Clionauta: Blog de Historia

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Benito Mussolini: “Hitler es un sentimental”

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 30, 2009

Claretta Petacci (1912-1945), hija de un médico romano, conoció a Mussolini cuando tenía veinte años y poco después se convirtió en su amante.  Ahora la editorial Rizzoli acaba de editar sus diarios, que ocupan el período entre 1932 y 1938 con el título de Mussolini segreto. Hace unos días Il Corriere della Sera publicó un avance, del cual se han hecho eco la mayor parte de los periódicos del mundo. Veamos:

4 de agosto  de 1938. Los dos amantes se encuentran en un barco. Veinte días antes ha aparecido el Manifesto della razza.

“Yo ya era racista en el 21. No sé cómo pueden pensar que imito a Hitler, que ni siquiera había nacido. Me hacen reir (…) Hay que inculcarles el sentido de la raza a los italianos, para que no tengan mestizos, no vayan a estropear lo que de hermoso hay en nosotros”.

28 de Agosto de 1938. Están juntos en la playa:

“Me disgusto cada vez que recibo el parte de África. Hoy son cinco los arrestados por convivir con negras. (…) ¡Ah! Estos repugnantes  italianos, destruirán en menos de siete años un imperio. No tienen conciencia de la raza “.

1 de Octubre  de 1938. Il Duce le cuenta a su amante los entresijos de la conferencia en Mónaco (“di Baviera”, o sea, Múnich), en la que Francia y Gran Bretaña han aceptado las reclamaciones de Hitler sobre Checoslovaquia.

“La recepción de Mónaco ha sido fantástica, y el Führer ha estado muy agradable. Hitler es un  sentimentasl después de todo. Cuando se me acercó tenía lágrimas en los ojos. Me quiere realmente bien, mucho. (…)   “Ahora las democracias deben dar paso a la dictadura. Somos una sola fuerza, tenemos un significado, representamos una idea y un pueblo. Él con la camisa marrón, yo con camiseta negra. Ellos, humillados y solos. Realmente te hubiera gustado estar allí  y verlo. (…) La victoria es ahora de las dictaduras. Los sistemas de viejo estilo ya no dan más de sí,  crean desorden. Uno sólo ha de ponerse al timón, comandar. Alemania es hoy la mayor potencia del mundo. Son ochenta millones de personas, y antes de atacarles hay que pensarlo.   (…) Deberías haber visto con qué cariño,  amabilidad y devoción me han acogido en todas partes a lo largo de la carretera. También allí han comprendido que el artífice de la paz, el único que podía hacer desistir a Hitler de hacer cualquier movimiento, era yo. La humillación de la política roja  es insuperable. No, es falso, nunca hemos comido con Daladier y Chamberlain. Siempre con nazis y fascistas, y yo me encontraba muy bien”.

8 de Octubre de 1938. Mussolini estaba enojado con Pío XI, que había dicho aquello de  “espiritualmente todos somos semitas” y reconocido la validez de los matrimonios religiosos mixtos entre judíos y católicos.

“No sabes el daño que le hace este papa a la Iglesia.  Nunca ha habido un papa tan nefasto para la religión como éste. Hay católicos que lo repudian profundamente. Ha perdido la mayor parte del mundo. Alemania,  por completo. No ha sabido mantenerla, se equivocó en todo. Hoy en día somos los únicos, soy el único  en apoyar esta religión que tiende a desaparecer. Y hace cosas indignas. Como decir que somos iguales a los semitas.  Hemos luchado durante siglos, los odiamos,  y resulta que nos gustan. Tenemos la misma sangre! ¡Ah! Es nefasto.

“Ahora está haciendo campaña en contra esta cosa de los matrimonios. Me gustaría ver a un italiano que se casara con un hombre negro. Hemos visto que incluso los matrimonios con extranjeros blancos, en caso de guerra, conducen a la desintegración de las familias. Porque uno y otro cónyuge se decantan en este momento absolutamente por su patria. Lo llevan en la  sangre. De ahí la imposibilidad, por supuesto, del acuerdo  y lo que les pasa a las familias. Además, aunque él dé  permiso, yo nunca daré mi consentimiento. (…) Ha disgustado a todos los católicos, hace discursos malos y poco inteligentes. Dice: “Compadeceos de los judíos”, y añade  “me siento como ellos…” Es el colmo!.

11 de Octubre de 1938.

“Estos sucios judíos, tenemos que destruirlos a todos. Voy a hacer una fortuna como han hecho  los turcos. Si he deportado a 70 mil árabes, podré hacer lo mismo con  50 mil judíos. Haré una pequeña isla, los encerraré todos allí. (…) Son caroña, enemigos y cobardes. No saben lo que es la gratitud, el reconocimiento, ni una carta de agradecimiento. Para ellos, mi piedad era vileza.  Dicen que les necesitamos, su dinero, su ayuda, que si no se pueden casar con las cristianas les pondrán los cuernos a los cristianos. Son gente desagradable, me arrepiento de no haber ido más lejos. Ya verán lo que hará el puño de hierro de Mussolini. (…) Es hora de que los italianos sientan que ya no tienen que ser explotados por estos reptiles”.

Corriere della Sera, 15/7/1938

10 de Noviembre de 1938. El Gobierno aprueba  el decreto-ley sobre la raza que entrará en vigor una semana después.

“Hoy discutimos la cuestión de los judíos. Ciertamente, su Santidad elevará las consiguientes protestas porque no reconocemos los matrimonios mixtos. Si la Iglesia quiere hacerlo, adelante. Pero nosotros, el Estado, no los reconoceremos, y serán como amantes. Ni siquiera a  los niños. Todos los que se han convertido al catolicismo hasta la fecha, y  los niños, seguirán estando como hasta ahora. A partir de la fecha establecida, ya no se admite a nadie más. De lo contrario, todos se harían católicos sólo para casarse, y entonces la cuestión de la raza no tendría razón de ser. Este papa no lo quiere entender, pues que haga lo que quiera”.

16 de noviembre de 1938. Nuevo estallido contra Pío XI.

“¡Ah no! Aquí, el Vaticano busca la ruptura. Si siguen así, romperé con ellos. Romperé cualquier relación, insisto, destruiré el pacto. Son unos miserables hipócritas. He prohibido los matrimonios mixtos y ahora el Papa me solicita casar a un italiano con una negra. Sólo porque ésta es católica. ¡Eso sí que no! ¡Voy a romperles la cara a todos!”.

***

Ell periódico italiano no lo incluye, pero el diario incluye una anotación correspondiente al 22 de diciembre de 1937 donde dice : “Ese Franco es un idiota. Cree haber ganado la guerra con una victoria diplomática, porque algunos países le han reconocido, pero tiene al enemigo en casa. Si sólo tuvieran la mitad de la fuerza de los japoneses hubiera acabado todo hace cuatro meses. Son apáticos, indolentes, tienen mucho de los árabes. Hasta 1480 en España dominaron los árabes, ocho siglos de dominación musulmana. Ésa es la razón por la que comen y duermen tanto”.

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Intelectuales, nazismo y banalización del mal: Arendt y Heidegger

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 27, 2009

Ron Rosenbaum, periodista y escritor americano,  es autor de Explicar a Hitler. Los orígenes de su maldad (Siglo XXI, 1999) y es también un destacado polemista sobre el holocausto y la cuestión judía, la religión de sus ancestros. No hace mucho, además,  saltó al ruedo mediático para denunciar la visión del nazismo que presenta la película “El lector” y pedir que no se le tuviera en cuenta para los Oscar. En los últimos años, dijo,  “prevalece una nueva forma de malentendido, el deseo de exculpar al pueblo alemán de la culpa por los crímenes cometidos durante la era hitleriana”.

Ahora, se despacha a gusto en Slate a propósito de Hanna Arendt y unas recientes revelaciones de su relación con Heidegger. El titulo ya lo sugiere claramente, “The Evil of Banality. Troubling new revelations about Arendt and Heidegger”, y los primeros párrafos lo certifican:  ¿Seremos capaces de pensar a Hannah Arendt de la misma manera a partir de ahora? Dos nuevas críticas condenatorias, una de Arendt  y otra de su antiguo amante sicofante-nazi, el filósofo Martin Heidegger, acaban de publicarse con unos diez días de diferencia, nos dice. Ambas ponen en duda la reputación,  exagerada y sobredimensionada,  de ambas figuras,  arrojando nueva luz sobre una relación intelectualmente tóxica.  Mi esperanza, reconoce Rosenbaun,  es que estas revelaciones contribuirán al descrédito de una frase pseudo-intelectual, que ha sido la más usada e incomprendida  de nuestro lenguaje: la banalidad del mal. La banalidad de la banalidad del mal, su propia fatuidad, ha sido durante mucho tiempo insondable, pero quizás ahora se la pueda situar entre  lo engañoso y lo falso.

Arendt Heidegger

El primero de los dos nuevos textos apareció en las páginas del Times Literary Supplement el 9 de octubre. Se titulaba “Blame the Victim—Hannah Arendt Among the Nazis: the Historian and Her Sources“, escrito por  Bernard Wasserstein, profesor de historia en la Universidad de Chicago.  Éste menciona el uso escandaloso que hace Arendt de citas de antisemitas y “autoridades” nazis sobre los judíos en su libro Los orígenes del totalitarismo.  Wasserstein concluye que el uso que hace de estas fuentes “más que un error metodológico: era un síntoma de una visión del mundo perversa, contaminada por la excesiva exposición a los discursos de desprecio y  estigmatización colectivos que formaban el objeto de su estudio” -ese objeto era el antisemitismo. En otras palabras, afirma, Arendt interiorizó los valores de la literatura antisemita que leyó en su estudio sobre el antisemitismo, al menos en cierta medida. La conjetura de Wasserstein reaviva el debate sobre los comentarios despectivos de Arendt sobre algunos judíos que fueron víctimas de Hitler en su libro sobre Eichmann y en sus cartas. ¿Podrían ayudar estas revelaciones  a desterrar la reiteración de la robótica frase de la banalidad del mal como explicación de todo lo malo que hacen los seres humanos? Arendt pudo no tener la intención de que la frase se utiliza de esta manera, pero uno de sus efectos perniciosos ha sido que parezca como si la búsqueda de una explicación del misterio del mal cometido por “hombres ordinarios”  hubiera terminado. Como si con enunciarlo se  solucionara el problema. Es una frase, concluye,  que suena significativa y nos deja fuera de combate, permitiéndonos evitar enfrentarnos con una cuestión difícil .

El segundo texto, continúa Rosenbaun,  se refiere a Heidegger. El nuevo material ofrece una prueba más de su devoción servil para con el Führer, no sólo en sus discursos públicos, sino también en su deseo de encontrar un fundamento filosófico para el hitlerismo en los elevados reinos de su pensamiento.  Consideremos esta cita de una reseña deliciosamente mordaz de Carlin Romano, profesor de filosofía  en la Universidad de  Pennsylvania,  el 18 de octubre en el Chronicle of Higher Education, que trata sobre un volumen que incluye nuevas revelaciones sobre la “desvergonzada adopción del nazismo por parte de Heidegger”.

“El próximo mes, Yale University Press publicará una traducción inglesa de Heidegger: the Introduction of Nazism into Philosophy, de Emmanuel Faye, un profesor asociado de la Universidad de París, en Nanterre. Es la última, más completa y fundamentada embestida sobre ese aparentemente pensador magistral que enseñaba a los estudiantes de Friburgo en su infame discurso rectoral de 1933  sobre la “verdad interior y grandeza” del nazismo, declarando que “el propio Führer y solo él es la realidad alemana actual y futura y su ley”.  Faye, cuyo libro sobre Heidegger causó gran revuelo en Francia dividiendo a los departamentos universitarios en dos bandos,  sigue los pasos de la investigación del filósofo (chileno y judío)  Víctor Farias (Heidegger et le Nazisme, 1987), del historiador Hugo Ott (Martin Heidegger: Unterwegs zu Zeiner Biographie, 1988) y de otros.  ¿El objetivo? Exponer la vulgar y zafia metafísica, el vicioso intento de convertirse a lo largo de los años treinta en el principal tribuno académico de Hitler, y sus contorsiones de la posguerra escapar de un juicio adecuado a sus pecados. “Ahora sabemos”,  dice  Faye, “que el intento [de Heidegger] de auto-justificación de 1945 no fue más que una sarta de mentiras”.

[El libro de Faye está disponible en Akal, y ha suscitado comentarios de uno y otro signo, además de otros que intentan explicar la controversia. El volumen de Víctor Farias  tiene tres ediciones distintas en castellano, pues además de Muchnik y FCE-Chile  hay una muy reciente, revisada y aumentada, de Objeto Perdido, amén de otra difusión periodística; el historiador Hugo Ott ha sido traducido en Alianza]

Estas revelaciones permiten a Rosenbaun volver sobre Hanna Arendt. Ya que el entusiasmo de Heidegger con el nazismo se hace más evidente, y como está cada vez más claro que esa alianza no era meramente oportunista y ambiciosa, sino que deriva de una afinidad filosófica con sus efusiones para con el Führer, es imposible no volver a examinar ciertas cuestiones. Tales como: ¿Cuánto sabía Arendt sobre la profundidad de la lealtad de Heidegger? ¿Heidegger le mentía?  ¿Ella le creía de la misma manera que creía a Eichmann? ¿Asumía que  su complicidad con los genocidas era algo banal, que tenía que ver con su carrera profesional?   O peor, ¿lo sabía? ¿ Construyó, autoengañándose o falseando lo que ocurría,  su falso y banal Eichmann a partir de su falso y banal Heidegger?

Como se podrá comprender, por si el tema no cargara ya desde siempre con un fardo de polémicas, el artículo de Rosenbaum y el libro de Faye las han agudizado. Como señaló Patricia Cohen en el NYT, parte de cuestión que se dirime es que, si se hace caso a estas críticas, habría que reexaminar todo lo escrito a partir de los pensamientos del filósofo alemán, si es que se le puede llamar así. En efecto, los libreros tendrían que pensárselo y quizá deberían quitar a Heidegger de los estantes de filosofía y pasarlo a la sección de historia del nazismo. Aunque el asunto no es sólo eso, y de ahí las división de opiniones, muy encontradas, como la del colega de Carlino en Pennsylvania,  Damon Linker. En un texto para The New Republic titulado “Why Read Heidegger“, Linker dice que las opiniones de Romano, como la de asegurar que Heidegger es  “un bufón”  cuyas ideas deberían ser “el blanco de las mofas y  no el tema de ninguna tesis”, son una vergüenza intelectual, y que el Chronicle debería avergonzarse de haberlas publicado. Y eso que, como reconoce Linker, él está muy lejos de ser uno de los “acólitos” que sienten una “estrafalaria veneración” por Heidegger y sus ideas. En lo que sí está totalmente de acuerdo con Romano es en la obscenidad moral de las acciones de Heidegger (y de algo de lo que él enseñó y escribió) durante la década de 1930. Sin embargo, la repugnancia moral  no exime al lector -por no hablar del crítico- de la carga de compromiso intelectual.

Para Linker es absurdo conectar toda la filosofía de Heidegger con el nazismo. Y ello porque, a diferencia de muchos otros filósofos, Heidegger estaba implacablemente, obsesivamente interesado en una sola cuestión: la cuestión del “Ser”. Y su interés por esta cuestión -así como sus formas características de plantearla – se remonta a la época de sus primeras clases  (1919 a 1923), que tuvieron lugar mucho antes del surgimiento del nazismo como fuerza política importante en Alemania. Si bien no se puede negar una convergencia sorprendente y preocupante entre las investigaciones ontológicas de Heidegger y el movimiento político de Hitler -una convergencia que merece muy mucho ponderarse y examinarse-,  sus investigaciones anteriores a Hitler, y que sobrevivieron a Hitler durante décadas, continuaron como proyecto filosófico y siguieron su camino a lo largo  de los años 1950, 60 y 70. Incluso aunque la distinción entre la filosofía de Heidegger y su política fuera tan imposible como Romano (y Faye) nos quieren hacer creer, eso no justificaría tener que excluir al pensamiento de Heidegger de la reflexión y el juicio universitarios. Por el contrario, sería una razón adicional para lidiar con el desafío que plantea.

Para otro profesor de filosofía, John Holbo, la cosa es más sencilla.   Parte del problema -dice Holbo en uno de sus blogs- ya lo puso de relieve Rorty hace tiempo: “No se puede leer a la mayoría de los filósofos importantes de los últimos tiempos  sin tener en cuenta el pensamiento de Heidegger”, y ello a pesar  “de ese olor a humo de hornos crematorios que ha quedado impregnado en sus páginas”.   Para Holbo, el problema de Heidegger no es que se pueda oler el humo de los crematorios a través de su vagamente mística filosofía primordial, sino precisamente que no se puede. Heidegger estaba tan en sintonía con los supuestos peligros del otro lado (el problema de la tecnología y todo lo demás) que ignoraba las formas en que su propia posición podía traicionar a una persona por… falta de autenticidad, y eso es sólo el principio. No me parece que personalmente escondiera ningún odio primordial o resentimiento,  ira o violencia reprimida  – ni él ni en sus escritos. Así que acaso creo que suena ridículo decir rotundamente que la filosofía heideggeriana es fascista. Es que el sistema inmunológico heideggeriano, por decirlo así, es particularmente ineficaz para luchar con algo así como el fascismo. No está construido para hacer eso, lo cual es francamente malo.  Sin embargo, concluye, Heidegger no es en esencia un filósofo nazi.

En fin, podemos apartarnos un poco de la polémica en torno a Heidegger para repasar otros artículos en torno a la Alemania nazi. Por ejemplo:

Who Voted for Hitler?, aparecido en The Wilson Quarterly a propósito de “Ordinary Economic Voting Behavior in the Extraordinary Election of Adolf Hitler”, el texto de  Gary King, Ori Rosen, Martin Tanner y Alexander F. Wagner publicado hace meses en The Journal of Economic History.

“Occupied Minds. French culture under Nazi rule remained surprisingly vibrant”, otra recensión sobre tres volúmenes que abordan el período de Vichy, aparecida en Bookforum.

“A Nazi at Harvard”, el comentario de Anthony Grafton para el blog de la NYRB sobre el reciente volumen de Stephen H. Norwood The Third Reich in the Ivory Tower: Complicity and Conflict on American Campuses (CUP, 2009), cuya lectura se podría complementar con “Fashionable Fascism”, texto de Rebecca Bynum para la New English Review sobre el mismo libro.

Y, finalmente, pero sin agotar el material: la reseña del volumen de A. Dirk Moses, German Intellectuals and the Nazi Past (CUP, 2007),  que acaba de publicar el historiador Jason Dawsey en H-net. Un volumen que interesara especialmente al gremio de los historiadores, porque por sus páginas pasan especialistas como Ernst Nolte, Hans y Wolfgang Mommsen, Hans-Ulrich Wehler, Joachim Fest, Karl Dietrich Bracher, Eberhard Jäckel, Andreas Hillgruber o Thomas Nipperdey y, desde luego, la cuestión del Sonderweg.

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La historia, acosada por la memoria

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 23, 2009

Decía Pierre Assouline en su blog que hay algo que nadie puede negar:  la enseñanza de la historia está en trance de fenecer, y la publicación de libros de historia afronta una perspectica muy poco halagüeña.  La paradoja es que se predice tal desaparición en medio de la indiferencia más absoluta, y que ello ocurre precisamente en un momento en el que florecen los  lugares para la memoria y la propia historia es manipulada por la neurosis memorialística.

hitler salon

Añade Passouline que el dibujante Riss, director de Charlie-Hebdo, tiene un hobby: colecciona fotos de álbumes familiares que se remontan a la Alemania nazi. Los compra en eBay a cualquier precio. Antes, los nietos de alemanes de los de los años 30 los tiraban a la basura, ahora los venden porque tienen un mercado. El motivo de Riss es documental, a menos eso se desprende del álbum que ha publicado: Hitler dans mon salon. Photos privées d’Allemagne 1933 à 1945 (35 euros, Les échappés).   El resultado es bastante sorprendente. Docenas y docenas de imágenes dispuestas en horizontal en formato italiano (proporcionado por el autor, así como la selección de imágenes), que recuperan la intimidad de los alemanes de aquellos tiempos. Instantáneas nunca vistas, porque los libros de historia siempre han preferido las que fueron tomadas por profesionales o propagandistas.  En un breve prefacio, Riss se pregunta si en el fondo  estas imágenes no podrían servir para el Discurso sobre la servidumbre voluntaria de La Boétie. Unas líneas más adelante, tras interrogarse sobre  la inconsciencia o la adhesión de un pueblo entero al nazismo, indica: “la inmensidad del crimen requiere de la ausencia de pensamiento en quienes lo ejecutan. Ésta es la gran lección y la virtud de esta colección. Los bárbaros eran humanos como tú y como yo “.  El malestar proviene no sólo de la vaga sensación de que estamos invitados a unirnos a la familia, sino de  las leyendas. Habría sido muy oportuno contextualizar esas imágenes para rotularlas adecuadamente. Por ejemplo, hay una foto de una casa en la distancia, rodeada por alambre de espino, que se subtitula: “Vista del crematorio.” ¿Dónde? ¿ En qué campo? ¿En qué país? ¿En qué año? No sabemos nada. Regalo del cielo para los negacionistas.   En otra  parte  vemos dos cadáveres en medio de una multitud indiferente: “Ésos no irán muy lejos”. Los periodistas son aficionados con talento. Estas fotos son a menudo terribles. Los rótulos también lo son, pero en el peor sentido. Es el precio que se paga cuando, como le ocurre a Riss, no se quiere saber nada de los historiadores, por temor a que esas instantáneas queden demasiado “enmarcadas”.

Dado lo anterior no es extraño que algunos historiadores (franceses) hayan expresado su malestar por el trato dispensado a la historia, por arriba y por abajo. Así se puede entender la obra casi panfletaria de Nicolas Offenstadt (L’Histoire bling-bling. Le retour du roman national, Paris, Stock, 2009). En este caso, el motivo o la excusa son dos episodios de la política de la historia y de la memoria que ha propuesto el gobierno de Sarkozy. Offenstadt no defiende que el historiador tenga el monopolio sobre el pasado y entiende que el legislador está en su derecho de fijar determinadas políticas, pero reclama para el académico un deber de vigilancia contra la deformación. Como dice Johann Michel, el ejemplo más significativo es el ocurrido con Guy Môquet durante  2007. Patrimonializado en los discursos presidenciales y en las circulares ministeriales, el compromiso político de aquel joven, “muerto por Francia”,  es sistemáticamente descontextualizado. La antítesis del ethos propio del historiador, según Offenstadt:  “Lo que tenemos es una total incomprensión de lo que pudo significar la fuerza del compromiso comunista en aquella época , la inclusión de este compromiso en una cultura partidista, la sumisión a la línea de la Internacional Comunista que se exigía especialmente a los activistas, como es el caso de Guy Môquet, cuando se hallaba en medio de una disputa familiar  (su padre fue en realidad diputado comunista, elegido en 1936) “(p. 30).

Moquet

Para Offenstadt, historiador medievalista, estos procesos de deformación alimentan un mismo designio: revivir un régimen memorial de unidad nacional. Quienes están  en el poder quieren arraigarse en la fuerza simbólica de los grandes relatos fundadores desarrollados sobre todo al comienzo de la Tercera República. Grandes relatos que se sitúan en una concepción unitaria e inmutable de la nación, que desconfía de los particularismos y desea magnificar las grandezas  nacionales silenciado las páginas oscuras. Esta nostalgia de la novela nacional explicaría el rechazo del  sarkozysmo de todas las políticas históricas y memoriales que exigen el arrepentimiento, señalando con el dedo a los “muertos por Francia” (como dice  Serge Barcellini en el volumen Les guerres de mémoires) y que resultarían  deshonrosas para el orgullo nacional.

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1989, el año de la caída del Muro

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 18, 2009

Timothy Garton Ash menciona en la NYRB la pléyade de obras que han ido apareciendo en los últimos meses en torno al significado de la caída del Muro de Berlín, ocurrida hace ahora veinte años. Como era de esperar, señala, ese vigésimo aniversario ha coincidido con una proliferación de volúmenes sobre el año en el que terminó el corto siglo XX . Aunque más bien aquella fecha debe complementtarse con la unificación de Alemania y la desmembración de la Unión Soviética en 1990-1991, con lo que podemos decir con más precisión que fueron esos tres años con los que terminó el siglo. Los libros recién aparecidos incluyen crónicas periodísticas, con vivencias personales y detalles llamativos (Victor Sebestyén, György Dalos  y Michael Meyer por partida doble), enérgicos ensayos de interpretación histórica (Stephen Kotkin y Constantine Pleshakov)  y originales trabajos de investigación sobre fuentes de archivo e historia oral (Mary Elise Sarotte y el volumen editado por Jeffrey Engel):

Mary Elise Sarotte: 1989: The Struggle to Create Post–Cold War Europe,  Princeton University Press, 2009.
Stephen Kotkin: Uncivil Society: 1989 and the Implosion of the Communist Establishment,  Modern Library, 2009.
György Dalos: Der Vorhang Geht Auf: Das Ende der Diktaturen in Osteuropa,  Munich, C.H. Beck, 2009.
Michael Meyer: The Year That Changed the World: The Untold Story Behind the Fall of the Berlin Wall,  Scribner, 2009.
Michel Meyer: Histoire secrète de la chute du mur de Berlin, Paris, Odile Jacob, 2009.
Victor Sebestyen: Revolution 1989: The Fall of the Soviet Empire,  Pantheon, 2009.
Jeffrey A. Engel (ed.): The Fall of the Berlin Wall: The Revolutionary Legacy of 1989,   Oxford University Press, 2009.
Constantine Pleshakov: There Is No Freedom Without Bread! 1989 and the Civil War That Brought Down Communism,  Farrar, Straus and Giroux, 2009.
Romesh Ratnesar: Tear Down This Wall: A City, a President, and the Speech That Ended the Cold War,  Simon and Schuster, 2009.

Engel

Lo primero que uno se plantea, dice Garton Ash, es qué fue lo que movió a aquellos hombres y mujeres a salir a las calles, especialmente en los primeros días, cuando no era obvio que fuera seguro hacerlo.  ¿Qué les hacía moverse como  una multitud? ¿Quién fue el primero que, en Praga, se cacó las llaves del bolsillo y empezó a sacudirlas haciéndolas sonar; una acción que, repetida por 300.000 personas, producía un sonido increíble?  Historiadores como George Rude, con su estudio pionero sobre la multitud en la Revolución Francesa, EP Thompson o Eric Hobsbawm  han tratado de comprender la dinámica subyacente de la protesta popular en períodos anteriores. Ya es hora de que los historiadores contemporáneos, con mejores fuentes a su disposición (horas y horas de televisión, vídeo y grabaciones de radio, por ejemplo), asuman el reto de tratar de analizar 1989 desde abajo, y no sólo desde arriba.

La gran virtud del  1989 de Mary Elise Sarotte es que aborda lo que ha sido la perspectiva retrospectiva explícita,pero para explorar los caminos no transitados. Por ejemplo, lo cerca que  estuvo la Alemania del Este, el 9 de octubre 1989,  de llegar a un  derramamiento de sangre en Leipzig.

No ocurre lo mismo con Stephen Kotkin, célebre historiador de la Unión Soviética, que cree haber encontrado la clave única. Así cae en esta trampa cuando presta atención a países que no conoce tan bien.  Su libro  contiene una sustanciosa e interesante  explicación histórica sobre el fracaso del comunismo, que se estropea cuando aparece  el estridente argumento revisionista según el cuual 1989 fue, como sugiereel subtítulo del libro , poco más que una implosión “del establishment comunista”. El establishment del partido-Estado  o la “sociedad incivil” (por contraste con lo que identifica como la imaginada o idealizada “sociedad civil” celebrada por intelectuales disidentes y occidentales en la época), “derribó a su propio sistema”.

En realidad, la esencia de 1989 radica en múltiples interacciones, con diversas sociedades y Estados en juego.  Si bien la Revolución Francesa de 1789 siempre tuvo dimensiones y repercusiones externas , y se convirtió en un evento internacional con las guerras revolucionarias, se originó como un desarrollo interno de un país grande. La revolución europea de 1989 fue, desde el principio, un evento internacional –y por internacional  no me refiero sólo a las relaciones diplomáticas entre Estados, sino también a las interacciones de tales Estados y sociedades a través de las fronteras. Así las líneas de causalidad incluyen la influencia de los distintos Estados sobre sus propias sociedades, las sociedades sobre sus propios Estados, los Estados sobre otros Estados, las sociedades sobre  otras sociedades, los Estados sobre otras sociedades (por ejemplo, el impacto directo de Gorbachov sobre  los europeos centro-orientales), y las sociedades sobre otros Estados (por ejemplo, el efecto en cadena sobre la Unión Soviética de la protesta popular en la Europa centro-oriental). Estas nociones a su vez han de ser desagregadas en grupos, facciones e  individuos, incluidos los personajes únicos, como el Papa Juan Pablo II.

El fin del comunismo en Europa trajó la realización más paradójica de un sueño comunista. Polonia vivió en 1980-1981  una revolución de los trabajadores, pero fue contra un Estado denominado de los trabajadores. Los comunistas soñaban con que el internacionalismo proletario propagara la revolución de un país a otro;  en  1989-199 la revolución se extendió finalmente, de un país a otro, pero como efecto del desmantelamiento del comunismo. Sin embargo, la historia es fruto tanto de consecuencias no deseadas como de acciones deliberadas -por no hablar de la necesidad histórica.

Un ejemplo del tipo de fino análisis multinacional que necesitamos es la obra del académico de Harvard Mark Kramer sobre las relaciones entre los soviéticos y la Europa oriental, que está dispersa por distintos textos académicos. Basándose en su trabajo en los archivos soviéticos y de Europa del Este, además de una amplia gama de fuentes publicadas, Kramer demuestra la enorme complejidad de la interacción entre el centro y la periferia imperial. Llega a la conclusión de que lo que él llama el “spillover” (desbordamiento) se producía principalmente desde la Unión Soviética a la Europa del Este entre 1986 y 1988, en ambas direcciones  en 1989, y luego de nuevo principalmente desde  Europa del Este a la Unión Soviética en 1990-1991, cuando los Estados bálticos, Ucrania y  finalmente  la propia Rusia se sintieron alentados a seguir el ejemplo de auto-liberación de la Europa Centro-oriental.

Y necesitamos también calibrar el papel de los USA o China.  Tal vez sea una  característica de las superpotencias el que piensen que son ellas las hacen la historia. Los grandes acontecimientos seguramente debe ser hechos por las grandes potencias. Sin embargo, en los nueve meses que gestaron un mundo nuevo, de febrero a noviembre de 1989, los Estados Unidos y la Unión Soviética eran parteras en gran parte pasivas. Hicieron historia por lo que no hicieron. Y los dos gigantes retrocedieron en parte porque subestimaron la importancia de cosas hechas por gente común en países pequeños. De todos modos, y a pesar de tantos libros, aún queda por hacer una historia sintética global.

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Digamos, como contrapartida, que no todos están de acuerdo con ese análisis. Así lo expone Niall Ferguson en Newsweek en un texto titulado “The Year the World Really Changed. Forget the fall of the iron curtain: the events of ‘79 matter more”, donde entre otras cosas dice: “En comparación, los acontecimientos de hace 10 años -en 1979- sin duda tiene mejor derecho para ser considerados verdaderamentes históricos. Baste pensar lo que esta sucediendo en el mundo desde hace 30 años. Los soviéticos comenzaron su política de auto-destrucción con la invasión de Afganistán. Los británicos comenzaron la reactivación de la economía de libre mercado en Occidente con la elección de Margaret Thatcher. Deng Xiaoping estableció en China un nuevo rumbo económico, visitando los Estados Unidos y observando por sí mismo lo que el mercado libre puede lograr. Y, por supuesto, los iraníes marcaron el comienzo de la nueva era del choque de civilizaciones mediante el derrocamiento del Shah y la proclamación de una República Islámica.  Treinta años después, cada uno de estos eventos ha tenido consecuencias mucho más profundas para los Estados Unidos y el mundo que los acontecimientos de 1989″. Es decir, añade, si hay que elegir una linea divisoria, mejor 1979 que 1989.

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En cualquier caso, para quienes sepan entender que la historia, y la de 1989 en particular,  ya no es sólo textual, por ejemplo:

julio 1990

Trabant a la basura (julio de 1990)

Websites

  1. German Missions in the United States
  2. Making the History of 1989, del  Center for History and New Media (CHNM), con
  3. Newseum – The Berlin Wall
  4. National Archives and Records Administration
  5. The Berlin Wall
  6. Documentation Center Berlin Wall
  7. History of the Berlin Wall

Fotografías

Vídeos

ETC.

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Robert Darnton: Juicio a la letra impresa

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 13, 2009

A la memòria de Xavi, que ens ha deixat avui

Robert Darnton acaba de publicar un nuevo libro, un volumen recopilatorio que incluye sus últimos artículos para el New York Times y el discurso que pronunció en la feria internacional del libro de Frankfurt: The Case for Books: Past, Present, and Future (PublicAffairs). El objeto común son los libros, como ya saben los seguidores de este blog.

Case-for-Books

El libro, dice el profesor norteamericano en Publishers Weekly,  no está muerto. De hecho, en el mundo se editan más libros que nunca. Según Bowker, 700.000 nuevos títulos se publicaron en todo el mundo en 1998, 859.000 en 2003 y 976.000 en 2007. A pesar de la gran recesión de 2009, que ha tenido graves consecuencias en la industria editorial, se espera que en los próximos años esa cifra alcance el millón de libros nuevos.

Sin embargo, la falta general de interés que los americanos muestran por la historia nos ha hecho vulnerables a ciertas ideas exageradas de cambio histórico –y algo tiene que ver también  nuestra fascinación por la tecnología. La obsesión actual con los dispositivos móviles, los lectores electrónicos y la digitalización ha producido un caso colosal de falsa conciencia. A medida que nuevos dispositivos electrónicos llegan al mercado, pensamos estar precipitándonos en una nueva era. Nos dedicamos a vender “la era de la información” como si la información no hubiera existido en el pasado. Mientras tanto, los libros electrónicos y dispositivos como el Kindle representan menos del 1% de los gastos en libros en los Estados Unidos.

La historia nos demuestra que un medio no necesariamente desplaza a otro -al menos no a corto plazo. La publicación de manuscritos floreció mucho después del invento de Gutenberg; los periódicos no acabaron con el libro impreso; la radio no sustituyó al periódico; la televisión no destruyó la radio e Internet no ha hecho que los espectadores abandonen sus aparatos de televisión. Cada época ha sido una era de la información, cada una a su manera. En mi nuevo libro,   abordo esa cuestión,  porque creo que no podemos prever el futuro o dar sentido al presente a menos que estudiemos del pasado. No necesariamente porque la historia se repita o nos enseñe lecciones, sino porque puede nos ayudar a orientarnos frente a los retos de las nuevas tecnologías.

Digitalizar, democratizar

La mayor parte de mi propia investigación pertenece a un campo de reciente reconocimiento en el mundo académico: la historia del libro. Mi trabajo me ha llevado de la investigación histórica a la participación en empresas de publicación electrónica y a la dirección de las Bibliotecas de la Universidad de Harvard. Al tratar con los problemas del presente, a menudo me encuentro pensando de nuevo en el mundo de los libros tal como fue experimentado por los padres fundadores y los filósofos de la Ilustración. A pesar de sus muy diferentes orígenes , Franklin, Jefferson, Voltaire y Rousseau se consideraban ciudadanos de una república universal de las letras, un ámbito cultural sin fronteras -políticas, disciplinarias o lingüísticas-  y abierto a todos los que sabían leer y escribir. Eso, por supuesto, fue una visión utópica limitada a una pequeña élite -en el siglo XVIII, no sólo la mayoría de personas eran  analfabetas, sino que no podían permitirse comprar libros, aun cuando pudieran leer.

Hoy, sin embargo, tenemos los medios para hacer que la utopía sea realidad. En muchas sociedades, a pesar de las enormes desigualdades, la gente común no sólo lee, sino que tienen acceso a una gran cantidad de material de lectura a través de Internet. No minimizo la brecha digital, que separa el mundo informatizado de los demás, ni subestimo la importancia de los libros tradicionales. Pero el futuro es digital. Y creo que si podemos resolver los desafíos actuales de los libros de manera que favorezcan a los ciudadanos corrientes, podemos crear una República digital de las letras. Gran parte de mi libro está dedicado a esta premisa y se puede resumir en dos palabras: digitalizar y democratizar.

Es fácil de decir, lo sé.  Hoy en día, los editores, los libreros, los autores y los bibliotecarios luchan contra obstáculos formidables. Cualquier persona que se las haya visto con un balance contable o haya escuchado la jerga de los vendedores es poco probable que tenga mucha paciencia para pensar sueños utópicos. Por tanto, eso nos ayuda a poner los desafíos actuales del libro en perspectiva. Por ejemplo, ahora estoy editando el diario de un representante de ventas, que pasó cinco meses por las  carreteras de Francia en 1778 a caballo, dale que te pego. A menudo pienso en él cuando me planteo un plan de negocio para alguno de mis proyectos electrónicos –su caballo nunca llegresaba a la oficina.  Las fantasías futuristas no nos llevarán muy lejos en el duro mundo de la edición actual, pero también ayuda a saber lo difícil que era la empresa en las épocas tempranas de la información.

Perspectiva

Aunque creo que los lectores y los profesionales pueden extraer enseñanzas y perspectivas aprendiendo de sus predecesores, la mayor parte de mi libro se refiere a problemas actuales y a la forma en que sus resoluciones pueden dar forma al panorama de la información para el futuro previsible. Los problemas que enfrenta el libro son urgentes, creo yo, no tanto porque los profesionales del libro deban encontrar un camino a través de las crisis financieras inmediatas que les afectan, sino porque el panorama editorial está cambiando bajo nuestros pies. Estamos viviendo uno de esos raros momentos en la historia en el que las cosas pueden desmontarse y volverse a recomponer en formas que determinarán el futuro durante décadas o más, a pesar de las innumerables innovaciones de la tecnología.

Por eso, como se puede observar, he dedicado gran parte de la obra a los esfuerzos de Google. Los recientes intentos de Google de digitalizar la mayor parte de los libros de las bibliotecas de investigación más grandes del mundo y  luego  poner en el mercado su tesoro digital podría tener un efecto profundo sobre el futuro de la república de las letras digitales. ¿El destino de la república de las letras digitales estará determinado por las leyes del mercado o habrá disposiciones para proteger el bien público? Un tribunal de Nueva York lo decidirá pronto, y su decisión podría tener un efecto profundo sobre las reglas y la forma en que se juega en el mundo de los libros.

Me doy cuenta, por supuesto, de que habrá otros momentos decisivos y otras fuerzas contendientes, y que puede que no sea capaz de ver con exactitud el futuro. Pero se esté o no de acuerdo con mi evaluación de Google, espero que mi volumen, y la historia del libro que ofrece,  sea útil. Al situar las cuestiones actuales  en el contexto histórico, espero tanto fomentar una visión amplia de la situación actual como  estimular el debate.

Y, sí, he optado por hacerlo aportando mis reflexiones en un códice impreso, un hecho que no debe pasarse por alto. Un libro sobre libros: el tema le sienta bien a la forma, pero está destinado a abrir nuestra comprensión de los nuevos modos de comunicación, no a lamentar el fallecimiento de un medio que no ha muerto y nunca lo hará.

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Para que no se diga que Darnton aparece en exceso en este blog y que todo son alabanzas, recomiendo la lectura de una entrada del blog diapsalmata, en la que su autor se queja de tanta futurología sobre el libro y tan poca experimentación ahora mismo.

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Los grandes maestros del pensamiento francés

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 8, 2009

Este blog ha sobrepasado estos días los cien mil hits, pero no vamos a recapitular, ni siquiera rendiremos homenaje, como debiera ser, al recién desaparecido Lévi-Strauss. Muchos otros lo han hecho. Por ejemplo: NYTLe MondeLe FigaroAFPGuardianWash PostBloombergLATWSJOpen DemocracyLondon TimesAtlanticAPTelegraphIndependentForbes y un largo etcétera

Nos detendremos en los azares del destino, en los que no tiene cabida curiosamente Lévi-Strauss.

A finales del pasado año, la editorial alternativa Brumaria presentaba Pequeño panteón portátil, la obra que acababa de publicar en francés Alain Badiou. Ahora, con mayores medios, sale una nueva versión a cuenta de FCE.  Así que hemos de concluir que Badiou está de suerte, no en vano la editorial argentia Bestia Equilátera le acaba de reeditar su El concepto de modelo (1969);  o quizá sea que ya no quedan maestros como esos a los que rinde homenaje: Althusser, Borreil, Canguilhem, Cavaillès, G. Châtelet, Deleuze, Derrida, Foucault, Hyppolite, Lacan, Lacoue-Labarthe, Lyotard, F. Proust, Sartre. Badiou es consciente de esa escasez, pues considera que el “momento francés” por antonomasia transcurrió en la década de los sesenta, sobre todo en el lustro que va de 1963 a 1968.

Así concluye el prólogo:

brumaria FCE Badiou

(…) conviene recordar qué es un filósofo. Recordarlo mediante el ejemplo de aquellos que en Francia (donde fueron más numerosos que en otros sitios) asumieron el alcance de ese vocablo en las últimas décadas. Hay que pedirles auxilio a ellos para limpiar y volver a sacarles lustre a las palabras en cuyo nombre, dificultosamente, y con una gran tensión del pensamiento, han propuesto aceptar incondicionalmente que hay que encontrar al menos una Idea verdadera y nunca ceder sobre sus consecuencias, aun cuando, como dice Mallarmé a propósito de Igitur, ese acto que nadie reclama sea “perfectamente absurdo, [salvo porque] el Infinito está al fin fijado”.

En suma, convoco a mis amigos, los filósofos ya desaparecidos, como testigos de cargo en el juicio que el Infinito entabla contra los falsificadores. Ellos vienen a decir, a través de la voz que pronuncia su elogio, que el imperativo del materialismo democrático contemporáneo, “Vive sin Idea”, es a la vez vil e inconsistente. Estos textos tienen formas y destinos muy diferentes. Se trata en todos los casos de homenajes rendidos a grandes espíritus, a menudo en ocasión de su desaparición, o de un aniversario de esa desaparición, o de un coloquio dedicado a ellos. Pero estos homenajes van desde el artículo breve a la larga meditación, y esa diferencia no tiene aquí ningún tipo de sentido jerárquico. Por lo demás, las últimas páginas, “Origen de los textos”, indican no sólo la fecha y la procedencia de estos pequeños escritos, sino también algunos datos complementarios sobre mi relación intelectual con los filósofos de los que hablo.

Aunque algunos fueron maestros de mi juventud, de ninguno de ellos diría hoy que lo sigo sin reservas en su construcción. A algunos estuve ligado por una  amistad, con otros tuve algunas querellas. Pero estoy feliz de decir aquí que, frente a los brebajes que hoy nos quieren hacer tragar, a estos catorce filósofos muertos, bueno, los quiero a todos. Sí, los quiero.

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La historia premiada

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 4, 2009

Este blog, como saben los habituales, se ocupa de escoger y difundir noticias sobre la disciplina que ocurren más allá de nuestras froneras. No obstante, en ocasiones se permite alguna excepción, y ahora ha llegado el caso, justo cuando se acaba de fallar el Premio Nacional de Historia y podemos ver los paralelismos.  La cuestión es que desde hace días estaba pensando si informar o no de los recientes premios americanos.

Sobre, digamos, los cercanos National Book Awards. Entre los finalistas, algunos historiadores, y entre ellos Greg Grandin, de Yale, cuyo último volumen ha recibido un sinfín de parabienes y alabanzas: Fordlandia. The Rise and Fall of Henry Ford’s Forgotten Jungle City. Es decir, sobre la ruinosa empresa que la Ford Motor Company  montó en Brasil en 1927 adquiriendo más de un millón de hectáreas en pleno Amazonas. Allí contruyeron un pueblo al estilo americano,  Fordlandia,  a cuyo alrededor estaría la mayor plantación del mundo, preparada para explotar la hevea, la resina del árbol del caucho. La inversión superó los 20 millones, pero resultó un fracaso y en 1945 se vendió al gobierno brasileño por 244.200 dólares.

O sobre,  por ejemplo, los American Book Awards, un premio que desde 1978 distingue a los mejores trabajos de la “America’s diverse literary community”, más allá de las fronteras académicas.  En esta ocasión, entre otros, han sido distinguidos dos volúmenes interesantes, ninguno de los cuales firma un historiador:  el de Houston A. Baker, Jr.  (Betrayal: How Black Intellectuals Have Abandoned the Ideals of the Civil Right Era, editado por Columbia University Press) y el de Richard Holmes (The Age of Wonder, de Pantheon Books).

En el primero, Baker estudia los textos de los fundadores de los movimientos de los derechos civiles y el Black Power (Du Bois, King, Malcom X, etc.), contrastándolos con los de la nueva élite neoconservadora (Shelby Steele, Jon McWhorter, Henry L. Gates, etc.) para concluir con esa afirmación que da título al libro.  Por su parte, Richard Holmes, biógrafo de la generación romántica dedicado a Shelley y Coleridge, se ocupa de lo que este último denominó la “segunda revolución científica”, cuando los científicos ingleses de principios del Ochocientos rivalizaban en sus descubrimientos con las proezas de Newton o Galileo. De ahí el título completo, The Age of Wonder: How the Romantic Generation Discovered the Beauty and Terror of Science, con la voluntad de señalar la excitación que la ciencia provocaba entonces. Desfilan así Joseph Banks,el botánico que acompañó a Cook en su viaje a Tahiti;   William Herschel, el descubridor del planeta  Urano; el celebérrimo explorador Mungo Park; o Humphry Davy, poeta y químico que dio al mundo una lámpara para mejorar la seguridad de los mineros; pero desfilan no sólo por sí mismos sino por lo que a su vez representaron para quienes acabaron por construir una mitologia de la ciencia y sus descubrimientos, gentes como Coleridge, Wordsworth, Shelley o Keats.

age of wonder el rey fordlandia

Ahora volvamos al principio, al Premio Nacional de Historia que acaba de conceder el Ministerio de Cultura: El Rey: Historia de la Monarquía, editado para Planeta por José Antonio Escudero. Las comparaciones son odiosas, y ambos galardones muy distintos. Cabría argumentar incluso que la historia siempre ha sido una disciplina predominantemente conservadora, de lo cual se desprende en buena lógica que las instituciones premien cierto tipo de obras. De hecho, los americanos tampoco suelen seleccionar precisamente textos rompedores. Ahora bien, hay diferencias, y saltan a simple vista.

En nuestro caso, y sin entrar en la calidad de la obra premiada (un volumen colectivo en tres partes que ocupa más de mil quinientas apretadas páginas y que no he leído), si conviene considerar el tenor del libro, y más si ha de ser tomado como ejemplo de la mejor producción histórica española. En este sentido, remito al artículo firmado por Julián Casanova en El País de ayer, de título glorioso, que comparto plenamente  y que empieza así:

“Hay muchas formas de abordar la historia de España, pero la que se distingue con el Premio Nacional casi siempre es la misma: la que presta la máxima atención a las aventuras de reyes y nobles, a sus pompas, guerras y conquistas. En la Monarquía se encuentra el tronco de nuestra historia común, parece que piensan quienes conceden ese premio, el vínculo uniformador de nuestro pasado más remoto con nuestro presente más actual.

(continuar leyendo)

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Repensar la subalternidad

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 28, 2009

Los estudios subalternos, denominados muchas veces poscoloniales, han sido una de las manifestaciones más evidentes del descentramiento de la historiografía contemporánea. La impugnación de la gran narrativa europea, y su caracter universalista, ha tenido en estos autores a los representantes más destacados. Es innecesario a estas alturas mencionar sus referencias (de Thompson a Said) o sus nombres: Ranajit Guha,  Gayatri Chakravorty Spivak, Partha Chatterjee o Dipesh Chakrabarty, entre otros. Este último lo compendió en su volumen Al margen de Europa (Tusquets, 2008) y lo señalaba antes de forma gráfica en su texto “La poscolonialidad y el artilugio de la historia“:

El que Europa funcione como un referente silencioso en el conocimiento histórico mismo se vuelve obvio de una manera sumamente ordinaria. Por lo menos hay dos síntomas cotidianos de la subalternidad de las historias no occidentales, tercermundistas. Los historiadores del Tercer Mundo sienten una necesidad de referirse a las obras de historia europea; los historiadores de Europa no sienten la obligación de corresponder. Se trate de un Edward Thompson, de un Le Roy Ladurie, un George Duby, un Carlo Ginzburg, un Lawrence Stone, un Robert Darnton o una Natalie Davies —para citar sólo algunos nombres al azar de nuestro mundo contemporáneo—, los “grandes” y los modelos del oficio del historiador siempre son, por lo menos, culturalmente “europeos”. “Ellos” producen su obra en una relativa ignorancia de las historias no occidentales y esto no parece afectar la calidad de su trabajo. Éste es un gesto, sin embargo, al que “nosotros” no podemos corresponder. Ni siquiera podemos permitirnos una igualdad o simetría de ignorancia a este nivel sin correr el riesgo de parecer “anticuados” o “superados” .

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Eso explica, en parte, que aun habiéndose publicado algunos de sus textos en España, su impacto aquí sea infinítamente inferior al que tienen en América Latina,  donde se les edita más y son más leídos. Por ejemplo, acaba de aparecer Repensando la subalternidad. Miradas críticas desde/sobre América Latina, una colaboración entre el Instituto de Estudios Peruanos y el SEPHIS (South-South Exchange Programme for Research on the History of Development) bajo la batuta de Carlos Sandoval. Éste señala en la introducción: “Los trabajos reunidos en esta compilación constituyen una muestra del fructífero encuentro entre historia y antropología para la comprensión de América Latina y del Perú. Incorporando perspectivas innovadoras, formulando críticas relevantes y replanteando convencionalismos e inercias institucionalizadas, los artículos aquí agrupados representan un corpus reconocible para el público especializado, pero merecen (y exigen) la atención del lector que no lo es. Y en particular de aquellos o aquellas estudiantes o docentes de ciencias sociales interesados en conocer las discusiones recientes en los cada vez más movedizos territorios de la historia y la antropología, pero que por las asimetrías de nuestro espacio académico no han podido acceder a las publicaciones que originan o recogen lo sustancial de estos debates”.

En cuanto al volumen, la mayor parte de los textos proceden de la investigación realizada en América, pero hay otros que son traducciones. Algunos ya eran conocidos en versiones previas:  por ejemplo, el de Dipesh Chakrabarty, “Una pequeña historia de los Estudios subalternos”, o el de Frederick Cooper, “¿Para qué sirve el concepto de globalización? La perspectiva de un historiador africanista”. En cambio, es un acierto traducir al excelente y poco conocido historiador (sinólogo) turco Arif Dirlik: “El aura poscolonial. La crítica del tercer mundo en la edad del capitalismo global”.  Se trata de un famoso artículo aparecido en Critical Inquiry en 1994, que avanzaba  su volumen del mismo título.  Asimismo, se recupera un texto escondido de Eric Hobsbawm: “Nacionalismo y nacionalidad en América Latina”.  El original estaba en: “Nations and Nationalism in Latin America”, Jean Baton,  Bouda Etemad y Thomas David, eds., Pour une histoire economique et  socials internationale: melanges offerts a Paul Bairoch. París, 1995, págs. 313-23.

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El libro rojo de Jung

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 21, 2009

“Esta es una historia de un libro casi centenario, encuadernado en cuero rojo, que ha pasado el último cuarto de siglo oculto en la bóveda de un banco en Suiza. El libro es grande y pesado y su lomo está grabado con unas letras doradas que dicen “Liber Novus,” que en latín significa “Nuevo Libro”. Sus páginas son de un grueso papel de color crema y están llenas de pinturas de criaturas de otro mundo y diálogos manuscritos con dioses y demonios. Si no supiéramos cuándo fue escrito, podríamos confundirlo con un libro medieval perdido”.

jung libro rojo

Así empezaba Sara Corbett el pasado septiembre su crónica para el NYT sobre la inminente publicación del ya mítico libro rojo de Carl Gustav Jung, cuya edición tiene ya a punto W.W.Norton ofreciendo un volumen facsímil bilingüe. Mientras tanto, el original ha dejado la Union de Banques Suisses y se exhibe hasta el 25 de enero en el Museo Rubin de Nueva York.

Por supuesto, el volumen ya ha aparecido en una magnífica edición alemana: Carl Gustav Jung, Das Rote Buch. Patmos, Düsseldorf. Thomas Lindemann da buena cuenta de ello en Die Welt. Según Lindemann, el psicoanalista desnuda su alma de una forma tan extraña como ingenua, realizando un viaje a través de la mitología, la oscuridad y la introspección tenaz. Hay sueños, pensamientos y ensayos en miniatura, así como diálogos con personas imaginarias a las que se refiere como “alma” o Izdubar, el antiguo hombre-toro babilonio. Su estilo es el de los textos medievales iluminados, y su caligrafía la minúscula carolingia. Además, se incluyen complejas imágenes, que recuerdan a veces al arte bizantino.  En fin, palabras e imágenes para realizar lo que Jung denominó “imaginación activa”, es decir, su exploración interior.  Sólo queda aconsejar una visita a esos enlaces, en particular el de la editora alemana, porque el espectáculo es sorprendente.

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Quentin Skinner: Thomas Hobbes, el contrarrevolucionario

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 18, 2009

Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College, autor de Fear: The History of a Political Idea, analiza en The Nation la nueva entrega que Quentin Skinner le dedica a su obsesión preferida, Thomas Hobbes:  Hobbes and Republican Liberty (CUP, 2008). Como tambien es en parte la mía, y la de tantos otros, rebasaremos por esta vez los estrechos marcos cronológicos de la historia contemporánea. Aunque, como se verá, no tanto.

La revolución envió a Thomas Hobbes al exilio; la reacción lo trajo de vuelta. En 1640,  los parlamentarios opuestos a Carlos I, como John Pym, estuvieron  denunciando “la predicación en favor la monarquía absoluta, con lo que el rey podría hacer lo que deseara”. Hobbes  había terminado de escribir en aquel momento The Elements of Law, haciendo justamente eso. Después de que un alto consejero del monarca y un teólogo con ilimitados poderes reales fueran arrestados, Hobbes decidió que era hora de marcharse. Sin ni siquiera esperar a que le empaquetaran sus cosas,  huyó de Inglaterra rumbo a Francia.

Once años y una guerra civil después, Hobbes  abandonó Francia y regresó a Inglaterra. Esta vez, estaba huyendo de los realistas. Como antes, Hobbes acababa de terminar un libro. Su Leviatán, como más tarde explicaría, “lucha en nombre de todos los reyes y de todos aquellos que bajo cualquier nombre llevan los derechos de los reyes”. Fue esta aparente indiferencia sobre la identidad del soberano lo que ahora le estaba creando problemas. Su Leviatán justificada, mejor dicho, exigía que los hombres se entregaran a cualquier persona o personas que fueran capaces de protegerlos de un ataque exterior y de los disturbios civiles. Con la monarquía abolida y las fuerzas de Oliver Cromwell controlando Inglaterra y encargándose de la seguridad de las personas, el  Leviatán parecía recomendar que todos, incluidos los realistas derrotados, profesaran lealtad a la Comunidad (Commonwealth). Este argumento ya contaba con versiones previas, ofrecidad por Anthony Ascham, embajador de la Commonwealth, asesinado por los realistas exiliados en España. Así, cuando Hobbes se enteró de que los clérigos estaban tratando  de arrestarle en Francia  -el Leviathan también era vehementemente anticatólico, tanto que ofendió a la reina madre- salió de París y regresó a Londres.

No es casualidad que Hobbes huyera tanto de sus enemigos como de sus amigos, porque la configuración de su teoría política destrozaba  alianzas que venían de lejos. En lugar de rechazar el argumento revolucionario, lo absorbía y lo transformaba. De sus profundas categorías y estilo derivaba una defensa a ultranza de la forma más retrógrada de gobierno. Sintió los impulsos centrífugos de la temprana Europa moderna -el sacerdocio universal, los masivos ejércitos democráticos reunidos bajo la bandera de los antiguos ideales republicanos, la ciencia y el escepticismo- y trató de convertirlos en una fuerza centrípeta única: un soberano tan terrible y benigno como para que cualquier desafío a la autoridad pareciera no sólo inmoral sino también irracional. Hobbes  no se diferencia de los futuristas italianos cuando pone la disolución al servicio de la resolución. Fue el primero y, junto con Nietzsche, el más grande filósofo de la contrarrevolución, un  licuador avant la lettre de la modernidad cultural y la reacción política,  que entendía que para derrotar a una revolución uno debe convertirse primero en revolución.

¿Y cómo ha sido tratado por el partido del orden? No muy bien. En un ensayo sobre el obispo Bramhall, un realista que debatía con Hobbes, TS Eliot (un licuador hábil) decía que  Hobbes era “uno de esos escasos y extraordinarios advenedizos a quienes el movimiento caótico del Renacimiento les concedió una eminencia  que apenas merecían”. De los cuatro teóricos políticos del siglo XX que Perry Anderson definió como “La derecha intransigente”  en su Spectrum - Leo Strauss, Carl Schmitt, Michael Oakeshott y Friedrich von Hayek – sólo Oakeshott vio en Hobbes un ligerísimo atisbo de alma gemela. El resto lo veían como fuente de un liberalismo maligno, de jacobinismo o incluso de bolchevismo.

Los custodios del antiguo régimen a menudo confunden a los contrarrevolucionarios con la oposición, porque no pueden detectar la alquimia de su argumento. Todo lo que advierten es lo que hay allí  -una forma de pensamiento novedosa que resuena peligrosamente a algo revolucionario- y lo que echan de menos: la justificación tradicional de la autoridad. Eso hace que el contrarrevolucionario no les parezca un camarada, sino alguien sospechoso. Y no están equivocados del todo.  Tanto para la izquierda como, en rigor, para la derecha -uno de los textos más famosos de Hayek se titula “Por qué no soy conservador” – el contrarrevolucionario es un pastiche de incongruencias: alto y bajo, antiguo y nuevo,  izquierda y derecha, ironía y fe. El pastiche es indispensable, porque lo que un contrarrevolucionario está tratando de hacer es nada menos que la cuadratura del círculo – establecer la prerrogativa popular y restablecer un régimen que afirma que ha estado ahí desde siempre, que no hubo una primera vez (el antiguo régimen fue, es y será, no se hizo). Son tareas que ningún otro movimiento político puede  emprender. No es que el contrarrevolucionario esté personalmente predispuesto a la paradoja, es sólo que se ve obligado a cabalgar sobre las  contradicciones históricas, por el bien del poder.

Pero ¿por qué retomar a Hobbes para hablar de conservadurismo, de la derecha y de la contrarrevolución? Después de todo, ninguno de estos términos parece haber entrado en circulación hasta la Revolución Francesa o incluso después, y la mayoría de historiadores ya no creen que la Guerra Civil inglesa fuera una revolución. Las fuerzas que derrocaron a la monarquía podían estar buscando tanto la República romana como la antigua constitución. Puede que quisieran una reforma de las costumbres religiosas o que se limitara el poder real. Pero la revolución no estaba entre sus propósitos. ¿Cómo podría Hobbes haber sido un contrarrevolucionario si no había revolución a la que oponerse?

Por un lado, Hobbes pensaba de otra manera. En el Behemoth, su mejor tratamiento de la cuestión, declaró firmemente que la Guerra Civil inglesa era una revolución. Y aunque para él eso quería decir algo similar a lo que significaba para los antiguos -un proceso cíclico de cambio de régimen, más afín a la órbita de los planetas que a un gran salto hacia delante- Hobbes veía en el derrocamiento de la monarquía un celoso (y, desde su perspectiva, tóxico) anhelo de democracia, un firme deseo de redistribuir el poder entre un mayor número de hombres. Para Hobbes, ésa era la esencia del desafío revolucionario, y así ha permanecido desde entonces -ya sea en Rusia en 1917, en Flint en 1937 o en Selma  en 1965. Que estuviera inspirado más  por visiones del pasado que del futuro no debe demorarnos, no  más que a Hobbes – o a Benjamin Constant o Karl Marx, en realidad, quienes vieron lo fácil que era para los franceses hacer la revolución mientras  (o incluso por) miraban hacia atrás.

Hobbes se opuso claramente a los “democráticos”, como él llamaba a las fuerzas parlamentarias y sus seguidores. El argumento de Quentin Skinner en Hobbes and Republican Liberty es que derrochó una parte considerable de su energía filosófica en esta oposición y que sus mayores innovaciones se derivaron de ella. Su objetivo específico era la concepción republicana de libertad, su noción de que la libertad individual conlleva a los hombres a gobernarse a sí mismos colectivamente. Desanudando los lazos entre libertad personal y naturaleza del poder político, Hobbes fue capaz de argumentar que el hombre puede ser libre en una monarquía absoluta – o como mínimo  no menos libre de lo que lo sería en una república o una democracia. Fue “un momento que hizo época en la historia del pensamiento político anglosajón”, dice  Skinner, del que resulta una nueva descripción de la libertad de la que aún somos deudores -por desgracia, para Skinner- hoy en día.

Skinner es un historiador demasiado exigente como para decir que Hobbes es un contrarrevolucionario, pero su espléndido libro abre una amplia ventana a la complejidad de esa empresa. Todos los contrarrevolucionarios se enfrentan a la misma pregunta: ¿cómo defender un antiguo régimen que ha sido o está siendo destruido? El primer impulso -reafirmar las verdades antiguas del régimen- suele ser generalmente lo peor, porque a menudo fueron sobre todo esas verdades las que le crearon los problemas a aquel régimen. O el mundo ha cambiado tanto que ya no permiten el asentimiento o se han desarrollado de manera tan flexible que han cambiado, favoreciendo la revolución. De cualquier manera, el contrarrevolucionario debe buscar en otra parte los materiales con los que conformar su defensa del antiguo régimen. Eso puede ponerlo en desacuerdo, como Hobbes advirtió, no sólo con la revolución  sino también con el mismo régimen cuya causa defiende.

Los defensores de la monarquía en la primera mitad del siglo XVII ofrecían dos tipos de argumentos, ninguno de los cuales Hobbes podía respaldar. El primero, que Skinner no discute, era  el derecho divino de los reyes.  Era una innovación reciente -Jacobo I, padre de Carlos, fue su principal exponente en Gran Bretaña- que declaraba que el rey era el representante de Dios en la tierra (de hecho, era como Dios en la tierra);  que era responsable sólo ante Dios; que sólo él estaba autorizado a gobernar y no debía verse restringido por la ley, las instituciones o el pueblo. Como supuestamente señaló el asesor de Carlos I, “el dedo meñique del rey debe ser más grueso que los lomos de la ley”.

Si bien tal absolutismo apelaba a Hobbes, el fundamento de la teoría era débil. La mayoría de los teóricos del derecho divino suponían que  Hobbes y sus contemporáneos, especialmente en el continente, creían que  ya no existía: una teleología de los fines humanos que reflejara la jerarquía natural del universo y produjera definiciones inatacables del bien y del mal, lo justo e injusto. Tras un siglo de derramamiento de sangre provocado por el significado de esos términos y el escepticismo sobre la existencia de un orden natural o nuestra capacidad para conocerlo, las defensas del derecho divino no parecían creíbles ni fiables. Con sus dudosas premisas, tenían las mismas probabilidades de provocar un conflicto que de resolverlo.

Posiblemente era más preocupante que la teoría dibujara un teatro político en el que sólo había dos actores de alguna importancia: Dios y el rey, uno interpretando al otro.  Aunque Hobbes creía que el soberano no debía compartir el escenario con nadie, estaba muy a tono con el virus democrático de su tiempo de no darse cuenta de que la teoría había enviado a un tercer actor -el pueblo- con el paquete. Todo fue muy bien mientras la gente estuvo tranquila y fue respetuosa, pero durante la década de 1640 eso no era viable. La gente estaba en el escenario, exigiendo un papel de liderazgo, y no podía ser ignorada ni cabía  darle un papel secundario.

Los cambios en Inglaterra, en definitiva, habían hecho del derecho divino algo insostenible. El desafío era complicado para Hobbes: cómo preservar el impulso de la teoría (incondicional sumisión al poder absoluto, indivisible) mientras abandonaba sus premisas anacrónicas. La teoría del consentimiento de  Hobbes, en el que las personas pactan unas con otras para crear un Estado soberano con poder absoluto sobre ellas, y su teoría de la representación, en la que la gente se hace pasar por el soberano, sin que esté obligado a ellos, lo consiguió.

La teoría del consentimiento no hizo suposiciones acerca de la definición del bien y del mal o de una jerarquía natural del universo. Por el contrario, presumía  que los hombres no estaban de acuerdo sobre estas cosas, y que disputaban de forma violenta, de modo que la única manera de alcanzar sus metas en conflicto y sobrevivir era  ceder todo su poder al Estado y someterse a él sin protestar ni desafiarlo. Protegiéndolos a unos de otros, el Estado les garantizaba el espacio y la seguridad para seguir adelante con sus vidas. Junto con la descripción de Hobbes de la representación, la teoría del consentimiento tenía una ventaja añadida: aunque le daba todo el poder al soberano, la gente todavía podía imaginarse a sí misma como si estuviera en su cuerpo, en cada golpe de su espada. Ellos le crearon; él les representaba; a todos los efectos, estaban en él. Sólo que no lo estaban ni lo eran:  puede que fueran los autores del Leviatán - el infame nombre que le dio al soberano, extraído del Libro de Job-,  pero como cualquier autor no tenían ningún control sobre su creación. Fue una medida muy acertada, característica de todas las grandes teorías contrarrevolucionarias, en las que las personas se convierten en actores sin papeles, un público que cree que sale a escena.

El segundo argumento ofrecido en favor de la monarquía, la posición realista constitucional, tenía raíces más profundas en el pensamiento inglés y, por tanto, era  más difícil de contrarrestar. Sostenía que Inglaterra era una sociedad libre, porque el poder real estaba limitado por el derecho anglosajón (common law) o compartido con el Parlamento. Esa combinación de imperio de la ley y soberanía compartida, afirmó Sir Walter Raleigh, era lo que distinguía a los súbditos libres del rey de los esclavos ignorantes de los déspotas del Este. Fue este argumento y sus ramificaciones radicales, según Skinner sostiene, lo que aceleró las reflexiones más profundas y audaces de Hobbes sobre la libertad.

En la base de esta concepción de la libertad política descansaba una distinción entre actuar en aras de la razón y a instancias de la pasión. Lo primero es un acto libre y lo segundo no. “Actuar por pasión”, explica Skinner, “no es actuar como un hombre libre, ni siquiera es algo característico del hombre; tales  acciones no son expresión de verdadera libertad, sino de mera licencia o brutalidad animal”. La libertad implica actuar a partir de lo que deseamos, que no se debe confundir con el apetito o la aversión. Como Bramhall expresó: “Un acto libre es sólo el que procede de la libre elección de la voluntad racional”.  “Donde no hay consideración ni uso de la razón, no hay libertad en absoluto”.  Ser libre implica actuar según la razón o, en términos políticos, vivir  bajo las leyes por contraposición al poder arbitrario.

Al igual que con el derecho divino de los reyes, acontecimientos recientes habían hecho que el argumento constitucional resultara anacrónico, sobre todo por  el hecho de que ningún monarca inglés de la primera mitad del siglo XVII se lo hubiera creído. Con la intención de convertir a Inglaterra en un Estado moderno, Jacobo y Carlos se vieron obligados a defender posiciones sobre la naturaleza de su poder mucho más absolutistas de lo que permitía el argumento constitucional.

Más preocupante para el régimen, sin embargo, fue la facilidad con que ese argumento constitucional podía mutar en republicano y ser utilizado contra el rey. Y así era, en las débiles peticiones de common lawyers y parliamentary supplicants, quienes sostenían que con la inobservancia de la ley común y la desobediencia al Parlamento del rey (Carlos)  se amenazaba con convertir Inglaterra en una tiranía;  y en las exigencias utópicas de los radicales, que insistían  en que todo lo que no fuera una república o una democracia, donde los hombres vivían bajo las leyes que habían consentido, constituía una tiranía. Toda monarquía, según éstos, era una forma despotismo.

Hobbes pensaba que este último argumento  derivaba de los “libros de política y de historia, de los antiguos griegos y romanos“, que fueron muy influyentes entre los educados opositores al rey. Skinner está de acuerdo, y una parte considerable de su obra (así como varios de sus otros libros y ensayos) se dedica a rastrear el linaje clásico de lo que él llama el argumento “neo-romano” o republicano. Esa herencia antigua recobró nueva vida con  los Discorsi de Maquiavelo, traducidos al inglés en 1636, y Skinner sugiere que pudieron haber sido el objetivo final de Hobbes en su advertencia contra el gobierno popular.

Pero Skinner también señala que la premisa fundamental del argumento republicano -lo que distingue a un hombre libre de un esclavo es que el primero está sujeto a su propia voluntad mientras que el segundo está sujeto a la voluntad de otro- se puede encontrar,  en una reproducción “palabra por palabra” del Digesto de derecho romano, en la commom law inglesa ya en el siglo XIII. Del mismo modo, la distinción entre voluntad y apetito, libertad y licencia, estaba  “profundamente arraigada”  tanto en la tradición escolástica de la Edad Media como en la cultura humanista del Renacimiento. Por tanto, eso estaba  no sólo en las posiciones realistas de Bramhall y sus secuaces, sino también entre los radicales y regicidas que derrocaron al rey. Un fascinante subtexto del argumento de Skinner es, pues,  que bajo el abismo que separaba a realistas y republicanos había un profundo y volátil cimiento, el de  la asunción compartida sobre la naturaleza de la libertad. La genialidad de Hobbes estuvo en reconocer ese supuesto, y en su ambición para aplastarlo.

Si bien la noción de que la libertad consiste en vivir bajo las leyes prestaba apoyo a los realistas constitucionales, quienes daban mucha importancia a  la distinción entre monarcas legales y tiranos despóticos, eso no conducía necesariamente a la conclusión de que un régimen libre tuviera que ser una república o una democracia. Para avanzar en ese argumento, los radicales tuvieron que hacer dos afirmaciones adicionales: en primer lugar, equiparar la arbitrariedad o la ilegalidad a una voluntad que no es la propia, una voluntad que sea esterna o ajena; y, segundo,  equiparar las decisiones de un gobierno popular con una voluntad que es la propia. Estar sujeto a una voluntad que es la mía -las leyes de la república o la democracia- es ser libre; estar sujeto a una voluntad que no es mía -los edictos de un rey o de un país extranjero- es ser un esclavo.

No siempre queda claro en el texto de Skinner cómo hicieron los republicanos estas afirmaciones. Su Liberty Before Liberalism,  publicado en 1998, muestra mejor estas maniobras. Pero lo que está claro es que fueron ayudados en estos esfuerzos por una peculiar, aunque popular, comprensión de la esclavitud. Lo que hacía de alguien un esclavo, a ojos de muchos, no era que estuviera encadenado  o que su propietario impidiera u obstaculizara sus movimientos. Era que  vivía y se movía bajo una red -la de la siempre cambiante voluntad arbitraria de su dueño-  que podía  caer sobre él en cualquier momento. Incluso si nunca le atrapó -en el sentido de que  su dueño nunca le dijo qué hacer o no lo castigó por no hacerlo, o nunca quiso hacer algo diferente de lo que el dueño le dijo-,  aún así el esclavo estaba  esclavizado. El hecho de que “vivera en la total dependencia” de la voluntad de otro -que estuviera bajo la jurisdicción del dueño- “era suficiente en sí mismo para garantizar el servilismo” que el maestro “esperaba y despreciaba”.  [Como dice Skinner:]

La mera presencia de relaciones de dominación y dependencia … se mantiene para reducirnos del estatus de … “hombres libres” al de esclavos. No es suficiente, en otras palabras,  disfrutar de nuestros derechos cívicos y libertades como una cuestión de hecho;  si se nos tiene por hombres libres, es necesario disfrutarlos de una manera particular. Nunca debemos obtenerlos simplemente como una gracia o por la buena voluntad de alguien; siempre hemos de poseerlos al margen del poder arbitrario de cualquier persona que nos los pueda sustraer.

En el plano individual, la libertad significa ser uno dueño de sí mismo;  políticamente, se requiere una república o democracia. Sólo una participación plena en y del poder público garantiza que disfrutemos de nuestra libertad en la “forma particular” que la libertad requiere. Este movimiento de lo personal a lo político -la noción de que la libertad individual supone la pertenencia y la participación política, que está fatalmente limitada sin pleno derecho a la ciudadanía política-   es posiblemente el elemento más radical de la teoría del gobierno popular y, para Hobbes, el más peligroso.

Hobbes se propone destruir ese argumento desde sus raíces.  Rompiendo con las ideas tradicionales, defiende una explicación materialista de la voluntad. La voluntad, dice, no es una decisión que resulte de nuestra deliberación razonada sobre nuestros deseos y aversiones; es simplemente el último apetito o aversión que sentimos antes de actuar, y eso nos impulsa a actuar. La deliberación es como la varilla oscilante de un metrónomo -nuestras inclinaciones van a un lado y a otro,  alternando entre el apetito y la aversión-, pero es menos estable. Siempre que la varilla se detiene -y produce una acción o, por el contrario, no da lugar a ninguna-  allí va nuestra voluntad. Si eso parece arbitrario y mecanicista es porque lo es: la voluntad no se planta ante nuestros apetitos y aversiones, juzgando y eligiendo entre ellas, es nuestros apetitos y aversiones. No hay tal cosa, nada que podamos llamar una voluntad libre o autónoma,   sólo “el último apetito o aversión, inmediatamente próximo a la acción o a la omisión correspondiente”.

Imaginemos a un hombre con un apetito desenfrenado por el vino, corriendo por un edificio en llamas para rescatar una caja de esa bebida;  ahora imaginemos a un hombre con una  feroz aversión hacia los perros, corriendo por ese mismo edificio para escapar de una manada de canes. Los opositores a Hobbes verían en estos ejemplos sólo la fuerza de la compulsión irracional; Hobbes ve la voluntad en acción. Hobbes reconoce que quizá estos actos no sean los más juiciosos ni los más sabios, pero ni la sabiduría y ni la cordura desempeñan necesariamente un  papel en la volición. Pueden verse obligados, pero también lo son las acciones del hombre que viaja en un navío muy escorado y que lanza su equipaje por la borda con el fin de aligerar la carga y salvarse a sí mismo. Las decisiones difíciles son acciones adoptadas bajo presión -éstas expresan tanto mi voluntad como las decisiones que tomo en la tranquilidad de mi estudio. Ampliando la analogía, Hobbes sostendría que darle la cartera a alguien que te pone una pistola en la cabeza también es un acto voluntario: he antepuesto mi vida a mi cartera.

Contra sus oponentes, Hobbes sugiere que no hay acción voluntaria contra mi voluntad, pues todas las acciones voluntarias son una expresión de la voluntad. Restricciones externas como estar encerrado en una habitación me pueden impedir actuar al afectar a mi voluntad; formar parte de una banda  me puede obligar a actuar de un modo que no desearía. Pero no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad. En el caso del asaltante, Hobbes diría que su arma cambió mi voluntad:  pasé de querer salvaguardar el dinero en mi cartera a querer proteger mi vida.

Si no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad, no puedo actuar voluntariamente siguiendo una voluntad que no sea la mía. Si obedezco a un rey porque temo que me vaya a matar o a encarcelar, eso no implica la ausencia, la pérdida, la traición o el sometimiento de mi voluntad, es mi voluntad. Podría haber querido otra cosa -cientos de miles de personas durante la vida de Hobbes lo hicieron-  pero mi supervivencia o mi libertad eran más importantes para mí que seguir a quien pudiera haber solicitado mi desobediencia.

La definición de Hobbes de la libertad se desprende de su comprensión de la voluntad. Libertad, dice, es “la ausencia de impedimentos … externos al movimiento”, y es un hombre libre “quien en aquellas cosas de que es capaz por su fuerza y por su ingenio, no está obstaculizado para hacer lo que desea“.  Me puedeo quedar sin libertad, insiste Hobbes, sólo por los obstáculos externos a mi movimiento. Las cadenas y los muros son obstáculos de este tipo; las leyes y obligaciones también, aunque sean obstáculos más metafóricos  (la discusión de Skinner sobre esto último es especialmente lúcida, iluminando un argumento que siempre ha disgustado al mundo académico). Si el obstáculo se encuentra dentro de mí -no tengo la capacidad de hacer algo o tengo miedo de hacerlo-,  carezco de poder o voluntad, y no hay libertad. Esta falta dice más acerca de lo que Hobbes, en una carta citada por Skinner, llama “la naturaleza y la calidad intrínseca del agente” que las condiciones de su entorno político.

En este nuevo relato de Skinner, con su punto de intriga,  de cómo Hobbes llegó a esta comprensión de la libertad, eso último se revela como la finalidad del esfuerzo de Hobbes: separarel estatus de nuestra libertad personal del estado de los asuntos públicos. La libertad depende de la presencia del gobierno, pero no de la  forma que tome el gobierno, que vivamos bajo una monarquía, una república o una democracia no cambia la cantidad o calidad de la libertad que disfrutamos. Esta separación tuvo el efecto dramático de hacer que la libertad pareciera a la vez menos presente y más presente bajo un rey de lo que los antagonistas republicanos y realistas de Hobbes habían calculado.

Por un lado, Hobbes insiste en que no hay manera de ser libre y súbdito al mismo tiempo. La sumisión al gobierno conlleva una pérdida absoluta de libertad: dondequiera que esté obligado por la ley, no tengo libertad para moverme. Cuando los republicanos argumentan que los ciudadanos son libres porque hacen las leyes, Hobbes proclama que están confundiendo la soberanía con la libertad: lo que el ciudadano tiene es poder político, no libertad. Está tan obligado  (tal vez más obligado, diría luego Rousseau) a someterse a la ley, tan falto de libertad, como lo estaría bajo una monarquía. Y cuando los realistas constitucionales sostienen que los súbditos del rey son libres porque el poder del rey está limitado por la ley, Hobbes afirma que no hacen más que confundir las cosas.

Por otra parte, como Skinner muestra en una serie de elegantes pasajes, Hobbes pensaba que si la libertad es el movimiento sin trabas, es lógico pensar que somos mucho más libres bajo un monarca, incluso un monarca absoluto, de lo que los realistas y los republicanos creen (o están dispuestos  a admitir). Ante todo porque incluso cuando actuamos por temor estamos actuando libremente. “Miedo y  libertad son coherentes”, dice Hobbes, porque el miedo expresa nuestras inclinaciones negativas; pueden ser negativas, pero que eso no niega el hecho de que son nuestras inclinaciones. Así que mientras no se nos impida poderlas seguir,  somos libres. Incluso cuando estamos aterrorizados por los castigos del rey, somos libres: “todos los actos que los hombres realizan en los Estados, por temor a la ley, son actos cuyos agentes tenían libertad para dejar de hacerlos“.

Más importante, donde la ley es muda, donde ni manda  ni prohibe, somos libres. Sólo hay que contemplar todas las “formas en que un hombre puede moverse a sí mismo”, dice Hobbes en De Cive, para ver todas las maneras en que puede ser libre bajo una monarquía. Estas libertades, se explica en el Leviatán, incluyen “la libertad de comprar y vendey y de hacer, entre sí, contratos de otro género, de escoger su propia residencia, su prpio alimento, su propio género de vida, e instruir sus niños como crea conveniente, etc.”  Sea cual sea el grado de libertad de movimiento que el soberano pueda garantizar, para perseguir nuestros negocios sin que otros hombres lo puedan impedir, somos libres. La sumisión a su poder, en otras palabras, aumenta nuestra libertad. Cuanto más absoluta sea nuestra sumisión,  más poderoso es y más libre nos hace. La subyugación es la emancipación.

Skinner es generalmente cuidadoso  a la hora de ver el pasado como un espejo o preludio del presente. Prefiere hacer hincapié en su cualidad refractaria: el pasado no es el prólogo, es otro país. Podemos aprender algo sobre nosotros mismos viajando allí, pero sólo si resistimos la tentación de asimilar su alteridad.

Sin embargo, también  queda claro en Hobbes and Republican Liberty y en sus otros escritos que  Skinner cree que la visión hobbesiana de la libertad ha perdurado en los escritos de Constant, de Isaiah Berlin y de la tradición de lo que ahora se llama liberalismo negativo o mínimo. A diferencia del robusto liberalismo de John Dewey, que sugiere que cualquier cosa que no sea la democracia plena en los ámbitos público y privado constituye una amenaza para la libertad individual, el liberalismo negativo se centra en una gama más reducida de principios: “que otras personas me impidan hacer lo que quiero “, como indica Berlin, cuando hay “interferencia deliberada de otros seres humanos dentro de la zona en la que quiero actuar “. La libertad, para Berlin, es la ausencia de interferencias, y, en un guiño a Hobbes, escribe que “no es incompatible con algunos tipos de autocracia, o en todo caso con la ausencia de autogobierno”.

Skinner, también ha sugerido que la descripción republicana de la libertad ha permanecido en los movimientos democráticos del siglo XIX, en la crítica marxista de la esclavitud asalariada, en el feminismo y en “otros alegatos en nombre de los dependientes y oprimidos”. Cuando el liberalismo negativo  considera que el Estado debe garantizar “que los ciudadanos no sufran interferencias injustas o innecesarios en la consecución de las metas propuestas” -sobre todo a manos del Estado- el radical, escribe Skinner, “mantiene que esto nunca puede ser suficiente. ” El Estado también debe “liberar a sus ciudadanos de … la explotación personal y la dependencia.”

Si Berlin y Constant son los herederos de Hobbes, y el radicalismo moderno es heredero del republicanismo inglés, ¿se deduce que sus relatos de la libertad son, como el suyo, contrarrevolucionarios? Skinner, no lo dice, pero dada la hostilidad felina de Berlin a la izquierda y la de Constant a los militantes de su tiempo, parece una conclusión acertada. Como mínimo, Skinner sugiere que una de sus ramas, la del liberalismo tibio, que ha conseguido “predominar dentro de la filosofía política anglosajona”  -por no mencionar los medios de comunicación  y el Partido Democráta-,  es una de las fuerzas de hoy nos impiden disfrutar de una libertad más plena . Y aunque oirlo pueda escandalizar a los bienpensantes de centro-izquierda, su liberalismo suave debe mucho más al espíritu de la contrarrevolución hobbesiana de lo que creen.

A pesar de los progresos de Clinton a Obama, el centro-izquierda está todavía reponiéndose de la reacción derechista contra el New Deal y la Great Society. El homenaje que se rinde a la seguridad y la protección, su preferencia por lo privado en detrimento de los bienes públicos, su temor y desprecio por la democracia en las calles, todos esos han sido, desde la segunda mitad del siglo XIX, los impulsos del partido del orden, no el partido del movimiento, y deben sus orígenes a Hobbes. Hoy en día proporcionan  un liberalismo pasado por la reacción.

Si leemos las notas al pie de Skinner con más cuidado, veremos que el espíritu de Hobbes también se refugia en el derecho contemporáneo. La idea de Hobbes sobre la libertad impregna el discurso libertario, y el Leviatán proyecta una larga sombra sobre la visión conservadora de un Estado vigilante nocturno -donde el objetivo principal del gobierno es proteger a la ciudadanía de un ataque exterior o de un allanamiento de morada; donde la gente es libre de dedicarse a sus asuntos, siempre y cuando no interfieran en los movimientos de los demás; donde los contratos se cumplen y la seguridad está  garantizada.

Los libertarios palidecerán con esa asociación: al margen de la resonancia a las ideas hobbesianas que podamos encontrar en sus escritos, el Estado hobbesiano es mucho más represivo que cualquiera de los  gobiernos que ellos tolerarían. Con la salvedad de que no es así. Como señala Greg Grandin en Empire’s Workshop, Milton Friedman se reunió con el dictador chileno Augusto Pinochet en 1975 para asesorarle en temas económicos;  los Chicago Boys de Friedman trabajaron más estrechamente incluso con la junta de Pinochet. Sergio de Castro, ministro de Hacienda de Pinochet, observó, en algo que recuerda a Hobbes y a Berlin, que “la libertad real de una persona sólo puede garantizarse a través de un régimen autoritario que ejerce el poder mediante la aplicación de normas iguales para todos”. Hayek admiraba tanto el Chile de Pinochet que decidió celebrar una reunión de la Mont Pelerin Society en Viña del Mar, el balneario donde se planeó el golpe contra Allende. En agosto de 1978 escribió una carta al Times de Londres señalando que no había “sido capaz de encontrar una sola persona, ni siquiera en el muy difamado Chile, que no estuviera de acuerdo en que la libertad personal era mucho mayor con Pinochet de lo que lo había sido con el gobierno de Allende”.

“A pesar de mi profundo desacuerdo con el sistema político autoritario de Chile”, como diría más tarde Friedman,  “no veo que esté mal que un economista preste asesoramiento técnico al Gobierno chileno”. Pero el matrimonio entre libre mercado y terror de Estado no puede ser anulado con tanta facilidad. Como Hobbes entendió, se necesita una enorme represión para crear el tipo de hombres que pueden ejercer su “libertad de comprar y vender y de hacer, entre sí, contratos de otro género” sin acabar cabreados. Deben tener libertad para moverse – o elegir- pero no tanto como para pensar que pueden rediseñar la carretera por la que se mueven. Suponiendo una demasiado fácil  congruencia entre capitalismo y democracia, el libertario pasa por alto cuánta coacción se requiere para hacer que los ciudadanos utilicen su libertad de manera responsable y no pidan al Estado que alivie sus aflicciones.

Tantos como había, tuvo que ser Margaret Thatcher la que se lo explicara a la derecha libertaria. Como Naomi Klein relata en La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, al ser presionada por Hayek para adoptar una terapia de choque  más agresiva al estilo Pinochet, Thatcher respondió: “Estoy segura de que estará de acuerdo en que, en Gran Bretaña con nuestras instituciones democráticas y la necesidad de un alto grado de consenso,  algunas de las medidas adoptadas en Chile son absolutamente inaceptables”.  Era 1982, y siendo la democracia británica lo que era, Thatcher tenía que ir con calma. Pero entonces vino la guerra de las Malvinas y la huelga de los mineros. Una vez que Margaret Thatcher se dio cuenta de que podía hacer con los mineros y los sindicatos lo mismo que había hecho con el presidente Galtieri y sus generales en Argentina – “Tuvimos que luchar contra el enemigo externo en las Malvinas y ahora tenemos que luchar contra el enemigo interno, que es tanto más difícil cuanto peligroso para la libertad “- el escenario estaba listo para aceptar a Hayek sin reservas.

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