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Las fronteras del Oriente Próximo

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 6, 2009

El último número de la revista Vingtième Siècle (núm. 103, julio-septiembre, 2009) vuelve sobre la Declaración Balfour y los acuerdos Sykes-Picot, es decir, sobre los pactos que previeron el establecimiento de un hogar judío en Palestina y el reparto de los territorios árabes del Imperio Otomano entre Francia y Gran Bretaña.

Vingtieme siecle

¿Por qué retomar este objeto? En primer lugar, señalan, porque merece ser considerado como un  pieza histórica en sí misma, aprehendida en su totalidad y en su coherencia. Se trata de ofrecer una perspectiva comparada, sin borrar las particularidades ni las circunstancias nacionales o históricas, que permita identificar una serie de líneas maestras,  un juego de ecos y espejos, en una zona que suele considerarse como irreductiblemente fragmentada, dividida en muchas “comunidades”,  “crisis” y “problemas” … Esta fragmentación es un obstáculo para una verdadera comprensión de los fenómenos históricos, aunque se explica tanto por la complejidad de los problemas y de las tierras como por la barrera del idioma y la violencia de los conflictos ideológicos que atraviesan este espacio.

En segundo lugar, parece deseable a principios del siglo XXI  tomar nota de los actuales procesos de reformulación y reconfiguración de las indentificaciones nacionales en la región, intentando iluminarlos desde la disciplina histórica específica. Este debate tiene por objeto destacar la génesis del proceso de identificación nacional, su plasticidad, su capacidad para adaptarse a las circunstancias históricas, su evolución reciente, todo ello  en el contexto de una crisis generalizada de los grandes consensos nacionales. Más allá de las discusiones semánticas, al decidirse por “identificaciones” en lugar de “identidades”, la revista  propone una determinada aproximación a los fenómenos identitarios, lejos de categorizaciones simplistas y unívocas, lejos de reconstrucciones a posteriori.

Por último, para responder a este desafío de una evaluación general, pero contextualizada,  del proceso de identificación en Oriente Próximo, el largo plazo  parece especialmente relevante. Con esta perspectiva es posible entender tanto las raíces de los grandes paradigmas ideológicos actuales como sus muchos cambios, en el pasado y ahora mismo.

El volumen se divide en tres partes: “Proche-Orient : foyers, frontières et fractures”. La primera trata de analizar las estructuras esenciales de las utopías panarabistas, sionistas y turco-otomanas. La última estudia las líneas de fracturas internas que atraviesan las distintas sociedades locales, considerando la complejidad de los distintos procesos de identificación y su historicidad. Es decir, la combinación de identidades religiosas, nacionales, locales, lingüísticas, generacionales o sexuales, así como sus configuraciones episódicas en el contexto de lo que han sido los grandes acontecimientos internacionales. En cuanto al segundo aspecto, el de las fronteras, la revista aborda la construcción histórica de las fronteras interestatales, centrándose  en su movilidad, su elasticidad y en los itinerarios de los exiliados, inmigrantes o refugiados que las cruzaron y las cruzan desde principios de siglo. Al situar la importancia del territorio en el centro de la reflexióny privilegiar en última instancia  una historia social de las zonas fronterizas y de sus habitantes, los diversos artículos tratan de ir más allá de la abstracción geopolítica  para restaurar estas zonas de contacto en todo su espesor y densidad históricas.

Philippe Bourmaud, por ejemplo, trabaja sobre las fronteras de los Estados postotomanos,  estudiando las divisiones territoriales y el establecimiento de diferentes códigos de nacionalidad durante la década de 1920, pero también las nuevas articulaciones entre derecho de sangre y derecho de suelo y sus  consecuencias en términos del derecho de los refugiados. Esta historia secular de las categorías de nacionales, particularmente significativa en el caso de los palestinos desplazados después de 1948, permite al autor reflexionar sobre el proceso de exclusión, la discriminación y la situación de apátridad que se han ido desarrollando gradualmente en la región . Jean-David Mizrahi investiga los confines sirio-transjordanos  desde finales del siglo XIX hasta el inicio de los Mandatos, para señalar el paso de una “región fronteriza” a una “línea fronteriza”, un cambio cargado de consecuencias para la las poblaciones locales. Siguiendo  paso a paso las trayectorias de las familias en el exilio, de los bandoleros, los campesinos o trabajadores, muestra que la mezcla de personas, en toda su fluidez  identitaria, ayudó a producir una “nación árabe” vivida y habitada, probablemente más segura y duradera que los discursos políticos. Benjamin Thomas White y Seda Altuğ analizan  el proceso de fabricación y consolidación de la frontera turco-siria en los años 1920 y 1930, desde ambos lados de la línea de demarcación territorial,  dialogando directamente con Jean-David Mizrahi: lejos de ser una aproximación diplomática y geopolítica de los dispositivos fronterizoa , destacan la articulación de los discursos  sobre “la inseguridad fronteriza” y el fortalecimiento de los aparatos estatales. Por otra parte,  subrayan que, desde la parte siria, la potencia mandataria francesa toma la frontera más como un  limes imperial situado en el borde de su dominio colonial que como una frontera para la futura Siria independiente. Finalment,  Jihane Sfeir revisa una de las fronteras más emblemáticas de la región, la que desde 1948 separa el Líbano de Israel, que antes de 1948 era una zona de intenso contacto entre las gentes del sur del Líbano y las de la Palestina del Mandato. Estudiando el periodo 1943-1958, el paso de una frontera abierta y porosa a una barrera militar destinada a ser hermética e impenetrable, examina el impacto de los nuevos dispositivos fronterizos sobre las identidades libanesa y palestina, que surgen como mirándose en un espejo.

construcción histórica de las fronteras entre los Estados en el Oriente Medio, centrándose de nuevo en su movilidad, su elasticidad y las rutas de los exiliados, inmigrantes o refugiados que cruzaron y Criss desde principios de siglo. Al situar la importancia del territorio en el centro de la reflexión, poniéndose de pie más cerca del terreno y del terreno, muy a menudo ignorada por la historia de las relaciones internacionales, centrándose en última instancia, una historia social de las zonas fronterizas y de sus habitantes Los diversos artículos tratan de deconstruir la visión de una línea divisoria vacío de hombres, considerada como una mera abstracción geopolítica, para restaurar estas zonas de contacto en todo su espesor y densidad en toda su historia.
Al trabajar en el establecimiento de fronteras en los Estados postottomans Philippe Bourmaud estudio de las divisiones territoriales y el establecimiento de códigos de diferentes nacionalidades durante la década de 1920, pero nuevos vínculos entre el jus sanguinis y jus soli y consecuencias en términos de derecho de los refugiados. Esta siglos de historia antigua de las categorías de nacionales, particularmente rigurosa en el caso de los palestinos desplazados después de 1948, permite al autor para reflexionar sobre el proceso de exclusión, la discriminación y la apatridia que se había desarrollado gradualmente en la región .
Jean-David investigación Mizrahi, por su parte en la frontera con Siria Transjordania de finales del siglo 19 hasta el comienzo de las órdenes, para destacar la aprobación de una “región fronteriza” a una “línea de frontera”, cargado de consecuencias para la las poblaciones locales. Al seguir paso a paso, las trayectorias de las familias en el exilio, los bandoleros, campesinos o trabajadores, muestra que la mezcla de hombres en toda su fluidez de la identidad, ayudó a producir una “nación árabe” vivida y habitada, probablemente más seguro y más duradero que los discursos políticos.
Al analizar el proceso y la consolidación de la frontera turco-siria en los años 1920 y 1930, los dos lados de la línea de demarcación territorial, Benjamin Thomas White y Seda Altuğ interactuar directamente con Jean-David Mizrahi: lejos de ser una se acercan los dispositivos de la frontera diplomática y geopolítica, destacan las intervenciones de conjunto sobre “la inseguridad fronteriza y el fortalecimiento del aparato estatal, subrayando que la parte siria, la potencia mandataria francesa aprehende especialmente frontera como una lima imperial en el borde de su dominio colonial, y no como una frontera para el futuro independiente de Siria.
Jihane Sfeir finalmente regresó a una de las fronteras más emblemáticos de la región que desde 1948 entre el Líbano e Israel, que antes de 1948 era una zona de intenso contacto entre las personas del sur del Líbano y los de la Palestina del Mandato. Al estudiar el periodo 1943-1958, el paso de una frontera abierta y porosa en una barrera militar destinado a ser hermético e impenetrable, se examina el impacto de la nueva frontera dispositivos de la identidad libanesa y palestina, que están surgiendo, así como espejo.
Detectar idioma—afrikaansalbanésalemánárabebelarusobúlgarocatalánchecochinocoreanocroatadanéseslovacoeslovenoespañolestoniofinlandésfrancésgalésgallegogriegohebreohindiholandéshúngaroindonesioinglésirlandésislandésitalianojaponésletónlituanomacedoniomalayomaltésnoruegopersapolacoportuguésrumanorusoserbiosuajilisuecotagalotailandésturcoucranianovietnamitayiddish > español—afrikaansalbanésalemánárabebelarusobúlgarocatalánchecochino (simplificado)chino (tradicional)coreanocroatadanéseslovacoeslovenoespañolestoniofinlandésfrancésgalésgallegogriegohebreohindiholandéshúngaroindonesioinglésirlandésislandésitalianojaponésletónlituanomacedoniomalayomaltésnoruegopersapolacoportuguésrumanorusoserbiosuajilisuecotagalotailandésturcoucranianovietnamitayiddish cambiar

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El gesto y su historia

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 23, 2009

Escribíamos hace semanas sobre un volumen que estudiaba el significado de un célebre gesto: El saludo hitleriano. Curiosamente, la revista Past & Present acaba de presentar el cuarto suplemento al volumen 203 con un título muy cercano: The Politics of Gesture.

politics of gesture

Michael J. Braddick, profesor en Sheffield, se encarga de la introducción, de la que mostraremos los primeros párrafos.

Lo que hay en el centro de ese asunto académico que llamamos “descripción densa”  es el sentido ambiguo de un movimiento físico: un muchacho  que contrae  “rápidamente el párpado del ojo derecho”. Una simple observación (se dice) no revelará el significado de esa señal  -un tic, un guiño o una parodia de un guiño de complicidad  podrían parecer lo mismo. Sólo un análisis etnográfico revelará el significado o los significados de este movimiento a los que lo contemplan (Geertz).  Por supuesto, el tipo de análisis etnográfico al que invita este punto de partida es imposible para casi todos los historiadores, pero la idea ha sido influyente, sobre todo en la lectura de textos. Por ejemplo, Darnton utiliza un planteamiento metodológico similar en su célebre ensayo sobre la matanza de gatos en París en la década de 1730: “Cuando te das cuenta de que no estás captando algo –una broma, un proverbio, una ceremonia– que es particularmente significativo para los nativos, puedes ver por dónde adentrarte en un sistema extraño de sentido con el fin de desentrañarlo ‘.  El significado no explícito o tácito de la acción o expresión es lo que le revela el marco cultural al observador, o bien  un análisis cercano de lo explícito revela la fundamentos conceptuales que hacen que parezca posible, o natural, para los participantes. Aquí hay, tal vez, una conexión con la escuela de Cambridge de la historia intelectual, informada por los escritos de Austin sobre los actos de habla y la intención de recuperar la “fuerza ilocutoria” de los textos, en particular a través de una completa contextualización, que incluya una atención a lo no dicho o a la particular elección que se realiza de entre los medios de expresión disponibles . La tantas veces señalada  convergencia de la historia social, política y cultural tiene como preocupación central la importancia de lo implícito y tácito para la comprensión de lo que estaba pasando y de lo que significaba para los participantes. La comunicación no verbal en los encuentros cara a cara es crucial para esta empresa, y este volumen explora hasta qué punto los historiadores podrían beneficiarse entrando en ese terreno.

El deseo de abrir una  historia cultural nos impulsa hacia lo tácito, lo no dicho y lo  comunicado físicamente. Maneras, comportamientos y gestos delimitan espacios y tiempos concretos –no la totalidad de sistemas culturales, pero sí espacios y tiempos específicos dentro de ellos, distinguiendo, por ejemplo, un museo de una gran tienda o un recital de música de un concierto. La forma en que las personas se presentan a sí mismas, y su relación con otros participantes, forman parte del marco de un encuentro social, y en buena medida la política de ese encuentro se representa en silencio, en la negociación de esas disposiciones.  Fue este último asunto, el lugar de la comunicación no verbal en la delimitación de las relaciones sociales dentro de una cultura determinada, y las posibilidades de impugnación y los malentendidos que surgen– lo que fue objeto de la Conferencia organizada por Past & Present en  2007, dando lugar al volumen actual.

Los ensayos que siguen dan por sentado que los gestos pueden ser poderosos medios de comunicar la afirmación y la solidaridad y, por la misma razón, pueden ser medios de expresar disensiones. Clase, género  y  relaciones generacionales se expresan y reproducen con los códigos gestuales, al igual que las identidades étnicas. Estos códigos son de crucial importancia para el proceso de estructuración descrita por Giddens: a través de acciones individuales expresamos y   reproducimos relaciones sociales más amplias (estructuras). Por la misma razón, los gestos transgresores  o las infracciones de los códigos gestuales, como no quitarse el  sombrero  o un exceso de familiaridad en el apretón de manos, pueden modificar o transformar los patrones de interacción social, dando lugar a un poder con mayor expresión coercitiva  o, en su defecto, una dilución del peso cultural y la eficacia de la autoridad. El gesto, en otras palabras, puede ser el campo de batalla en el que se libran  las visiones divergentes del orden social y político. Las culturas juveniles y las identidades partidistas se expresan de manera no verbal, en sus presentaciones,  que también pueden servir para permitir cambios en los valores establecidos. En situaciones revolucionarias, estas auto-presentaciones expresan de forma abreviada los valores divergentes de los grupos partidistas. Por supuesto, estos enfrentamientos pueden ser inconscientes –como ocurre, por ejemplo, con los  malentendidos  imprevistos en momentos de contacto intercultural–, pero esos malentendidos desafortunados  no son menos importantes por su carácter accidental, ni menos reveladores para los historiadores a la hora de hacer amplias  suposiciones acerca de las relaciones sociales y su regulación.

Este es un terreno histórico relativamente nuevo,   pero está bien establecido en las ciencias sociales y del comportamiento, donde el gesto tiene sus  propias revista  y asociación, así como una serie de textos clave de los que los historiadores pueden tomar bona nota.  En esta  literatura el gesto es definido como un movimiento físico, que puntúa el habla y constituye “la acción como expresión”. A diferencia de otras formas de acción visible que otorgan significado, los gestos son utilizados junto con las expresiones habladas, y otras veces como complementos, suplementos, sustitutos o alternativas a las mismas. Son los usos enunciativos de la  acción visible y son estos usos lo que constituye el dominio del  “gesto”. Esos usos son deliberativos y, aunque se contraponen al contexto de otra información emitida, constituyen un campo distintivo de la acción comunicativa, que los participantes pueden (o creen que pueden) distinguir de las señales involuntarias.   No obstante,  de muchos de los ensayos de este volumen se desprende que a menudo la riqueza de la comunicación no verbal para el análisis histórico y cultural  se encuentra precisamente en esta ambigüedad, y no tanto en la cuestionada diferenciación entre señales físicas voluntarias e involuntarias –por ejemplo,  entre un guiño y un tic nervioso, o la expresión facial de un gesto hecho conscientemente con la mano. De hecho, un aspecto fundamental para la política del gesto es la dificultad de aislar la expresión intencional  y de definir len qué consistía. Aquí, pues, lo que nos preocupa  en la amplia complejidad de los sistemas estructurados de acciones corporales que son adquiridos socialmente y cargados de significado cultural “, de los que el gesto, estrictamente definido, no es sino una parte.

Por decirlo de forma más positiva, este análisis académico sobre  el gesto como una forma distintiva de expresión representa una especie de análisis lingüístico, o una aproximación al problema mente-cuerpo, distinto  del de una  sociología de la comunicación no verbal como Goffman, Bourdieu, Foucault  o Elías podrían haberlo considerado. Pero es a este último enfoque al que más suelen acudir  los historiadores: el intento de comprender el gesto en un contexto más amplio, no sólo el de otras formas de comunicación no verbal, sino el contexto en el que la comunicación se está produciendo, todo el escenario.  Para este último propósito, es esencial tratar de entender todos los aspectos que dan significado a un intercambio.  Esto no es, por supuesto, discutir el valor de una comprensión fundamental de cómo funciona el gesto en relación con el habla y la mente, sino plantearse otra pregunta, una sobre el significado y la impugnación de tales actos de habla. Los historiadores que trabajan con materiales textuales están familiarizados con la importancia del análisis lingüístico y la exactitud filológica, de modo que a menudo éste es el punto desde el que parten;   no lo es menos en el caso del análisis de la comunicación no verbal en estos ensayos. La percepción de los participantes en el trabajo experimental moderno es que parece compatible con el registro histórico –el gesto sería sólo la mitad-percibida, incrustado como está dentro de una amplia gama de señales físicas y verbales.   Aislar el gesto es una operación valiosa no sólo  para comprender su función, sino también para asignarle  una red más amplia en la que entender su significado.

Una política del gesto significa aquí ver cómo las relaciones de poder, las identidades culturales o partidistas y los divergentes intereses sociales se expresaron e impugnaron de forma no verbal. Nuestra pregunta es sencilla  a este respecto: ¿hanta dónde pueden ir los historiadores en el análisis de la expresión, la reproducción y la transformación de los órdenes sociales si complementan  los análisis habituales con un estudio de la comunicación no verbal? ¿Qué añade un estudio de la política del gesto a nuestra comprensión?

(…)

Michael J. Braddick continúa su exposición desgranando algunos de los argumentos que presentan los distintos autores del citado suplemento. Leslie Brubaker, por ejemplo, analiza lo que comunicaba la inmovilidad del emperador bizantino:  «la ausencia de gesticulación era, en lugares públicos, un atributo imperial que visualizaba el papel del emperador como decimotercer apóstol, representante de Cristo en la tierra».  Philippe Depreux, por su parte, estudia el ceremonial de la corte carolingia, y sus descontentos,  señalando la importancia que tenían los encuentros cara a  cara para enmarcar los encuentros sociales, estableciendo la jerarquía y, por tanto, la reproducción del orden político.  La etiqueta ceremonial enmarcada los encuentros de tal manera que los pequeños detalles estaban saturados de significado. En fin, otro de los textos, el de Mary Vicent, se pregunta por la transformación del espacio en el Madrid de la posguerra, cuando se hizo visible, apropiándose de la calle, aquella población que antes se ocultaba por sus simpatías con Franco o por su hostilidad hacia los republicanos.


Otras referencias:

Jan Bremmer y Herman Roodenburg (eds), A Cultural History of Gesture (Ithaca, 1991)
David Yosifon y Peter N. Stearns, ‘The Rise and Fall of American Posture’, American Historical Review, 103 (1998), 1057–95.
Karen Harvey (ed.), The Kiss in History (Manchester, 2005)
Adam Kendon, Gesture: Visible Action as Utterance (Cambridge, 2005)

Aunque no trata el gesto, véase también el reciente volumen editado por la citada Karen Harvey:  History and Material Culture: A Student’s Guide to Approaching Alternative Sources (Routledge, 2009).

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Las revistas académicas y su evaluación

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 14, 2009

El economista francés Florence Audier retoma (en la laviedesidees) el asunto de la clasificación de las revistas académicas y sus consecuencias sobre la evaluación del conocimiento científico. La cuestión central, que lleva agitando al mundo universitario galo desde hace meses, es si la financiación de la enseñanza superior dependerá de la bibliometría, es decir, si éste será el indicador supremo de la actividad y la calidad de la investigación. Por tanto, aunque el texto hace referencia a una disciplina vecina y no a la nuestra, creo conveniente poner las barbas a remojo.

Dice Audier que durante mucho tiempo  los economistas (y otros), basándose en las prácticas características de  las “ciencias duras”,  han establecido la publicación de artículos en revistas internacionales “con comité de lectura” como el mejor criterio de ” excelencia “, aceptando una jerarquía más o menos explícita en estas revistas, la mayoría de las cuales son anglosajonas.

Más recientemente, se ha fijado una clasificación, esta vez claramente jerárquica, por parte la sección 37 de la Comisión Nacional (encargada de los ramos  de economía y gestión), con el doble propósito de ser un “apoyo a la decisión y no un medio de clasificación ciega y automática que sustituiría eo ipso a una instancia de decisión y evaluación cisntíficas”. En concreto, se trata de establecer, de acuerdo con la comunidad afectada, una lista que “sirva a los evaluadores para identificar mejor las revistas reconocidas y consideradas como de referencia. Y ello con la preocupación de “un contexto donde la bibliometría gana terreno… y de que no se imponga desde fuera una clasificación…”.  El reto era ofrecer un barómetro idéntico para todos, proporcionar puntos de referencia en disciplinas o sub-disciplinas sobre las que los evaluadores (compañeros o designados) no lo saben necesariamente todo o reducir las consecuencias de las muchas ideas falsas que circulan en ese medio. (Como sabemos, todo eso vale también para la historia y otras disciplinas adyacentes)

Este sistema se ha implementado  y la bibliometría, con toda su sofisticación, se ha generalizad0 a espaldas de la mayoría de nuestros colegas. Y lo que es peor,  la AERES (Agencia para la Evaluación de la Investigación y la Educación Superior) pretende clasificar sobre determinados criterios externos las unidades o individuos, imponiendo su “diagnóstico” a toda la comunidad científica, incluso proponiendo, lo cual sobrepasa su mandato, cambios estructurales. Así pues, parece llegado el momento de realizar un examen más detenido de lo que significan estas “listas”, y en particular la que nos afecta.  En ese sentido, conviene detallar quiénes son los contribuyentes a las revistas que la comunidad francesa de la economía y la empresa  ha puesto en lo alto de la lista.

El uso de estos “instrumentos” supera con mucho lo inicialmente fijado, y a través de ellos se decide la concepción del trabajo científico y su eventual fecundidad. Además, es sobre estos criterios de evaluación y las trampas que contienen que quisiéramos ofrecer elementos de debate, especialmente a partir de determinados datos empíricos. En efecto,  a través de la AERES y la DPA del CNRS, este indicador tiende a invadir todas las esferas de la evaluación y a eclipsar  las demás, y ello a pesar de las críticas. Pero  las cosas van muy lejos:  algunos miembros del  CNU usan esta clasificación para decidir quién está en mejores condiciones para acceder a una plaza. En otras disciplinas, incluidas las humanidades y las ciencias sociales, pero también en astronomía, por ejemplo, las comunidades de científicos se han levantado para rechazar esta “dictadura de la publicación”, resumida en aquello de  “publicar o perecer” , y el European Reference Index for the Humanities ha renunciado a clasificar las revistas en A, B o C, decantándose por listas indiferenciadas

[Con permiso del profesor Audier, eso es algo que no he podido confirmar, porque la última notificación de la ERIH señalaba precisamente todo lo contrario, la creación de una nueva categoría, la W, para aquellas publicaciónes con menos de cuatro años de vida. Por otra parte, el acuerdo de este pasado verano sólo señalaba sobre este punto lo siguiente: "We agree fully that it is important to distinguish the issues of quality from those of scope and audience. These were indeed the intentions of the ERIH in differentiating between international and national journals. Nevertheless, we understand and accept that these three categories could be misperceived as a kind of ranking. The ERIH is therefore in the process of rethinking this categorization in A, B, and C, and of remodelling it according to a division into international, national or regional". Es más, su última presentación sólo cambia los nombres y, así, la A pasa a ser INT1, la B se convierte en INT2 y la C es ahora NAT, por National Journals]. Pero sigamos:

academic journals

Recordemos primero que la idea de remitir a listas de revistas jerarquizadas se defiende de acuerdo con “las mejores prácticas internacionales”, es decir, las prácticas  anglosajonas, o al menos así parece. En realidad,  lejos de practicar este “monocultivo” en humanidades y ciencias sociales, e incluso en economía, los estadounidenses todavía parecen esforzarse con denuedo en publicaciones académicas y publicaciones de libros, especialmente a través de editoras universitarias, lo cual en Francia ha desaparecido desde hace mucho tiempo. El préstamo que se hace de las prácticas americanas sólo es, por tanto,  parcial  y quizás no de lo mejor. Repasemos  la revista Journal of Economic Literature (JEL). En 2007, por ejemplo, en cuatro números, la JEL edió 1.256 páginas. Pero no todo son artículos, pues hay amplias reseñas de un considerable número de libros: 84 libros fueron comentados ese año. Además, 1.604 referencias de libros (annotated listings), a los que se dedicaron entre 15/20 líneas. El índice de autores de nuevos libros  (la gran mayoría son estadounidenses  o,  en cualquier caso,  anglosajones), que resume los libros publicados a lo largo del año, contenía cerca de 2.600 nombres, y sólo este índice ocupaba 25 páginas. Y luego está la lista completa de las “tesis doctorales”, que también suponía un lugar importante en la revista.

Por tanto, ¿escribir artículos y publicarlos tiene un interés secundario? Distingamos los puntos de vista.

Desde la perspectiva de la difusión del conocimiento o más ampliamente de la difusión de los resultados de los trabajos o la expresión de puntos de vista, una revista parece a priori muy adecuada para una difusión amplia y rápida, tanto en papel como en formato digital, con o sin “comité de lectura”. Estimular el debate, lanzar hipótesis teóricas o líneas de interpretación de los acontecimientos, interrogar las políticas, hacer recomendaciones: la forma articulo no sólo es apropiada y útil, sino que puede parecer indispensable, sobre todo debido a su característica “no-perenne”. En un artículo, uno debería poderse arriesgar,  lanzarse,  equivocarse,  obtener “respuestas”,  ajustarse o no a los propósitos, seguir o no adelante. Los números de las revistas se encadenan, el próximo desplaza al precedente… Especialmente en las disciplinas que se describen como “no acumulativas”, es decir, en las que no se está obligado a conocer el trabajo de todos los colegas para aportar algo -incluso aunque obviamente sea deseable estar al día de la bibliografía-,  la naturaleza potencialmente efímera de las revistas no plantea grandes problemas, y todo autor es capaz, si lo desea, de retomar sus artículos para sintetizarlos en forma de libro.

A diferencia de los artículos, un libro (no hablamos de ensayos) requiere madurez y distancia, y el autor será juzgado por su cultura, la fuerza y la coherencia de sus argumentos y la tesis que defiende, su capacidad para responder o incluso anticiparse a las objeciones y especialmente por su contribución específica, dado el estado de su campo…  Sin esperar la “obra maestra”, se exigirá un cierto nivel de exhaustividad, se considerarán las referencias teóricas y su aplicación, la relevancia de los datos y su tratamiento, etc. En resumen, un libro destinado a durar, a depositarse en una biblioteca, supone mayor exigencia para el autor y el contenido. Y las críticas – positivas o negativas – pueden aparecer años después de su publicación. Además, ¿no es eso lo que señala que un libro o una tesis es “histórica”? Con pocas excepciones, todos sabemos cuáles son esos libros imperdurables. ¡Los artículos “fundadores” son muy raros! Así que ¿por qué ofrecer en lo relativo a la evaluación todo el espacio a los artículos, específicamente a ciertos artículos, y no a otros modos de expresión y de transmisión?

Dejemos de lado temporalmente el negocio que suponen las revistas para algunos editores y lo que se juegan al entrar en esas listas:  cualquier revista excluida se quedará sin contribuyentes y fenecerá; una “nueva” sólo conseguirá sobrevivir si encuentra defensores suficientemente potentes que le permitan entrar en ese club selecto, por ejemplo un grupo editorial bien establecido ya en la disciplina. De ahí, sin duda, su interés por señalar el lugar que ocupan en el ranking, su citation index, etc. Es decir, su interés por venderse bien, lo cual explica el excepcional trabajo de marketing que muchas de esas firmas despliegan, y eso no tiene absolutamente nada que ver con la calidad de las contribuciones.

Si consideramos ahora las consecuencias de estas decisiones sobre la propia investigación  y su futuro, tendremos que señalar algunos puntos “positivos”:  en efecto, el examen de los índices y de los  resúmenes permite identificar de forma relativamente cuáles son los objetos tratados – en un momento dado- por los investigadores (¿de todo el mundo?,  volveremos sobre el acceso a estos títulos y su difusión) y, en su caso, dialogar con ellos, entrar en contacto  (y más si hay afinidades), ubicarse en este complejo mundo que es nuestra “comunidad científica”. Esto también ayuda a saber qué temas están “de moda” – es decir, aquellos que han sido seleccionados por las revistas patentadas-, lo cual puede ser de gran ayuda para postularse antes  los distintos “organismos de financiación”. Por último, en el mismo sentido, uno se puede orientar por el laberinto de los apoyos,  para identificar sin riesgo “lo que hacemos mejor” e identificar cómo acceder o hacer acceder a ellos a nuestros doctorados .

Sin embargo, este sistema contiene graves deficiencias que son exactamente el reverso de sus ventajas,  pero que van mucho más allá. Nos gustaría subrayar aquí un aspecto insuficientemente discutido, y que no se encuentra – o menos – en las ciencias exactas:  el conformismo que este tipo de evaluación genera sobre los temas, paradigmas, origen y tipo de los datos utilizados, las formas de exposición y argumentación y, por tanto, la manera de reflexionar, escribir y convencer,   defectos que en gran medida aniquilan los beneficios potenciales de la forma “artículo”. Los ejemplos abundan: para tener la oportunidad de ser publicado, primero uno debe leer los consejos que se dan a los autores e impregnarse de los artículos de otros, para identificar y entrar en el molde. Si eres europeo, y especialmente de un país del sur, para tener la oportunidad de ser publicado es mejor buscar un coautor anglosajón, que ya haya publicado en alguna de las revistas que figuran en el “top list” o, mejor aún, que pertenezca a algún consejo editorial (a menudo son los mismos). Preferiblemente debe ser un universitario al que hayamos conocido durante el post-doc o al que su “patrón” haya hecho venir como profesor visitante (o viceversa) o con el que hayamos coincidido en algún congreso dónde nuestro grupo de investigación nos haya hecho el favor de promocionarnos (y financiarnos). Para tener alguna posibilidad de publicar, es mejor ayudarse alardeando de que el texto ya ha sido presentado varias veces durante esas ceremonias que son los grandes coloquios o  congresos rituales en los Estados Unidos, que ha sido leído y releído – y su autor ensalzado- por personalidades de prestigio (citando ampliamente nombres y autoridades vía agradecimientos, por lo general en una nota de primera página para asegurarse de que será leída), que la investigación publicada se ha beneficiado de subvenciones a cuyos donantes también se le está agradecido  y que se ha mejorado enormemente con los comentarios pertinentes de los evaluadores, etc.  En fin, todo ello presentado de modo que,  al juzgar – y eventualmente rechazar- un texto,  sea toda esa comunidad antes mencionada la que quede juzgada. No sólo porque se supone que ha contribuido a “mejorar” el texto, como queda subrayado, sino porque de alguna manera se compromete patrocinándolo.

Cuando el boquete queda abierto, uno ya puede amortizar por su cuenta los esfuerzos realizados, publicando acto seguido varios artículos, y facilitar el acceso a otros (¿a cambio de la reciprocidad?), de ahí que aveces se vean publicaciones en cascada de miembros de los mismos equipos en las mismas revistas  sin que las razones temáticas sean determinantes.

De ahí la sensación – muy extendida- de ver anuladas  las ventajas inherentes a la publicación de artículos: la falta de frescura (los artículos aparecen mucho después de su concepción), de espontaneidad y de riesgo en los trabajos publicados. ¿Los rechazados respondían mejor a los criterios establecidos? Por definición, eso es un completo misterio.

Para avalar estas observaciones de carácter bastante general se coloca la cuestión concreta de las revistas seleccionadas o no, y la de su clasificación. Esto nos lleva a otro universo, pues se trata de ofrecer visibilidad o negarla, de poner en cabeza  (o a la cola)  algunas áreas, ciertas  lenguas y ciertos paradigmas. Al hacerlo, se trata también de hacer prevalecer,  sin explicitarlo ni discutirlo, una concepción de la disciplina y de su futuro. Pues no se hace sino clasificar unas revistas respecto a las otras, por campos,  eligiendo cuál entra en competencia con cuál, etc.

(…)

Florence Audier continúa señalando que, en su caso,  la rama “economía-gestión” de la comisión nacional de la investigación (la llamada sección “37″)  ha seleccionado una lista de 705 revistas reconocidas como “válidas”. Entre éstas,  58 (8%) lo son en francés y el resto en Inglés. Además, en la primera versión de la lista,  de octubre de 2007, ninguna francesa había sido clasificada como “1*” o “1″, sólo dos en la “2 “,  quince en la “3″ y la gran mayoría en la “4 ” (40 de 58 revistas relevantes). En la versión de junio de 2008, se ha colocado una en la “1″. se trata curiosamente de  Annales, la revista fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre.

Leer más…

Apéndice: Posición de los “autores”  franceses y europeos en las revistas examinadas  por Audier (rama: economía y gestión)

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Agnes Heller: Hungría y la memoria del 89

Publicado por Anaclet Pons en Julio 8, 2009

Agnes Heller no necesita presentación. Su obra y sus libros la preceden. Conocida por su marxismo inicial, seguidora de Luckacs, ofrece  hoy una visión crítica pero constructiva de la democracia liberal:  “solía considerarme marxista, pero ya no. No soy ni marxista ni postmarxista. Soy Agnes Heller”.

En esta ocasión escribe sobre su país natal, Hungría, y lo hace en la Hungarian Quarterly.

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La historia de los últimos veinte años,  la del período transcurrido desde el “cambio de régimen” a  la introducción de un verdadero sistema democrático de gobierno, ha sido para Hungría como una novela. Sin embargo, es un  relato muy antiguo. Dios liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto a fin de que en adelante no tuvieran otro Dios sino Él. Debían obedecer la ley, de modo que ya no serían esclavizados por ningún déspota. Hubo mucha alegría entre la gente al principio. Pero cuando las cosas empezaron a no ir tan bien como habían imaginado, volvieron la vista a los lujos egipcios y comenzaron a adorar el becerro de oro. Lo cual, en pocas palabras, es también lo que ha ocurrido en Hungría en los últimos veinte años.

Los que han conocido directamente la servidumbre y la opresión, y para quienes la libertad es el valor y regalo mayores, no han dejado de regocijarse hasta el día de hoy. Yo misma soy de ese pensar.  El cambio de régimen, en lo que a mí respecta, fue un deseado milagro que no esperábamos ver, y el milagro se ha mantenido. Todo lo que ha pasado después no ha cambiado eso.   Como  János Vajda podría haber escrito en su poema de 1876: cualquier cosa que haya hecho   en los años anteriores  la mujer que uno apostrofa, siempre será la mujer a la que uno le da su amor para siempre. Todo lo que puedo esperar -para seguir a János Vajda – es que también seamos capaces de producir un cuento semejante.

Esta esperanza es más que un anhelo vacío. Desde el principio ha habido un esqueleto de instituciones democráticas,  y constantemente estas instituciones se ajustan y corrigen. Durante estos veinte años, Hungría se ha convertido en un Estado miembro de la Unión Europea y, al hacerlo, los otros casi se han olvidado   (como nosotros mismos, triste es decirlo, hemos olvidado) de  que hemos luchado en el lado equivocado en las dos grandes guerras. Podría incluso decir que esta vez, por una vez, el país se ha unido al bando ganador. Lo que falta es un espíritu democrático, un gusto por la empresa, la valentía y el patriotismo -bienes escasos.    Y no sólo entre la clase política sino también entre los ciudadanos en general, tanto entre las personas mayores como entre los jóvenes. Si tuviera que empezar a enumerar las causas, la lista sería interminable, especialmente cuando sé que otros citarían causas distintas y culparían a otros personajes políticos. Por tanto, parece más conveniente describir las circunstancias y los detalles.

Antes del cambio de régimen, la mayoría de las personas en Hungría, si se les hubiera pedido que citaran un país feliz con un sistema político democrático, habrían pensado en nuestro feliz y próspero vecino, Austria. No fundamentalmente como un modelo de democracia, sino como sociedad próspera. Si Hungría hubiera logrado liberarse en 1956  tal vez nosotros también podríamos estar viviendo en una prosperidad comparable. Pero las condiciones de vida habrían mejorado incluso aunque hubiéramos salido del campo soviético en 1989 por nuestra cuenta  o si la Unión Soviética no se hubiera derrumbado. Dado que no estaba previsto, ningún Estado occidental tenía ninguna apuesta política sobre la prosperidad de Hungría. El país se ha mantenido relativamente afectado por la pobreza, heredando el Estado las deudas acumuladas en los últimos años de la era Kádár; al mismo tiempo, el nivel de vida de un importante segmento de la población se hundió muy por debajo de lo que había sido previamente. Tampoco es de extrañar entonces que se esfumaran los largamente ansiados lujos egipcios; por ominoso signo que fuera, la victoria socialista en las elecciones generales de 1994 fue comprensible. Lo que también señaló fue la debilidad de la mentalidad democrática, una devaluación de la libertad. ¿Era ese éxito un voto   para el Partido Socialista Húngaro en sí, incluso un voto por el legado de János Kádár?

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Los políticos demostraron que no tenían experiencia en el desempeño de la política democrática. No tuvieron la oportunidad ni el tiempo para aprender, por lo que hicieron lo que ya sabían  o habían aprendido. Cuando estaban en la oposición (el debido respeto a las excepciones) no se comportaban como una oposición a un gobierno elegido democráticamente, sino como la oposición a una dictadura de partido. Como si sólo ellos llevaban la bandera de la honestidad frente a los deshonestos. Cuando, por el contrario, se convierten en el partido en el gobierno (y aquí es difícil pensar en una gran excepción), persiguen el mismo paternalista y populista juego político.

Un político democrático necesita cierta habilidad diplomática. Necesita contactos flexibles con todos los jugadores que están por el consenso democrático. Al parecer, muy pocos políticos en Europa oriental han adquirido esa capacidad. Además, ebuna población educada en la democracia se espera que  se muestre  respeto por los altos cargos, quienquiera  que los ocupe. Que la capacidad – de hecho, la resolución – no sólo no se está desarrollando, sino que en los últimos quince años se ha ido deteriorando.

Las fuerzas racistas y los extremistas antidemocráticos están en aumento. La derecha a menudo acepta su apoyo, e incluso más a menudo se aprovechan de la falta de respeto por las normas de la democracia para sus propios fines. La izquierda a menudo se siente más seguro protegida por las formalidades legales  que mediante la movilización de la opinión pública.  La representación política en  el parlamento (que es decisiva, por supuesto)  contrasta fuertemente con la de  la calle.

Es una ocurrencia muy repetida la de  que el éxito en la política depende de la comunicación. Los medios de comunicación influyen en la opinión pública tomando las consignas del vocabulario de la masa democrática  y repitiéndolas,   pensando que eso los hace también demócratas. Una mentalidad democrática, sin embargo, sólo se plantea en el carácter democrático de las acciones, mientras que el éxito del proceso de comunicación depende de la receptividad de las personas en el extremo receptor.

También se duda de los ideales.  La izquierda actúa con sus tradicionales baratijas. En otras condiciones, algunos de estos ideales  incluso podrían ser productivos. Uno de éstos, por ejemplo, es la idea socialdemócrata del Estado del bienestar;  por desgracia, una condición previa para el funcionamiento de una política de estado de bienestar es haber conseguido una cierta prosperidad. Para Hungría, en este momento, eso sólo puede ser un sueño. La derecha también usa viejas ideologías sin darles un nuevo significado. La peor de ellas es quizá la idea de patriotismo, aunque su politización simbólica  sólo desempeña un pequeño papel. Ser un buen ciudadano hace de una persona un buen patriota. Pero el mayor problema  es que ni los viejos ni los jóvenes le otorgan gran valor a la libertad personal.

Existen graves problemas con la generación más joven no sólo en Hungría, sino en casi todos los estados miembros de la UE. Parece casi como si las democracias modernas de Europa – a diferencia de los EE.UU. – no hubieran sido capaces de enseñar a sus jóvenes a valorar la libertad y practicar la democracia. En Hungría, para agravar el problema, la generación de más edad tiene una memoria escasa. Parecen haberse olvidado de la policía de seguridad, de los informantes, la rutina de recurrir a la hipocresía, a las mentiras. En cambio, crece la nostalgia recordando la parcela que completaba los salarios de la granja colectiva y los días de pleno empleo. Algunos sacar el sustento de la ideología de pre-guerra, de los tiempos de Miklós Horthy, un período que pocos han experimentado personalmente, y están felices de alimentarse así a otros, desplegando un mapa de la Gran Hungría y maldiciendo a todos los vecinos. En la actualidad,  hay jóvenes que nunca han conocido otro sistema político que el actual, por lo que no es de extrañar que sólo puedan ver el lado más oscuros del capitalismo y las libertades que conlleva. Los movimientos y partidos que han llevado a cabo el cambio de régimen también tienen parte de culpa. La libertad – el derecho a la libertad personal, libertad de reunión, libertad de religión y  libertad de expresión- se daba por sentado como un valor indiscutible, hasta el punto que nadie advirtió que no necesariamente todos esaban de acuerdo. Los que pertenecemos a la  intelectualidad democrática húngara hemos de reconocer que también somos en parte responsables de todo lo que pasó en los años de la embriagadora transición  y de lo que está sucediendo ahora.

Hemos sido incapaces de comunicar nuestra visión y nuestro conocimiento del nuevo mundo en el que entrábamos. Tal vez estábamos  tan preocupados con la agenda política cotidiana  que no tuvimos en cuenta los aspectos  y las interconexiones de nuestro nuevo mundo. ¿La gente entiende realmente, aunque sólo sea una minoría, las normas y las oportunidades del mundo en que vivimos? Para ellos decir capitalismo significa:  privatización,  pérdida de puestos de trabajo y capital extranjero. ¿Qué es lo que la gente sabe sobre el mercado? ¿Saben, por ejemplo, lo que significa realmente autorregulación,  regulación estatal e intervención del Estado? ¿Qué saben acerca de la democracia? En la mayoría de los casos, se amontonan ideas sobre que el parlamento es  innecesario, las peleas partidistas, los políticos corruptos, las mentiras, el ansia de poder,   los ociosos bien pagados, o cosas peores. Ésta es una caracterización injusta, incluso si se refiere a los actuales partidos y a los políticos húngaro y su, por desgracia, demasiado débil actuación. Y cuando se pregunta qué se puede hacer, la respuesta que se suele dar es: nada. Sólo la protesta, la queja y culpar a otros.

La población se Hungría está poco dispuesta a aprovechar las oportunidades que tiene. Ni los que vinieron  con el cambio de régimen, ni los que fueron resultado de la adhesión a la Unión Europea. Proporcionalmente,   los jóvenes húngaros están menos dispuestos a aceptar el reto de trabajar en el extranjero que los de otros países de Europa oriental; los que tienden a hacerlo son aquellos con mejor preparación,  que son precisamente los más necesarios en Hungría. la mayoría rechaza moverse para probar suerte en otro lugar, ni siquiera dentro de la propia Hungría, conformñandose con las prestaciones por desempleo.

La movilidad existe donde no hay  paternalismo socialista. Es hora de reconocer que los últimos años de la era Kádár han dejado su huella en el carácter húngaro. ¿ Los  “mejores cuarteles” del campo socialista ha demostrado ser los  “peores cuarteles” después de 1989? ¿Cómo vamos a liberarnos finalmente de la herencia de los años Kádár?

Sólo si logramos deshacernos de esa carga  seremos capaz de escribir un informe más alegre en el futuro.  Los políticos no tienen el lujo de elegir otro pueblo por sí mismos, ¿pero elegirá el pueblo húngaro a aquellos que son mejores? No es una cuestión de quién empezó esto o aquello: no debemos ser tan infantiles como para enfrascarnos en tales peleas indefinidamente. Sólo  a través de los esfuerzos de todos aquellos que desempeñan un papel en la política,  electores y elegidos por igual,  Hungría se liberará de esta carga. Necesitamos pasar página de una vez y para todos.

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Addenda: El último número de Social History (volume 34, Issue 2, 2009) está dedicado precisamente a Hungría. Los títulos de los artículos son realmente sugerentes.

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El acceso abierto y la difusión del conocimiento científico

Publicado por Anaclet Pons en Julio 6, 2009

Los debates sobre el denominado Open Access no cejan y ahora han sembrado la duda en uno de los territorios más reticentes, el de la edición universitaria. A principios de junio Peter Suber recogía en su blog la declaración firmada por los representantes de la University Press of Florida, University of Akron Press, University Press of New England, Athabasca University Press, Wayne State University Press, University of Calgary Press, University of Michigan Press, Rockefeller University Press, Penn State University Press y University of Massachusetts Press.

Por supuesto, no se trata de grandes editoriales, pero el asunto es significativo. Los firmantes señalan, entre otras cosas, que dan su apoyo al libre acceso a los artículos de revistas de contenido científico, técnico y médico a partir de los doce meses de su publicación, dado que entienden que la investigación académica financiada por instituciones públicas es un bien común y como tal debe ser tratado.

No obstante, este debate ha de ser situado en su contexto adecuado. Hay que señalar, por ejemplo, que la Association of American University Presses (AAUP) siempre se ha mostrado contraria a esta posición abierta y, en particular, a abrir los textos que han sido financiados por los poderosos National Institutes of Health. Una posición, por otra parte, que muchas veces es contraria a la que defienden los profesionales interesados, como se ha señalado en Insidehighered.

En realidad, no es que la AAUP se haya opuesto, pero dado su potencial económico teme el impacto financierto que esa medida les pudiera ocasionar. De ahí que se adhirieran a la llamada Conyers bill:   “Los miembros de la AAUP  apoyamos firmemente el libre acceso a la literatura acaémica a través de cualquier medio, siempre y cuando esos medios incluyan una financiación o un modelo de negocio que mantenga la inversión necesaria para hacer que el trabajo más antiguo sea de libre acceso  y permita continuar con la publicación de nuevos trabajos”. “Sin embargo, tratar de ampliar el acceso rebajando la protección de los derechos de autor en las obras derivadas de la investigación financiada por el gobierno federal va totalmente en la dirección equivocada, y erosionará gravemente la capacidad de los miembros de la AAUP para publicar tales trabajos en sus libros y revistas”.

Como dice Mike Rossner (Rockefeller University Press) en Insidehighered,  la AAUP presenta como incompatibles cosas que no lo son,  el apoyo al libre acceso y un plan de negocios para las editoriales universitarias. Según afirma, su Universidad abrió en 2001 el acceso a material con más de  seis meses y los ingresos procedentes de suscripciones de revistas ha aumentado durante ese tiempo.

Peter Givler, director ejecutivo de la AAUP, expone que  los miembros de la asociación tienen derecho a expresar su postura, pero que “hemos tomado esta posición por considerar que refleja los puntos de vista de una gran mayoría de nuestros miembros”.

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Los historiadores y la biografía

Publicado por Anaclet Pons en Julio 3, 2009

En el número de junio, la AHR dedica su habitual mesa de debate al tema de la biografía. El objeto es introducido en esta ocasión por David Nasaw, de la CUNY, un historiador que ha dedicado sus últimas investigaciones al estudio biográfico de figuras tan relevantes como Andrew Carnegie y William Randolph Hearst.

The American Historical Review, 114, págs. 573–578, Junio de  2009

“AHR Roundtable: Historians and Biography”

Introduction,   David Nasaw

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“Durante mucho tiempo, los historiadores académicos han sido un tanto ambivalentes con el género de la biografía. Aunque sin duda reconocen que se trata de un tipo de discurso histórico legítimo y venerable, muchos son escépticos sobre la capacidad de la biografía para transmitir el tipo de interpretación analíticamente sofisticada del pasado que los académicos han supuesto desde siempre”. Así se expresó el editor de la revista en su invitación a los historiadores a participar en esta mesa redonda de la  AHR.

La biografía continúa siendo un hijastro arrinconado dentro la profesión, ocasionalmente pero a regañadientes se le deja en la puerta, más a menudo se le abandona fuera con la chusma. A los estudiantes de posgrado se les advierte para que no escojan biografías para sus tesis. A los profesores asistentes  se les dice que deben obtener la plaza y promocionarse antes de hacer una biografía. La universidad y las bibliotecas universitarias, incluida la mía,  evitan la compra de biografías. Y las principales revistas, ésta incluida, “rara vez publican artículos de índole biográfica [y, a menudo se niegan] a reseñar estudios biográficos”, tal como reconoce el editor de la AHR.

Esta caracterización de la biografía como una forma menor de historia está muy difundida. De hecho, en la mesa redonda varios participantes comienzan  criticando la biografía antes de defender su posición.  Judith Brown presenta su ensayo insistiendo en que ella no se ve a sí misma “como una biógrafa, ni a sus obras como biografías, en el sentido de seguimiento e interpretación de una vida desde la cuna a la tumba, ni en el más problemático  de tomar la persona como el único centro del análisis intelectual y de la argumentación”.  De este modo,  identifica el denominador común del ataque a su biografía como una forma degradada de escritura histórica. “La biografía no es historia”,  le dijo un bibliotecario a Nick Salvatore treinta y cinco años atrás, “porque la cuestión de la periodización es algo dado, al igual que la biografía está enmarcada por el nacimiento y la muerte del sujeto”.

A pesar de la persistencia de este tipo de críticas, los historiadores rara vez suelen estructurar sus biografías de esta forma ni toman sus sujetos  “como el único centro analítico e  intelectual” de sus argumentos. En la “R” de mi estantería hay biografías de Eleanor Roosevelt (Blanche Wiesen Cook), de Paul Robeson (Martin Duberman),  Ronald Reagan (John Patrick Diggins) y Jackie Robinson (Jules Tygiel). Cada uno toma como objeto no el individuo, sino la persona en un determinado contexto histórico. No se comienza con un nacimiento ni termina con una muerte. Duberman, por citar sólo un ejemplo, abre la de Paul Robeson con un breve retrato de las relaciones raciales en Princeton (Nueva Jersey, la ciudad y la universidad)  y con una mención del intento de su abuelo de escapar de la esclavitud, porque su trabajo se centrará en el “racismo” y en los intentos de un  hombre por encontrar su camino en un mundo social envuelto  y definido  por ello.

Las biografías de los historiadores, para utilizar las palabras de Salvatore, “se arraigan en ideas y acontecimientos más amplios que el sujeto individual”. Los historiadores no sólo están interesados  en trazar el curso de la vida personal, sino en el examen de las vidas en relación dialéctica con los múltiples mundos sociales, políticos y culturales que habitan y les dan sentido. “El tema adecuado en una biografía”, escribió  Oscar Handlin hace dos décadas, “no es la persona al completo ni la sociedad al completo, sino el punto en el que ambas interactúan. La situación y el individuo se iluminan mutuamente”.

Es esta atención a la persona lo que  para Handlin,  biógrafo y editor de biógrafos, hace  de la biografía un mundo aparte dentro de la historia. “El biógrafo utiliza pruebas del pasado, pero se centra en el individuo y responde a preguntas acerca de la personalidad y el carácter que el historiador no suele hacerse”. Carl Rollyson, que no es un historiador pero sí autor de varias biografías y estudios de biografías, sugiere que los historiadores hacen pobres biografías porque están mal equipados, por la naturaleza de su disciplina, para escribir sobre las personas.  “Si usted le pide a un historiador que escribia una biografía, tiene  muchas probabilidades de obtener historia. La biografía pone  al personajen primero, mientras la historia favorece a los acontecimientos”. Para ejemplificarlo,  Rollyson cita la breve biografía de Woodrow Wilson escrita por W. W. Brands y la que hizo Michael Wreszin de Dwight Macdonald, ninguna de las cuales encuentra satisfactoria. Critica a Brabds por no dedicar suficiente espacio a las esposas de Wilson y su influencia en la presidencia. Echa en falta a Wreszin que excluya cualquier mención de los asuntos de Macdonald con sus alumnos, porque, como explicó Wreszin a Rollyson, “no era relevante para la comprensión de por qué Macdonald era importante y por qué la gente le lee”

Los historiadores que escriben biografías  es cierto  que no ponen los personajes primero ni proporcionan a sus lectores un relato desde la cuna a la tumba, con verrugas y todo. Al igual que todos los escritores de vidas, de ficción o reales, toman decisiones en cuanto a lo que es trivial y periférico y lo que es importante y digno de incluirse. Su principal objetivo no es simplemente contar la historia de una vida, aunque a menudo lo hacen bien, sino el despliegue de la persona en el estudio del mundo externo a ese individuo, explorando cómo lo privado informa a lo público y viceversa.

Si Macdonald “tenía asuntos con sus alumnos,” como Rollyson defiende, y no hay pruebas suficientes que lo respalden, ese aspecto de su vida privada debe ser revelado  sólo si tiene alguna importancia. ¿Tener conocimiento de estos “asuntos” nos proporciona otra perspectiva desde la que interpretar la vida pública y laboral de  Macdonald ? ¿Se ponen de manifiesto algo nuevo y significativo sobre el desarrollo de los mundos social, político y cultural que Macdonald habitó y dio sentido? Si es así, entonces queda dentro de la biografía del historiador. Si no es así, puede y debe ser excluido.

Los historiadores se ven limitados de una manera que otros escritores de vidas no lo están. Y no hay nada malo en ello. Los historiadores no están equipados para, ni son capaces de, ni en su mayor parte están interesados en la construcción de retratos con la densidad y la profundidad de caracterización que están disponibles para y son apreciados por los escritores, los cuales no se sienten obligados por las  pruebas y se sienten más cómodos con el azar, la falta de ataduras psicológicas, los monólogos interiores y los diálogos imaginados. En última instancia, el trabajo de un historiador que escribe una biografía debe ser juzgado por las mismas normas que se aplican a las obras de otros géneros históricos. Si el historiador elige la historia de los veleros de Bristol en el siglo XVIII, esa historia está atada a las pruebas y obligada a ir más allá de ella,  limitada por las convenciones de la disciplina a establecer determinadas conexiones, a significar, a vislumbrar un todo más amplio a través de una pequeña parte, a construir un cronológica que enlace y separe a la vez los sucesos de hoy y del ayer.

A pesar de las críticas internas y externas y de la estudiada ambivalencia de la profesión , la biografía ha sido y sigue siendo un género esencial de la escritura histórica. “La biografía está una vez más de  moda”, escribe Jo Burr Margadant en la introducción a The New Biography, “no sólo para un público lector en general que nunca ha perdido su gusto por las historias de vida, sino también para los historiadores académicos que sin cesar vuelven a  los escombros de las generaciones anteriores en busca de nuevas enseñanzas sobre  nosotros mismos”.   Lo mismo hace Liana Vardi, que abre su artículo en esta mesa redonda  comentando “la renovada moda académica de la  biografía histórica”.  En fin, cinco de los últimos ocho presidentes de la American Historical Association han   escrito o editado estudios biográficos. En mi propio campo, la historia de los Estados Unidos, el Bancroft Prize ha recaído en tres ocasiones en una biografía  en los últimos ocho años.

¿Cuáles son las razones de esta reciente efervescencia de la biografía entre los historiadores? La más obvia es que los historiadores que buscan un público fuera de la academia se han decantado hacia la biografía porque es donde están los lectores. Arthur M. Schlesinger Jr. lo señaló en la nota de editor a la serie de biografías presidenciales norteamericanas que publicó:  “La biografía ofrece un fácil educación en la historia de Estados Unidos, lo que hace el pasado más humano, más vivo, más íntimo, más accesible, más conectado con nosotros mismos”.

Mientras que algunos historiadores han elegido escribir biografías con la esperanza de atraer a un público más amplio, otros se han decantado por el género a causa de la gran expansión de la gama de posibles sujetos. La biografía ya no se limita a la vida de los ricos, los poderosos, los famosos e infames. Hay infinidad de historias para ser contadas y que hablan de desconocidos, inarticulados,  hombres iletrados, mujeres y niños, y como han descubierto los historiadores feministas, sociales o del trabajo,   ofrece un enfoque fructífero para revisar, y tal vez reconfigurar, las categorías de clase , género y etnia, ya que interactúan a nivel de lo individual.

Los historiadores no han de tener miedo a escribir sobre la vida de las personas por la falta de archivos o documentos personales. En su contribución a esta mesa redonda, Robin Fleming ofrece el ejemplo de “un tipo diferente de biografía medieval temprana”, basada no en un texto escrito sino en deducciones extraídas de los análisis y la interpretación de los restos óseos y mercancías depositadas en las tumbas. Los resultados preliminares de su empresa  hacia una biografía de “Dieciocho” (el nombre que le da Fleming  porque éste es el número arqueológico que se le asigna) son asombrosos. Nos enteramos de que “Dieciocho” disfrutó de una infancia saludable, de que murió joven, fue enterrada con honor  y era leprosa. Las fuentes para escribir su vida fueron limitadas y no convencionales, pero Fleming, como historiadora, tenía una porisición privilegiada para hacerla hablar. “Tenemos una cara destrozada, que no es la cara genérica de una  genérica  leprosa, sino el rostro de una mujer muy real, una vida cuyo oscuro contorno puede percibirse si pensamos en el contexto de la vida de las otras personas cuyos esqueletos reales y particulares la rodean”.

Parte del atractivo de la biografía para los historiadores en esta primera década del siglo XXI es que permite, incluso alienta,  ir más allá de las estructuras de la política de la identidad sin tener que renunciar a sus  categorías, cada vez más expandidas y a menudo útiles.  En el proceso de investigar y escribir sobre la vida de personas arraigadas en determinados momentos y lugares, los biógrafos descubren y revelan la forma en que los sujetos asumen, desechan, reconfiguran, , juntan y se disocian  de múltiples identidades y roles. Como sostiene Margadant en su introducción a The New Biography, “una estrategia narrativa destinada a proyectar  una persona unificada se ha convertido para el nuevo biógrafo en algo casi tan sospechoso como afirmar que una biografía es `definitiva’ “. El tema de la biografía no es ya la coherencia del yo, sino más bien cómo se realiza para crear una impresión de coherencia o el de un individuo con múltiples yoes cuyas diferentes manifestaciones reflejan el paso del tiempo, las exigencias y  las diferentes opciones de configuración, o las variadas maneras que otros tienen de representar a esa persona”.   En la construcción de una vida individual, el género, la clase, la raza, la etnia, el nacimiento, la orientación sexual, la nacionalidad, los antecedentes familiares, la ocupación, la vocación  y otras tantas cosas  se entrecruzan e interactúan en múltiples formas. La tarea del biógrafo es desentrañar, priorizar, tratar de entender cómo, en un determinado tiempo y lugar, un “yo” es organizado y representado.

Escribir la historia desde el punto de vista de las personas no es retraerse, sino una forma de hacer frente a las complejidades teóricas y las confusiones de los albores del siglo XXI. “Como muchos otros de mi generación”, señala Alice Kessler-Harris en su contribución a esta mesa redonda, “he llegado a un acuerdo sobre los límites de lo que se denomina puntos de vista ‘objetivos’  y he comenzado a interrogarme sobre las perspectivas desde las  que nuestros sujetos hablan y escriben y he prestado mayor atención a la importancia de cada actor individual –no por lo que él o ella pueda haber hecho, sino por lo que revelan sus pensamientos, su lenguaje y sus pugnas con el mundo”.

La biografía puede ser un  género preferente para los historiadores del siglo XXI, ya que ofrece una manera de trascender la división teórica entre  la historia social empirista  y la historia cultural asociada al giro lingüístico sin sacrificar los beneficios epistemológicos o metodológicos de ambas. Gabrielle M. Spiegel, hablando en el AHR Forum de abril de 2008  sobre el volumen de Geoff Eley (A Crooked Line), advierte que en “el intento de avanzar” más allá del giro cultural ‘… muchos historiadores están desplegando un (muy implícito) concepto de fenomenología social”, en el que, como explica el sociólogo alemán Andreas Reckwitz, “el objetivo del análisis social es hacerse cargo de la perspectiva subjetiva”.  Esta aproximación “neo-fenomenológica” bien podría servir como perspectiva teórica de una nueva biografía  basada a su vez en la revalorización del actor  individual como sujeto histórico. Una “fenomenología modificada”  nos proporciona, en palabras de Spiegel,  “una perspectiva centrada en el actor,” muy en consonancia con la de Kessler-Harris, “una creencia acerca de la percepción individual como  la propia fuente de conocimiento del agente  -una percepción mediada y quizá limitada  pero no controla en su totalidad por el andamiaje cultural o los esquemas conceptuales en los que tiene lugar”.

Los historiadores que escriben biografías intentan vislumbrar el mundo de sus sujetos  como algo percibido y hecho significativo por ellos. Donde la historia social y  historia cultural asociada al giro lingüístico, en sus más extremas formulaciones, rechazan la importancia (a veces incluso la existencia) del individuo como agente histórico, las biografías escritas por historiadores ponen de nuevo la atención en la vida única de individuos que se formaron por y daban significado a  los órdenes social y discursivo en los que  se insertaron al nacer y con los que vivieron sus vidas. El historiador, como biógrafo,  parte de la premisa de que los individuos se encuentran situados pero no aprisionados dentro de determinadas estructuras sociales y regímenes discursivos. “Lo que define al hombre”, señalaba el fenomenólogo francés Maurice Merleau-Ponty, es la “capacidad de ir más allá de las estructuras creadas con el fin de crear otras”  .

En su intento de reinsertar a las personas en su historia como significantes y agentes, los biógrafos no les conceden la independencia o la autonomía  en cualquier ámbito. Viendo el mundo desde la perspectiva de las personas sobre las que escriben,  los historiadores deben mirar más allá de la mirada y los logros de sus sujetos para llegar a los significados y posibilidades que no reconocieron ni persiguieron  en sus vidas. Como explicaba EP Thompson  en la introducción de su biografía intelectual de William Blake, su objeto en la redacción de este estudio era “determinar, una vez más, la tradición de Blake, su situación particular dentro de ella, y las reiteradas pruebas, motivos y  puntos nodales de  conflicto, que indican su posición y la forma en la que su mente se enfrentó a aquel mundo. Ello supone una suerte de recuperación histórica, y la atención a fuentes externas a Blake -fuentes de las que, a menudo, no pudo haber sido consciente”.

El historiador como biógrafo podría tener como credo la declaración de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. O bien, como   indica más concisamente en La Ideología Alemana, “las circunstancias hacen a los hombres tanto como los hombres hacen a  las circunstancias”.

En su contribución a esta mesa redonda, Kessler-Harris vuelve a “El arte de la biografía” de Virginia Woolf . Woolf comienza y termina su notable ensayo planteando la cuestión de si, dadas las restricciones que conlleva, la biografía es “un arte”. Ella llega a la conclusión de que no lo es, porque, a diferencia de la poesía y la ficción, que son en su totalidad obras de la imaginación, su biografía se atiene a los documentos, las pruebas, los hechos. Cuando el biógrafo va más allá de los hechos y da rienda suelta a su imaginación, como Lytton Strachey hizo en su biografía de la reina Isabel  I, está condenado al fracaso, como Woolf creía que le sucedió a  Strachey. “La combinación resultó inviable;  ficción y realidad no mezclan bien. Isabel nunca devino real en el sentido en el que la Reina Victoria [objeto de una biografía anterior de Strachey] lo había sido, aunque nunca fue  ficticia en el sentido en el que Cleopatra o Falstaff lo son”.

En lugar de intentar escapar de las limitaciones del género como hizo Strachey, Woolf insta a los biógrafos  a apoyarlas y celebrarlas. “El biógrafo debe ir por delante del resto de nosotros, al igual que el canario del minero, probando la atmósfera, detectando la falsedad, la irrealidad y la presencia de convenciones obsoletas. Su sentido de la verdad debe estar vivo e ir de puntillas”.  La biografía, escribió en 1939,  está  “sólo en el inicio de su recorrido; tiene una larga y activa vida ante sí, aunque podemos asegurar que se trata de una vida llena de dificultades, de peligros y de trabajo duro”. Los biógrafos podían no ser artistas, pero tenían un  valor “incalculable”.  “Al decirnos la verdad de los hechos, tamizando lo pequeño de lo grande, y configurando el conjunto en tanto percibimos el contorno, el biógrafo estimula más  la imaginación que cualquier poeta o novelista si exceptuamos a los más grandes”.

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Índice de la mesa redonda:

“Biography as History”, de  Lois W. Banner, es un texto de carácter general en defensa del género biográfico.  “ ‘Life Histories’ and the History of Modern South Asia”, de  Judith M. Brown, alude a los casos de M. K. Gandhi y Jawaharlal Nehru. “A Place in Biography for Oneself”, de Kate Brown, describe su propia experienca de mujer nacida en una ciudad industrial en declive para trasladarla al mundo post-industrial del oeste americano y las nuevas repúbl¡cas nacidas del colapso soviético.  “Writing Biography at the Edge of History”, de Robin Fleming, se centra, como hemos visto, en una desconocida.   “Galaxy of Black Stars: The Power of Soviet Biography”, de Jochen Hellbeck, es un ejemplo de biografía múltiple a partir de gente corriente de ese mundo.  “Why Biography?”, de Alice Kessler‐Harris, es una reflexión sobre las preguntas que se planteó al abordar el estudio de Lillian Hellman.   “Scene‐Setting: Writing Biography in Chinese History”, de  Susan Mann, aborda la tradicional importancia del genero en China.   “Separations of Soul: Solitude, Biography, History”, de  Barbara Taylor (que extrañamente ha desaparecido del índice online), ofrece un espisodio de la vida de Mary Wollstonecraft. Y “Rewriting the Lives of Eighteenth‐Century Economists”, de Liana Vardi, explica la importancia de las teorías económicas para entender las vidas del marqués de Mirabeau y Jacques Turgot.

En el mismo volumen,  Carolyn P. Boyd reseña a Francisco J. Romero Salvadó (The Foundations of Civil War: Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916–1923) y Soledad Fox a Stanley G. Payne (Franco and Hitler: Spain, Germany, and World War II).

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Habermas cumple ochenta años

Publicado por Anaclet Pons en Junio 17, 2009

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Jürgen Habermas cumple ochenta años este 18 de junio y, como era de esperar, no faltan los homenajes y parabienes. La Universidad húngara de Pécs, por ejemplo, le dedicó el pasado mayo su seminario filosófico, por el que desde 1998 han pasado prestigiosos pensadores. Aprovechando la coyuntura fue entrevistado, además, por el periódico Nepszabadsag (en húngaro, lógicamente).   Por otra parte, el número de junio de la revista berlinesa Blätter für deutsche und internationale Politik se dedica a glosar su obra, pues no en vano es uno de sus coeditores.

En esta celebración textual participan algunos de sus discípulos académicos, como Oskar Negt, Claus Offe, Ulrich Oevermann, Albrecht Wellmer y Axel Honneth,  así como algunos de sus más cercanos colaboradores en Frankfurt (Ingeborg Maus, Klaus Günther y Rainer Forst). Todos ellos perfilan los cortornos de Teoría y praxis, una de sus obras mayores. Pero hay más cosas:

Seyla Benhabib, profesora de Ciencias Políticas y Filosofía en la Universidad de Yale, se pregunta  cómo se conjuga una visión cosmopolitica de la justicia  con la organización nacional de la democracia. En realidad, lo que hace es reconstuir la noción de “cosmopolitismo democrático” desde la antigua tradición griega hasta Kant y Habermas. Concluye que, en tiempos de migración mundial, la constitución de la “demos” ya no puede limitarse a la nación-estado. Así pues, el postulado de Habermas   de la “inclusión del otro” se convierte en una obligación cosmopolita.

Kenichi Mishima, profesor de Filosofía en la Universidad de Osaka, trata de la influencia de Habermas en lo que denomina la ilustración japonesa de posguerra. Analiza la “grandes debates intelectuales”  que han tenido lugar en aquel país y destaca el papel de Habermas contra el nacionalismo cultural.

El periosista Wolfgang Lieb titula su texto de forma gráfica:  “El funeral de Humboldt: Diez años del proceso de Bolonia”. Lo que hace es  señalar que la aplicación de este modelo ha hecho que las universidades alemanas vayan a peor.  La razón es que la reforma supone la renuncia al ideal de educación comprensiva de  Humboldt  y un cambio radical hacia el economicismo neoliberal.

Joachim Becker, profesor de economía de la Universidad  de Viena, establece un papalelismo entre el caso argentino y lo que le ocurre a la Europa oriental con la crisis financiera.   Becker analiza las diferencias entre las diversas economías de la zona y demuestra que  los Estados cuyo crecimiento económico estuvo financiado principalmente por la deuda externa están ahora en peligro   -la razón es que en el horizonte se dibuja  a una situación similar al escenario de la crisis argentina.

Finalmente, el politólogo Lars Normann trata sobre el Pakistán. Este país se encuentra en una profunda crisis -ya se considera como un “no Estado”. Sus principales desafíos:  en el oeste, los islamistas controlan amplias zonas;  en el este, el conflicto de Cachemira con la India aún no ha sido resuelta;  y dentro del propio país  el ejército  y su servicio de inteligencia seguen actuando como un “Estado dentro del Estado”. Normann sostiene que sólo una acción decidida de fuerzas seculares pueden estabilizar el país y combatir eficazmente el terrorismo islamista.

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Mitología del blog: recorrido para no iniciados

Publicado por Anaclet Pons en Junio 4, 2009

En efecto, éste es más o menos el título del artículo incluido en la sección “From the Intersections: History and New Media” del numero de mayo de Perspectives on History. Su autor es Jeffrey N. Wasserstrom, profesor de historia  en la University of California at Irvine, quien bloguea con asiduidad para The China Beat y  Huffington Post .   Además de otras cosas, es el editor del Journal of Asian Studies y su obras más recientes son  Global Shanghai, 1850–2010: A History in Fragment (Routledge, 2008)  y China in 2008: A Year of Great Significance (Rowman & Littlefield, 2009). Esto nos dice:

JeffWasserstrom

Para algunos lectores de esta revista, la palabra “blog” -término derivado de “web log” y que ahora se utiliza para referirse a todo tipo de lugares- probablemente evoca la imagen narcisista, auto-confesional, del escritor que le da vueltas a sus manías.   Así que permítanme comenzar con algunos datos personales, una confesión  y una manía. Los detalles: enseño sobre China y contribuyo regularmente a un blog de grupo. La confesión: hasta hace un año y medio, nunca había blogueado ni leído blogs. La cosa que no soporto (que no sorprenderá a quienes hayan repasado mi “Eurocentrism and Its Discontents” aparecido en Perspectives en enero de 2001): los ensayos que se centran en fenómenos globales, como los blogs, y hacen generalizaciones que sirven para la Estados Unidos y  Europa occidental, pero no necesariamente para el resto del mundo. (Lo que sigue, de hecho, comenzó como una carta de queja desencadenada por un ensayo, por otro lado admirable, aparecido en la New  York Review of Books sobre los blogs,  aquejado precisamente de ese defecto). Así, al leer lo que sigue, hay que tener en cuenta: (1)  Se oirá hablar mucho de China – y no precisamente mal si se curiosea  en la web, ya que ese país cuenta ahora con más usuarios de Internet que cualquier otro. (2) La categoría de “historiador no iniciado” del título me incluye a mi, al menos  hasta mediados de 2007. (3) Muchos de los conceptos erroneos que quiero desacreditar son cosas que yo creía hasta hace poco -aunque 18 meses en la blogosfera (donde el tiempo pasa tan rápido que es mejor calcularlo en años chinos) no es realmente un período tan corto .

Malentendido 1: Todos los bloggers parlotean sobre sí mismos, se confiesan y despotrican contra esto o lo otro.   Algunos lo hacen, pero no todos. Tomemos, por ejemplo, el equipo responsable de  China Digital Times (lema: “The revolution will be blogged”). Es un sitio excelente que se dedica a poner al día a sus lectores sobre la política china.

Malentendido 2: Todos los blogs incluyen eslóganes que son una monada. Algunos lo hacen. El del blog de grupo al que pertenezco, por ejemplo, el de The China Beat es “Blogging How the East is Read”,  que nos gusta pensar que es inteligente. Para otros ejemplos, véase la entrada  “The Best Website Taglines Around the Internet” —en particular, “The Straight Dope: Fighting Ignorance since 1973 (It’s taking longer than we thought)”— en el Daily Blog Tips. Muchos blogs, sin embargo, no tienen ese tipo de eslóganes, incluido Daily Blog Tips.

Malentendido 3: Lo de los blogs es una moda que tarde o temprano se acabará,  por lo que podemos ignorar el fenómeno y esperar a que pase. Eso nadie lo sabe. Parece dudoso, sin embargo, que los blogs vayan a desaparecer pronto. Además, últimamente se han convertido en una parte cada vez más importante del panorama político e intelectual. Para los historiadores, hay blogs que  forman parte de un portal dedicado a la disciplina, como el History News Network de Rick Shenkman, o vinculados a nuestras organizaciones profesionales (la AHA, por ejemplo). Muchas (quizás todas) editoriales universitarias los tienen.  Incluso el venerable Times Literary Supplement (de Londres), estandarte tradicional, tiene dos: el Don’s Life de la clasicista Mary Beard y el epónimo de su editor Peter Stothard, ambos sin eslógan. Cierto que la New York Review of Books no tiene uno propio, sino que está asociado a  “NYRB Classics“ . Sin embargo,  New Yorker tiene varios (incluido uno excelente sobre China de Evan Osnos) y la sección New York Times Sunday Book Review acoge un excelente Paper Cuts , de modo que la NYRB pronto podría seguir el ejemplo. De hecho, en su edición de 14 de febrero de 2009 apareció un largo ensayo sobre los blogs escrito por  Sarah Boxer.

Malentendido 4: “[Una entrada en un blog] está disponible para cualquier persona con una conexión a Internet”.  Esta es una de las líneas del artículo de Boxer que no comparto. ¿Por qué? Porque muchos internautas chinos tienen vedados muchos blogs. Esto se debe al mecanismo de  censura que los peridistas occidentales habitualmente llaman  el “Gran Cortafuegos de China”, pero que uno de mis bloguers favoritos, Jeremy Goldkorn, ha denominado el “Net Nanny”, un término que capta muy bien los esfuerzos por parte del gobierno chino por dirigir a los usuarios hacia determinados sitios de Internet y mantenerlos alejados de los demás. Además, no sólo es un problema chino. Por otra parte, hay algunos que están protegidos con contraseñas o están bloqueados por edades.

Malentendido 5: Los libros y los blogs son tan diferentes que lo novedoso de la publicación de la antología de Boxer era como lo de “hombre muerde a perro”. Así es como Boxer presentó su Ultimate Blogs en el ensayo para la NYRB, explicando cómo había llegado  a la idea de hacer la antología, a pesar de verlo de entrada  como una “terrible” perspectiva. Thomas Jones, escribiendo sobre Boxer en la edidión del 24 de enero de la London Review of Books, comienza: “Libros y blogs, si hacen su trabajo correctamente, son tan diferentes como lo puedan ser dos tipos de textos impresos”.  Considera a Ultimate Blogs “un temprano aspirante al libro más inútil del año.” Lo único que quiero señalar es que los lectores chinos verán esta forma de ver las cosas un poco extraña. Ellos saben perfectamente que escribir libros y escribir blogs pueden ser tareas muy diferentes, aunque se hayan acostumbrado a que se recopilen las entradas en tapa dura. En Occidente, se han producido suficientes libros basados en blogs como para que se haya acvuñado un término ( “blooks”) y haya un premio para los mejores ( “Premio Blooker”). Algunos incluso se han vendido bien, aunque es un género  menor propio del mercado anglosajón. Pero la cosa va a más. Por ejemplo, China in 2008: A Year of Great Significance, una antología basada en el citado  The China Beat que contiene también materiales de otras publicaciones  y ensayos nuevos. Está coeditado por Kate Merkel-Hess, Kenneth Pomeranz y yo mismo (con la asistencia de Miri Kim), y con un prólogo de Jonathan Spence,  expresidente de la AHA.

Malentendido 6: Lo del blogging es para los jóvenes. Esta es una idea tentadora para alguien de mi edad. Pasados los 45, como hice hace unos años, cualquier posibilidad de ser considerado “joven” empieza a parecerme estupenda. Además, algunos de los bloggers que he mencionado anteriormente tienen mi edad.

Malentendido 7: El blog es lo último en escritura en línea. De hecho, los más jóvenes creen que los blogs son realizados por personas que son mayores de lo que realmente son. Ellos prefieren las formas de comunicación que permitan una interacción mucho más rápida entre los participantes de la que se produce a través de la sección de comentarios de un blog normal, y  piensan que los blogs que no permiten hacer comentarios o que son moderados son estrictamente aburridos. Prefieren el chat,  Facebook  o Twitter. Aunque he sido escéptico sobre esto, creo que hay que saber más sobre cómo funciona exactamente, ya que algunos de los bloggers que más admiro , como Rebecca MacKinnon y su Rconversation, han comenzado a combinar los blogs con tweeting.

Malentendido 8 : Los académicos y otros intelectuales que se pasan a los blogs están llamando la atención de quienes tienen problemas para conseguir publicar en formatos más tradicionales. Seguramente esto es cierto a veces. Pero Mary Beard mantiene activo un blog y también publica ensayos y libros a ritmo prodigioso. Y en términos de llamar la  atención, a veces la motivación de un blog es reclamar la atención de las publicaciones impresas. Este fue sin duda el caso de mi iniciación como blogger. Mi primer post fue para la “Campaign for the American Reader“, blog del que me he convertido en adicto.   Cuando me invitaron a participar en su “Writers Read“, acepté por varias razones: me halagaba;  me daba la oportunidad de hablar  de escritores de cuya lectura me había beneficiado; acababa de publicar mi primer libro, China’s Brave New World—And Other Tales for Global Times (Indiana University Press, 2007),  y estaba preocupado por si no tenía lectores.

Malentendido 9: El blog académico es un lujo para los que tienen una plaza fija.  Hay peligros en la práctica del blogging, especialmente si no no tiene una plaza. Puede que uno dedique demasiado tiempo a los blogs en lugar de hacer otras cosas, o puede que uno haga comentarios inadecuados en el ciberespacio que se vuelvan contra sí mismo. Aquellos de nosotros que enseñamos a  los estudiantes graduados o a ayudantes deberíamos señalarles  los riesgos. Dicho esto, no creo que necesariamente debamos alentarles a que se olviden del blog. Al fin y al cabo, la musculación de la escritura puede mejorar con diversos tipos de ejercicios textuales. Y, con pragmatismo, a veces al que hace un blog le ocurren cosas buenas. Hay dos ejemplos, ciertamente bastante atípicos,  que me vienen a la mente. En la UC Irvine, tenemos algo llamado “Schaeffer Fellowships” que se dan a  estudiantes que demuestran un don para la “no-ficción creativa” o, simplemente, tienen cierta habilidad para escribir con estilo, incluso tratándose de cuestiones académicas. Una reciente ganadora procede del departamento de historia, Jana Remy, que obtuvo el premio por la calidad de sus blogs en sitios como Making History Podcast: The Blog, una iniciativa que desarrolló para explorar enfoques experimentales en la narrativa histórica (entre los asuntos tratados está  la labor de Laurel Thatcher Ulrich, presidenta de la AHA). También sé del caso de otra graduada local que ha sido invitada a escribir reseñas de libros para una prominente revista literaria después que su blog sobre libros impresionara a uno de los editores de esa publicación.

Malentendido 10: Los Bloggers piensan que todo se puede reducir a un ranking de los diez primeros. Esto no es cierto. He utilizado aquí este formato popular,   pero en The Beat China nuestras listas tienden a ser sólo de  la mitad.

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Peter Burke, esbozo de autobiografía

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 29, 2009

Por tramposa que sea, la autobiografía es un género suculento. Más aún si quien la emprende es alguien como Peter Burke, uno delos mejores historiadores de las últimas décadas. Nacido en 1937, fue profesor de historia cultural en Cambridge hasta su jubilación, aunque sigue ahora como Life Fellow of Emmanuel College. Ha publicado un total de veintitres libros,  todos vertidos al castellano y bien conocidos entre nosotros. El último llevaba por título Lenguas y  comunidades en la Europa moderna, editado en 2004 (Akal, 2006).

A lo largo de los años, Peter Burke ha reflexionado en varias ocasiones sobre su quehacer disciplinario y sobre sus avatares personales.  En ese sentido, quizá  lo más parecido a una reflexión autiobiográfica sea la entrevista que se contiene en el volumen editado por su esposa, Maria Lúcia Pallares-Burke, y titulado La nueva historia (PUV, 2005).

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Ahora, no obstante, la operación es más evidente y precisa, en correspondencia a una invitación de los editores de Rethinking History: Invitation to historians: An intellectual self-portrait, or the history of a historian” (vol. 13, núm. 2, junio de 2009, págs. 269–281). Sólo añadir que el texto parece un añadido al número anterior, el dedicado a “Academic Autobiography and/in the Discourses of History”, del que ya hemos hablado aquí.

Dice Peter Burke:  una invitación de este tipo puede interpretarse al menos de dos modos,  bien como una oportunidad para presentar un programa (o incluso un manifiesto) sobre una forma de hacer historia o bien para pintar un autoretrato intelectual (verrugas y todo, por supuesto).  Dado que en su momento ofrecí algunas propuestas de lo primero –tal vez demasiadas-, voy a optar por el autoretrato, con la esperanza de que la imagen resultante lo sea en movimiento y no estática, para mostrar cómo una persona interactúa con diversos ambientes y de esta manera se enfrenta a una serie de cuestiones que están en discusión. Con ello, el repaso al desarrollo de un historiador concreto  puede contribuir al proceso colectivo de repensar la historia.

De entrada, conviene preguntarse sobre si la historia necesita ser replanteada. En mi opinión, lo que hace que uno sea  buen historiador es una combinación de inteligencia, percepción (psicológica, política o lo que sea) y habilidad para comunicarse bien, cualidades que no tienen nada que ver con ninguna división entre enfoques “tradicionales” y “modernos” . Sin embargo, también defiendo que la función de un historiador consiste en mediar, como un traductor, entre pasado y presente. Esta función implica repensar y reescribir la historia en cada generación.

La pregunta inicial es, pues, cómo un individuo se convierte en historiador, por no hablar de uno concreto. Quizá la respuesta debería darla un psicoanalista. Yo no tengo, pero si estuviera echado en el sofá  probablemente evocaría  dos imágenes vívidas. La primera es la de un niño de siete años que le dice a su madre:  ”cuando crezca, quiero ser profesor de historia “. Por supuesto, mi problema es reconstruir qué supuso aquello en mi vida posterior.  En fin, incluso el propio pasado es un país extraño.

En cualquier caso, a los siete años ya estaba fascinado por la historia. Tal fascinación comenzó, creo, cuando estaba jugando a los soldaditos, lo que me condujo a entusiasmarme con los castillos, los caballeros, las armas y las armaduras, lo cual progresivamente se extendió hasta incluir las catedrales góticas, los manuscritos iluminados y, sobre todo, la heráldica. Cuando tenía 14 años, quería ser medievalista y esperaba convertirme algún día en  miembro de la Society of Antiquaries.

La segunda imagen es la de un joven de 16 años, sentado en un autobús, en algún momento a principios de 1950, leyendo un libro de un don de Cambridge, Kenneth Pickthorn, titulado Early Tudor government: Henry VII (1934). No había elegido leer a Pickthorn,  era una lectura obligatoria. Recuerdo mi irritación con el autor por escribir sobre un puñado de funcionarios y no decirle al lector prácticamente nada sobre la Inglaterra de 1485. En otras palabras, lo que realmente quería leer era historia social, una historia sobre todo el mundo. Esta idea probablemente la extraje de la  English social history (1942) de G.M. Trevelyan -mi padre me había dado un ejemplar, que todavía conservo- y también quizás de la  Social history of art (1951) de Arnold Hauser, que acababa de aparecer y que había descubierto en las estanterías de la Stoke Newington Public Library (recuerdo que el título me intrigaba: ¿cómo podía el arte tener una historia social?).

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A partir de estas dos espléndidas imagenes, Peter Burke repasa las etapas fundamentales de su  vida. En primer lugar, el ejército, al que se alistó al poco de cumplir los dieciocho años, siendo destinado a Singapur como miembro del Royal Corps of Signals. Después, sus estudios de historia en Oxford, entre 1957 y 1962.  Allí aparecen sus dos tutores,  Howard Colvin y Keith Thomas, y otros profesores, como Christopher Hill y Lawrence Stone, asociados ambos a su lectura favorita, la revista Past and Present. Sin embargo, el supervisor de su investigación fue Hugh Trevor-Roper, que le sugirió la lectura de Arnaldo Momigliano, al tiempo que el propio Burke se adentrada en los historiadores de Annales. Sea como fuere no acabó su dissertation. Ocurrió que Asa Brigs fue a dar una conferencia sobre sociología y mencionó que se iba a abrir una nueva Universidad en la que se impulsarían los estudios interdisciplinares. Y así empezó la tercera etapa, en octubre de 1962, como Assistant Lecturer en la School of European Studies de la University of Sussex, un lugar donde definió lo que considera el hilo central de su trabajo: su mediación entre la historia, por un lado, y la antropología y la sociología, por otro. Finalmente, Cambridge, donde llega en 1978, con el choque que le supuso volver al mundo de las viejas universidades. Hasta el punto de que allí le consideraban un revolucionario (al menos a ojos de Geoffrey Elton).

Terminado ese repaso, Peter Burke concluye que la operación que ha realizado, su autoretrato intelectual, no es nueva.  Y nos dice: es un género que fue inventado hace casi trescientos años . Cuando Vico publicó su autobiografía, en 1728, lo hizo como respuesta a una invitación de tres académicos italiano. El texto se publicó en un revista junto con una propuesta para que otros estudiosos italianos escribieran sus autobiografías intelectuales sirviéndose de ese modelo. El objetivo de la empresa era cómprender cómo surgían los descubrimientos intelectuales. Este objetivo puede que sea excesivo,  pero el autoretrato que he pintado quizá sirva para sugerir un par conclusiones generales.

Mirando hacia atrás, me parece que el historiador en que me he convertido procede de un medio que que favorecía ciertos intereses, actitudes y métodos; pertenece a una determinada generación, la generación de posguerra, que comparte lo que Mannheim llamó  ”una posición común en el proceso social e histórico”, incluyendo grandes sucesos como 1956, 1968 y 1989. Soy cuatro años más joven que Keith Thomas, tengo tres menos  que el último Raphael  Samuel, soy dos años mayor que Robert Darnton y Carlo Ginzburg, cuatro más que Bob Scribner y superó en nueve a Roy Porter. Todos ellos conforman una red de amigos, así como una generación, que ilustra la importancia de los pequeños grupos, en vez de individuos aislados, en el proceso de repensar la historia. La frase  de Raphael, “Taller de historia”,   no sólo se aplica al grupo que fundó, sino a todos nosotros.

Un último comentario se refiere a la fiabilidad de autoretratos como éste, así como a otras confesiones o “egodocumentos”, como los llaman los  holandeses, ya fueran escritos por el protagonista o registrados por un entrevistador. La cuestión ha sido debatida por psicoanalistas y sociólogos, y también por los historiadores. Uno de los puntos centrales  se refiere a la necesidad de recordar que las autobiografías presentan el pasado de una persona desde un punto de vista particular,  el que corresponde al momento de la escritura. También hemos de ser cuidadosos con “los mitos en las historias de vida”.  Es evidente que a veces ” recordamos” lo que nos gustaría que hubiera ocurrido y, aún más a menudo,  olvidamos lo que desearíamos que no hubiera sucedido. Desplazamos nuestro pasado hacia el centro mismo del escenario, silenciando a antiguos amigos y colaboradores que amenazan con reducir nuestra gloria, al igual que la Enciclopedia Soviética silenciaba a  Trotsky en la era de Stalin. Como alternativa, pero de forma  igualmente  esquemática, podemos elegir presentar nuestra vida como una serie de accidentes. Nuestros recuerdos son también estereotipados, conformados por la práctica de contar y recontar historias. En pocas palabras, sin darnos cuenta  a menudo superponemos un mito de la coherencia sobre una realidad desordenada. Caveat lector.

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La enseñanza de la historia

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 15, 2009

El número de primavera de  History Workshop Journal se dedica a analizar cómo se enseña la historia, dentro de un dossier titulado “Feature Textbook Lessons”. Todos los artículos son recomendables, pues sirven para recordarnos un aspecto que a menudo dejamos de lado. Por otra parte, abordan cuestiones muy cercanas a nuestro caso particular. La presentación de Sunil Amrith nos permiten ponernos en situación:

History Workshop Journal, 2009, 67(1): págs. 83-86

HWJ67

La conexión entre la enseñanza de la historia y el estado-nación moderno es íntima.  La herramientas fundamentales para inculcar las lecciones del pasado en la mente de los niños son los manuales, quizá las obras de la historia más leídas e influyentes. También están entre las más controvertidas. Este número del HWJ se centra en las formas en que los libros de texto escolares de las diferentes regiones del mundo reflejan y proporcionan un espacio para ver los conflictos referidos a la historia y a la forma de impartirla, concluyendo con una breve pieza sobre cómo se usan en el Reino Unido  (o no) las “lecciones de la historia”.

La mayoría de las democracias occidentales han conocido distintos debates sobre cómo interpretar el pasado desde la década de 1970: la búsqueda de reconocimiento a los grupos mal representados o marginados – las mujeres, los pueblos aborígenes, las minorías étnicas y religiosas, las comunidades de inmigrantes, de homosexuales o lesbianas-,   sus contribuciones a la historia y  su exigencia de una restauración de sus historias dentro de las  narrativas “nacionales” del pasado. El proceso global de descolonización y la inmigración masiva desde el Tercer Mundo a Europa y a los Estados Unidos ha exigido que los planes de estudios nacionales se vean obligados a enfrentarse a la existencia  de narraciones sobre el pasado en competencia, incluso  conflictivas, así como a la presencia  de extranjeros o outsiders en el cuerpo nacional. Inevitablemente, estos países también han sido testigos de una reacción conservadora, que pide una reafirmación de la narrativa nacional dominante. En Gran Bretaña, por ejemplo, la reacción conservadora -haciendo hincapié en una singular narrativa nacional y un conjunto de “valores”,  blanqueando el pasado colonial- se pone de manifiesto en un reciente libro de texto destinado no a niños en edad escolar, sino a los nuevos inmigrantes que han de pasar la prueba para obtener la ciudadanía británica (Life in the United Kingdom: a Journey to Citizenship. London, 2007).

Las contribuciones que se incluyen en este número sobre los Países Bajos y Alemania nos iluminan sobre  la historia enseñada en dos países donde los debates públicos del pasado son muy actuales.  Mieke de Vos describe una lucha en el curricula de la historia nacional en los Países Bajos, entre, por un lado,  la voluntad de ampliar la enseñanza de la historia para incluir múltiples perspectivas (incluidas las de los inmigrantes y las minorías, las cuestiones de género y la relación entre Europa y el mundo no occidental)  y, por otro,  una reciente contra-reacción que trata de restablecer un “canon neerlandés” centrado más  en Europa. La profesora de Vos sostiene que las recientes tensiones sobre el lugar que ocupan los inmigrantes musulmanes en los Países Bajos, en particular después de los asesinatos del político Pim Fortuyn y el cineasta Theo Van Gogh, han reforzado la tendencia a tratar la historia enseñada  como una forma de asimilar a los inmigrantes e instruirlos  en los  ‘auténticos’ valores neerlandeses .

En los ejemplos alemanes, descritos por Simone Laessig y Karl Heinrich Pohl, emergen algunas de las contradicciones de la enseñanza de la historia alemana dentro de una perspectiva europea más amplia. El reconocimiento de que Alemania es una “nación de inmigrantes” llegó tarde, y Alemania carece de grupos de presión organizados por parte de las minorías o de grupos de inmigrantes para presionar en favor de una incorporación de sus narrativas a la historia oficial. Laessig y Pohl  sugieren que en la mayoría de libros de texto de historia, la situación de los inmigrantes, especialmente los musulmanes, sigue siendo la de los “otros” dentro de la sociedad alemana. El tratamiento de la historia de los judíos alemanes está más presente; el Holocausto está firmemente establecido en el centro de los planes de estudio, pero como resultado de ello, argumentan Laessig y Pohl,  los judíos alemanes sólo  aparecen en los libros de historia como víctimas, por lo que siguen siendo demasiado extraños a la narrativa dominante. Sin embargo, en el caso alemán, esa narrativa dominante no es tanto  de tipo nacional o  nacionalista  cuanto  una amplia descripción de la europeización. Los libros de texto alemanes son cautos en cuanto al nacionalismo. Lo que surge en su lugar es una “pre-historia” de la Unión Europea y un énfasis en una identidad esencial europea basada en determinados valores (la tolerancia, la democracia) y en una herencia cristiana latina.

Cambiando de Continente, en la democracia índia,  como muestran los trabajos de Neeladri Bhattacharya y Romila Thapar,  los conflictos por la historia y la historia enseñada  han tomado una forma diferente. Tras la independencia de la India y el trauma de la Partición, los primeros libros de texto trataron de hacer dos cosas: por un lado, «descolonizar» la historia,  impugnando la percepción de que la India colonial fue una sociedad incapaz de hacer historia; por otro, poner de relieve, a la luz de los conflictos entre comunidades y el derramamiento de sangre, la esencial “unidad en la diversidad” que ha atravesado toda  la historia de la India. Por fortuna, contamos con la memoria personal de Romila Thapar,  valerosa  participante durante décadas – y con un coste considerable,  pues incluso ha tenido amenazas de muerte- en los debates públicos sobre la historia en la India. Thapar escribe aquí sobre su compromiso con el proyecto de construcción de la nación tras la independencia de la India, y su firme convicción de que sólo un curricula de historia “secular” podría servir a este fin.

A partir de la década de 1970, el desafío a la versión del pasado presentada en los libros de texto que ofrecían una historia “secular” provino no tanto de  los grupos minoritarios sino  de un  nuevo poder,  el del mayoritario nacionalismo hindú, que propuso una visión del pasado como una constante lucha entre hindúes y musulmanes. La casta alta, el hinduismo militante del Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS),  incidió en  la idea de que los musulmanes eran “extranjeros” en la India, de ahí su insistencia en que los libros de texto presentasen a los arios como los auténticos indígenas de la India. Otra queja persistente, y  punto clave por el que  el libro de texto de Thapar sobre la  Índia temprana fue  impugnado, fue su demostración de que en la India temprana las castas altas comían carne de vacuno en ocasiones ceremoniales. Cuando el Partido Bharatiya Janata (BJP), brazo político de la RSS, llegó al poder en la India al frente de una coalición en 1998, se publicó toda una nueva serie de libros de texto, que reflejaban  el punto de vista “comunal”  hindú, y una serie de eminentes historiadores -”seculares” y de izquierda – perdieron sus puestos de trabajo.

Los debates sobre la historia en  la India sugieren la centralidad de las narrativas del pasado en competencia con definiciones contemporáneas de la comunidad nacional. Sin embargo, como señala Bhattacharya, la historia secular siempre ha tenido sus puntos ciegos, cuando tienden a reducir las motivaciones religiosas a causas económicas o sociales. Además, la confianza de los historiadores seculares en refutar la base fáctica  de la reclamación “comunal” no ha servido para reducir el atractivo emocional de esa versión de la historia. Como ha escrito recientemente Dipesh Chakrabarty , “en cuanto al respeto por los hechos, el historiador laico en la India puede aportar su razonamiento al público, pero no hay garantía de que capte su atención” (‘The Public Life of History: an Argument Out of India’, Public Culture, 20: 2, 2008).

(…)

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Todas las contribuciones a este número  señalan las limitaciones en el alcance de los planes de estudios nacionales y de los libros de texto oficiales. Por ejemplo, el tema de la diferenciación regional emerge en las contribuciones sobre la India, así como en las centradas en Alemania. Laessig y Pohl muestran que  los estados federados tienen una autonomía significativa para establecer planes de estudio y libros de texto y, de hecho, una parte central de su argumento se refiere a la gran variación entre estados en las estrategias pedagógicas empleadas en la historia que se enseña. En el caso de la India, Bhattacharya muestra cómo la traducción oficial de los libros de texto a lenguas vernáculas regionales supone un proceso de transformación e hibridación, en el que los valores locales y los conflictos son  inscritos  en la historia nacional homogénea que presentan los libros de texto. En todos los países analizados,  la publicación de libros de texto es una lucrativa empresa comercial, y la proliferación de diferentes versiones y ediciones rebaja el control oficial sobre su contenido. Por último, como aclara de Vos, al centrarse demasiado en los planes de estudio y libros de texto, corremos el riesgo de subestimar la capacidad creativa de los docentes a la hora de aportar nuevas perspectivas en las aulas, a menudo a pesar de los libros de texto que están obligados a utilizar.

El reto más importante  quizá  sea el de mantener la atención de los estudiantes. Al leer todos los ensayos, uno concluye que hay una disminución del interés por la historia por parte de los jóvenes. Mieke de Vos lo señala claramente:  la principal amenaza a la que ha de hacer frente la enseñanza de la historia en la educación secundaria holandesa  no radica, a pesar de todo,  en la introducción de nuevos cánones o marcos temporales,  ni siquiera en la calidad de los maestros, sino más bien en el pequeño número de estudiantes que escogen la historia a la hora de hacer su examen final.

Las consecuencias de esta tendencia devienen evidentes en la última contribución a este número, por parte de Pat Thane. Thane se centra no en los libros de texto, sino en la forma en que la “lecciones de la historia” marcan  el proceso de elaboración de las políticas en Gran Bretaña. Esta estudiosa sugiere que la falta de atención de la historia que se enseña en la escuela (incluso en la Universidad) por cuestiones como la historia de la política social puede contribuir, a largo plazo, a la falta de atención que los medios de comunicación británicos y  los políticos conceden a la historia cuando hablan y hacen las políticas de hoy.   Thane es una de las fundadoras de la iniciativa History and Policy en el Reino Unido, cuyo objetivo es trabajar directamente con quienes hacen esas políticas. Escribir  libros de texto más abiertos, inclusivos y creativos es una forma de inculcar “lecciones de historia” más complejas en la población en general,  trabajar directamente sobre los políticos y los periodistas es otra.

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