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El orientalismo ruso y Edward Said

Publicado por Anaclet Pons en octubre 5, 2011

La especialista Rachel Polonsky reseñó en el TLS dos volúmenes sobre el orientalismo ruso. Uno de ellos apareció el pasado año, el Russian Orientalism. Asia in the Russian Mind from Peter the Great to the Emigration de David Schimmelpenninck van der Oye (Yale University Press). El otro es más reciente, así que nos detendremos en sus comentarios sobre este último. Se trata del volumen de Vera Tolz Russia’s Own Orient. The Politics of Identity and Oriental Studies in the Late Imperial and Early Soviet Periods,  (Oxford University Press).

En la última década, dice Polonsky , ha habido una vigorosa discusión académica (especialmente en la revista Kritika) sobre la relevancia de las ideas de Edward Said para el orientalismo ruso. Tölz lleva el debate en una nueva dirección al revelar las huellas de los estudios orientales rusos en el pensamiento de Said. A pesar de que no conocía directamente el trabajo de la escuela de Rosen [el arabista Baron Viktor Romanovich Rosen, 1849-1908, de la Universidad de San Petersburgo] Said fue heredero de su particular estilo de pensamiento a través de la mediación del marxismo y los intelectuales nacionalistas árabes poscoloniales  de principios de 1960. El egipcio Anwar Abdel-Malek, que influyó ampliamente en Said, estudió en la Unión Soviética en la década de 1950 y bebió directamente de la crítica de Sergei Oldenburg a la relación entre el conocimiento y el poder imperial en orientalismo europeo occidental. Siguiendo el curso de las grandes ideas a lo largo de un rastro de notas al pie, Tölz concluye que Oldenburg fue en muchos sentidos una influencia más importante en Said que Michel Foucault, a quien invoca explícitamente y quien fijó los términos para la imagen esencializada del orientalismo de “Occidente” y su polémica discusión del “discurso” orientalista . Aunque el legado de la escuela de Rosen es en muchos aspectos contradictorio, en particular en relación con la cuestión del desarrollo de la “conciencia nacional” en el contexto de un Estado imperial como Rusia, Tölz propone que los estudios poscoloniales contemporáneos sean vistos como un descendiente de la orientología rusa de principios del siglo XX.

La autoconfianza rusa sobre sus exclusivas ventajas académicas en este campo alcanzó su máxima expresión en una notable serie de conferencias, “La Historia del Estudio del Este de Europa y en Rusia”, de Vasily Barthold, dictadas con motivo de las bodas de oro de la Facultad de Lenguas Orientales de San Petersburgo, en 1905. Barthold llamaba a Rusia un “mundo científico aparte”, afirmando a la vez la naturaleza “científica” de la historia  y la inequívoca identidad cultural “Oriental” de la propia Rusia. Era un erudito de renombre internacional. Contribuyó con cientos de entradas sobre el Asia Central, Crimea y el Cáucaso -lugares fuera del campo de investigación de los estudiosos occidentales- en la Enciclopedia del Islam, publicada en Leiden entre 1913 y 1938. (…)

El estalinismo y la Guerra Fría se combinaron para privar a Barthold y a sus colegas de la posición que les correspondía, tanto en Rusia como en el extranjero. Sus descubrimientos alimentaron la imaginación de la élite creativa  e influyeron en los Euroasianistas de la década de 1920, afirmando la existencia de una diferencia fundamental entre Rusia y Europa. Crearon imágenes de “Oriente” – desde el imperio de Genghis Khan al Cáucaso – que inspiraron directamente a los poetas simbolistas y los pensadores Eurosianistas de principios del siglo XX  mientras reimaginaban el “exotismo propio” de Rusia en poesía,  misticismo, profecía apocalíptica y polémica antioccidental, invocando a Escitia y al patrimonio de la estepa. Algunos de estos escritores rechazaron explícitamente la idea del “ojo europeo” y volvieron, como Tolstoi hizo al final de su vida, al pensamiento indio y chino. Sin embargo, fue en nombre de la “falsa ciencia” de la historia, importada de Europa en los siglos XVIII y XIX, que la múltiple riqueza estética, filosófica y religiosa de Oriente, así como los propios orígenes orientales de Rusia, fueron sacados a la luz -en las aulas de Kazan y San Petersburgo, y en las publicaciones periódicas de la Sociedad Geográfica Imperial.

Vera Tölz termina sugiriendo que en la Rusia de Putin y Medvedev, cuando está de moda una vez más hacer hincapié en la herencia oriental de Rusia, el legado intelectual de los olvidados “de la escuela de Rosen” -que utilizaban las herramientas de la “ciencia” europea  para estudiar y celebrar las culturas y tradiciones no europeas- sería una fuente más rica de inspiración nacional que el agresivo revival del Eurosianismo que presenta a Occidente y a sus supuestos valores como una amenaza a la distintiva identidad cultural de Rusia.

[Por supuesto, sobre estos asuntos siempre hay que recomendar a Orlando Figes, porque en este caso lo cortes no quita lo valiente. Aunque creo recordar que no utiliza a Barthold ni a Rosen, El baile de Natacha (Edhasa), con sus pegas, me parece espléndido, aunque no soy especialista en el asunto y aunque la citada Rachel Polonsky opinó todo lo contrario en su día]

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Rusia revisa su historia

Publicado por Anaclet Pons en octubre 27, 2010

Anatol Lieven acaba de regresar de Rusia y nos ofrece una breve mirada sobre el uso de la historia en aquel país. Lo hace en  The National Interest, una publicación del ámbito conservador, pues no en vano la patrocina el Nixon Center. Lieven es profesor en el  War Studies Department del King College londinense. Entre sus obras:  America Right or Wrong: An Anatomy of American Nationalism (Oxford University Press, 2004).  Su texto se titula Reexamining Russian History:

Uno de los asuntos principales que trata el Valdai Club este año es el de llegar a un acuerdo sobre la historia rusa del siglo XX, o más bien sobre el terrible período que trascurre entre la revolución de 1917 y la muerte de Stalin en 1953. Esto forma parte de una campaña por parte de los liberales del stablisment ruso que apoyan al presidente Dmitri Medvedev para impulsar las reformas en Rusia y lograr una clara ruptura con el pasado soviético.

Recordar los crímenes del estalinismo fue también un acompañamiento natural en nuestro viaje en barco a lo largo del canal del Mar Blanco, construido por los presos políticos bajo Stalin en la década de 1930, con un coste terrible en vidas humanas, con sufrimiento, frío, hambre y ejecuciones en masa. Ésta y otras atrocidades masivas cometidas bajo Stalin y Lenin tienen un reconocimiento oficial muy limitado en la Rusia actual,  aunque fueron rusas la mayoría de sus víctimas.

Éste es un tema sobre el cual quienes no son rusos tienen un derecho moral limitado a hablar, a menos que sus propios compatriotas se encontraran entre la masa de víctimas (como en el asesinato en masa de Stalin de los prisioneros polacos en Katyn), e incluso entonces se debe tener mucho cuidado, reconociendo tanto que se trataba de un crimen de un Estado comunista y no de un Estado nacional de Rusia como que también hubo inmuerables víctimas entre los rusos. En cuanto a Rusia, la falta de conmemoración pública o de su recuento va más allá del estalinismo, incluso aunque la inmensa escala de los crímenes del estalinismo lo convierte en el asunto más grave de la historia moderna de Rusia ahora mismo. Así,  los dos millones de rusos que murieron en la Primera Guerra Mundial tempoco  tienen ningún monumento público, a pesar de que la nostalgia por el pasado prerevolucionario es muy común en el cine ruso contemporáneo, por ejemplo.

Incluso para muchos fervientes anticomunistsa rusos, cuyas propias familias padecieron el estalinismo, el pasado comunista es a menudo un tema muy difícil, sobre todo por dos razones, con las que me vine tras la segunda parte de mi estancia, que incluyó una visita a la ciudad de Yaroslavl, donde el gobierno de Rusia ha organizado un foro internacional anual que esperamos se convierta en la versión rusa de Davos. Mirando por la ventanilla del tren, mi atención quedó atrapada por una estatua blanca, situada aparentemente en solitario en un claro del bosque. Entonces me di cuenta de que la estatua era la de un soldado, y que detrás de ella había hileras de lápidas grises, tumbas de soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial, presumiblemente procedentes de un hospital militar, ya que el avance alemán se detuvo por el oeste en Yaroslavl en noviembre de 1941 ante el contraataque soviético que en el mes siguiente les hizo retroceder.  El régimen que organizó la resistencia, que les hizo retirarse y salvó a Rusia de la destrucción fue, por supuesto, comunista y estaba dirigido por Stalin. Separar esta victoria gloriosa, que salvó a Rusia y a Europa de los nazis, de los atroces crímenes nacionales e internacionales del estalinismo, no es, por decirlo suavemente,  fácil.

La otra razón  tiene que ver con las casi cuatro décadas de gobierno soviético, mucho más suave, que siguió a la muerte de Stalin, durante las cuales casi dos generaciones crecieron, se casaron y tuvieron sus propios hijos, épocas que produjeron tanto la gris y limitada opresión del gobierno de Brezhnev como los períodos reformistas de Kruschev y Gorbachov, así como la eventual destrucción del sistema por los rebeldes comunistas de Yeltsin; y, por supuesto, a partir de entonces, el ascenso al poder de un exoficial de inteligencia soviético, Vladimir Putin.

En otras palabras, esto no fue en absoluto como la ruptura clara y súbita de alemanes con el nazismo causada por la derrota y la conquista de 1945. Esta historia ha producido una situación en la que, en Yaroslavl, monasterios, catedrales y palacios de la época imperial primorosamente restaurados, a menudo demolidos o destruidos bajo Lenin y Stalin, están en calles que se llaman todavía  “Sovietskaya”  y “Andropova” (él era de la provincia de Yaroslavl).

El peligro para los liberales rusos, por tanto, es que al denunciar los crímenes cometidos bajo Lenin y Stalin pueden parecer fácilmente -o serlo- como un grupo que condena la totalidad del período soviético, por el que muchos rusos mayores sienten algo de nostalgia, no tanto por razones imperiales, como porque representaba una vida segura, o simplemente por la razón humana que fue el país de su infancia y juventud. A su vez, puede alentar a los liberales a hacer algo que todos ellos son muy propensos a hacer, que es expresar un abierto desprecio elitista hacia los rusos corrientes y hacia la propia Rusia como país. No me corresponde a mí decir si está o no justificado. Una cosa que debería ser obvia -y que he señalado a los liberales rusos en una conferencia en Suecia a principios de este verano-  es que hablando así en público acerca de sus conciudadanos no hay manera de que uno resulte elegido, sea en Rusia o en los Estados Unidos.

Dado que este enfoque, naturalmente, no tiene eco en los círculos conservadores o “estatistas” , continúa vigente el patrón catastrófico mantenido en el siglo XIX y principios del XX  en la relación entre la intelectualidad liberal y el Estado, lo que contribuyó directamente a la catástrofe de 1917 y a la destrucción de ambos por la revolución: básicamente, dos absolutismos morales lanzándose los trastos a la cabeza. La ausencia de liberales en las filas del propio imperio empobreció  gravemente a ese Estado y contribuyó a sus defectos de oscurantismo, reacción, represión innecesaria y estupidez; pero una vez más debe admitirse que la retórica liberal contribuyó a menudo y en buena medida a que el Estado les considerara irresponsables, antipatriotas e indignos de servir en el gobierno.

Un historiador ruso que habló en el Valdai ejemplificó este riesgo, y también demostró que al margen de lo que puedan creer, muchos de los intelectuales liberales de Rusia están a considerable distancia de sus equivalentes occidentales y tienen también una fuerte tendencia a generar sus propias formas de absolutismo espiritual. Este historiador es el editor de una colección de gran prestigio de ensayos revisionistas de la historia rusa del siglo XX, pero su discurso en la Valdai causó un profundo dolor a los historiadores profesionales occidentales que estaban presentes.

Su charla consistió en retroceder en la historia rusa hasta finales  de la Edad Media e identificar un conjunto de “malentendidos” cruciales, arrancados de su contexto histórico,  acompañándolo de hechos cruciales olvidados. Por un lado,  es un proyecto tan antihistórico como pueda imaginar un historiador. Por otra parte, consiguió en efecto destrozar la mayor parte de la historia de Rusia -sobre lo que, de nuevo, no hay manera de conseguir que tu compatriota te escuche.

Por lo que el gobierno ruso se refiere, lo más alentador en relación con su enfoque reciente de la historia ha sido el reconocimiento pleno y abierto de la masacre cometida por la policía secreta soviética de los prisioneros polacos en Katyn por orden de Stalin, que ha dado lugar a una mejora radical en las relaciones con Polonia. Esto fue posible en parte debido a que tanto el gobierno polaco como el ruso reconocieron que en el mismo bosque también están enterradas miles de rusos y soviéticos,  víctimas  de la policía secreta. En otras palabras, se convirtió en una denuncia conjunta del estalinismo, no una denuncia polaca de Rusia.

Parece bastante claro que Medvedev quiere ir más rápido y más lejos que Putin en la denuncia de los crímenes comunistas. En la reunión que mantuvimos con el ahora primer ministro Putin,  estalló de forma muy agresiva cuando se le preguntó por qué Lenin se encuentra todavía en su mausoleo en la Plaza Roja, a lo que repuso preguntándole a un colega británico por qué todavía hay un monumento a Cromwell ante el parlamento de Londres. Uno de mis colegas británicos reaccionó a esto con muy mal humor, pero debo decir que, siendo medio irlandés y  recordando los crímenes de Cromwell contra Irlanda (que hoy sería, sin duda reconocido como genocidio), entendí que no le faltaba razón, excepto, por supuesto, que Cromwell gobernó Gran Bretaña hace 350 años atrás, y no hace 90 años.

Por un lado, la respuesta de Putin refleja una tendencia tan comprensible como contraproducente por parte de Rusia, arremeter contra las preguntas incómodas en lugar de afrontarlas. A este respecto, Medvedev, cualquiera que sean sus otras aptitudes, es de lejos su mejor diplomático. Sin embargo, Putin continuó haciendo una observación razonable, la de  que “cuando llegue el momento, el pueblo ruso decidirá qué hacer con ésto. La historia es algo sobre lo que no nos podemos apresurar”.  La diferencia entre Putin y Medvedev es alentadora en este sentido, porque refleja, en parte, simplemente el hecho de que Medvedev es trece años más joven.

En Yaroslavl, Medvedev habló de los inmensos cambios que Rusia había logrado desde el fin del comunismo, y habló de su gran dificultad para explicar a su hijo de quince años, nacido en 1995, cuatro años después del colapso de la Unión Soviética, lo que era vivir bajo el comunismo, “colas para todo, nada en las tiendas, y nada que ver en televisión, pero interminables discursos de los líderes del Partido”.

Al final, el enfoque de los adolescentes rusos -y, por tanto,  futuros adultos-  frente a su historia probablemente será como el de la mayoría de los adolescentes en Occidente. Por un lado, es una lástima y es peligroso, pues un mayor conocimiento de la historia bien podría ayudar a vacunarlos a todos contra peligrosos errores y crímenes en el futuro. Sin embargo, hablando como profesor, no albergo grandes ilusiones sobre nuestra capacidad para hacer que la mayoría de los adolescentes -sean rusos, británicos, americanos o de Marte-  estudien mucha historia o cualquier otra cosa.

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Humor estalinista, con resabios

Publicado por Anaclet Pons en marzo 5, 2010

Karen Ryan es una reputada especialista en lengua y literatura rusas que trabaja en la Universidad de Virginia. De hecho, ha publicado distintas obras sobre ese asunto y, en particular, sobre la publicística y cómo esta ha utilizado el recurso de la sátira textual o gráfica: Russian Publicistic Satire: The Contemporary Journalistic Feuilleton (Edwin Mellen Press, 1993); Contemporary Russian Satire: A Genre Study (Cambridge University Press, 1995); y, por último, la reciente Stalin in Russian Satire, 1917-1991 (University of Wisconsin Press, noviembre de 2009).

Por supuesto, el tema es extraordinariamente interesante, pero ha suscitado división de opiniones. Según el editor, el estudioso de origen ruso Mark Lipovetsky (no confundir con Gilles) afirma que el volumen es único, extraordinario. Sin embargo, el escritor y periodista Michael Idov no opina lo mismo, hasta el punto de  despedazar la obra de Ryan, a la que acusa de cierto exceso academicista. Lo hace en estos términos en las páginas de The New Republic:

La idea de que muchas de las  presentes aflicciones de Rusia derivan de su incompleta desestalinización está tan extendida que acaba siendo banal. También es correcta. Hace apenas dos meses, me quedé boquiabierto al ver el nombre de Stalin, recientemente restaurado, ornamentando un pórtico de estilo neoclásico en la estación de Kurskaya del metro de Moscú. El nombre tiene su propia guardia de seguridad: diriges la mirada hacia las seis letras más tiempo del debido, como hice yo, y se te acercan. Unas semanas antes, Stalin había liderado una encuesta nacional sobre cuál era el “nombre más grande”  de Rusia. Tras un cuidadoso escrutinio y recuento, terminó en tercer lugar, superando aún holgadamente a Pushkin y Dostoievski.

En lo tocante al legado de Stalin,  la actual administración rusa muestra una ambivalencia extraña y repugnante,  y así se ve en las noticias y en la arquitectura.  De ahí que el nuevo estudio de Karen L. Ryan, Stalin in Russian Satire, 1917-1991, resulte ciertamente oportuno. Es un recordatorio de que el pueblo soviético (un título más correcto, teniendo en cuenta las fechas, sería “Stalin in Soviet Satire”) no adora o teme de manera uniforme al tirano;  de que, efectivamente, una gran cantidad de literatura, de canciones populares y  de tradición oral, se dedicó a hacer burla despiadada de Stalin, incluso, increíblemente, en los tiempos en que un comentario inocente en una cena podía significar una detención a medianoche, una confesión forzada y pasar décadas en los campos.

Lamentablemente, aunque el libro está bien documentado y usa con imaginación las fuentes,  está contaminado por una distorsión única, aunque fundamental, que informa cada página. Ryan, profesora de literatura y lenguas eslavas, ha encontrado un gancho original para su estudio: las sátiras rusas de Stalin, según ella, no son sólo el humor negro fatalista de un pueblo oprimido, con una larga historia de fatalismo y negritud. Son una auto-exoneración reflexiva  de la culpa colectiva, una forma de exteriorizar al opresor. “Al demostrar que Stalin no pudo haber sido parte de la cultura rusa”, escribe Ryan, “… la sátira sirve a menudo para afirmar la salud y la solidez de esa cultura”.  Si Stalin es ajeno, él no soy yo; y si no soy yo,  no tengo ninguna responsabilidad por su reinado. Éste es un punto válido, por supuesto, pero no es el único punto. Al situarlo como punto central del libro, logra convertir la burla de un tirano –una de las más valientes acciones disponibles para un artista que vive bajo la tiranía– en un acto de, digamoslo así, cobardía.

Stalin in Russian Satire está organizado, de manera fascinante, como artificio literario, en contraposición a una presentación por épocas o géneros. El primer capítulo, “The Insanity Defense”, escoge  algunos de los trabajos en los que Stalin es representado como un loco delirante, infectando al país con su delirio. El siguiente y más divertido capítulo, “A Bestiary of Stalins”, muestra veladas descripciones del dictador como uno de los bichos que aparecen en el poema esopiano para niños “La cucaracha feroz”, de  Kornei Chukovsky,  y  en “El gato Negro”, la canción de Bulat Okudzhava de 1966. “Stalin in a Dress” aborda la forma tal vez más habitual y evidente de denigrar a un tirano;  “The Monster Lurks Within”  examina a Stalin como un dragón y un pájaro de acero; y los dos capítulos finales discuten algo vinculado con las representaciones de Stalin como diablo y muerto viviente.

El zoo resultante es casi abrumador. Aquí tenemos a Stalin volviendo del sueño criogénico en 1974, descendiendo del cielo travestido de volador, luchando contra su propio pie rebelde; si “el sueño de la razón produce monstruos”, por el grabado de Goya, éstas son las pesadillas que se siguen. La gama de fuentes que Ryan usa es notable, desde los nombres de las tiendas (Vladimir Nabokov, Aleksandr Solzhenitsyn) a figuras relativamente desconocidas en Occidente, como Yuz Aleshkovsky y el compositor Alexandr Galich; la inclusión de Evgenii Shvarts, un autor de mordaces y brillantes alegorías que en nada desmerece a Bulgakov, es motivo suficiente para leer el libro.

Al mismo tiempo, Ryan queda maniatada en todo momento por su idea central, el prisma exclusivo a través del que observa todas las sátira de Stalin: su manufacturada “alteridad”, un término académico para el concepto de otredad. “La exclusión –presentando  a Stalin como otro con respecto al yo cultural– es un mecanismo particular, sostenido en una visión rusa del mundo que es esencialmente maniquea”, se afirma en la introducción, la primera de muchas, muchas repeticiones de la misma idea. El kit de herramientas de Ryan es lacaniano, con pizcas de Tzvetan Todorov: ella ve al otro en todas partes, haciendo un gran esfuerzo de contorsión lógica en ese proceso.

Ver cómo Ryan se esfuerza para hacer encajar sus premisas es francamente incómodo y un poco embarazoso. Al diseccionar  “La cucaracha”, que es un insecto arrogante que aterroriza a todas las criaturas del bosque, demasiado miedosas como para advertir su diminuto tamaño, la autora cita una copla (“Volki ot ispuga / Skushali drug druga”, es decir, los lobos, de miedo / se devoraban unos a otros) y nos da esto:

“Teniendo en cuenta que todos los animales de Chukovsky están antropomorfizados, este consumo es equivalente al canibalismo o antropofagia, a que un semejante se coma a otro. La incitación de Stalin/cucaracha a los inocentes animales a que rompan este tabú intensifica su alteridad, pues el canibalismo es una característica a menudo asociada con un otro exótico”.

Veamos el academicismo de la autora, que raya en la autoparodia (¿ese canibalismo se comería a la antropofagia?);  la afirmación carece de sentido en su misma raíz, ya que cambia los temas a mitad de exposición,  de los lobos a la cucaracha. Lo más triste de todo es que la copla citada es de hecho una sátira perfecta y sucinta de la conducta de los rusos bajo Stalin — la cultura auto-destructiva del stukachestvo (autocontrol por miedo al arresto o la denuncia), o la de delatar a los vecinos;  las personas tenían tanto miedo que de hecho se comían unos a otros. Pero esto, por supuesto, contradice directamente la gran tesis de Ryan –acepta e internaliza la culpa exactamente donde ella prefiere ver la desviación.

Página tras página, Ryan niega sus propias y terribles miradas  con su necesidad de hacer que se ajusten dentro de un marco ridículo. Al discutir sobre “El gato negro” de Okudzhava, que trata literalmente de un gato que preside un tribunal en un corral de Moscú, ella  conecta de forma elegante la visión de la canción de Stalin como un felino demoníaco con un antiguo lubok (huecograbado popular) ruso que da a Pedro el Grande el mismo trato . Luego encuentra el verso que dice  “Cada persona le trae algo / y le da las gracias”, y su alarmas lacanianas se encienden por enésima vez: “Este acto resuena mucho a sacrificio y lo que se ofrece queda como algo no dicho; el sacrificio, especialmente el sacrificio humano,  se asocia generalmente con un otro exótico “.

A ojos de Ryan, la sátira rusa de Stalin existe para abordar la “dolorosa cuestión de la culpa, la complicidad y la responsabilidad”, y en gran medida decepciona. Con este único enfoque, la autora parece haber olvidado los mecanismos básicos de su propio objeto. La primera regla de la sátira, en todas partes y siempre, es trabajar con lo que tienes. En el caso de Stalin, esto significa un bigote, marcas de viruela, una mano izquierda algo mustia -un handicap, no reconocido pero tan conocido como la polio de Franklin Delano Roosevelt- y, sí, ese espeso acento georgiano. (Curiosamente, Ryan omite el  famoso  “Stalin Epigram” de Osip Mandelstam,  la bomba suicida de un poema cuya caracterización del dictador como “Montañés del Kremlin” sin duda juega a favor del motivo del exotismo). Digámoslo así: si Stalin hubiera sido grotescamente obeso, el saber popular lo hubiera pintado como una ballena, un hipopótamo o un dirigible. O, como es el caso de la protagonista en otra fábula de Kornei Chukovsky, una ambulante e intimidatoria tina. Además, el bigote de Stalin era increíblemente fácil de convertir en un gato o una cucaracha, debido a una peculiaridad lingüística, que Ryan conoce y reconoce: en ruso, la palabra usy significa “bigote” así como “bigotes” y “antenas” .  El significado de un bigote humano está en el centro de todo ello,  así que el gato y la cucaracha, en la mente rusa, son por defecto bigotes. Echar mano de  Lacan para conectar a Stalin con un gato a través de la alteridad incognoscible de este último es un caso clásico de ese hyperacademicismo por el cual los árboles no dejan ver el bosque.   El hombre parecía un gato. Todos los que vivían en el infierno lo sabían.

***

EPIGRAMA CONTRA STALIN

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.

Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.

Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.

Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente,
al tercero en la ceja, al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Osip Mandelstam, Noviembre de 1933

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Stalin: cocina revolucionaria para el ciudadano modelo

Publicado por Anaclet Pons en diciembre 18, 2009

Aunque no lo parezca, la revista Books es francesa y está dedicada, eso sí, al mundo del libro. En uno de sus últimos números (el de noviembre-diciembre), dedica un artículo a “La radieuse cuisine stalinienne“. En realidad, comenta un volumen italiano (Rivoluzione in cucina. A tavola con Stalin: il libro del cibo gustoso e salutare, Excelsior 1881) que ha traducido y editado Ljiljana Avirovic. Puestos a escoger, no obstante, prefiero remitirles a la reseña que publicó hace unos meses Claudio Magris en Il Corriere della Sera: “E Stalin Inventò le Ricette di Stato

“Para cocinar el  Harco (una sopa picante de la región del Cáucaso) se pone  habitualmente ternera, pero también puede ser sustituida por el cordero (…). Tras hervirla una hora u hora y media, se agrega  la cebolla picada, el ajo machacado, el arroz, ciruela agria, sal y pimienta,  cocinándolo todo durante otros 30 minutos. Estofar ligeramente el tomate con la mantequilla …».

Estas y otras sabrosas recetas, del Plov o el Pilaf  a la uzbeka al bliny a la ucraniana, no se encuentran en ningún recetario, sino en un texto “revolucionario” obrero,  en el libro de la comida sabrosa y saludable publicado por primera vez en Moscú en 1939 y reeditado muchas veces durante  años, con ricas ilustraciones, por la Academia de Ciencias Médicas de la URSS. El libro, por voluntad explícita de Stalin, debía certificar la “Revolución en la cocina” y  documentar “la máxima afirmación del continuo progreso de las necesidades materiales y culturales de la sociedad”, promovido por el Partido Comunista, coronando “la feliz realización de los planes quinquenales”  con la ” prosperidad, felicidad y alegría de vivir” procuradas a los trabajadores  y en particular a las mujeres. Un libro que  para nosotros es una mina, pues nos podemos dar  el lujo de poner en nuestros platos el resultado esas recetas jugosas, pero un trágico insulto para los millones de ciudadanos soviéticos hambrientos y desnutridos de esos años. Así pues, el volumen que nos propone ahora Ljiljana Avirovic (una traductor extraordinara que no sólo vierte al italiano autores croatas, sino también a otros como Pasternak, Bulgákov o Crnjanski) se interpreta a contaluz de la historia terrible de la URSS en aquella época.

En aquel recetario colaboraron científicos e intelectuales de diferentes disciplinas; un “ingeniero de almas” – es decir, el escritor o intelectual que según  Stalin debe producir el nuevo hombre en la sociedad comunista-  no ignora la mesa, que no sólo regenera el cuerpo sino también el espíritu, el sentido cordial de la vida. “Un hombre renace viviendo plenamente la vida”:  lo dijo Stalin brindando generosamente a una cena suntuosa celebrada un 26 octubre de 1932, en la casa de Gorki, ante literatos y escritores  a los que Gorki había de educar, formar y  arreglar  bajo las directrices del Líder Supremo, que aquella noche se presenta como un gourmet jovial y feliz de ver que la fábrica de intelectuales del régimen está funcionando correctamente. Los buenos almuerzos siempre han ayudado a los señores y a sus favoritos a dominar a aquellos que están con el estómago vacío.

De hecho, en aquella excelente cena se planea un viaje colectivo de instrucción de 120 escritores elegidos por Gorki y que, acomodados  en cuatro vagones del tren especial ‘Flecha Roja’, van a sisitar el Gulag, los penales  de “reeducación mediante el trabajo físico” que hay dispersos a lo largo del canal Bjelomor, construido con el enorme y pavoroso trabajo forzoso de los reclusos y con su hecatombe. Bjelomor, el libro colectivo escrito por 36 autores bajo la dirección de Gorki, fue editado en 1934. Aquella apología de la esclavitud incluye el menú diario del preso, que a Ljiljana Avirovic le parece muy improbable: “medio litro de sopa de col fresca, 300 gramos de polenta con carne, 75 gramos de filete de pescado con salsa, 100 gramos de pasta de hojaldre con col blanca”. Alimentos y menús también son algo bien presente para estos escritores de excursión escolástica; Saša Avdeenko, joven y de buen apetito,  escribe: “Hemos comido y bebido todo lo que queríamos y podíamos: salchichas ahumadas, quesos, caviar, frutas, chocolate, vino, aguardiente, sin pagar nada”.

En el sabroso y doloroso ensayo introductorio, Ljiljana Avirovic pone el trágico contrapunto a Bjelomor .

Este libro es una pequeña nota a pie de página en la historia de la Unión Soviética y de la trágica perversión  o fracaso de sus proclamados valores. Pensar en la mesa, donde la comida y el vino pueden llegar a ser no sólo alimento  sino comunión de la familia y la amistad, es un pensamiento realmente revolucionario,  que tiene en mente una vida liberada,  vivida alegremente desafiando el paso del tiempo. Quizás  Lenin pensara en eso cuando dijo que una buena madre de familia puede ser una comisaria del pueblo,  porque las virtudes femeninas, liberadas de la opresión, son ya un arte de vivir y de sabiduría política.

Hay una nobleza profunda en el proyecto de liberar a la mujer, con una organización adecuada del trabajo, del trabajo doméstico asfixiante, lo que le permite ser una madre que da alimento y amor, pero que es libre para cultivar otros intereses como los hombres. En teoría, la Revolución no quiere quitar a la Marta evangélica el amor que la lleva a los fogones, pero se le debería permitir no estar abrumada por el trabajo y escuchar, como María, la Palabra. Brutalmente negada por la realidad soviética, esta visión contiene en sí un auténtico ideal de redención,  aunque en este caso sea un mero ideal utópico. Es cierto que “renacer viviendo plenamente la vida” se consigue mucho mejor si va acompañado de un buen vaso;  la tragedia es que quien diga esas palabras, en la noche de octubre de 1932 y ante una mesa de esclavos disfrazados de ingenieros de almas, sea el camarada Stalin, que está oprimiendo, abocando al hambre y exterminando a millones de personas.

Incluso en tiempos difíciles,  los poderosos comen bien. El  Libro del cibo gustoso e salutare refiere el menú ofrecido por Stalin el 21  de septiembre de 1944 a Tito, “un gigante y un dandy”, como lo define Enzo Bettiza. La cena ofrecida por Stalin incluía caviar rojo, esturión y anguila marinada, pepinillos en vinagre,  goulash con albóndigas al vino georgiano, asado de pollo a la rusa, conservas de setas, panqueques, arándanos.  Pan y vino que, sobre una mesa fraternalmente servida para sellar la humanidad, devienen obscena francachela con los atracones de los poderosos que se reparten el pastel y se ilusionan con repartirse el mundo; como cuando Churchill y Stalin,  en Moscú, se reparten un soberbio esturión y las desventuradas naciones balcánicas, con el 75 por ciento de Rumania bajo influencia soviética y el 25 bajo la inglesa, lo contrario en Grecia y así sucesivamente, mientras que Churchill, cortando un bocado exquisito, cede territorios que, confiesa, no sabe exactamente dónde están, como Besarabia. Diez años más tarde, en la edición de 1954, la introducción del Libro del cibo gustoso e salutare dice que, por el bien del país, “es necesario introducir el jugo de tomate como bebida de masas”.

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El comunismo como religión. Los intelectuales y la Revolución de Octubre

Publicado por Anaclet Pons en abril 21, 2009

Michail Ryklin, un filósofo ruso afincado en Berlín, publicó el pasado año un volumen titulado El comunismo como religión: Los intelectuales y la Revolución de Octubre (Kommunismus als Religion. Die Intellektuellen und die Oktoberrevolution. Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag,  2008), libro que se centra en el período 1917-1939 y que sostiene que  si queremos entender el comunismo es mejor verlo como una forma de religión que como un sistema político ateo.   Con este motivo, y dado que es un completo desconocido en el mundo anglosajón, es entrevistado por Caspar Melville para The New Humanist.

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Veamos algunas de sus afirmaciones:

“El comunismo ha sido considerado por pensadores como Raymond Aron y algunos autores alemanes como una especie de sustituto de la religión, o una pseudo-religión, tal vez una parodia. Reconocen que tiene un parecido a una religión, pero nada más. Para mi, por otro lado,  el comunismo era en realidad una auténtica religión, quizás la más importante del siglo XX”.

Pero ¿ una religión sin dios?

“Sí, es cierto, y es precisamente esta característica la que atrajo a tantos intelectuales. Como habían sido criados en tradiciones monoteístas, muchos de ellos se sintieron atraídos por  Rusia tras la Revolución de Octubre porque estaban fascinados por la idea de un país que carecía de eso que llamamos Dios. La revolución fue vista como un acontecimiento que resolvería el rompecabezas de la historia. Pero en el corazón del comunismo hay  una paradoja, y es que la renuncia a Dios es el artículo de fe fundacional.  En el celo que ponen en la  creencia de haberse trasladado más allá del reino de Dios y de la fe, al ámbito de las leyes científicas de la historia, los revolucionarios y sus simpatizantes se revelan precisamente como  los verdaderos creyentes.

Y aquí hemos de ser capaces de pensar más allá de las categorías con las que hemos crecido. Por supuesto, existen diferentes definiciones de religión. Ninguna de las monoteístas aceptará la definición del comunismo como religión, porque para ellos la presencia de Dios se encuentra en la raíz de su definición. Pero  sólo las religiones del libro – el cristianismo, el judaísmo y el islam-, que comparten un origen común en el Antiguo Testamento,  ponen el énfasis en este tipo de Dios. No es lo mismo para los budistas, por ejemplo, para quienes Dios no es importante o es un tema secundario, y esto vale también para otros sistemas religiosos.

Hay una definición científica y sociológica de la religión que es muy diferente. Este punto de vista -que se expresa en la obra de Emile Durkheim y Max Weber, así como en muchos antropólogos- define la religión como una especie de experiencia totalizante, algo por lo que la gente está dispuesta a sacrificarlo todo y que da sentido a sus vidas. Desde esta perspectiva, por supuesto, el comunismo es una religión. Para millones de personas, el sentido de su vida fue definido por el comunismo como un conjunto de creencias. El comunismo era la verdadera religión “.

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El libro de Ryklin   se centra en los escritos de seis intelectuales europeos – Bertrand Russell, Walter Benjamin, André Gide, Arthur Koestler, Lion Feuchtwanger y Bertolt Brecht – que viajaron a Moscú con sus esperanzas puestas en la revolución. Tomados en conjunto, estos textos constituyen un género propio, denominado “literatura de repatriados” por el teórico francés (y ex profesor de Ryklin) Jacques Derrida. Todos visitaron Moscú entre la Revolución de Octubre  y 1939  cuando, sostiene Ryklin,  la era religiosa  del comunismo soviético expiró, tras la desilusión del pacto de Stalin con Hitler.

“La experiencia de estos escritores fue tan singular y  sorprendente  que hace de ella un género distintivo. Vemos una especie de peregrinación a la Meca de la revolución, sus percepciones en tiempo real de lo que estaba pasando, así como sus dudas, durante el período anterior a la pérdida de la inocencia y a las grandes decepciones del período totalitario. Después de 1939 no encontramos textos que estén tan religiosamente inspirados en esta experiencia soviética. Yo estaba muy interesado en la razón por la que un grupo tan diverso de gente hizo esta peregrinación a Moscú y escribió estos textos tan inspirados  sobre los logros y el futuro de la revolución:  ¿cómo podemos explicar esta exaltación? Ésta era mi pregunta inicial “

Suigiendo  el orden en el que visitaron Moscú, Ryklin toma  en primer lugar al filósofo británico Bertrand Russell, que viajó con una delegación sindical  en 1920, dos años antes de que se constituyera la Unión Soviética. Se reunió y habló con Lenin durante su estancia  y cuando regresó a Gran Bretaña escribió su clásico tratado sobre la Teoría y práctica del bolchevismo.

“Russell compartía el desencanto general con el capitalismo, extendido tras la Primera Guerra Mundial. Estaban enojados y creían que el estado de cosas debía ser modificado radicalmente. Russell admiraba realmente el giro radical que ofrecía Rusia. Escribió que la Revolución Bolchevique podría acabar siendo más importante que la Revolución Francesa y creía que el orden social ruso estaba tan podrido que merecía ser abolido. Lo que no podía aceptar era la violencia. Fue alguien que no creía que  la justicia se pudiera conseguir a través de la violencia, lo cual fue su principal argumento contra el bolchevismo. Russell fue un gran crítico de la religión militarizada y comparó el bolchevismo con el Islam. Como científico, matemático y lógico, Russell podía ver lo que significaba la afirmación de que los revolucionarios estaban siguiendo leyes científicas. Fue uno de los primeros en decir que Lenin era alguien que pretendía ser un científico, que pretendía  actuar de acuerdo con las leyes de la historia, pero, como reconoce Russell, no vio ningún signo de ciencia. Eran, a su juicio,  creyentes, fundamentalistas, fanáticos. Afirma  que hay algo interesante en  su fanatismo, pero no tiene nada que ver con las leyes de la historia , que de todos modos considera subordinada a la ciencia como método de análisis. Desde el principio,  entiende que es un problema de fe y no de ciencia”.

Por su parte,  Walter Benjamin tenía inclinación por  la mística y la especulación histórica.Viajó a Moscú en 1926 en ardiente romance con la revolución.  Pero, al igual que sucede con una historia de amor,  su ardor se enfrió y Benjamin se decepcionó, como queda expuesto  en su Diario de Moscú.

“Quería encontrar un lugar para sí mismo, como periodista o intelectual autónomo. Quiso ser un corresponsal de una revista de Moscú y necesitaba el dinero, porque su familia había perdido su fortuna en la gran inflación alemana de los años veinte.    Sin embargo, el sistema revolucionario era muy rígido, puesto que las exigencias de su compañeros de viaje eran muy elevadas, y el talento que poseía, que le había permitido ser un gran periodista en Alemania,  no era necesario allí. La Revolución quería propagandistas, no intelectuales independientes con sus propias ideas. Poco a poco entendió que no había lugar para su proyecto en Rusia. Se trata de una crisis personal. Su Diario de Moscú es un documento muy ambiguo – vemos la inspiración y vemos  al mismo tiempo la decepción. A pesar de que estaba decepcionado cuando regresó a Alemania, escribió que era necesario hacer este viaje a Moscú  si uno quería comprender a Europa. Cuando volvió a Berlín, declaró que su óptica había a cambiado. He  empezado,  escribió, a ver mi ciudad natal a través de otros ojos, a través de otros espectáculos”.

En contraste con la perspectiva foránea de  Benjamin y Russell, el autor húngaro Arthur Koestler fue un insider,  que se había incorporado al  Partido Comunista alemán en Berlín en 1931. Fue un militante leal y puede incluso que trabajara para la policía secreta rusa, la NKVD. Viajó a la Unión Soviética a principios de 1930, recogiendo de material para un libro. A diferencia de Russell y Benjamin, la desilusión de Koestler con el comunismo no ocurrió mientras estaba en Rusia, sino que llegó más tarde, durante su estancia en España en tiempos de la guerra civil.

“Koestler vio cómo los agentes soviéticos ejecutaban  anarquistas y otros izquierdistas -quedó destrozado por esta experiencia. Dos de sus amigos que vivían en la Unión Soviética fueron arrestados y escribió una carta pidiendo que fueran puestos en libertad. Fueron liberados, pero el hecho de tener dudas sobre los métodos de la policía secreta fue el principio del fin. Entonces dio una conferencia en París, donde denunció la idea comunista de que el Estado debe controlar a su población. Argumentó que la gente debe tener la posibilidad de pensar libremente. Esto era totalmente inaceptable y fue excluido del partido.  El remache fue el pacto nazi-soviético de agosto de 1939 y los expectaculares juicios de destacados ex revolucionarios sobre los que tan mordazmente escribió en su novela Oscuridad al mediodía. Koestler escribe que entiende la naturaleza religiosa de sus convicciones comunistas tras arrepentirse del comunismo. Dice que la condición previa para ser un creyente comunista es verse a sí mismo como no-religioso. Uno entiende el carácter religioso de sus creencias cuando ya no es un creyente. Durante el acto de fe, sin embargo, uno sólo se entiende ayudando a poner en juego la lógica inevitable de la evolución de las leyes de la historia “.

Como contrapunto al apóstata Koestler – que dedicó el resto de su vida a su oposición pública al comunismo – el dramaturgo alemán Bertolt Brecht siguió siendo un compañero de viaje. Ryklin analiza a Brecht para arrojar luz sobre la forma en que el comunismo, como creencia,  era lo suficientemente potente como para cegar a sus defensores ante las incoherencias y las atrocidades del estalinismo. Brecht es un caso de devoción ciega. Aunque sus diarios privados contienen críticas veladas al sistema soviético, siempre fue leal en público. Creía que cualquier sistema que hubiera sido capaz de acabar con el concepto de propiedad privada era superior, por definición, a las democracias burguesas que permitían e incluso alentaban la desigualdad económica. Logró aferrarse a esta fe frente a  los excesos del régimen soviético. Brecht siguió siendo lúgubremente fiel incluso después de que su gran amigo, el traductor Sergei Tretiakov,  fuera detenido en 1937 (se lanzó por las escaleras estando en la cárcel, en un último acto de desafío), y de que Carola Neher, una de sus actrices preferidas, fuera enviada a un campo de trabajo, donde falleció. Fue elogiado en Moscú, y utilizado por los propagandistas siempre que hubo oportunidad. Entre los autores estudiados por Ryklin, Brecht fue el que más adeudaba a la Revolución en términos de impacto en su trabajo. Su estilo y sus perspectivas cambiaron totalmente con la Revolución y, junto con el cineasta Sergei Eisenstein, se convirtió en el primer traductor del espíritu radical de Octubre de 1917 al estilo revolucionario de principios de 1920,  el modernismo.

Aunque Brecht se aferrara a su dogma, como el más ferviente fanático religioso, Ryklin insistente es que hacia 1939 la fase de comunismo religioso  se había agotado. La fe  fue sustituida por el terror. Mientras el estalinismo prosperaba en pompa religiosa – el culto de la imagen,  la adoración oficial de  santuarios como la tumba de Lenin o el desfile del Día de la Revolución son posteriores a la era religiosa- la verdadera devoción del pueblo se convirtió en algo cada vez menos importante. Una de las razones fue que Stalin había sacrificado a los apóstoles originales de la revolución; otra  fue la nueva organización de la sociedad soviética.

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“El estalinismo no se basa en la fe, sino en el control. La igualdad de la primera fase se ha sustituido por una estricta jerarquía de comités, policía secreta, espías. Todo ello diseñado para controlar la sociedad. Stalin tenía una frase para todo eso: vigilancia revolucionaria. Eso significa la condición de la denuncia universal – la  gente perdió la fe en la revolución, en sus vecinos y en ellos mismos “

Para Ryklin, el legado de todo ello sigue siendo fuerte en la Rusia contemporánea. Con la caída de la Unión Soviética, Rusia ha pasado por una reevaluación de su propia historia, con conclusiones sorprendentes y preocupantes.

“Lenin ha perdido toda influencia en la sociedad rusa actual. Ha sido declarado enemigo de la religión, y eso significa que es un enemigo de Rusia, un ateo, una persona peligrosa, un terrorista. A Stalin, por otra parte, se le ve como alguien que nunca estuvo realmente en contra de la Iglesia Ortodoxa. No hay pruebas históricas para ello, sólo el deseo de presentar a Stalin de esta forma. Es ampliamente considerado como el mayor político ruso de la historia, fundamental en la derrota de los nazis, el suceso más importante del siglo XX para los rusos. El pacto se olvida, los asesinatos en masa se despachan como parte del gran proyecto de modernización para la preparación de la guerra, se explican como algo necesario. Lenin se ha ennegrecido, convertido en chivo expiatorio. Stalin ha sido abrillantado”.

Así surge  una nueva forma de creencia  que fusiona el cristianismo ortodoxo con el nacionalismo ruso  y el culto a la personalidad de Stalin. En lugar de una creencia en la superioridad del socialismo, hay un sentimiento de excepcionalidad, una paranoia, un vestigio del estalinismo y  su “denuncia universal”, según la cual se considera a los demás países  como una amenaza. “Son  mitos que muchos millones de rusos creen  hoy”, dice Ryklin. “Creen que el resto del mundo odia a Rusia, porque Rusia es buena y el resto del mundo es malo”.

Publicado en Entrevista, Ideas, Libros, Revistas, Rusia | 1 comentario

 
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