Llorar a las víctimas, conocer a los verdugos

 Más importante que llorar a las víctimas es conocer a los verdugos

Estimados señores: me he impuesto algo de moderación y mucha seriedad.  De ahí el título, que he tomado prestado de otro sitio que quisiera recordar.

Estos días precedentes hemos visto de nuevo la tragedia africana, esta vez y de nuevo en el llamado cuerno de África (Etiopía, Somalia, Eritrea, Ogaden, etcétera). No deseo incidir en este asunto, porque se ha publicado mucho en las semanas pasadas. Quiero retomar, en cambio,  tres noticias judiciales que me han hecho recordar turbulencias pasadas. Habían quedado relegadas en la retaguardia mental, pero con el empacho navideño las he regurgitado casi de forma inconsciente. Nos hablan del mundo de los reversos, de ese gran trastero infame de la historia.  

Una citaba a los bosquimanos y a su victoria legal en  Bostwana. Éste es, como saben, un pequeño país africano famoso por sus diamantes   y por sus maravillosas  reservas (de caza).  Una de estas últimas, la del del Kalahari Central, había sido catalogada por las autoridades   como   zona de protección ecológica y, como consecuencia, los bosquimanos (los san) habían sido expulsados, con la prohibición de habitar a menos de un kilómetro de la zona protegida. En realidad, muchos vieron en ello una fórmula legal para despejar el terreno y proceder a la exploración del preciado diamante. Pues bien, han ganado. Los tribunales les  han permitido volver a sus tierras  y sobrevivir unos años más, hasta que la presión de la miseria les haga desaparecer. En todo caso, una decisión judicial que es un ejemplo democrático para los países vecinos.  

Otra noticia recogía la condena a un sacerdote católico por su contribución al genocidio rwandés. Atanasio Seromba se llama y es el primer párroco condenado por aquellos abominables hechos, aunque otros religiosos lo han sido antes. Poco se puede decir ya sobre  aquella sangrienta temporada de machetes que acaeció en los noventa y que todos conocen.  

Finalmente, Mengistu, un nombre  que recordaran quienes acumulen ya cierta edad. Se trata de Mengistu Haile Mariam, el «Negus rojo», quien derrocara al emperador etíope Haile Selasie  en 1974 implantando un pavoroso régimen  que duraría hasta  1991. En aquel año fue derrotado por los insurgentes que encabezaba el actual primer ministro,  Meles Zenawi. Tres años después comenzaba el juicio contra él que ahora ha concluido con su condena. Sin embargo, la aplicación parece imposible. Desde 1991  vive exiliado  en   Zimbabwe, país que ha rechazado la petición de extradición. Hay que recordar que, siendo  presidente, Mengistu prestó su ayuda a Zimbabwe en la lucha  por la independencia. De ahí que  Robert Mugabe le considere un huésped amigo. Además, el presidente de Zimbabwe ha declarado que Mengistu sólo se arriesgaría a ser deportado en caso de realizar comentarios políticos, algo que parece imposible.    

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En fin, eso es todo. Hoy no recomendaré ninguna lectura ignota. No quiero que hayan de buscar en tierras lejanas para informarse de estos dramas. Creo en que convendrán conmigo que Ébano, de Ryszard Kapuscinscki, es aún el libro imprescindible, por el que no pasan los años. Y lo son también los textos de la periodista británica Michaela Wrong, acreditada corresponsal  de la agencia Reuters, de la    BBC y del  Financial Times. Yo tengo buen recuerdo de la lectura de su Tras los pasos del señor Kurtz, sobre el conflicto  congoleño y espero el que en este momento está preparando para Harpercollins sobre Kenya y que se  titulará Our Turn to Eat. De momento,  acaba de traducirse No lo hice por ti, ambos publicados por Intermon/Oxfam. Este último está centrado en Eritrea, el país que acaso mejor ilustre la humillante historia africana, pero también analiza la caída de Selasie, la llegada de Mengistu y su privilegiada relación con los soviéticos:

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“Mengistu hizo su primer viaje a Moscú en mayo de 1977 y regresó en un estado próximo a la euforia. Sin inmutarse por su papel de abastecedor militar de Somalia, un compromiso contraído desde hacía mucho tiempo, los soviéticos habían ofrecido a Mengistu el armamento que le permitiría hacer una guerra absoluta contra los enemigos de Etiopía, es decir, Somalia y los rebeldes eritreos”. “Al igual que las insaciables demandas de Haile Selassie acabaron por envenenar sus relaciones con Washington, Mengistu desarrolló rápidamente una sed militar tan inmensa que ni la superpotencia más extravagante hubiera podido saciarla». Al parecer, el amigo Mengistu dilapidó  en material militar una cifra cercana a los 9.000 millones de dólares, lo cual viene a significar más de cinco mil por etíope, en un país en el que una persona se sentiría feliz de poseer un dólar diario.     

Epílogo. Hay brebajes tan amargos que ningún azucarillo sería capaz de edulcorar. Ni siquiera honrar la memoria de un recién fallecido, Ahmet Ertegun. De origen turco e hijo del embajador de aquella República en Washington, le cabe la gloria de haber sido fundador y presidente de Atlantic Records, un sello discográfico que dio mucha guerra desde 1947.  Se ha señalado estos días el empuje que ofreció a las carreras de Ray Charles, Aretha Franklin, Otis Redding, Led Zeppelin, Crosby-Stills-Nash & Young e incluso   AC/DC,  entre muchos otros. Pero en lo que a mi respecta, su mejor contribución fue el catálogo de jazz que creó con su hermano Nesuhi y que incluía artistas tan espectaculares como  Charles Mingus, Ornette Coleman y, sobre todo, John Coltrane. No se lo que opinarán, pero diría que Giant Steps (1959) es la primera obra maestra de Coltrane, al menos hasta A Love Supreme (1964), grabado ya para Impulse. En aquel album, registrado en el 59 y editado en 1960, Coltrane estaba acompañado del pianista Tommy Flanagan, compañero habitual de Ella Fitzgerald en los sesenta, del extraordinario Paul Chambers al bajo, fallecido por desgracia muy joven (1969), y del percusionista  Art Taylor, casi más conocido en Europa, donde de instaló a principios de los sesenta, que en su propia tierra. En su memoria, dejaré que  la aguja surque “Mr. P.C.” y así recordaremos también a Chambers.

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