Michail Ryklin, un filósofo ruso afincado en Berlín, publicó el pasado año un volumen titulado El comunismo como religión: Los intelectuales y la Revolución de Octubre (Kommunismus als Religion. Die Intellektuellen und die Oktoberrevolution. Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag, 2008), libro que se centra en el período 1917-1939 y que sostiene que si queremos entender el comunismo es mejor verlo como una forma de religión que como un sistema político ateo. Con este motivo, y dado que es un completo desconocido en el mundo anglosajón, es entrevistado por Caspar Melville para The New Humanist.

Veamos algunas de sus afirmaciones:
“El comunismo ha sido considerado por pensadores como Raymond Aron y algunos autores alemanes como una especie de sustituto de la religión, o una pseudo-religión, tal vez una parodia. Reconocen que tiene un parecido a una religión, pero nada más. Para mi, por otro lado, el comunismo era en realidad una auténtica religión, quizás la más importante del siglo XX”.
Pero ¿ una religión sin dios?
“Sí, es cierto, y es precisamente esta característica la que atrajo a tantos intelectuales. Como habían sido criados en tradiciones monoteístas, muchos de ellos se sintieron atraídos por Rusia tras la Revolución de Octubre porque estaban fascinados por la idea de un país que carecía de eso que llamamos Dios. La revolución fue vista como un acontecimiento que resolvería el rompecabezas de la historia. Pero en el corazón del comunismo hay una paradoja, y es que la renuncia a Dios es el artículo de fe fundacional. En el celo que ponen en la creencia de haberse trasladado más allá del reino de Dios y de la fe, al ámbito de las leyes científicas de la historia, los revolucionarios y sus simpatizantes se revelan precisamente como los verdaderos creyentes.
Y aquí hemos de ser capaces de pensar más allá de las categorías con las que hemos crecido. Por supuesto, existen diferentes definiciones de religión. Ninguna de las monoteístas aceptará la definición del comunismo como religión, porque para ellos la presencia de Dios se encuentra en la raíz de su definición. Pero sólo las religiones del libro – el cristianismo, el judaísmo y el islam-, que comparten un origen común en el Antiguo Testamento, ponen el énfasis en este tipo de Dios. No es lo mismo para los budistas, por ejemplo, para quienes Dios no es importante o es un tema secundario, y esto vale también para otros sistemas religiosos.
Hay una definición científica y sociológica de la religión que es muy diferente. Este punto de vista -que se expresa en la obra de Emile Durkheim y Max Weber, así como en muchos antropólogos- define la religión como una especie de experiencia totalizante, algo por lo que la gente está dispuesta a sacrificarlo todo y que da sentido a sus vidas. Desde esta perspectiva, por supuesto, el comunismo es una religión. Para millones de personas, el sentido de su vida fue definido por el comunismo como un conjunto de creencias. El comunismo era la verdadera religión “.

El libro de Ryklin se centra en los escritos de seis intelectuales europeos – Bertrand Russell, Walter Benjamin, André Gide, Arthur Koestler, Lion Feuchtwanger y Bertolt Brecht – que viajaron a Moscú con sus esperanzas puestas en la revolución. Tomados en conjunto, estos textos constituyen un género propio, denominado “literatura de repatriados” por el teórico francés (y ex profesor de Ryklin) Jacques Derrida. Todos visitaron Moscú entre la Revolución de Octubre y 1939 cuando, sostiene Ryklin, la era religiosa del comunismo soviético expiró, tras la desilusión del pacto de Stalin con Hitler.
“La experiencia de estos escritores fue tan singular y sorprendente que hace de ella un género distintivo. Vemos una especie de peregrinación a la Meca de la revolución, sus percepciones en tiempo real de lo que estaba pasando, así como sus dudas, durante el período anterior a la pérdida de la inocencia y a las grandes decepciones del período totalitario. Después de 1939 no encontramos textos que estén tan religiosamente inspirados en esta experiencia soviética. Yo estaba muy interesado en la razón por la que un grupo tan diverso de gente hizo esta peregrinación a Moscú y escribió estos textos tan inspirados sobre los logros y el futuro de la revolución: ¿cómo podemos explicar esta exaltación? Ésta era mi pregunta inicial “
Suigiendo el orden en el que visitaron Moscú, Ryklin toma en primer lugar al filósofo británico Bertrand Russell, que viajó con una delegación sindical en 1920, dos años antes de que se constituyera la Unión Soviética. Se reunió y habló con Lenin durante su estancia y cuando regresó a Gran Bretaña escribió su clásico tratado sobre la Teoría y práctica del bolchevismo.
“Russell compartía el desencanto general con el capitalismo, extendido tras la Primera Guerra Mundial. Estaban enojados y creían que el estado de cosas debía ser modificado radicalmente. Russell admiraba realmente el giro radical que ofrecía Rusia. Escribió que la Revolución Bolchevique podría acabar siendo más importante que la Revolución Francesa y creía que el orden social ruso estaba tan podrido que merecía ser abolido. Lo que no podía aceptar era la violencia. Fue alguien que no creía que la justicia se pudiera conseguir a través de la violencia, lo cual fue su principal argumento contra el bolchevismo. Russell fue un gran crítico de la religión militarizada y comparó el bolchevismo con el Islam. Como científico, matemático y lógico, Russell podía ver lo que significaba la afirmación de que los revolucionarios estaban siguiendo leyes científicas. Fue uno de los primeros en decir que Lenin era alguien que pretendía ser un científico, que pretendía actuar de acuerdo con las leyes de la historia, pero, como reconoce Russell, no vio ningún signo de ciencia. Eran, a su juicio, creyentes, fundamentalistas, fanáticos. Afirma que hay algo interesante en su fanatismo, pero no tiene nada que ver con las leyes de la historia , que de todos modos considera subordinada a la ciencia como método de análisis. Desde el principio, entiende que es un problema de fe y no de ciencia”.
Por su parte, Walter Benjamin tenía inclinación por la mística y la especulación histórica.Viajó a Moscú en 1926 en ardiente romance con la revolución. Pero, al igual que sucede con una historia de amor, su ardor se enfrió y Benjamin se decepcionó, como queda expuesto en su Diario de Moscú.
“Quería encontrar un lugar para sí mismo, como periodista o intelectual autónomo. Quiso ser un corresponsal de una revista de Moscú y necesitaba el dinero, porque su familia había perdido su fortuna en la gran inflación alemana de los años veinte. Sin embargo, el sistema revolucionario era muy rígido, puesto que las exigencias de su compañeros de viaje eran muy elevadas, y el talento que poseía, que le había permitido ser un gran periodista en Alemania, no era necesario allí. La Revolución quería propagandistas, no intelectuales independientes con sus propias ideas. Poco a poco entendió que no había lugar para su proyecto en Rusia. Se trata de una crisis personal. Su Diario de Moscú es un documento muy ambiguo – vemos la inspiración y vemos al mismo tiempo la decepción. A pesar de que estaba decepcionado cuando regresó a Alemania, escribió que era necesario hacer este viaje a Moscú si uno quería comprender a Europa. Cuando volvió a Berlín, declaró que su óptica había a cambiado. He empezado, escribió, a ver mi ciudad natal a través de otros ojos, a través de otros espectáculos”.
En contraste con la perspectiva foránea de Benjamin y Russell, el autor húngaro Arthur Koestler fue un insider, que se había incorporado al Partido Comunista alemán en Berlín en 1931. Fue un militante leal y puede incluso que trabajara para la policía secreta rusa, la NKVD. Viajó a la Unión Soviética a principios de 1930, recogiendo de material para un libro. A diferencia de Russell y Benjamin, la desilusión de Koestler con el comunismo no ocurrió mientras estaba en Rusia, sino que llegó más tarde, durante su estancia en España en tiempos de la guerra civil.
“Koestler vio cómo los agentes soviéticos ejecutaban anarquistas y otros izquierdistas -quedó destrozado por esta experiencia. Dos de sus amigos que vivían en la Unión Soviética fueron arrestados y escribió una carta pidiendo que fueran puestos en libertad. Fueron liberados, pero el hecho de tener dudas sobre los métodos de la policía secreta fue el principio del fin. Entonces dio una conferencia en París, donde denunció la idea comunista de que el Estado debe controlar a su población. Argumentó que la gente debe tener la posibilidad de pensar libremente. Esto era totalmente inaceptable y fue excluido del partido. El remache fue el pacto nazi-soviético de agosto de 1939 y los expectaculares juicios de destacados ex revolucionarios sobre los que tan mordazmente escribió en su novela Oscuridad al mediodía. Koestler escribe que entiende la naturaleza religiosa de sus convicciones comunistas tras arrepentirse del comunismo. Dice que la condición previa para ser un creyente comunista es verse a sí mismo como no-religioso. Uno entiende el carácter religioso de sus creencias cuando ya no es un creyente. Durante el acto de fe, sin embargo, uno sólo se entiende ayudando a poner en juego la lógica inevitable de la evolución de las leyes de la historia “.
Como contrapunto al apóstata Koestler – que dedicó el resto de su vida a su oposición pública al comunismo – el dramaturgo alemán Bertolt Brecht siguió siendo un compañero de viaje. Ryklin analiza a Brecht para arrojar luz sobre la forma en que el comunismo, como creencia, era lo suficientemente potente como para cegar a sus defensores ante las incoherencias y las atrocidades del estalinismo. Brecht es un caso de devoción ciega. Aunque sus diarios privados contienen críticas veladas al sistema soviético, siempre fue leal en público. Creía que cualquier sistema que hubiera sido capaz de acabar con el concepto de propiedad privada era superior, por definición, a las democracias burguesas que permitían e incluso alentaban la desigualdad económica. Logró aferrarse a esta fe frente a los excesos del régimen soviético. Brecht siguió siendo lúgubremente fiel incluso después de que su gran amigo, el traductor Sergei Tretiakov, fuera detenido en 1937 (se lanzó por las escaleras estando en la cárcel, en un último acto de desafío), y de que Carola Neher, una de sus actrices preferidas, fuera enviada a un campo de trabajo, donde falleció. Fue elogiado en Moscú, y utilizado por los propagandistas siempre que hubo oportunidad. Entre los autores estudiados por Ryklin, Brecht fue el que más adeudaba a la Revolución en términos de impacto en su trabajo. Su estilo y sus perspectivas cambiaron totalmente con la Revolución y, junto con el cineasta Sergei Eisenstein, se convirtió en el primer traductor del espíritu radical de Octubre de 1917 al estilo revolucionario de principios de 1920, el modernismo.
Aunque Brecht se aferrara a su dogma, como el más ferviente fanático religioso, Ryklin insistente es que hacia 1939 la fase de comunismo religioso se había agotado. La fe fue sustituida por el terror. Mientras el estalinismo prosperaba en pompa religiosa – el culto de la imagen, la adoración oficial de santuarios como la tumba de Lenin o el desfile del Día de la Revolución son posteriores a la era religiosa- la verdadera devoción del pueblo se convirtió en algo cada vez menos importante. Una de las razones fue que Stalin había sacrificado a los apóstoles originales de la revolución; otra fue la nueva organización de la sociedad soviética.

“El estalinismo no se basa en la fe, sino en el control. La igualdad de la primera fase se ha sustituido por una estricta jerarquía de comités, policía secreta, espías. Todo ello diseñado para controlar la sociedad. Stalin tenía una frase para todo eso: vigilancia revolucionaria. Eso significa la condición de la denuncia universal – la gente perdió la fe en la revolución, en sus vecinos y en ellos mismos “
Para Ryklin, el legado de todo ello sigue siendo fuerte en la Rusia contemporánea. Con la caída de la Unión Soviética, Rusia ha pasado por una reevaluación de su propia historia, con conclusiones sorprendentes y preocupantes.
“Lenin ha perdido toda influencia en la sociedad rusa actual. Ha sido declarado enemigo de la religión, y eso significa que es un enemigo de Rusia, un ateo, una persona peligrosa, un terrorista. A Stalin, por otra parte, se le ve como alguien que nunca estuvo realmente en contra de la Iglesia Ortodoxa. No hay pruebas históricas para ello, sólo el deseo de presentar a Stalin de esta forma. Es ampliamente considerado como el mayor político ruso de la historia, fundamental en la derrota de los nazis, el suceso más importante del siglo XX para los rusos. El pacto se olvida, los asesinatos en masa se despachan como parte del gran proyecto de modernización para la preparación de la guerra, se explican como algo necesario. Lenin se ha ennegrecido, convertido en chivo expiatorio. Stalin ha sido abrillantado”.
Así surge una nueva forma de creencia que fusiona el cristianismo ortodoxo con el nacionalismo ruso y el culto a la personalidad de Stalin. En lugar de una creencia en la superioridad del socialismo, hay un sentimiento de excepcionalidad, una paranoia, un vestigio del estalinismo y su “denuncia universal”, según la cual se considera a los demás países como una amenaza. “Son mitos que muchos millones de rusos creen hoy”, dice Ryklin. “Creen que el resto del mundo odia a Rusia, porque Rusia es buena y el resto del mundo es malo”.



El amigo Bykov, satisfecho
Kabakov