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La retórica de Obama

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 26, 2009

Se ha hablado mucho de la oratoria de Obama en estos últimos tiempos, hasta que el asunto ha acabado por entrar en el análisis más o menos especializado. El pasado mes de mayo, la revista Esprit dedicaba un artículo a analizar la retórica del presidente Obama. Ahora es Sciences Humaines la que ofrece todo un dossier a este asunto. Uno de los textos que contiene se titula Obama et le pouvoir des mots, escrito por Achille Weinberg.

Dice Weinberg que Barack Obama ha entrado en la historia gracias al poder de las palabras. Sus  grandes discursos políticos han conseguido catapultar a un joven senador negro de Chicago, desconocido en 2004, a jefe de la primera potencia mundial. El de Boston,  durante la Convención Demócrata de 2004, le convirtió una estrella nacional. Su discurso en Filadelfia, sobre  la raza en Estados Unidos,  es ya legendario. El de Chicago, en la noche de la elección a la presidencia, hizo estremecer al mundo. En todas esas ocasiones se las ingenió para impactar en las  mentes, inflamar los corazones, hacer que se derramaran  lágrimas y conmover incluso a los más reticentes. ¿Cuál es su secreto?

En primer lugar,  y  más allá de las palabras, debemos preguntarnos la relación entre el carisma personal de B. Obama y su capacidad de seducción. Encanto no se le pude negar: grande, guapo, con elegancia natural, una voz grave con un ritmo especial, una sonrisa tranquilizadora que inspira confianza. Virginia Sapiro,  profesora de ciencias políticas en Boston, dice que “siempre parece ser dueño de sí mismo. Es muy tranquilo, con una paz interior, algo que en un período de crisis es muy importante “. El carisma del personaje, asociado con la emoción colectiva de sus mítines, también podría explicar en parte la fascinación que despierta. Para contrarrestar estos efectos, hay que sentarse en una silla, quitar la imagen, apagar el sonido, obviar el estado de ánimo colectivo de sus mítines y  leer sus discursos. Está claro que la magia no desaparece,  aún nos hace temblar. Hay, pues, algo en el propio discurso.

Obama tiene la virtud de dar vida a sus ideas a partir de historias sencillas, emocionantes  y edificantes. La suya ante todo. En la convención demócrata de 2004, que lo dio a conocer a nivel nacional, comenzó contando la historia de su familia. La de su abuelo, un cocinero pobre, que soñaba con un futuro mejor para su hijo. Habla de su padre, nacido en Kenya, que estudió  y obtuvo una beca para estudiar “en un lugar mágico: Estados Unidos”. Evoca un encuentro con una mujer blanca,  su madre, “nacida en las antípodas, en  Kansas”. “Mis padres no sólo compartían un amor improbable, compartían su fe en las posibilidades de esta nación. Me dieron un nombre africano, Barack, que significa “bendición”,  porque creían en una América tolerante donde tu nombre no es una barrera para alcanzar el éxito”.  Un pequeño tour de force. En resumen, la clave es el sueño americano visto a través de una historia de vida. Se centra en la alianza entre negros y blancos (un “amor improbable”) en lugar de en su oposición, en la capacidad de América para ofrecer una oportunidad a todos. Un mensaje unificador y emocionate. ¿Cómo no conmoverse por padres que sueñan con una vida mejor para sus hijos? Un discurso que puede apelar a todas las generaciones, sea cual sea el origen, a todos los estadounidenses. En todos los discursos  sacó a relucir esas historias de vida. En Filadelfia, por ejemplo, habló de Ashley, una estudiante cuya madre tenía cáncer y carecía de cobertura sanitaria. Empezaba así: “hay una historia en particular que me gustaría ofrecerles hoy,  una historia que relaté cuando tuve el gran honor de hablar con motivo de la celebración del nacimiento del Dr. King en su parroquia, la Ebenezer Baptist de Atlanta. Trata de una joven, una mujer de 23 años, una mujer blanca llamada Ashley Baia, que trabajó en nuestra campaña en Florence, South Carolina…”

Estas historias las inscribe dentro de la “gran historia”.  ¿Cómo? Con una fórmula que consigue hacer desfilar la historia de Estados Unidos mejor que las fechas o los recuerdos propiamente históricos. En Chicago, la noche de su victoria, hizó temblar al público al referirse a la historia de Nixon Ann Cooper, una mujer de 106 años, que desafió el frío y la fatiga para ir a votar, porque sabía que el  “tiempo del cambio había llegado”.  “Nació sólo una generación después de que desapareciera la  esclavitud, un momento en el que no había coches por las carreteras ni aviones en el cielo, y cuando alguien como ella no podía votar por dos razones: porque era una mujer y por el color de su piel. Y esta noche pienso en todo lo que ella ha visto en América a lo largo de su siglo,  la angustia y la esperanza, la lucha y el progreso, los tiempos en que se nos decía que no podíamos, y la gente que siguió confiando en el credo estadounidense: Sí, podemos”.

Este proceso de desplazamiento que consiste en sustituir un nombre o una idea con una imagen gráfica es casi sistemático. Aquí se unen los procesos convencionales de la metáfora y la metonimia, que son una piedra angular de su retórica. Como ha señalado Christophe de Voogt,  cuando aborda cuestiones de ecología  “no hay cifras ni consideraciones eruditas sobre el calentamiento global” sino una evocación concreta: “Mientras hablamos, los coches en Boston y las fábricas en Pekín derriten la capa de hielo en el Ártico, reducen las costas en el Atlántico y traen la sequía a las granjas,  de Kansas a Kenia” (Berlin, 2008). Como ha indicado Piere Varrod, allí donde otro político habría dicho “vamos a incrementar la producción de electricidad a partir de nuevas fuentes de energía -solar, eólica, geotérmica”,   Obama dijo: “dominaremos el sol, el viento y el suelo”.

El arte de contraste es otro recurso retórico del que hace uso. Se trata de crear oposiciones simples y binarias para marcar los límites del debate. En su discurso ante el Senado para defender la reforma sanitaria, fue tajante: “El tiempo de la riña se ha terminado. El tiempo de los juegos ha pasado. Ha llegado el momento de actuar”.  Las críticas, las objeciones y  los debates se reducen a “riñas y juegos” que se oponen a la  “acción”. Este contraste crea una simplificación y una oposición binaria que tiene la ventaja de “marcar el terreno” creando dos alternativas claras (aunque en realidad siempre hay un mayor campo de posibilidades).

Charlotte Higgins ha hablado de  Obama como de un “nuevo Cicerón“. De hecho, más que de la retórica romana,  Obama es heredero de la tradición oratoria de los pastores negros  y de los grandes oradores de la historia americana (B. Franklin Roosevelt, John F. Kennedy). Sin embargo, ¿los trucos retóricos son suficientes para explicar su fuerza de convicción? Más allá de las técnicas retóricas, hay también un mensaje. Se basa en tres ideas fundamentales:

• La esperanza (hope) de un mundo mejor (incluso aunque el contenido de ese “mundo mejor” sea bastante vago);

• El cambio debe descansar en la capacidad del pueblo estadounidense de inventar lo imposible, una idea que resume en el lema: “Yes, we can”;

• Este cambio se basa en la unidad del pueblo estadounidense. Más allá de las divisiones, hay una unidad de los estadounidenses en torno a los valores fundacionales.

Todos los comentaristas lo han subrayado: B. Obama es un unificador. Su posición política no es la de un defensor o representante de una comunidad,  se presenta como un hombre que está por encima de la refriega, que moviliza  valores no partidistas.

Si  según Michael  Meyer  la retórica es el arte de aproximar las distancias entre los interlocutores, entonces B. Obama es un maestro del género.

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Tecnologías del orgasmo y otros artilugios de la modernidad

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 6, 2009

Vibrator pub

Hace justamente ahora una década apareció un volumen titulado The Technology of Orgasm: “Hysteria,” Vibrators and Women’s Sexual Satisfaction (Johns Hopkins University Press). El libro lo escribió Rachel P. Maines, que ahora es profesora en la Cornell University School of Electrical and Computer Engineering y cuyo campo de estudio es la historia de la tecnología. La obra tuvo un enorme impacto, incluso antes de aparecer, y recibió abundantes críticas, algunas  no muy favorecedoras y otras casi entusiastas, como la del History Workshop Jurnal. En castellano, se publicó parcialmente en México en  Debate Feminista en 2001. En Italia apareció ese mismo año de 2001 (Marsilio) y en Francia se acaba de editar, poco antes del verano (Payot), también con división de opiniones.

Pues bien, la Johns Hopkins University Press acaba de presentar a finales de septiembre un nuevo libro de la profesora Maines, aunque es de presumir que mucho menos polémico. Su título es Hedonizing Technologies: Pathways to Pleasure in Hobbies and Leisure y según la editora

Hedonizing Technologies

“Rachel P. Maines’ latest work examines the rise of hobbies and leisure activities in Western culture from antiquity to the present day. As technologies are “hedonized,” consumers find increasing pleasure in the hobbies’ associated tools, methods, and instructional literature. Work once essential to survival and comfort —gardening, hunting, cooking, needlework, home mechanics, and brewing— have gradually evolved into hobbies and recreational activities. As a result, the technologies associated with these pursuits have become less efficient but more appealing to the new class of leisure artisans. Maines interprets the growth and economic significance of hobbies in terms of broad consumer demand for the technologies associated with them”.

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Historia de la automoción (y de los conductores)

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 1, 2009

Ahora que la industria automovilística occidental pasa por su más profunda crisis, he pensado en recomendar algún volumen reciente que aborde de alguna manera este asunto. Me decido por Republic of Drivers. A Cultural History of Automobility in America, de Cotten Seiler, que, como no podía ser de otra manera, ha publicado University of Chicago Press. Dice Margaret Walsh en una reciente reseña que desde finales del pasado siglo ha aumentado el interés por estudiar este objeto, pero que hasta ahora nadie había aplicado las enseñanzas del “giro cultural”, utilizando la teoría crítica y el análisis postestructural, seguramente porque  los interesados previos procedían de la historia del trabajo, de los negocios o del transporte (véase el texto de John Walton: “Transport, travel, tourism and mobility:  a cultural turn“).

reoublic of drivers

Seiler, profesor de American studies en el Dickinson College,  afirma que las cuestiones esenciales que aborda son culturales, filosóficas y políticas, no tecnológicas, ni del mundo de la automoción, ni siquiera psicológicas en sentido estricto. Sus objetos de investigación son los afectos (la cursiva es del autor) generados por la conducción y su instrumentalización por distintos regímenes dentro del liberalismo y el capitalismo del siglo XX . En otras palabras,  su pretensión es examinar cómo conducir ha hecho que los americanos sientan, piensen y actúen de una forma determinada, y describir “el modo de ser y de percibir el mundo que nos rodea – organizado y reforzado por la conducción”. Conducir se ha convertido en un componente clave del carácter estadounidense y es una parte esencial de la forma moderna del individualismo norteamericano.

Seiler  selecciona dos períodos de la historia del automóvil para su análisis. En primer lugar,  los años iniciales (de 1895 hasta los años1920) que titula “Workmen’s Compensation, Women’s Emancipation: The Promise of Automobility, 1895–1929″. Por otra partye, el boom de la posguerra y la guerra fría: “Crafting Autonomous Subjects: Automobility and the Cold War”. Ambos períodos se caracterizaron por un aumento en las ventas de automóviles y el desarrollo de las infraestructuras viarias y ambos experimentaron una crisis o renegociación del individualismo. Seiler  sostiene que el primer período fue testigo de la aceptación o bien del establecimiento de la conducción como forma de vida. De hecho, sugiere que la automovilización masiva  llegó hacia 1929 cuando el coche ya se percibía como agente transformador de las características de los estadounidenses. En aquella época, el automóvil tenía la capacidad de proporcionar a los conductores estadounidenses los “sentimientos de agency, autodeterminación, derecho, intimidad, soberanía, transgresión y velocidad” (p. 43). Tales características facilitaron el establecimiento de la automoción como un bien público y garantizaron su crecimiento como “aparato” o sistema que todo lo abarcaba.

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En fin, para quienes deseen hurgar en lo supone conducir hoy, quizá les convenga repasar Why We Drive the Way We Do (And What It Says About Us), de Tom Vanderbilt (Alfred A. Knopf). En cambio, si les interesa el futuro, lo mejor es ir a After the Car, de Kingsley Dennis y John Urry (Polity).

Más referencias: Kathleen Franz, Tinkering. Consumers Reinvent the Early Automobile (University of Pennsylvania Press, 2005); Tom McCarthy, Auto Mania. Cars Consumers and the Environment (Yale University Press, 2007);  Deborah Clarke, Driving Women. Fiction and Automobile Culture in Twentieth- Century America (The Johns Hopkins University Press, 2007);  Steven M. Gelber, Horse Trading in the Age of Cars. Men in the Marketplace (The Johns Hopkins University Press, 2008) y Georgine Clarsen, Eat My Dust. Early Women Motorists (The Johns Hopkins University Press, 2008). Hay para todos.

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Las memorias de la guerra civil

Publicado por Anaclet Pons en Septiembre 28, 2009

La guerra civil, la ley de memoria histórica y las actuaciones del juez Baltasar Garzón continúan siendo temas de actualidad, incluso más allá de nuestras fronteras. Por ejemplo, Julius Purcell, que trabaja desde Barcelona para el FT, ha escrito un interesante artículo en la Boston Review: The Memory That Will Not Die.  Exhuming the Spanish Civil War. Por su parte, Dan Kaufman incide en lo mismo, pero aprovecha la ocasión para retomar un volumen de memorias que apareció el pasado año: War Is Beautiful: An American Ambulance Driver in the Spanish Civil War.

Como señala Kaufman en un largo texto aparecido en The Nation, la publicación del libro fue notable por muchas razones, y una de ellas es la propia supervivencia del manuscrito, escrito por el poeta y novelista James Neugass. En 2000, más de cincuenta años después de que Neugass muriera de un ataque cardiaco en una estación de metro de Greenwich Village, y casi otros tantos años después de que la mayoría de sus documentos se perdieran al inundarse el sótano donde se guardaban, un librero descubrió un manuscrito suyo en una librería de Vermont. Se supone que procedía de la colección de Max Eastman, el otrora editor de la influyente revista de izquierdas The Masses. Seguramente le llegó a Eastman para que lo evaluara y en el margen alguien, tal vez Eastman, escribió: “El título  La guerra es bella es una consigna fascista. Si se trata de una ironía ingenua y desencaminada, resulta muy peligroso”. Con quinientas páginas de extensión, una copia incompleta del manuscrito mecanografiado llegó a su hijo Paul, y luego a Peter Carroll y Peter Glazer,  historiadores que han estudiado la participación estadounidense en el conflicto. Ambos editaron el manuscrito original, que ahora está depositado en una biblioteca universitaria y que fue publicado el pasado noviembre por New Press.

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Kaufman recuerda que Neugass fue uno más de los cerca de tres mil estadounidenses que se ofrecieron para defender la República democrática española ante la revuelta militar encabezada por Franco y apoyada después por Hitler y Mussolini. Poco después del inicio de la guerra, el gobierno de EE.UU.  prohibió a los estadounidenses la entrada en España, así que la mayoría entró ilegalmente en el país. Esos voluntarios formaron dos batallones, que serían conocidos como  la Brigada Abraham Lincoln.  Además, hubo una organización legal de ayuda a la República, llamada American Medical Bureau,   fundada por Edward Barsky, un cirujano de Nueva York . (El Departamento de Estado hacía excepciones con los grupos de ayuda humanitaria).  Barsky estableció hospitales  en  iglesias y monasterios, así como una unidad médica móvil. En su momento álgido, el personal de Barsky incluyía  a más de 100 médicos, enfermeras y conductores. Neugass, un poeta de 32 años que se ganaba la vida como instructor de esgrima, cocinero, trabajador social y conserje, llegó a España en noviembre de 1937 y se le asignaron las tareas de asistente de Barsky y conductor de ambulancia.

Neugass sigue el ritmo irregular de la guerra, pasando sincopadamente del  aburrimiento a los triunfos efímeros y el terror. Breves y vívidas descripciones de la vida cotidiana, como un desagradable plato de bacalao ( “sabe a cuero encolado y hervido en aceite de motor”), se mezclan estrechamente con representaciones sentimentales de los soldados heridos. “Un francotirador alcanzó a  Fred Mowbray, de Nueva Orleans,  en la base de la columna”, escribe. “Paralizado de la cintura para abajo, con la acumulación de orina en los riñones, me rogó que le sondara ….  Suplicaba que le suministrara morfina, algo que no se le podía dar. Llorando lastimosamente, pues no estaba deliraba,  se le sacó de la sala y fue evacuado esa mañana. Dicen que en los casos de columna tarde o temprano  todos mueren”.

Kaufman señala que estas memorias son particularmente importantes dada la creciente tendencia revisionista sobre  la Guerra Civil española en la última década. Sin mencionar a la historiografía española, cita como ejemplo dos destacados artículos: el  de George Packer en The New Yorker y sobre todo el de Sam Tanenhaus en Vanity Fair (“Innocents Abroad”, septiembre de 2001), en el que este último señala como falsa la visión tradicional de la guerra civil como noble lucha contra el fascismo. En ese sentido, sostiene, España representa “the most stubbornly enduring political myth of the 20th century: the myth of the virtuous, innocent left”.  Por supuesto, Kaufman cuestiona esa afirmación y el uso de las fuentes sobre las que se basa.  Para ello, remite a un artículo de Peter Carroll, uno de los editores del volumen de memorias citado: “The Myth of the Moscow Archives”, publicado en el monográfico que Science and Society dedicó a la guerra civil en el otoño de 2004.

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letters preston

Añádase a lo anterior que el último número de la LRB incluye una reseña de Jeremy Harding (“Paralysed by the Absence of Danger“) que aborda el volumen de Neugass y otros dos:  Letters from Barcelona An American Woman in Revolution and Civil War, editado por Gerd-Rainer Horn (Palgrave Macmillan, marzo 2009) y el reciente  We Saw Spain Die: Foreign Correspondents in the Spanish Civil War, de Paul Preston (Skyhorse Publishing, septiembre de 2009).

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El acceso abierto y la difusión del conocimiento científico

Publicado por Anaclet Pons en Julio 6, 2009

Los debates sobre el denominado Open Access no cejan y ahora han sembrado la duda en uno de los territorios más reticentes, el de la edición universitaria. A principios de junio Peter Suber recogía en su blog la declaración firmada por los representantes de la University Press of Florida, University of Akron Press, University Press of New England, Athabasca University Press, Wayne State University Press, University of Calgary Press, University of Michigan Press, Rockefeller University Press, Penn State University Press y University of Massachusetts Press.

Por supuesto, no se trata de grandes editoriales, pero el asunto es significativo. Los firmantes señalan, entre otras cosas, que dan su apoyo al libre acceso a los artículos de revistas de contenido científico, técnico y médico a partir de los doce meses de su publicación, dado que entienden que la investigación académica financiada por instituciones públicas es un bien común y como tal debe ser tratado.

No obstante, este debate ha de ser situado en su contexto adecuado. Hay que señalar, por ejemplo, que la Association of American University Presses (AAUP) siempre se ha mostrado contraria a esta posición abierta y, en particular, a abrir los textos que han sido financiados por los poderosos National Institutes of Health. Una posición, por otra parte, que muchas veces es contraria a la que defienden los profesionales interesados, como se ha señalado en Insidehighered.

En realidad, no es que la AAUP se haya opuesto, pero dado su potencial económico teme el impacto financierto que esa medida les pudiera ocasionar. De ahí que se adhirieran a la llamada Conyers bill:   “Los miembros de la AAUP  apoyamos firmemente el libre acceso a la literatura acaémica a través de cualquier medio, siempre y cuando esos medios incluyan una financiación o un modelo de negocio que mantenga la inversión necesaria para hacer que el trabajo más antiguo sea de libre acceso  y permita continuar con la publicación de nuevos trabajos”. “Sin embargo, tratar de ampliar el acceso rebajando la protección de los derechos de autor en las obras derivadas de la investigación financiada por el gobierno federal va totalmente en la dirección equivocada, y erosionará gravemente la capacidad de los miembros de la AAUP para publicar tales trabajos en sus libros y revistas”.

Como dice Mike Rossner (Rockefeller University Press) en Insidehighered,  la AAUP presenta como incompatibles cosas que no lo son,  el apoyo al libre acceso y un plan de negocios para las editoriales universitarias. Según afirma, su Universidad abrió en 2001 el acceso a material con más de  seis meses y los ingresos procedentes de suscripciones de revistas ha aumentado durante ese tiempo.

Peter Givler, director ejecutivo de la AAUP, expone que  los miembros de la asociación tienen derecho a expresar su postura, pero que “hemos tomado esta posición por considerar que refleja los puntos de vista de una gran mayoría de nuestros miembros”.

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Los historiadores y la biografía

Publicado por Anaclet Pons en Julio 3, 2009

En el número de junio, la AHR dedica su habitual mesa de debate al tema de la biografía. El objeto es introducido en esta ocasión por David Nasaw, de la CUNY, un historiador que ha dedicado sus últimas investigaciones al estudio biográfico de figuras tan relevantes como Andrew Carnegie y William Randolph Hearst.

The American Historical Review, 114, págs. 573–578, Junio de  2009

“AHR Roundtable: Historians and Biography”

Introduction,   David Nasaw

nasaw

“Durante mucho tiempo, los historiadores académicos han sido un tanto ambivalentes con el género de la biografía. Aunque sin duda reconocen que se trata de un tipo de discurso histórico legítimo y venerable, muchos son escépticos sobre la capacidad de la biografía para transmitir el tipo de interpretación analíticamente sofisticada del pasado que los académicos han supuesto desde siempre”. Así se expresó el editor de la revista en su invitación a los historiadores a participar en esta mesa redonda de la  AHR.

La biografía continúa siendo un hijastro arrinconado dentro la profesión, ocasionalmente pero a regañadientes se le deja en la puerta, más a menudo se le abandona fuera con la chusma. A los estudiantes de posgrado se les advierte para que no escojan biografías para sus tesis. A los profesores asistentes  se les dice que deben obtener la plaza y promocionarse antes de hacer una biografía. La universidad y las bibliotecas universitarias, incluida la mía,  evitan la compra de biografías. Y las principales revistas, ésta incluida, “rara vez publican artículos de índole biográfica [y, a menudo se niegan] a reseñar estudios biográficos”, tal como reconoce el editor de la AHR.

Esta caracterización de la biografía como una forma menor de historia está muy difundida. De hecho, en la mesa redonda varios participantes comienzan  criticando la biografía antes de defender su posición.  Judith Brown presenta su ensayo insistiendo en que ella no se ve a sí misma “como una biógrafa, ni a sus obras como biografías, en el sentido de seguimiento e interpretación de una vida desde la cuna a la tumba, ni en el más problemático  de tomar la persona como el único centro del análisis intelectual y de la argumentación”.  De este modo,  identifica el denominador común del ataque a su biografía como una forma degradada de escritura histórica. “La biografía no es historia”,  le dijo un bibliotecario a Nick Salvatore treinta y cinco años atrás, “porque la cuestión de la periodización es algo dado, al igual que la biografía está enmarcada por el nacimiento y la muerte del sujeto”.

A pesar de la persistencia de este tipo de críticas, los historiadores rara vez suelen estructurar sus biografías de esta forma ni toman sus sujetos  “como el único centro analítico e  intelectual” de sus argumentos. En la “R” de mi estantería hay biografías de Eleanor Roosevelt (Blanche Wiesen Cook), de Paul Robeson (Martin Duberman),  Ronald Reagan (John Patrick Diggins) y Jackie Robinson (Jules Tygiel). Cada uno toma como objeto no el individuo, sino la persona en un determinado contexto histórico. No se comienza con un nacimiento ni termina con una muerte. Duberman, por citar sólo un ejemplo, abre la de Paul Robeson con un breve retrato de las relaciones raciales en Princeton (Nueva Jersey, la ciudad y la universidad)  y con una mención del intento de su abuelo de escapar de la esclavitud, porque su trabajo se centrará en el “racismo” y en los intentos de un  hombre por encontrar su camino en un mundo social envuelto  y definido  por ello.

Las biografías de los historiadores, para utilizar las palabras de Salvatore, “se arraigan en ideas y acontecimientos más amplios que el sujeto individual”. Los historiadores no sólo están interesados  en trazar el curso de la vida personal, sino en el examen de las vidas en relación dialéctica con los múltiples mundos sociales, políticos y culturales que habitan y les dan sentido. “El tema adecuado en una biografía”, escribió  Oscar Handlin hace dos décadas, “no es la persona al completo ni la sociedad al completo, sino el punto en el que ambas interactúan. La situación y el individuo se iluminan mutuamente”.

Es esta atención a la persona lo que  para Handlin,  biógrafo y editor de biógrafos, hace  de la biografía un mundo aparte dentro de la historia. “El biógrafo utiliza pruebas del pasado, pero se centra en el individuo y responde a preguntas acerca de la personalidad y el carácter que el historiador no suele hacerse”. Carl Rollyson, que no es un historiador pero sí autor de varias biografías y estudios de biografías, sugiere que los historiadores hacen pobres biografías porque están mal equipados, por la naturaleza de su disciplina, para escribir sobre las personas.  “Si usted le pide a un historiador que escribia una biografía, tiene  muchas probabilidades de obtener historia. La biografía pone  al personajen primero, mientras la historia favorece a los acontecimientos”. Para ejemplificarlo,  Rollyson cita la breve biografía de Woodrow Wilson escrita por W. W. Brands y la que hizo Michael Wreszin de Dwight Macdonald, ninguna de las cuales encuentra satisfactoria. Critica a Brabds por no dedicar suficiente espacio a las esposas de Wilson y su influencia en la presidencia. Echa en falta a Wreszin que excluya cualquier mención de los asuntos de Macdonald con sus alumnos, porque, como explicó Wreszin a Rollyson, “no era relevante para la comprensión de por qué Macdonald era importante y por qué la gente le lee”

Los historiadores que escriben biografías  es cierto  que no ponen los personajes primero ni proporcionan a sus lectores un relato desde la cuna a la tumba, con verrugas y todo. Al igual que todos los escritores de vidas, de ficción o reales, toman decisiones en cuanto a lo que es trivial y periférico y lo que es importante y digno de incluirse. Su principal objetivo no es simplemente contar la historia de una vida, aunque a menudo lo hacen bien, sino el despliegue de la persona en el estudio del mundo externo a ese individuo, explorando cómo lo privado informa a lo público y viceversa.

Si Macdonald “tenía asuntos con sus alumnos,” como Rollyson defiende, y no hay pruebas suficientes que lo respalden, ese aspecto de su vida privada debe ser revelado  sólo si tiene alguna importancia. ¿Tener conocimiento de estos “asuntos” nos proporciona otra perspectiva desde la que interpretar la vida pública y laboral de  Macdonald ? ¿Se ponen de manifiesto algo nuevo y significativo sobre el desarrollo de los mundos social, político y cultural que Macdonald habitó y dio sentido? Si es así, entonces queda dentro de la biografía del historiador. Si no es así, puede y debe ser excluido.

Los historiadores se ven limitados de una manera que otros escritores de vidas no lo están. Y no hay nada malo en ello. Los historiadores no están equipados para, ni son capaces de, ni en su mayor parte están interesados en la construcción de retratos con la densidad y la profundidad de caracterización que están disponibles para y son apreciados por los escritores, los cuales no se sienten obligados por las  pruebas y se sienten más cómodos con el azar, la falta de ataduras psicológicas, los monólogos interiores y los diálogos imaginados. En última instancia, el trabajo de un historiador que escribe una biografía debe ser juzgado por las mismas normas que se aplican a las obras de otros géneros históricos. Si el historiador elige la historia de los veleros de Bristol en el siglo XVIII, esa historia está atada a las pruebas y obligada a ir más allá de ella,  limitada por las convenciones de la disciplina a establecer determinadas conexiones, a significar, a vislumbrar un todo más amplio a través de una pequeña parte, a construir un cronológica que enlace y separe a la vez los sucesos de hoy y del ayer.

A pesar de las críticas internas y externas y de la estudiada ambivalencia de la profesión , la biografía ha sido y sigue siendo un género esencial de la escritura histórica. “La biografía está una vez más de  moda”, escribe Jo Burr Margadant en la introducción a The New Biography, “no sólo para un público lector en general que nunca ha perdido su gusto por las historias de vida, sino también para los historiadores académicos que sin cesar vuelven a  los escombros de las generaciones anteriores en busca de nuevas enseñanzas sobre  nosotros mismos”.   Lo mismo hace Liana Vardi, que abre su artículo en esta mesa redonda  comentando “la renovada moda académica de la  biografía histórica”.  En fin, cinco de los últimos ocho presidentes de la American Historical Association han   escrito o editado estudios biográficos. En mi propio campo, la historia de los Estados Unidos, el Bancroft Prize ha recaído en tres ocasiones en una biografía  en los últimos ocho años.

¿Cuáles son las razones de esta reciente efervescencia de la biografía entre los historiadores? La más obvia es que los historiadores que buscan un público fuera de la academia se han decantado hacia la biografía porque es donde están los lectores. Arthur M. Schlesinger Jr. lo señaló en la nota de editor a la serie de biografías presidenciales norteamericanas que publicó:  “La biografía ofrece un fácil educación en la historia de Estados Unidos, lo que hace el pasado más humano, más vivo, más íntimo, más accesible, más conectado con nosotros mismos”.

Mientras que algunos historiadores han elegido escribir biografías con la esperanza de atraer a un público más amplio, otros se han decantado por el género a causa de la gran expansión de la gama de posibles sujetos. La biografía ya no se limita a la vida de los ricos, los poderosos, los famosos e infames. Hay infinidad de historias para ser contadas y que hablan de desconocidos, inarticulados,  hombres iletrados, mujeres y niños, y como han descubierto los historiadores feministas, sociales o del trabajo,   ofrece un enfoque fructífero para revisar, y tal vez reconfigurar, las categorías de clase , género y etnia, ya que interactúan a nivel de lo individual.

Los historiadores no han de tener miedo a escribir sobre la vida de las personas por la falta de archivos o documentos personales. En su contribución a esta mesa redonda, Robin Fleming ofrece el ejemplo de “un tipo diferente de biografía medieval temprana”, basada no en un texto escrito sino en deducciones extraídas de los análisis y la interpretación de los restos óseos y mercancías depositadas en las tumbas. Los resultados preliminares de su empresa  hacia una biografía de “Dieciocho” (el nombre que le da Fleming  porque éste es el número arqueológico que se le asigna) son asombrosos. Nos enteramos de que “Dieciocho” disfrutó de una infancia saludable, de que murió joven, fue enterrada con honor  y era leprosa. Las fuentes para escribir su vida fueron limitadas y no convencionales, pero Fleming, como historiadora, tenía una porisición privilegiada para hacerla hablar. “Tenemos una cara destrozada, que no es la cara genérica de una  genérica  leprosa, sino el rostro de una mujer muy real, una vida cuyo oscuro contorno puede percibirse si pensamos en el contexto de la vida de las otras personas cuyos esqueletos reales y particulares la rodean”.

Parte del atractivo de la biografía para los historiadores en esta primera década del siglo XXI es que permite, incluso alienta,  ir más allá de las estructuras de la política de la identidad sin tener que renunciar a sus  categorías, cada vez más expandidas y a menudo útiles.  En el proceso de investigar y escribir sobre la vida de personas arraigadas en determinados momentos y lugares, los biógrafos descubren y revelan la forma en que los sujetos asumen, desechan, reconfiguran, , juntan y se disocian  de múltiples identidades y roles. Como sostiene Margadant en su introducción a The New Biography, “una estrategia narrativa destinada a proyectar  una persona unificada se ha convertido para el nuevo biógrafo en algo casi tan sospechoso como afirmar que una biografía es `definitiva’ “. El tema de la biografía no es ya la coherencia del yo, sino más bien cómo se realiza para crear una impresión de coherencia o el de un individuo con múltiples yoes cuyas diferentes manifestaciones reflejan el paso del tiempo, las exigencias y  las diferentes opciones de configuración, o las variadas maneras que otros tienen de representar a esa persona”.   En la construcción de una vida individual, el género, la clase, la raza, la etnia, el nacimiento, la orientación sexual, la nacionalidad, los antecedentes familiares, la ocupación, la vocación  y otras tantas cosas  se entrecruzan e interactúan en múltiples formas. La tarea del biógrafo es desentrañar, priorizar, tratar de entender cómo, en un determinado tiempo y lugar, un “yo” es organizado y representado.

Escribir la historia desde el punto de vista de las personas no es retraerse, sino una forma de hacer frente a las complejidades teóricas y las confusiones de los albores del siglo XXI. “Como muchos otros de mi generación”, señala Alice Kessler-Harris en su contribución a esta mesa redonda, “he llegado a un acuerdo sobre los límites de lo que se denomina puntos de vista ‘objetivos’  y he comenzado a interrogarme sobre las perspectivas desde las  que nuestros sujetos hablan y escriben y he prestado mayor atención a la importancia de cada actor individual –no por lo que él o ella pueda haber hecho, sino por lo que revelan sus pensamientos, su lenguaje y sus pugnas con el mundo”.

La biografía puede ser un  género preferente para los historiadores del siglo XXI, ya que ofrece una manera de trascender la división teórica entre  la historia social empirista  y la historia cultural asociada al giro lingüístico sin sacrificar los beneficios epistemológicos o metodológicos de ambas. Gabrielle M. Spiegel, hablando en el AHR Forum de abril de 2008  sobre el volumen de Geoff Eley (A Crooked Line), advierte que en “el intento de avanzar” más allá del giro cultural ‘… muchos historiadores están desplegando un (muy implícito) concepto de fenomenología social”, en el que, como explica el sociólogo alemán Andreas Reckwitz, “el objetivo del análisis social es hacerse cargo de la perspectiva subjetiva”.  Esta aproximación “neo-fenomenológica” bien podría servir como perspectiva teórica de una nueva biografía  basada a su vez en la revalorización del actor  individual como sujeto histórico. Una “fenomenología modificada”  nos proporciona, en palabras de Spiegel,  “una perspectiva centrada en el actor,” muy en consonancia con la de Kessler-Harris, “una creencia acerca de la percepción individual como  la propia fuente de conocimiento del agente  -una percepción mediada y quizá limitada  pero no controla en su totalidad por el andamiaje cultural o los esquemas conceptuales en los que tiene lugar”.

Los historiadores que escriben biografías intentan vislumbrar el mundo de sus sujetos  como algo percibido y hecho significativo por ellos. Donde la historia social y  historia cultural asociada al giro lingüístico, en sus más extremas formulaciones, rechazan la importancia (a veces incluso la existencia) del individuo como agente histórico, las biografías escritas por historiadores ponen de nuevo la atención en la vida única de individuos que se formaron por y daban significado a  los órdenes social y discursivo en los que  se insertaron al nacer y con los que vivieron sus vidas. El historiador, como biógrafo,  parte de la premisa de que los individuos se encuentran situados pero no aprisionados dentro de determinadas estructuras sociales y regímenes discursivos. “Lo que define al hombre”, señalaba el fenomenólogo francés Maurice Merleau-Ponty, es la “capacidad de ir más allá de las estructuras creadas con el fin de crear otras”  .

En su intento de reinsertar a las personas en su historia como significantes y agentes, los biógrafos no les conceden la independencia o la autonomía  en cualquier ámbito. Viendo el mundo desde la perspectiva de las personas sobre las que escriben,  los historiadores deben mirar más allá de la mirada y los logros de sus sujetos para llegar a los significados y posibilidades que no reconocieron ni persiguieron  en sus vidas. Como explicaba EP Thompson  en la introducción de su biografía intelectual de William Blake, su objeto en la redacción de este estudio era “determinar, una vez más, la tradición de Blake, su situación particular dentro de ella, y las reiteradas pruebas, motivos y  puntos nodales de  conflicto, que indican su posición y la forma en la que su mente se enfrentó a aquel mundo. Ello supone una suerte de recuperación histórica, y la atención a fuentes externas a Blake -fuentes de las que, a menudo, no pudo haber sido consciente”.

El historiador como biógrafo podría tener como credo la declaración de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. O bien, como   indica más concisamente en La Ideología Alemana, “las circunstancias hacen a los hombres tanto como los hombres hacen a  las circunstancias”.

En su contribución a esta mesa redonda, Kessler-Harris vuelve a “El arte de la biografía” de Virginia Woolf . Woolf comienza y termina su notable ensayo planteando la cuestión de si, dadas las restricciones que conlleva, la biografía es “un arte”. Ella llega a la conclusión de que no lo es, porque, a diferencia de la poesía y la ficción, que son en su totalidad obras de la imaginación, su biografía se atiene a los documentos, las pruebas, los hechos. Cuando el biógrafo va más allá de los hechos y da rienda suelta a su imaginación, como Lytton Strachey hizo en su biografía de la reina Isabel  I, está condenado al fracaso, como Woolf creía que le sucedió a  Strachey. “La combinación resultó inviable;  ficción y realidad no mezclan bien. Isabel nunca devino real en el sentido en el que la Reina Victoria [objeto de una biografía anterior de Strachey] lo había sido, aunque nunca fue  ficticia en el sentido en el que Cleopatra o Falstaff lo son”.

En lugar de intentar escapar de las limitaciones del género como hizo Strachey, Woolf insta a los biógrafos  a apoyarlas y celebrarlas. “El biógrafo debe ir por delante del resto de nosotros, al igual que el canario del minero, probando la atmósfera, detectando la falsedad, la irrealidad y la presencia de convenciones obsoletas. Su sentido de la verdad debe estar vivo e ir de puntillas”.  La biografía, escribió en 1939,  está  “sólo en el inicio de su recorrido; tiene una larga y activa vida ante sí, aunque podemos asegurar que se trata de una vida llena de dificultades, de peligros y de trabajo duro”. Los biógrafos podían no ser artistas, pero tenían un  valor “incalculable”.  “Al decirnos la verdad de los hechos, tamizando lo pequeño de lo grande, y configurando el conjunto en tanto percibimos el contorno, el biógrafo estimula más  la imaginación que cualquier poeta o novelista si exceptuamos a los más grandes”.

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Índice de la mesa redonda:

“Biography as History”, de  Lois W. Banner, es un texto de carácter general en defensa del género biográfico.  “ ‘Life Histories’ and the History of Modern South Asia”, de  Judith M. Brown, alude a los casos de M. K. Gandhi y Jawaharlal Nehru. “A Place in Biography for Oneself”, de Kate Brown, describe su propia experienca de mujer nacida en una ciudad industrial en declive para trasladarla al mundo post-industrial del oeste americano y las nuevas repúbl¡cas nacidas del colapso soviético.  “Writing Biography at the Edge of History”, de Robin Fleming, se centra, como hemos visto, en una desconocida.   “Galaxy of Black Stars: The Power of Soviet Biography”, de Jochen Hellbeck, es un ejemplo de biografía múltiple a partir de gente corriente de ese mundo.  “Why Biography?”, de Alice Kessler‐Harris, es una reflexión sobre las preguntas que se planteó al abordar el estudio de Lillian Hellman.   “Scene‐Setting: Writing Biography in Chinese History”, de  Susan Mann, aborda la tradicional importancia del genero en China.   “Separations of Soul: Solitude, Biography, History”, de  Barbara Taylor (que extrañamente ha desaparecido del índice online), ofrece un espisodio de la vida de Mary Wollstonecraft. Y “Rewriting the Lives of Eighteenth‐Century Economists”, de Liana Vardi, explica la importancia de las teorías económicas para entender las vidas del marqués de Mirabeau y Jacques Turgot.

En el mismo volumen,  Carolyn P. Boyd reseña a Francisco J. Romero Salvadó (The Foundations of Civil War: Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916–1923) y Soledad Fox a Stanley G. Payne (Franco and Hitler: Spain, Germany, and World War II).

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De cómo ser historiador. Retrato de grupo

Publicado por Anaclet Pons en Junio 26, 2009

¿Cómo se convierte alguien en historiador? Disciplinándose, por supuesto, pero hay algo más. A eso intentan responder  los ensayos que se contienen en Becoming Historians, recién publicado por la University of Chicago Press. La táctica consiste, como en otras ocasiones, en mostrar cómo lo hicieron algunos de los más destacados especialistas de la disciplina, a través del relato autobiográfico. En esta ocasión, la figura más destacada es seguramente  Joan W.  Scott (“Finding Critical History”), junto a la cual desfilan  Rhys Isaac (“Toward Ethnographic History: Figures in the Landscape, Action in the Texts”),   Dwight T. Pitcaithley (“The Long Way from Euterpe to Clio”), Linda Gordon (“History Constructs a Historian”), David A. Hollinger (“Church People and Others”), Maureen Murphy Nutting (“Choices”), Franklin W. Knight (“A Caribbean Quest for the Muse of History”),  Temma Kaplan “My Way”) y Paul Robinson (“Becoming a Gay Historian”), además de  los dos coeditores del volumen, James M. Banner Jr. (“Historian, Improvised”) y John R. Gillis (“Detours”).  Estos dos últimos fueron entrevistados hace unos días por Insidehighered.

becoming historians

P: ¿Cuál es el objetivo del volumen?

JG: Los historiadores escriben acerca de otros, rara vez sobre sí mismos. A pesar de la importancia de la generación que se graduó en los sesenta y setenta,  aún no han hecho su retrato de grupo. Pensamos que es hora de llevarlo a cabo, porque se trata un grupo que fue fundamental abriendo nuevos campos – desde la historia social y la de las mujeres a  la historia mundial. Éramos conscientes de que una pequeña recopilación como ésta nunca podría hacerle justicia, pero lo importante es empezar.

JB: Aunque deseamos trazar los contornos  de esas vidas, de las carreras y el trabajo de una única generación de historiadores -la nuestra-, también queremos que algunos historiadores reflejen cuál ha sido su proceso de aprendizaje (por decirlo con el título de las  ACLS lectures, el A Life of Learning que tanto nos ha influido). También confiamos en ofrecer algunas perspectivas sobre los esfuerzos de los miembros de una generación cuyas experiencias profesionales han comenzado a ir más allá de las fronteras de la academia, así como responder directamente a las cuestiones públicas que empujan a los historiadores hacia nuevas áreas de investigación y acción. De ese modo, además,  hemos querido que quienes aspiran a ser historiadores vean  la diversidad de opciones que tienen ante sí, el papel de lo azaroso y lo reflexivo en una carrera, y las muchas alegrías de la vida del historiador.

P: ¿Cómo decidieron a quién incluir?

JG: Entre los dos. Ambos tenemos muchos conocidos, principalmente de historia europea y americana, pero también en el ámbito mundial. Tratamos de ser inclusivos en ese sentido.  Por supuesto, somos dolorosamente conscientes de la cantidad de voces que hemos excluido, pero confiamos en que otros sigan nuestros pasos, llenen las lagunas y rectifiquen nuestros descuidos.

JB: La diversidad es la clave, lo cual siempre es difícil de lograr con un pequeño número. Además, procuramos excluir a  historiadores que ya hayan escrito textos autobiográficos. Por otra parte, para evitar la superposición, no aparecen compañeros de estudios  o colaboradores nuestros . Afortunadamente, muy pocos rechazaron la invitación a participar. La mayoría acogió con beneplácito la oportunidad de realizar este examen sobre su vida y su carrera.

P: ¿Creen que hay temas comunes en cómo este grupo de historiadores se sintieron atraídos  por la disciplina y se convirtieron en reputados especialistas?

JG: Me ha sorprendido ver hasta qué punto ha sido más  la casualidad que el propósito deliberado lo que ha dado forma a las vidas de esta generación, historiadores nacidos antes o después de la Segunda Guerra Mundial. Todos estuvieron inspirados por la educación en artes liberales,  que les abrió un mundo. Llegaron al posgrado ansiosos y entusiastas, aunque se sintieron decepcionados por la especialización que se esperaba de ellos. A su alrededor, el mundo parecía próximo a romper las costuras, y no pasó mucho tiempo antes de que desafiaran  las convenciones dentro y fuera del mundo académico, modificando los campos de estudio, a menudo inventando otros nuevos. Muchos de los que participan en este volumen se convirtieron en reconocidos pioneros en sus respectivos campos.

JB: Además de lo que John señala (y con el que estoy plenamente de acuerdo), añadiría un elemento de audacia a la mezcla. Los miembros de nuestra generación de historiadores eran personas sin las constricciones económicas de la anterior, la generación de la Segunda Guerra Mundial. Sus procedencias eran más   diversas.  Su mundo parecía estar lleno de incertidumbre y de implacables demandas de justicia e igualdad. También, por suerte, no había problemas de empleo, de modo que  “recién llegados” como las mujeres y los afroamericanos podían encontrar algún tipo de ocupación fuera o dentro del mundo académico.

P: Varios de los ensayos se refieren a la creación de nuevas formas de mirar la historia (la historia de las mujeres, la historia social, etc), bien establecidas hoy en día, pero no cuando estas personas iniciaron su carrera. ¿Creen que el desarrollo de estos ámbitos contiene lecciones para los subcampos que emergen ahora?

JG: Los historiadores están adiestrados para entender que las grandes transformaciones son extremadamente raras y sobre todo inesperadas. Francamente, no creo que nadie pudiera haber predicho el florecimiento de campos de estudio que se ha producido en la vida de esta generación. En su mayor parte, el impulso provino de fuera de los círculos académicos, lo que obligó a los historiadores a considerar las cuestiones de raza, transnacionalismo, género, medio ambiente, ninguno de los cuales estaba antes en el orden del día. Si uno quiere saber cuáles van a ser los nuevos campos del futuro, uno puede  encontrar algunas pistas en las revistas académicas y en los congresos.  Cuando lleguen los siguientes grandes cambios, serán, como ocurrió antes, bastante inesperados.  La forma en la que los afronte  la próxima generación dependerá de si están tan abiertos al mundo que les rodea como lo ha estado esta generación en particular,.

JB: Si bien estoy de acuerdo con todo lo que John expone, me gustaría añadir algunas reflexiones adicionales. Creo que nuestra generación se ha mostrado más que orgullosa sobre su posición en la historia, como si otros pudieran no haber mostrado la visión y la inteligencia para adoptar y llevar a cabo lo que hicimos. Eso no está justificado. Nuestra generación de historiadores ha vivido en un momento en el que el mundo estaba pidiendo que nos adaptáramos  a las nuevas condiciones y creáramos nuevas instituciones, nuevas prácticas y convenciones. Los historiadores ejercen una disciplina que, al exigirles el estudio del  cambio, necesariamente se convierte en un laboratorio para el cambio. Son muchos los que todavía protestan por las alteraciones que hemos traído en cuanto a la escritura y la reflexión sobre el pasado, pero estos cambios están aquí para quedarse. Y habrá más.

P: Hoy en día, con menos puestos fijos de trabajo, ¿creen que los nuevos doctores en historia tienen las mismas oportunidades?

JG: Parece claro que nos enfrentamos a un largo período de contracción en la educación superior, pero esto no significa que la historia no pueda crecer con las nuevas generaciones productivas. La generación de Becoming Historians ha sido innovadora en muchos sentidos, pero no en términos de transmitir el pasado al público en general. La próxima generación tiene una oportunidad real en el ámbito de los nuevos medios digitales y de la innovación para llevar la historia a una nueva audiencia. Si los programas de doctorado quieren seguir siendo viables necesitan atender tanto a la forma como al contenido, a los medios de comunicación tanto como al mensaje. Como fue el caso de nuestra generación, cuando venga el cambio se presentará de forma inesperada, y desde el exterior. Estemos preparados.

JB: No. Cada generación es diferente. Pero la cuestión se puede leer en el sentido de suponer que los historiadores proseguirán su labor honorable y productivamente  sólo desde posiciones académicas. Eso no ocurre más ahora que antes. Cuando más o menos la mitad de los nuevos doctores en historia ocupan  puestos fuera del mundo académico,  es evidente que hay un montón de oportunidades para los emprendedores, para jóvenes historiadores, lo cual es mucho  más que antes. Como dice John, los programas de doctorado tienen todavía mucho camino por recorrer preparando a la gente para esas oportunidades en las numerosas variedades de public history, como escritores de historia e historiadores que aplican los conocimientos históricos a cuestiones de política pública. Ahora, la preparación para la historia académica y la pública  tiende a estar en tensión, a menudo con  diferentes programas o itinerarios. Eso debe acabar, al menos si la historia desea mantener su ilimitada pertinencia y aplicabilidad a las vidas de todo el mundo.

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Fotografías inéditas de Hitler

Publicado por Anaclet Pons en Junio 24, 2009

La revista Life publica una completa serie de imágenes de Adolph Hitler, que corresponden al período 1936-1945. La exclusiva se divide en cuatro entregas: Hitler’s Humble Beginnings, Adolph Hitler Among the Crowds, Adolph Hitler: Up CloseAdolph Hitler’s Private World.

Worshipping Hitler

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Simon Schama y la crisis bancaria: lecciones de historia

Publicado por Anaclet Pons en Junio 22, 2009

Simon Schama escribe en el Financial Times sobre la fobia bancaria americana: “America’s phobia of banks”. El texto apareció el pasado 15 de mayo y hace un breve apunte sobre la historia de aquel país a propósito de la relación entre el gobierno, los bancos y la Reserva Federal.

schama

Schama se centra en la figura de Andrew Jackson, enemigo encarnizado del papel moneda y de los bancos centrales. Jackson, que estuvo en la Casa Blanca entre 1829 y 1837, fue un nuevo tipo de político en la vida americana. Que nadie le confunda con los caballeros de las plantaciones de Virginian que habían dominado la primera época de la república. Había combatido a los  indios, fue un azote de los británicos y adoraba a la gente de frontera. Pero lo que realmente le irritaba era el Banco de los Estados Unidos, la institución que concedía el monopolio de imprimir papel moneda. El “monstruo”, declaró  en la batalla que mantuvo con su presidente, Nicholas Biddle, “me quiere matar a mí, pero yo acabaré con él”.

Y Jackson destruyó el Banco de los Estados Unidos, vetando la renovación de su estatuto en el Senado en 1832 y presentándose a la reelección como el campeón del Pueblo contra el Monstruo. El resultado de la liquidación de la regulación monetaria era predecible: la especulación salvaje. En marzo de 1837,  dos meses después de que Jackson dejara el cargo, empezaba el segundo de los grandes colapsos financieros (el primero fue en 1819). De inmediato vino otro, en 1839, bajo la administración de su sucesor, Martin Van Buren. En vísperas de la guerra civil, el deseo jackosoniano de descentralización monetaria  había ido más allá de sus sueños.  Había siete mil monedas locales circulando  en la república y una epidemia de falsificaciones. De ahi surgió la Banking Act de Lincoln en 1862, nacida de una desesperada necesidad de crédito fiable  para combatir la guerra,  de un mínimo orden monetario que salvara de la  anarquía que Biddle había profetizado con precisión.

Como nos recuerda la generosa biografía de John Meacham (American Lion, 2008), Jackson fue una figura excepcional de la política por muchas razones: por su repelente entusiasmo por la depuración étnica de los nativos americanos, por su rechazo a las opiniones inconvenientes de la Corte Suprema de Justicia y por su certeza de que era la encarnación de la democracia popular en acción heroica. Esta armadura chapada de egocentrismo le permitió despachar una moción de censura en el Congreso como si se tratara de una afrenta al pueblo norteamericano (causada por su intento de desangrar al Banco desviando los depósitos del Tesoro a los bancos estatales locales). El hecho de que los entusiastas de un banco central – desde Alexander Hamilton, que había creado el primero en 1791 -  fueran admiradores del Banco de Inglaterra no hacía sino reforzar la convicción del veterano general de que esas instituciones eran algo detestable y no americano. Queja por dirimir si tal bancofobia favoreció  su reelección en 1832. Ahora bien, no cabe duda de que, con su desconfianza del papel moneda y su casi paranoica sospecha del monopolio de emisión del Banco, Jackson explotó la vena de la inseguridad americana  sobre el carácter moral de dinero.

En los siglos XIX y XX, los europeos y otros extranjeros estaban  tan acostumbrados a caracterizar a los estadounidenses como esclavos de un Dólar Todopoderoso que a veces descuidaban advertir esa esquizofrenia nacional que versaba sobre el tema de la riqueza pecuniaria. Generación tras generación, predicadores, periodistas y políticos de frontera protestaban fervientemente contra el veneno de la codicia y las ciudadelas de la costa este donde gobernaba el Gran Dinero. Desde  1790, en tiempos de Thomas Jefferson, los cantores de la vida agraria  (siempre y cuando los esclavos hicieran el trabajo más pesado) intentaron convencer al presidente George Washington de que el plan de Alexander Hamilton  para establecer un banco central era una amenaza para las libertades de América. Desde entonces, pues, la sospecha acerca de los bancos, especialmente los bancos centrales, rara vez ha dejado de canturrear.

Afortunadamente para los directores del  Bank of America y el Citibank, Barack Obama tiene pocas de las alergias de Jackson  a lo que éste (el “Old Hickory”, que era su mote) llamaba la “aristocracia del dimero”. Pero, por lo que yo sé, Obama no se ha sido afectado por las transacciones de papel como lo estuvo Jackson.

En la década de 1790,  la senda del éxito para cualquier ambicioso joven de la frontera pasaba por la especulación del suelo, el derecho o el ejército, y Jackson había recorrido las tres. En 1795 pasó tres semanas en Filadelfia tratando de vender una propiedad de algunos miles de acres en la frontera. Finalmente, encontró un comprador que se la abonó con un pagaré. Escaso de suministros, Jackson adquirió carros endosándolo. Poco después, los proveedores de esos bienes le anunciaron la quiebra del comprador de aquellas tierras, de modo que se convertía en responsable del pagaré. La deuda arruinó las perspectivas económicas de Jackson  durante mucho tiempo y le infundió una duradera desconfianza hacia esos instrumentos de cambio.

Al igual que Jefferson, que en casi todos los demás aspectos tenía una mente más sofisticada, Jackson llegó a creer que el papel moneda era como mucho una criatura del capricho de los  financieros  y,  en el peor de los casos, la  herramienta de una conspiración para esclavizar a través de la deuda. Las monedas de plata habían circulado por el país antes y después de la independencia, y Jackson, tan populista como pregonaba su campaña, prefería para las transacciones  algo que se pudiera morder.

2O DOLARES

Así que el presidente engañó deliberadamente al país sobre los males del monopolio del Banco de los Estados Unidos, alegando que no sólo era  una interposición inconstitucional entre el gobierno electo y el pueblo, sino que había fracasado en su responsabilidad de establecer una moneda en metálico en toda la república. De hecho, en las condiciones inestables de la América de la década de 1830, el papel del Banco de los Estados Unidos fue con mucho el medio más fiable de transacciones,  de Maine a Luisiana. Sin embargo, Jackson estaba convencido de que, a menos que el Banco pereciera, la democracia siempre estaría infectada por sus maquinaciones. Lo que  estaba en juego era la batalla por el alma económica americana entre los valores  rurales y urbanos. De alguna manera,  esto fue casi tan importante como la lucha entre el sur esclavista y norte abolicionista, formando el corazón de lo que se suponía que América iba a ser: un lugar donde la simplicidad y la transparencia funcionaban en pequeñas comunidades morales, o una máquina autopropulsada  de poder y crecimiento económico ilimitados: ¿Campo de Sueños o Ciudadano Kane?

Jefferson, del que Jackson decía ser su apóstol, encontró el tono para descubrir en  la salubridad del campo la forma  más pura de virtud social. “Aquellos que trabajan la tierra son los elegidos de Dios”, declaró en una de sus sorprendentes excursiones a la piedad. Las ciudades, por otra parte, eran pantanos  “pestilentes” de lujo seductor.

Sin embargo, Jackson fue más allá. No era tan ingenuo como para imaginar que el endeudamiento causado por dos guerras contra los británicos fuera a desaparecer por sí mismo, y entendía el carácter indispensable de un banco central en la gestión de las garantías sin las cuales el gobierno de los EE.UU. no habría podido llevar a cabo los asuntos públicos. (Un cuarto de la deuda estaba en manos de extranjeros.) Pero también creía que el Tesoro, bajo el control de cargos electos, era la institución más democrática para tratar de estas obligaciones. Por tanto, Jackson hizo de la liquidación del Banco de los Estados Unidos una piedra angular de su presidencia.

Junto con la destrucción del Banco, Jackson esperaba librar a la república de lo que insistía que era la gran estafa del papel moneda. En su discurso de despedida, el presidente saliente trató con elocuencia la necesidad de preservar la Unión contra la sectorialización norte-sur que amenazaba con deshacerla. Pero el tema al que más apasionadamente se dedicó fue “el sistema de papel moneda”. “Los acontecimientos recientes”, dijo al pueblo estadounidense (refiriéndose a su enfrentamiento con Biddle), “han demostrado que el sistema de papel moneda puede ser utilizado como un motor para socavar vuestras instituciones libres … aquellos que desean … regirse por la corrupción o por la fuerza son conscientes de su poder y están dispuestos a emplearlo”.

El papel alienta la especulación, la especulación esclaviza a los ciudadanos a la banca monopolista y los que se lastiman son “los huesos y los tendones” del país , “hombres que aman la libertad y cuyo único deseo es la igualdad de derechos y leyes”, “las clases trabajadoras,  agrícolas y mecánicas de la sociedad “. La influencia ejercida por un banco central, que podría hacer que “el dinero fuera abundante o escaso a su voluntad”, era un “dominio despótico” que hacía que las libertades americanas no valieran ni el papel en el que se imprimían. El Banco de los Estados Unidos estaba muerto, pero ¡Ay de los EE.UU. si crecía de nuevo un organismo como éste, porque a través del “interés dinerario” podría tiranizar a la mayoría honesta!

Ese sucesor – la Reserva Federal, a cuya buena fe y crédito Jackson presta ahora su rostro-  estuvo  en camino durante mucho tiempo, pero no se estableció hasta 1913. Las competencias que Jackson pensaba que subvertían las libertades de los hombres “honestos”  se consideran ahora indispensables para la supervivencia económica. La diferencia es que mientras la Reserva Federal es una institución pública, el Banco de los Estados Unidos no lo era. Sin embargo, Jackson todavía deploraría su independencia respecto del Tesoro. Para Jackson, la contabilidad política y financiera eran la misma cosa en una verdadera democracia. Pero la creación de la Reserva Federal en vísperas de la Primera Guerra mundial debe bastante  a la supervivencia de la retórica jacksoniana contra el “interés dinerario”.

Eso no es todo.  Schama todavía sigue con su argumento, hasta llegar a Obama, al que califica de presidente “trans-racial, trans-sectional, trans-ideological”.

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Mitología del blog: recorrido para no iniciados

Publicado por Anaclet Pons en Junio 4, 2009

En efecto, éste es más o menos el título del artículo incluido en la sección “From the Intersections: History and New Media” del numero de mayo de Perspectives on History. Su autor es Jeffrey N. Wasserstrom, profesor de historia  en la University of California at Irvine, quien bloguea con asiduidad para The China Beat y  Huffington Post .   Además de otras cosas, es el editor del Journal of Asian Studies y su obras más recientes son  Global Shanghai, 1850–2010: A History in Fragment (Routledge, 2008)  y China in 2008: A Year of Great Significance (Rowman & Littlefield, 2009). Esto nos dice:

JeffWasserstrom

Para algunos lectores de esta revista, la palabra “blog” -término derivado de “web log” y que ahora se utiliza para referirse a todo tipo de lugares- probablemente evoca la imagen narcisista, auto-confesional, del escritor que le da vueltas a sus manías.   Así que permítanme comenzar con algunos datos personales, una confesión  y una manía. Los detalles: enseño sobre China y contribuyo regularmente a un blog de grupo. La confesión: hasta hace un año y medio, nunca había blogueado ni leído blogs. La cosa que no soporto (que no sorprenderá a quienes hayan repasado mi “Eurocentrism and Its Discontents” aparecido en Perspectives en enero de 2001): los ensayos que se centran en fenómenos globales, como los blogs, y hacen generalizaciones que sirven para la Estados Unidos y  Europa occidental, pero no necesariamente para el resto del mundo. (Lo que sigue, de hecho, comenzó como una carta de queja desencadenada por un ensayo, por otro lado admirable, aparecido en la New  York Review of Books sobre los blogs,  aquejado precisamente de ese defecto). Así, al leer lo que sigue, hay que tener en cuenta: (1)  Se oirá hablar mucho de China – y no precisamente mal si se curiosea  en la web, ya que ese país cuenta ahora con más usuarios de Internet que cualquier otro. (2) La categoría de “historiador no iniciado” del título me incluye a mi, al menos  hasta mediados de 2007. (3) Muchos de los conceptos erroneos que quiero desacreditar son cosas que yo creía hasta hace poco -aunque 18 meses en la blogosfera (donde el tiempo pasa tan rápido que es mejor calcularlo en años chinos) no es realmente un período tan corto .

Malentendido 1: Todos los bloggers parlotean sobre sí mismos, se confiesan y despotrican contra esto o lo otro.   Algunos lo hacen, pero no todos. Tomemos, por ejemplo, el equipo responsable de  China Digital Times (lema: “The revolution will be blogged”). Es un sitio excelente que se dedica a poner al día a sus lectores sobre la política china.

Malentendido 2: Todos los blogs incluyen eslóganes que son una monada. Algunos lo hacen. El del blog de grupo al que pertenezco, por ejemplo, el de The China Beat es “Blogging How the East is Read”,  que nos gusta pensar que es inteligente. Para otros ejemplos, véase la entrada  “The Best Website Taglines Around the Internet” —en particular, “The Straight Dope: Fighting Ignorance since 1973 (It’s taking longer than we thought)”— en el Daily Blog Tips. Muchos blogs, sin embargo, no tienen ese tipo de eslóganes, incluido Daily Blog Tips.

Malentendido 3: Lo de los blogs es una moda que tarde o temprano se acabará,  por lo que podemos ignorar el fenómeno y esperar a que pase. Eso nadie lo sabe. Parece dudoso, sin embargo, que los blogs vayan a desaparecer pronto. Además, últimamente se han convertido en una parte cada vez más importante del panorama político e intelectual. Para los historiadores, hay blogs que  forman parte de un portal dedicado a la disciplina, como el History News Network de Rick Shenkman, o vinculados a nuestras organizaciones profesionales (la AHA, por ejemplo). Muchas (quizás todas) editoriales universitarias los tienen.  Incluso el venerable Times Literary Supplement (de Londres), estandarte tradicional, tiene dos: el Don’s Life de la clasicista Mary Beard y el epónimo de su editor Peter Stothard, ambos sin eslógan. Cierto que la New York Review of Books no tiene uno propio, sino que está asociado a  “NYRB Classics“ . Sin embargo,  New Yorker tiene varios (incluido uno excelente sobre China de Evan Osnos) y la sección New York Times Sunday Book Review acoge un excelente Paper Cuts , de modo que la NYRB pronto podría seguir el ejemplo. De hecho, en su edición de 14 de febrero de 2009 apareció un largo ensayo sobre los blogs escrito por  Sarah Boxer.

Malentendido 4: “[Una entrada en un blog] está disponible para cualquier persona con una conexión a Internet”.  Esta es una de las líneas del artículo de Boxer que no comparto. ¿Por qué? Porque muchos internautas chinos tienen vedados muchos blogs. Esto se debe al mecanismo de  censura que los peridistas occidentales habitualmente llaman  el “Gran Cortafuegos de China”, pero que uno de mis bloguers favoritos, Jeremy Goldkorn, ha denominado el “Net Nanny”, un término que capta muy bien los esfuerzos por parte del gobierno chino por dirigir a los usuarios hacia determinados sitios de Internet y mantenerlos alejados de los demás. Además, no sólo es un problema chino. Por otra parte, hay algunos que están protegidos con contraseñas o están bloqueados por edades.

Malentendido 5: Los libros y los blogs son tan diferentes que lo novedoso de la publicación de la antología de Boxer era como lo de “hombre muerde a perro”. Así es como Boxer presentó su Ultimate Blogs en el ensayo para la NYRB, explicando cómo había llegado  a la idea de hacer la antología, a pesar de verlo de entrada  como una “terrible” perspectiva. Thomas Jones, escribiendo sobre Boxer en la edidión del 24 de enero de la London Review of Books, comienza: “Libros y blogs, si hacen su trabajo correctamente, son tan diferentes como lo puedan ser dos tipos de textos impresos”.  Considera a Ultimate Blogs “un temprano aspirante al libro más inútil del año.” Lo único que quiero señalar es que los lectores chinos verán esta forma de ver las cosas un poco extraña. Ellos saben perfectamente que escribir libros y escribir blogs pueden ser tareas muy diferentes, aunque se hayan acostumbrado a que se recopilen las entradas en tapa dura. En Occidente, se han producido suficientes libros basados en blogs como para que se haya acvuñado un término ( “blooks”) y haya un premio para los mejores ( “Premio Blooker”). Algunos incluso se han vendido bien, aunque es un género  menor propio del mercado anglosajón. Pero la cosa va a más. Por ejemplo, China in 2008: A Year of Great Significance, una antología basada en el citado  The China Beat que contiene también materiales de otras publicaciones  y ensayos nuevos. Está coeditado por Kate Merkel-Hess, Kenneth Pomeranz y yo mismo (con la asistencia de Miri Kim), y con un prólogo de Jonathan Spence,  expresidente de la AHA.

Malentendido 6: Lo del blogging es para los jóvenes. Esta es una idea tentadora para alguien de mi edad. Pasados los 45, como hice hace unos años, cualquier posibilidad de ser considerado “joven” empieza a parecerme estupenda. Además, algunos de los bloggers que he mencionado anteriormente tienen mi edad.

Malentendido 7: El blog es lo último en escritura en línea. De hecho, los más jóvenes creen que los blogs son realizados por personas que son mayores de lo que realmente son. Ellos prefieren las formas de comunicación que permitan una interacción mucho más rápida entre los participantes de la que se produce a través de la sección de comentarios de un blog normal, y  piensan que los blogs que no permiten hacer comentarios o que son moderados son estrictamente aburridos. Prefieren el chat,  Facebook  o Twitter. Aunque he sido escéptico sobre esto, creo que hay que saber más sobre cómo funciona exactamente, ya que algunos de los bloggers que más admiro , como Rebecca MacKinnon y su Rconversation, han comenzado a combinar los blogs con tweeting.

Malentendido 8 : Los académicos y otros intelectuales que se pasan a los blogs están llamando la atención de quienes tienen problemas para conseguir publicar en formatos más tradicionales. Seguramente esto es cierto a veces. Pero Mary Beard mantiene activo un blog y también publica ensayos y libros a ritmo prodigioso. Y en términos de llamar la  atención, a veces la motivación de un blog es reclamar la atención de las publicaciones impresas. Este fue sin duda el caso de mi iniciación como blogger. Mi primer post fue para la “Campaign for the American Reader“, blog del que me he convertido en adicto.   Cuando me invitaron a participar en su “Writers Read“, acepté por varias razones: me halagaba;  me daba la oportunidad de hablar  de escritores de cuya lectura me había beneficiado; acababa de publicar mi primer libro, China’s Brave New World—And Other Tales for Global Times (Indiana University Press, 2007),  y estaba preocupado por si no tenía lectores.

Malentendido 9: El blog académico es un lujo para los que tienen una plaza fija.  Hay peligros en la práctica del blogging, especialmente si no no tiene una plaza. Puede que uno dedique demasiado tiempo a los blogs en lugar de hacer otras cosas, o puede que uno haga comentarios inadecuados en el ciberespacio que se vuelvan contra sí mismo. Aquellos de nosotros que enseñamos a  los estudiantes graduados o a ayudantes deberíamos señalarles  los riesgos. Dicho esto, no creo que necesariamente debamos alentarles a que se olviden del blog. Al fin y al cabo, la musculación de la escritura puede mejorar con diversos tipos de ejercicios textuales. Y, con pragmatismo, a veces al que hace un blog le ocurren cosas buenas. Hay dos ejemplos, ciertamente bastante atípicos,  que me vienen a la mente. En la UC Irvine, tenemos algo llamado “Schaeffer Fellowships” que se dan a  estudiantes que demuestran un don para la “no-ficción creativa” o, simplemente, tienen cierta habilidad para escribir con estilo, incluso tratándose de cuestiones académicas. Una reciente ganadora procede del departamento de historia, Jana Remy, que obtuvo el premio por la calidad de sus blogs en sitios como Making History Podcast: The Blog, una iniciativa que desarrolló para explorar enfoques experimentales en la narrativa histórica (entre los asuntos tratados está  la labor de Laurel Thatcher Ulrich, presidenta de la AHA). También sé del caso de otra graduada local que ha sido invitada a escribir reseñas de libros para una prominente revista literaria después que su blog sobre libros impresionara a uno de los editores de esa publicación.

Malentendido 10: Los Bloggers piensan que todo se puede reducir a un ranking de los diez primeros. Esto no es cierto. He utilizado aquí este formato popular,   pero en The Beat China nuestras listas tienden a ser sólo de  la mitad.

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