Ralph Samuel: Auge y caída del comunismo británico.

 Ralph Samuel

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The Communist Party, in my recollection of it (I left the Party in 1956), was singularly free of what are known, in more conventional political formations, as ‘rows’. Succession struggles of a kind endemic in social-democratic parties were unknown, and indeed for the first ten years of its existence the Party had nothing resembling a Party leader. Political differences, so far from being envenomed by personal rivalries—the normal condition of the Labour Party—were suppressed for the sake of comradeship. If there were political divisions on the Executive Committee, the members did not know about them, nor would it have been conceivable for confidential reports to be leaked to the capitalist press—something which passes without comment today. Party proceedings, by comparison with those in the Labour Party, were exceedingly decorous. Leaders were not in the habit of claiming that they had been stabbed in the back (a melodrama latterly as common on the left of the Labour Party as it used to be on the right), they did not stage premeditated tantrums at the rostrum or walk off conference platforms in a huff, nor were delegates accustomed to yelling abuse from the floor. ‘Pride’, Deutscher remarks in his political biography of Stalin, ‘is not a Bolshevik virtue’”.  

Cerremos el año ya fenecido. Vayamos en esta circunstancia a las Islas Británicas. Una de las efemérides más señaladas entre determinados círculos fue el décimo aniversario de la muerte de Raphael Samuel, que tuvo lugar el 9 de diciembre de 1986. Así pues, unos días antes de cumplirse una década del óbito apareció el homenaje: The Lost World of British Communism 

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Se trata de un conjunto de textos recopilados para la ocasión en los que, desde la óptica de los ochenta, Samuel repasa lo que fue ese partido en los cuarenta (recordemos que lo abandonó en 1956 junto a muchos de sus colegas por las razones archiconocidas).  Hay así multitud de anécdotas sobre cómo estaba organizado ese partido, sobre las estrategias que dispensaba el comité ejecutivo a sus bases, sobre la Internacional Comunista y sobre el control que ejercía Stalin. Todo muy rígido, como se ve en una de las comunicaciones que remite uno de los mandamases: “… Mrs Kingston, although she has passed party training, and is therefore a full member of the party, does not accept the materialist conception of history, and she believes that communism is founded on idealism and not on materialism … She is trying to form a group of people who think the same”. Al parecer, la señora Kingston era un caso perdido.  

De todos modos, parece ser que la parte más interesante del volumen es la dedicada a analizar los pesares de la izquierda en tiempos de la célebre Margaret Thatcher. En aquella época había dos bandos bien definidos: los miembros de la vieja guardia y los jóvenes de Marxism Today. Samuel simpatizaba con los primeros, por el respeto y el cariño que les tenía. En cambio, veía en los otros los peores defectos, tales como la intolerancia y la rigidez intelectual: “For the first time in its history the party is staging something approaching a full-scale purge. It is an odd way to celebrate the advent of pluralism“.  

Cabe añadir que, a diferencia de muchos otros, Samuel nunca renegó ni pidió perdón por lo que fue durante aquellos años cuarenta y cincuenta, cuando se empeñaba en hacer de sus alumnos buenos comunistas. En los ochenta le divertía pensar en lo que había hecho en aquellas décadas, pero sin avergonzarse. De él nos ha quedado su trabajo, el de uno de los mejores historiadores británicos del siglo XX. Como muestra su Theatres of Memory: Past and Present in Contemporary Culture que, a no tardar, vertirá al castellano Publicaciones de la Universidad de Valencia (PUV). Cojan número.      

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