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El Pulitzer de historia y otros premios

Publicado por Anaclet Pons en mayo 16, 2012

El pasado 16 de abril se fallaron los archifamosos Pulitzer. Quizá como recompensa póstuma, pues falleció a finales de marzo de 2011, el galardón de la categoría “historia” fue a parar a manos de uno de los historiadores de color más influyentes, Manning Marable, y a su amplio estudio sobre Malcolm X: A Life of Reinvention (Viking).

En principio, la obra había sido incluida en el apartado de “biografía”, pero el jurado decidió pasarla a la de historia, cerrando el paso a los otros aspirantes: The Eleventh Day: The Full Story of 9/11 and Osama Bin Laden (Ballantine Books), de Anthony Summers y Robbyn Swan, que en realidad no son historiadores, sino lo que los americanos llaman “non fiction authors”, en este caso además “bestsellings”; Railroaded: The Transcontinentals and the Making of Modern America (W.W. Norton & Company), aclamado libro del distinguido profesor de Standford Richard White; y Empires, Nations & Families: A History of the North American West, 1800-1860 (University of Nebraska Press), el no menos celebrado volumen de su colega de Colorado Anne F. Hyde.

En todo caso, esta última tiene consuelo. Poco antes había sido galardonada con el también importante Bancroft Prize, que concede Columbia y recompensa con idéntica cantidad; eso sí,  compartido con otras dos obras de mérito: la de la joven profesora de derecho Tomiko Brown-Nagin, que ofrece una nueva perspectiva sobre el movimiento de los derechos civiles en Courage to Dissent: Atlanta and the Long History of the Civil Rights Movement (Oxford University Press), libro que en breve recibirá el Liberty Legacy Award, de la Organization American Historians; y la del veterano princetoniano Daniel T. Rodgers sobre los cambios en el mundo de las ideas en el último cuartyo del siglo XX, algo que expone en su Age of Fracture (Harvard University Press), agraciado por su parte con el John G. Cawelti Award de 2011.

 

Pero volviendo al Pulitzer y como no hay mal que por bien no venga, la modificación que introdujo el jurado supuso dejar expedito el camino a otras alternativas en la categoría de “biografía”, que ha recaído con toda justicia en George F. Kennan: An American Life, una figura capital para entender la Guerra Fría que ha estudiado John Lewis Gaddis (The Penguin Press), el cual ha batido a su ya única contrincante tras el cambio de Marable: Love and Capital: Karl and Jenny Marx and the Birth of a Revolution, de Mary Gabriel (Little, Brown and Company).

Finalmente, como se venía suponiendo y aquí sospechábamos, en “General Nonfiction” ha resultado ganador The Swerve: How the World Became Modern, de Stephen Greenblatt (W.W. Norton and Company). Los finalistas: One Hundred Names For Love: A Stroke, a Marriage, and the Language of Healing,  de la popular y polifacética Diane Ackerman (W.W. Norton and Company) y Unnatural Selection: Choosing Boys over Girls, and the Consequences of a World Full of Men, de la joven y afamada periodista Mara Hvistendahl (Public Affairs).

No son los diez mil dólares, sino el tirón que otorga el Pulitzer. Así que: felicidades!

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El republicanismo moderno: de Eisenhower al Tea Party

Publicado por Anaclet Pons en abril 20, 2012

Con las elecciones en el horizonte, uno de los libros más citados en medios liberales es Rule and Ruin: The Downfall of Moderation and the Destruction of the Republican Party.  From Eisenhower to the Tea Party (Oxford University Press), del  escritor, requerido columnista  y, en tiempos, profesor de historia en Yale, Geoffrey Kabaservice. De hecho, sus ecos han llegado hasta nosotros, como da buena prueba la entrevista que le realizó Marc Bassets para La Vanguardia. Más allá de esa interesante entrevista, han aparecido un par de reseñas: la del politólogo Mark Schmitt para The New Republic y la del periodista Timothy Noah en el NYT. La primera empieza bien y resulta correcta, pero se pierde en los casos concretos, en muchos nombres y apellidos que poco o casi nada dicen por estos pagos. La segunda tiene también algo de ese inconveniente, pero lo compensa con la ventaja que resulta de combinar ese comentario con otro del volumen de Theda Skocpol y Vanessa Williamson, The Tea Party and the Remaking of Republican Conservatism (también de la OUP). Así pues, quedémonos con esta segunda alternativa:

Hace medio siglo los republicanos tenían una presencia respetable  aunque un poco aburrida en la escena política. Desconfíando del gobierno excesivo,  se reconciliaron con su expansión con Franklin D. Roosevelt y se preocuparon por mantenerlo magro y solvente. Su tipo ideal fue Dwight D. Eisenhower, quien en 1952 se convirtió en el primer republicano en 24 años en ser elegido presidente. Su principal rival para la nominación, el senador Robert Taft, de Ohio, se había opuesto al New Deal y fue un acérrimo aislacionista que se opuso al apoyo a Gran Bretaña en los primeros años de La Segunda Guerra Mundial. Eisenhower representó una cepa más pragmática del conservadurismo, internacionalista en cuanto a la política exterior y dispuesto a aceptar un papel gubernamental más grande en casa. Él lo llamó “republicanismo moderno”. Con el derrumbe de Eisenhower en la reelección de 1956, su evangelio parecía el futuro, al menos para el Partido Republicano.

Por supuesto, no lo era. El relato familiar es que William F. Buckley Jr. lo hizo añicos a partir de 1955, cuando fundó la National Review;  que después de 1960 fue irrelevante por la vitalidad del presidente John F. Kennedy y su liberalismo de la guerra fría;  y que se derrumbó por completo en 1964, cuando los republicanos del ala dura se  aseguraron la nominación de Barry Goldwater. ¿Pero las cosas eran realmente tan simples? En Rule and Ruin, su nueva y estupendamente detallada historia del republicanismo moderado, Geoffrey Kabaservice hace una apuesta fuerte señalando que el republicanismo moderno era más resistente de lo que recordamos. Kabaservice reconoce su derrota final, pero argumenta persuasivamente que los republicanos moderados siguieron siendo poderosos, incluso dominantes, como fuerza política hasta bien entrada la década de 1970.

La historia comienza al final de la era de Eisenhower. Escribiendo en 1961 sobre el regreso de “la acción y el diálogo político en el campus de la universidad”, el joven activista Tom Hayden mencionó tres ejemplos. El primero, del ala izquierda, los Students for a Democratic Society  (que Hayden ayudó a fundar), recordado hoy como un vehículo fundamental para la protesta universitaria contra la guerra de Vietnam. El segundo, del ala derecha, los Young Americans for Freedom (que Buckley ayudó a fundar), recordado hoy por promover la carrera política de Goldwater y Ronald Reagan. El tercero fue Advance, una revista publicada por dos estudiantes de Harvard, Bruce Chapman y George Gilder. Hoy en día nadie se acuerda de Advance. Gilder y en menor medida Chapman son nombres conocidos, pero se les tiene principalmente por derechistas. En aquel entonces eran republicanos de Rockefeller, habían desempeñado un papel importante en la consolidación del apoyo de los republicanos al movimiento de derechos civiles. Cuando la Civil Rights Act fue aprobada en 1964, dice Kabaservice, contó con más apoyo entre los republicanos que entre los demócratas (que tuvieron que defenderse de la oposición de los segregacionistas del Sur). Pero Goldwater, el presunto candidato del partido a la presidencia, votó en contra del proyecto de ley.

Las fuerzas de Goldwater batieron a los moderados de ese año, con un fervor que a sus herederos del Tea Party les sería difícil  igualar. En la convención de los republicanos del Estado de California, a los moderados les costó mucho bloquear una resolución para “devolver los negros a África.” Y aunque Glenn Beck pueda parecer de tendencia conspirativa, era superado por Robert Welch, fundador la John Birch Society, que lo era mucho más.

Kabaservice sostiene que el deslizamiento provocado por la derrota de Goldwater  ante Lyndon Johnson (que también ayudó a reducir el número de republicanos en la Cámara a su nivel más bajo en casi 30 años) fortaleció en realidad la influencia de los republicanos moderados. En los próximos años, los republicanos liberales pasaron a primer plano, incluyendo a John Lindsay, quien fue elegido alcalde de Nueva York (derrotó a Buckley, que se presentó con el Partido Conservador), Brooke Edward (de Massachusetts), que fue el primer  senador afroamericano popularmente electo, George HW Bush, que ganó un escaño en la Cámara en su estado adoptivo de Texas, y el gobernador de Michigan George Romney (padre de Mitt), que fue durante un breve lapso de tiempo una grave amenaza para las ambiciones presidenciales de Richard Nixon – una encuesta de Harris en 1966 le daba vencedor sobre Johnson por 54-46 – hasta que lo dilapidó todo, atribuyendo su opinión inicialmente favorable a la Guerra de Vietnam por el “lavado de cerebro” de generales y diplomáticos. “En retrospectiva”, anota deliberadamente Kabaservice, “Romney fue la última y mejor oportunidad de los moderados para elegir a uno de los suyos rumbo a la presidencia”.

La presidencia de Nixon parecía al principio una bendición para los republicanos modernos, ya que Nixon había sido vicepresidente de Eisenhower. Sus nombramientos en el gabinete incluyeron moderados como William Rogers, Richardson Elliot, Melvin Laird y Walter Hickel. Su asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, viejo asociado de Nelson Rockefeller, era considerado también un moderado. Y gran parte de la agenda interna de Nixon coqueteó con un franco liberalismo, en particular el programa contra la pobreza elaborado por Daniel Patrick Moynihan, un demócrata. Sin embargo, el propio Nixon no era tanto un republicano del tipo de Eisenhower sino un calculador practicante de la realpolitik, y a medida que fue perfeccionado su mensaje para atraer a los conservadores Southern Democrats (ayudado por su vicepresidente exmoderado, Spiro Agnew) se fue alejando de los republicanos moderados -incluso aunque a menudo llevara a cabo políticas liberales. Luego vino el Watergate, que alejó a los donantes moderados de los años 70;  las campañas de correo directo para la Republican Ripon Society, un grupo liberal influyente, pronto comenzaron a perder dinero. Al mismo tiempo, los conservadores ricos como Joseph Coors, John Olin y los hermanos Koch fueron incrementando sus contribuciones a causas conservadoras. Con la elección de Ronald Reagan en 1980, el partido se escoró más a la derecha, y los republicanos modernos fueron aún más escasos.

Hoy en día, casi todos los políticos son demócratas centristas. Y con el auge del Tea Party, los republicanos están experimentando otro momento 1964. De hecho, Theda Skocpol y Vanessa Williamson señalan en su excepcionalmente informativo libro, The Tea Party and the Remaking of Republican Conservatism, que más de un Tea Partiers tuvo su primera experiencia política en la campaña de Goldwater. Pero hay diferencias importantes entre los dos movimientos. Por un lado, el Tea Party, a diferencia de la insurgencia Goldwater, ha logrado ganar elecciones y así obtener algo de poder a nivel nacional y estatal. Por otra parte,  la ideología antigobierno del Tea Party se ve atenuada por el apoyo silencioso de la Seguridad Social y Medicare. Esto se debe a que los propios activistas tienden a ser de mediana edad o mayores. El Tea Party no se opone  a los beneficios del gobierno per se, según Skocpol y Williamson, sino que se opone  a los beneficios “no ganados” (unearned) del gobierno, que en la práctica termina aludiendo a los beneficios concedidos a los afroamericanos, los latinos, los inmigrantes (sobre todo los indocumentados) y los jóvenes. Una encuesta a sus partidarios de Dakota del Sur dejó constancia de que el 83 por ciento se opuso a cualquier reducción de la Seguridad Social, el 78 por ciento se opuso a cualquier reducción de la cobertura de medicinas recetadas por Medicare, y el 79 por ciento a los recortes en los reembolsos de Medicare a doctores y hospitales. “Demasiado para la idea de que el Tea Party son todos pequeños Dick Armey“, escriben Skocpol y Williamson. El pequeño gobierno en el que piensan los Tea Partiers es uno donde yo tengo lo mío y la mayoría de los otros no consiguen mucho.

Esto plantea un problema particular para un republicano como el diputado Paul Ryan, que apoya la privatización de Medicare y hace recaer más la carga financiera sobre los receptores. Pero también es un problema para aquellos que buscan reducir el déficit presupuestario, porque son los beneficios  “ganados” como el Seguro Social y Medicare los principales responsables de que los gastos del gobierno estén fuera de control. Por otro lado, aunque los Tea Partiers, que tienden a ser de cómoda clase media cuando no ricos, odian pagar de impuestos, no necesariamente lo tienen en mente cuando otros pagan impuestos; en la encuesta de Dakota del Sur había un 56 por ciento de partidarios del Tea Party a favor de aumentar un 5 por ciento el impuesto sobre la renta para las personas que ganan más de 1 millón $ al año.

De algún modo, pues,  el Tea Party es un producto del mismo Estado del bienestar que la extrema derecha trató de sofocar en 1964 y que muchos en el Tea Party dicen odiar hoy. “Los contribuyentes norteamericanos subsidian sus ingresos y su bienestar, y así les dan tiempo y capacidad para organizar protestas y grupos del Tea Party”, observan Skocpol y Williamson con ironía. El gobierno facilita el ocio que hace que sea posible la ferviente y furiosa oposición al gobierno. Los demócratas construyeron esta estructura a lo Rube Goldberg, pero no podrían haberlo hecho sin la ayuda de “los republicanos modernos”. Al  menos en ese sentido estricto, su legado sigue vivo.

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Peter Novick (1934-2012)

Publicado por Anaclet Pons en marzo 16, 2012

University of Chicago News informó el pasado 2 de marzo del fallecimiento de uno de los historiadores norteamericanos más celebrados, Peter Novick. He aquí un resumen del obituario:

Peter Novick, historiador de la Universidad de Chicago, especializado en la historia misma, en la historiografía, murió el 17 de febrero a la edad de 77 años. Novick, profesor emérito, utilizó sus formidables habilidades para explicar cómo diferentes visiones del pasado pueden conformar la reescritura de la historia y establecer narraciones que tienen un poder propio.

Su éxito temprano sugiere que podría haber hecho carrera como historiador de la Francia del siglo XX. Su tesis de doctorado en la Universidad de Columbia, galardonada con el Premio Clark M. Ansley, se publicó en 1968: The Resistance Versus Vichy: The Purge of Collaborators in Liberated France. En respuesta a un intenso debate nacional sobre el papel de Vichy en la Francia de la guerra, el libro fue traducido y publicado en 1985 como L’Epuration Française, 1944-1949, siendo “Le Grand Livre du Mois”.

Pero el interés de Novick estaba en la forma en que el pasado era dicho, pensado y escrito, lo que le condujo a los dos libros de referencia que siguieron: Ese noble sueño. La objetividad y la historia profesional norteamericana (1988) y Judíos, ¿vergüenza o victimismo? El holocausto en la vida americana (1999).

“Ese noble sueño diseccionó y deflactó el ‘mito’, como lo llamó Novick, de la objetividad científica que había legitimado la institucionalización de la disciplina histórica en el mundo académico norteamericano desde finales del siglo XIX en adelante”; “El Holocausto en la vida americana desarrolló la tesis aún más iconoclasta de que un segmento de la comunidad judía estadounidense había hecho de la rememoración del Holocausto una manera de evitar su asimilación profunda en el mainstream americano”, señaló su colega de la Universidad de Chicago Jan Goldstein. “Lo notable de estos dos libros es que en ellos Peter adiestró su poderoso intelecto aplicándolo a dos aspectos sobresalientes de su propia identidad: su identidad profesional como historiador y su identidad cultural como un judío americano secularizado”, añadió Goldstein.

“Aunque Peter había elegido estos temas por razones muy personales, ese compromiso personal nunca puso en peligro el rigor de su investigación y de su análisis. Que fuera muy ambivalente respecto de la historia académica y la judeidad no hizo sino subir la apuesta”, dijo Goldstein. “Escritos en una prosa cristalina que parecía no costarle nada, los libros son a la vez impresionantes obras de historia y comentarios culturales, así como, desde el punto de vista de su autor, actos de coraje moral”.

Ese noble sueño ganó en 1989 el premio Albert J. Beveridge de la American Historical Association  al mejor libro del año en historia americana.  Además, alimentó un acalorado debate en la reunión anual de la American Historical Association, como recogió el Chronicle of Higher Education en enero de 1991. “Deberíamos hacer caso omiso de esas grandes pretensiones de objetividad”, citaba el Chronicle del parlamento de Novick hablando a sus colegas. “No tenemos por qué ser definitivos, podemos simplemente ser interesantes o sugerentes”. El texto de toda la mesa fue publicado por la American Historical Review en junio de 1991.  A pesar de la controversia, los colegas de Novick reconocieron el valor duradero de su contribución. Como aseguró Linda Gordon, una de las participantes en la sesión de la AHA, “todos estamos en deuda Peter Novick por este libro. Es un regalo para los historiadores y para otros estudiosos, presentes y futuros”.

Aunque El Holocausto en la vida americana fue objeto de gran controversia, el libro también suscitó muchos elogios, incluyendo el premio de la Phi Beta Kappa Ralph Waldo Emerson para los mejores estudios sobre la condición intelectual y cultural de la humanidad. Esa asociación señalaba: “El trabajo de Novick muestra que los historiadores eligen sus temas y enmarcan sus evaluaciones y explicaciones de una manera muy determinada  por sus ideologías y por  las instituciones en las que trabajan. Este es un ensayo histórico excepcional -una obra en la que el autor ha utilizado todos los recursos de su oficio para clarificar lo que se suele asumir sobre un tema muy problemático y sensible”.

En un informe académico sobre el proyecto, Novick, escribió que el Holocausto se había convertido en un “símbolo y una memoria en la mente del público, tanto en «el público» en general como en los públicos particulares. Me preocupan las estrategias para ‘dominar el pasado’ en relación con el Holocausto, lo que naturalmente difiere según  los distintos grupos y subgrupos, y me preocupa cómo el tratamiento del Holocausto ha servido para varios propósitos sociales e ideológicos”, escribió. “Estoy igualmente preocupado por la medida en que la experiencia del Holocausto se ha convertido, para muchos judíos, en el símbolo central de la identidad judía”.

El libro causó una inmediata controversia, de modo que los revisores y algunos líderes judíos lo criticaron por no reconocer la magnitud y la naturaleza sin precedentes del Holocausto. Entre sus observaciones iconoclastas, Novick rechazó las populares “lecciones del Holocausto”, afirmando que el Holocausto es una mala fuente de lecciones a causa de su condición extrema.

“La sensible e impopular conclusión de Novick, la de que debemos estudiar un acontecimiento histórico como el Holocausto no para extraer lecciones  sino por sus complejidades y contradicciones, complacerá a algunos lectores, pero probablemente molestará a muchos más”, escribió Lawrence L. Langer, un estudioso del Holocausto, en The New York Times.

En The New York Review of Books de marzo de 2000,  Eva Hoffman se mostró  más en sintonía con el espíritu del libro y con las motivaciones de Novick para escribirlo: “El Holocausto en la vida americana ya ha sido criticado por la dureza y el supuesto “cinismo” de su tono, y de hecho es un trabajo obstinado, agudo, brusco, y algunas veces casi swiftiano en su acidez”, escribió. “Pero la ira es una medida del compromiso de Novick, su franqueza es parte del argumento. Novick intenta claramente abrirse camino a través de los circunloquios del discurso habitual del Holocausto, desafiando lo que él ve como sus ofuscaciones, con lógica inflexible y diciendo en voz alta lo que se suele musitar en privado”.

Rest in pace

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La guerra civil americana en imágenes

Publicado por Anaclet Pons en marzo 7, 2012

El pasado año fue el del 150 aniversario de la guerra civil americana, pero aún quedan sorpresas. Impresionantes son, por ejemplo, las series de instantáneas que publica The Atlantic. Más que esta entrada, pues, les sugiero que visiten su página y contemplen las tres entregas, la primera, la segunda y la tercera, con una sorpresa estereográfica a golpe de ratón. De momento, una escena del campo de batalla, en Gettysburg, Pennsylvania, en julio de 1863:

Más imágenes en Civil War Photographs – Library of Congress Prints & Photographs Division

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Ciencia y esclavitud en la Ilustración

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 21, 2011

Marshall T. Poe, historiador de la Universidad de Iowa, ha tenido una feliz idea. Aquellos colegas que han publicado un libro interesante, o cuyo trabajo lo es, son entrevistados en su portal, titulado New Books in History. La única pega es que, a pesar de los tiempos que corren, el resultado solo está disponible en un archivo de audio (mp3).

Como ejempo, el volumen de Andrew Curran sobre ciencia y esclavitud en la Ilustración. La presentación es como sigue:

Hoy vamos a volver a la historia de las ideas raciales escuchando a Andrew Curran explicar la historia de la “negritud”. Sin duda, los europeos han señalado que seres humanos diferentes de distintas partes del globo se han visto diferentes desde hace milenios. Pero no fue hasta hace relativamente poco tiempo, como explica Curran en The Anatomy of Blackness: Science and Slavery in an Age of Enlightenment (Johns Hopkins UP, 2011), que hubo interés en explicar estas diferencias de una manera que podríamos llamar “científica”. Hay dos razones principales que explican esta tardanza. En primer lugar, los sistemas metafísicos y bíblicos proporcionaron el esquema primario para la interpretación de los humanos hasta mediados del siglo XVIII. En segundo lugar, las comunidades científicas más importantes de Europa -las de Francia e Inglaterra- sólo comenzaron a examinar a los africanos en serio en el siglo XVII, en el momento de expansión del sistema de plantación colonial basada en el esclavismo. “La expansión colonial” y “la revolución científica” marcharon a la par, por lo que parece, y es en su confluencia donde vemos los orígenes de los discursos modernos raciales basados en el color de la piel.

Ese discurso, como muestra Curran, se cultivó por primera vez en los llamados “relatos de viajes”, libros que eran una suerte de etnografías. Los europeos escribieron miles de ellos sobre todos los rincones del mundo (confieso que hace poco escribí un libro acerca de los primeros estudios etnográficos europeos sobre la vieja Rusia). Estos libros, a su vez, proporcionaban el grano (o los “datos”) para los molinos científicos de los “naturalistas” de vuelta a casa. Mientras estos naturalistas miraban a otros lugares para estudiar los orígenes de las diferencias humanas, otros tipos de mentes científicas lo hacían dentro. Fueron los médicos, y más particularmente anatomistas. Se preguntaban por qué, en el sentido mecánico, la piel negra era negra, por lo que la piel se singularizaba al buscar los mecanismos. Y, por supuesto, estos discursos dobles, etnográficos y médicos, se entrelazan con un tercero que se centra en la ética del entonces floreciente comercio de esclavos del Atlántico. Los europeos se preguntaban lo que la ciencia podía decirles acerca de la bondad o maldad de la esclavitud africana.

Esta es una destacada contribución a un tema importante. Pero también es un modelo de cómo se debe hacer la historia intelectual. Curran va mucho más allá del desfile de grandes pensadores que han dominado durante mucho tiempo la historia de las ideas. Los lee, sin duda, pero también lee lo que ellos leyeron. Mediante esta técnica, se mueve más y más en la cultura de la etnografía, la anatomía y la esclavitud en busca de los orígenes y las formas de la “negritud”.

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