Todorov ve la literatura en peligro

tzvetan_todorov-b.jpg

 Toutes les méthodes pédagogiques sont bonnes, tant qu’elles ne transforment pas les moyens en fin et qu’elles cherchent, grâce à la littérature, à enrichir et à structurer l’esprit de l’être humain” (Tzvetan Todorov, La Littérature en péril, Flammarion, «Café Voltaire», 95 págs, 12 €)

Hay autores incombustibles y uno de ellos es, sin duda alguna, Tzvetan Todorov. El 2007 empieza para él como siempre, con un texto revigorizante, aunque corto, cuyo título es La Littérature en péril. Un volumen que, si no ando desencaminado, es el que hace la bonita cifra de treinta y cinco dentro de su nutrida producción.  Hay en este libro  una   andanada contra quienes   supuestamente ponen la literatura en peligro, contra  aquellos profesores, críticos literarios y oras gentes de letras que reducen la literatura a juegos formales y que no ven  otra cosa que “técnicas narrativas”. Y no es un defecto exclusivo de las mentes pensantes, pues el deterioro se cultiva desde la tierna infancia. La escuela es la inicial responsable, porque “on n’apprend pas de quoi parlent les oeuvres, mais de quoi parlent les critiques”, porque en aras del análisis formal los profesores descartarían estudiar su relación con el hombre y con el mundo: “on se demandera si Le Procès s’apparente au registre comique ou à celui de l’absurde, au lieu de chercher la place de Kafka dans la pensée européenne”.  Así pues, entre unos y otros    quedaría encumbrada una   trilogía fatal, esa que formarían el formalismo, el nihilismo y el  solipsismo.  

Con tales armas,  no harían sino desesperar al lector más entusiasta y ese resultado no sería extraño, pues precisamente es el entusiasmo lo que desespera a aquellos caballeros eruditos. He aquí, pues, el abismo que separa a aquéllos de éstos. El crítico y el especialista destilan conmiseración, mientras que los lectores  buscan en una novela algo que dé sentido a su vida. En fin, dice Todorov, es necesario que la literatura devenga popular: “Non seulement [les] romans populaires ont amené à la lecture plusieurs millions d’adolescents, mais de plus ils leur ont permis de se construire une première image cohérente du monde, que, rassurons-nous, les lectures suivantes amèneront à nuancer et à complexifier”. 

lit1.jpg          

La crítica ha tratado con algo de respeto y un poquito de ironía esta nueva entrega del pensador franco-búlgaro, dadas las puyas que contiene contra esta profesión. Philippe Lançon, en la reseña que ha publicado  Libération, puede ser un buen ejemplo. A su parecer, con este libro    Todorov se ha incorporado a lo que podríamos denominar el coro   de    los suplicantes o llorones.      

¿Es realmente cierto, se pregunta Lançon, lo que denuncia este pensador? La producción literaria  contemporánea desmiente este tópico, concluye, algo que debería ser obvio incluso teniendo   un conocimiento superficial de ese mundo. En Francia, por ejemplo, no cesan  de publicarse novelas de todas las clases, cuya preocupación principal es relatar el mundo de una manera u otra. Atribuir, pues, a las críticas aparecidas en la prensa o en las revistas especializadas tal influencia sobre el trabajo de los novelistas  es exagerar el poder de los unos y subestimar la imaginación de los otros. Ahora bien, continúa Lançon, Todorov es un universitario y mucho de los de ese círculo   estudian tanto  a los muertos que acaban viendo a los vivos con    una perspectiva deformada, casi siempre nostálgica. Todorov no escaparía, pues,  a ese timbre.  

¿Significa eso que el libro de Todorov carece de interés? De ningún modo, sobre todo en la parte en que relata una breve meditación autobiográfica. Hay que recordar que  Todorov   estuvo vinculado en los años sesenta  a Gérard Genette, uno de los pioneros de la crítica textual, con quien creó la revista  Poétique bajo el estandarte clasificatorio del estructuralismo. Fue un trabajo fructífero, hasta el punto de que modificó y orientó los estudios literarios en Francia y, por extensión, en otros lugares.   Por eso, no debe extranar que Todorov se pregunte: “Devrais-je me sentir responsable de l’état de la discipline aujourd’hui ?”  Lançon no lo cree. 

Todorov recuerda que comenzó a  estudiar en la Bulgaria comunista: «Je me suis engagé  dans une des rares voies qui permettaient d’échapper à l’embrigadement general.  Elle consistait à s’occuper d’objets sans teneur idéologique; donc, dans les oeuvres littéraires, de ce qui touchait à la matérialité même du texte, à ses formes linguistiques”. Al llegar a   Francia prosiguió   este trabajo en contacto con el naciente estructuralismo, con una pretensión: “infléchir l’enseignement littéraire à l’université pour le libérer de la grille des nations et des siècles, et l’ouvrir à ce qui rapproche les oeuvres les unes des autres”. Fue eso lo que le hizo recordar siempre que la literatura le ayudó a vivir, porque le hablaba del hombre, porque le permitía comprender.    

Todorov acaba reconociendo que los estudios a los que contribuyó en los sesenta han llevado a exagerar la importancia del sentido formal en los textos. Por tanto,  sería necesario volver a reintroducir un poco de simplicidad, de humanidad y de contexto. Y tras ese breve comentario,    Lançon concluye: “C’est juste, banal, d’un diagnostic un peu superficiel ­ comme un préambule au livre profond qu’il écrira peut-être sur son rapport à la langue, ce tango éclairé et discret de formaliste humaniste”.             

Para terminar, hemos de añadir que quizá la preocupación de Todorov sea ciertamente banal, pues las previsiones editoriales en Francia son de tal calibre que ha de haber necesariamente obras con las que colmar esa sed humanista. Por lo que se dice, entre enero y abril se publicarán un total de 542 nuevas novelas y ensayos, entre francesas y traducidas.  Alimento no faltará. Entre todo eso, también han aparecido o aparecerán otras reflexiones sobre la literatura, como L’Art de raconter (Grasset) de Dominique Fernandez o Devenirs du roman (Naïve) de François  Bégaudeau, así como obras tales como  Place des pensées (Gallimard), en la que Richard Millet reflexiona sobre la obra de   Maurice ­Blanchot,  La Révolution (Gallimard)  de François Furet, con prólogo de  Mona Ozouf o el  François Furet   (Gallimard) de  Ran Halevi. 

Que ustedes lo disfruten

Enlace: Una entrevista cruzada entre Todorov y François Bégaudeau, novelista y profesor de francés

Anuncios