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Eyal Weizman: geometría inversa y descolonización

Publicado por Anaclet Pons en mayo 18, 2012

Por desgracia, Eyal Weizman es un desconocido en el mercado editorial español, incluso también en determinados círculos académicos, aunque haya venido a España en alguna ocasión. Pero eso parece estar cambiando y puede que sea el momento de recordar algunas de sus aportaciones.  Tomaremos como primera excusa su reciente presencia en el magnífico Simposio Internacional: Espacios de excepción, violencia y memoria, en el que si no hubo baja imprevista participó a principios del pasado febrero. El segundo motivo no puede ser otro que la aparición el 23 de abril de A través de los muros. Cómo el Ejército israelí se apropió de la teoría crítica postmoderna y reinventó la guerra urbana, libro cuya edición hemos de agradecer a Errata Naturae. En realidad, si no ando desencaminado, el volumen no responde a ninguna obra original de Weizman. Entiendo que debe ser una traducción de A travers les murs. L’architecture de la nouvelle guerre urbaine, que La Fabrique Éditions publicó hace exactamente cuatro años tomando parte de su Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation (Verso, 2007).

 

¿Quién es Eyal Weizman? Arquitecto de formación, es profesor de culturas visuales y director del Centre for Research Architecture en Goldsmiths, University of London. Su figura adquirió una destacada relevancia cuando en 2007 contribuyó a fundar el colectivo DAAR (Decolonizing Architecture Art Residency) en Beit Sahour (Palestina). Además, y en relación con lo anterior, desde 2011 dirige  el proyecto europeo Forensic Architecture.

Empezando por esto último, todos intuimos lo que puede ser la “arquitectura forense”, pero Weizman la define muy claramente: “En la intersección de la arquitectura, la historia y las leyes de la guerra,  la Arquitectura Forense se refiere a un método analítico para reconstruir escenas de violencia en tanto se inscriben dentro de artefactos espaciales y en entornos construidos.  Emplea  nuevos modos de visualización técnica para generar un conocimiento complejo sobre los espacios y las historias de violencia;   transforma productos arquitectónicos mudos en testigos materiales activos que pueden ser interrogados en foros públicos y legales”.

Los referentes de este tipo de aproximación son muy variados, pero uno destaca sobre el resto: la obra de Giorgio Agamben, que a su vez es uno de los impulsores del ya citado proyecto DAAR. ¿En qué consiste? Para su presentación en el MIT el pasado 18 de abril, su director Alessandro Petti lo definió del siguiente modo:

“Desde su creación hace cinco años, DAAR (…) ha desarrollado una serie de proyectos que hoy podrían ser entendidos de forma retroactiva como un programa pragmático y visionario para una descolonización arquitectónica de Palestina. Los proyectos DAAR sugieren revisar el ampliamente desacreditado término de descolonización con el fin de mantener las distancias con el lenguaje político actual, el que habla de una “solución” al conflicto palestino y de sus respectivas fronteras. Las soluciones de un solo Estado, de dos y ahora de tres,  parecen igualmente atrapadas en sus respectivas perspectivas técnicas, tipo “top-down”, cada una con su propia lógica autoreferencial. La descolonización, por el contrario, busca desencadenar un proceso de transformación permanentemente abierto con las miras puestas en unos objetivos de igualdad y justicia. Busca y encuentra las grietas donde se pueda encontrar potencial para la transformación y la reutilización de las estructuras dominantes existentes, desde un punto de vista legal, arquitectónico y de infraestructuras.  (…)  Más bien tratan de movilizar la arquitectura como herramienta táctica dentro de la lucha que se desarrolla en favor de Palestina (…)”.

Pero no nos importa tanto ese manifiesto, cuanto sus implicaciones prácticas. Volvamos a A través de los muros. El editor nos dice: “Durante los ataques contra ciudades palestinas que han tenido lugar en la última década, el Ejército israelí ha utilizado y desarrollado una táctica absolutamente inédita: en lugar de progresar por las tortuosas calles de los distintos barrios o campos de refugiados, los soldados avanzaban pasando de casa en casa, atravesando muros, suelos, techos, salones, habitaciones y cuartos de baño, sin pisar nunca las calles. De este modo se protegían del punto de mira de los combatientes palestinos y convertían los hogares de los civiles en el verdadero campo de batalla.  Esta táctica fue «conceptualizada» bajo el nombre de «geometría inversa» gracias al esfuerzo teórico y estratégico de una serie de generales de las Fuerzas Armadas Israelíes, tan influidos por las lecturas de Deleuze y Guattari como aficionados a citar a Debord y a Derrida. La táctica militar de la «geometría inversa» ha supuesto un espeluznante giro posmoderno en el ámbito de la guerra urbana, y una importante influencia para otros grandes ejércitos, como el británico, el australiano o el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. En este sentido, los territorios ocupados se han convertido en un laboratorio espacial donde se han testado técnicas de ataque, de ocupación y de control de la población que han sido exportadas posteriormente a lugares como Irak o Afganistán.  Este ensayo saca, por tanto, a la luz uno de los programas de investigación militar más extraños del Ejército israelí, así como sus devastadoras consecuencias”.

Para quien no conozca ese programa ni la obra de Weizman, el asunto es enormemente sugestivo. Con ánimo de no cansar, remitiré sin más a un par de textos traducidos de este interesante estudioso.  En un artículo que se puede leer en el portal del European Institute for Progressive Cultural Policies, Eyal Weizman nos informa de que del término “geometría inversa”, que fue utilizado por un militar israelí para describir las maniobras de su ejército durante el ataque a la ciudad de Nablus en abril de 2002. Se  trataba de  “una reorganización de la sintaxis urbana por medio de una serie de acciones microtácticas”, de modo que “una maniobra de desplazamiento a través de interiores domésticos convierte el interior en exterior y los dominios privados en vías públicas”.

Siguiendo al geógrafo Stephen Graham, Eyal Weizman entiende que esa mirada forma parte de un “campo intelectual” desarrollado en el proceloso mundo de la investigación urbana y los centros de entrenamiento militares, unas de cuyas mejores expresiones la encontraríamos en Israel: el Operational Theory Research Institute (OTRI), creado en 1996 [luego vendrían otros], en el que participan civiles y militares de diversa condición. Como prueba de ello, nos relata una conversación con un oficial israelí de alta graduación ya retirado (Shimon Naveh), que le hizo la siguiente confesión: “Leemos a Christopher Alexander… ¿te imaginas? Leemos a John Forester… Leemos a Gregory Bateson, leemos a Clifford Geertz. No sólo yo, también nuestros soldados, nuestros generales reflexionan sobre este tipo de materiales. Hemos establecido una escuela y desarrollado un curriculum académico que forma ‘arquitectos operacionales’”. Asistió incluso a una de sus conferencias, en la que dicho militar utilizó conceptos sacados de la obra de Gilles Deleuze y Félix Guattari, así que le inquirió sobre el asunto, obteniendo una clara respuesta: “varios de los conceptos de Mil Mesetas nos han sido de utilidad… nos han permitido explicar situaciones contemporáneas que de otro modo no podrían haberse explicado. Problematizaba nuestros propios paradigmas… Es de la máxima importancia la distinción que apuntaron entre los conceptos de espacio ‘liso’ y ‘estriado’… [que se corresponden con] los conceptos organizacionales de ‘máquina de guerra’ y ‘aparatos de Estado’…”. En fin, una combinación realmente insospechada.

Es mejor que lean ustedes el artículo completo, pero uno de sus resultados es que con esas premisas conceptuales “en lugar de entrar en un proceso de negociación política con Hamás, la inteligencia militar está encontrando una solución para que el gobierno eluda hacer política”. Esa solución tiene que ver con la arquitectura y su uso aplicado. De ahí su alternativa, la inversión de ese proceso,  un proyecto consistente en construir “una herramienta táctica para movilizar la arquitectura en el marco de la lucha por Palestina”. De eso trata el segundo de los artículos, en el que el grupo de Weizman especula sobre “la posible transformación futura de las colonias y bases militares israelíes”, es decir, propone un hipotético manual de descolonización a partir del uso del espacio.

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Narrativas paralelas: Israel y Palestina

Publicado por Anaclet Pons en mayo 4, 2012

Muy interesante el libro el titulado Side by Side: Parallel Narratives of Israel-Palestine, compuesto con las tres voces de Sami Adwan, Dan Bar-On y Eyal Naveh (New Press). Lo reseña Geoffrey Wheatcroft en la NYRB y se expresa del siguiente modo:

El 23 de septiembre de 2011, dos líderes nacionales se dirigieron a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Uno habló de “la brutalidad de la agresión y la discriminación racial contra nuestro pueblo … la limpieza étnica … el asentamiento colonial … los sesenta y tres años de sufrimiento …”, mientras que para el otro su país estaba siendo “injustamente señalado para condenarlo … la verdadera democracia en Oriente Medio …. No he venido aquí para cosechar aplausos. He venido aquí para decir la verdad”.

No es necesario dominar la crítica textual ni tener un conocimiento profundo para distinguirlos. Mahmoud Abbas, presidente palestino, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, podrían no haber estado hablando sobre el mismo tema, y de hecho no lo estaban. No estaban manteniendo una discusión ni gritándose el uno al otro, sino que estaban dirigiéndose a públicos muy diferentes -el de Israel y los Estados Unidos en el caso de Netanyahu, el del resto en el de Abbas- y ese cisma en la opinión global es ahora parte del problema.

Lejos de existir algo inusual en las feroces luchas comunales o nacionales, son muy comunes, desde el Ulster a Bosnia pasando por Ceilán y tantos otros lugares afectados por el dictum de Yeats:  “gran odio, poco espacio”.  Por otra parte, todos estos conflictos  presentan características similares: no sólo cada parte cree que está en lo cierto, sino que cada una piensa que es la víctima (y por lo general pueden aportar pruebas en ese sentido). Pero el conflicto en Tierra Santa es casi único en su amarga intransigencia, fortalecido por una prístina incomprensión recíproca. Aquí hay dos lados encerrados en lo que a veces parece a una danza de la muerte, y claramente es un diálogo de sordos.

Cualquier intento por abrir un debate honesto entre ambos es bienvenido, y Side by Side es un intento tan digno como curioso. El libro fue inspirado por el fallecido Dan Bar-On, académico israelí que fundó PRIME, o Peace Research Institute in the Middle East (el mismo nombre ya muestra la desolación!), y fue desarrollado a partir de una reunión de académicos y maestros israelíes y palestinos en 2000. Quedaron impresionados por el hecho de que las versiones de la historia narradas en los libros de texto israelíes y palestinos no sólo eran diferentes sino mutuamente excluyentes e incomprensibles, al igual que ambos discursos.

Una posibilidad, que Bar-On y dos colegas, Sami Adwan y Naveh Eyal, originalmente intentaron, fue la construcción de una síntesis o “narrativa de transición” que ambas partes pudieran compartir. Pero esas historias independientes e imparciales son más fáciles de imaginar que de lograr,  incluso desde la posición neutral consciente de aquellos de nosotros que estamos fuera de la pelea. Intentar una narración objetiva de los acontecimientos recientes es bastante difícil en cualquier parte. “Todo aquel que, al escribir una historia moderna, se pegue demasiado a los talones de la Verdad, acaso puede darse en los dientes”, dijo Sir Walter Raleigh y, dado que escribió su Historia del Mundo en la Torre de Londres y fue luego decapitado, se puede pensar que sabía de lo que estaba hablando. Pero este tema en particular es el más tenso o exigente de todos.

En cualquier caso, los colegas muy pronto se dieron cuenta, y no muy sorprendentemente, de que tal síntesis no se podría lograr. En su lugar, han compilado el libro objeto de análisis, que consiste, como su título y el subtítulo indican, en poner las narrativas paralelas frente a frente. En la página de la izquierda el texto de Israel, frente a ella y en la página de la derecha el texto palestino. Podemos leer los dos, y luego comparar y contrastar, como se solía decir en los exámenes.

Si los dos relatos no sólo son contradictorios sino que contrastan en gran medida, eso no implica en sí mismo mala fe. Las dos partes de un divorcio no recuerdan su matrimonio en los mismos términos, y cualquier abogado o policía sabe que dos testigos presenciales del mismo evento pueden dar versiones sorprendentemente dispares del mismo. Pero leer estas dos versiones -no escritas por partidarios extremos del Likud o Hamás, sino por israelíes y palestinos que realmente quieren cooperar-  es tan revelador como desalentador. Aquí hay dos letanías de dolor y de queja, una competencia en el sufrimiento, con más de cien años de historia que los han separado cada vez más.

A veces, el contraste tiene fuerza visual. Un anverso muestra una fotografía de la policía británica reprimiendo una manifestación palestina en Jerusalén;  la de la izquierda es una fotografía de la entrada a Auschwitz. En la derecha se lee  “Israel destruyó  pueblos árabes al completo y confiscó las tierras de cultivo”,  lo que es seguido por otra fotografía reconocible al instante, la de Adolf Eichmann en el banquillo. Incluso el tono de las dos narraciones es discordante: triste y en ocasiones irritable en el texto de Israel, amargo y melancólico en el palestino.

Pocos pasajes son flagrantemente falsos, aunque ambas versiones son a menudo tendenciosas;  la palestina marginalmente más, y no menos cuando se trata de los años del Mandato Británico de Palestina de 1920 a 1948. Los británicos no generaron ninguna simpatía por este episodio de la historia de sus últimos años imperiales, y no la merecieron, pero decir que “el gobierno británico … fue complaciente con las conspiraciones sionistas” (¿es “cómplice” por “complaciente”?) es demasiado vago y llamativo, mientras que “la política británica en Palestina se basaba en el sometimiento de los palestinos” es una simplificación en el mejor de los casos. De todos modos, nada ilustra mejor el sentido recíproco de victimismo que eso: los árabes creen que fueron traicionados por los británicos, y también lo hacen los sionistas.

Y hay que reconocer que ambos tienen sus razones. Las traiciones se derivaron de la incompatibilidad de las promesas -algunas públicas, otras privadas- que los británicos hicieron a los árabes y a los sionistas durante la Primera Guerra Mundial; rara vez ha sido más pérfida Albion. Aun así, el texto palestino que dice que la Declaración de Balfour “y los intentos incansables para ponerla en práctica por todos los medios contradice todo lo que que Gran Bretaña y sus aliados de la Primera Guerra Mundial siempre habían manifestado y reconocido, a saber, el derecho a la libre determinación”, es retórica vacía.

En la gran conmoción que tuvo lugar después del fin de la guerra en 1918, lo que hizo que los diversos asentamientos fueran impuestos por las potencias vencedoras de manera ingrata fue que el velo del altisonante idealismo del Presidente Wilson escondía la  habitual ansia de poder y de lucha por el territorio. Eso y el hecho de que, como Walter Lippmann dicho con acierto, la “autodeterminación” es una idea desastrosa, que “… rechaza el ideal de un Estado en el que los diversos pueblos a encuentren justicia y la libertad en virtud de leyes de igualdad”, y que sólo puede terminar incitando al odio mutuo y a la agresión.

Mirando al final del período del mandato y no al principio, el texto palestino podría haber tenido más asideros. El texto de Israel nos recuerda que, antes de su aplastante victoria en las elecciones británicas de 1945 , el Partido Laborista adoptó “una plataforma prosionista”, lo que es en todo caso un eufemismo. El fatídico pasaje parece abogar por la limpieza étnica: “Deja que a los árabes se les anime a salir y a los judíos a entrar”, decía, que es, por así decirlo, lo que ocurrió en 1948. Este documento fue escrito por Hugh Dalton, un producto dominante de Eton y el King’s College, Cambridge, que se convirtió en socialista y  economista académico y luego se desempeñó como Ministro de Hacienda de Attlee. En privado, Dalton llamaba a Harold Laski, su colega de la LSE y presidente del Partido, un “pequeño semita”, algo a considerar para aquellos que piensan que “prosionista” y “filosemita” debe ser siempre sinónimos.

En algunos de los episodios más duros de los últimos años del mandato, las dos versiones sólo se diferencian en el énfasis, y no siempre en el qué:  “Una de las masacres más notorias cometidas contra los palestinos tuvo lugar en Deir Yassin el 9 de abril de 1948. Las fuerzas sionistas mataron a más de un centeran e hirieron a varias docenas más”;  “Hubo una masacre en la aldea árabe de Deir Yassin, cerca de Jerusalén, cuando las unidades del Irgun y Lehi atacaron la aldea, y cuando termibó la batalla, según   la investigación histórica más actualizada, de 100 a 120 árabes habían sido asesinados, incluyendo a mujeres, niños y ancianos”. El primero es el texto de Palestina, el segundo el de Israel, que también es sincero acerca de las represalias israelíes contra pueblos árabes a lo largo de la década de 1950.

Haciendo un recuento de los largos años de derrota y humillación, el texto palestino se torna más sombrío, pero no necesariamente más preciso. La Guerra de los Seis Días en 1967: “Fue un intento por parte de Israel de apoderarse de nuevas tierras árabes en una guerra rápida y en consecuencia eso le permitiría establecer asentamientos adicionales y absorber un gran número de inmigrantes judíos …. La captura de la totalidad de Jerusalén era un sueño que Israel había acariciado desde su creación como Estado”. Pero la historia no es (por supuesto) tan simple como eso. Israel podría haber comenzado la guerra de 1967, pero no lo hizo con fines calculados de conquista y adquisición. Mientras la guerra aún arreciaba, Levi Eshkol, el primer ministro, les dijo a sus colegas, “incluso si tomamos la Ribera Occidental y la Ciudad Vieja, finalmente nos veremos obligados a dejarlos”, aunque, como se vio después, nadie les obligó a abandonarlos.

Y así, a través de la guerra de 1973, el falso amanecer de la paz con Egiptoy la posterior guerra del Líbano de 1982. Eso no cambió tanto el curso de la historia como lo hizo la ola de sentimiento que provocó, y no sólo en el mundo exterior. Según el texto de Israel, “el consenso que había caracterizado a la sociedad israelí en todas sus guerras anteriores se rompió”. A pesar de la valentía de Menachem Begin y Netanyahu, la autoconfianza nacional nunca ha sido la misma en los treinta años posteriores.

Incluso después de tantas guerras sangrientas, los últimos capítulos del libro son en cierto modo los más sombríos. La historia se apaga hace unos diez años con la segunda intifada, de modo que la continua expansión de los asentamientos y el ascenso de Hamas apenas se mencionan, y el libro ha sido superado por los acontecimientos -o “eventos nulos” (nonevents),  si esa es la palabra para las cosas que no han sucedido.

2.

Aparte de la aspereza y mutua incomprensión, Side by Side demuestra sin quererlo algo más acerca de este conflicto. George Orwell dijo que cada movimiento nacional hace un uso muy libre de una cuestión que da por sentado, en el sentido correcto (que parece estar pasando de moda periodística) de petitio principii, donde la supuesta demostración del argumento descansa sobre en una asunción que tiene que ser ella misma demostrada. Eso es verdad aquí, donde la defensa de ambas partes se convierte en largas filas de petitiones principii.

Una cuestión central que se da por sentada en el texto palestino es la misma palabra “Palestina”,  utilizada para describir una nacionalidad, como en el primer capítulo, que se queja de que la Declaración de Balfour  “no hizo mención de los derechos inalienables políticos de los palestinos” -e “inalienables derechos políticos” es una cuestión que se da por descontada. Sin duda, pocas frases sueltas alguna vez han sido tan potentes, tan ambiguas  y tal vez tan hipócritas como la carta del 2 de noviembre de 1917 al “Querido Señor Rothschild” de Arthur James Balfour, el secretario de Relaciones Exteriores, en la que se dice que “El Gobierno de Su Majestad contempla con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y pretende emplear sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento de este objetivo, quedando claramente entendido que nada se hará que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estatuto político de que disfrutan los judíos en cualquier otro país”.

Las palabras fueron escritas con cuidado, o al menos después de largas disputas,  y “derechos civiles y religiosos” está lejos de ser lo mismo que derechos políticos y nacionales, que en realidad a nadie se le ocurrió, conscientes de que tratar a  “los palestinos” como una nación podría otorgarles una reclamación a tales derechos nacionales.

Desde entonces, algunos sionistas no sólo han negado esos derechos, sino que se burlaron de la idea misma de “Palestina” o “los palestinos”. Una reunión a la que asistí en Nueva York hace unos treinta años, y que había sido organizada de forma un tanto optimista para discutir el asunto en forma tranquila y distante, fue interrumpida por un grupo de jóvenes con kippas gritando: “No hay ninguna Palestina!” Eso era mucho más de lo que Golda Meir había dicho en 1969: “No había esa cosa de los palestinos …. No era como si … hubiéramos llegado, los hubiéramos expulsado y arrebatado su país. No existían ” (también diría a veces:” Yo soy una palestina”).  Y no menos lo tenemos recientemente en una autoridad como Newt Gingrich, que habla de “un inventado pueblo palestino”.

Como suele suceder, y dado lo poco que sabe sobre el asunto, Gingrich ha tropezado con algo. Hasta no hace mucho tiempo, no había Palestina, excepto como descripción geográfica, y no había palestinos. Hace cien años, si le hubieran preguntado a un hombre de Jaffa o Jenin lo que era, uno habría oído la santa y vieja réplica: “Soy un musulmán de aquí”. Uno podía haber oído lo mismo en Alepo o Bagdad: una persona malamente sabía que era de nacionalidad árabe, y mucho menos siria o iraquí (e “Iraq” es realmente una nación inventada, la moda pasajera de Winston Churchill como ministro de las colonias). Y mucho menos se sabía entonces que uno era palestino.

Téngase en cuenta que si se hubiera hecho la misma pregunta, no hace un siglo sino dos, a un hombre de un pueblo cercano a  Bratislava o Ljubljana, habría dicho: “Soy un cristiano de aquí”. Es decir, no sabía si era eslovaco o esloveno. La conciencia nacional es un tema candente entre historiadores -los conocedores de la moda intelectual que observen el número de septiembre de 2001 de The English Historical Review, en la que los títulos de dos de los cuatro artículos más largos (un de ellos sobre el País de Gales en el siglo XII, ) contenían la frase “identidad nacional”- , pero es un concepto problemático o difícil.

Esa conciencia tiende a ser en verdad algo más tardío de lo que a los historiadores les gusta pensar, sobre todo aquellos que están usando la historia para apoyar fines nacionalistas, como suele ser el caso. Los historiadores nacionalistas, casi invariablemente, atribuyen la existencia o la mera idea de una nación demasiado pronto, a veces de manera absurda. A E.J. Hobsbawm le hizo gracia encontrarse con un libro llamado 5000 Años de Pakistán  -un país que no existía hace sesenta y cinco años, y cuyo nombre no fue acuñado hasta hace ochenta años.

Este patrón es evidente en el caso de los sionistas y los árabes. Uno de los padres fundadores del nacionalismo palestino fue George Antonius, el título y la fecha de cuyo libro de 1938,  The Arab Awakening, hablan por sí solos: una nación árabe -y en concreto una nación palestina-  que había dormido inconsciente de sí misma fue despertando lentamente. Así es reconocido involuntariamente en el texto palestino de Side by Side:  “Durante la década de 1920, los árabes de Palestina empezaron a forjar una identidad nacional. En un principio, se consideraban parte de la gran nación musulmana árabe, que reemplazó al Imperio Otomano”.

Sin embargo, “la década de 1920″  siguió más que precedió a la Declaración Balfour de 1917, por no hablar del Der Judenstaat de Theodor Herzl, publicado en 1896. Y la frase “gran nación musulmana árabe” es engañosa de una forma bastante siniestra. Algunos de los campeones más conocidos de la causa palestina, de Antoniua a Edward Said, eran árabes de origen cristiano. Hubo un tiempo en que la causa afirmó ser no sectaria, y su reciente captura por el islam radical tiene consecuencias desagradables, como la disminución del número de palestinos cristianos por encima de todo.

Dicho eso, algo que hay que añadir. La creación de la identidad palestina y de una nación palestina -de “Palestina” misma- ha sido uno de los logros más señalados del sionismo. Una y otra vez, de un lugar a otro, las acciones nacionalistas han estimulado reacciones opuestas. El nacionalismo eslovaco fue un producto de triunfalismo magiar, y el intento por parte de la república francesa, el gran campeón de la idea de Nación, de extinguir el bretón o el provenzal subsumiendo su identidad no tuvo el efecto deseado.

Una verdad sigue a otra, y Gingrich es imprudente (así como ignorante) al usar la frase que él utilizaen este contexto. Digamos lo que digamos, sea para mal o para bien, el sionismo en sí es un caso clásico de tradición inventada. La idea de Herzl del sionismo político y de un Estado judío no tenía raíces en absoluto en la tradición judía existente, que manifestaba  por el contrario un rechazo radical. Cuando el texto israelí dice que “en el siglo XIX … los judíos comenzaron  a verse a sí mismos como una nación, deseosos y merecedores de un país propio”, igualmente se hace eco de lo que señala el texto palestino,  con el reconocimiento de esta verdad sin darse cuenta.

Como anticipándose a ese punto, el infatigable Martín Peretz nos dice que “hasta los tiempos modernos -y en gran medida entre los judíos arribistas  franceses y alemanes del siglo XIX -  nadie dudaba de los judíos como pueblo .” Pero esto deliberadamente enturbia las aguas. Es evidente que ni ellos ni los que los odiaban dudaban nunca de que los judíos existían como pueblo (fuera lo que eso fuera) o como “raza”, aunque esa palabra fue en un tiempo usada en contextos que ahora encontraríamos incongruentes o inocuos (como el conflicto entre “razas celtas y sajonas” en Irlanda, o Racial Problems in Hungary, el libro de RW Seton-Watson de 1908, que se ocupa de la lucha entre magiares y eslavos).

Y, sin embargo, el intenso debate judío sobre el sionismo, a favor y en contra, que se cuece a fuego lento en el medio siglo que va desde la publicación de El Estado Judío hasta que fue silenciado por Hitler y el nacimiento de un Estado, se convirtió en gran medida en la cuestión de si los judíos eran una nación. Esa palabra es muy importante, y su significado ha sido objeto de enorme debate. Más aún, más allá de las objeciones teológicas al sionismo político en manos de la mayoría de los rabinos de la época de Herzl, muchos orgullosos y piadosos judíos -no meros “arribistas”-  rechazaban la idea de la “nacionalización” de los judíos. Eran judíos por religión, pero ingleses, franceses o austriacos por nacionalidad, o americanos. Es curioso que las más airadas polémicas en nombre de la nacionalidad judía y el Estado judío estén formuladas  por personas que han disfrutado claramente de los beneficios de la ciudadanía de un país fundado no en un pueblo, sino en una proposición.

Incluso después de que el Estado naciera, David Ben-Gurión y sus colegas podían haber tomado prestadas de Massimo D’Azeglio sus palabras sobre Italia en el siglo anterior, cuando dijo: “Israel se ha hecho; ahora quedan por hacer los israelíes”. Y así se hizo , como cualquiera que haya visitado Israel debe saber. En cuanto a las otras personas que comparten la tierra, el caso es el inverso: Mahmoud Abbas (o tal vez algún líder más inspirador) podría decir que hoy en día  “hemos hecho los palestinos, y ahora tenemos que hacer Palestina.” Ha sido una larga espera, y puede ser mucho más larga todavía.

(…)

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Nixon: lecciones diplomáticas

Publicado por Anaclet Pons en noviembre 9, 2011

Quien guste de las sorpresas no rechazará una visita periódica a Youtube. Una de las últimas es el registro sonoro de un fragmento de una entrevista entre Richard Nixon,   Henry Kissinger, Golda Meir, Yitzhak Rabin y Simcha Dinitz. He aquí el corte:

.

La transcipción (aproximada) nos la ofrecen los amigos de HNN:

Nixon: Bueno,  trabajamos por un ideal, pero tenemos que hacerlo de forma pragmática. Realmente, de eso se trata.

[Pausa.]

Nixon: Woodrow Wilson, ya sabe. . . Fue probablemente el hombre más religioso e  idealista que jamas se haya sentado en este despacho. Pero antes de todo, cuando por fin se puso manos a la obra -tuvo un gran impacto. Nos llevó a la guerra, a los Catorce Puntos -además, cuando fue a la Conferencia de Versalles, los pragmáticos de Europa se lo zamparon en dos bocados.

Golda Meir: Sí.

Nixon: Y el mundo se volvió muy inseguro como resultado, ¿no es así?

Como cuestión de hecho, creo que si el Tratado de Versalles hubiera salido de otra manera, nunca hubiéramos tenido un Hitler. ¿Sabe usted? No hay más que ver lo que provovó ese tipo -eso tuvo que empezar con Versalles. Tuvo que empezar con Versalles. No se puede tomar una. . .

Si, por ejemplo, la actitud hacia los alemanes después de la Primera Guerra Mundial hubiera sido la actitud que se tomó después de la Segunda Guerra Mundial, podría haber sido una situación diferente.

Henry Kissinger: Pero creo que Versalles fue a la vez demasiado blando o demasiado duro. [Poco claro]

Nixon: Pienso que fue demasiado duro, en realidad.

Kissinger: Pero fue. . . Aquello. . . Aquello creó la posibilidad de humillar a los alemanes, aunque no [poco claro] lo suficiente.

Nixon: No se puede hacer así. Si uno va a humillar a alguien, tiene que destruirlo. De lo contrario,  él será capaz de destruirte. Nunca golpees al Rey, a menos que vayas a matarlo.

Kissinger: Eso es cierto. [Poco claro] Francia, que había quedado desmoralizada por la guerra, porque Rusia no pudo venir. . . Así , Versalles fue un desastre.

Nixon: Correcto.

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Diario de la Palestina otomana

Publicado por Anaclet Pons en octubre 17, 2011

Se acaba de presentar una nueva obra de Salim Tamari. Nacido en Haifa en 1945, ciudad que abandonó con su familia tres años después, es director del Institute for Jerusalem Studies (una rama del Institute for Palestine Studies), y reputado profesor de sociología en la Birzeit University de Palestina. Se trata de una figura muy respetada, hasta el punto de que participó en la Conferencia celebrada en Madrid en 1991. Asimismo, sus obras no son menos conocidas. En el último año, por ejemplo, ha contribuido en dos volúmenes relevantes. Por un lado, participando en Across the Wall: Narratives of Israeli-Palestinian History, editado por Ilan Pappé y Jamil Hilal; por otro, prologando A Young Palestinian’s Diary, 1941-1945: The Life of Sami ‘Amr. Quizá  esa última obra le llevara a analizar ese tipo de documentos, que es lo que hace ejemplarmente en el nuevo volumen dado a la imprenta:  Year of the Locust. A Soldier’s Diary and the Erasure of Palestine’s Ottoman Past (University of California Press, 2011). Esta editorial nos ofrece un extracto, que aquí reproducimos:

Los diarios de soldados, especialmente los de la Primera Guerra Mundial, han sido un constante recordatorio de los horrores de la guerra. Un amplio muestrario de tales memorias nos ha llegado de las filas de las fuerzas aliadas, especialmente de británicos, franceses, estadounidenses y soldados de Anzac, así como del otro lado, de soldados austriacos y alemanes. Mucho menos material tenemos disponible del lado otomano, en particular de las provincias sirias. Este libro analiza la Gran Guerra desde la perspectiva de tres soldados rasos que lucharon en el bando otomano, tal como se expresa en el diario recién descubierto del soldado Turjman Ihsan y el diario del teniente Aref  Shehadeh, ambos de Jerusalén, así como en el diario ya publicado del turco de Mehmet (Muhammad) Faqih de Mersin. Exploran dos importantes maneras en el modo en que la Gran Guerra impactó en el Imperio Otomano. En primer lugar, se examina cómo la experiencia de la guerra transformó la conciencia y las condiciones de vida de la gente del Oriente árabe (Siria otomana), un cambio que los historiadores describen a veces como el inicio de la modernidad árabe. En segundo lugar, se centra en lo que Falih Rifki, el ensayista y modernistotomano, llamó -con el beneficio de la retrospectiva-  el “problema turco” en Siria, a saber: la incapacidad de la reforma constitucional otomana para crear un dominio multiétnico en la que Siria (incluida Palestina ) se convertiría en parte integral del imperio. El momento crucial para tales transformaciones fue el breve pero crucial período de seis años entre la revolución constitucional de 1908, con su proyecto de un estado representantivo y multiétnico, y el colapso de este proyecto bajo el régimen dictatorial de Jamal Pasha.

Aunue los acontecimientos mencionados en el diario, en la segunda parte de este libro, se centran en la ciudad de Jerusalén y muestran el impacto de la guerra sobre la población urbana, también tuvo un impacto significativo en la región en su conjunto. Ha de recordarse que Jerusalén  fue el centro administrativo y político de una gran provincia del Imperio Otomano, el Mutasarflik de Al Quds al Sharif, que comprendía más de la mitad de lo que se convirtió en el Mandato de Palestina. Su ashraf  y sus notables fueron una élite crítica con una gran influencia en la política otomana de Estambul, así como en Jaffa, Hebrón y otros centros regionales. La devastación padecida por la ciudad durante la guerra -la escasez de alimentos, la deportación, la enfermedad y la depauperización-  se repitió por la región en diversos grados. La ciudad fue el crisol en el que primero se experimentó la descomposición del sistema normativo, y la posterior rotura con el pasado otomano de la región; a partir de ahí, el desorden envolvió al resto del país.

El héroe de nuestra historia es Ihsan Hasan Turjman (1893-1917), un soldado del cuartel general otomano en Jerusalén. Su vida fue corta y sin incidentes, desempeñándose como empleado en el Manzil (intendencia) y un tiempo breve como soldado de infantería en Nablús y Hebrón, pero sus observaciones sobre el impacto de los acontecimientos militares en su relación con su ciudad y su nación no tienen parangón. La fuerza de los diarios de guerra radica en su exposición de la textura de la vida cotidiana, siempre enterrada en la retórica política del discurso nacionalista, y en su restauración de un mundo que ha estado oculto por la denigración posterior del otomano pasado -la vida comunitaria de los callejones, barrios olvidados, acalorados debates políticos que proyectaban posibilidades que ya no existen, así como las voces de los actores callejeros silenciados por las memorias de la elite: soldados, vendedores ambulantes, prostitutas y vagabundos. Para el tercer año de la guerra, los diarios de esos soldados rasos reflejan una búsqueda desesperada de la normalidad en la vida diaria -una normalidad que se experimentó en la Palestina Otomana de preguerra, pero que parecía que les iba faltar a sus ciudadanos durante los siguientes cien años.

La Gran Guerra produjo una ruptura radical con el pasado otomano en todo el Oriente árabe, no sólo en cuanto al régimen constituciuonal establecido,  sino también en el sistema de gobierno, la administración local y las políticas de identidad. En la memoria popular de los campesinos y de gente de la ciudad, 1915 fue el año de la langosta ( ‘ am al Jarad ). Incluso cuatro generaciones después, la invasión de langostas sigue evocando la memoria combinada de desastres naturales y devastación de la guerra provocada por el hombre. Estos eventos borraron cuatro siglos de un rico y complejo patrimonio otomano en el que coincidían las narrativas populares de la guerra y la ideología nacionalista. Simultáneamente aparecio una reescritura anti-otomana de la historia , y de forma igualmente abrupta, tanto en la parte turca (con el pretexto de la modernización del Estado y de hacerlo geográficamente manejable) como en del lado árabe (en los prolongados anales de la historiografía nacionalista). Ese borrado reemplazó cuatro siglos de paz relativa y actividad dinámica, los de la época otomana, por lo que se conoce en el discurso árabe como “los días de los turcos”: cuatro miserables años de tiranía simbolizados por la dictadura militar de Ahmad Jamal Pasha en Siria, seferberlek (reclutamiento forzoso y exilio)  y la ejecución colectiva de los patriotas árabes la plaza Burj de Beirut el 15 de agosto de 1916.

Este libro trata de la naturaleza totalizante y transformadora de la Gran Guerra. La guerra fue totalizante, no sólo en la forma en la que moldeó el trabajo y los hábitos de vida de los soldados, sino también por su impacto en la vida cotidiana de la población civil, creando una atmósfera de pánico constante e incertidumbre y alterrando los patrones de comportamiento cotidiano. Esta ansiedad a menudo tomó la forma de una persistente preocupación por la comida, la ropa  y la disponibilidad de productos básicos, como el queroseno y el tabaco, así como el temor a las acciones arbitrarias del ejército (detención, traslado de poblaciones y reclutamiento de las personas mayores conforme avanzaba la guerra ). Este período también vio la primera censura sistemática de la prensa y del correo privado de las personas.

En un proceso relacionado, la Gran Guerra tuvo efectos transformadores sobre las normas sociales. En ausencia de hombres adultos en el hogar -que o bien eran reclutados o perecían en el frente-, muchas familias sufrieron la pobreza extrema, el hambre y las enfermedades. La gente se vió obligada a tomar medidas drásticas que socavaron el comportamiento normativo tradicional. La mendicidad, el robo y la prostitución se convirtieron en fenómenos cotidianos en las calles de Jerusalén. En última instancia, la guerra ayudó a redefinir la naturaleza del Estado y su relación con sus súbditos. En Palestina, la guerra fue un hito que separó al país de sus extensiones de Siria y trajó el dominio colonial británico, creando nuevas fronteras, una nueva ciudadanía y nuevas formas de la conciencia nacional.

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Perry Anderson: las revueltas del mundo árabe

Publicado por Anaclet Pons en mayo 20, 2011

Perry Anderson analiza las revultas árabes para la New Left Review. Veamos un extracto:

La revuelta árabe de 2011 pertenece a una rara clase de acontecimientos históricos: una concatenación de agitación política, una detonación tras otra en una entera  región del mundo. Ha habido sólo tres antes -las guerras hispanoamericanas de liberación que empezaron en 1810 y terminaron en 1825; las revoluciones europeas de 1848-49; y la caída de los regímenes del bloque soviético, en 1989-1991. Cada uno de estos es históricamente específico de su tiempo y lugar, como la cadena de explosiones en el mundo árabe lo será. Ninguno duró menos de dos años. Desde la chispa inicial en Túnez en diciembre a la propagación de las llamas a Egipto, Bahrein, Yemen, Libia, Omán, Jordania y Siria no han pasado más de tres meses, y cualquier predicción de sus resultados  sería prematura. La más radical del trío de convulsiones anteriores terminó en una derrota completa, en 1852. Los otras dos triunfaron, aunque los frutos de la victoria fueron a menudo amargos: sin duda, lejos de las esperanzas de un Bolívar o un Bohley. El destino final de la revuelta árabe podría asemejarse a cualquier patrón. Pero es igual de probable que sea sui generis .

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Dos rasgos han mantenido desde hace mucho tiempo a Oriente Próximo y a África del Norte como un mundo  aparte dentro del universo político contemporáneo. El primero es la longevidad y la intensidad de las garras imperiales occidentales en la región, durante el siglo pasado. Desde Marruecos a Egipto, el control colonial del norte de África fue repartido entre Francia, Italia y Gran Bretaña antes de la Primera Guerra Mundial, mientras que el del Golfo se convirtió en una serie de protectorados británicos y Adén un puesto de avanzada de la India británica. Tras la Guerra, los despojos del Imperio Otomano favorecieron a Gran Bretaña y Francia, agregando bajo su pinzas Irak, Siria, Líbano, Palestina y Transjordania, en el largo gran final del botín territorial europeo. La colonización formal llegó tarde en gran parte del mundo árabe. El África subsahariana, el sudeste asiático, el subcontinente, por no hablar de América Latina, fueron incautados mucho antes que Mesopotamia o el Levante. Sin embargo, a diferencia de cualquiera de estas zonas,  la descolonización formal ha venido acompañada por una secuencia casi ininterrumpida de guerras imperiales e intervenciones en el período poscolonial.

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Estas comenzaron ya con la expedición británica para instalar un regente títere en Irak en 1941, y se multiplicaron con la llegada de un Estado sionista en el cementerio de la revuelta palestina, aplastada por Gran Bretaña en 1938-39. A partir de ahora, un poder colonial en expansión, actuando unas veces como pareja y otras como apoderado, pero cada vez con mayor frecuencia como iniciador de las agresiones regionales, estuvo vinculado a la aparición de los Estados Unidos como el señor del mundo árabe, sustituyendo a Francia y Gran Bretaña . Desde la Segunda Guerra Mundial, cada década ha tenido su cosecha de violencia a cargo del soberano o del colono. En los años cuarenta fue la nakba desatada por Israel en Palestina. En los años cincuenta, el franco-anglo-israelí ataque a Egipto y el desembarco estadounidense en el Líbano. En los años sesenta, la guerra israelí de los seis días contra Egipto, Siria y Jordania. En los años setenta, la Guerra de Yom Kipur, cuyo resultado final fue controlado por los USA.   En los años ochenta, la invasión israelí del Líbano y el aplastamiento de la intifada palestina. En los años noventa, la Guerra del Golfo. En la última década, la invasión y ocupación estadounidense de Irak. En la actual,  el bombardeo de Libia por la OTAN de 2011. No todos los actos de beligerancia nacieron en Washington, Londres, París o Tel Aviv. Los conflictos militares de origen local fueron también bastante comunes: la guerra civil de Yemen en los años sesenta, la incautación de Marruecos del Sáhara Occidental en los años setenta, el ataque iraquí contra Irán en los años ochenta y la invasión de Kuwait en los años noventa. Pero la participación o connivencia occidental rara vez estuvieron ausentes. Casi nada se ha movido en la región sin la atenta mirada imperial, y en caso necesario se ha actuado.

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En el mundo árabe, el nacionalismo ha sido demasiado a menudo una moneda devaluada. La mayoría de las naciones de la región -Egipto y Marruecos son las excepciones- son creaciones ficticias del imperialismo occidental. Pero como en el África Subsahariana y más allá, los orígenes coloniales no han sido ningún impedimento para que las identidades poscoloniales cristalizaran dentro de las fronteras artificiales elaboradas por los colonizadores. En ese sentido, cada nación árabe posee hoy una identidad colectiva tan real y refractaria como cualquier otra. Pero hay una diferencia. La lengua y la religión, unidas a los textos sagrados, eran -y son- históricamente tan fuertes y distintivos como marcadores culturales comunes que la imagen de cada nación-Estado en particular no descarta la idea superior de una nación árabe, concebida como una sola ecúmene. Ese ideal dio lugar a un nacionalismo árabe común -no de Egipto, de Irak o de Siria.

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A eso siguió el ascenso, la corrupción y el fracaso del nasserismo y el baazismo. No van a revivir hoy. Pero el impulso que tuvieron detrás tendrá que ser recuperado en el mundo árabe, en caso de que la revuelta se convierta en revolución. La libertad y la igualdad necesitan reunirse.  Pero sin la fraternidad, en una región tan penetrantemente mutilada e interconectada, se exponen a un final amargo. A partir de los cincuenta, el precio de de los variados egoísmos nacionales en cualquier tipo de progreso en Oriente Próximo y África del Norte ha sido alto. Lo necesario no es la caricatura de solidaridad ofrecida por la Liga Árabe, un organismo cuyo historial de ruina y engaño rivaliza con la Organización de Estados Americanos en los días en que Castro la podía llamar, con toda justicia, el Ministerio Norteamericano de las Colonias. Se requiere un internacionalismo árabe generoso, capaz de prever en un futuro lejano, cuando el último jeque sea derrocado, la distribución equitativa de la riqueza del petróleo en proporción a la población en todo el mundo árabe, no la opulencia monstruosa y arbitraria de unos pocos y la indigencia desesperada de muchos. En el futuro más inmediato, la prioridad es clara: una declaración conjunta de que el abyecto tratado  que Sadat firmó  con Israel – arruinado por sus aliados para componer un acuerdo que ni siquiera da la suficiente soberanía a Egipto como para que sus soldados se muevan libremente dentro de su propio territorio, y cuyo asociado acuerdo marco sobre Palestina, despreciable en sí mismo, Israel ni siquiera ha simulado respetar- está legalmente muerto. La prueba de fuego de la recuperación de una dignidad árabe democrática se encuentra ahí.

Publicado en Ideas, Israel-Palestina | 1 comentario

 
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