Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

Archivos de la categoría ‘Israel-Palestina’

Hezbollah y el embrollo del Líbano

Publicado por Anaclet Pons en Junio 11, 2009

Esta misma semana ha habido elecciones en el Líbano. Así que es un buen momento para atender al repaso que Dominique Avon, historiador francés especializado en el mundo de las religiones y las relaciones internacionales,  realiza  sobre la organización Hezbollah a través de dos libros: el de Eitan Azani, Hezbollah : The Story of the Party of God (New York, Palgrave Macmillan, 2009)  y la ya quinta edición del afortunado volumen de  Augustus Richard Norton, Hezbollah (Princeton University Press, 2009 [2007]), que incluye un nuevo posfacio.

Eitan Azani y Augustus R. Norton tienen una larga experiencia sobre el Líbano y sobre los distintos actores de la zona, el primero como funcionario del ejército de ocupación israelí, el segundo como observador militar de las Naciones Unidas y colaborador con las fuerzas de intermediación en la primavera de 1980. Sus estudios se alimentan de referencias en inglés y árabe (poco en francés) y también, en el primer caso, en hebreo. Azani es uno de los principales miembros del International Policy Institute for Counter-Terrorism del Interdisciplinary Center (IDC) en Herzliya, al norte de Tel Aviv; Norton es profesor de relaciones internacionales y antropología en la Universidad de Boston. Su trabajo no tiene la misma factura: el libro de Azani es un volumen académico basado en múltitud de fuentes, mientras que el de  Norton es una síntesis de investigaciones alimentada por sus contactos y su experiencia en diversos ambientes.

Hezbollah azani

Para Azani, la clave de lectura es  el binomio terrorismo/contraterrorismo. Todos los acontecimientos, desde la invasión israelí del sur del Líbano en 1978 hasta  el fallido intento de reocupación durante la guerra de 2006,pasando por la segunda invasión de 1982 o los bombardeos masivos de 1993 y 1996,  se presentan como actos defensivos de “control” contra los  “terroristas”, ya sean palestinos o libaneses. El argumento es que el mundo contemporáneo se caracteriza por el aumento de una oleada amenazadora contra una especie de ciudadela. Tras los muros, acampan las fuerzas del  “orden”, a las que se asocian los conceptos de “democracia”,  “secularización”,  “nacionalidad” y  “modernidad”. En esta confrontación de dimensiones universales, Israel es la avanzada en el campo minado de Oriente Medio, que cuenta con unos pocos aliados locales de escasa consistencia. En cuanto a Hezbolá, queda inscrita en una nebulosa “islámica”, sin fijar una clara identidad a partir de los rasgos asociados a su inspiración chií  y  al contexto social  e institucional del Líbano. Se la acusa de una “actividad terrorista secreta y violenta” tras su fachada legal. Los ataques suicidas contra la fuerza multinacional en 1983, los “ataques terroristas” contra al ejército en el Líbano ocupado, la toma de rehenes, los  bombardeos sobre civiles en el norte de Israel y los ataques dirigidos a la comunidad judía en Argentina (1992 y 1994) se incluyen en un solo concepto y son asignados al mismo actor.

La perspectiva adoptada por Norton es diferente. Hay un indicio elocuente sobre  el compromiso diplomático de este antiguo profesor de West Point: el uso del término “invasión anglo-estadounidense” para evocar la guerra en Irak en 2003. Norton intenta abordar el concepto de “terrorismo” de dos maneras. En primer lugar, muestra la relatividad del concepto en el contexto de enunciación: las referencias a la OLP en los discursos de muchos Estados iban casi todas acompañadas por el término “terrorista” en los años 1970 y 1980,  calificativo que fue abandonado tras los Acuerdos de Oslo (1993);  el papel de los grupos de presión como el American-Israel Public Affairs Committee queda claro con la caracterización de Hezbolá como grupo enemigo en la “guerra contra el terrorismo” después de 2001, a pesar de que antes ya aparece en el listado del Departamento de Estado como “foreign terrorist organization” (1997). Por otro lado, afirma que “Hezbolá y otros grupos libaneses están en su derecho de resistir  a las fuerzas de ocupación recurriendo para ello  a la violencia mortal”, al tiempo que señala que muchas de las actividades de Hezbolá , en los campos de la salud o la educación, no tienen nada que ver con el uso de la violencia contra civiles. En cuanto a los dos atentados en Argentina, sus observaciones sugieren que Hezbolá no participó directamente, a diferencia de los servicios secretos iraníes. Sin embargo, quedan muchas preguntas sin respuesta, sobre todo la implicación de Imad Mughniyeh, presentado hoy como uno de los principales “mártires” por parte de Hezbolá y las autoridades de Irán (en Teherán hay una calle que lleva su nombre).

Dos modelos desarrollados por el cruce de un “enfoque estructural” y “psicológico” sirven como matriz para pensar el objeto en el caso de Eitan Azani. Ilustra, por tanto, dos lugares comunes: un gobierno débil, como es el caso del Líbano, “facilita el crecimiento de las milicias locales sobre la base de factores comunes”; un movimiento de protesta pasa por cuatro o cinco fases -establecimiento, consolidación, expansión, burocratización (institucionalización), declive vinculado a la consecución de objetivos (a través del ejercicio del poder o no) o, en su lugar, contestación interna o cuestionamiento externo.  La referencia a las interpretaciones que giran en torno a la noción de “Islam radical” no es operativa. Evidenciar el elemento religioso en el compromiso y el funcionamiento de este tipo de movimiento, que reflejan los términos de yihad, dawa (predicación), Umma (comunidad musulmana) o istishhad (martirio), ¿significa que estamos ante un fenómeno excepcional, propio de las sociedades de mayoría musulmana? El control de una comunidad por una generación de religiosos, mejor formados y más numerosos que la anterior, entre los que los más destacados se llaman Musa al-Sadr, fundador del Consejo Superior Islámico chií en el Líbano y del movimiento Amal, Muhammad Husayn Fadlallah y Muhammad Mahdi Shams al-Din (Norton les dedica dos páginas muy interesantes), ¿es la expresión de un movimiento mundial para “volver a los orígenes religiosos? La movilización de los chiís de extracción modesta  y de la nueva élite en proceso de formación contra los dirigentes de la comunidad que actúan como señores feudales, que ha sido posible por el crecimiento demográfico y el éxodo rural a los suburbios de Beirut, ¿es la manifestación de una lucha de clases? ¿Este hecho es más ideológico que social? Norton evita estas consideraciones, pero el uso de conceptos tales como secularización,  liberación,  islamismo y  reformismo, para distinguir las diferentes tendencias dentro de la comunidad chií  no se basa en un estudio de la doctrina de Hezbolá.

El “Islam fundamentalista” caracterizado por “la identidad jihadista”,  en su versión “reformista” o “revolucionaria”, le sirve de marco de análisis a Azani para trazar la trayectoria de Hezbolá. El nombre del Islam es en realidad una tapadera para llevar a cabo el combate, verbal o armado,  “en el nombre de Dios” por la desaparición del Estado de Israel,  presentada como una necesidad: la alianza, objetiva y efectiva, entre Hamás (suní) y Hezbollah (chií)  para la “liberación de Al-Quds” (Jerusalén) viene a apoyar esta observación. En términos más generales, hay algunos dirigentes de movimientos o grupos que afirman que en el Islam hay una verdadera voluntad de considerar a la religión musulmana como una “solución holista”, un proyecto que abarcaría todos los aspectos de la vida e iría al encuentro de los mismos principios de distinción o separación que históricamente han sido realizados en Europa y América del Norte antes de esparcirse por la mayoría de los Estados en este mundo.

Pero este enfoque (que no es el de Norton) tiene sus límites. Explicar la jihad a través de Hezbolá y de las referencias a Qutb o al-Zawahiri empuja al lector mal informado a entender el significado de este concepto según los responsables de este partido. Azani reduce la diferencia entre lo que él llama la “rama suní revolucionaria” y los chiís. Hace invisible  la brecha cada vez mayor entre sunís y chiís en el Líbano, por no hablar de la situación interna en Irak o en Pakistán y las tensiones entre Irán y Arabia Saudita. Su objetivo no refleja la variedad de posiciones dentro del chiísmo,  aun cuando se refiere a la posición de Ibrahim Shams al-Din y de Ahmad al-Assad, en lo que respecta a la contestación  intra-comunitaria contra Hezbolá. No permite que el lector descifre el grito de oprobio  -el de  “chiís! chiís! “- lanzado por los partidarios de Mahmoud Abbas contra Hamas  durante una de las pocas manifestaciones de oposición en la Franja de Gaza desde junio de 2007.

Hezbollah norton.

Por su parte, Norton no tiene en cuenta el hecho de que los dirigentes de Hezbolá no han escrito nunca (desde 1985) que el establecimiento de un Estado islámico no esté ya en su horizonte, más allá de la integración voluntaria en el juego político libanés. Esta nueva estructura debe basarse en un “Gobierno musulmám”, cuya pieza central fue definida por Jomeini como el wilayat al-Faqih (“autoridad del jurista teólogo “). Ese proyecto, basado en una estructura particular, distingue a Hezbolá del otro  gran  movimiento chií libanés, Amal, liderado por Nabih Berri.  Éste, que ejerce de intocable presidente del Parlamento, lejos de cuestionar el sistema libanés,  beneficia  de hecho a una red clientelar inscrita en el seno de su comunidad; más aún,  ha mostrado su disposición a reconocer la existencia de Israel participando en un proceso de negociación en el seno del Frente Nacional libanés de salvación en julio de 1982. Aquí hay una suerte de pecado original para los miembros de Hezbolá que, al igual que Hassan Nasrallah (pero no su hermano Hussein, según lo indicado por Norton), han abandonado Amal por esa razón.

Esa culpa  se ha visto reforzada por la sangrienta guerra civil (1988-1990), llamada Fitna en referencia a la primera gran ruptura entre los musulmanes tras la muerte del cuarto califa, Ali. El conflicto le valió a Berri el apodo de “masacrador de chiís” y a Hezbolá una” fatwa” (aunque olvidada después) de Abdul-Amir Kabalan (vicepresidente del Alto Consejo Islámico Chií en el Líbano) prohibiendo a los chiís a unirse a las filas de ese partido. Azani retoma esos datos, pero se equivoca. Explica que Amal es sólo un movimiento de protesta social “moderado” y “laico” por oposición  a Hezbolá,  ignorando así el pensamiento de Musa al-Sadr,  misteriosamente desapareció en Libia en 1978. Trazar paralelismos  entre el proyecto de Mawdudi en Pakistán y el de Jomeini a Irán, sin poner de relieve su incompatibilidad fundamental, supone negarse a comprender por qué un suní libanés, a fortiori un discípulo de Mawdudi,  nunca aceptará que la clave de la autoridad del “Estado Islámico” futuro resida en las manos de un estudioso chií  con poder para decidir en asuntos tan vitales como la designación del enemigo y la opción de hacer la guerra o negociar la paz.

El enfoque del fenómeno de acuerdo con un  juego de escalas a tres niveles, nacional (Líbano), regional e internacional, es esclarecedor. Las informaciones, a veces poco fundadas, pueden reflejar mejor las tensiones entre el régimen sirio y Hezbolá, donde el primero no tiene, según  Norton,  “ni aliados eternos ni enemigos perpetuos en el Líbano”.  La complejidad de la posición de los diferentes líderes chiís ante la “causa palestina” está adecuadamente resuelta en ambos casos, pero la afirmación de Norton de que Hezbolá habría  apoyado a los combatientes palestinos en contra de Amal durante la “guerra de los campos” (1985-1987) es algo discutible. El mismo Norton también menciona la muerte de decenas (o más) de miembros del Partido Comunista entre 1984-1985. La ruptura práctica de los años 1990-1992, que hace pasar a Hezbollah de una lógica revolucionaria pan-chií a un enfoque pragmático, se analiza claramente, al igual que la dificultad de las relaciones entre Hezbolá y el Primer Ministro Hariri – relaciones presentadas hoy como una referencia a imitar por el secretario general Hassan Nasrallah. El episodio de la guerra del verano de 2006 apenas es tocado por Azani, situándolo dentro  una serie de acontecimientos que comienzan con la Intifada de Al-Aqsa (octubre de 2000) y continuan con los atentados del 11 de de septiembre de 2001, la guerra en Irak y la retirada siria del Líbano en abril de 2005. La lectura de Norton es muy diferente, en el sentido de que demuestra la capacidad del estado israelí para actuar   y “arrastrar” a sus aliados como garantes de su existencia y seguridad.

En cuanto al balance,  Norton rehusa conceder la victoria a uno de los dos enemigos que están envueltos en una guerra sin control. Señala la popularidad de Hezbolá y de su líder, Hassan Nasrallah, en el mundo árabe. Hace hincapié en que la opinión pública del Líbano no está en la misma longitud de onda, pero subestima inicialmente  la profundidad del antagonismo entre sunís y chiís, aunque lo reconoce  en el nuevo epílogo escrito tras los enfrentamientos de mayo de 2008. Las relaciones entre chiís y maronitas son más complejas y su presentación, por parte de ambos  autores, no es totalmente  satisfactoria: la expulsión de las falanges de los habitantes no-cristianos del barrio Nabaa (1976) es  un  “acontecimiento humillante y traumático para la conciencia colectiva chií” (Azani);  las acusaciones de colusión entre el General Aoun y los responsables de Hezbolá opuestos  -por distintas razones- a los acuerdos de Taëf que establecen las nuevas  reglas del juego constitucional del Líbano (1989-1990); el  “documento de entendimiento” firmado entre Aoun y Nasrallah (2006).  En cuanto a los actores internacionales,  su papel, según Azani, se mide por su capacidad para oponerse a los “terroristas” (los desacuerdos entre Israel y los Estados Unidos en 1982 se silencian). Algunos de ellos son acusados veladamente por haber mostrado cierta  debilidad y otros, como Kofi Annan, son criticados por atreverse a reunirse con miembros de Hezbolá. Dadas sus anteriores responsabilidades, incluida su participación en un intento frustrado de control internacional de las primeras elecciones tras de la guerra, Norton no comparte esta opinión.

Con una perspectiva beligerante, Azani proporciona al lector una rica documentación que se pone más al servicio del combate que de la reflexión:  la imagen de la sociedad libanesa dividida en  “dos grupos étnicos: los cristianos y los musulmanes”  es el ejemplo más caricaturesco.  En cambio, Norton considera que una solución militar que busque  la desaparición del Hezbollah no sería efectiva, incluso sería contraproducente.  Presenta una imagen más matizada de esta organización a través de su historia (en particular la  descripción del entusiasmo nacional que acompaña la retirada unilateral de Israel del sur del Líbano en 2000, así como la relación de los acontecimientos que suceden tras el asesinato de Rafik Hariri), pero una imagen caracterizada por áreas grises cuando se trata de analizar el discurso (poco confrontado con hechos o escritos) de los responsables del “partido de Dios.”

****

Otras referencias:

Mervin, Sabrina (dir.) Le Hezbollah, état des lieux.  Actes Sud, París, 2008.

Les blogs du Diplo: Nouvelles d’Orient

Publicado en Israel-Palestina, Libros | Deja un Comentario »

La crítica al gobierno de Israel

Publicado por Anaclet Pons en Marzo 17, 2009

Un grupo de judíos canadienses ha elaborado un manifiesto a propósito de la situación en Israel, rechazando las cortapisas que aquel gobierno pone a las opiniones críticas. El texto se remitió a los principales periódicos canadienses, pero ni el Toronto Star ni el Globe and Mail aceptaron publicarlo. Así que , como en otras ocasiones, el soporte para su difusión ha sido la red.

Entre los firmantes hay eminentes profesionales de aquel país, como mi admirada Natalie Zemon Davis, Ursula Franklin, Anton Kuerti, Naomi Klein,  Gabor Mate,  Meyer Brownstone (Pearson Peace Medal),  Michael Neumann o  Judy Rebick.  Y dice así:

“Jewish Canadians Concerned About Suppression of Criticism of Israel “

Somos judíos canadienses preocupados por todas las expresiones de racismo,  antisemitismo e injusticia social. Creemos que el legado del Holocausto, el de “Nunca más”,  significa un nunca más para todos los pueblos. Se trata de un trágico giro de la historia que el Estado de Israel, con sus ideales de la democracia y su sueño de ser un refugio seguro para el pueblo judío, cause incalculabes sufrimiento e  injusticia al pueblo palestino.

Estamos consternados por los recientes intentos por parte de organizaciones judías y de prominentes líderes políticos del Canadá de silenciar la protesta contra el Estado de Israel. Estamos alarmados por la escalada de las tácticas del miedo. Acusaciones según las cuales quienes organizan la Israel Apartheid Week   o  apoyan el boicot académico a Israel son antisemitas o  promueven el odio, lo cual nos devuelve de forma vívida al terror comunista de la década de 1950. Creemos que esto sirve para desviar la atención sobre las flagrantes violaciónes de Israel del derecho internacional humanitario.

B’nai Brith y el Congreso Judío Canadiense han presionado a presidentes de  universidades y a las administraciones para silenciar el debate y la discusión en lo referido  a Israel / Palestina. En un anuncio a página completa en un periódico nacional, B’nai Brith  instó a los donantes a retener fondos para las universidades, porque se permite que en los campus haya “festivales de odio antisemita” .  El Ministro de Inmigración, Jason Kenney, y dirigente liberal Michael Ignatieff se han hecho eco de estos argumentos. Si bien los administradores de las universidades se han resistido a las exigencias de Israel de cerrar la Israel Apartheid Week, algunos presidentes de las universidades de Ontario se han plegado a esta campaña de desinformación con multas,  suspensión de los estudiantes,  confiscación de  carteles y violando la libertad de expresión.

No creemos que Israel actúe en legítima defensa. Israel es el mayor receptor de ayuda exterior de los EE.UU., que recibe 3 millones de dólares al día. Tiene el cuarto ejército más fuerte del mundo. Antes de la invasión de Gaza, el 27 de diciembre de 2008, el asedio de Israel ya había creado allí una catástrofe humanitaria, con  graves empobrecimiento,  desnutrición y  destrucción de la infraestructura. Es crucial que se permitan  foros de debate  sobre la responsabilidad  de Israel frente a la comunidad internacional por lo que muchos han llamado crímenes de guerra,  foros que han de desarrollarse    sin restricciones ni engañosas acusaciones de antisemitismo.

Reconocemos que el antisemitismo es una realidad tanto en Canadá como en otros lugares, y estamos plenamente comprometidos con la resistencia a cualquier acto de odio contra los Judíos. Al mismo tiempo, condenamos las falsas acusaciones de antisemitismo contra las organizaciones estudiantiles, sindicatos y otros grupos y personas que ejercen su derecho democrático a la libertad de expresión y de asociación con respecto a la crítica legítima del Estado de Israel.

************

Por si alguien duda sobre esa condición que reclaman los firmantes, recomiendo un texto autobiográfico de Natalie Zemon Davis: “A Life of Learning

Publicado en Canadá, Ideas, Israel-Palestina | Deja un Comentario »

Elecciones en Israel. Lieberman: la izquierda en el espejo

Publicado por Anaclet Pons en Febrero 20, 2009

Dada mi querencia por Carlo Ginzburg, reparé hace meses en el prólogo que había escrito a un historiador, desconocido para mi: Amnon Raz-Krakozkin. El libro es cuestión de este profesor de historia judía en la Universidad Ben Gurion, en Beer Sheva, es en su versión francesa: Exil et souveraineté. Judaïsme, sionisme et pensée binationale. Ediciones La Fabrique, 2007.

arton213

Meses después, leo este interesante análisis de Amnon Raz-Krakozkin a propósito de las recientes elecciones en Israel.

Fuente original : http://www.haokets.org/

En diversas partes del país, y durante un tiempo, se podían ver dos carteles uno al lado del otro:  uno  de “Yisrael Beiteniu” y un póster de la llamada Iniciativa de Ginebra que decía “La Iniciativa de Ginebra es buena para los Judios “.  De entrada, dos carteles en dos enfoques opuestos; pero no sólo  no existe contradicción entre los dos,  sino que se complementan mutuamente. El cartel de la Iniciativa de Ginebra refleja el concepto de paz que tiene la izquierda israelí: no es la visión de una existencia común basada en la igualdad y el reconocimiento mutuo, sino el principio de separación. El único objetivo es mantener la mayoría demográfica, haciéndolo de una forma que defina de antemano a los ciudadanos árabes del país como enemigos, como un “problema”. La visión de la paz es una visión de muros, de hormigón o no, y una visión de  separación, como la de  Lieberman. La línea política de Lieberman está mucho más cerca de  la de Meretz que de la de gente de la derecha como Benny Begin [Likud].

liberman

Estoy seguramente entre aquellos a los que preocupa  el ascenso meteórico de Lieberman. Es alarmante y afecta a nuestras vidas, pero no es de extrañar. Por el contrario, la voluntad de Lieberman de transferir a  los ciudadanos árabes (no sus tierras, que de todos modos han sido expropiadas para   beneficio de las comunidades judías, principalmente los kibutzim) es la conclusión lógica de esta “Ginebra es buena para los Judios” . Los partidarios de la paz, al igual que Lieberman, también ven a los árabes de Israel como una amenaza. Además, el debate entre Lieberman y Meretz  gira en torno al número de colonias que éstos están dispuestos a  evacuar y que Lieberman insiste en mantener. No es de extrañar que Lieberman proponga hacer de Ginebra algo aún mejor para los Judios, con un menor número de árabes. El sueño es el mismo.

Asimismo, cabe recordar que los que realmente han demostrado, de manera brutal, hasta qué punto está limitada la cidadanía de los árabes,  son personas del “campo de la paz”:  los de los acontecimientos de octubre de 2000, en  tiempos del gobierno laborista (con Yossi Beilin, arquitecto de Ginebra, ocupando el cargo de Ministro de Justicia)  y con la aprobación de Meretz. Ninguno de ellos abrió la boca, ni la más mínima reflexión, cuando abrieron fuego [contra los manifestantes], todo lo  contrario. Fueron ellos, no Lieberman, los que dieron el visto bueno al informe oficial sobre el caso.  Es tan patético como sus gritos contra Lieberman.

Esto no quiere decir que probablemente Lieberman no sea capaz de hacer algo más grave. Sin embargo, los que apoyaron el tiroteo contra el ejercicio de Gaza sólo les queda callar. Le han dado legitimidad a cosas que hace años no habríamos  imaginado.

En este contexto es en el que podemos entender  la ofensiva de la izquierda contra Lieberman. Lieberman es un espejo para la izquierda israelí y la obliga  a mirarse, a mirar sus principios. Con rudeza, ofrece una interpretación cuyos fundamentos son los mismos sobre los que se basa su visión del mundo, un concepto de la separación. Hay una diferencia en el estilo y el estilo es, sin duda, importante. Un gran peligro, un peligro real radica en el hecho de que Lieberman podría ganar capacidad operativa para aplicar estos principios. Pero su ascensión expresa fundamentalmente el revés del concepto de paz del bloque Kadima-Meretz . Y esto, en particular, cuando tanto Meretz como Lieberman han apoyado con la misma determinación el campo de tiro mortal en Gaza.

De hecho, ni siquiera el estilo visual es diferente: la campaña  anti-Lieberman de Meretz toma la misma forma que las anti-árabes de Lieberman. Esto no es una actitud de empatía hacia los árabes amenazados que anuncia Meretz, sino una posición para combatir al lado de los árabes, pero bajo la estrategia de separación. No hay diferencia: invectiva  estalinista contra quien se dice estalinista. De entrada, uno no sabe si la campaña es Lieberman o de sus oponentes.

La falta de claridad es evidente en  la posición de aquellos que, dentro del Partido Laborista, decidieron que no se sentarían en un gobierno con Lieberman. Ellos mismos han votado a favor de Lieberman para rechazar la propuesta de [participación del partido] Balad [en las elecciones], mostrando así que hacen suyas las directrices sobre la legalidad planteadas por Lieberman.

Esto también explica la esperada caída de la “izquierda” en Israel, que intenta aumentar su fuerza  apoyándose sólo en el miedo y que no tiene otra alternativa que una  Iniciativa de Ginebra carente de fundamento, que han firmado varios grupos  israelíes con la oposición palestina. Este quimérico  plan crea la ilusión de poner fin a la ocupación y permite así su  profundización.

Tal vez el esperado fracaso, junto con el éxito sin precedentes de Lieberman, llevará a los grupos del “campo de la paz” a comprender que para combatir a  Lieberman es necesario establecer otro desafío: no separación, sino igualdad,  cooperación y  reconocimiento mutuo. Esto no necesariamente vendrá del campo que se presenta como “la izquierda”.

meretz-yachad

Mientras tanto, los únicos partidos que afrontan ese desafío son los partidos árabes, que exigen la democratización del Estado. Consenso absoluto, de Lieberman a Haim Oron [Meretz-Yachad]  lo rechazan por principio, demonizando a los que piden ser reconocidos como ciudadanos en pie de igualdad. Se puede comprender el miedo a este desafío. Pero cualquiera que denigre de entrada este punto de vista no debe sorprenderse por el ascenso de Lieberman. No podemos hablar de democracia y rechazar la igualdad.

El Israel judío está  hoy  una situación de crisis que nunca había conocido. Un país propenso al  miedo permanente y que vive en el miedo. Se lanza con entusiasmo, cada pocos años,  a operaciones militares que acaban siendo crímenes de guerra, pero que son acojidas con fervor y perfectamente consensuadas, incluso entre los más “ilustrados” de los medios de comunicación. Se ha convertido en un gueto armado, rodeado de murallas y habitado por una  angustia demográfica, sin futuro, sin esperanza, sin sueños. Y esto sin que hayamos interiorizado aún el alcance futuro de la crisis económica, para una sociedad con terribles fracturas. Los temores son comprensibles y justificados. Pero si todavía queda una oportunidad para que la sociedad israelí  rompa el círculo de miedo, desesperación y  odio creciente, es necesario hacer frente a la negación del nacionalismo palestino y de los derechos de los palestinos. Esta negación  es la fuente del temor y es el que hace posible el gran auge y la fuerza del campo racista. Sin  reconocer los derechos de los palestinos, no es posible hablar de existencia judía ni es posible desarrollar otra visión. No se puede hablar de igualdad sin una visión fundada sobre la igualdad nacional y ciudadana entre judíos y árabes. Ni que quien intente establecer una separación entre lo social y lo nacional fije las fronteras.

El punto de partida es reconocer que Lieberman es la imagen especular del “campo de la paz”.

Publicado en Historiadores, Ideas, Israel-Palestina, Libros | 3 Comentarios »