Fanatismo. Historia de un concepto.

Queridos hermanos, prosigamos.

        

Alberto Toscano es profesor de sociología en el  Goldsmith College de la London University, donde forma parte del Centre for the Study of Invention and Social Process. Ha traducido al inglés libros    (de Alain Badiou y de  Toni Negri) y ha publicado numerosos artículos sobre  Schelling, Deleuze, Simondon y Badiou, entre otros.  Su último volumen, por ejemplo, lleva por título: The Theatre of Production: Philosophy and Individuation between Kant and Deleuze, (Palgrave, 2005).

 

 

Su  propuesta sobre el particular se pueden resumir en el siguiente párrafo: el creciente uso del término “fanatismo” para identificar los peligros del presente, en particular el recrudecimiento de la política religiosa y el fenómeno terrorista, muy pocas veces se acompaña de una reflexión sobre la genealogía del término y la variedad de usos que permite. Una simple mirada a la historia filosófica del concepto permite rasgar los velos que lo cubren y proponer una crítica de sus funciones retórica y analítica. Siguiendo las huellas de los grandes pensadores que han intentado determinar su significado, nos queda a nosotros la tarea de repensarlo para el presente como una figura histórica, política y psicológica, dejando de utilizarlo como mero talismán para exorcizar el miedo. 

Así pues, es ese recorrido histórico el que interesa. Veamos lo que nos dice.

El discurso sobre el fanatismo surgiría de las mezcolanzas  ideológicas, teológicas y políticas que acompañan a la Reforma. Mejor dicho, de la feroz polémica entre, por un lado, Lutero y, por otro, los movimientos urbanos y campesinos (como los encabezados por Müntzer) que cuestionaban la autoridad de los príncipes y del clero. Lutero los condenará usando el término Schwärmer (de Schwärmerei, que podemos traducir como fanatismo). ¿A qué se refiere? Recordemos que los ideólogos de la Reforma ven en éstos un intento de eliminar la distinción clave entre las dos ciudades agustinianas, con la voluntad milenaria de que el reino de los cielos se manifieste en la tierra. Para Lutero, el propósito de acabar con la autoridad secular es una desastrosa señal de soberbia, una auténtica catástrofe religiosa.           

Si en el discurso protestante el “otro” es el campesino, en la Ilustración se propone inicialmente una figura del fanático que calificaríamos de ambigua, y ello aunque este movimiento pueda definirse por su lucha contra el fanatismo religioso. Por ejemplo, en Le fanatisme, ou Mahomet le prophet (1741), Voltaire obliga a uno de sus sicarios a matar al sheik de la Meca, pues éste rechaza doblegarse ante la religión del “fanático”. Además, el sicario resulta ser hijo del sheik, lo cual vendría a demostrar la fuerza profanadora del fanatismo. Para otros, la verdadera lección sería que ese Mahoma no cree en el dogma e   instrumentaliza el fanatismo. En cualquier caso, permite una ecuación que hará fortuna entre una categoría abstracta (fanatismo) y una cultura particular (islam). (Añadamos a lo dicho por Toscazo la aclaración de Voltaire en una carta remitida a Federico II  de Prusia: “Me vería recompensado si una de estas almas débiles siempre dispuestas a recibir un furor ajeno […] se dijese, tras leer el libro: ¿por qué obedecer a los ciegos que me gritan: odiad, perseguid, acabad con quien es tan temerario para no pensar como nosotros sobre cuestiones incluso indiferentes?”).           

De todos modos, es con Kant con quien vemos un tratamiento más austero y culturalista.  Así, en la Crítica de la razón práctica, el filósofo alemán distingue entre “fanatismo religioso”, que concierne al conocimiento de Dios, y un peligroso “fanatismo moral”  que desdeña el deber de la razón y funda la moral en el sentimiento, en la noble convicción, en la fe sublime. Un fanático moral es, pues, el que, no sometiéndose a un deber universal,  puede convertirse en un homicida bienintencionado. Fanatismo es así transgresión de los límites de la razón humana, un delirio metafísico.           

El concepto también sería importante en Hegel, para quien el fanatismo es un paso necesario en la progresiva universalización del espíritu. Si el pensamiento alemán puede verse como una respuesta filosófica al trauma histórico y a la esperanza de emancipación que supone la Revolución Francesa, entonces Hegel no se desvía en absoluto de ese camino. El fanatismo sería una manifestación de la libertad subjetiva en su pura negatividad, en tanto rechazo activo de cualquier determinación. Así, en la Fenomenología del Espíritu, Hegel entiende que es eso lo que está detrás del Terror revolucionario y de la implacable lógica de la sospecha que lo acompaña (en este punro, Toscazo recurre a Alain Badiou, Le Siècle, Le Seuil, Paris, 2005).     

 En fin, ese recorrido es amplio, pero es en el siglo XX cuando quizá haya mayor preocupación por el concepto. Aunque no exclusivamente, han sido los pensadores anticomunistas los que mayores esfuerzos han dedicado a esclarecerlo, viendo en él la causa y no el efecto de los males sociales (Cioran o Aron), creando una dicotomía ideológica entre un liberalismo del escepticismo y del compromiso, por un lado, y el frente del fanatismo, por otro.  Ya no es, pues, una tendencia errónea de la razón (Kant) o un extremismo necesario en el desarrollo de la humanidad (Hegel), sino simplemente una patología a extirpar. Esa análisis, sin embargo, olvida que los escépticos y los liberales son capaces de causar grandes males (bajo el pretexto de una guerra justa, por ejemplo) y que no todos los reaccionarios pueden ser catalogados de fanáticos. Olvida también que una historia sin fanatismo puede que sólo sea el resultado de una política de emancipación real y no de una abstracta batalla de ideas.            

Así pues, siguiendo las huellas de quienes han intentado esclarecer el significado del concepto, queda para nosotros la tarea de repensar el fanatismo como figura histórica, política  y psicológica y sus  aplicaciones para el presente, no usándolo sólo como talismán que sirva para exorcizar enemigos absolutos. Quizá en ese camino un primer paso sea tratar el concepto como predicado de ciertas acciones y discursos políticos, absteniéndonos de definir a los sujetos políticos como fanáticos  sans phrase. Como enseña la vida de Lutero y la de aquellos campesinos revoltosos, la designación de los enemigos como “fanáticos” es a menudo un siniestro preludio para tildarlos de “perros” o de illegal combatants.                       

  Eso es todo. Les ruego me disculpen este desastroso resumen. Pero, claro está, destripar un texto es injusto. Ocurre  como con los relatos de misterio, hay que guardar cierta intriga para el lector o el espectador.

  Textos de Toscano sobre el fanatismo:  

Fanaticism and Social Theory
Fanaticism: A brief history of the concept
 

Texto de La Ética de Alain Badiou: Ensayo sobre la conciencia del Mal
 

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2 Respuestas a “Fanatismo. Historia de un concepto.

  1. No se disculpe señor Pons. La sinopsis que nos ha hecho no es desastrosa sino muy util, ya que una lectura sobre el fanatismo como la que usted nos ha presentado obliga a re-pensar la descalificaciones que hacemos de los otros como fanáticos de enfermedad o fanáticos de convicción.

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