Es la cultura, estúpido! (2)

Pero hubo otras críticas de esta teoría  o  modelo del cambio cultural, como señala Peter Burke. Una   era que dejaba sin espacio  a los individuos poderosos, tales como el rey Kamehameha de Hawaii. Para resolver este problema, Sahlins ha introducido en este nuevo trabajo la idea de la “systemic agency”, delegar el peso de las instituciones en los individuos, dando a sus acciones   “structural weight ” (155-57, 1988). Otra crítica al modelo de Sahlins es que es esencialmente exógeno, asumiendo que   sin un encuentro como éste entre Gran Bretaña y Hawaii el orden cultural habría permanecido esencialmente estable.

 En respuesta, Sahlins publicó un ensayo en 1991, “The Return of the Event, Again” (en Clio in Oceania, ed. Aletta Biersack [Washington, DC, 1991], 37–100), en el que distinguía entre los acontecimientos “exógenos”, como la llegada de Cook, y los “endógenos”, tales como la guerra de Fijian de 1843-1855 entre los reinos de Bau y Rewa, que él comparó con la guerra del Peloponeso.        

Digamos, pues, que Apologies to Thucydides comienza  donde terminaba el texto de   1991.   De nuevo, Sahlins demuestra su habitual inclinación   por los epigramas y la polémica (en este caso,   contra   la teoría de la elección racional y la antropología postmoderna). El libro se compone de tres ensayos unidos por su preocupación por fijar los vínculos entre la cultura y los acontecimientos.

El primero, “The Polynesian War”, retoma el paralelismo con Grecia y sostiene la comparación   entre Bau y Atenas, Rewa y Sparta. Criticando a Tucídides por su escaso apego a las estructuras, Sahlins discute la ecología y la geopolítica así como el papel de  individuos preeminentes tales como Ratu Cakobau, el rey de la guerra de Bau. Como el autor admite, “The numerical scale of things in Fiji … was generally between one-tenth and one-twentieth the corresponding numbers for Greece” (21). Las diferencias culturales entre Bau y Atenas son también obvias. En el mismo sentido, su ensayo ilustra cuidadosamente el valor de “comparing the incomparable”,  como señaló recientemente el helenista francés Marcel Detiene (Comparer l’incomparable, Le Seuil, 2000). Sahlins arguye que Atenas y Sparta, como Bau y Rewa, formaron un sistema de  “interdependent differences” (21) –no una oposición estática sino   dinámica– en la que cada cultura se definió a sí misma siempre y de forma más intensa  contra su rival.

El segundo ensayo, “Culture and Agency in History”, vuelve  a los problemas que Sahlins discutió en 1981 y 1985, introduciendo la noción de la “conjunctural agency”, en la que una situación pone a individuo en   posición de hacer algo  significativamente diferente. Según la fórmula típica de Sahlins, la noción se ilustra con ejemplos inesperados: Bobby Thomson, cuyo home run condujo a la derrota de los Brooklyn Dodgers a manos de los  New York Giants en 1951, y Elián Gonzalez, cuya historia ilustra “interchanges between the collective and the personal”.

 

Finalmente, “The Culture of an Assassination” nos devuelve a Fiji y a Ratu Cakobau, que mató a su medio hermano, Ratu Raivalita, en 1845. De nuevo encontramos acontecimientos ordenados por la cultura, como esos conflictos dentro de la familia real que siguen líneas tradicionales. Lo que Sahlins acentúa esta vez, sin embargo, es el elemento de la libertad. La cultura no determinó el hecho de que Cakobau se adelantara antes de que Raivalita pudiera matarle. Adoptando una expresión que procede de mis propias investigaciones (de la Italia renacentista), el asesinato ofrece un ejemplo de  il contracambio, es decir, del ataque preventivo o del “biter bit.”   

 

 

En primer lugar, Sahlins podría discutir algunas concepciones alternativas sobre los asuntos de la estructura y la acción, incluyendo la idea de  figuracion   de Norbert Elias (quién la ilustró con el futbol   más   que con béisbol) y la idea de campo  de Pierre Bourdieu.

 

En   segundo lugar, Sahlins podría añadir algo más sobre las mediaciones entre los individuos y las estructuras, especialmente en grupos pequeños tales como los equipos o el círculo   de  compañeros que rodean a un jefe,   grupos que se mencionan pero que no se discuten   seriamente.

 

En tercer lugar,   creo que   resulta difícil utilizar las ideas propuestas en este libro en otras situaciones históricas, tales como la Reforma y la Revolución Francesa. A primera vista, la relación entre la Reforma y la Contra-Reforma   parece ajustarse al cercano modelo de la “complementary opposition”  -aunque  necesitamos tener en cuenta las manera en la que   católicos y   protestantes interaccionaron y se definieron a sí mismos en relación a los otros. El progreso de la Reforma o de la Revolución Francesa puede   seguir el modelo de Sahlins de   interacción entre cultura y   acontecimiento, pero sus orígenes plantean un problema. El orden cultural de los dos regímenes  antiguos incluye  conflictos más agudos que los que Sahlins discute sobre Hawaii o Fiji. Quizás necesitemos introducir la  noción de  “cultural disorder”.    

Sería una pena que el número total de lectores de estos brillantes ensayos quedara restringido a los antropólogos o a los historiadores de la Polinesia o de la Grecia antigua. Sahlins ha planteado   preguntas sobre las que todos los historiadores    necesitan   pensar   y les ha ofrecido algunas respuestas refrescantes. 

 

 

Si se han quedado con ganas de Sahlins, les recomiendo la traducción gratuita de Esperando a Foucault (Waiting for Foucault and Other Aphorisms, Prickly Pear Pamphlets, Charlottesville, Virgina, 1999):   “Ours is the only culture that has escaped deconstruction by the changing of the avant garde, as it retains its essentialized and monolithic character as a system of domination.”

 

Puesto que el autor todavía está en plenas condiciones y es inverosímil que este libro sea el último, espero –dice Burke– que en ensayos   futuros su teoría del proceso histórico se pueda amplificar en al menos tres aspectos.

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