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El comunismo como religión. Los intelectuales y la Revolución de Octubre

Publicado por Anaclet Pons en Abril 21, 2009

Michail Ryklin, un filósofo ruso afincado en Berlín, publicó el pasado año un volumen titulado El comunismo como religión: Los intelectuales y la Revolución de Octubre (Kommunismus als Religion. Die Intellektuellen und die Oktoberrevolution. Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag,  2008), libro que se centra en el período 1917-1939 y que sostiene que  si queremos entender el comunismo es mejor verlo como una forma de religión que como un sistema político ateo.   Con este motivo, y dado que es un completo desconocido en el mundo anglosajón, es entrevistado por Caspar Melville para The New Humanist.

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Veamos algunas de sus afirmaciones:

“El comunismo ha sido considerado por pensadores como Raymond Aron y algunos autores alemanes como una especie de sustituto de la religión, o una pseudo-religión, tal vez una parodia. Reconocen que tiene un parecido a una religión, pero nada más. Para mi, por otro lado,  el comunismo era en realidad una auténtica religión, quizás la más importante del siglo XX”.

Pero ¿ una religión sin dios?

“Sí, es cierto, y es precisamente esta característica la que atrajo a tantos intelectuales. Como habían sido criados en tradiciones monoteístas, muchos de ellos se sintieron atraídos por  Rusia tras la Revolución de Octubre porque estaban fascinados por la idea de un país que carecía de eso que llamamos Dios. La revolución fue vista como un acontecimiento que resolvería el rompecabezas de la historia. Pero en el corazón del comunismo hay  una paradoja, y es que la renuncia a Dios es el artículo de fe fundacional.  En el celo que ponen en la  creencia de haberse trasladado más allá del reino de Dios y de la fe, al ámbito de las leyes científicas de la historia, los revolucionarios y sus simpatizantes se revelan precisamente como  los verdaderos creyentes.

Y aquí hemos de ser capaces de pensar más allá de las categorías con las que hemos crecido. Por supuesto, existen diferentes definiciones de religión. Ninguna de las monoteístas aceptará la definición del comunismo como religión, porque para ellos la presencia de Dios se encuentra en la raíz de su definición. Pero  sólo las religiones del libro – el cristianismo, el judaísmo y el islam-, que comparten un origen común en el Antiguo Testamento,  ponen el énfasis en este tipo de Dios. No es lo mismo para los budistas, por ejemplo, para quienes Dios no es importante o es un tema secundario, y esto vale también para otros sistemas religiosos.

Hay una definición científica y sociológica de la religión que es muy diferente. Este punto de vista -que se expresa en la obra de Emile Durkheim y Max Weber, así como en muchos antropólogos- define la religión como una especie de experiencia totalizante, algo por lo que la gente está dispuesta a sacrificarlo todo y que da sentido a sus vidas. Desde esta perspectiva, por supuesto, el comunismo es una religión. Para millones de personas, el sentido de su vida fue definido por el comunismo como un conjunto de creencias. El comunismo era la verdadera religión “.

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El libro de Ryklin   se centra en los escritos de seis intelectuales europeos – Bertrand Russell, Walter Benjamin, André Gide, Arthur Koestler, Lion Feuchtwanger y Bertolt Brecht – que viajaron a Moscú con sus esperanzas puestas en la revolución. Tomados en conjunto, estos textos constituyen un género propio, denominado “literatura de repatriados” por el teórico francés (y ex profesor de Ryklin) Jacques Derrida. Todos visitaron Moscú entre la Revolución de Octubre  y 1939  cuando, sostiene Ryklin,  la era religiosa  del comunismo soviético expiró, tras la desilusión del pacto de Stalin con Hitler.

“La experiencia de estos escritores fue tan singular y  sorprendente  que hace de ella un género distintivo. Vemos una especie de peregrinación a la Meca de la revolución, sus percepciones en tiempo real de lo que estaba pasando, así como sus dudas, durante el período anterior a la pérdida de la inocencia y a las grandes decepciones del período totalitario. Después de 1939 no encontramos textos que estén tan religiosamente inspirados en esta experiencia soviética. Yo estaba muy interesado en la razón por la que un grupo tan diverso de gente hizo esta peregrinación a Moscú y escribió estos textos tan inspirados  sobre los logros y el futuro de la revolución:  ¿cómo podemos explicar esta exaltación? Ésta era mi pregunta inicial “

Suigiendo  el orden en el que visitaron Moscú, Ryklin toma  en primer lugar al filósofo británico Bertrand Russell, que viajó con una delegación sindical  en 1920, dos años antes de que se constituyera la Unión Soviética. Se reunió y habló con Lenin durante su estancia  y cuando regresó a Gran Bretaña escribió su clásico tratado sobre la Teoría y práctica del bolchevismo.

“Russell compartía el desencanto general con el capitalismo, extendido tras la Primera Guerra Mundial. Estaban enojados y creían que el estado de cosas debía ser modificado radicalmente. Russell admiraba realmente el giro radical que ofrecía Rusia. Escribió que la Revolución Bolchevique podría acabar siendo más importante que la Revolución Francesa y creía que el orden social ruso estaba tan podrido que merecía ser abolido. Lo que no podía aceptar era la violencia. Fue alguien que no creía que  la justicia se pudiera conseguir a través de la violencia, lo cual fue su principal argumento contra el bolchevismo. Russell fue un gran crítico de la religión militarizada y comparó el bolchevismo con el Islam. Como científico, matemático y lógico, Russell podía ver lo que significaba la afirmación de que los revolucionarios estaban siguiendo leyes científicas. Fue uno de los primeros en decir que Lenin era alguien que pretendía ser un científico, que pretendía  actuar de acuerdo con las leyes de la historia, pero, como reconoce Russell, no vio ningún signo de ciencia. Eran, a su juicio,  creyentes, fundamentalistas, fanáticos. Afirma  que hay algo interesante en  su fanatismo, pero no tiene nada que ver con las leyes de la historia , que de todos modos considera subordinada a la ciencia como método de análisis. Desde el principio,  entiende que es un problema de fe y no de ciencia”.

Por su parte,  Walter Benjamin tenía inclinación por  la mística y la especulación histórica.Viajó a Moscú en 1926 en ardiente romance con la revolución.  Pero, al igual que sucede con una historia de amor,  su ardor se enfrió y Benjamin se decepcionó, como queda expuesto  en su Diario de Moscú.

“Quería encontrar un lugar para sí mismo, como periodista o intelectual autónomo. Quiso ser un corresponsal de una revista de Moscú y necesitaba el dinero, porque su familia había perdido su fortuna en la gran inflación alemana de los años veinte.    Sin embargo, el sistema revolucionario era muy rígido, puesto que las exigencias de su compañeros de viaje eran muy elevadas, y el talento que poseía, que le había permitido ser un gran periodista en Alemania,  no era necesario allí. La Revolución quería propagandistas, no intelectuales independientes con sus propias ideas. Poco a poco entendió que no había lugar para su proyecto en Rusia. Se trata de una crisis personal. Su Diario de Moscú es un documento muy ambiguo – vemos la inspiración y vemos  al mismo tiempo la decepción. A pesar de que estaba decepcionado cuando regresó a Alemania, escribió que era necesario hacer este viaje a Moscú  si uno quería comprender a Europa. Cuando volvió a Berlín, declaró que su óptica había a cambiado. He  empezado,  escribió, a ver mi ciudad natal a través de otros ojos, a través de otros espectáculos”.

En contraste con la perspectiva foránea de  Benjamin y Russell, el autor húngaro Arthur Koestler fue un insider,  que se había incorporado al  Partido Comunista alemán en Berlín en 1931. Fue un militante leal y puede incluso que trabajara para la policía secreta rusa, la NKVD. Viajó a la Unión Soviética a principios de 1930, recogiendo de material para un libro. A diferencia de Russell y Benjamin, la desilusión de Koestler con el comunismo no ocurrió mientras estaba en Rusia, sino que llegó más tarde, durante su estancia en España en tiempos de la guerra civil.

“Koestler vio cómo los agentes soviéticos ejecutaban  anarquistas y otros izquierdistas -quedó destrozado por esta experiencia. Dos de sus amigos que vivían en la Unión Soviética fueron arrestados y escribió una carta pidiendo que fueran puestos en libertad. Fueron liberados, pero el hecho de tener dudas sobre los métodos de la policía secreta fue el principio del fin. Entonces dio una conferencia en París, donde denunció la idea comunista de que el Estado debe controlar a su población. Argumentó que la gente debe tener la posibilidad de pensar libremente. Esto era totalmente inaceptable y fue excluido del partido.  El remache fue el pacto nazi-soviético de agosto de 1939 y los expectaculares juicios de destacados ex revolucionarios sobre los que tan mordazmente escribió en su novela Oscuridad al mediodía. Koestler escribe que entiende la naturaleza religiosa de sus convicciones comunistas tras arrepentirse del comunismo. Dice que la condición previa para ser un creyente comunista es verse a sí mismo como no-religioso. Uno entiende el carácter religioso de sus creencias cuando ya no es un creyente. Durante el acto de fe, sin embargo, uno sólo se entiende ayudando a poner en juego la lógica inevitable de la evolución de las leyes de la historia “.

Como contrapunto al apóstata Koestler – que dedicó el resto de su vida a su oposición pública al comunismo – el dramaturgo alemán Bertolt Brecht siguió siendo un compañero de viaje. Ryklin analiza a Brecht para arrojar luz sobre la forma en que el comunismo, como creencia,  era lo suficientemente potente como para cegar a sus defensores ante las incoherencias y las atrocidades del estalinismo. Brecht es un caso de devoción ciega. Aunque sus diarios privados contienen críticas veladas al sistema soviético, siempre fue leal en público. Creía que cualquier sistema que hubiera sido capaz de acabar con el concepto de propiedad privada era superior, por definición, a las democracias burguesas que permitían e incluso alentaban la desigualdad económica. Logró aferrarse a esta fe frente a  los excesos del régimen soviético. Brecht siguió siendo lúgubremente fiel incluso después de que su gran amigo, el traductor Sergei Tretiakov,  fuera detenido en 1937 (se lanzó por las escaleras estando en la cárcel, en un último acto de desafío), y de que Carola Neher, una de sus actrices preferidas, fuera enviada a un campo de trabajo, donde falleció. Fue elogiado en Moscú, y utilizado por los propagandistas siempre que hubo oportunidad. Entre los autores estudiados por Ryklin, Brecht fue el que más adeudaba a la Revolución en términos de impacto en su trabajo. Su estilo y sus perspectivas cambiaron totalmente con la Revolución y, junto con el cineasta Sergei Eisenstein, se convirtió en el primer traductor del espíritu radical de Octubre de 1917 al estilo revolucionario de principios de 1920,  el modernismo.

Aunque Brecht se aferrara a su dogma, como el más ferviente fanático religioso, Ryklin insistente es que hacia 1939 la fase de comunismo religioso  se había agotado. La fe  fue sustituida por el terror. Mientras el estalinismo prosperaba en pompa religiosa – el culto de la imagen,  la adoración oficial de  santuarios como la tumba de Lenin o el desfile del Día de la Revolución son posteriores a la era religiosa- la verdadera devoción del pueblo se convirtió en algo cada vez menos importante. Una de las razones fue que Stalin había sacrificado a los apóstoles originales de la revolución; otra  fue la nueva organización de la sociedad soviética.

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“El estalinismo no se basa en la fe, sino en el control. La igualdad de la primera fase se ha sustituido por una estricta jerarquía de comités, policía secreta, espías. Todo ello diseñado para controlar la sociedad. Stalin tenía una frase para todo eso: vigilancia revolucionaria. Eso significa la condición de la denuncia universal – la  gente perdió la fe en la revolución, en sus vecinos y en ellos mismos “

Para Ryklin, el legado de todo ello sigue siendo fuerte en la Rusia contemporánea. Con la caída de la Unión Soviética, Rusia ha pasado por una reevaluación de su propia historia, con conclusiones sorprendentes y preocupantes.

“Lenin ha perdido toda influencia en la sociedad rusa actual. Ha sido declarado enemigo de la religión, y eso significa que es un enemigo de Rusia, un ateo, una persona peligrosa, un terrorista. A Stalin, por otra parte, se le ve como alguien que nunca estuvo realmente en contra de la Iglesia Ortodoxa. No hay pruebas históricas para ello, sólo el deseo de presentar a Stalin de esta forma. Es ampliamente considerado como el mayor político ruso de la historia, fundamental en la derrota de los nazis, el suceso más importante del siglo XX para los rusos. El pacto se olvida, los asesinatos en masa se despachan como parte del gran proyecto de modernización para la preparación de la guerra, se explican como algo necesario. Lenin se ha ennegrecido, convertido en chivo expiatorio. Stalin ha sido abrillantado”.

Así surge  una nueva forma de creencia  que fusiona el cristianismo ortodoxo con el nacionalismo ruso  y el culto a la personalidad de Stalin. En lugar de una creencia en la superioridad del socialismo, hay un sentimiento de excepcionalidad, una paranoia, un vestigio del estalinismo y  su “denuncia universal”, según la cual se considera a los demás países  como una amenaza. “Son  mitos que muchos millones de rusos creen  hoy”, dice Ryklin. “Creen que el resto del mundo odia a Rusia, porque Rusia es buena y el resto del mundo es malo”.

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Un paseo por las Rusias

Publicado por Anaclet Pons en Abril 28, 2007

Tras seguir la ruta de los blogs, volvemos a nuestras habituales andadas…

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A finales de pasado mes de enero, Perry Anderson publicó un texto sobre la situación en Rusia en la London Review of Books (vol. 29, núm. 2). El ensayo era interesante, en la senda de los escritos de este veterano pensador,  y creo que aún podrán recuperarlo en la página de la citada revista.  Tras un acerado análisis lo que está sucediendo en aquel extenso país, nuestro autor llegaba a la conclusión de que la escena cultural rusa está  caracterizada por la fragmentación y la desconexión, hasta un punto jamás visto en el pasado.  Esa realidad tendría su corolario (o su causa) en la situación padecida por la edición impresa. El derrumbamiento del sistema centralizado de   distribución de  libros y de  periódicos que existió en época  soviética  habría  creado un sinfín de dificultades para los editores independientes, dejando todo lo que no sea  Moscú y   San Petersburgo en manos de   cuatro o cinco   grandes firmas  comerciales que   publican sobre todo basura y que, como en otros lares,  pugnan por los sabrosos contratos estatales de los libros de texto. 

En ese panorama, decía Perry Anderson, la empresa literaria más significativa de los últimos tiempos sería   Novoe Literaturnoe Obozrenie (Nuevo Observador Literario), un proyecto iniciado en  1992 que se ha convertido en la principal revista del país entre las de su género,  además de contar con un pequeño sello editorial que saca al mercado alrededor de 75    títulos al año, centrados en el ámbito de las humanidades. El grupo fue fundado y está dirigido por Irina Prokhorova, hermana de uno de los nuevos magnates rusos (cotillego blog: resulta ser hermana del socio del conocido potentado Vladimir   Potanin, cabeza visible  del conglomerado del níquel que responde al nombre de la ciudad siberiana de Norilsk).  

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Más allá de la curiosidad, Anderson también señalaba que la empresa de Irina Prokhorova incluye una revista político-cultural  titulada  Neprikosnovennij Zapas (‘Emergency Supplies’) o NZ para los amigos, la cual ofrece un foro para la discusión intelectual  y, además,  acaba de lanzar –un  signo de los tiempos, añadía Anderson- una fastuosa publicación dedicada a la “fashion theory” (en realidad, les aclaro, es la Fashion Theory: Dress, Body and Culture, versión rusa de otra británica). En cualquier caso, se trataría  del intento más coherente por recuperar la época dorada de otros tiempos y, como tal,  se podría contemplar  como un modesto oasis de   reflexión en una escena cada vez más filistea. Desde luego, hay otras cosas, muchas de ellas a la izquierda de ese enclave liberal. Ponía  Anderson como conspicuo ejemplo la librería Falansterio, de obvias resonancias fourieristas, en pleno centro del nuevo y rimbombante Moscú, a poca distancia de los lujosos almacenes de la calle   Tverskaya (antes Gorky).  Allí, en una travesía lateral, puede uno encontrar en lugar destacado, junto a todo tipo de literatura seria, pósteres de Chávez, traducciones del Che, biografías de Bakunin y la trilogía de Isaac Deutscher sobre  Trotsky.           

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Cito lo anterior, que tenía archivado en mi paupérrima memoria, porque mira por tú por dónde la mencionada Neprikosnovennij Zapas acaba de cumplir estos días 50 números y para tal efeméride  ha salido al encuentro de su público con un ejemplar titulado “Nuevo Régimen: 1998-2006”, es decir, nos muestra la era Putin desde varios ángulos (político, cultural  y económico). 

Hay, por ejemplo, un apartado dedicado a la  nation building,  donde  Irina y Svyatoslav Kaspe (analistas del Russian Public Policy Center) analizan los intentos por  formular una idea nacional en la sociedad   post-Sovieta, mientras que  Boris Dubin (sociólogo del   All-Russian Centre for the Study of Public Opinion) se dedica a estudiar   la manera en la que esos intentos han sido percibidos en la conciencia pública.  Vyacheslav Morozov (de la St. Petersburg State University), por su parte,    crítica la idea de   “democracia soberana” — la combinación de   responsabilidad presidencial e independencia nacional — como “reaccionaria” y “restauracionista”, mientras  el politólogo y experto en cuestiones electorales Aleksandr Kynev precisa  los cambios radicales que ha sufrido el sistema electoral y los efectos que éstos tienen en la política regional. Fedor Lukyanov (editor de la revista  Russia in Global Policy) rechaza la idea de que el “imperialismo” de Putin difiera substancialmente de la política exterior desarrollada por  Yeltsin en los   90, mientras que Sergei Markedonov (del moscovita Institute for Political and Military Analysis) señala que la pretensión de Rusia de convertirse en una superpotencia no es más que  “una misión sin propósito”.

En la sección de economía, Yevgeny Saburov (ex-alto cargo y director, entre otras muchas cosas,  del Institute for Investment Problems)  ridiculiza a los jóvenes economistas que ven en el libre mercado la garantía de todo y que, al mismo tiempo, idealizan   el régimen soviético. No tienen  ni idea, dice Saburov, porque desconocen cuál era la  principal   característica   de la economía soviética: la escasez. Asimismo, Leonid Kosals (profesor de sociología económica en la Higher School of Economics de Moscú)  insiste en que discutir sobre la escena económica de la  Rusia contemporánea no es posible si se pasa por alto   la continuidad con el modelo de capitalismo   de los   90 (el clan capitalism). En cuanto a los temas culturales,    Dmitri Travin (profesor y redactor habitual en la prensa) rastrea el auge de los comentaristas  mediáticos en la era post-Sovieta, y  Andrei Levkin (periodista con diversas iniciativas a sus espaldas) obtiene algunas sorprendentes conclusiones   sobre los orígenes de la autocensura   en la prensa rusa. Para concluir,  Mikhail Gabovich, antiguo editor de la revista, contesta a la crítica de la distinguida historiadora Dina Khapaeva sobre la edición especial que NZ dedicó a la Segunda Guerra Mundial y en la que se   reproducía (¿inconscientemente?)  el mito de la gran guerra patriótica. 

Pues eso, que nunca es tarde para aprender las lenguas eslavas

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El gran libro ruso

Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 3, 2006

Mal empezamos. Era de esperar que estos comentarios interesaran a muy pocos lectores o transeúntes, pero no imaginaba que uno de esos escasos parroquianos decidiera tergiversar mis indicaciones, y menos aún que lo hiciera de modo imperativo y desconsiderado. Para que sean testigos de su actitud les transcribo parte del correo: “…es fácil concluir que esto va a ser un tostón o una tomadura de pelo, pues lo único que va a hacer es copiar lo que publican los periódicos. Va usted de listillo, pero  es un simple pedante. Ya que sabe y lee tanto, ¿por qué no nos dice algo de Rusia?…” 

Permítanme que responda públicamente. En primer lugar, sugiero a este lector (y a cualquier  otro  posible) que en adelante modere sus opiniones y que, en cualquier caso, las incluya en un post, que no use mi correo particular.  En segundo término, le diré que creo haber escrito “sugerencias”. Es decir, estoy abierto a cualquier discusión razonable sobre qué cosas podemos tratar, pero esto no es un programa radiofónico tipo “La petición del oyente” o “Música mientras trabaja”.  Finalmente, he de reconocer que mi relación con los idiomas es tortuosa. Si ya me es harto difícil codearme con algunas grandes lenguas europeas, mi trato con el alemán  o el ruso, por citar sólo dos,  es sencillamente inexistente. Por esta razón se entenderá que poco o nada pueda decir sobre lo que acaece en aquellas tierras.

Aún así, y en aras de no decepcionar a quienes se acerquen, me he puesto a ello (con algo de trampa). Advertencia:  lo que sigue no es lo que desearía como tono habitual de estas entradas. Además, como reparación, les anuncio que tengo casi listos un texto sobre el historiador Carlo Ginzburg y otro sobre el género biográfico. Espero que ambas elecciones compensen el despropósito de hoy.

El gran libro ruso

 El amigo Bykov, satisfecho

La noticia en cuestión no ha sido portada en ningún sitio y tampoco ha provocado revuelo. El pasado 23 de noviembre, tal como distribuyó la agencia rusa Novisti, se fallaron los primeros galardones de un nuevo premio literario. Se denomina Bolshaya Kniga (algo así como “el gran libro”) y gratifica a los mejores volúmenes del año. Lo promueve el gobierno y, al parecer, lo financian los llamados nuevos oligarcas. La ceremonia, muy informal,  estuvo conducida por Fekla Tolstaya, una conocida presentadora de televisión emparentada para nuestro infortunio con el gran maestro Tosltoi. Un nutrido y ágil jurado, compuesto por un   total de 97 personas, declaró que el ganador era Dmitry Bykov, un prolífico escritor (periodista, ensayista y novelista) que se llevó 3 millones de rublos (unos 87.000 euros)  por su biografía de casi novecientas páginas sobre Boris Pasternak. La consolación fue  para Mijaíl Shishkin (en torno a los 29.000) y entre uno y otro se situó    Alexander Kabakov  (algo más de 43.000), que creo que es el único que ha llegado al mercado español (Sin retorno, Ediciones Libertarias, 1990).

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Estoy convencido de que, como es mi caso,  estos nombres poco les dirán y no debe extrañar, pues la literatura rusa es poco conocida en el Occidente europeo. El ganador, por ejemplo, sólo parece haber conseguido cierto eco en Francia y de, hecho, fue uno de los invitados a la 25 edición del salón del libro de París que se celebró el pasado año 2005. Además, allí se ha  publicado no hace mucho su volumen La justificación, una novela sobre el pasado estalinista aparecida en 2001 y de gran éxito en Rusia.  Pero, y he aquí una cierta curiosidad, al leer ese teletipo recordé que hace unos meses el suplemento Babelia dedicó unas páginas a la nueva literatura rusa. Y, ¿a quién dirán ustedes que entrevistaban? Pues a a Kabakov y a Shiskin, acompañados de Pável Krusánov y  Yevgueni Popov. Sólo faltaba  Bykov. Los interesados tendrán que tirar de hemeroteca.

Poco más puedo decir, obligado como estoy por las circunstancias descritas. Acaso que los promotores pregonan que la  gratificación ofrecida es la segunda en importancia tras el Nobel. Desde luego,   poco saben estos amigos cómo nos las gastamos por estos pagos. Si no ando desencaminado, el Planeta debe estar por los 600 mil euros entre unas cosas y otras.

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