Vamos al cine (300)

Queridos amigos, hace unas semanas fui al cine para ver 300, la película. ¿Que qué me  pareció? Un espectáculo visual impresionante, con un discurso orientalista hasta la médula, que diría el desaparecido Edward Said. Pero como no quiero imponer mis gustos ni tengo criterio (ya lo saben, soy un eco), paso a resumirles la crítica de alguien más relevante: de Michael Wood, que enseña literatura en Princeton, cuyo texto apareció en el número de finales de abril de la London Review of Books 

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Empecemos por el principio. Fue Herodoto  quien nos legó el nombre de Leónidas, el rey de Sparta,  que murió en las Termópilas el 480 a.c. haciendo   frente a una multitud de persas a los que no pudo parar, pero  demostrando al menos cómo hacerlo. Herodoto también dijo que se sabía    los nombres de todos aquellos trescientos espartanos que lucharon con su rey. No los enumera, ni lo necesita. Son conocidos porque  él los conocía, rescatándolos así del olvido; éste es uno de los significados esenciales de  tener una historia. Herodoto también rememora, aunque no aparezca así en la leyenda ni en  las películas, a los setecientos tespianos que lucharon junto a los anteriores  mientras el resto de aliados habían regresado a sus hogares totalmente desalentados.   

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Los   persas fueron rechazados un tiempo después, a pesar de su  gran número. Para cualquier griego,  una proporción de tres a uno significaba que tenía    buenas probabilidades, al menos así lo expresa uno de los personajes de la película de    Zack Snyder (y lo mismo ocurre en el cómic  de Frank Miller en el que se inspira).   De ese modo, el mundo occidental se salvó, al menos de momento, de lo que la película denomina  misticismo y tiranía.   ¿Misticismo? (A lo que yo añadiría, si ustedes me permiten intervenir: ¿mundo occidental?).  Eso es lo que se llama fanatismo,  más  espeluznante   que dogmático. En una esquina del cuadrilátero, los espartanos (self-punishing, war-loving, homophobic –nada que ver con los boy-loving atenienses)  que, con  argumentos que se me escapan,  vienen a significar plenamente   la  razón, la justicia, la ley, la libertad y la lógica (por tomar prestadas algunas de las magníficas palabras que aparecen en el libro y en la película). En la otra esquina, un personaje   exótico, a menudo negro, con frecuencia enmascarado, elaboradamente adornado, montando en elefante: el déspota persa que somete a todas las naciones.     Uno puede ver que aquí hay un choque de estilos, particularmente a través del material de los ornamentos de  metal que lleva en la cara –el rey persa Jerjes (interpretado por   Rodrigo Santoro) se guarda de decir que es un dios, pero  mira más como un   altísimo Yul Brynner adornado con montones   de anillos y brazaletes -,  pero es difícil distinguir cuál es esa batalla de valores, con excepción de las pérdidas o ganancias territoriales. Quizá  sea eso lo que la teoría del choque de civilizaciones  signifique para   nosotros. Un par de diferencias en el tocado y en el corte de pelo  nos pueden llevar a hablar de vicios y virtudes, y   podemos acabar siendo enemigos naturales de por vida. 

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Hay un momento maravilloso, aparentemente contradictorio en el cómic, cuando Leónidas  se adelanta a  la postura que tomará Enrique V en la batalla de Agincourt (‘We will light a fire that will burn in the hearts of free men for all the centuries yet to be’’) e invita a los faltos de coraje (es decir, a los que no son favorables a cierta muerte) a abandonarle.   Y se van, a millares, murmurando cosas tales como “debe de estar loco”,  “tengo que pensar en mi familia” o “estos espartanos están como un cencerro”.   Pero,  por supuesto,  los trescientos espartanos se quedan    y uno de ellos incluso es lo bastante impetuoso como para expresar su entusiasmo. “Estamos con usted, señor, hasta la muerte”,  dice. Leónidas mira con severidad al   soldado   y le dice: “Yo no lo pedí.  Dejemos la democracia para los atenienses”. Justo  la clase de defensor  que  la libertad necesita. Por supuesto, esta frase no está en la película. El film resulta  indolente  y realmente no tiene la animación esperada,  dejando aparte la dudosa ideología que de modo solícito comparte con el libro. Podríamos verlos ambos como fabricación de una suerte de caso  que ejemplifica   el triunfo de la voluntad,  con un fascismo que queda disimulado apelando al mágico nombre de Grecia. O como una historia de kung-fu  centrada en la idea de una raza prominente. La película se abre con un niño espartano recibiendo una dura lección de   artes marciales, siendo golpeado y lanzado al suelo por un adulto. Es un poco como la obertura de Batman Begins, excepto que el neófito  tiene  aquí alrededor de cuatro años y el profesor es más grande que Liam Neeson.

Los espartanos se van haciendo hombres desde que nacen y se descarta a aquellos que no parecen tener las cualidades necesarias para ser guerreros.   “Si somos pequeños, débiles o deformes, nos descartan”,  explica la voz del narrador.   Uno de estos niños, deforme como solamente en un sueño monstruoso imaginaríamos,   consigue sobrevivir y regresa justo    para la batalla, con la esperanza de convertirse en soldado. Leónidas, interpretado por Gerard Butler con un fino y fiero acento escocés,   tiene aquí un rasgo improbable de   humanidad y le dice   amablemente que   no puede utilizar a un hombre cuya joroba    le impida    levantar   lo bastante su escudo protector –no  es nada personal contra los monstruos, sólo contra los que combaten a tu lado. Y en vez de responder razonablemente a esta bien argumentada negativa, el monstruo resulta tener un alma acorde con su forma  y traiciona a Jerjes,  revelando al enemigo la existencia de un  sendero oculto  tras  el acantilado donde se dirime la lucha. Él es el culpable  de que los hombres queden ahora rodeados y de que se produzca la masacre final.  

Hay una escena conmovedora donde los espartanos  están rematando a todos los persas heridos en el campo de batalla. Leónidas se está comiendo una manzana  y ponderando una invitación a parlamentar con Jerjes. Acepta, pero sardónicamente, diciendo:   “No hay ninguna razón para que no podamos ser civilizados, ¿verdad?”  Éste es el mismo hombre que   con anterioridad,   en Esparta, había matado al mensajero de Jerjes y a sus acompañantes echándolos a un profundo pozo. La regla es siempre: “culpa al mensajero”’ y olvídate de esas cosas blandengues que son  las  convenciones internacionales. En buena medida, la película retoma   la indicación de la novela de que los éforos espartanos, que quedan retratados  como una curia servil de los viejos dioses, están realmente pagados por Jerjes.  Hay un consejero  espartano que es un  traidor y que está en nómina persa, y el resto de los ciudadanos, todos excepto esos trescientos al borde de la muerte,      han tomado un camino  torcido o vergonzoso. Civiles, ¿qué se puede   esperar de ellos? Bien, hay un viejo compañero leal, pero ineficaz, y está la noble reina, interpretada  con   impaciente firmeza por Lena Headey, con un  papel muy ampliado  en la película; pero es una mujer sola en  política  y con un hombre en el corazón, un verdadero espartano. Es tras su cabeceo que Leónidas empuja al mensajero al pozo. 

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Por otra parte, aunque con un  movimiento lento y con la celebración de una cultura   brutal y autocomplaciente, la película tiene la ventaja de su estilo visual, desolador, monumental.    El novelista y los responsables de la película  no son fascistas; solamente se enamoran de una fantasía fascista, y quizás solamente de sus posibilidades visuales. Poco se puede objetar a que se haga  una película basada en una novela gráfica o en un cómic cuando a uno    no le gusta   la mirada del cómic  o de la novela, o más exactamente  cuando   uno    no comparte   algo así como la sensación de draughtsmanship en una película, un efecto que generalmente puede parecer anonadante y por momentos intensamente sugerente. Afortunadamente, Snyder ama la mirada  de Frank Miller y la película crea la sensación  de un fino sueño oscuro, con   cielos,   piedras  y  mares coloreados en tono sepia, con  palacios marrones y ráfagas de rojo brillante para las capas espartanas. Los cascos de los guerreros parecen   lúgubres esculturas, antiguos artefactos de  hierro en los  que centellean los ojos, y  uno se para a preguntarse   por qué los espartanos habrían de insistir en entrar en batalla con tan poca ropa  encima –sólo el casco, las sandalias, protector y correa-, con unos cuerpos tensos que parecen   juguetes arqueológicos,   estatuas animadas en marcha.

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El contrapunto: “Lo que deja en la pantalla este director de cine con esta hazaña de trescientos contra miles es pura contracorriente. Lo primero que se siente al ver 300 es puro elogio de la guerra, de la entereza y de la resistencia; la guerra es el único instrumento  útil para aspirar a la paz y para proteger la libertad, se viene a decir sin tapujos. Completamente absorta la imagen de Zinder en el dibujo de Miller (la “pintura” cinematográfica es clavada a la del cómic, tanto en rasgo como en macha y en espíritu) y con una voz en off que le saca brillo a los aceros y a la épica, la idea  es narrar con una vistosidad asombrosa y entre tonos ocres, terrosos y depresivos un hecho heroico, y que además salvó a Occidente, pues fue un ejemplo al que se sumaron los griegos y pudieron así salvar los muebles de su cultura o civilización.” (E. Rodríguez Marchante, ABC).

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