La guerra de los seis días cumplirá 40 años (y como si nada)

La guerra de los seis días cumplirá 40 años (y como si nada) 

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Seguramente, conjeturaba hace poco el periodista y escritor David Remmich  en The New Yorker, si hay un lugar en el que el   revisionismo histórico    desempeñe un papel   crucial,  en el sentido político y moral del término, ese es  Israel. El Estado se creó en 1948  y, casi de inmediato, su prehistoria — los orígenes de la ideología sionista, el comportamiento de los británicos durante el   mandato colonial y, críticamente, la relación con la otra parte, con los árabes-palestinos–, se convertía en materia para los libros de texto, el periodismo, el adoctrinamiento militar o la retórica pública. La generación de los fundadores, los que  llamaron a  su guerra como la “de la independencia” contra Egipto, Siria, Irak y otros vecinos hostiles,  creaban  ahora  su historia. De hecho, es lo que ocurre siempre, que al vencedor le corresponde narrarla.  Como en cualquier otro nuevo Estado, esa narrativa tendió a ser establecida en los términos de una epopeya   histórica  gloriosa.   Y así, una parte podía ser silenciada. Lo dijo   Golda Meir   en 1969: “There was no such thing as Palestinians”.   

No fue hasta los años ochenta, después de que se abrieran al público nuevos archivos estatales  y de que apareciera   una generación desilusionada y descreída en relación con los   viejos mitos   fundadores, que los estudiosos israelíes comenzaron a afrontar algunos hechos incómodos. El más importante de los nuevos historiadores israelíes fue Benny Morris, un izquierdista (entonces) que había participado en la desastrosa guerra del Líbano como soldado y como reportero, y que incluso fue encarcelado por negarse a servir como reservista en los territorios ocupados.  En 1987, el año del estallido de la  intifada, Morris publicó The Birth of the Palestinian Refugee Problem, 1947-1949 (Cambridge, Cambridge University Press, 1988),   en cuál desmontaba  una de las ideas más queridas por los israelíes: que los  tres cuartos de millón de  árabes-palestinos que abandonaron    sus aldeas durante y después de   la guerra lo hicieron   voluntariamente y siguiendo las ordenes de sus líderes, que les prometieron que pronto podrían volver. En su lugar, Morris dejó claro  que  una buena parte de los palestinos fueron expulsados    por los líderes militares israelies (incluyendo al joven Yitzhak Rabin)  y que muchos otros huyeron atemorizados    después de oír hablar de las matanzas y de la destrucción de los hogares en las aldeas próximas.

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La mayoría de los nuevos historiadores se doctoraron en el extranjero, lo que les permitió cuestionarse  la narrativa con la que   habían crecido. Y  aunque nunca han conformado una   escuela cohesionada, ni personal ni ideológicamente,   su trabajo supuso una suerte de oleada   que desafió a la historiografía israelí tradicional. Junto con Morris vino llan Pappe con su Britain and the Arab-Israeli Conflict (London: Macmillan, 1988), Avi Shlaim con Collusion Across the Jordan: King Abdullah, the Zionist Movement, and the Partition of Palestine (Nueva York, Columbia University Press, 1988), así como el trabajo del   sociólogo Baruch Kimmerling, que describió la ideología del sionismo en términos coloniales (por ejemplo, en su The Invention and Decline of Israeliness: State, Culture and Military in Israel.  Los Angeles & Berkeley, University of California Press, 2001). Desde entonces, los críticos no han dejado de acusar  a los nuevos historiadores de hacer lecturas políticamente tendenciosas de los archivos, de difamar  a un  pueblo que había escapado de un seguro exterminio   y, en suma,  de intentar minar los fundamentos  del Estado. En el diario liberal Ha’aretz, por ejemplo, el novelista Aharon Megged señaló en su día:  “What is it that moves Israeli scholars to distort and make ugly the Jewish national liberation movement, whose only desire was to realize the two-thousand-year-old hope to return to Zion?” 

De todos modos, Remmich   considera que, con el tiempo, el mejor   revisionismo académico ha acabado por filtrase, influyendo incluso entre los políticos del pais. Un ejemplo sería  ha sido Shlomo Ben-Ami que, como es sabido, fue      ministro del interior con  Ehud Barak   y, más adelante,    de Asuntos Exteriores. Ben-Ami escribió   su historia   del Estado en forma de memorias, las Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-ArabTragedy (Oxford University Press, vertido al castellano por Ediciones B),  volumen publicado el año pasado, donde señala que las expulsiones de palestinos en 1947 y 1948 fueron debidas a   “una predisposición ideológica, una actitud mental, un entorno de soporte cultural”, es decir, fue ese entorno  lo que    permitió tal crueldad. Es difícil creer, concluye Remmich,   que  un funcionario israelí hubiera podido llegar por sí mismo  a tales conclusiones  críticas sin el trabajo de los nuevos historiadores.

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En esa senda, Tom Segev  acaba de publicar  en inglés  un  relato sobre la principal de todas las guerras arabo-israelies con el título de  1967: Israel, the War and the Year That Transformed the Middle East (Metropolitan Books). En cualquier caso, se trata de una obra con claro acento periodístico, dado que Segev es quien más cultiva ese género dentro de   los nuevos historiadores. Su estilo es más seco y distanciado que el de algunos de sus colegas más abiertamente ideológicos; durante años, su columna sobre asuntos nacionales en  Ha’aretz fue rotulada  “Foreign Correspondent”, para marcar distancias.  Los padres de Segev huyeron de Alemania con rumbo a Palestina en 1935, pero  su padre murió en la guerra de 1948. Segev, que se   doctoró en la universidad de Boston, ha sido una voz constante en la izquierda israelí, pero sus opiniones son muy  moderadas si   las comparamos con las de  Pappe,  que representa la izquierda  anti-Sionista,  o bien con  las ideas, que hoy calificaríamos de  sui generis, de Benny Morris. Este último, tras  la fallida cumbre   de Camp  David en 2000, se mostró tan desesperado que vino a decir  que David Ben-Gurion debería haber expulsado a muchos más palestinos “cuando tuvo  ocasión”, para así asegurar la  mayoría judía y la seguridad israelí.  

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De todos modos, el libro más polémico de Segev fue su voluminoso The Seventh Million: The Israelis and the Holocaust (Owl Books, 2000),  en el que hablada de la    poca habilidad  del movimiento sionista a la hora  ayudar a los judíos de Europa cuando los mataban, criticando haber convertido el   Holocausto en una carga  emocional para la sociedad israelí. El libro, que fue recibido con un desdén parecido al otorgado al     Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt ,  describia la vergüenza de los pioneros sionistas por la ausencia de una  amplia  rebelión   contra los nazis entre los judíos europeos, y mostraba cómo recibieron a los sobrevivientes en Israel, no solamente con alivio, sino    también, y ocasionalmente, con   suspicacia e indiferencia burocrática. Desde luego, Segev hizo pocos amigos entre el establishment israelí cuando citó una frase de Ben-Gurion de 1938, “If I knew that it was possible to save all the children in Germany by transporting them to England, but only half of them by transporting them to Palestine, I would choose the second—because we face not only the reckoning of those children, but the historical reckoning of the Jewish people”.

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Sea como fuere, Segev viene a ser el primero en argumentar  que la guerra 1967 se asemeja poco  a la narrativa tipo David-y-Goliath popularizada por los propagandistas románticos y  que, en cambio, tiene mucho de   trágica marcha hacia  la locura. Incluso Michael Oren, un historiador situado en la derecha política de Segev, expone   en    su valioso   libro, Six Days of War: June 1967 and the Making of the Modern Middle East (Oxford University Press), que va a    ” to account for the mistakes, miscommunications, random events, and lethal vanities on both sides”.  Cierto es que Oren, que ha dedicado mucho tiempo a estudiar las memorias escritas por los árabes y la literatura disponible, pone mayor énfasis en su libro en las malévolas intenciones de Nasser, señalando que hubo un plan de invasión a gran escala (la Operation Dawn)  que    fue cancelado   en el último momento. En cambio,  Segev es menos comprensivo con la decisión de Israel de adelantarse en el ataque.    Los libros de Segev y de Oren tienen sus limitaciones, señala Remnick. Segev  ignora la situación política árabe y   parece renuente a dar crédito  a los israelíes, en aquello de un sentimiento legítimo de   amenaza; Oren, en tanto erudito más versátil, se ha esforzado en leer    toda fuente árabe disponible (la mayoría de los archivos están cerrados) y, aunque está  más cercano al poder,    tiende a mostrar   los aspectos negativos de la victoria y de la conquista.

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En ese sentido, para Remnick, el libro más completo sobre  las consecuencias de la guerra  es el del periodista Gershom  Gorenberg (The Accidental Empire: Israel and the Birth of the Settlements, 1967-1977, Times Books, 2006 ).   En este volumen se describe cómo, en la década posterior a la guerra, la principal tarea de los gobiernos   de Levi Eshkol,   Golda Meir  y   Yitzhak Rabin fue la de alentar de forma descarada los asentamientos, sin ninguna ignorancia fingida.   Consecuentemente, ayudaron a legitimar esa ideología del establecimiento que practicarían   sus sucesores de la derecha, como Menachem Begin, Benjamin Netanyahu y Ariel Sharon. Gorenberg lo deja bien claro: “all the government ministers, without exception, felt obligated to support settlement somewhere in the territories. Their feeling was that in order to feel that you belonged, you had to support some form of settlement – if not in Hebron, then in Gush Etzion, and if not in Gush Etzion, then in the Jordan Valley. Even Pinhas Sapir, who held very dovish views, was forced to declare that he supported settlement in the Golan Heights”.  A pesar de que los gobiernos dijeran en su momento que asentamientos y controles eran una cosa temporal, no se trataba más que de   evitar que se les señalara como violadores de la   Convención de Ginebra, cuando en realidad, añade Gorenberg,  “the purpose of settlement, since the day in July 1967 when the first Israeli settler climbed out of a jeep in the Syrian heights, had been to create facts that would determine the final status of the land, to sculpt the political reality before negotiations ever got under way”.                

Es decir, hemos asistido a la creación de los “hechos sobre el terreno”, algo que encubre la voluntad   política de rescribir, con   ladrillos y  mortero, los contornos de una nación a expensas de otra. Cuarenta años después, las cosas han ido a peor. Y así lo ven muchos israelíes, porque, al fin y al cabo, su sociedad, aunque a veces no lo parezca,   es una sociedad democrática, sujeta al debate y a la revisión, a pesar de sus dirigentes.  

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Una respuesta a “La guerra de los seis días cumplirá 40 años (y como si nada)

  1. Hola

    Me interesaría disponer de una fuente, que no sea muy difícil de verificar, con la que documentar la famosa frase de Ben Gurion. Un diario, quizás. Sé que pido demasiado, pero te estaría muy agradecido si pudieses ayudarme.

    Te lo agradezco de antemano.
    Salva

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