Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

Archivos de la categoría ‘Libros’

Robert Darnton: Juicio a la letra impresa

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 13, 2009

A la memòria de Xavi, que ens ha deixat avui

Robert Darnton acaba de publicar un nuevo libro, un volumen recopilatorio que incluye sus últimos artículos para el New York Times y el discurso que pronunció en la feria internacional del libro de Frankfurt: The Case for Books: Past, Present, and Future (PublicAffairs). El objeto común son los libros, como ya saben los seguidores de este blog.

Case-for-Books

El libro, dice el profesor norteamericano en Publishers Weekly,  no está muerto. De hecho, en el mundo se editan más libros que nunca. Según Bowker, 700.000 nuevos títulos se publicaron en todo el mundo en 1998, 859.000 en 2003 y 976.000 en 2007. A pesar de la gran recesión de 2009, que ha tenido graves consecuencias en la industria editorial, se espera que en los próximos años esa cifra alcance el millón de libros nuevos.

Sin embargo, la falta general de interés que los americanos muestran por la historia nos ha hecho vulnerables a ciertas ideas exageradas de cambio histórico –y algo tiene que ver también  nuestra fascinación por la tecnología. La obsesión actual con los dispositivos móviles, los lectores electrónicos y la digitalización ha producido un caso colosal de falsa conciencia. A medida que nuevos dispositivos electrónicos llegan al mercado, pensamos estar precipitándonos en una nueva era. Nos dedicamos a vender “la era de la información” como si la información no hubiera existido en el pasado. Mientras tanto, los libros electrónicos y dispositivos como el Kindle representan menos del 1% de los gastos en libros en los Estados Unidos.

La historia nos demuestra que un medio no necesariamente desplaza a otro -al menos no a corto plazo. La publicación de manuscritos floreció mucho después del invento de Gutenberg; los periódicos no acabaron con el libro impreso; la radio no sustituyó al periódico; la televisión no destruyó la radio e Internet no ha hecho que los espectadores abandonen sus aparatos de televisión. Cada época ha sido una era de la información, cada una a su manera. En mi nuevo libro,   abordo esa cuestión,  porque creo que no podemos prever el futuro o dar sentido al presente a menos que estudiemos del pasado. No necesariamente porque la historia se repita o nos enseñe lecciones, sino porque puede nos ayudar a orientarnos frente a los retos de las nuevas tecnologías.

Digitalizar, democratizar

La mayor parte de mi propia investigación pertenece a un campo de reciente reconocimiento en el mundo académico: la historia del libro. Mi trabajo me ha llevado de la investigación histórica a la participación en empresas de publicación electrónica y a la dirección de las Bibliotecas de la Universidad de Harvard. Al tratar con los problemas del presente, a menudo me encuentro pensando de nuevo en el mundo de los libros tal como fue experimentado por los padres fundadores y los filósofos de la Ilustración. A pesar de sus muy diferentes orígenes , Franklin, Jefferson, Voltaire y Rousseau se consideraban ciudadanos de una república universal de las letras, un ámbito cultural sin fronteras -políticas, disciplinarias o lingüísticas-  y abierto a todos los que sabían leer y escribir. Eso, por supuesto, fue una visión utópica limitada a una pequeña élite -en el siglo XVIII, no sólo la mayoría de personas eran  analfabetas, sino que no podían permitirse comprar libros, aun cuando pudieran leer.

Hoy, sin embargo, tenemos los medios para hacer que la utopía sea realidad. En muchas sociedades, a pesar de las enormes desigualdades, la gente común no sólo lee, sino que tienen acceso a una gran cantidad de material de lectura a través de Internet. No minimizo la brecha digital, que separa el mundo informatizado de los demás, ni subestimo la importancia de los libros tradicionales. Pero el futuro es digital. Y creo que si podemos resolver los desafíos actuales de los libros de manera que favorezcan a los ciudadanos corrientes, podemos crear una República digital de las letras. Gran parte de mi libro está dedicado a esta premisa y se puede resumir en dos palabras: digitalizar y democratizar.

Es fácil de decir, lo sé.  Hoy en día, los editores, los libreros, los autores y los bibliotecarios luchan contra obstáculos formidables. Cualquier persona que se las haya visto con un balance contable o haya escuchado la jerga de los vendedores es poco probable que tenga mucha paciencia para pensar sueños utópicos. Por tanto, eso nos ayuda a poner los desafíos actuales del libro en perspectiva. Por ejemplo, ahora estoy editando el diario de un representante de ventas, que pasó cinco meses por las  carreteras de Francia en 1778 a caballo, dale que te pego. A menudo pienso en él cuando me planteo un plan de negocio para alguno de mis proyectos electrónicos –su caballo nunca llegresaba a la oficina.  Las fantasías futuristas no nos llevarán muy lejos en el duro mundo de la edición actual, pero también ayuda a saber lo difícil que era la empresa en las épocas tempranas de la información.

Perspectiva

Aunque creo que los lectores y los profesionales pueden extraer enseñanzas y perspectivas aprendiendo de sus predecesores, la mayor parte de mi libro se refiere a problemas actuales y a la forma en que sus resoluciones pueden dar forma al panorama de la información para el futuro previsible. Los problemas que enfrenta el libro son urgentes, creo yo, no tanto porque los profesionales del libro deban encontrar un camino a través de las crisis financieras inmediatas que les afectan, sino porque el panorama editorial está cambiando bajo nuestros pies. Estamos viviendo uno de esos raros momentos en la historia en el que las cosas pueden desmontarse y volverse a recomponer en formas que determinarán el futuro durante décadas o más, a pesar de las innumerables innovaciones de la tecnología.

Por eso, como se puede observar, he dedicado gran parte de la obra a los esfuerzos de Google. Los recientes intentos de Google de digitalizar la mayor parte de los libros de las bibliotecas de investigación más grandes del mundo y  luego  poner en el mercado su tesoro digital podría tener un efecto profundo sobre el futuro de la república de las letras digitales. ¿El destino de la república de las letras digitales estará determinado por las leyes del mercado o habrá disposiciones para proteger el bien público? Un tribunal de Nueva York lo decidirá pronto, y su decisión podría tener un efecto profundo sobre las reglas y la forma en que se juega en el mundo de los libros.

Me doy cuenta, por supuesto, de que habrá otros momentos decisivos y otras fuerzas contendientes, y que puede que no sea capaz de ver con exactitud el futuro. Pero se esté o no de acuerdo con mi evaluación de Google, espero que mi volumen, y la historia del libro que ofrece,  sea útil. Al situar las cuestiones actuales  en el contexto histórico, espero tanto fomentar una visión amplia de la situación actual como  estimular el debate.

Y, sí, he optado por hacerlo aportando mis reflexiones en un códice impreso, un hecho que no debe pasarse por alto. Un libro sobre libros: el tema le sienta bien a la forma, pero está destinado a abrir nuestra comprensión de los nuevos modos de comunicación, no a lamentar el fallecimiento de un medio que no ha muerto y nunca lo hará.

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Para que no se diga que Darnton aparece en exceso en este blog y que todo son alabanzas, recomiendo la lectura de una entrada del blog diapsalmata, en la que su autor se queja de tanta futurología sobre el libro y tan poca experimentación ahora mismo.

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Los grandes maestros del pensamiento francés

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 8, 2009

Este blog ha sobrepasado estos días los cien mil hits, pero no vamos a recapitular, ni siquiera rendiremos homenaje, como debiera ser, al recién desaparecido Lévi-Strauss. Muchos otros lo han hecho. Por ejemplo: NYTLe MondeLe FigaroAFPGuardianWash PostBloombergLATWSJOpen DemocracyLondon TimesAtlanticAPTelegraphIndependentForbes y un largo etcétera

Nos detendremos en los azares del destino, en los que no tiene cabida curiosamente Lévi-Strauss.

A finales del pasado año, la editorial alternativa Brumaria presentaba Pequeño panteón portátil, la obra que acababa de publicar en francés Alain Badiou. Ahora, con mayores medios, sale una nueva versión a cuenta de FCE.  Así que hemos de concluir que Badiou está de suerte, no en vano la editorial argentia Bestia Equilátera le acaba de reeditar su El concepto de modelo (1969);  o quizá sea que ya no quedan maestros como esos a los que rinde homenaje: Althusser, Borreil, Canguilhem, Cavaillès, G. Châtelet, Deleuze, Derrida, Foucault, Hyppolite, Lacan, Lacoue-Labarthe, Lyotard, F. Proust, Sartre. Badiou es consciente de esa escasez, pues considera que el “momento francés” por antonomasia transcurrió en la década de los sesenta, sobre todo en el lustro que va de 1963 a 1968.

Así concluye el prólogo:

brumaria FCE Badiou

(…) conviene recordar qué es un filósofo. Recordarlo mediante el ejemplo de aquellos que en Francia (donde fueron más numerosos que en otros sitios) asumieron el alcance de ese vocablo en las últimas décadas. Hay que pedirles auxilio a ellos para limpiar y volver a sacarles lustre a las palabras en cuyo nombre, dificultosamente, y con una gran tensión del pensamiento, han propuesto aceptar incondicionalmente que hay que encontrar al menos una Idea verdadera y nunca ceder sobre sus consecuencias, aun cuando, como dice Mallarmé a propósito de Igitur, ese acto que nadie reclama sea “perfectamente absurdo, [salvo porque] el Infinito está al fin fijado”.

En suma, convoco a mis amigos, los filósofos ya desaparecidos, como testigos de cargo en el juicio que el Infinito entabla contra los falsificadores. Ellos vienen a decir, a través de la voz que pronuncia su elogio, que el imperativo del materialismo democrático contemporáneo, “Vive sin Idea”, es a la vez vil e inconsistente. Estos textos tienen formas y destinos muy diferentes. Se trata en todos los casos de homenajes rendidos a grandes espíritus, a menudo en ocasión de su desaparición, o de un aniversario de esa desaparición, o de un coloquio dedicado a ellos. Pero estos homenajes van desde el artículo breve a la larga meditación, y esa diferencia no tiene aquí ningún tipo de sentido jerárquico. Por lo demás, las últimas páginas, “Origen de los textos”, indican no sólo la fecha y la procedencia de estos pequeños escritos, sino también algunos datos complementarios sobre mi relación intelectual con los filósofos de los que hablo.

Aunque algunos fueron maestros de mi juventud, de ninguno de ellos diría hoy que lo sigo sin reservas en su construcción. A algunos estuve ligado por una  amistad, con otros tuve algunas querellas. Pero estoy feliz de decir aquí que, frente a los brebajes que hoy nos quieren hacer tragar, a estos catorce filósofos muertos, bueno, los quiero a todos. Sí, los quiero.

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La historia premiada

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 4, 2009

Este blog, como saben los habituales, se ocupa de escoger y difundir noticias sobre la disciplina que ocurren más allá de nuestras froneras. No obstante, en ocasiones se permite alguna excepción, y ahora ha llegado el caso, justo cuando se acaba de fallar el Premio Nacional de Historia y podemos ver los paralelismos.  La cuestión es que desde hace días estaba pensando si informar o no de los recientes premios americanos.

Sobre, digamos, los cercanos National Book Awards. Entre los finalistas, algunos historiadores, y entre ellos Greg Grandin, de Yale, cuyo último volumen ha recibido un sinfín de parabienes y alabanzas: Fordlandia. The Rise and Fall of Henry Ford’s Forgotten Jungle City. Es decir, sobre la ruinosa empresa que la Ford Motor Company  montó en Brasil en 1927 adquiriendo más de un millón de hectáreas en pleno Amazonas. Allí contruyeron un pueblo al estilo americano,  Fordlandia,  a cuyo alrededor estaría la mayor plantación del mundo, preparada para explotar la hevea, la resina del árbol del caucho. La inversión superó los 20 millones, pero resultó un fracaso y en 1945 se vendió al gobierno brasileño por 244.200 dólares.

O sobre,  por ejemplo, los American Book Awards, un premio que desde 1978 distingue a los mejores trabajos de la “America’s diverse literary community”, más allá de las fronteras académicas.  En esta ocasión, entre otros, han sido distinguidos dos volúmenes interesantes, ninguno de los cuales firma un historiador:  el de Houston A. Baker, Jr.  (Betrayal: How Black Intellectuals Have Abandoned the Ideals of the Civil Right Era, editado por Columbia University Press) y el de Richard Holmes (The Age of Wonder, de Pantheon Books).

En el primero, Baker estudia los textos de los fundadores de los movimientos de los derechos civiles y el Black Power (Du Bois, King, Malcom X, etc.), contrastándolos con los de la nueva élite neoconservadora (Shelby Steele, Jon McWhorter, Henry L. Gates, etc.) para concluir con esa afirmación que da título al libro.  Por su parte, Richard Holmes, biógrafo de la generación romántica dedicado a Shelley y Coleridge, se ocupa de lo que este último denominó la “segunda revolución científica”, cuando los científicos ingleses de principios del Ochocientos rivalizaban en sus descubrimientos con las proezas de Newton o Galileo. De ahí el título completo, The Age of Wonder: How the Romantic Generation Discovered the Beauty and Terror of Science, con la voluntad de señalar la excitación que la ciencia provocaba entonces. Desfilan así Joseph Banks,el botánico que acompañó a Cook en su viaje a Tahiti;   William Herschel, el descubridor del planeta  Urano; el celebérrimo explorador Mungo Park; o Humphry Davy, poeta y químico que dio al mundo una lámpara para mejorar la seguridad de los mineros; pero desfilan no sólo por sí mismos sino por lo que a su vez representaron para quienes acabaron por construir una mitologia de la ciencia y sus descubrimientos, gentes como Coleridge, Wordsworth, Shelley o Keats.

age of wonder el rey fordlandia

Ahora volvamos al principio, al Premio Nacional de Historia que acaba de conceder el Ministerio de Cultura: El Rey: Historia de la Monarquía, editado para Planeta por José Antonio Escudero. Las comparaciones son odiosas, y ambos galardones muy distintos. Cabría argumentar incluso que la historia siempre ha sido una disciplina predominantemente conservadora, de lo cual se desprende en buena lógica que las instituciones premien cierto tipo de obras. De hecho, los americanos tampoco suelen seleccionar precisamente textos rompedores. Ahora bien, hay diferencias, y saltan a simple vista.

En nuestro caso, y sin entrar en la calidad de la obra premiada (un volumen colectivo en tres partes que ocupa más de mil quinientas apretadas páginas y que no he leído), si conviene considerar el tenor del libro, y más si ha de ser tomado como ejemplo de la mejor producción histórica española. En este sentido, remito al artículo firmado por Julián Casanova en El País de ayer, de título glorioso, que comparto plenamente  y que empieza así:

“Hay muchas formas de abordar la historia de España, pero la que se distingue con el Premio Nacional casi siempre es la misma: la que presta la máxima atención a las aventuras de reyes y nobles, a sus pompas, guerras y conquistas. En la Monarquía se encuentra el tronco de nuestra historia común, parece que piensan quienes conceden ese premio, el vínculo uniformador de nuestro pasado más remoto con nuestro presente más actual.

(continuar leyendo)

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Repensar la subalternidad

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 28, 2009

Los estudios subalternos, denominados muchas veces poscoloniales, han sido una de las manifestaciones más evidentes del descentramiento de la historiografía contemporánea. La impugnación de la gran narrativa europea, y su caracter universalista, ha tenido en estos autores a los representantes más destacados. Es innecesario a estas alturas mencionar sus referencias (de Thompson a Said) o sus nombres: Ranajit Guha,  Gayatri Chakravorty Spivak, Partha Chatterjee o Dipesh Chakrabarty, entre otros. Este último lo compendió en su volumen Al margen de Europa (Tusquets, 2008) y lo señalaba antes de forma gráfica en su texto “La poscolonialidad y el artilugio de la historia“:

El que Europa funcione como un referente silencioso en el conocimiento histórico mismo se vuelve obvio de una manera sumamente ordinaria. Por lo menos hay dos síntomas cotidianos de la subalternidad de las historias no occidentales, tercermundistas. Los historiadores del Tercer Mundo sienten una necesidad de referirse a las obras de historia europea; los historiadores de Europa no sienten la obligación de corresponder. Se trate de un Edward Thompson, de un Le Roy Ladurie, un George Duby, un Carlo Ginzburg, un Lawrence Stone, un Robert Darnton o una Natalie Davies —para citar sólo algunos nombres al azar de nuestro mundo contemporáneo—, los “grandes” y los modelos del oficio del historiador siempre son, por lo menos, culturalmente “europeos”. “Ellos” producen su obra en una relativa ignorancia de las historias no occidentales y esto no parece afectar la calidad de su trabajo. Éste es un gesto, sin embargo, al que “nosotros” no podemos corresponder. Ni siquiera podemos permitirnos una igualdad o simetría de ignorancia a este nivel sin correr el riesgo de parecer “anticuados” o “superados” .

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Eso explica, en parte, que aun habiéndose publicado algunos de sus textos en España, su impacto aquí sea infinítamente inferior al que tienen en América Latina,  donde se les edita más y son más leídos. Por ejemplo, acaba de aparecer Repensando la subalternidad. Miradas críticas desde/sobre América Latina, una colaboración entre el Instituto de Estudios Peruanos y el SEPHIS (South-South Exchange Programme for Research on the History of Development) bajo la batuta de Carlos Sandoval. Éste señala en la introducción: “Los trabajos reunidos en esta compilación constituyen una muestra del fructífero encuentro entre historia y antropología para la comprensión de América Latina y del Perú. Incorporando perspectivas innovadoras, formulando críticas relevantes y replanteando convencionalismos e inercias institucionalizadas, los artículos aquí agrupados representan un corpus reconocible para el público especializado, pero merecen (y exigen) la atención del lector que no lo es. Y en particular de aquellos o aquellas estudiantes o docentes de ciencias sociales interesados en conocer las discusiones recientes en los cada vez más movedizos territorios de la historia y la antropología, pero que por las asimetrías de nuestro espacio académico no han podido acceder a las publicaciones que originan o recogen lo sustancial de estos debates”.

En cuanto al volumen, la mayor parte de los textos proceden de la investigación realizada en América, pero hay otros que son traducciones. Algunos ya eran conocidos en versiones previas:  por ejemplo, el de Dipesh Chakrabarty, “Una pequeña historia de los Estudios subalternos”, o el de Frederick Cooper, “¿Para qué sirve el concepto de globalización? La perspectiva de un historiador africanista”. En cambio, es un acierto traducir al excelente y poco conocido historiador (sinólogo) turco Arif Dirlik: “El aura poscolonial. La crítica del tercer mundo en la edad del capitalismo global”.  Se trata de un famoso artículo aparecido en Critical Inquiry en 1994, que avanzaba  su volumen del mismo título.  Asimismo, se recupera un texto escondido de Eric Hobsbawm: “Nacionalismo y nacionalidad en América Latina”.  El original estaba en: “Nations and Nationalism in Latin America”, Jean Baton,  Bouda Etemad y Thomas David, eds., Pour une histoire economique et  socials internationale: melanges offerts a Paul Bairoch. París, 1995, págs. 313-23.

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El libro rojo de Jung

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 21, 2009

“Esta es una historia de un libro casi centenario, encuadernado en cuero rojo, que ha pasado el último cuarto de siglo oculto en la bóveda de un banco en Suiza. El libro es grande y pesado y su lomo está grabado con unas letras doradas que dicen “Liber Novus,” que en latín significa “Nuevo Libro”. Sus páginas son de un grueso papel de color crema y están llenas de pinturas de criaturas de otro mundo y diálogos manuscritos con dioses y demonios. Si no supiéramos cuándo fue escrito, podríamos confundirlo con un libro medieval perdido”.

jung libro rojo

Así empezaba Sara Corbett el pasado septiembre su crónica para el NYT sobre la inminente publicación del ya mítico libro rojo de Carl Gustav Jung, cuya edición tiene ya a punto W.W.Norton ofreciendo un volumen facsímil bilingüe. Mientras tanto, el original ha dejado la Union de Banques Suisses y se exhibe hasta el 25 de enero en el Museo Rubin de Nueva York.

Por supuesto, el volumen ya ha aparecido en una magnífica edición alemana: Carl Gustav Jung, Das Rote Buch. Patmos, Düsseldorf. Thomas Lindemann da buena cuenta de ello en Die Welt. Según Lindemann, el psicoanalista desnuda su alma de una forma tan extraña como ingenua, realizando un viaje a través de la mitología, la oscuridad y la introspección tenaz. Hay sueños, pensamientos y ensayos en miniatura, así como diálogos con personas imaginarias a las que se refiere como “alma” o Izdubar, el antiguo hombre-toro babilonio. Su estilo es el de los textos medievales iluminados, y su caligrafía la minúscula carolingia. Además, se incluyen complejas imágenes, que recuerdan a veces al arte bizantino.  En fin, palabras e imágenes para realizar lo que Jung denominó “imaginación activa”, es decir, su exploración interior.  Sólo queda aconsejar una visita a esos enlaces, en particular el de la editora alemana, porque el espectáculo es sorprendente.

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Quentin Skinner: Thomas Hobbes, el contrarrevolucionario

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 18, 2009

Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College, autor de Fear: The History of a Political Idea, analiza en The Nation la nueva entrega que Quentin Skinner le dedica a su obsesión preferida, Thomas Hobbes:  Hobbes and Republican Liberty (CUP, 2008). Como tambien es en parte la mía, y la de tantos otros, rebasaremos por esta vez los estrechos marcos cronológicos de la historia contemporánea. Aunque, como se verá, no tanto.

La revolución envió a Thomas Hobbes al exilio; la reacción lo trajo de vuelta. En 1640,  los parlamentarios opuestos a Carlos I, como John Pym, estuvieron  denunciando “la predicación en favor la monarquía absoluta, con lo que el rey podría hacer lo que deseara”. Hobbes  había terminado de escribir en aquel momento The Elements of Law, haciendo justamente eso. Después de que un alto consejero del monarca y un teólogo con ilimitados poderes reales fueran arrestados, Hobbes decidió que era hora de marcharse. Sin ni siquiera esperar a que le empaquetaran sus cosas,  huyó de Inglaterra rumbo a Francia.

Once años y una guerra civil después, Hobbes  abandonó Francia y regresó a Inglaterra. Esta vez, estaba huyendo de los realistas. Como antes, Hobbes acababa de terminar un libro. Su Leviatán, como más tarde explicaría, “lucha en nombre de todos los reyes y de todos aquellos que bajo cualquier nombre llevan los derechos de los reyes”. Fue esta aparente indiferencia sobre la identidad del soberano lo que ahora le estaba creando problemas. Su Leviatán justificada, mejor dicho, exigía que los hombres se entregaran a cualquier persona o personas que fueran capaces de protegerlos de un ataque exterior y de los disturbios civiles. Con la monarquía abolida y las fuerzas de Oliver Cromwell controlando Inglaterra y encargándose de la seguridad de las personas, el  Leviatán parecía recomendar que todos, incluidos los realistas derrotados, profesaran lealtad a la Comunidad (Commonwealth). Este argumento ya contaba con versiones previas, ofrecidad por Anthony Ascham, embajador de la Commonwealth, asesinado por los realistas exiliados en España. Así, cuando Hobbes se enteró de que los clérigos estaban tratando  de arrestarle en Francia  -el Leviathan también era vehementemente anticatólico, tanto que ofendió a la reina madre- salió de París y regresó a Londres.

No es casualidad que Hobbes huyera tanto de sus enemigos como de sus amigos, porque la configuración de su teoría política destrozaba  alianzas que venían de lejos. En lugar de rechazar el argumento revolucionario, lo absorbía y lo transformaba. De sus profundas categorías y estilo derivaba una defensa a ultranza de la forma más retrógrada de gobierno. Sintió los impulsos centrífugos de la temprana Europa moderna -el sacerdocio universal, los masivos ejércitos democráticos reunidos bajo la bandera de los antiguos ideales republicanos, la ciencia y el escepticismo- y trató de convertirlos en una fuerza centrípeta única: un soberano tan terrible y benigno como para que cualquier desafío a la autoridad pareciera no sólo inmoral sino también irracional. Hobbes  no se diferencia de los futuristas italianos cuando pone la disolución al servicio de la resolución. Fue el primero y, junto con Nietzsche, el más grande filósofo de la contrarrevolución, un  licuador avant la lettre de la modernidad cultural y la reacción política,  que entendía que para derrotar a una revolución uno debe convertirse primero en revolución.

¿Y cómo ha sido tratado por el partido del orden? No muy bien. En un ensayo sobre el obispo Bramhall, un realista que debatía con Hobbes, TS Eliot (un licuador hábil) decía que  Hobbes era “uno de esos escasos y extraordinarios advenedizos a quienes el movimiento caótico del Renacimiento les concedió una eminencia  que apenas merecían”. De los cuatro teóricos políticos del siglo XX que Perry Anderson definió como “La derecha intransigente”  en su Spectrum - Leo Strauss, Carl Schmitt, Michael Oakeshott y Friedrich von Hayek – sólo Oakeshott vio en Hobbes un ligerísimo atisbo de alma gemela. El resto lo veían como fuente de un liberalismo maligno, de jacobinismo o incluso de bolchevismo.

Los custodios del antiguo régimen a menudo confunden a los contrarrevolucionarios con la oposición, porque no pueden detectar la alquimia de su argumento. Todo lo que advierten es lo que hay allí  -una forma de pensamiento novedosa que resuena peligrosamente a algo revolucionario- y lo que echan de menos: la justificación tradicional de la autoridad. Eso hace que el contrarrevolucionario no les parezca un camarada, sino alguien sospechoso. Y no están equivocados del todo.  Tanto para la izquierda como, en rigor, para la derecha -uno de los textos más famosos de Hayek se titula “Por qué no soy conservador” – el contrarrevolucionario es un pastiche de incongruencias: alto y bajo, antiguo y nuevo,  izquierda y derecha, ironía y fe. El pastiche es indispensable, porque lo que un contrarrevolucionario está tratando de hacer es nada menos que la cuadratura del círculo – establecer la prerrogativa popular y restablecer un régimen que afirma que ha estado ahí desde siempre, que no hubo una primera vez (el antiguo régimen fue, es y será, no se hizo). Son tareas que ningún otro movimiento político puede  emprender. No es que el contrarrevolucionario esté personalmente predispuesto a la paradoja, es sólo que se ve obligado a cabalgar sobre las  contradicciones históricas, por el bien del poder.

Pero ¿por qué retomar a Hobbes para hablar de conservadurismo, de la derecha y de la contrarrevolución? Después de todo, ninguno de estos términos parece haber entrado en circulación hasta la Revolución Francesa o incluso después, y la mayoría de historiadores ya no creen que la Guerra Civil inglesa fuera una revolución. Las fuerzas que derrocaron a la monarquía podían estar buscando tanto la República romana como la antigua constitución. Puede que quisieran una reforma de las costumbres religiosas o que se limitara el poder real. Pero la revolución no estaba entre sus propósitos. ¿Cómo podría Hobbes haber sido un contrarrevolucionario si no había revolución a la que oponerse?

Por un lado, Hobbes pensaba de otra manera. En el Behemoth, su mejor tratamiento de la cuestión, declaró firmemente que la Guerra Civil inglesa era una revolución. Y aunque para él eso quería decir algo similar a lo que significaba para los antiguos -un proceso cíclico de cambio de régimen, más afín a la órbita de los planetas que a un gran salto hacia delante- Hobbes veía en el derrocamiento de la monarquía un celoso (y, desde su perspectiva, tóxico) anhelo de democracia, un firme deseo de redistribuir el poder entre un mayor número de hombres. Para Hobbes, ésa era la esencia del desafío revolucionario, y así ha permanecido desde entonces -ya sea en Rusia en 1917, en Flint en 1937 o en Selma  en 1965. Que estuviera inspirado más  por visiones del pasado que del futuro no debe demorarnos, no  más que a Hobbes – o a Benjamin Constant o Karl Marx, en realidad, quienes vieron lo fácil que era para los franceses hacer la revolución mientras  (o incluso por) miraban hacia atrás.

Hobbes se opuso claramente a los “democráticos”, como él llamaba a las fuerzas parlamentarias y sus seguidores. El argumento de Quentin Skinner en Hobbes and Republican Liberty es que derrochó una parte considerable de su energía filosófica en esta oposición y que sus mayores innovaciones se derivaron de ella. Su objetivo específico era la concepción republicana de libertad, su noción de que la libertad individual conlleva a los hombres a gobernarse a sí mismos colectivamente. Desanudando los lazos entre libertad personal y naturaleza del poder político, Hobbes fue capaz de argumentar que el hombre puede ser libre en una monarquía absoluta – o como mínimo  no menos libre de lo que lo sería en una república o una democracia. Fue “un momento que hizo época en la historia del pensamiento político anglosajón”, dice  Skinner, del que resulta una nueva descripción de la libertad de la que aún somos deudores -por desgracia, para Skinner- hoy en día.

Skinner es un historiador demasiado exigente como para decir que Hobbes es un contrarrevolucionario, pero su espléndido libro abre una amplia ventana a la complejidad de esa empresa. Todos los contrarrevolucionarios se enfrentan a la misma pregunta: ¿cómo defender un antiguo régimen que ha sido o está siendo destruido? El primer impulso -reafirmar las verdades antiguas del régimen- suele ser generalmente lo peor, porque a menudo fueron sobre todo esas verdades las que le crearon los problemas a aquel régimen. O el mundo ha cambiado tanto que ya no permiten el asentimiento o se han desarrollado de manera tan flexible que han cambiado, favoreciendo la revolución. De cualquier manera, el contrarrevolucionario debe buscar en otra parte los materiales con los que conformar su defensa del antiguo régimen. Eso puede ponerlo en desacuerdo, como Hobbes advirtió, no sólo con la revolución  sino también con el mismo régimen cuya causa defiende.

Los defensores de la monarquía en la primera mitad del siglo XVII ofrecían dos tipos de argumentos, ninguno de los cuales Hobbes podía respaldar. El primero, que Skinner no discute, era  el derecho divino de los reyes.  Era una innovación reciente -Jacobo I, padre de Carlos, fue su principal exponente en Gran Bretaña- que declaraba que el rey era el representante de Dios en la tierra (de hecho, era como Dios en la tierra);  que era responsable sólo ante Dios; que sólo él estaba autorizado a gobernar y no debía verse restringido por la ley, las instituciones o el pueblo. Como supuestamente señaló el asesor de Carlos I, “el dedo meñique del rey debe ser más grueso que los lomos de la ley”.

Si bien tal absolutismo apelaba a Hobbes, el fundamento de la teoría era débil. La mayoría de los teóricos del derecho divino suponían que  Hobbes y sus contemporáneos, especialmente en el continente, creían que  ya no existía: una teleología de los fines humanos que reflejara la jerarquía natural del universo y produjera definiciones inatacables del bien y del mal, lo justo e injusto. Tras un siglo de derramamiento de sangre provocado por el significado de esos términos y el escepticismo sobre la existencia de un orden natural o nuestra capacidad para conocerlo, las defensas del derecho divino no parecían creíbles ni fiables. Con sus dudosas premisas, tenían las mismas probabilidades de provocar un conflicto que de resolverlo.

Posiblemente era más preocupante que la teoría dibujara un teatro político en el que sólo había dos actores de alguna importancia: Dios y el rey, uno interpretando al otro.  Aunque Hobbes creía que el soberano no debía compartir el escenario con nadie, estaba muy a tono con el virus democrático de su tiempo de no darse cuenta de que la teoría había enviado a un tercer actor -el pueblo- con el paquete. Todo fue muy bien mientras la gente estuvo tranquila y fue respetuosa, pero durante la década de 1640 eso no era viable. La gente estaba en el escenario, exigiendo un papel de liderazgo, y no podía ser ignorada ni cabía  darle un papel secundario.

Los cambios en Inglaterra, en definitiva, habían hecho del derecho divino algo insostenible. El desafío era complicado para Hobbes: cómo preservar el impulso de la teoría (incondicional sumisión al poder absoluto, indivisible) mientras abandonaba sus premisas anacrónicas. La teoría del consentimiento de  Hobbes, en el que las personas pactan unas con otras para crear un Estado soberano con poder absoluto sobre ellas, y su teoría de la representación, en la que la gente se hace pasar por el soberano, sin que esté obligado a ellos, lo consiguió.

La teoría del consentimiento no hizo suposiciones acerca de la definición del bien y del mal o de una jerarquía natural del universo. Por el contrario, presumía  que los hombres no estaban de acuerdo sobre estas cosas, y que disputaban de forma violenta, de modo que la única manera de alcanzar sus metas en conflicto y sobrevivir era  ceder todo su poder al Estado y someterse a él sin protestar ni desafiarlo. Protegiéndolos a unos de otros, el Estado les garantizaba el espacio y la seguridad para seguir adelante con sus vidas. Junto con la descripción de Hobbes de la representación, la teoría del consentimiento tenía una ventaja añadida: aunque le daba todo el poder al soberano, la gente todavía podía imaginarse a sí misma como si estuviera en su cuerpo, en cada golpe de su espada. Ellos le crearon; él les representaba; a todos los efectos, estaban en él. Sólo que no lo estaban ni lo eran:  puede que fueran los autores del Leviatán - el infame nombre que le dio al soberano, extraído del Libro de Job-,  pero como cualquier autor no tenían ningún control sobre su creación. Fue una medida muy acertada, característica de todas las grandes teorías contrarrevolucionarias, en las que las personas se convierten en actores sin papeles, un público que cree que sale a escena.

El segundo argumento ofrecido en favor de la monarquía, la posición realista constitucional, tenía raíces más profundas en el pensamiento inglés y, por tanto, era  más difícil de contrarrestar. Sostenía que Inglaterra era una sociedad libre, porque el poder real estaba limitado por el derecho anglosajón (common law) o compartido con el Parlamento. Esa combinación de imperio de la ley y soberanía compartida, afirmó Sir Walter Raleigh, era lo que distinguía a los súbditos libres del rey de los esclavos ignorantes de los déspotas del Este. Fue este argumento y sus ramificaciones radicales, según Skinner sostiene, lo que aceleró las reflexiones más profundas y audaces de Hobbes sobre la libertad.

En la base de esta concepción de la libertad política descansaba una distinción entre actuar en aras de la razón y a instancias de la pasión. Lo primero es un acto libre y lo segundo no. “Actuar por pasión”, explica Skinner, “no es actuar como un hombre libre, ni siquiera es algo característico del hombre; tales  acciones no son expresión de verdadera libertad, sino de mera licencia o brutalidad animal”. La libertad implica actuar a partir de lo que deseamos, que no se debe confundir con el apetito o la aversión. Como Bramhall expresó: “Un acto libre es sólo el que procede de la libre elección de la voluntad racional”.  “Donde no hay consideración ni uso de la razón, no hay libertad en absoluto”.  Ser libre implica actuar según la razón o, en términos políticos, vivir  bajo las leyes por contraposición al poder arbitrario.

Al igual que con el derecho divino de los reyes, acontecimientos recientes habían hecho que el argumento constitucional resultara anacrónico, sobre todo por  el hecho de que ningún monarca inglés de la primera mitad del siglo XVII se lo hubiera creído. Con la intención de convertir a Inglaterra en un Estado moderno, Jacobo y Carlos se vieron obligados a defender posiciones sobre la naturaleza de su poder mucho más absolutistas de lo que permitía el argumento constitucional.

Más preocupante para el régimen, sin embargo, fue la facilidad con que ese argumento constitucional podía mutar en republicano y ser utilizado contra el rey. Y así era, en las débiles peticiones de common lawyers y parliamentary supplicants, quienes sostenían que con la inobservancia de la ley común y la desobediencia al Parlamento del rey (Carlos)  se amenazaba con convertir Inglaterra en una tiranía;  y en las exigencias utópicas de los radicales, que insistían  en que todo lo que no fuera una república o una democracia, donde los hombres vivían bajo las leyes que habían consentido, constituía una tiranía. Toda monarquía, según éstos, era una forma despotismo.

Hobbes pensaba que este último argumento  derivaba de los “libros de política y de historia, de los antiguos griegos y romanos“, que fueron muy influyentes entre los educados opositores al rey. Skinner está de acuerdo, y una parte considerable de su obra (así como varios de sus otros libros y ensayos) se dedica a rastrear el linaje clásico de lo que él llama el argumento “neo-romano” o republicano. Esa herencia antigua recobró nueva vida con  los Discorsi de Maquiavelo, traducidos al inglés en 1636, y Skinner sugiere que pudieron haber sido el objetivo final de Hobbes en su advertencia contra el gobierno popular.

Pero Skinner también señala que la premisa fundamental del argumento republicano -lo que distingue a un hombre libre de un esclavo es que el primero está sujeto a su propia voluntad mientras que el segundo está sujeto a la voluntad de otro- se puede encontrar,  en una reproducción “palabra por palabra” del Digesto de derecho romano, en la commom law inglesa ya en el siglo XIII. Del mismo modo, la distinción entre voluntad y apetito, libertad y licencia, estaba  “profundamente arraigada”  tanto en la tradición escolástica de la Edad Media como en la cultura humanista del Renacimiento. Por tanto, eso estaba  no sólo en las posiciones realistas de Bramhall y sus secuaces, sino también entre los radicales y regicidas que derrocaron al rey. Un fascinante subtexto del argumento de Skinner es, pues,  que bajo el abismo que separaba a realistas y republicanos había un profundo y volátil cimiento, el de  la asunción compartida sobre la naturaleza de la libertad. La genialidad de Hobbes estuvo en reconocer ese supuesto, y en su ambición para aplastarlo.

Si bien la noción de que la libertad consiste en vivir bajo las leyes prestaba apoyo a los realistas constitucionales, quienes daban mucha importancia a  la distinción entre monarcas legales y tiranos despóticos, eso no conducía necesariamente a la conclusión de que un régimen libre tuviera que ser una república o una democracia. Para avanzar en ese argumento, los radicales tuvieron que hacer dos afirmaciones adicionales: en primer lugar, equiparar la arbitrariedad o la ilegalidad a una voluntad que no es la propia, una voluntad que sea esterna o ajena; y, segundo,  equiparar las decisiones de un gobierno popular con una voluntad que es la propia. Estar sujeto a una voluntad que es la mía -las leyes de la república o la democracia- es ser libre; estar sujeto a una voluntad que no es mía -los edictos de un rey o de un país extranjero- es ser un esclavo.

No siempre queda claro en el texto de Skinner cómo hicieron los republicanos estas afirmaciones. Su Liberty Before Liberalism,  publicado en 1998, muestra mejor estas maniobras. Pero lo que está claro es que fueron ayudados en estos esfuerzos por una peculiar, aunque popular, comprensión de la esclavitud. Lo que hacía de alguien un esclavo, a ojos de muchos, no era que estuviera encadenado  o que su propietario impidiera u obstaculizara sus movimientos. Era que  vivía y se movía bajo una red -la de la siempre cambiante voluntad arbitraria de su dueño-  que podía  caer sobre él en cualquier momento. Incluso si nunca le atrapó -en el sentido de que  su dueño nunca le dijo qué hacer o no lo castigó por no hacerlo, o nunca quiso hacer algo diferente de lo que el dueño le dijo-,  aún así el esclavo estaba  esclavizado. El hecho de que “vivera en la total dependencia” de la voluntad de otro -que estuviera bajo la jurisdicción del dueño- “era suficiente en sí mismo para garantizar el servilismo” que el maestro “esperaba y despreciaba”.  [Como dice Skinner:]

La mera presencia de relaciones de dominación y dependencia … se mantiene para reducirnos del estatus de … “hombres libres” al de esclavos. No es suficiente, en otras palabras,  disfrutar de nuestros derechos cívicos y libertades como una cuestión de hecho;  si se nos tiene por hombres libres, es necesario disfrutarlos de una manera particular. Nunca debemos obtenerlos simplemente como una gracia o por la buena voluntad de alguien; siempre hemos de poseerlos al margen del poder arbitrario de cualquier persona que nos los pueda sustraer.

En el plano individual, la libertad significa ser uno dueño de sí mismo;  políticamente, se requiere una república o democracia. Sólo una participación plena en y del poder público garantiza que disfrutemos de nuestra libertad en la “forma particular” que la libertad requiere. Este movimiento de lo personal a lo político -la noción de que la libertad individual supone la pertenencia y la participación política, que está fatalmente limitada sin pleno derecho a la ciudadanía política-   es posiblemente el elemento más radical de la teoría del gobierno popular y, para Hobbes, el más peligroso.

Hobbes se propone destruir ese argumento desde sus raíces.  Rompiendo con las ideas tradicionales, defiende una explicación materialista de la voluntad. La voluntad, dice, no es una decisión que resulte de nuestra deliberación razonada sobre nuestros deseos y aversiones; es simplemente el último apetito o aversión que sentimos antes de actuar, y eso nos impulsa a actuar. La deliberación es como la varilla oscilante de un metrónomo -nuestras inclinaciones van a un lado y a otro,  alternando entre el apetito y la aversión-, pero es menos estable. Siempre que la varilla se detiene -y produce una acción o, por el contrario, no da lugar a ninguna-  allí va nuestra voluntad. Si eso parece arbitrario y mecanicista es porque lo es: la voluntad no se planta ante nuestros apetitos y aversiones, juzgando y eligiendo entre ellas, es nuestros apetitos y aversiones. No hay tal cosa, nada que podamos llamar una voluntad libre o autónoma,   sólo “el último apetito o aversión, inmediatamente próximo a la acción o a la omisión correspondiente”.

Imaginemos a un hombre con un apetito desenfrenado por el vino, corriendo por un edificio en llamas para rescatar una caja de esa bebida;  ahora imaginemos a un hombre con una  feroz aversión hacia los perros, corriendo por ese mismo edificio para escapar de una manada de canes. Los opositores a Hobbes verían en estos ejemplos sólo la fuerza de la compulsión irracional; Hobbes ve la voluntad en acción. Hobbes reconoce que quizá estos actos no sean los más juiciosos ni los más sabios, pero ni la sabiduría y ni la cordura desempeñan necesariamente un  papel en la volición. Pueden verse obligados, pero también lo son las acciones del hombre que viaja en un navío muy escorado y que lanza su equipaje por la borda con el fin de aligerar la carga y salvarse a sí mismo. Las decisiones difíciles son acciones adoptadas bajo presión -éstas expresan tanto mi voluntad como las decisiones que tomo en la tranquilidad de mi estudio. Ampliando la analogía, Hobbes sostendría que darle la cartera a alguien que te pone una pistola en la cabeza también es un acto voluntario: he antepuesto mi vida a mi cartera.

Contra sus oponentes, Hobbes sugiere que no hay acción voluntaria contra mi voluntad, pues todas las acciones voluntarias son una expresión de la voluntad. Restricciones externas como estar encerrado en una habitación me pueden impedir actuar al afectar a mi voluntad; formar parte de una banda  me puede obligar a actuar de un modo que no desearía. Pero no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad. En el caso del asaltante, Hobbes diría que su arma cambió mi voluntad:  pasé de querer salvaguardar el dinero en mi cartera a querer proteger mi vida.

Si no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad, no puedo actuar voluntariamente siguiendo una voluntad que no sea la mía. Si obedezco a un rey porque temo que me vaya a matar o a encarcelar, eso no implica la ausencia, la pérdida, la traición o el sometimiento de mi voluntad, es mi voluntad. Podría haber querido otra cosa -cientos de miles de personas durante la vida de Hobbes lo hicieron-  pero mi supervivencia o mi libertad eran más importantes para mí que seguir a quien pudiera haber solicitado mi desobediencia.

La definición de Hobbes de la libertad se desprende de su comprensión de la voluntad. Libertad, dice, es “la ausencia de impedimentos … externos al movimiento”, y es un hombre libre “quien en aquellas cosas de que es capaz por su fuerza y por su ingenio, no está obstaculizado para hacer lo que desea“.  Me puedeo quedar sin libertad, insiste Hobbes, sólo por los obstáculos externos a mi movimiento. Las cadenas y los muros son obstáculos de este tipo; las leyes y obligaciones también, aunque sean obstáculos más metafóricos  (la discusión de Skinner sobre esto último es especialmente lúcida, iluminando un argumento que siempre ha disgustado al mundo académico). Si el obstáculo se encuentra dentro de mí -no tengo la capacidad de hacer algo o tengo miedo de hacerlo-,  carezco de poder o voluntad, y no hay libertad. Esta falta dice más acerca de lo que Hobbes, en una carta citada por Skinner, llama “la naturaleza y la calidad intrínseca del agente” que las condiciones de su entorno político.

En este nuevo relato de Skinner, con su punto de intriga,  de cómo Hobbes llegó a esta comprensión de la libertad, eso último se revela como la finalidad del esfuerzo de Hobbes: separarel estatus de nuestra libertad personal del estado de los asuntos públicos. La libertad depende de la presencia del gobierno, pero no de la  forma que tome el gobierno, que vivamos bajo una monarquía, una república o una democracia no cambia la cantidad o calidad de la libertad que disfrutamos. Esta separación tuvo el efecto dramático de hacer que la libertad pareciera a la vez menos presente y más presente bajo un rey de lo que los antagonistas republicanos y realistas de Hobbes habían calculado.

Por un lado, Hobbes insiste en que no hay manera de ser libre y súbdito al mismo tiempo. La sumisión al gobierno conlleva una pérdida absoluta de libertad: dondequiera que esté obligado por la ley, no tengo libertad para moverme. Cuando los republicanos argumentan que los ciudadanos son libres porque hacen las leyes, Hobbes proclama que están confundiendo la soberanía con la libertad: lo que el ciudadano tiene es poder político, no libertad. Está tan obligado  (tal vez más obligado, diría luego Rousseau) a someterse a la ley, tan falto de libertad, como lo estaría bajo una monarquía. Y cuando los realistas constitucionales sostienen que los súbditos del rey son libres porque el poder del rey está limitado por la ley, Hobbes afirma que no hacen más que confundir las cosas.

Por otra parte, como Skinner muestra en una serie de elegantes pasajes, Hobbes pensaba que si la libertad es el movimiento sin trabas, es lógico pensar que somos mucho más libres bajo un monarca, incluso un monarca absoluto, de lo que los realistas y los republicanos creen (o están dispuestos  a admitir). Ante todo porque incluso cuando actuamos por temor estamos actuando libremente. “Miedo y  libertad son coherentes”, dice Hobbes, porque el miedo expresa nuestras inclinaciones negativas; pueden ser negativas, pero que eso no niega el hecho de que son nuestras inclinaciones. Así que mientras no se nos impida poderlas seguir,  somos libres. Incluso cuando estamos aterrorizados por los castigos del rey, somos libres: “todos los actos que los hombres realizan en los Estados, por temor a la ley, son actos cuyos agentes tenían libertad para dejar de hacerlos“.

Más importante, donde la ley es muda, donde ni manda  ni prohibe, somos libres. Sólo hay que contemplar todas las “formas en que un hombre puede moverse a sí mismo”, dice Hobbes en De Cive, para ver todas las maneras en que puede ser libre bajo una monarquía. Estas libertades, se explica en el Leviatán, incluyen “la libertad de comprar y vendey y de hacer, entre sí, contratos de otro género, de escoger su propia residencia, su prpio alimento, su propio género de vida, e instruir sus niños como crea conveniente, etc.”  Sea cual sea el grado de libertad de movimiento que el soberano pueda garantizar, para perseguir nuestros negocios sin que otros hombres lo puedan impedir, somos libres. La sumisión a su poder, en otras palabras, aumenta nuestra libertad. Cuanto más absoluta sea nuestra sumisión,  más poderoso es y más libre nos hace. La subyugación es la emancipación.

Skinner es generalmente cuidadoso  a la hora de ver el pasado como un espejo o preludio del presente. Prefiere hacer hincapié en su cualidad refractaria: el pasado no es el prólogo, es otro país. Podemos aprender algo sobre nosotros mismos viajando allí, pero sólo si resistimos la tentación de asimilar su alteridad.

Sin embargo, también  queda claro en Hobbes and Republican Liberty y en sus otros escritos que  Skinner cree que la visión hobbesiana de la libertad ha perdurado en los escritos de Constant, de Isaiah Berlin y de la tradición de lo que ahora se llama liberalismo negativo o mínimo. A diferencia del robusto liberalismo de John Dewey, que sugiere que cualquier cosa que no sea la democracia plena en los ámbitos público y privado constituye una amenaza para la libertad individual, el liberalismo negativo se centra en una gama más reducida de principios: “que otras personas me impidan hacer lo que quiero “, como indica Berlin, cuando hay “interferencia deliberada de otros seres humanos dentro de la zona en la que quiero actuar “. La libertad, para Berlin, es la ausencia de interferencias, y, en un guiño a Hobbes, escribe que “no es incompatible con algunos tipos de autocracia, o en todo caso con la ausencia de autogobierno”.

Skinner, también ha sugerido que la descripción republicana de la libertad ha permanecido en los movimientos democráticos del siglo XIX, en la crítica marxista de la esclavitud asalariada, en el feminismo y en “otros alegatos en nombre de los dependientes y oprimidos”. Cuando el liberalismo negativo  considera que el Estado debe garantizar “que los ciudadanos no sufran interferencias injustas o innecesarios en la consecución de las metas propuestas” -sobre todo a manos del Estado- el radical, escribe Skinner, “mantiene que esto nunca puede ser suficiente. ” El Estado también debe “liberar a sus ciudadanos de … la explotación personal y la dependencia.”

Si Berlin y Constant son los herederos de Hobbes, y el radicalismo moderno es heredero del republicanismo inglés, ¿se deduce que sus relatos de la libertad son, como el suyo, contrarrevolucionarios? Skinner, no lo dice, pero dada la hostilidad felina de Berlin a la izquierda y la de Constant a los militantes de su tiempo, parece una conclusión acertada. Como mínimo, Skinner sugiere que una de sus ramas, la del liberalismo tibio, que ha conseguido “predominar dentro de la filosofía política anglosajona”  -por no mencionar los medios de comunicación  y el Partido Democráta-,  es una de las fuerzas de hoy nos impiden disfrutar de una libertad más plena . Y aunque oirlo pueda escandalizar a los bienpensantes de centro-izquierda, su liberalismo suave debe mucho más al espíritu de la contrarrevolución hobbesiana de lo que creen.

A pesar de los progresos de Clinton a Obama, el centro-izquierda está todavía reponiéndose de la reacción derechista contra el New Deal y la Great Society. El homenaje que se rinde a la seguridad y la protección, su preferencia por lo privado en detrimento de los bienes públicos, su temor y desprecio por la democracia en las calles, todos esos han sido, desde la segunda mitad del siglo XIX, los impulsos del partido del orden, no el partido del movimiento, y deben sus orígenes a Hobbes. Hoy en día proporcionan  un liberalismo pasado por la reacción.

Si leemos las notas al pie de Skinner con más cuidado, veremos que el espíritu de Hobbes también se refugia en el derecho contemporáneo. La idea de Hobbes sobre la libertad impregna el discurso libertario, y el Leviatán proyecta una larga sombra sobre la visión conservadora de un Estado vigilante nocturno -donde el objetivo principal del gobierno es proteger a la ciudadanía de un ataque exterior o de un allanamiento de morada; donde la gente es libre de dedicarse a sus asuntos, siempre y cuando no interfieran en los movimientos de los demás; donde los contratos se cumplen y la seguridad está  garantizada.

Los libertarios palidecerán con esa asociación: al margen de la resonancia a las ideas hobbesianas que podamos encontrar en sus escritos, el Estado hobbesiano es mucho más represivo que cualquiera de los  gobiernos que ellos tolerarían. Con la salvedad de que no es así. Como señala Greg Grandin en Empire’s Workshop, Milton Friedman se reunió con el dictador chileno Augusto Pinochet en 1975 para asesorarle en temas económicos;  los Chicago Boys de Friedman trabajaron más estrechamente incluso con la junta de Pinochet. Sergio de Castro, ministro de Hacienda de Pinochet, observó, en algo que recuerda a Hobbes y a Berlin, que “la libertad real de una persona sólo puede garantizarse a través de un régimen autoritario que ejerce el poder mediante la aplicación de normas iguales para todos”. Hayek admiraba tanto el Chile de Pinochet que decidió celebrar una reunión de la Mont Pelerin Society en Viña del Mar, el balneario donde se planeó el golpe contra Allende. En agosto de 1978 escribió una carta al Times de Londres señalando que no había “sido capaz de encontrar una sola persona, ni siquiera en el muy difamado Chile, que no estuviera de acuerdo en que la libertad personal era mucho mayor con Pinochet de lo que lo había sido con el gobierno de Allende”.

“A pesar de mi profundo desacuerdo con el sistema político autoritario de Chile”, como diría más tarde Friedman,  “no veo que esté mal que un economista preste asesoramiento técnico al Gobierno chileno”. Pero el matrimonio entre libre mercado y terror de Estado no puede ser anulado con tanta facilidad. Como Hobbes entendió, se necesita una enorme represión para crear el tipo de hombres que pueden ejercer su “libertad de comprar y vender y de hacer, entre sí, contratos de otro género” sin acabar cabreados. Deben tener libertad para moverse – o elegir- pero no tanto como para pensar que pueden rediseñar la carretera por la que se mueven. Suponiendo una demasiado fácil  congruencia entre capitalismo y democracia, el libertario pasa por alto cuánta coacción se requiere para hacer que los ciudadanos utilicen su libertad de manera responsable y no pidan al Estado que alivie sus aflicciones.

Tantos como había, tuvo que ser Margaret Thatcher la que se lo explicara a la derecha libertaria. Como Naomi Klein relata en La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, al ser presionada por Hayek para adoptar una terapia de choque  más agresiva al estilo Pinochet, Thatcher respondió: “Estoy segura de que estará de acuerdo en que, en Gran Bretaña con nuestras instituciones democráticas y la necesidad de un alto grado de consenso,  algunas de las medidas adoptadas en Chile son absolutamente inaceptables”.  Era 1982, y siendo la democracia británica lo que era, Thatcher tenía que ir con calma. Pero entonces vino la guerra de las Malvinas y la huelga de los mineros. Una vez que Margaret Thatcher se dio cuenta de que podía hacer con los mineros y los sindicatos lo mismo que había hecho con el presidente Galtieri y sus generales en Argentina – “Tuvimos que luchar contra el enemigo externo en las Malvinas y ahora tenemos que luchar contra el enemigo interno, que es tanto más difícil cuanto peligroso para la libertad “- el escenario estaba listo para aceptar a Hayek sin reservas.

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Giorgio Agamben: el mundo y sus representaciones

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 12, 2009

“En física, nos impusimos como ley partir de la idea que, en la naturaleza, nadie se sirve del significante para significar. Nuestra física se distingue en esto de una física mística, y aún de la física antigua, que nada tenía de mística, pero que no se imponía estrictamente esta exigencia. Para nosotros se ha convertido en ley fundamental, exigible de todo enunciado del orden de las ciencias naturales, que nadie se sirve del significante. Pero, el significante a pesar de todo está ahí, en la naturaleza, y si en ella no estuviera el significante que buscamos, no encontraríamos nada. Establecer una ley natural es despejar una formula insignificante. Mientras menos signifique, más contentos nos ponemos. Por eso nos contenta tanto la culminación de la física einsteniana. Se equivocan si creen que las formulitas de Einstein que relaciónan la masa de inercia con una constante y algunos exponentes, tiene la menor significación. Son un puro significante. Y por eso, gracias a él tenemos el mundo en la palma de la mano.  La noción de que el significante significa algo, de que alguien se vale de ese significante para significar algo, se llama la Signatura rerum. Es el titulo de una obra de Jakob Boehme. Con lo cual quería decir que, en los fenómenos naturales, esta el susodicho Dios hablándonos en su lengua”. Jacques Lacan (1956)

Adriana Hidalgo Editora parece empeñada en que Giorgio Agamben no sea un autor desconocido entre los lectores hispanos.  Ya ha vertido al castellano El Reino y la Gloria, Infancia e historia, Estado de excepción, Profanaciones, Lo abiertoLa potencia del pensamiento. Ahora acaba de presentar Signatura rerum. Sobre el método, que editó el pasado año Bollati Boringhieri.

signatura rerum

Hasta que podamos acceder a sus páginas, Cecilia Macón lo reseña para La Nación. Dice, entre otras cosas:

(…)

El primer artículo, “¿Qué es un paradigma?”, no se limita a evocar los principios básicos del concepto de Kuhn, dedicado a los modelos o patrones aceptados por la ciencia establecida, sino que también muestra el modo en que se entrelaza, no sin fricciones, con la propuesta de Michel Foucault. Ideas clásicas del pensamiento de Agamben -el homo sacer , el estado de excepción y el campo de concentración- son justamente, según el propio filósofo, paradigmas, es decir: “Formas de conocimiento que no son ni inductivas ni deductivas, sino analógicas, moviéndose en la singularidad, y capaces de neutralizar la dicotomía entre lo general y lo particular”. El objetivo de sus paradigmas no es, entonces, devenir hipótesis sobre la modernidad a la caza de una causa, sino volver inteligibles fenómenos cuyo parentesco escapaba al historiador.

(…)

“Teoría de las signaturas”, el segundo de los artículos, no sólo es el más extenso y el que da título al volumen, sino también el más provocativo. Allí se evoca el noveno libro del tratado de Paracelso Sobre la naturaleza de las cosas donde se sostiene que todas las cosas llevan un signo que manifiesta y revela sus cualidades invisibles: “Nada es sin un signo -señala Paracelso- puesto que la naturaleza no deja salir nada de sí”. O: “No hay nada exterior que no sea anuncio de lo interno”. Allí están los sacramentos para demostrar la eficacia del signo. La teoría de las signaturas tuvo una gran influencia en las ciencias y en la magia renacentista y barroca hasta llegar a Leibniz y Kepler. Aun cuando desapareció durante el Iluminismo, se revitalizó en el siglo XX con los desarrollos de Aby Warburg, Benjamin, Sigmund Freud, Carlo Ginzburg y el concepto de actos de habla de John Austin y John Searle, donde el lenguaje parece limitar con la magia. Las signaturas orientan la eficacia del signo al mostrar que éste no existe puro: el signo significa porque lleva una signatura. Es en la moda donde Agamben encuentra un ejemplo clave de ese aspecto: por medio de un gesto del diseñador se introduce discontinuidad en el tiempo, se crea lo actual y lo inactual.

En el último y más breve de los textos, “Arqueología filosófica”, le toca el turno a ese concepto que está presente (como el de arqueología en el sentido que le da Foucault) a lo largo de todo el libro. Pensada como un a priori histórico, donde los saberes y los conocimientos encuentran su condición de posibilidad supone, como las signaturas, que “hablar es hacer algo y no simplemente expresar un pensamiento”. Agamben rastrea el concepto de arqueología en Immanuel Kant, Friedrich Nietzsche, Marcel Mauss y Benjamin para señalar cómo la experiencia histórica se ve transformada para constituirse en una vía de acceso al presente.

En cada página de Signatura rerum , el filósofo se encarga de mostrar, casi obsesivamente, la forma en que las representaciones -sean paradigmas, signaturas o epistemes- transforman de manera radical el mundo. Tras la lectura, resulta casi imposible no sólo defender la división tajante entre mundo y representación, sino también ignorar hasta qué punto el lenguaje o los modos en que concebimos el mundo y a nosotros mismos devienen actos políticos capaces de trastocarlo todo.

(…)

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Tecnologías del orgasmo y otros artilugios de la modernidad

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 6, 2009

Vibrator pub

Hace justamente ahora una década apareció un volumen titulado The Technology of Orgasm: “Hysteria,” Vibrators and Women’s Sexual Satisfaction (Johns Hopkins University Press). El libro lo escribió Rachel P. Maines, que ahora es profesora en la Cornell University School of Electrical and Computer Engineering y cuyo campo de estudio es la historia de la tecnología. La obra tuvo un enorme impacto, incluso antes de aparecer, y recibió abundantes críticas, algunas  no muy favorecedoras y otras casi entusiastas, como la del History Workshop Jurnal. En castellano, se publicó parcialmente en México en  Debate Feminista en 2001. En Italia apareció ese mismo año de 2001 (Marsilio) y en Francia se acaba de editar, poco antes del verano (Payot), también con división de opiniones.

Pues bien, la Johns Hopkins University Press acaba de presentar a finales de septiembre un nuevo libro de la profesora Maines, aunque es de presumir que mucho menos polémico. Su título es Hedonizing Technologies: Pathways to Pleasure in Hobbies and Leisure y según la editora

Hedonizing Technologies

“Rachel P. Maines’ latest work examines the rise of hobbies and leisure activities in Western culture from antiquity to the present day. As technologies are “hedonized,” consumers find increasing pleasure in the hobbies’ associated tools, methods, and instructional literature. Work once essential to survival and comfort —gardening, hunting, cooking, needlework, home mechanics, and brewing— have gradually evolved into hobbies and recreational activities. As a result, the technologies associated with these pursuits have become less efficient but more appealing to the new class of leisure artisans. Maines interprets the growth and economic significance of hobbies in terms of broad consumer demand for the technologies associated with them”.

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Foucault, el filósofo inolvidable

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 4, 2009

Con motivo de la traducción de dos nuevos textos de Foucault (sus lecciones del Collège de France correspondientes al curso 1982-1983, El Gobierno de Sí y de los otros (FCE), y lo que fue parte de su tesis complementaria de doctorado, la introducción a la traducción de la Antropología en sentido pragmático de Kant), el filósofo argentino Tomás Abraham comenta su obra en Eñe, el suplemento de Clarín.

foucault

(…)

Veinticinco años después de su muerte, nos llegan estas dos publicaciones. Una obra que comienza a construirse por un lado, las reflexiones de un hombre maduro y que se sigue cuestionando su labor, por el otro. El temprano estudio sobre Kant tiene toda la aridez que podía esperarse; podemos abrirnos paso en él gracias al estudio preliminar de Edgardo Castro, autor del Vocabulario de Michel Foucault (que será reeditado próximamente por la UNQ y Prometeo), y advertir así con claridad su importancia para lo que estaba por venir, la presencia visible de Nietzsche y la invisible de Heidegger. Foucault vislumbra ya una problemática que estaría en el centro de su obra y que él reveló en toda su complejidad: “La tensión que atraviesa todo el proyecto antropológico, esto es, la alternativa que debe enfrentar todo conocimiento acerca del hombre: ser un conocimiento empírico del hombre o un saber articulado en torno a la definición de su esencia”. Con Edgardo Castro podríamos parafrasear entonces el prefacio de Las palabras y las cosas célebremente inspirado en “El idioma analítico de John Wilkins” de Jorge Luis Borges y a partir de ahora decir “esta obra nació de un texto de Kant”. Michel Foucault, ese kantiano eminente.

Por su parte, el curso en el Collège de France continúa la publicación ya realizada en el año 2002 de La her­menéutica del sujeto (Fondo de Cultura Económica) correspondiente al ciclo anterior 1981-1982. El inicio de este curso de 1983 ya circulaba con el título “¿Qué es la Ilustración?” que a esta altura opera como una doble referencia, al artículo original de Kant que lleva ese nombre y fue publicado en septiembre de 1784 en la revista Berlinische Monatsschrift y a la lectura de Foucault mismo. Allí Foucault concluye que Kant fue el fundador de las dos grandes tradiciones críticas entre las cuales se repartió la filosofía moderna. Por una parte, Kant fundó esa tradición de la filosofía crítica que plantea la cuestión de las condiciones en que es posible un conocimiento verdadero. De algún modo, con su insistencia en las condiciones de posibilidad de un conocimiento o un discurso, en una lectura a vuelo de pájaro, Foucault mismo podría ser relacionado con esta tradición, pero no: “Dentro de la misma filosofía moderna y contemporánea hay otro tipo de cuestión, otro modo de interrogación crítica… Esta otra tradición crítica no plantea la cuestión de las condiciones en que es posible un conoci­miento verdadero; es una tradición que pregunta: ¿Qué es la actualidad? ¿Cuál es el campo actual de nuestras experiencias? ¿Cuál es el campo actual de las experiencias posibles? No se trata de una analítica de la verdad, se trataría de lo que podríamos llamar una ontología del presente, una ontología de la actuali­dad, una ontología de la modernidad, una ontología de nosotros mismos.”

Un repaso de sus temas fundamentales revela la vigencia de su pensamiento. Como Borges, Foucault tiene sus tigres, espejos y laberintos: Locura, Castigo, Clínica, Poder, Gobierno, Muerte y Sexualidad. Pero lo que es más vigente aún es un modo de argumentación; la interrogación continua, el desafió de pensar, el rechazo de la haraganería.

(…)

Tal vez Foucault diría, al menos, que lo han tomado demasiado literalmente. Cuando una y otra vez le preguntaban acerca de la muerte del hombre y del autor – sus dos grandes crímenes – contestaba: guárdense las lágrimas. Foucault no era un teórico en el sentido tradicional, no tenía una teoría, una visión del mundo para sí y para los otros que hubiera que imitar, que se pudiera repetir como una fórmula. No tenía por ejemplo una teoría sobre la sexualidad; solamente (¡solamente!) había puesto en cuestión la supuesta naturalidad de teorías sobre la sexualidad que circulan como sí nada, cuestionaba el que vivamos en ellas sin saberlo, que las respiremos como el aire. Una y otra vez decía también: ¡Lean mis libros! Sus análisis en Historia de la locura y Vigilar y castigar se detienen antes de la constitución de la psiquiatría tal como es hoy en día, se detienen antes del nacimiento de la prisión tal como hoy la vemos. Pero se los vio como desacreditación en masa de ambas instituciones, se ideologizó libros sumamente complejos. En una famosa y extensa entrevista publicada en una revista italiana realizada en 1978 advierte sobre el placer de muchos intelectuales por la “lucha ideológica”. Decía: “Las discusiones sobre temas políticos son parasitadas por el modelo de la guerra: se identifica aquel con ideas diferentes como un enemigo de clase contra el cual habría que batirse hasta la victoria. El gran tema de la ‘lucha ideológica’ me hace sonreír un poco, siendo que los lazos teóricos de unos y otros, cuando se los mira históricamente, son más vale confusos y fluctuantes y no tienen la nitidez de una frontera fuera de la cual se podría acechar al enemigo… Seguir la ruta de la guerra conduce directamente a la opresión, ella misma es peligrosa”.

En esa misma entrevista señala que no hay textos menores; las entrevistas, los prólogos, las clases son espacios para problematizar su obra. La actualidad de los temas de las clases aquí publicadas habla por sí sola, el problema central de la palabra verdadera, del decir veraz cuando se dice, tomo la palabra, la relación de ella, y de la filosofía, con el poder y la política. Todo, con Platón, en especial una audaz relectura de su carta VII como centro de la cuestión. Tenemos entonces a un Foucault algo desconocido, lector atento de Platón y Kant. Un lector que no reniega de las metodologías heredadas (Foucault no olvida que Nietzsche era filólogo) pero que siempre es interpelado por el presente. En un artículo de análisis del curso, Frédéric Gros nos señala “Una de las dimensiones más sorprendentes del curso obedece quizás a la manera cómo Foucault afirma en él, con mucha claridad y serenidad, su relación con la filosofía como palabra de verdad, libre y valerosa”. Michel Foucault y el valor de la palabra empeñada.

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Historia de la automoción (y de los conductores)

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 1, 2009

Ahora que la industria automovilística occidental pasa por su más profunda crisis, he pensado en recomendar algún volumen reciente que aborde de alguna manera este asunto. Me decido por Republic of Drivers. A Cultural History of Automobility in America, de Cotten Seiler, que, como no podía ser de otra manera, ha publicado University of Chicago Press. Dice Margaret Walsh en una reciente reseña que desde finales del pasado siglo ha aumentado el interés por estudiar este objeto, pero que hasta ahora nadie había aplicado las enseñanzas del “giro cultural”, utilizando la teoría crítica y el análisis postestructural, seguramente porque  los interesados previos procedían de la historia del trabajo, de los negocios o del transporte (véase el texto de John Walton: “Transport, travel, tourism and mobility:  a cultural turn“).

reoublic of drivers

Seiler, profesor de American studies en el Dickinson College,  afirma que las cuestiones esenciales que aborda son culturales, filosóficas y políticas, no tecnológicas, ni del mundo de la automoción, ni siquiera psicológicas en sentido estricto. Sus objetos de investigación son los afectos (la cursiva es del autor) generados por la conducción y su instrumentalización por distintos regímenes dentro del liberalismo y el capitalismo del siglo XX . En otras palabras,  su pretensión es examinar cómo conducir ha hecho que los americanos sientan, piensen y actúen de una forma determinada, y describir “el modo de ser y de percibir el mundo que nos rodea – organizado y reforzado por la conducción”. Conducir se ha convertido en un componente clave del carácter estadounidense y es una parte esencial de la forma moderna del individualismo norteamericano.

Seiler  selecciona dos períodos de la historia del automóvil para su análisis. En primer lugar,  los años iniciales (de 1895 hasta los años1920) que titula “Workmen’s Compensation, Women’s Emancipation: The Promise of Automobility, 1895–1929″. Por otra partye, el boom de la posguerra y la guerra fría: “Crafting Autonomous Subjects: Automobility and the Cold War”. Ambos períodos se caracterizaron por un aumento en las ventas de automóviles y el desarrollo de las infraestructuras viarias y ambos experimentaron una crisis o renegociación del individualismo. Seiler  sostiene que el primer período fue testigo de la aceptación o bien del establecimiento de la conducción como forma de vida. De hecho, sugiere que la automovilización masiva  llegó hacia 1929 cuando el coche ya se percibía como agente transformador de las características de los estadounidenses. En aquella época, el automóvil tenía la capacidad de proporcionar a los conductores estadounidenses los “sentimientos de agency, autodeterminación, derecho, intimidad, soberanía, transgresión y velocidad” (p. 43). Tales características facilitaron el establecimiento de la automoción como un bien público y garantizaron su crecimiento como “aparato” o sistema que todo lo abarcaba.

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En fin, para quienes deseen hurgar en lo supone conducir hoy, quizá les convenga repasar Why We Drive the Way We Do (And What It Says About Us), de Tom Vanderbilt (Alfred A. Knopf). En cambio, si les interesa el futuro, lo mejor es ir a After the Car, de Kingsley Dennis y John Urry (Polity).

Más referencias: Kathleen Franz, Tinkering. Consumers Reinvent the Early Automobile (University of Pennsylvania Press, 2005); Tom McCarthy, Auto Mania. Cars Consumers and the Environment (Yale University Press, 2007);  Deborah Clarke, Driving Women. Fiction and Automobile Culture in Twentieth- Century America (The Johns Hopkins University Press, 2007);  Steven M. Gelber, Horse Trading in the Age of Cars. Men in the Marketplace (The Johns Hopkins University Press, 2008) y Georgine Clarsen, Eat My Dust. Early Women Motorists (The Johns Hopkins University Press, 2008). Hay para todos.

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