La crítica histórica (Una de arena)

La crítica histórica (Una de arena) 

Buenos días: Hay una arraigada creencia según la cual el mundo universitario es una cueva de inveterados zánganos que, no contentos con sangrar al contribuyente,  practican  con gran pericia el arte de la endogamia. Ya se sabe: trabajan poco, disfrutan de un sinfín de días de asueto (ellos los llaman de forma eufemística jornadas no lectivas), cobran una soldada considerable y, por encima de  todo, crecen y se reproducen aplicando de manera sistemática el castizo arte del enchufe y la prebenda.  Y así se observa  por doquier que uno mire. Fíjense, diría un fustigador del sistema,  en la crítica de libros, en las reseñas que escriben los unos sobre volúmenes de los  otros. Todo es puro compadreo: fulano alaba el libro de mengano y éste le devuelve el favor ensalzando el de su conocido.

             Bien, no negaré  que haya  argumentos en favor de esa descripción, pero me permito aseverar que peca de parcialidad y desconocimiento. Cierto que el modelo de carrera universitaria favorece esa suerte de arreglo, más informal que formal, pero no es norma generalizada. Cierto que se suelen escribir más elogios que diatribas, pero se debe en gran parte a que hay poco espacio para las recensiones y a que, en consecuencia, se elige lo más sobresaliente.  Por otra parte, impera el criterio independiente, excepto en algunas áreas y en ciertos feudos. Y no puede ser de otra manera, porque todas las disciplinas se han fundado sobre esa libertad de cátedra, uno de cuyos rasgos es la discusión sin ataduras del trabajo académico. Si es bueno se acepta, sea quien sea su autor; si es malo, se rechaza, al margen de quien lo firme. Así que polémicas las ha habido siempre, casi desde que despuntó el conocimiento especializado, desde que la Royal Society abriera sus londinenses puertas hacia  finales del siglo XVII. Ya entonces hubo sus más y sus menos, con sonadas broncas, como la que enzarzo al admirado Newton con el célebre Leibniz a propósito de la paternidad del cálculo infinitesimal. 

             Así pues, que en este blog aparezcan casi exclusivamente libros para los que todo son parabienes no quiere decir que no haya casos de signo contrario. Y voy a relatarles uno, un caso que, por lo demás, es bastante significativo (y tiene su gracia, por lo menos yo me he divertido leyéndolo).            

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El ejemplo procede de la sección literaria del New York Sun (¡hay que ver lo snob –o lo cutre– que me estoy volviendo!). El artículo apareció el miércoles 6 de junio y estaba firmado por Adam Kirsch, crítico habitual de ese periódico, con el revelador título de “Degradación del intelecto”. El objeto de la puya no era un autor cualquiera, sino Patrice Higonnet, un distinguido historiador de Harvard que pasa por ser una de las eminencias mundiales (americanas) en la historia francesa. El motivo, por supuesto, no era este estudioso, sino su obra más reciente:  Attendant Cruelties. Nation and Nationalism in American History (Other Press, 2007). 

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            La reseña empieza sin rodeos y, más o menos, viene a decir que cando un hombre tan distinguido como el citado Higonnet escribe un libro como éste, un texto de casi 400 páginas, no es  pena o lástima lo que hay que sentir, hay que verlo como un síntoma. De inmediato, una pregunta: ¿por qué ha llevado su rebaño tan lejos de los pastos habituales, por qué ha escrito esta breve historia de América? Porque, en efecto, de eso se trata, de dejar los temas franceses y atreverse con un compendio de la historia de aquel país. El resultado es que, al no ser un experto, ha escrito un volumen donde abunda lo superficial y la crónica convencional, nutrido de fuentes secundarias  y repleto de datos e interpretaciones que sorprenderían a cualquier estudiante de bachillerato (siendo benévolo). Más aún, el método que aplica no es tal, pues no pretende explicar la historia,  sino calificar a los personajes fundamentales en función de si siguen o no sus criterios de inclusión y exclusión, de patriotismo ilustrado  e inicuo nacionalismo.

             En fin, la razón por la que ha escrito Attendant Cruelties es mucho más simple. Es su acusado odio a Bush. De hecho, Higonnet se pregunta cómo es posible que ese pueblo en el que ha vivido durante décadas, ese que tanto admira por su espíritu emprendedor y abierto, haya podido elegir (repitiendo) a un sujeto que él considera la encarnación del mal. Tanto es así que lo compara con Hitler (“We can understand him better if we understand what came before him. … Hitler was a madman, but even he did not become chancellor of the German Reich just because he was a madman”) e incluso con Stalin (“What Stalinism was to utopian communism, Bushism is to the American creed”). Como mínimo, Bush es un simple, un incompetente, un insensato, además de ser  omnipotente, implacable y un matón. (Casi me apunto). Desde luego, Kirsch no lo ve del mismo modo: “it tells us a great deal about the passionate, self-delighting, deeply irresponsible hatred that now prevails even among the most prestigious and best educated precincts of the Left. It is a book that Mr. Higonnet’s sympathizers will read with vigorous nods, and everyone else will read with despairing shakes of the head”. Por eso, Kirsch no lo duda: el libro habrá sido escrito en inglés, claro está, pero está pensado para una audiencia francesa, cómo no. En realidad, pues, ha adoptado una perspectiva francesa (vade retro) para leer y juzgar la historia americana.            

Cómo puede escribir Higonnet, se pregunta Kirsch, frases del tipo de: “Once Americans had put to death tens of thousands of unarmed civilians in a country that was already on its knees [por Japón], every other abuse becomes feasible as well: the massacres of civilians in Korea and Vietnam, Agent Orange, Guantanamo”; “It was likewise from some deep instinct that George W. Bush seized on the idea of a ‘War on Terror’ in order to realize his dream of a softly fascistic America”; “It was likewise from some deep instinct that George W. Bush seized on the idea of a ‘War on Terror’ in order to realize his dream of a softly fascistic America”.   

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 Y hemos de añadir aún que esta no la sido la única crítica feroz. El muy leído Publishers Weekly dice, por ejemplo: “This frustrating book offers an interpretation of American history as an enduring conflict between inclusionary and exclusionary impulses. Harvard’s Higonnet (cuyo libro más celebrado es Paris: Capital of the World, Harvard University Press, 2002) has his sights set on the Bush administration, which he places among the exclusionists-those who try to retard the incorporation of all peoples within the American dream. And he has no warmth for those who, like Theodore Roosevelt and Bush, accept as necessary the cruelties and costs attendant upon forging a nation and becoming a world power. Higonnet’s broad knowledge of French history is on display as he emphasizes the telling absence in the United States of European anticlericalism and anticapitalism. But as a work of history serving as contemporary criticism, the book largely fails. Yes, the nation’s history has been marked by shifting attitudes-inclusionary during the Civil War era, exclusionary for the first third of the 20th century. But that binary division scarcely exhausts the complexities of our history. Higonnet’s scheme will appeal to those who want their national history to conform to a lazy, contemporary kind of feel-good liberalism. But few readers will be challenged to think afresh about their country’s past”.

            En fin, que o bien Harvard se ha convertido en un  bastión de rojos maliciosos o bien el nivel de sus historiadores está bajo mínimos. Ya veremos, porque el libro ni siquiera está aún   en las librerías cuando compongo estas líneas. 

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 Quedamos a la espera, pues, dado que Higonnet no es muy conocido entre nosotros. Sólo he conseguido localizar un texto que se publicó en el periódico Cinco Días en 2004 y que en realidad, traducía otro aparecido en Le Monde. Decía allí: “Para los estadounidenses, Europa no existe desde 1840. Para ese pueblo profundamente aislacionista, dominante y seguro de sí mismo, Europa es desde hace mucho una ficción (…). EE UU tampoco es ya para Europa una esperanza ni un modelo (…). La distancia es más vasta que nunca (…). Las antiguas imágenes de complementariedad han desaparecido o subsisten en EE UU en una versión extravagante de rechazo y hostilidad (…). Estamos cerca de un gran giro en la historia de esta vieja pareja. El divorcio parece inevitable”. Nada del otro mundo.  

Otra recomendación: la reseña de Ian Buruma (“Fascinante narcisismo”) al libro de Steven Bach (Leni: The Life and Work of Leni Riefenstahl) en el NYRB del 14 de junio.   

  

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