Hanna Arendt: la cuestión judía

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Hace ya unos meses, mencionaba en este blog algunas de las novedades en torno a una de las pensadoras fundamentales del siglo XX: Hanna Arendt. Una de ellas hacía referencia a la inminente publicación de una nueva recopilación de sus escritos por parte de la editorial Schocken. Ahora tenemos ya el título y las primeras reacciones: The Jewish Writings, editado por Ron H. Feldman y Jerome Kohn. La cosa es como sigue. En 1978, Ron H. Feldman publicó un volumen que recopilaba   los ensayos póstumos de Hannah Arendt sobre temas judíos: The Jew as Pariah: Jewish Identity and Politics in the Modern Age (Grove Press). Este volumen  se convirtió en uno de los trabajos  más  citados a la hora de estudiar a   Arendt, aunque el aluvión posterior lo dejó en desuso, sin que nadie tuviera interés en reeditarlo. Ahora, casi treinta años después,   Feldman ha reaparecido con una nueva edición ampliada, para lo cual se ha contado con la inestimable ayuda de Jerome Kohn, un experto en el asunto que trabaja en el  Hannah Arendt Center de la New School University y que se ha hecho cargo de la introducción.     

“Arendt’s experience as a Jew was sometimes that of an eyewitness and sometimes that of an actor and sufferer of events, all of which run the risk of partiality; but it was also always that of a judge, which means that she looked at those events and, insofar as she was in them, at herself from the outside. Her Jewish writings from more than thirty years are less exemplifications of Arendt’s political ideas at work than the experiential ground from which those ideas grew and developed. It is in this sense that her experience as a Jew is literally the foundation of her thought: it supports her thinking even when she is not thinking about Jews or Jewish questions” (Jerome Kohn)   

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El volumen se inicia  con un célebre ensayo de  1932 titulado “La ilustración y la cuestión judía” (que entre nosotros se incluye en  La tradición oculta) y finaliza con la defensa de su   “Eichmann en Jerusalén”   de 1966 (el intercambio epistolar entre Hannah Arendt y Gershom Sholem acerca del libro se puede seguir en Una revisión de la historia judía y otros ensayos). Pero en buena medida, la mayor parte de los textos  están datados en la década posterior a 1938, desde la “noche delos cristales rotos” hasta la independencia de Israel.   Así pues, la posición de Arendt está relacionada con esos hechos, mudando su condición de filósofa en otra donde primaba el  periodismo y el activismo políticos. Precisamente en esto ultimo está parte del “problema Arendt”, sobre todo para los judíos.

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El periodista Calev Ben-David lo señala con claridad en el Jerusalem Post. Nada hay que objetar a su condición de intelectual, a sus estudios sobre el totalitarismo, pero la parte judía es mucho más problemática, sobre todo a raíz de Eichmann en Jerusalén. Recordemos que desde entonces fue   acusada de deshonrar el judaísmo y que, como ejemplo supremo,  “Le Nouvel Observateur” reprodujo  parte de las reacciones en un artículo titulado  “¿Es nazi Hannah Arendt?”. En cualquier caso,  la posición de Calev Ben-David es mesurada y tiene razón en una cosa, no hay nada revelador, pues todo era ya conocido. Dicho eso, prosigue, cualquier consideración sobre Arendt como judía ha de comenzar con el prefijo “alemana”, de ahí que buena parte delos textos nos muestren su condición de tal, su reacción    frente al ascenso nazi, que es donde hay que situar su estudio sobre el antisemitismo en Europa (que prefigura lo que será Los orígenes del Totalitarismo). Esas preocupaciones explicarían su apoyo a la emigración a Palestina y su preocupación por los asuntos judíos durante los años 40.

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Sin embargo, tras   el nacimiento de Israel en 1948, Arendt perdió ese interés, de modo que no hay casi nada en este libro a partir de los 50, su década más productiva, la que le hace ganar su merecida reputación internacional. Esos años de silencio relativo concluye con el choque y la decepción que para buena parte de la comunidad judía supone la  publicación de Eichmann en Jerusalén, con su análisis sobre la banalidad del mal   nazi y lo que se entiende como  áspera desaprobación de la política israelí.   De eso, y de las reacciones, trata la parte final del volumen. Sobre todo de su respuesta a Gershom Scholem, que la había acusado de carecer de cualquier sentido  del “ahavat Yisrael” (amor al pueblo gente judío): “the heartless, the downright malicious tone you employ in dealing with a topic that so profoundly concerns the center of our life. There is something in the Jewish language that is completely indefinable, yet fully concrete — what the Jews call ahavath Israel, or love for the Jewish people. With you, my dear Hannah, as with so many intellectuals coming from the German left, there is no trace of it”.

Arendt respondió con claridad: “You are quite right – I am not moved by any ‘love’ of this sort, and for two reasons: I have never in my life ‘loved’ any people or collective – neither the German people, nor the French, nor the American, nor the working class, nor anything of that sort. I indeed love ‘only’ my friends, and the only kind of love I know of and believe in is the love of persons. Secondly, this ‘love of the Jews’ would appear to me, since I am myself Jewish, as something rather suspect. I cannot love myself or anything I know is part and parcel of my own person.”

Calev Ben-David recurre a algunos de los biógrafos de Arendt para explicar esa respuesta, en particular a los que ven en ella la influencia de  Heidegger. También utiliza las palabras de su sobrina,   Edna Brocke, en el epílogo  sugiriendo    la influencia de su segundo marido, Heinrich Blucher, cuyo “communist background prevented him from coming to terms either with us Jews or the State of Israel”.    En cualquier caso, la pensadora alemana  habría  proporcionó   apoyo filosófico a esa relación profundamente ambigua   en un ensayo titulado “El judío como Paria: Una tradición oculta”, donde repasaba a   judíos    como Henrich Heine, Bernard Lazare y Charlie Chaplin. Por eso, en la introducción, Ron Feldman afirma: “Fundamentally, these essays show that Hannah Arendt chose the role of a ‘conscious pariah’… Not only did she formulate and celebrate the Jewish pariah as a human type, she epitomized it in her life and thought”. Ahiora bien, como señala  Ben-David, Arendt tuvo que pagar un precio por esa trayectoria, el de ser “ no more than marginal Jewish thinker”.

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En fin, eso es lo que hay. De todos modos, Arendt lo tenía claro. “To be a Jew,” escribió, “belongs for me to the indisputable facts of my life, and I have never had the wish to change or disclaim facts of this kind. There is such a thing as a basic gratitude for everything that is as it is; for what has been given and not made”. Para ella, pues, la  nacionalidad judía -y como no creyente, era siempre la nacionalidad y no la religión lo que la definía- debe desempeñar el mismo papel en el pensamiento moral de un judío que el que desempeña  la  Frenchness para un francés.      

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