Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

Archivos de la categoría ‘TIC’

Las Universidades abren sus revistas

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 25, 2009

Hemos podido leer hace un par de meses en The Chronicle of Higher Education que cinco grandes universidades han aprobado abrir el acceso a sus revistas académicas.  Se trata, añade el redactor, de un esfuerzo para apoyar las alternativas a la publicación académica tradicional. Los centros son: Cornell, Dartmouth College, Harvard, el MIT  y la Universidad de California en Berkeley. En realidad, el acuerdo,  el llamado The Compact for Open-Access Publishing Equity, se firmó a mediados de septiembre.

En dicho acuerdo, las mencionadas instituciones reconocen el valor crucial de los servicios prestados por los editores académicos, pero también la conveniencia del acceso abierto a esa literatura y, a su vez,  la necesidad de que los editores que eligen proporcionar ese acceso a los contenidos de sus revistas tengan una fuente estable de financiación. Señalan asimismo que cada una de las universidades firmantes se compromete a la oportuna creación de mecanismos duraderos para asegurar de forma razonable los gastos de publicación de los artículos escritos por sus profesores y publicados en revistas de acceso abierto.

Ciertamente, es una buena noticia, que se añade a otras de idéntico tenor en los meses precedentes. Además, como se ha dicho, plantea algunas cuestiones de interés.  La primera es reconocer que el modelo actual, con suscripciones que a veces alcanzan precios abusivos, es una barrera a la difusión de las ideas, impidiendo la difusión del conocimiento en un momento en la nuestras sociedades dependen cada vez más de su acceso. La segunda es entender que los costes están ahogando a las bibliotecas universitarias, que en ocasiones no tienen otro remedio que eliminar suscripciones, reforzando así las barreras a la difusión de los resultados de la investigación y generando mayores desigualdades.

Por supuesto, no todos están de acuerdo, pues muchos lo ven como sinónimo de pérdida de los recursos imprescindibles para la existencia de publicaciones de calidad. Tanto la Association of American University Presses (AAUP) como la National Humanities Alliance han rechazado en distinto grado el modelo, y se trata de dos instituciones de gran prestigio y poder, que exponen razones a considerar, sobre todo en el segundo caso.

De todos modos, y en última instancia, el Open-Access Publishing Equity descansa sobre una idea irrebatible. No se trata ya de la  democratización del conocimiento, sino de defender que su difusión más que un derecho es una de las principales obligaciones de las universidades, y más si esa investigación ha sido financiada con fondos públicos. Por supuesto existen riesgos. Para Robert B. Townsend, director asistente de investigaciones y publicaciones de la American Historical Association,  no debemos perder de vista las diferencias entre los distintos campos de estudio. De hecho, los fondos disponibles suelen ser desiguales en función de la situación económica de las áreas y los departamentos.  Las humanidades y las ciencias sociales son, por ejemplo, campos que hallan más dificultades para financiarse y con el nuevo modelo podrían acrecentarlas, a no ser que las universidades crearan un sistema que trasvasara recursos de unas disciplinas a otras. En suma, cree que al debate le falta claridad, porque el modelo que se utiliza es el de las revistas de  las disciplinas científicas, que se toman  como si el resto funcionara de igual manera.

Revistas

En este último sentido, además, Townsend cita un reciente estudio, “The Future of Scholarly Journals Publishing Among Social Science and Humanities Associations”, realizado por Mary Waltham para la  American Anthropological Association y financiado por Andrew W. Mellon Foundation. Resulta que los costes de edición en las revistas de ciencias sociales y humanidades (CCH) son significativamente más altos que los de las  actividades científicas, técnicas y médicas CTM).  Preparar un artículo y editarlo supondría una media de 526 dólares por página publicada en las CCH, mientras en las CTM sería de 266. El informe atribuye la diferencia a diversos factores. En primer lugar, a una mayor criba de los textos recibidos. En las CCH se suele aceptar una media del 11% de los ensayos recibidos, mientras en las CTM ese porcentaje llega al 42%.  Luego ocurre que los artículos son más largos en el primer caso, con una media de 19 páginas frente a las 1o de las CTM. Asimismo, las revistas de CCH incluyen muchos otros contenidos, pues mientras una del campo de las CTM dedica el 95% de sus páginas a artículos que han pasado por evaluadores externos, una del área  las CCH cede casi el 40% a otras cosas (como las reseñas de libros).  De hecho, en historia, uno puede ganar más prestigio con las reseñas que hacen de sus libros que escribiendo artículos.  En fin, parece ser que la eliminación de la edición en papel de,  por ejemplo, la American Historical Review, supondría un ahorro del tercio de su coste, que no compensaría las pérdidas por suscripción y publicidad que se perderían, porque los abonados a esa revista la prefieren en papel y la leen mayoritariamente en papel aún teniendo la opción digital.

Enlaces. Por poner algún ejemplo:

Soft peer review? Social software and distributed scientific evaluation

Open Access and Global Participation in Science

Electronic Publication and the Narrowing of Science and Scholarship

Attracted to open access journals: a bibliometric author analysis in the field of biology

El imperable ascenso…

The Scholarly Kitchen

Declaración de Berlín

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Wikipedia y los historiadores

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 20, 2009

Carl Becker señaló en 1931, dirigiéndose al congreso de la American Historical Association, que todos hacemos historia, aunque no lo sepamos. “Everyman His Own Historian”, dijó Becker.  Es decir, cualquier ciudadano ordinario ejerce la profesión de forma inadvertiva, con una serie de operaciones que son las propias de nuestro quehacer académico.  Más aún:  “we do not impose our version of the human story on Mr. Everyman; in the end it is rather Mr. Everyman who imposes his version on us—compelling us, in an age of political revolution, to see that history is past politics, in an age of social stress and conflict to search for the economic interpretation. If we remain too long recalcitrant Mr. Everyman will ignore us, shelving our recondite works behind glass doors rarely opened. Our proper function is not to repeat the past but to make use of it, to correct and rationalize for common use Mr. Everyman’s mythological adaptation of what actually happened”.

La recomendación de Becker era, pues, escuchar a Mr. Everyman y hacer una historia que le resultara útil.  Al fin y al cabo,  añadía, si historiador hace oidos sordos y se aparta de lo que la sociedad le demanda, ésta acaba por desentenderse de aquél. Y lo curioso es constatar cómo han cambiado las cosas y hasta qué punto, a la vez,  resultan actuales aquellas refleciones de 1931, en plena crisis económica. No se trata de hacer paralelismos y preguntarse qué tipo de historia pide la gente común en este nuevo momento de crisis (en Europa, parece que la memoria aún lo es casi todo), sino de ir un poco más allá. Porque, además,  ya no se trata de que todos hagan historia de forma inopinada, sino de que son cada vez más los que la hacen conscientemente. Pienso, claro está, en internet, y en la wikipedia en particular, y en la democratización de nuestra tarea. Estos lugares no sólo incluyen trabajos históricos, sino que recogen una especie de consenso digital sobre el tipo de historia que la gente quiere y busca. Y la pregunta, como siempre, es cómo y quien lo hace.

adam lewis

Días atrás, el Washington Post lo planteaba en un artículo titulado: Amateur historian rescues D.C.’s Wikipedia page. Veamos:

Un historiador es en gran parte el responsable responsable de que término Washington DC diga lo que dice y esté al alcance de millones de lectores de la Wikipedia.  Tiene 24 años y su nombre es Adam Lewis. Lewis sintió la obligación de hacer el trabajo, pero no de jactarse de ello.  Así que Lewis se unió a otros miles de aficionados que trabajan en la oscuridad de la Wikipedia, donde los hechos son más importantes que los historiadores estrella, que son quienes tienden a dominar la disciplina. En la Wikipedia, cualquiera puede ser un historiador. Es fácil: la mayoría de las páginas se editan con sólo hacer clic en un botón que dice “editar” (para el caso, tomaremos el ejemplo del artículo Historia de España, en cuya parte superior se puede ver “editar”).

Son miles los usuarios que introduen cambios cada día. Algunos, como Lewis, tienen nombres de usuario y perfiles de Wikipedia. El suyo es  EpicAdam. Otros son anónimos. Casi todo el mundo tiene una especialidad. Hay editores que fijan la puntuacion. Algunos defienden el contenido contra los vándalos. Otros, como Lewis, trabajan n colaboración. Se trata de una línea de montaje basada en el anonimato.   “Una de las cosas que Wikipedia hace realmente bien es permitir que la gente se reparta el trabajo”, señala Fernanda Viegas, ex investigadora del MIT Media Lab  que estudia la información digital. “Uno solo entra y arregla  cosas pequeñas. Pero cuando se conecta con otros en el trabajo, las tareas son cada vez más complejas.”

Eso es lo que sucedió a Lewis. En la primavera de 2008, revisaba su ciudad natal para ver cómo se presentaba. Es una forma habitual de empezar y engancharse.  A Lewis no le gustó lo que encontró. Había desinformación y faltaban cosas,  además la página había sido degradada, es decir, ya no era un “buen artículo” pues un grupo de experimentados editores de Wikipedia pensaba que era de mala calidad (el dedicado a la Historia de España tampoco lo es, quizá por ser polémico en algunos puntos). Así pues, Lewis creyó que debía modificarla.

Su primera edición fue pequeña. Pensó que un artículo del Washington Post no debí ser la fuente de información sobre la población del distrito, así que la cambió por la del Censo de los EE.UU. (Todo cambio puede ser visto a través de “cambios recientes“). En los días siguientes hizo otras modificaciones aparentemente triviales, lo que condujo a grandes cambios sobre, entre otras cosas, la cantidad de dinero que recibe la ciudad de parte del gobierno federal.  En mayo, Lewis dejó una nota en la “discusión” de la página de DC, señalando a otros editores que estaba revisando la entrada. “Hola a todos,” escribió, “estoy seguro de que habréis notado muchos cambios en la página en los últimos días. Esperemos que estos cambios sean para mejor y ayuden a que el artículo recupere su buena calificación.”

Para ello, Lewis ha ido incluyendo informaciones de todo tipo, con el criteriode que lo que se ponga ha de  tener una estrecha relación con la vida el Distrito. Así, el asesinato de Abraham Lincoln no viene al caso. Pero sí el asesinato de Martin Luther King Jr. (en Memphis), debido a los disturbios que causó en la ciudad.

El resto de editores de la página de DC han quedado por lo general satisfechos con el liderazgo de Lewis. Sin embargo, éste también puede actuar con mano dura cuando conviene. Otro editor escribió recientemente: “Creo que deberíamos dividir este artículo en dos páginas: Washington (la ciudad) y el Distrito de Columbia, ya que no son la misma cosa. El Distrito de Columbia es una cosa separada de la ciudad, al igual que Washington DC sólo es una parte del Distrito Federal “.  Respuesta de Lewis: “El argumento de que el Distrito de Columbia es una entidad independiente de Washington DC es erróneo y perpetúa un error propio de desinformados”.  Lewis también ha estado al otro lado. Zachary Schrag, un historiador de la Universidad George Mason que estudia el Distrito, revisó la página y encontró un error: la afirmación de que la altura de los edificios de la ciudad estaba limitada por la del Capitolio. Erróneo, señaló Schrag.  Lewis, alertado del error, rápidamente lo revisó. “Eso es lo que pasa con la Wikipedia, su problema y su éxito”,  dijo en un e-mail. “Uno puede tener una fuente fiable  que informe mal. Es difícil saberlo si no eres  un experto (como el Dr. Schrag) y lo revisas. Pero, por desgracia, no hay muchos como él que se molesten con la Wikipedia. “

Hay historiadores que aceptan la Wikipedia. El año pasado, después de usar la Sociedad Histórica de Washington DC como recurso, Lewis comenzó a trabajar allí de  voluntario. Ahora es coordinador. Un día, preguntó a la  bibliotecaria Colleen McKnight a dónde remitir a quienes pedían información sobre el Distrito. Ella le dijo que a la página de la Wikipedia. Lewis sintió un cosquilleo y le reveló que era el autor.  Y su trabajo ha dado sus frutos. El artículo DC no sólo recuperó el estado de “buen artículo”, sino que se convirtió en un artículo destacado,  el de mayor jerarquía.

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Como decía un respetado comentarista, se pueden cuestionar algunas de las afirmaciones que realiza el periodista del Post respecto de la disciplina, pero la tónica general es acertada.  La profesión histórica aún no se ha visto muy afectada por lo que se ha llamado la  “pro-am revolution“, pero hay cada vez más historiadores aficionados que hacen trabajos de calidad (aunque  ese trabajo  se parezca poco a la escritura académica). Algunos campos académicos han comenzado a beneficiarse de las contribuciones de los aficionados, pero la historia se lo toma con calma, sin mucho interés por los proyectos colaborativos  ni por el trabajo de los historiadores aficionados  (los proyectos del Center for History and New Media de la George Mason son una notable excepción).

Volvamos al principio. Decíamos con Becker que si historiador hace oidos sordos y se aparta de lo que la sociedad le demanda, ésta acaba por desentenderse de aquél.  Mal que le pese a muchos, la sociedad continuará acudiendo a internet y a la wikipedia para saciar buena parte de sus necesidades de conocimiento histórico. Así que conviene preguntarse sobre cómo esto va a cambiar nuestra forma de escribirlo y difundirlo: ¿hemos de participar en la escritura digital que llena internet? ¿el tipo de historia allí presente, mucho más episódica, acabará influyendo sobre el mundo académico?, etc.

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Lecturas (en papel y en pantalla)

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 16, 2009

El profesor  Mark Bauerlein aborda en The Chronicle of Higher Education algunos de los cambios que se  están produciendo en la lectura con la difusión del ordenador y la pantalla digital. Utiliza para ello un artículo aparecido  en el Journal of Research in Reading (2008, págs. 404-419), un estudio que ya ha tenido cierta presencia en los media españoles. Su autora es la noruega Anne Mangen, que lo titula “Hypertext fiction reading: haptics and immersion“.

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Mangen advierte el crecimiento de un subcampo dedicado a los “screen reading studies”, pero opina que la “intangibilidad y la volatilidad del texto digital” no se han estudiado adecuadamente. Se centra en primer lugar en la naturaleza material de las experiencias de lectura digital y no digital. “A diferencia de los textos impresos”, escribe, “los textos digitales son ontológicamente intangibles y están separados de las dimensiones física y mecánica de su soporte material, sea el ordenador o el e-book (u otros dispositivos, tales como la PDA), el iPod o el teléfono móvil”.

Esto es importante, dice, porque “la materialidad importa”. La experiencia de lectura incluye actividades manuales y percepciones hápticas (lo que la piel, músculos y articulaciones  registran), de modo que las actividades y las percepciones de ese tipo cambian según la experiencia de lectura porque  el objeto, la experiencia de lectura, también va a cambiar.

Las diferencias entre la pantalla y el papel son más profundas que su materialidad física. También se refieren a la relación que el lector tiene con ellos. Para Mangen, una diferencia fundamental radica en la naturaleza de la inmersión en los “mundos” de la pantalla,  distinta de la tecnología que la facilita. En otras palabras, el ratón y los auriculares facilitan la entrada en el mundo visual, pero no son partes constitutivas del mismo. “En contraste”, explica, “consideremos  el sentido de estar inmersos en un mundo de ficción que es en gran medida el producto de nuestro propio mundo mental ( habilidades cognitivas para crear esa ficción) y virtual (en el sentido figurado de la palabra) a partir de  representaciones simbólicas- el texto, ya sea de índole lingüística o multi-modal, digital o impreso- dispuestas por medio de cualquier plataforma tecnológica”.  Los libros no tienen herramientas para ayudar a los lectores a completar ese mundo ficticio, de modo que lo hacen con sus propias mentes.

Es una formulación densa, pero todo se reduce a las características físicas y técnicas que “perturban” o no  la inmersión típica que supone leer una novela (en oposición a la inmersión típica de un vídeojuego). Comparemos el clic del ratón con girar la página. Pasar la página es tocas literalmente lo que lees. Hacer clic en el ratón es un toque instrumental del dispositivo a través del cual se suministra algo intangible. Uno lee un libro, pero no lee una pantalla de ordenador. Leemos un texto a través de la pantalla. Pasamos  una página, que forma parte de un libro, pero hacer clic en un ratón o tocar un icono de la pantalla no forma parte del “libro” que estamos leyendo. “El texto digital no tiene ninguna sustancia material”, carece de existencia táctil, por lo que no hay ninguna (hápticamente) percibida con la pantalla.

Uno de los efectos, sostiene Mangen , es que el texto digital hace que leamos “de una manera más superficial, menos centrada”. Hay otros efectos, pero éste es de mayor alcance. Mientras que la lectura “superficial” a través de o en la pantalla sirve para fines bien determinados, cuando se trata de leer textos complejos y de interpretar, analizar o incluso  resumir,  es necesaria una lectura más lenta y profunda.

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La propia Anne Mangen, que pertenece al National Centre for Reading Research and Education de la Stavanger University,  concedió una entrevista el verano pasado sobre este mismo asunto.

Mangen insiste en que no es amiga de etiquetas y que le parece difícil ponerle una a este supuesto campo de estudio, ” porque dudo de que una sola palabra sea capaz de indicar la complejidad del proceso de forma precisa y útil “. En ese sentido, añade, “el término lectura ya es un término bastante  general que cubre una gama de procesos muy diferentes en cuanto a diferencias cognitivas y niveles de percepción, realizadas bajo situaciones diferentes, con gran número de materiales textuales distintos. Y también con material no textual, como cuando se habla de leer la cara o leer el siguiente movimiento en una partida  de ajedrez. Cuando se habla de la lectura siempre se sigue la obligación de ofrecer conceptos más precisos y concretos para aclarar de qué aspectos del proceso de lectura y de qué experiencia estamos hablando, y este requisito no es diferente si se lee en papel o en pantalla (o en cualquier otro dispositivo). “

Asimismo:  “Creo que la principal dicotomía es la que hay entre la lectura en pantalla y la  lectura de lo impreso y entonces hemos de emplear aclaraciones y  especificaciones add-on y ad hoc referidas a estos conceptos generales, como por ejemplo lectura de desplazamiento e hipertextual, para los casos de lectura de pantalla, y pasar la página, para la lectura de lo impreso”. Es decir, ambos son dos tipos de lectura, de modo que  más que decir que hay dos realidades (“reading” y “screening”) lo que necesitamos es diferenciar lo que cada uno significa. En todo caso, “el cambio actual del papel a la pantalla representa un profundo cambio literario, de cuyas implicaciones  –a corto plazo y, en particular, a largo plazo – no somos todavía conscientes”.


Lecturas recomendadas:

1. Our Own Devices: How Technology Remakes Humanity (Vintage, 2004), de Edward Tenner

2. Proust and the Squid. The Story and Science of the Reading Brain (Harper, 2007), de Maryanne Wolf , donde se lee

“(…)

Este libro cuenta la historia de la lectura cerebral (reading brain), en el contexto de nuestra evolución intelectual. Esa historia está cambiando ante nuestros ojos y bajo las puntas de los dedos. Las próximas décadas serán testigos de transformaciones en nuestra capacidad para comunicarnos, a medida que establezcamos nuevas conexiones en el cerebro que impulsarán nuestro desarrollo intelectual de una manera nueva y diferente. Sabiendo lo que la lectura exige de nuestro cerebro y cómo contribuye a nuestra capacidad de pensar, sentir, inferir y comprender a otros seres humanos, resulta muy importante ahora mismo  la transición de una lectura cerebral a otra cada vez más digital. Llegar a comprender cómo la lectura ha evolucionado históricamente, cómo la adquiere un niño,  y cómo  ello reestructura  las columnas biológicas de su cerebro, puede arrojar nueva luz sobre nuestra maravillosa complejidad como especie letrada. Esto pone en relieve lo que puede suceder en la evolución de la inteligencia humana, y las opciones a las que podríamos enfrentarnos en la configuración de ese futuro”.

Por lo demás, Maryanne Wolf citaba en aquel libro un texto aparecido poco antes en The New York Times, text0 firmado por el historiador de la tecnología Edward Tenner. Entre otras cosas, éste decía:

“Hablar de declive ya era algo habitual en el mundo académico incluso en 1898, cuando los tradicionalistas criticaban a Harvard por haber eliminado el requisito del griego  para quienes deseaban matricularse.  Pero hoy en día hay un nuevo giro en la historia: ¿Están los motores de búsqueda haciendo que los estudiantes actuales  sean más tontos?” Tenner citaba distintos trabajos que demostraban la pérdida de nivel, como por ejemplo “que el número de graduados universitarios capaces de interpretar hábilmente textos complejos se hubiera reducido desde 1992 del 40 por ciento al 31 por ciento”.  Además, como indicaba el responsable de ese estudio,  Mark S. Schneider,  “lo preocupante es que la evaluación no está diseñada para poner a prueba su comprensión de Proust, sino su capacidad para leer las etiquetas.”

¿Y cuál ha sido el gran cambio de los últimos tiempos?, se preguntaba Tenner:   la Web. “A partir de la década de 1990,  escuelas,  bibliotecas y  gobiernos optaron por Internet como promesa para el acceso universal a la información. Y en el centro de sus esperanzas de un avance cultural y educativo estaban los extraordinariamente eficientes motores de búsqueda”. De hecho, de forma modesta, Google declara que su misión es “organizar la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil”. “Sin embargo, la comodidad puede ser parte del problema. En los primeros días de la Web, el motor de búsqueda más importante era AltaVista. Para usarlo, un investigador tenía que aprender cómo construir una  búsqueda, por ejemplo, como poner “Engelbert Humperdinck y no  Las Vegas” para buscar al compositor de ópera y no al cantante contemporáneo. Se necesitaba práctica para obtener resultados utilizables. Ahora, gracias a la brillante programación, una simple consulta por lo general produce una primera página que por lo menoses  adecuada – “satisfactoria”, que diría  el economista Herbert Simon”.

“¿Siente curiosidad por el campo académico de la “historia mundial” (world history)? Un neófito encuentra poca ayuda si escribe  “historia mundial” en Google. Cuando lo intenté, el único artículo sobre el campo de la historia mundial  fue el de la Wikipedia, no apareció hasta la quinta pantalla y era breve y excéntrico (…).”. Por supuesto, hemos de añadir que Tenner escribió ese texto en 2006 y que las cosas han cambiado mucho. Él sólo obtuvo resultados significativos en la séptima pantalla y se refería a la red de sitios  financiados por el National Endowment for the Humanities.

Muchos estudiantes, añade Tenner,  parecen carecer de las habilidades necesarias para encontrar información útil de forma rápida. En 2002, a un grupo deestudiantes graduados de la Universidad de Tel Aviv se les pidió que encontraran en la web, sin límite de tiempo, una imagen de la Mona Lisa, el texto completo de   “Robinson Crusoe” o “David Copperfield” y una receta de pastel de manzana acompañada por una fotografía. Sólo el 15 por ciento logró las tres cosas.  Hoy en día, Google puede haber acelerado estas tareas, pero el malestar persiste. En el boletín de febrero de 2006 de la American Historical Association, el bibliotecario Lynn D. Lampert anota que las prácticas de investigación de los estudiantes  están “mal concebidos” (o con frecuencia son inexistentes). En palabras de otra bibliotecaria, Pamela Martin:  “la simplicidad de Google y sus impresionantes proezas a la hora de buscar hacen creer a los estudiantes  que son buenos para hacer cualquier tipo de consulta, y cuando fracasan al buscar algo en la biblioteca, quedan avergonzados y confundidos”.

Hay dos maneras de proceder. Quienes poseen contenidos de alta calidad deberían aprender a posicionarse mejor en los buscadores. Y Google puede hacer más para educar a los usuarios sobre el poder  de sus opciones de búsqueda avanzada. Sería una vergüenza que una tecnología tan brillante acabara amenazando al tipo de inteligencia que la produjo.

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Robert Darnton: Juicio a la letra impresa

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 13, 2009

A la memòria de Xavi, que ens ha deixat avui

Robert Darnton acaba de publicar un nuevo libro, un volumen recopilatorio que incluye sus últimos artículos para el New York Times y el discurso que pronunció en la feria internacional del libro de Frankfurt: The Case for Books: Past, Present, and Future (PublicAffairs). El objeto común son los libros, como ya saben los seguidores de este blog.

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El libro, dice el profesor norteamericano en Publishers Weekly,  no está muerto. De hecho, en el mundo se editan más libros que nunca. Según Bowker, 700.000 nuevos títulos se publicaron en todo el mundo en 1998, 859.000 en 2003 y 976.000 en 2007. A pesar de la gran recesión de 2009, que ha tenido graves consecuencias en la industria editorial, se espera que en los próximos años esa cifra alcance el millón de libros nuevos.

Sin embargo, la falta general de interés que los americanos muestran por la historia nos ha hecho vulnerables a ciertas ideas exageradas de cambio histórico –y algo tiene que ver también  nuestra fascinación por la tecnología. La obsesión actual con los dispositivos móviles, los lectores electrónicos y la digitalización ha producido un caso colosal de falsa conciencia. A medida que nuevos dispositivos electrónicos llegan al mercado, pensamos estar precipitándonos en una nueva era. Nos dedicamos a vender “la era de la información” como si la información no hubiera existido en el pasado. Mientras tanto, los libros electrónicos y dispositivos como el Kindle representan menos del 1% de los gastos en libros en los Estados Unidos.

La historia nos demuestra que un medio no necesariamente desplaza a otro -al menos no a corto plazo. La publicación de manuscritos floreció mucho después del invento de Gutenberg; los periódicos no acabaron con el libro impreso; la radio no sustituyó al periódico; la televisión no destruyó la radio e Internet no ha hecho que los espectadores abandonen sus aparatos de televisión. Cada época ha sido una era de la información, cada una a su manera. En mi nuevo libro,   abordo esa cuestión,  porque creo que no podemos prever el futuro o dar sentido al presente a menos que estudiemos del pasado. No necesariamente porque la historia se repita o nos enseñe lecciones, sino porque puede nos ayudar a orientarnos frente a los retos de las nuevas tecnologías.

Digitalizar, democratizar

La mayor parte de mi propia investigación pertenece a un campo de reciente reconocimiento en el mundo académico: la historia del libro. Mi trabajo me ha llevado de la investigación histórica a la participación en empresas de publicación electrónica y a la dirección de las Bibliotecas de la Universidad de Harvard. Al tratar con los problemas del presente, a menudo me encuentro pensando de nuevo en el mundo de los libros tal como fue experimentado por los padres fundadores y los filósofos de la Ilustración. A pesar de sus muy diferentes orígenes , Franklin, Jefferson, Voltaire y Rousseau se consideraban ciudadanos de una república universal de las letras, un ámbito cultural sin fronteras -políticas, disciplinarias o lingüísticas-  y abierto a todos los que sabían leer y escribir. Eso, por supuesto, fue una visión utópica limitada a una pequeña élite -en el siglo XVIII, no sólo la mayoría de personas eran  analfabetas, sino que no podían permitirse comprar libros, aun cuando pudieran leer.

Hoy, sin embargo, tenemos los medios para hacer que la utopía sea realidad. En muchas sociedades, a pesar de las enormes desigualdades, la gente común no sólo lee, sino que tienen acceso a una gran cantidad de material de lectura a través de Internet. No minimizo la brecha digital, que separa el mundo informatizado de los demás, ni subestimo la importancia de los libros tradicionales. Pero el futuro es digital. Y creo que si podemos resolver los desafíos actuales de los libros de manera que favorezcan a los ciudadanos corrientes, podemos crear una República digital de las letras. Gran parte de mi libro está dedicado a esta premisa y se puede resumir en dos palabras: digitalizar y democratizar.

Es fácil de decir, lo sé.  Hoy en día, los editores, los libreros, los autores y los bibliotecarios luchan contra obstáculos formidables. Cualquier persona que se las haya visto con un balance contable o haya escuchado la jerga de los vendedores es poco probable que tenga mucha paciencia para pensar sueños utópicos. Por tanto, eso nos ayuda a poner los desafíos actuales del libro en perspectiva. Por ejemplo, ahora estoy editando el diario de un representante de ventas, que pasó cinco meses por las  carreteras de Francia en 1778 a caballo, dale que te pego. A menudo pienso en él cuando me planteo un plan de negocio para alguno de mis proyectos electrónicos –su caballo nunca llegresaba a la oficina.  Las fantasías futuristas no nos llevarán muy lejos en el duro mundo de la edición actual, pero también ayuda a saber lo difícil que era la empresa en las épocas tempranas de la información.

Perspectiva

Aunque creo que los lectores y los profesionales pueden extraer enseñanzas y perspectivas aprendiendo de sus predecesores, la mayor parte de mi libro se refiere a problemas actuales y a la forma en que sus resoluciones pueden dar forma al panorama de la información para el futuro previsible. Los problemas que enfrenta el libro son urgentes, creo yo, no tanto porque los profesionales del libro deban encontrar un camino a través de las crisis financieras inmediatas que les afectan, sino porque el panorama editorial está cambiando bajo nuestros pies. Estamos viviendo uno de esos raros momentos en la historia en el que las cosas pueden desmontarse y volverse a recomponer en formas que determinarán el futuro durante décadas o más, a pesar de las innumerables innovaciones de la tecnología.

Por eso, como se puede observar, he dedicado gran parte de la obra a los esfuerzos de Google. Los recientes intentos de Google de digitalizar la mayor parte de los libros de las bibliotecas de investigación más grandes del mundo y  luego  poner en el mercado su tesoro digital podría tener un efecto profundo sobre el futuro de la república de las letras digitales. ¿El destino de la república de las letras digitales estará determinado por las leyes del mercado o habrá disposiciones para proteger el bien público? Un tribunal de Nueva York lo decidirá pronto, y su decisión podría tener un efecto profundo sobre las reglas y la forma en que se juega en el mundo de los libros.

Me doy cuenta, por supuesto, de que habrá otros momentos decisivos y otras fuerzas contendientes, y que puede que no sea capaz de ver con exactitud el futuro. Pero se esté o no de acuerdo con mi evaluación de Google, espero que mi volumen, y la historia del libro que ofrece,  sea útil. Al situar las cuestiones actuales  en el contexto histórico, espero tanto fomentar una visión amplia de la situación actual como  estimular el debate.

Y, sí, he optado por hacerlo aportando mis reflexiones en un códice impreso, un hecho que no debe pasarse por alto. Un libro sobre libros: el tema le sienta bien a la forma, pero está destinado a abrir nuestra comprensión de los nuevos modos de comunicación, no a lamentar el fallecimiento de un medio que no ha muerto y nunca lo hará.

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Para que no se diga que Darnton aparece en exceso en este blog y que todo son alabanzas, recomiendo la lectura de una entrada del blog diapsalmata, en la que su autor se queja de tanta futurología sobre el libro y tan poca experimentación ahora mismo.

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La escritura académica digital

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 11, 2009

“En muchos casos, las tradiciones no duran porque sean excelentes, sino porque las personas influyentes se oponen al cambio y debido a la enorme carga que implica la transición  a un estado mejor”. Cass Sunstein, Infotopia

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Uno de los blogs más interesantes sobre las nuevas tecnologías y el mundo académico es profhacker. No hace mucho, uno de sus colaboradores, Brian Coxall, dedicaba una entrada a los nuevos modelos de revisión de un texto, centrándose en el trabajo de Kathleen Fitzpatrick, una de las veteranas en el mundo de la edición académica digital. En efecto, esta profesora lleva más de una década tratando algunos de estos asuntos en su blog, en el que ha ido anunciando los progresos de su nuevo libro: Planned Obsolescence.  Ahora, señala Coxall, ese volumen ha hecho su aparición en línea, algo digno de mención — especialmente en el contexto de la reciente aparición de SideWiki– porque Fitzpatrick invita  a la comunidad de Internet a comentar  el manuscrito, con la posibilidad de que esas intervenciones aparezcan al lado de los los párrafos del texto. Pero, ¿cómo funciona?

Como explica Fitzpatrick, su “sitio es alimentado por CommentPress, que permite que  los comentarios se adjunten a una página o a párrafos concretos de la página”.   CommentPress es un tema que se puede instalar en un blog de WordPress. Lo cual significa que se puede utilizar para permitir notas marginales en cualquier texto que se pueda colocar en un blog, siempre que tengan los permisos para hacerlo. El desarrollo de CommentPress ha sido patrocinado en los últimos dos años por el Institute for the Future of the Book. De momento, Fitzpatrick utiliza una versión beta, pero pronto tendrá la versión final, que será aún mejor.

Fitzpatrick insiste sobre todo en la necesaria reforma de la revisión por pares en la era digital, defendiendo que este tipo de revisión será más productiva,  útil,  transparente y eficaz si el proceso es abierto. Y por eso, practicando lo que predica, ofrece su texto en línea,  disponible para ese examen abierto. Su voluntad es que los comentarios le ayuden a revisar el manuscrito antes de su presentación definitiva. Si todo va según lo previsto, el libro aparecerá publicado en  en la NYU Press, que también enviará el manuscrito para una revisión ciega.   En cuanto al volumen, algunas partes del capítulo tercero se publicaron originalmente en la revista Journal of Electronic Publishing y en MediaCommons. Asimismo,  partes del primer capítulo proceden de una conferencia online celebrada en interdisciplines.

Por supuesto, Fitzpatrick no es la primera persona en usar CommentPress como forma nueva y abierta de revisión por pares. Se puede decir que el primero fue McKenzie Wark en 2006, con su GAM3R 7H3ORY, al que siguió ese mismo año Mitchell Stephens con su The Holy of Holies: On the Constituents of Emptiness.   Por su parte, en la primavera de 2008, Noé Wardrip-Fruin publicó varios capítulos de su Expressive Processing, proceso al cual se ha referido en varias entradas de su blog.

Por otra parte, disponemos  actualmente de varias opciones  para permitir los marginalia en un blog. El programador original de CommentPress ha estado trabajando en proyectos similares, como digress.it, que es una importante revisión del proyecto. Como su predecesor, digress.it trabaja dentro de un blog de WordPress. Una diferencia importante, sin embargo, es que en lugar de ser un tema es más bien un complemento (plugin).  Como señala la página: digress es “un complemento para WordPress que permite hacer comentarios párrafo a párrafo en los márgenes del texto”. Sea como fuere, digress.it ofrece opciones de las que la versión disponible públicamente de CommentPress carece en este momento.

Por otra parte, el uso de esta herramienta no se limita simplemente a los manuscritos académicos. Es fácil  imaginar su uso en el aula  proponiendo, por ejemplo, que que los estudiantes colaboren para componer un texto.  O se puede usar para obtener respuestas a una propuesta concreta, como hizo la UCLA para su Digital Humanities Manifesto en su intento de fomentar una revolución en el trabajo de las humanidades digitales. Y se podría utilizar para otras muchas cosas,  desde permitir comentarios a manuales y apuntes o recoger opiniones sobre cualquier otro asunto académico. Siempre que uno esté interesado en que haya glosas centradas sobre partes concretas de un texto, la plataforma de CommentPress y el complemento digress.it ofrecen mejores resultados que un blog o una wiki .

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El futuro del libro, en un mundo digital

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 30, 2009

L’avenir numérique du livre“. Con este título retoma Roger Chartier en Le Monde sus análisis sobre los cambios que la revolución digital ha traído al mundo del libro. Veamos qué nos dice:

chartier

Hagamos una prueba. Googleemos “Google”, es decir, escribamos esa palabra en el buscador del mismo nombre. La pantalla nos indica de inmediato que el número de resultados asciende (en castellano) a más de dos mil millones. Si no nos preocupa el sacrilegio,  volvamos a intentar la operación con el término  “dios”:  el número de posibilidades se reduce ahora a 67 millones (esta versión del texto de Chartier, que lógicamente da cifras distintas atendiendo a la versión francesa del buscador, se compuso el 26 de octubre de 2009 y, por tanto, el cómputo variará cuando esta entrada se publique o lea).

La comparación es suficiente para entender por qué, en los últimos meses y semanas, todas las discusiones sobre la creación de colecciones digitales se han visto sacudidas por los incesantes esfuerzos de la compañía de California. El más reciente, como se anunció hace unos días en la Feria del Libro en Frankfurt, es el lanzamiento de Google Edition (su librería digital de pago), que explota comercialmente algunos de los recursos acumulados en Google Books.

La obsesión “googleana”, aunque legítima,  no puede hacernos  olvidar algunas de las preguntas fundamentales que plantea la conversión digital de textos existentes en una materialidad diferente, ya sean impresos o manuscritos. En esta operación radica el fundamento mismo de la creación de colecciones digitales,  que permiten un acceso a distancia a los fondos conservados en las bibliotecas.

Sería de tontos considerar inútil o peligrosa esta extraordinaria oportunidad que se le ofrece a la humanidad. “Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”, escribió Jorge Luis Borges, y ésa es la misma satisfacción inmediata que produce la nueva Babel digital . Todos los libros al alcance de cualquier  lector, esté donde esté: el sueño es hermoso, con la promesa de acceso universal a los saberes y a la belleza.

No hay que perder la razón. La transferencia del patrimonio escrito de una materialidad a otra no carece de precedentes. En el siglo XV, la nueva técnica de reproducción de textos se puso masivamente al servicio de los géneros que dominaban la cultura del manuscrito:  manuales de escolástica, libros litúrgicos, compilaciones enciclopédicas, calendarios y profecías.

En los primeros siglos de nuestra era, la invención del libro que sigue siendo el nuestro, el códice, con sus hojas, sus páginas e  índices, acogió en un nuevo objeto las escrituras cristianas y las obras de autores griegos y latinos. La historia no enseña lección alguna, a pesar de lo que se dice,  pero en ambos casos muestra un hecho esencial para entender el presente, a saber:  un “mismo” texto ya no es el mismo cuando cambia el soporte en el que se inscribe, del mismo modo que se modifican  las maneras de leer y el sentido que le atribuyen sus nuevos lectores.

En las bibliotecas lo saben, incluso aunque en algunas de ellas hayan tenido o todavía tengan la tentación de alejar de los lectores,  a veces de destruir, los objetos impresos cuya conservación parecía asegurada por la transferencia a otro soporte: el microfilm y la microficha de antes, el archivo digital de hoy. En contra de esta mala política, no hay que olvidar que proteger, catalogar y hacer accesibles  (y no sólo para los expertos en bibliografía) los textos en las formas sucesivas o alternativas que han permitido a los lectores leerlos en el pasado, y en un pasado reciente, sigue siendo una tarea fundamental para las bibliotecas -y la justificación principal de su existencia como instituciones y lugar de lectura.

Suponiendo que los problemas técnicos y financieros de la digitalización hayan sido resueltos y que toda la herencia escrita se pueda convertir a formato digital, la preservación y divulgación de los soportes anteriores seguirían siendo necesarias. De lo contrario, la “extravagante felicidad” prometida por esta biblioteca de Alejandría finalmente realizada nos supondrá pagar un alto precio por la amnesia de esos pasados que hacen que las sociedades sean lo que son. Tanto más cuanto que  la digitalización de los objetos de esa cultura escrita que es todavía la nuestra (el libro, la revista, el periódico) requiere un cambio mucho mayor que el que implicó la migración de textos del rollo al códice. A mi parecer, la clave está en  la profunda transformación de la relación entre el fragmento y la totalidad.

Al menos hasta hoy, en el mundo electrónico, es la superficie iluminada de la pantalla del ordenador la que da a leer los textos, todos, cualquiera que sea su género o su función. Se rompe así la relación que, en todas las culturas escritas previas,  vinculaba estrechamente objetos, géneros y usos. Es esta relación la que organiza las diferencias, percibidas de forma inmediata, entre los diferentes tipos de publicaciones impresas y las expectativas de sus lectores, guiados en el orden o el desorden de los discursos por la materialidad misma de los objetos que los transportan.

Y es esta misma relación la que hace visible la coherencia de las obras,  imponiendo la percepción de la identidad textual,  incluso a quien sólo quiere leer unas pocas páginas. En el mundo de la textualidad digital, los discursos ya no están inscritos en los objetos, que permiten clasificarlos, jerarquizarlos y reconocerlos en  su propia identidad. Es un mundo de fragmentos descontextualizados, yuxtapuestos, de una recomposición indefinida, sin que sea necesario o deseado comprender  la relación que los inscribe en la obra de la que han sido extraídos.

Se puede objetar que esto siempre ha sido así en la cultura escrita, amplia y durablemente construida a partir de recopilaciones de extractos, de antologías de lugares comunes  (en el sentido noble que se le daba en el Renacimiento), de fragmentos escogidos. Ciertamente. Pero, en la cultura de la imprenta, el desmembramiento de los escritos va acompañado por su contrario: su circulaciónen en las formas que respetan su integridad y que, a veces,  las reúnen en las “obras”, completas o no. Además, en el propio libro, los fragmentos están necesariamente, materialmente, relacionados con una totalidad textual,  reconocible como tal.

Son varias las consecuencias que se derivan de estas diferencias fundamentales. La idea misma de revista se torna incierta, cuando la consulta de los artículos ya no está vinculada a la percepción inmediata de una lógica editorial que se hace visible en la composición de cada número, sino que se organiza mediante un orden temático de secciones. Y es cierto que las nuevas formas de lectura, discontinuas y segmentadas, socavan las categorías que rigen la relación de los textos y obras, designados, pensados y apropiados en su singularidad y coherencia.

Son precisamente estas propiedades fundamentales de la textualidad digital y de la lectura frente a la pantalla lo que el proyecto comercial de Google intenta explotar. Su mercado es el de la información. Los libros, como otros recursos digitalizables,  constituyen un enorme filón  a explotar. Como declaró Sergey Brin, co-fundador de la empresa: “Hay una cantidad fantástica de información en los libros. A menudo, cuando hago una búsqueda, lo que encuentro en un libro es cien veces superior a lo que puedo encontrar en la red”. De ahí la percepción inmediata e ingenua de cualquier libro, de cualquier discurso como base de datos que proporciona “información” a quienes  la buscan. Satisfacer esta demanda y obtener provecho de ello es el primer objetivo de la compañía de California, y no construir una biblioteca universal a disposición de la humanidad.

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Por otra parte, parece que Google  no está  bien equipada para hacerlo, a juzgar por los muchos errores de datación, clasificación e identificación producidos por la extracción de datos, y observados con ironía por Geoffrey Nunberg en The Chronicle of Higher Educación el pasado agosto. Para el mercado de la información, estos errores son secundarios. Lo que importa es la indexación y la clasificación de datos, así como las palabras clave y temas que permiten ir más rápido con los documentos que ofrecen “más posibilidades”.

Este gran descubrimiento de un nuevo mercado, siempre en expansión, y los progresos técnicos que le dan a Google un cuasimonopolio sobre la digitalización en masa,  han asegurado un gran éxito y copiosos beneficios a esta lógica comercial. Ésta supone la conversión electrónica de millones de libros, tomados como una inagotable mina de informaciones. Por tanto, ello exige no sólo acuerdos pasados o futuros con las grandes bibliotecas del mundo, sino también, como hemos visto,  un enorme esfuerzo de  digitalización, poco preocupado por el respeto a los derechos de autor, y la creación de una gigantesca base de datos, capaz de absorber más y archivar  las  informaciones personales de los internautas que utilizan los muchos servicios ofrecidos por Google.

Todas las controversias actuales derivan de este primer proyecto. Así,  las demandas judiciales de algunos editores (por ejemplo, La Martinière) por la reproducción y difusión ilegales de obras cuyos derechos les pertenecen, o el acuerdo entre Google y la Asociación de Editores y la Sociedad de autores estadounidenses, que prevé compartir las tasas percibidas por el acceso a los libros con derechos de autor (37% para Google, el 63% para quienes tiene los derechos). Este “settlement” preocupa al Departamento de Justicia, ya que podría constituir una posible violación de la ley antimonopolio, así  que el próximo 9 de noviembre el asunto se verá ante el juez de Nueva York encargado de retificar el acuerdo. Y luego está el lanzamiento espectacular de Google Edition, que es en realidad una librería digital de gran alcance destinada a competir con Amazon en la venta de libros electrónicos. Su constitución ha sido posible gracias al control que Google ejerce sobre cinco millones de libros “huérfanos”, todavía protegidos por derechos de autor pero cuyos editores o propietarios de los derechos han desaparecido, y por el acuerdo que legaliza a la postre las digitalizaciones piratas .

Representantes de la empresa americana recorren el mundo y los congresos para proclamar sus buenas intenciones:  democratizar la información, haciendo accesibles los libros disponibles,  remunerar adecuadamente a autores y editores, favorecer la legislación sobre los libros “huérfanos”. Y, por supuesto, la conservación “para siempre” de obras amenazadas por los desastres que afectan a las bibliotecas, como recuerda Serge Bryn en un reciente artículo del New York Times, donde se justifica el acuerdo presentado ante el juez por los incendios que destruyeron  la biblioteca de Alejandría y, en 1851, la Biblioteca del Congreso.

Esta retórica de servicio público y de democracia universal no bastan para eliminar las inquietudes que plantean las empresas de Google. En un artículo en The New York Review of Books del 12 de febrero y en un libro de inmediata aparición titulado The Case for Books : Past, Present and Future (PublicAffairs),  Robert Darnton convoca  a los ideales de la Ilustración para advertirnos contra la lógica del beneficio que gobierna las empresas de Google. Ciertamente, de momento hay una distinción clara entre obras de dominio público, que están disponibles gratuitamente en Google Books, y libros con derechos de autor, huérfanos o no, cuyos acceso y ahora compra en Google Edition son de pago. Pero nada garantiza que  la compañía, en situación de monopolio, no imponga en el futuro derechos de acceso o precios de suscripción considerables a pesar de la ideología de bien público y gratuidad que actualmente proclama. Ahora mismo, hay un vínculo entre los anuncios publicitarios, que proporcionan enormes beneficios para Google, y la jerarquía de la “información” que obtenemos con cada búsqueda en Google Search.

Es en este contexto  en el que hay que situar los debates generados por la decisión de algunas bibliotecas de encomendar la digitalización total o parcial de sus colecciones a Google, en virtud de un acuerdo o, lo que es menos habitual, de un concurso. En el caso francés, los acuerdos y debates abiertos afectan por el momento a  los libros de dominio público – que, como hemos visto, no protegen a los otros, escaneados en bibliotecas EE.UU.. ¿Debemos continuar por este camino?

La tentación es fuerte en la medida en que los presupuestos no permiten escanear ni mucho ni rápido. Para acelerar la puesta en línea, la Comisión Europea, los gobiernos y algunas bibliotecas han decidido que son necesarios acuerdos con socios privados y, por supuesto, con el único que tiene la matriz técnica  (por otra parte, mantenida en secreto) que permite digitalizaciones masivas. De ahí, las negociaciones,  prudentes y limitadas, entre la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) y Google. De ahí,  las discrepancias sobre la oportunidad de este modelo, tanto en Francia como en Suiza, donde el acuerdo firmado entre la Biblioteca cantonal y universitaria de Lausana y Google ha dado lugar a un serio debate (Le Temps, 19 de septiembre).

Conviene señalar  la diferencia radical que separa las razones, modalidades  y usos de las digitalizaciones de los propios fondos; cuando son llevadas a cabo por las bibliotecas públicas y la empresa de California, la prudencia está más que justificada  y podría o  debería llevarnos a no ceder a la tentación. La apropiación privada de bienes públicos, puestos a disposición de una empresa comercial,  puede parecer chocante. Además, en muchos casos, el uso de las bibliotecas de sus propias colecciones digitalizadas por Google (y aunque las obras sean de dominio público) está sujeto a condiciones que son inaceptables, como por ejemplo la prohibición de explotar los ficheros digitales durante  varias décadas o de fusionarlos con los de otras bibliotecas. Igualmente inaceptable es otro secreto: el de las cláusulas de los contratos firmados con cada biblioteca.

Son lógicas, pues, las reticenciassobre este tipo de asociación, por sus riesgos y consecuencias. En primer lugar, hay que exigir que la financiación pública de los programas de digitalización esté a la altura de los compromisos, necesidades y expectativas,  y que los Estados no descarguen sobre los operadores privados la responsabilidad de las inversiones culturales a largo plazo que les incumben. Por otra parte, hay que fijar las prioridades, sin pensar necesariamente que todo “documento” está destinado a ser digital, pues, a diferencia del filón de informaciones de Google,  se trata de crear colecciones digitales coherentes, respetuosas con los criterios de identificación y asignación de discursos que han organizado y organizan todavía la cultura y la producción impresa.

La obsesión, que puede ser excesiva e indiscriminada,  por la digitalización no debe ocultar otro aspecto de la “gran conversión digital“, por citar al filósofo Milad Doueihi, que es, probablemente con Antonio Rodríguez de las Heras, uno de los que insisten en la capacidad de las nuevas tecnologías para soportar formas de  escritura originales, libres de las restricciones impuestas tanto por la morfología del códice como por el régimen jurídico de los derechos de autor. Esta escritura del palimpsesto y polifónica, abierta y maleable, infinita y móvil, sacude las categorías que, desde el siglo XVIII, son el fundamento de la propiedad literaria.

Estas nuevas producciones escritas, digitales en principio, nos plantean ahora la difícil cuestión de su archivo y preservación. Debemos tener cuidado, incluso aunque  la urgencia inmediata sea decidir cómo y por quién debe hacerse la digitalización del patrimonio escrito, a sabiendas de que la “República digital del saber”,  por la que clama con tanta elocuencia el historiador norteamericano Robert Darnton, no debe confundirse con este gran mercado de la información en el que Google y otros ofrecen sus productos.

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El futuro de la escritura académica

Publicado por Anaclet Pons en Septiembre 24, 2009

En lo tocante a las publicaciones periódicas que se reparten el conocimiento académico, bien podría decirse que no hay leyes para frenar el monopolio. Cada vez son menos los conglomerados editoriales que controlan ese mercaso, al que someten a precios muchas veces abusivos, y eso que los autores suelen tener como única retribución encabezar con su nombre los textos que firman. Pero, dejémoslo, porque este es un asunto que merecería mayores pormenores.

Uno de esos grupos es Elsevier (dominante en la rama de salud), que aparece aquí por su propuesta (en colaboración con Cell Press, un grupo dedicado sobre todo a la biología)  sobre cómo puede ser el artículo del futuro, el que quizá escribamos dentro de unos años o el que hemos de redactar si queremos que aparezca online y sea hipertextual. El objetivo del proyecto, nos dicen,  es aprovechar al máximo las capacidades en línea, permitiendo a los lectores escoger puntos de entrada y diferentes rutas a través del contenido, utilizando los últimos avances en técnicas de visualización. Así, han desarrollado dos prototipos alternativos.

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CARACTERÍSTICAS PRINCIPALES :

* Una presentación jerárquica de texto y de las figuras para que los lectores puedan elegir adentrase a través de en distintas capas de contenido en función de su nivel de experiencia e  interés. Esta estructura es muy distinta de la organización linealque se usa en una impresión tradicional.

* Un resumen gráfico permite a los lectores obtener una rápida comprensión de los contenidos.  El resumen gráfico tiene por objeto fomentar la navegación, promover la interdisciplinariedad y ayudar a los lectores a identificar más rápidamente qué documentos son más relevantes para sus intereses.

* Se Proporciona  un  listado con las palabras-clave que remiten a los principales resultados del artículo.

* Las referencias del autor permiten enlazar a otros autores con otras o las mismas preferencias.

* Un espacio con áreas seleccionables permite que se use como mecanismo de navegación para acceder directamente a subsecciones específicas relativas a los resultados y las figuras que contienen.

* La integración de audio y de vídeo permiten a los autores presentar el contexto de su artículo a través de una entrevista o una presentación de vídeo, así como animaciones para mostrarlo de forma más efectiva.

* Una sección dedicada a procedimientos experimentales contiene puntos de vista alternativos que permite al lector ver un resumen  o los detalles necesarios para replicar el experimento en cuestión.

* Un nuevo enfoque para mostrar las figuras hace que el lector pueda identificar rápidamente las que le interesan y luego desplazarse por otras suplementarias. Todas se presentan de forma individualizada y están directamente vinculadas a la principal con la que se relacionan.

* Los análisis en tiempo real proporcionan un innejorable entorno para explorar el contenido del artículo a través de la lista de citas.
Ésta es la propuesta, que no conviene echar en saco roto. Por supuesto, siempre quedará la versión en papel o pdf. No obstante, como partidario que soy de explorar otros formatos, insisto de nuevo en que es necesario reflexionar sobre hasta qué punto el entorno digital puede modificar nuestra escritura académica. Y no me refiero sólo al hecho de que debamos alfabetizarnos, pues este tipo de escritura no se enseña en la escuela ni está en los libros, sino a las consecuencias que puede tener ese soporte y sus peculiaridades.

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No esperen librarse de los libros: Umberto Eco y la wikipedia

Publicado por Anaclet Pons en Septiembre 17, 2009

“Ho sposato Wikipedia?”. Ésta es la pregunta que se hace Umberto Eco en su columna del pasado 4 de septiembre en L’Espresso.

Todos nosotros, cuando estamos trabajando y necesitamos cerciorarnos sobre un nombre o una fecha, recurrimos a la Wikipedia. Para los profanos, recordaré que Wikipedia es una enciclopedia ‘on line’,  constantemente escrita y reescrita por sus usuarios. Es decir, si uno busca, por ejemplo, la voz«Napoleón» y ve que el artículo es incompleto o incorrecto, se registra y la corrige, de modo que se guarda con la nueva aportación.

Por supuesto, ese modelo permitiría a  maliciosos o a locos difundir falsas noticias, pero eso debería poder evitarse por el hecho de que el control es realizado por millones de usuarios. Si un malintencionado pone que Napoleón no murió en Santa Elena, sino en Santo Domingo, al punto millones de simpatizantes intervienen para corregir la revisión ilegal (y  creo que, tras algunos ataques, hay una especie de  control editorial ejercido al menos sobre los juicios claramente difamatorios). En este sentido, Wikipedia es un buen ejemplo de lo que Charles Sanders Peirce llamaba “la Comunidad”  (científica), la cual,  por algún tipo de feliz homeostasis,  borra  los errores y legítima los nuevos descubrimientos portando, como él decía,  la antorcha de la verdad.

Pero si bien esto podría ser válido para el caso de Napoleón, la pregunta es si vale para un John Smith cualquiera. Tomemos el ejemplo de una persona más conocida que John Smith pero menos que Napoleón: mi caso.  Al principio traté de corregir el artículo que me dedica, porque contenía errores y falsedades  (por ejemplo, que soy  el primero de trece hermanos, algo que es de mi padre). Entonces me detuve, porque cada vez que por curiosidad revisaba mi entrada encontraba otros detalles incorrectos. Ahora, algunos amigos me indican que la Wikipedia dice que me he casado con la hija de mi editor, Valentino Bompiani. La noticia no es para nada difamatoria, pero si lo fuera para mis queridas amigas Ginevra y Emanuela  habría intervenido para eliminarla.

En mi caso, ni siquiera se puede hablar de un error comprensible (como la historia de los trece hijos), ni de que se haya tomado un rumor previo:  a nadie se le había ocurrido antes tal cosa, de modo que ha sido un desconocido colaborador de la Wikipedia el que ha intervenido para hacer pública su fantasía privada, sin que jamás se le haya ocurrido comprobarlo con alguna otra fuente.

¿Hasta qué punto hemos de confiar en la Wikipedia? Debo decir que confío porque uso la técnica del investigador profesional: consultar Wikipedia sobre un tema determinado y luego comparar con otros dos o tres sitios. Si la noticia se reitera en tres, lo probable es que sea verdad (pero hay que tener cuidado de que los sitios de las consultas no sean parasitarios de Wikipedia  y repitan el error). Otra forma es ver el artículo de la Wikipedia en dos idiomas  (si tienes problemas con el urdú, se puede escoger el inglés): a menudo las dos voces coinciden (una es  traducción de la otra) pero a veces difieren, y puede resultar interesante advertir una contradicción, que podría llevarnos (en contra de la religión virtual)  a consultar una enciclopedia en papel.

Ahora bien, he utilizado el ejemplo de un estudioso que ha aprendido a trabajar confrontando las fuentes. Pero, ¿qué les pasa a los otros, a los confiados o a los niños que recurren a la Wikipedia para hacer los deberes? Nótese que también se aplica a cualquier otro sitio, razón por la que hace tiempo  aconsejé, incluidos grupos de jóvenes, establecer un centro de control de Internet, con un comité integrado por expertos de seguridad, materia por materia, de manera que los distintos sitios fueran revisados (en línea  o en una publicación impresa) para juzgar sobre su exactitud o exhaustividad. Pero, pongamos otro ejemplo. No el del nombre de un personaje histórico como Napoleón (para el que Google me dio 2.190.000 páginas), sino el de un joven escritor conocido sólo desde hace un año, es decir, desde que ganó el premio Strega de 2008. Me refiero a Paolo Giordano,  autor de La soledad de los números primos. Obtenemos 522.000 sitios. ¿Cómo se los puede controlar a todos?

En cierta ocasión se pensó controlar sólo los sitios sobre un solo autor,  en los que los estudiantes a menudo pueden encontrar información. Pero si tomamos a Peirce, al que acabo de mencionar, los sitios son alrededor de 734.000.

Aquí hay un gran problema que, por ahora, sigue sin solución.

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Eco Carriere

Sea como fuere, su último volumen es toda una declaración: “No esperen librarse de los libros”. Se trata de un diálogo entre Eco y Jean-Claude Carrière: Non sperate di liberarvi dei libri. Bompiani, 2009.

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Robert Darnton: bibliotecas y futuro digital

Publicado por Anaclet Pons en Septiembre 14, 2009

Del 7 al 10 de septiembre ha tenido lugar en Ciudad de México el Congreso Internacional del Mundo del Libro, organizado por el Fondo de Cultura Económica para festejar su 75 aniversario. La primera conferencia magistral estuvo a cargo de Robert Darnton: “Las bibliotecas y el futuro digital“. Ésta y las otras intervenciones se pueden seguir en el portal de la citada editora.

darnton mexico

“Estamos siendo testigos de la desaparición de elementos familiares, por ejemplo la máquina de escribir, ahora únicamente útil en tiendas de antigüedades; la tarjeta postal, una gran curiosidad como un elemento de comunicación; la carta escrita a mano, que trasciende la capacidad de la mayor parte de nuestros jóvenes; el periódico, extinto en muchas ciudades; la librería local, reemplazada por cadenas, que amenazan distribuir, a través de internet, como Amazon.

La biblioteca puede parecer la institución más arcaica de todas, y si no se adapta a la tecnología moderna, va a ser reemplazada por Google, digitalizando ejemplares; de 30 bibliotecas de investigación, Google ha creado una base de datos con millones de libros, tantos que rápidamente va a poder construir una metabiblioteca digital, como nunca antes nos imaginamos.

(…)

La situación actual llama a otras iniciativas; las bibliotecas de investigación, si quieren florecer en el futuro, tienen que unirse […] y se podrá lograr la biblioteca digital internacional: Google ha demostrado la viabilidad, pero también el peligro de hacer las cosas mal, favorecer utilidades privadas a costa del bien público. Es momento de actuar, si queremos crear un canal de intercambio para beneficio de todos”.

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La wikipedia es una maravilla

Publicado por Anaclet Pons en Julio 10, 2009

David Runciman, conocido politólogo de  Cambridge, aborda en la LRB el asunto de la Wikipedia, de forma amena e incisiva. Toma como excusa  The Wikipedia Revolution, el reciente e-book de Andrew Lih. Veamos lo que nos dice:

runciman

La mejor enciclopedia del mundo en un volumen era la Enciclopedia Columbia, publicada por primera vez por Columbia University Press en 1935. En  casa tenemos la quinta edición, la de 1993, y todavía la sacamos de vez en cuando para buscar reyes y reinas o cosas por el estilo. Es un libro hermoso, grueso pero manejable,   repleto de las más variadas  entradas que uno pueda imaginar. En cambio, no hay ninguna entrada para ‘email’, la ‘World Wide Web “o” Internet “, que apenas atraían la atención en 1993. Los editores señalaban en el prólogo que las obras de referencia tradicionales lo iban a tener difícil con los nuevos tiempos. Realmente no tenían ni idea.

Desde 1993 no ha pasado tanto tiempo.  Bill Clinton era presidente, un hecho que los editores de Columbia se jactaban de haber podido  incluir en el último momento (en el último momento significa aquí las semanas o meses entre la edición y la llegada a la tiendas o a manos de los vendedores). Sin embargo, hablando de encilopedias, 1993 es la prehistoria. Incluso lo parece el año 2000, cuando apareció la sexta edición de la Columbia. Dos años más tarde, un tal Jimmy Wales puso en marcha un proyecto experimental en línea llamado Wikipedia, que permite a grupos de voluntarios crear su propia enciclopedia elaborando entradas que pueden  ser objeto de revisión  o que incluso pueden ser reescritas por cualquier otra persona que esté conectada. Wales, como todos los demás participantes en el proyecto, no sabía si funcionaría, pero ya que la tecnología estaba disponible valía la pena intentarlo. En su primer año, generó 20.000 artículos  y consiguió 200 voluntarios regulares   (por comparación,  la  Columbia tiene 55.000 artículos, sujetos a rigurosos estándares de edición,  y la Enciclopedia Británica llega a las 400 mil en su edición de 1989). A finales de 2002, el número de entradas de la Wikipedia se había duplicado con creces. Pero no fue hasta 2003 que la Wikipedia comenzó a atraer la atención más allá de la pequeña comunidad inicial. A principios de 2004, había 188.000 artículos, en 2006, 895.000. En 2007 hubo indicios de que el ritmo de crecimiento podría comenzar a estabilizarse, y en 2008 pareció que llegaba finalmente la estabilización. La versión en inglés de la Wikipedia tiene actualmente más de 2.870.000 entradas, un número que ha aumentado en 500.000 en los últimos 12 meses. Sin embargo, esta versión  es sólo una de las más de 250 diferentes versiones en otros idiomas: alemán, francés, italiano, polaco, holandés y japonés tienen más de medio millón de entradas cada una (la española se acerca ya: 491.681 artículos). Mientras tanto, la Enciclopedia Británica ha logrado aumentar el número de sus entradas de 400.000 en 1989 a 700.000 en 2007.

El asombroso crecimiento de la Wikipedia sorprendió incluso a sus fundadores, pues no era su primer intento de crear una enciclopedia en línea. Wikipedia es una rama de algo llamado Nupedia, que Wales había creado en 2000. El error de Wales y sus colaboradores en Nupedia fue  asumir que, para ser fiable,  cualquier enciclopedia tenía que pasar por un proceso de edición. Designaron  a editores para decidir los temas apropiados, abrirlos a la edición online y, a continuación, aprobar las versiones finales. El proceso de edición tenía siete etapas  y era un proceso lento y frustrante.

Por lo general, se supone que lo que es distintivo de la Wikipedia es que es abierta a todos los contribuyentes, algo que también sucedía en el caso de Nupedia.  Wikipedia es diferente en el sentido de que no trata de enmarcar la creación de nuevas entradas  con encargos ni criterios de valoración. Está abierta a cualquier persona que inicie una entrada,  y ninguna entrada se cierra oficialmente, ya que  cualquier persona puede  mantener la edición o alterar  lo que ya existe. Wikipedia utiliza un gran ejército de voluntarios-editores y “conserjes” para supervisar todo el proceso, buscando abusos y avisando cuando las controversias se pasan de rosca. Pero no es trabajo de un editor decidir lo que se considera una entrada. Si hay alguna duda sobre si algo es demasiado trivial  se somete a votación de los demás usuarios; por otra parte, si a uno no le gusta la redacción de una entrada puede cambiarla. Los editores están para tratar de asegurar que no secometan abusos.

Así es como funciona. El enigma es por qué funciona, dado que esta forma de compilar una enciclopedia parece incurrir en un error obvio: si ninguna entrada es definitiva, cuándo uno está leyendo una entrada ¿cómo saber que alguien no ha interferido en la redacción haciendo que no sea fiable? Los primeros años de la Wikipedia fueran de gran escepticismo, muchos se referían a ella irónicamente diciendo que no se hacía ningún esfuerzo por discriminar entre información buena y mala.   ¿Por qué alguien con buena información la iba a poner en un lugar donde la mala información la puede contaminar en un solo clic?  Uno de los logros notables de la Wikipedia es mostrar que eso no ocurre: la Wikipedia se ha convertido en un fuente fiable de información sobre una amplia gama de temas, ya que, en general, la buena ahuyenta a la mala . Cuando alguien sabotea una entrada, hay mucha gente dispuesta a  reparar el daño, a menudo en cuestión de segundos. Resulta que las personas que creen en la verdad y la objetividad son al menos tan numerosas como los locos y los bromistas, y  a menudo mucho más tenaces.

Wales cree que esto nos dice algo sorprendente y tranquilizador sobre la naturaleza humana. “En general  la mayoría de la gente que hay por internet es buena”, afirma. “Uno de los maravillosos descubrimientos de la Wikipedia es que la mayoría de la gente sólo quiere ayudar a construir un recurso libre y sin ánimo de lucro”. Pero en verdad es un poco más complicado que eso. Wikipedia funciona porque es una forma muy característica de extraer conocimiento de muchas fuentes diferentes. La mayoría de las técnicas que hay en Internet para reunir información son de agregación, en el sentido de que tratan de juntar el máximo de información posible, permitiendo que los prejuicios y la desinformación aleatoria que procede de múltiples opiniones individuales se anulen mutuamente. Este es el caso de los diferentes tipos de agregación que tienen lugar en Internet, que utilizan la sabiduría de la multitud para producir respuestas mucho más precisas que cualquier persona podría dar. También es en buena medida lo que sucede en Google, donde  las búsquedas son controladas para ayudar a filtrar la información que uno puede hallar útil.  Los métodos de agregación minimizan la responsabilidad personal y ponen todo el énfasis en los resultados colectivos – después de todo, ¿quién sabe, o le importa, lo que sus propias búsquedas de Google añaden o restan a los resultados? Sin embargo, el enfoque de la Wikipedia no es de agregación sino acumulativo. La información se acumula poco a poco  y nunca se detiene. También deja un rastro de papel virtual en cada entrada, de modo que es posible rastrear las diversas etapas con las que un artículo ha alcanzado su forma actual.

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Cuando el conocimiento se genera a través de la multitud, ningún individuo tiene gran responsabilidad personal por lo que se produce, pero tampoco nadie tiene una perspectiva realista sobre cómo se configuran los resultados. Con la Wikipedia, ocurre lo contrario. El hecho de que no haya versión definitiva significa que nadie puede cambiar nada, pero también significa que cada cambio puede atribuirse a un individuo en particular. Aunque es posible, y común, hacer modificaciones en Wikipedia de forma anónima (escondiéndose trás un seudónimo), también es cierto que siempre hay alguien responsable de todo lo que ocurre, y alguien que siempre sabe quién es. Por  tanto, el hecho de que no haya versiones autorizadas en Wikipedia es lo que lo hace posible generar un sentido de responsabilidad personal para determinadas entradas, puesto que cualquier entrada en cualquier momento dado es responsabilidad de la última persona en editarla. Esto parece ser suficiente para que la gente quiera hacerlo bien. Pero también significa que aquellos que no quieren hacer las cosas bien pueden ver sus errores corregidos. El secreto del éxito de la Wikipedia reside en el hecho de que la responsabilidad personal de los errores no se puede borrar, pero los errores sí.

Aún así, hay mucha supervisión. Wikipedia tiene un control de  “Cambios Recientes”, cuyo trabajo es navegar por el sitio recogiendo todos los absurdos y un sinfín de obscenidades que son insertados por personas que creen que pueden hacer lo que quieran  (cuando descubren que pueden, pero que se corrige rápidamente, se pierde la diversión). Cuando la cosa es más grave, se requieren retoques concertados. Desde su inicio,  la Wikipedia ha tenido como objetivo   operar de acuerdo con un código de conducta (el central es la tesis de que “Wikipedia tiene un punto de vista neutral”), que funciona con reglas estrictas.  Sin embargo, en 2004, se introdujeron las tres reglas de reversión   (“R3R“)  con el fin de evitar las disputas, de modo que las correcciones son corregidas de nuevo devolviéndolas a su forma original (conocido como “reversión”),  para después ser corregidas otra vez, y así sucesivamente, cuando dos contribuyentes no pueden ponerse de acuerdo sobre un único punto de vista. El clásico caso se refería a la entrada de Gdansk. El nombre de la ciudad fue modificado por un contribuyente alemán que le puso Danzig, y luego  un contribuyente polaco lo modificó a Gdansk, despues nuevamente a Danzig, sin que la cosa se detuviera hasta que intervinieron  los administradores. El 3RR dice: “un editor no debe realizar más de tres reversiones, totales o parciales, de un artículo de Wikipedia en las 24 horas siguientes a su primera reversión”. Sólo tres cambios en 24 horas puede parecer absurdo para una obra de referencia tradicional, pero para la Wikipedia se trataba de una medida draconiana, adoptada con profundas reticencias.  Aun así, la guerra  Gdansk / Danzig finalmente sólo se resolvió cuando el asunto fue sometido a votación de toda la comunidad de Wikipedia, y se convino que la ciudad podría ser denominada Danzig en relación al período comprendido entre 1308 y 1945, y en las biografías de “personas claramente alemanas”.  De lo contrario,  iba a ser Gdansk. Costó dos años llegar a esta solución: una enciclopedia tradicional lo podría haber resuelto en diez minutos. Sin embargo, la posición de consenso sobre el nombre parece haberse estancado, lo cual para la historia de Gdansk / Danzig no es poca cosa.

Que Wikipedia representa un fino equilibrio entre libertad y vigilancia, entre anonimato y responsabilidad, es algo que a menudo pasan por alto quienes quieren reproducir sus logros en otros lugares. No se trata de un modelo fácil de replicar. Un notorio fracaso es el que ocurrió en 2005, cuando la página editorial de Los Angeles Times decidió experimentar con una “wikitorial ‘,  una forma de contribuir a la redacción de una columna editorial utilizando las técnicas de la  Wikipedia. El objetivo era dejar que los lectores dieran forma a las opiniones expresadas por el periódico, pero el resultado fue un completo desastre,   secuestrado por contribuciones vandálicas,  y el proyecto fue rápidamente abandonado. El periódico había cometido dos errores. En primer lugar, sus editores creyeron  que el wikitorial se editaba por sí mismo, por lo que  se dedicaron a otras cosas (como la edición “real” de las columnas). Pero, como muestra la Wikipedia, la libertad exige una vigilancia constante para luchar contra quienes tratan de que la cosa naufrague.  En segundo lugar, el editorial de un periódico es en una forma de escritura mucho menos abierta que la  entrada de una enciclopedia . El periódico aparece y se lee en un momento determinado.  Como resultado, los contribuyentes tienen un incentivo para tratar de distorsionarlo todo en el momento de máximo impacto. El principio de la Wikipedia  de que todos los errores se pueden corregir tiene mucha menos fuerza en el caso de los periódicos, porque cuando se hacen las correcciones son muchos los lectores que ya se han marchado a otro lugar.

Por esta razón, las enciclopedias han ido a mejor con el advenimiento de la Internet y los periódicos lo han pasado peor: el efecto acumulativo de los comentarios de los lectores que ahora se pueden adjuntar en línea a casi todos los artículos no tiende precisamente a dignificar las distintas formas de   comprensión humana. El prejuicio no es cancelado en esas páginas de los lectores, como podría ocurrir si la opinión se agregara, pero tampoco es eliminado con el tiempo, como en el caso de la Wikipedia. En lugar de ello, cada una de las contribuciones  se aposenta y exige nuestra atención. De este modo, cuando los intervinientes se crispan y el tiempo apremia,  los malos ahuyentan a los buenos.

Una de las consecuencias irónicas del proceso abierto de la Wikipedia es que muchos de sus artículos están preocupados por el pasado inmediato. El deseo de actualizar los datos sobre un tema determinado significa a menudo que los hechos que permanecen son los más actualizados. Las  biografías de personajes vivos tienden a concentrarse en las cosas más recientes que han hecho, sobre todo si han generado una gran cantidad de noticias impresas  que se pueden utilizar como fuente. Para una enciclopedia, los devotos de la Wikipedia dedican demasiado espacio a los últimos escándalos y controversias, cuya importancia, en su caso, es imposible de medir. Pero esto no  refleja un deseo por parte de  los fundadores de la Wikipedia en avivar el interés por la actualidad y lo trivial. Antes al contrario, refleja una reverencia por la prueba fundada, lo cual es la base de todo el proyecto Wikipedia. Aunque cualquiera puede editar cualquier cosa en la Wikipedia, todo lo qu eallí aparece se supone que debe llevar una referencia a alguna fuente para que pueda ser verificado por otros lectores. La política de Wikipedia sobre este tema es como sigue:

“El umbral para la inclusión en Wikipedia es la verificabilidad, no la verdad – es decir, si los lectores son capaces de comprobar que el material añadido a la Wikipedia ya ha sido publicado por una fuente fiable, no si creemos que es cierto. Los editores deberían proporcionar una fuente fiable para las citas y para cualquier material que se cuestione o pueda  ser cuestionado o  eliminado”. (“Todos los artículos de Wikipedia deben tener referencias -es decir, indicar la fuente de la información-  para que el lector pueda comprobar la exactitud, precisión y neutralidad del artículo, y buscar más información sobre el tema. Todo el contenido de Wikipedia debe haber sido publicado en otro lugar -ya que Wikipedia no es una fuente primaria-, y por eso siempre es posible para el autor del artículo incluir una referencia”).

La proliferación de fuentes periodísticas en Internet significa que éstas son a menudo el mejor lugar para buscar material nuevo y verificable (especialmente si uno no está demasiado preocupado por la verdad). La mayoría de la información disponible es reciente, y  por tanto es la que predomina en la Wikipedia.

wikipedia revolution

La insistencia en que todo lo incluido en la Wikipedia se haya de remitir a algo externo se deriva de una especie de ansiedad, en el sentido de que no sea autoreferencial  y empiece a generar hechos sin fundamento. Uno de los fascinantes detalles que emergen del libro de  Andrew Lih, The Wikipedia Revolution, es que tanto Jimmy Wales como uno de sus primeros colaboradores, Larry Sanger, se confiesan  “objectivistas”,  es decir,  seguidores de la filosofía de Ayn Rand. Sanger escribió su tesis doctoral en la Universidad Estatal de Ohio, con el título de Epistemic Circularity: An Essay on the Problem of Meta-Justification. Ambos se encontraron por primera vez en un foro que Wales creó en 1992, que ofrecía un “‘Moderated Discussion of Objectivist Philosophy’” y se describía como “the most scholarly of all Objectivist discussions available on the networks”. Otros colaboradores tempranos de la Wikipedia supieron de su existencia a través de esa comunidad en línea, y este vínculo informó  el proyecto en sus etapas iniciales.

¿Qué es el objetivismo? Francamente, no tengo ni idea. Nunca he leído una palabra de Ayn Rand, y aunque sé que es objeto de veneración en algunos lugares sorprendentes (Alan Greenspan, por ejemplo, es un fan), lo poco que he pillado por ahí siempre me ha sonado raro.  Por tanto, parece una forma de poner a prueba el tan cacareado PVN ( punto de vista neutral) de la Wikipedia: se trata de ver cómo la aplican Wales y Sanger para averiguar lo que ella (Rand) dice. Bueno, es difícil  expresar en palabras lo desalentadora que es la experiencia de tratar de averiguar algo  sobre el objetivismo en la Wikipedia. No se debe a que las entradas sean sesgadas o acríticas, es que son introvertidas, aburridas y largas. La entrada de Ayn Rand en la Wikipedia da para mucho (tanto en la versón inglesa, como en la española).  En cambio,  la entrada de Rand en  la Columbia Enciclopedia de 1993 (o la más actual) apenas ocupa cuatro líneas.

rand

Desisto de descubrir algo acerca de Rand que tenga sentido, así que me miró el artículo sobre Jimmy Wales en la Wikipedia. La sección sobre su vida personal incluye este detalle, que ni él ni nadie ha considerado oportuno editar: “Su primera esposa, Pam, es citada en el número de septiembre de 2008 de la  revista W diciendo que Wales la disuadió de estudiar enfermería cuando estaban casados,   porque no creía en el altruismo”.  La entrada también detalles de la disolución de su  segundo matrimonio y la  queja de una novia posterior, la columnista conservadora canadiense Rachel Marsden, que se enteró de que habían roto por una nota de la Wikipedia. Supongo que esto es el “objetivismo”.

Tal vez no sorprenda que Wales no se lleve bien desde hace mucho tiempo con Sanger, hasta el punto de reeditar su entrada en la Wikipedia y eliminar cualquier referencia a él como cofundador del proyecto. Puede que el título de la tesis de doctorado de Sanger nos dé una indicación más clara sobre el asunto. “Circularidad epistémica” es una manera elegante de decir que el éxito de la Wikipedia podría ser excesivo para su salud. Esto no se debe a que las entradas empiezen con el canibalismo de los contribuyentes y acaben reduciéndose a una sopa relativista: la Wikipedia sigue siendo muy buena a la hora de distinguir las referencias cruzadas dentro del sitio del material de origen externo. En cambio, el problema puede venir cuando el material comienza a imitar el modelo wiki. Las  editoriales académicas se enfrentan ya con el problema del acceso abierto,  que hace que haya un número cada vez mayor de artículos académicos disponibles libremente en la web ( “libre” en este sentido no sólo de libertad de uso, sino también la libertad para copiar, cortar y  reproducir en otro formato). Algunas de las presiones en favor de  este movimiento provienen de las personas que financian la investigación académica y que quieren que se difunda lo más ampliamente posible. Pero hay una serie de organismos financiadores (en particular en las ciencias) que también se preguntan si tiene sentido esperar hasta que la investigación esté “completa” antes de publicarla. ¿Por qué no ofrecer antes versiones del proyecto,  incluso sólo  los datos brutos iniciales,  y dejar que otras personas vean lo que pueden extraer? Esto abre la posibilidad de colaboración en la edición en línea: los autores pueden “publicar” versiones del proyecto de sus libros y los lectores pueden juguetear con ellas para producir algo que les complazca. Por supuesto, la idea de actualizar permanentemente el libro plantea la perspectiva de vérselas con la pesadilla de los  derecho sde autor (o más probablemente el fin de los derechos de autor), y es poco atractiva para las editoriales académicas, ya que corta su flujo de ingresos más obvio, que proviene del producto acabado, debidamente editado. También plantea problemas relacionados con la idea de verificabilidad. Wikipedia necesita que su fuente sea relativamente estable, a fin de que sus entradas pueden tener puntos de referencia fijos. Pero si los puntos de referencia están sujetos a cambios sin fin, entonces se convierte en mucho más difícil saber lo que se entiende por verificación.

Mientras tanto, a medida que la edición convencional empieza a abrirse a la forma de hacer las cosas de la Wikipedia, esta enciclopedia está barajando volver a métodos más convencionales. La Wikipedia en alemán ha comenzado a experimentar con artículos “bandera”,  artículos que han sido certificados como fiables y libres de vandalismo, para satisfacer la demanda de seguridad de los usuarios alemanes. (Por cierto, ésta no es la única variación internacional de la práctica de la Wikipedia que parece ajustarse a los estereotipos nacionales: en la japonesa,  los editores son mucho más reticentes que sus homólogos occidentales a la hora de modificar las páginas existentes y prefieren llevar a cabo sus discusiones en sitios adyacentes en lugar de interferir alegremente con lo que alguien ha escrito.) El experimento alemán ha generado una demanda de artículos aprobados que se publicará por separado en una página web estática, sin posibilidad de edición, a fin de ofrecer a los lectores algo que ha sido previamente verificado.

La cuestión de la “bandera” es una de las examinadas en el epílogo del libro de Lih, que aborda los desafíos más apremiantes que probablemente afronte la Wikipedia en el futuro. Otras preocupaciones incluyen tener personal ejecutivo a sueldo, algo que puede causar graves divisiones en una organización que depende en gran medida del trabajo voluntario; el riesgo de una importante demanda por parte de alguien que ha sido difamado en una entrada de la Wikipedia (el hecho de que cualquier persona pueda eliminar una información ofensiva no impide tratar de demandar, aunque no está claro quién sería responsable);  la mayor  complejidad del software de edición, que está disuadiendo a muchos nuevos contribuyentes. Más interesante, sin embargo, es el hecho de que el epílogo del libro fuera escrito como una wiki: es decir, como un ejercicio de colaboración con un software similar al de la enciclopedia en sí, a disposición de ser copiado y distribuido libremente. Ha sido una buena idea, ya que está algo mejor escrito que el resto del libro. El resto de volumen, a cargo de Lih, tiene  interés, pero es más bien indulgente, con muchos detalles secundarios  sobre personas que el autor desea complacer.  El epílogo no tiene nada de eso – sólo llega al punto de no preocuparse por ofender a nadie. Ayuda que sea un libro, por lo que el espacio es limitado, y este wiki no puede satisfacer el vicio más común de las entradas en Wikipedia, que es no saber cuando parar.

Sin embargo, incluso una pieza de escritura que ha sido editada por tantas personas no pueden resistir el tópico ocasional. Los múltiples autores del epílogo escriben: «La comunidad de Wikipedia puede ser como una rana hirviendo lentamente hasta la muerte – ignora la crisis de la construcción, porque no es consciente de lo mucho que su entorno ha cambiado lentamente”.  Cuando leí esto, pensé: ¿es realmente cierto que las ranas pueden ser hervidas lentamente hasta la muerte sin darse cuenta de lo que les pasa? Así que busqué en Wikipedia, confiando en que habría una entrada. La hay: escribí “boiling frog” (en castellano no parece haberla, pero hay muchas referencias en otros lugares  a la parábola de la rana hervida, incluso un artículo académico con ese título)  y hallé  una página que te dice todo lo que se necesita saber y mucho más.   Ahí estamos: uno no encontrará nada de esto en la Columbia ni en la  Enciclopedia Británica ni en otros textos semejantes. No hay otra manera de encontrar algo sobre el punto de ebullición de las ranas. De verdad, con todos sus fallos, la Wikipedia es una cosa maravillosa.

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