La historia (en tránsito)

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   Acaba de aparecer la traducción del libro de Dominick LaCapra History in Transit: Experience, Identity, Critical Theory (Ithaca, Cornell University Press, 2004). El favor se lo debemos, como en tantas otras ocasiones a la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica:  Historia en tránsito. Experiencia, identidad, teoría crítica. No voy a resumirles su contenido, pues dispongo de él y puedo reproducir sus primeras palabras:

La historia siempre está en tránsito, aun cuando ciertos períodos, lugares o profesiones alcancen ocasionalmente una relativa estabilidad. Ése es justamente el sentido de la historicidad. Y las disciplinas que estudian la historia -tanto la historiografía profesional como las otras disciplinas científico-sociales humanistas o interpretativas que se ocupan de ella- también están, en grado variable, en tránsito, dado que sus autodefiniciones y fronteras jamás son fijadas ni adquieren una identidad indiscutible. Desde una perspectiva histórica, la sola idea del fin de la historia podría parecer un absurdo ahistórico. Sin embargo, también podría aludir a la esperada o temida, utópica o distópica, trascendencia de la historia en algún más allá intemporal o (post)apocalíptico, ya sea fuera del tiempo o siendo capaz de suspenderlo de algún modo si no de ponerle punto final. El tan mentado fin de la historia podría ser también un intento ideológico de permanecer fijados a una condición histórica existente determinada, como la economía de mercado y la limitada democracia política.  En este sentido, aunque nos habla de una estructura fantasmática de deseo y de sus posibles efectos, se convierte en un síntoma cultural que se presenta como una teoría general -síntoma que testimonia el predominio de las sensibilidades postapocalípticas- cuando pretende conceptualizar la historicidad o los procesos históricos en general.           

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La historia en el sentido de historiografía no puede escapar a la situación de tránsito a menos que se niegue a sí misma rechazando su propia historicidad y se identifique con la trascendencia o la fijación. Esta condición transitoria afecta el significado mismo de la comprensión histórica; exige repensar continuamente lo que cuenta como historia, en el sentido dual de proceso histórico e intento historiográfico de dar cuenta de éste. Las nociones de tránsito y transición no implican un escepticismo relativista ni tampoco una teleología general de la historia o la historiografía, sino más bien la voluntad de repensar objetivos y presupuestos, incluyendo el significado mismo de la temporalidad como rasgo estructural de la historicidad propiamente dicha. Cualquier “defensa” de la historia que niegue o excluya la historicidad, incluyendo la historicidad de la disciplina histórica, equivale a un intento de inmovilizar la disciplina de manera que niegue o margine las fuerzas que componen su estructura internamente disputada y sus posibilidades o metas emergentes; también desnaturaliza defensivamente los encuentros dialógicos con voces y fuerzas que desafían su conformación actual. El encuentro dialógico con un desafío no sólo puede cambiar las prácticas históricas existentes; también puede conducir a repensarlas y a legitimar aquellas que soporten el análisis crítico, en ocasiones situándolas en una concepción más amplia de la comprensión histórica. La profesionalización conlleva el intento de estabilizar la comprensión histórica mediante límites normativos y por lo tanto plantea, a su manera, el problema (ético-político) de los límites normativos y de aquello que los excede, prefigurando quizás nuevas concepciones de la comprensión histórica y hasta de la disciplina de la historia en relación con otras disciplinas y emprendimientos intelectuales, como aquellos representados por las humanidades y las ciencias sociales”.  

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            El autor expresa, además, que uno de sus objetivos es esclarecer el concepto de experiencia, sobre todo en lo que atañe a la comprensión histórica. Le interesa, en particular, cómo esta preocupación ha propiciado otra forma de lectura de los archivos, al interrogarse por cómo se forma y se conserva la experiencia, al   rastrearla en  grupos aparentemente sin voz. De ahí, añade,  que se haya prestado tanta atención a la microhistoria,  ya sea en el estudio de grupos humanos como el aclamado Montaillou, de Emmanuel Le Roi Ladurie, o el potentísimo y no debidamente reconocido La Posesión de Loudun, de Michel de Certeau, ya sea tomando  la experiencia de un solo individuo,   como el hoy famoso caso del otrora mudo y nada glorioso Menocchio en El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg.

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Ahora bien, a quienes no baste la lectura posmoderna de la historia, nada más fácil que adquirir en la misma FCE la reluciente reedición de Los Reyes Taumaturgos de Marc Bloch. Pura delicia clasica y moderna para espíritus pasados y pretéritos.

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