En Australia. El género biográfico (II)

Ian Donaldson: asuntos de vida y muerte

  

 Retomemos la exposición donde la dejamos, en sus preliminares. Yo todavía sigo con Push Nevada, motivo por el cual voy a seguir un par de semanas por estos lares cubriendo otras noticias, que aún estoy buscando.

Tras lo dicho en la entrega anterior, Donaldson interpeló a la concurrencia con toda una serie de preguntas, quizá para mantenerles atentos: ¿Qué profundidad tiene  este cambio de tendencia? ¿Qué avances se han hecho realmente? ¿En qué medida nos hallamos ante una  nueva  biografía y en qué se diferencia de la vieja? Y ¿qué ha sucedido  con aquellas voces disidentes  y contrarias al género?  ¿Qué nos dicen?    El conferenciante se puso a ello y repasó algunas de esas posiciones escépticas.

 

Uno de esos antibiógrafos sería el  excelente crítico inglés Terry Eagleton, que hace unos años  publicó un artículo sobre el asunto en la London Review of Books. A partir de una lectura insatisfactoria (una obra de Sean French sobre el escritor Patrick Hamilton), Eagleton reflexionaba sobre la fatuidad de la biografía: “the cult of the Individual Life   is, of course, ultimately self-defeating. For one thing, most individual existences are routine and unremarkable … Biographies can-not help reminding us, in the very act of distilling the uniqueness of their subjects, of just what tediously generic creatures they are. The structure of biography is biology: even the most wayward of geniuses have to get themselves born and educated, fight with their parents, fall in love and die. The remorseless linearity of the biographical form represents one of the last pockets of realism untouched by Modernism, and the triumph of the ideology of the ego over Tristram Shandy” (LBR, diciembre de 1994).

En fin, sería una posición similar a la que mantenía el nihilista Bazarov en la obra de Turgenev Padres e hijos (1861) y que más o menos decía así (reparen en que estoy en Australia y que no tengo la novela a mano): ‘Todas las personas son semejantes en cuanto a   cuerpos y   almas. En cada uno de nosotros, el cerebro,  el    bazo y los pulmones están hechos de la misma manera, y se supone que las cualidades morales   son iguales en todos nosotros. Las variaciones de menor importancia no significan mucho. Un ejemplo humano es suficiente para juzgar a todo el resto. La gente es como los árboles en un bosque. Ningún botánico basa sus estudio en un solo abedul” . Y se quedó tan ancho, Bazarov.

El segundo disidente sería la mismísima Virginia Wolf. Cierto es, en todo caso, que sus críticas apuntaban a un modelo que hoy está en retroceso: aquella antigua forma según la cual  las vidas debían ser percibidas en términos de una trayectoria ascendente, como un  movimiento hacia adelante,   una lista de   logros, de empleos, de   honores  y   de distinciones; en la creencia de que un registro acumulado de tales vidas distinguidas  podría compendiar una historia verdadera de Inglaterra. Y algo parecido se puede decir en el caso de otras celebridades escépticas, de Lytton Strachey y de  Roland Barthes, ambos reticentes ante el predominio de una perspectiva positivista,  que obviaba otras posibilidades en la explicación y la crítica históricas. El francés lo habría expuesto en su ensayo “La muerte del autor” (El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós, 1987), o al menos así lo han leído algunos. Ahora bien, en su Sade, Fourier, Loyola (Madrid, Cátedra, 1997),  Barthes defiende la biografía, pero hecha de fragmentos y no la que se presenta como un todo orgánico perfectamente acabado.  

 

Y llegados a este punto, y dejando al margen el último disidente citado por Donaldson (Stefan Collini, un historiador de las ideas y experto en estudios culturales que hace unos años era habitual de la New Left Review), sobrevino una sorpresa. Cual no sería mi pasmo, cuando el mentado conferenciante señaló que si los presentes deseaban embelesarse con un modelo de biografía breve y deliciosa bien harían en repasar Vidas Escritas, de Javier Marias, cuya traducción inglesa calificó de superlativa. Imaginen mi conmoción: una referencia hispana en medio de las antípodas. Anonadado me quedé, hasta el punto de sobresaltarme.

Pero a lo que vamos. El sobresalto me vino de perlas, porque la últimas parte de la exposición la dedicó a los historiadores y a cómo éstos estaban empezando a  descubrir cuánto se puede aprender sobre una sociedad entera, sobre un momento histórico, a partir   del estudio de una vida, de una familia, de un pequeño grupo de   individuos, cuyas vivencias,    aparentemente extrañas o anodinas,   también son significativas  en un cierto sentido. En ese momento, dejé volar mi imaginación y recordé a Carlo Ginzburg o a Natalie Zemon davis, entre otros muchos. En cambio, Donaldson citó dos ejemplos menos conocidos por estos pagos.

Por un lado,  la historiadora británica Linda Colley, que trabaja en Princeton y que es conocida por su extraordinario Britons. En cambio, ahora  ha cambiado de registro y está trabajando en un volumen titulado The Ordeal of Elizabeth Marsh: The World in a Life: la historia de una mujer concebida en Jamaica en 1734, transportada a través del Atlántico en el útero materno y cuya niñez y madurez se caracterizó por una constante peregrinación, conectando y colisionando entre continentes y culturas. No sé a sustedes, a mi me recordó el último volumen de la citada Davis sobre León el Africano que pronto publicará PUV, la editora de la Universitat de València y que no se deben perder en su momento (Trickster Travels). Y mencionó también el trabajo de la australiana Cassandra Pybus emprendiendo una biografía colectiva, la de los esclavos africanos (Epic Journeys of Freedom: Runaway Slaves of the American Revolution and Their Global Quest for Liberty,  Beacon Press, 2006). En fin, he aquí cómo acabó la cosa, breves momentos antes del merecido aplauso de rigor: “Micro- and macro-history may get along together, then, more companionably than our final sceptic suggests. Biography, conceivably, may have a better tale to tell, and better ways of telling it, than all five sceptics thought. For better or for worse, it’s back with us, in any case: surrounding us, like life”.

  

Al final, la desbandada, pero yo me quedé sentado, evitando la compañía de mi vecino heleno, que deseaba invitarme a una bebida local. Yo ya había probado las celebérrimas galletas anzac y no estaba para mayores alegrías. Así que estuve repasando la conferencia y decidí que estaba de acuerdo, aunque quizá mis referencias fueran distintas y también mi manera de ver algunos aspectos. Pero ya les dije que aquí no habría reflexión, sólo información. También rememoré algunos libros citados, ejemplos de buenas biogrfías que conocía. El London, de Peter Ackroyd, que en España no parece haber tenido mucho eco en la edición de Edhasa; el Paris, del historiador Colin Jones; la pareja culinaria formada por el The Pineapple: King of Fruits, del escritor Fran Beauman y el Curry: A Biography, de la peculiar académica Lizzie Collingham; así como el libro sobre los científicos Curie, del periodista  Denis Brian.  

Y en eso me vino a la mente uno de los éxitos europeos de la temporada, que trata precisamente sobre esa familia de científicos. Les prometo que la relataré pronto, pero ahora tengo la inevitable cita con la televisión. Tengan la paciencia de esperar a la tercera y última entrega.

Mientras tanto, si lo desean, pueden   acceder al texto de Donaldson que  he maltratado y que acaba de reproducir la Australian Book Review:

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6 Respuestas a “En Australia. El género biográfico (II)

  1. Quizá mi perspicacia sea insuficiente para resolver la incógnica que plantea la amiga Gala. Así que haré lo indicado en estos casos: ¿por qué las (muchas) biografías que escriben los historiadores no se leen tanto como las “otras”? Bonito acertijo…

  2. Enhorabuena por el regreso Anaclet.
    Seguramente acabaremos tropezándonos en algún meandro del world wide web de nuevo.

    Buena iniciativa y como escribía en mi bitácora no hace mucho tiempo ¿Dónde están los historiadores? … por aquellas cosas que nunca lleguaré a comprender tenemos esa enfermiza tendencia a desaparecer de allí donde tendriamos que estar (sociedad)… y a perpetuarnos en aquellos lugares donde que estemos o no a nadie le interesa (sombrias universidades)?

  3. Muy interesante el artículo de Donaldson, asimismo tus reflexiones. En la actualidad preparo algon sobre la biografía y me pareció útil. Saludos. ANDRÉS

  4. Pingback: Los historiadores británicos: la depresión y la euforia « Clionauta: Blog de Historia·

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