Felipe Fernández-Armesto: Delincuente accidental

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 Hay una noticia que ha corrido como la pólvora en los ambientes académicos, entre los historiadores más bien. Incluso ha tenido cobertura en los medios informativos, en los ingleses y en los americanos, incluida la mismísima CNN. No se trata de ningún hallazgo, ni   de la aparición de un libro digno de figurar en los anales de la profesión. Es algo que linda con el cotilleo y la estupefacción. Un infortunio que ha tenido como paciente a uno de los historiadores más conocidos y celebrados: Felipe Fernandez-Armesto, profesor de “global environmental history” en  el Queen Mary, de la University of London, y destacado miembro de la   Oxford University. A ello se añaden sus diversas estancias en otros centros, muchos de ellos americanos, y su larguísima producción textual, excesiva en algunos casos (su Barcelona, mil años de historia  contiene algún que otro desliz inexplicable).

Este lamentable suceso ocurre a principios de enero, entre los días 4 y 7. El escenario es  el  Annual Meeting (el que hace 121) de la American Historical Association, que en esta ocasión se celebra  en Atlanta, una ciudad habitual en este tipo de reuniones. Todo está dispuesto en  el Hilton, en el   Marriott Marquis, en el Hyatt Regency   y en el Westin Peachtree Plaza  para recibir a los invitados y dar comienzo a las sesiones.  El título escogido es Unstable Subjects: Practicing History in Unsettled Times y, como verán, viene como anillo al dedo.

Pues bien, el jueves 4 de enero, el señor Fernández-Armesto sale de su hotel y se encamina hacia  donde ha de registrarse para participar en el congreso.   Pero el azar le tiene reservada una desagradable sorpresa. 

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No voy a relatar lo sucedido. Me he tomado la molestia (por ser ustedes) de traducir el artículo que el referido historiador publicó en The Independent el 13 de enero de  2007 relatando su caso. Y no me sean quisquillosos. Lo digo por  si entre las prisas y mi lamentable manejo de los idiomas foráneos he cometido algún error de bulto.   

He aquí el titular desglosado: “Arrested, beaten and jailed by police in Atlanta for crossing a road in an illegal manner, the British historian and writer reflects on his shocking ordeal – and what it reveals about the US”

 “Nadie conoce realmente una nación,” dijo Nelson Mandela, “hasta que uno ha sido estado dentro de  sus cárceles.” Les diré que he vivido en los EE. UU durante más de un año y que durante ese tiempo no conseguí  entender aquel país. Pero la    semana pasada  adquirí   brevemente   la autoridad  que da ser un convicto. Puedo compartir ahora esa perspicacia que uno sólo puede conseguir cuando es agredido por la policía y encarcelado durante horas en   compañía de algunos de los individuos más desfavorecidos y depravados   de la clase baja americana (“some of the most deprived and depraved dregs of the American underclass”).

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Para alguien como yo -un profesor apacible, de mediana edad,  con propensiones de estudioso, hábitos intachables  y físico frágil- fue espantoso, traumático y profundamente educativo. Todo  comenzó durante mi primera mañana en Atlanta, Georgia, donde   asistía a la conferencia anual de la American Historical Association. Sin darme cuenta, crucé una calle por un lugar   que más tarde comprendí que era un paso no permitido. Había visto a muchos peatones que hacían lo mismo y no había   tráfico a la vista,  sin peligro para mí ni para nadie.Por lo visto, sin embargo, como me dijeron más tarde, “cruzar la calle imprudentemente” es delito en el Estado de Georgia. Pero yo no tenía ni la más remota idea de que había hecho algo malo.

Un hombre joven vestido con una especie de chaqueta de aviador (“bomber jacket“) me abordó, diciendo ser   policía, pero sin pruebas visibles de tal condición. El malentendido fue mutuo, exigiéndonos uno a otro la identificación  Confundí la actitud normal de un policía de Atlanta como una muestra de  arrogancia, agresión y amenaza. Él, supongo, confundió el comportamiento normal de un intelectual europeo envejecido y pasado de moda como una actitud evasiva o provocadora.

Su comportamiento me aturdió   y  él perdió   la paciencia, me dio una patada en las piernas, me golpeó en las   gafas, me tiró a   tierra  y, con la ayuda de otros cuatro o cinco policías corpulentos que aparecieron de repente en   escena, rasgaron mi abrigo, desparramaron mis libros en el suelo, me esposaron  y me inmovilizaron dolorosamente sobre el asfalto.Fui lanzado  como un fardo a un furgón asqueroso junto con otros presos de  aspecto muy desagradable y pasé ocho horas degradantes en el espantoso ambiente   del centro de detención de la cuidad, sin que me fuera ahorrada ninguna   humillación: fotografías, huellas, fichero, chequeo, y la frustración de no entender nada: ni por qué   estaba allí, ni como   podría salir.

Si hubiera asistido a la conferencia que estaba programada,   podría haber aprendido algo sobre la producción de pan de   centeno   o sobre el siglo XVII. En cambio, descubrí mucho sobre la América contemporánea.

Primero, aprendí que la policía de Atlanta es bárbara, brutal  y descontrolada. La violencia que experimenté fue la peor de mi resguardada vida. Los atracadores que me atacaron en cierta ocasión cerca de mi casa de Oxford fueron  bastante más atentos conmigo que la policia de Atlanta. Muchos de los historiadores asistentes a la reunión, con los que me encontré tras   mi liberación, fueron testigos del incidente y me expresaron el horror que sintieron al verlo. Además, aún en el caso de que yo realmente fuera un criminal, no habría sido necesario tratarme con tal ferocidad, cuando es evidente que soy   pequeño y débil. Pero las calles de Atlanta están entre las peores del mundo  y su vigilancia debe embrutecer.

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Una vez en la cárcel descubrí el otro lado, el mejor de Atlanta. El centro de detención es extraño – una especie de pandemónium ordenado, un manicomio donde la locura es normal, de modo que nada lo parece. Sin ventanas, asqueroso  y fétido, pero extrañamente seguro, aislado y poco mundano: como el barril de Diógenes, un lugar oscuro que invita a pensar   – no hay nada más que hacer  entre interrogatorios, reconocimientos y charlas del sargento responsable sobre la necesidad del buen comportamiento. Algunos sujetos de los bajos fondos  me ofrecieron su amistad, como hizo también el personal del centro de detención.

En la cárcel, no vi nada de la violencia que se dice típica de las  calles. Al contrario, el personal trata a todos -incluso a los más difíciles, desesperados, borrachos  o drogados del submundo   de Atlanta- con una cortesía impresionante y con profesionalidad. Comencé a sospechar que algunos vagabundos con los que compartía   espacio habían buscado deliberadamente el modo de ser detenidos a fin de escapar  de las calles, cobijándose en este mundo pacífico -cambiando   la jurisdicción arbitraria y peligrosa de la policía por la supervisión humana y servicial del centro.

Creo que Nelson Mandela tenía razón cuando dijo   que la cárcel es el mejor lugar para hacer juicios   porque  “una nación debería ser juzgada no por cómo   trata a sus más probos ciudadanos, sino a los más bajos”. Si Atlanta es representativa, América sale muy bien parada en esa medida.

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Pero lo mejor  de América lo encontré cuando comparecí ante   el tribunal. Todos, incluidos   el propio juez y el maravilloso vicepresidente de la American Historical Association, que me acompañó para darme ánimos, me aconsejaron sobre la mejor manera de ser representado. Un abogado que había consultado apresuradamente esa misma mañana me había sugerido que   demandara a la ciudad. Pero yo no tenía   estómago para una estrategia tan hostil y complicada. En cambio, lo que hice fue fijarme en el juez Jackson mientras trabajaba. Tenía 117 casos que atender ese día. Los manejó con indefectible compasión, sentido común y buen humor.

Advertí que el cargo  que leyó el juez -“desobediencia y obstrucción a la policía”- no coincidía con el ilegible  garabato  que el oficial había escrito  en mi citación: entonces deduje que, en caso necesario, me las podría componer solo. Mientras tanto, simplemente apelé a la sabiduría y la piedad del juez.Sólo le llevó unos minutos concluir que yo era la víctima, no el culpable. Los acusadores retiraron los cargos. El juez proclamó entonces mi libertad con   amable entusiasmo y sólo me retuvo unos instantes para charlar   sobre sus recuerdos de Old Bailey.

La primera lección es obvia. Las autoridades de la ciudad de Atlanta tienen que reeducar a su policía. Puedo entender por qué algunos oficiales se comporten irracionalmente y no como sería de esperar. En buena medida,   el ambiente del centro de la cuidad   es horrible – inofensivo al ojo sólo cuando está cubierto por la habitual y predominante niebla. Las aceras están atestadas de mendigos que pueden resultar repugnantes por la noche. El índice de delitos es espantoso.El resultado es que los policías son descarados, nerviosos   y carecen de comedimiento, paciencia o tolerancia. Dicen los testigos  que hasta 10 oficiales participaron en  mi detención. Esto   prueba  no sólo  el celo excesivo, sino hasta qué punto sus prioridades van desencaminadas.

En una ciudad celebre por las violaciones, los asesinatos y el caos, la policía debería tener mejores cosas que hacer que perseguir a peatones imprudentes o acosar a un extranjero débil. Además, Atlanta depende del ingreso que generan las convenciones. La forma en que está diseñado  el centro de congresos es   muy práctica. Es mucho lo bueno y el precio del alojamiento es razonable. Pero si Atlanta sigue acumulando tal reputación por el frenesí de policía y su hostilidad con los invitados, la economía se derrumbará.

Al menos, es necesario que se haga ver a la policía que ha de  tratar con  paciencia a los  forasteros -sobre todo a los extranjeros-,  que puede que no entiendan  las particularidades de la ley y la costumbre locales. Pero, aún a riesgo de  proyectar mi propia y limitada experiencia en una gran pantalla con el efecto de enturbiarla, veo cuestiones más grandes en juego: cuestiones para América; cuestiones para el mundo.

Advertí que en Atlanta la civilización de la cárcel y de los tribunales contrasta con el salvajismo de la policía y de las calles. Este es un contraste americano típico. El brazo ejecutivo del gobierno tiende a ser mudo, insensible, violento y peligroso. La judicatura es la garantía vital para la paz y la libertad del ciudadano.

Devine una especie de ejemplo en miniatura de un clásico dilema americano: “el equilibrio de la constitución”, como lo denominan los americanos, entre poder ejecutivo y judicial. Durante largo tiempo he entendido, cuando cualquier persona razonable debe entender, que los tribunales son la única protección del ciudadano contra un ejecutivo bribón y unas fuerzas de seguridad racionalmente descontroladas. Aunque mi propia desventura fuera trivial y -en perspectiva- ridícula, esto es lo que  parece   que le está ocurriendo al mundo en la era de George W Bush. El planeta es patrullado por una fuerza violenta, arbitraria, estúpida  y peligrosa. Dentro de los EE.UU, los tribunales luchan por mantener los derechos individuales ante el acoso  “de la guerra contra el terror”, defendiendo a las víctimas de Guantánamo y esforzándose por contener los excesos del sistema.

Si queremos  proteger al mundo, necesitamos instituciones globales de justicia  y jueces con el nivel de humanidad y sabiduría  que posee el Juez Jackson, Me siento feliz y privilegiado por ser capaz de vivir y trabajar en los Estados Unidos. En general, en mi trabajo de historiador, he sostenido consecuentemente que América ha tenido una influencia benigna en el mundo. El crecimiento del antiamericanismo me llena de la desesperación, sobre todo cuando veo a americanos normales, decentes y generosos ser culpabilizados en el extranjero por las locuras del gobierno americano y la  crudeza  de la imagen americana.Espero que si algo bueno se extrae de mi horrorosa desgracia, incluya más seguridad en el futuro frente a la mala conducta de la policía con los invitados en Atlanta  y más conciencia en el mundo de algunas virtudes -así como algunos vicios-  de la vida estadounidense. 

 That’s all folks!

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Comunicado de la AHA

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