Británicos versus galos

La Guerra de los Cien años aún colea

Ha sido  Andy Martin, profesor de francés en la Cambridge University, quien ha sacado  a relucir en The Independent  la frase que pronunció Harold Wilson en cierta ocasión. “En mis tratos con el General De Gaulle –decía el Premier— no siempre resultan productivas las frases sobre Trafalgar o Waterloo, y él es muy discreto en cuanto a la Batalla de Hastings”. Desde luego, no se puede decir que las viejas naciones europeas, y éstas en particular, carezcan de trastos históricos  que tirarse a la cabeza.  

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Viene esto a cuento por uno de los libros más comentados de la temporada anglosajona: That Sweet Enemy: the French and the British from the Sun King to the Present, que debemos a la selecta pluma  de los  Tombs,  Robert e Isabelle.  Se ha dicho del volumen que está repleto de épica y que es muy instructivo, sobre todo si uno está interesado en repasar esos varios siglos de peligrosa vecindad  que llevan a sus espaldas franceses y británicos. Sin  duda, ambas partes han tenido más de un disgusto a lo largo de esa trayectoria y, en ciertos momentos, cada uno de los contendientes habría deseado borrar del mapa a su singular oponente, cosa que se ha resuelto finalmente en una relación interactiva en la que cada uno se define por referencia al otro, como siempre. El citado Andy Martin señalaba a ese respecto que los suyos llaman “ranas” a los galos, no sólo porque éstos se  las coman, sino porque los súbditos de su Majestad jamás lo harían. En cambio, París ha sido siempre un sueño exótico y erótico, una especie de oxímoron, el lugar alejado  más cercano   (nearest faraway place).  Y, claro está, resulta que Robert Tombs es un gentleman y que Isabelle es una mademoiselle,   ejemplo donde los haya de que es posible la coexistencia pacífica. De hecho, Robert estudió en Cambridge y se doctoró con un trabajo sobre historia moderna francesa, mientras que  Isabelle estudió en la Sorbona, donde también fue a parar Robert,  y se doctoró con una investigación sobre la historia moderna británica en el  Trinity College, de Cambridge. Es decir, tal para cual. En la actualidad,   Isabelle enseña su lengua materna en el  Foreign and Commonwealth Office y   Robert imparte historia en la Cambridge University.  

Así pues, That Sweet Enemy es   una obra muy particular, con los papeles bien definidos, un trabajo bilateral.  Isabelle   tiende a acentuar la agresión británica, la francofobia y la histeria anticatólica, mientras que  Robert  se centra en  la agresión francesa, la anglofobia y en Napoleón, ese demonio francés (y no quiero comparar ese reparto del trabajo con otros ejemplos hispanos, que bien podría extraer con gracejo recurriendo al universo musical). Sea como fuere,  ambos convienen en que todos los problemas  provienen siempre del otro   lado del canal, con lo que la discusión en casa de los Tombs está asegurada y no hay peligro de que decaiga en ningún momento. Argumentos sobran y rivalidades históricas también, todas ellas señaladas en el libro que nos ocupa. Por supuesto, predomina la mirada británica, al menos su forma de hacer historia, muy empírica, muy política, nada de teoría francesa (vade retro). Es decir, se mantiene la senda de Edmund Burke, cuando denunció a Francia por cultivar la  “abstracción metafísica”. Así que los intelectuales franceses se solventan con un breve plumazo y algunos simplemente se omiten, como Sartre.  Como ha señalado Andy Martin, si Napoleón dijo en cierta ocasión que una revolución era una idea que ha encontrado bayonetas, este libro es generoso en   bayonetas  y escaso en ideas.           

Pero, por lo que fuere, ha sido un volumen con fortuna y tanto los periódicos como las revistas no han dejado de reparar en su contenido. Lo ha hecho, además de lo mencionado, The Guardian hasta en   dos ocasiones, de la mano de Stuart Jeffries y de Adam Thorpe, tambien Allan Massie en Literaty Review y, cruzando el Atlántico,  Maya Jasonoff y W.A. Hay para los dos periódicos de la capital (el Post y  el Times). Pero la palma se la lleva, sin duda alguna, la magnífica escritura de Julian Barnes para NYRB con el título de The Odd Couple. No es que sea nada del otro mundo, pero Barnes es Barnes.

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