that the European, even without being fully conscious of it, applies as the yardstick for his existence the conditions of American life … “ 

De hecho, los movimientos de Hitler estarían basados en el ejemplo americano, el la grandiosidad de su mercado y su emergente poder. La anexión de Austria y de los Sudetes, la entrada en Polonia e incluso la invasión de la Unión Sovietica se han de entender en parte dentro de ese contexto. “Once we appreciate,” dice Tooze, “the scale of the international escalation that Hitler had set in motion in 1938, it is possible to reconstruct an intelligible and consistent strategic logic behind Hitler’s actions”. La economía política nazi será, pues, parte de la explicación, incluso del Holocausto, pues el hambre de los presos y su exterminio sirvieron para alimentar a la población alemana, en cuanto su reclusión permitió ayudar a la maquinaria bélica.  Por ejemplo,  los judíos de Budapest, la última gran comunidad judía liquidada por los nazis, trabajaban en fábricas de aviones. Sobre todo en Dora-Mittelbau, donde se fabricaban y probaban los cohetes V-2 y donde en 1945 llegó a haber hasta veinte mil prisioneros.  

Por otra parte, habría nuevas respuestas a la pregunta clásica sobre si   Alemania tuvo realmente   una economía de   guerra antes de 1939, una cuestión que se acompañaba de la idea según la cual   el ataque relámpago empleado inicialmente    contra Rusia, y más adelante contra Polonia y Francia, fue un modo    de prevenir la necesidad de una movilización completa. Se suponía que el punto de inflexión, inducido por el frente oriental y la entrada en guerra de los americanos, estaba  en el nombramiento de Albert Speer como ministro de armamento y producción bélica en  febrero de 1942. Habría sido el momento de la movivilización total del tejido económico que condujo al “milagro armamentístico” posterior.   

Para Tooze, todo eso ha de ser revisado, a la luz de las nuevas fuentes disponibles. Se trata de subrayar    el extraordinario aumento en el gasto militar entre 1933 y 1935, así como los esfuerzos del régimen por reducir sus acuerdos comerciales con Francia, Inglaterra y los USA, dando por  finiquitada  la política  seguida  por Gustav Stresemann durante  la República de Weimar.

 strese.jpg

El diseño del nuevo plan  le habría correspondido en 1934 a Hjalmar Schacht, presidente del Reichsbank, un modelo basado en la  subvención de las exportaciones como fórmula para reducir el déficit exterior, dada la escasez de materias primas. En ese sentido, Tooze demuestra que Hitler tenía muy poco interés   en producir bienes de consumo o mejorar el nivel de vida, a no ser que fueran resultado y no-impedimento de sus    metas imperiales. Eso quedó claro en   1936 cuando tuvo que decidir entre fomentar una  economía militarizada  o estabilizarla con más exportaciones, momento en el que  Hitler optó por   lo primero.  De hecho, los alemanes tenían pocas cosas a su alcance, no había productos en los que gastar sus ahorros, así que acabaron financiando los planes expansionistas, financiando en silencio  la guerra (geräuschlose Kriegsfinanzierung).  

   

Anuncios