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Intelectuales, nazismo y banalización del mal: Arendt y Heidegger

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 27, 2009

Ron Rosenbaum, periodista y escritor americano,  es autor de Explicar a Hitler. Los orígenes de su maldad (Siglo XXI, 1999) y es también un destacado polemista sobre el holocausto y la cuestión judía, la religión de sus ancestros. No hace mucho, además,  saltó al ruedo mediático para denunciar la visión del nazismo que presenta la película “El lector” y pedir que no se le tuviera en cuenta para los Oscar. En los últimos años, dijo,  “prevalece una nueva forma de malentendido, el deseo de exculpar al pueblo alemán de la culpa por los crímenes cometidos durante la era hitleriana”.

Ahora, se despacha a gusto en Slate a propósito de Hanna Arendt y unas recientes revelaciones de su relación con Heidegger. El titulo ya lo sugiere claramente, “The Evil of Banality. Troubling new revelations about Arendt and Heidegger”, y los primeros párrafos lo certifican:  ¿Seremos capaces de pensar a Hannah Arendt de la misma manera a partir de ahora? Dos nuevas críticas condenatorias, una de Arendt  y otra de su antiguo amante sicofante-nazi, el filósofo Martin Heidegger, acaban de publicarse con unos diez días de diferencia, nos dice. Ambas ponen en duda la reputación,  exagerada y sobredimensionada,  de ambas figuras,  arrojando nueva luz sobre una relación intelectualmente tóxica.  Mi esperanza, reconoce Rosenbaun,  es que estas revelaciones contribuirán al descrédito de una frase pseudo-intelectual, que ha sido la más usada e incomprendida  de nuestro lenguaje: la banalidad del mal. La banalidad de la banalidad del mal, su propia fatuidad, ha sido durante mucho tiempo insondable, pero quizás ahora se la pueda situar entre  lo engañoso y lo falso.

Arendt Heidegger

El primero de los dos nuevos textos apareció en las páginas del Times Literary Supplement el 9 de octubre. Se titulaba “Blame the Victim—Hannah Arendt Among the Nazis: the Historian and Her Sources“, escrito por  Bernard Wasserstein, profesor de historia en la Universidad de Chicago.  Éste menciona el uso escandaloso que hace Arendt de citas de antisemitas y “autoridades” nazis sobre los judíos en su libro Los orígenes del totalitarismo.  Wasserstein concluye que el uso que hace de estas fuentes “más que un error metodológico: era un síntoma de una visión del mundo perversa, contaminada por la excesiva exposición a los discursos de desprecio y  estigmatización colectivos que formaban el objeto de su estudio” -ese objeto era el antisemitismo. En otras palabras, afirma, Arendt interiorizó los valores de la literatura antisemita que leyó en su estudio sobre el antisemitismo, al menos en cierta medida. La conjetura de Wasserstein reaviva el debate sobre los comentarios despectivos de Arendt sobre algunos judíos que fueron víctimas de Hitler en su libro sobre Eichmann y en sus cartas. ¿Podrían ayudar estas revelaciones  a desterrar la reiteración de la robótica frase de la banalidad del mal como explicación de todo lo malo que hacen los seres humanos? Arendt pudo no tener la intención de que la frase se utiliza de esta manera, pero uno de sus efectos perniciosos ha sido que parezca como si la búsqueda de una explicación del misterio del mal cometido por “hombres ordinarios”  hubiera terminado. Como si con enunciarlo se  solucionara el problema. Es una frase, concluye,  que suena significativa y nos deja fuera de combate, permitiéndonos evitar enfrentarnos con una cuestión difícil .

El segundo texto, continúa Rosenbaun,  se refiere a Heidegger. El nuevo material ofrece una prueba más de su devoción servil para con el Führer, no sólo en sus discursos públicos, sino también en su deseo de encontrar un fundamento filosófico para el hitlerismo en los elevados reinos de su pensamiento.  Consideremos esta cita de una reseña deliciosamente mordaz de Carlin Romano, profesor de filosofía  en la Universidad de  Pennsylvania,  el 18 de octubre en el Chronicle of Higher Education, que trata sobre un volumen que incluye nuevas revelaciones sobre la “desvergonzada adopción del nazismo por parte de Heidegger”.

“El próximo mes, Yale University Press publicará una traducción inglesa de Heidegger: the Introduction of Nazism into Philosophy, de Emmanuel Faye, un profesor asociado de la Universidad de París, en Nanterre. Es la última, más completa y fundamentada embestida sobre ese aparentemente pensador magistral que enseñaba a los estudiantes de Friburgo en su infame discurso rectoral de 1933  sobre la “verdad interior y grandeza” del nazismo, declarando que “el propio Führer y solo él es la realidad alemana actual y futura y su ley”.  Faye, cuyo libro sobre Heidegger causó gran revuelo en Francia dividiendo a los departamentos universitarios en dos bandos,  sigue los pasos de la investigación del filósofo (chileno y judío)  Víctor Farias (Heidegger et le Nazisme, 1987), del historiador Hugo Ott (Martin Heidegger: Unterwegs zu Zeiner Biographie, 1988) y de otros.  ¿El objetivo? Exponer la vulgar y zafia metafísica, el vicioso intento de convertirse a lo largo de los años treinta en el principal tribuno académico de Hitler, y sus contorsiones de la posguerra escapar de un juicio adecuado a sus pecados. “Ahora sabemos”,  dice  Faye, “que el intento [de Heidegger] de auto-justificación de 1945 no fue más que una sarta de mentiras”.

[El libro de Faye está disponible en Akal, y ha suscitado comentarios de uno y otro signo, además de otros que intentan explicar la controversia. El volumen de Víctor Farias  tiene tres ediciones distintas en castellano, pues además de Muchnik y FCE-Chile  hay una muy reciente, revisada y aumentada, de Objeto Perdido, amén de otra difusión periodística; el historiador Hugo Ott ha sido traducido en Alianza]

Estas revelaciones permiten a Rosenbaun volver sobre Hanna Arendt. Ya que el entusiasmo de Heidegger con el nazismo se hace más evidente, y como está cada vez más claro que esa alianza no era meramente oportunista y ambiciosa, sino que deriva de una afinidad filosófica con sus efusiones para con el Führer, es imposible no volver a examinar ciertas cuestiones. Tales como: ¿Cuánto sabía Arendt sobre la profundidad de la lealtad de Heidegger? ¿Heidegger le mentía?  ¿Ella le creía de la misma manera que creía a Eichmann? ¿Asumía que  su complicidad con los genocidas era algo banal, que tenía que ver con su carrera profesional?   O peor, ¿lo sabía? ¿ Construyó, autoengañándose o falseando lo que ocurría,  su falso y banal Eichmann a partir de su falso y banal Heidegger?

Como se podrá comprender, por si el tema no cargara ya desde siempre con un fardo de polémicas, el artículo de Rosenbaum y el libro de Faye las han agudizado. Como señaló Patricia Cohen en el NYT, parte de cuestión que se dirime es que, si se hace caso a estas críticas, habría que reexaminar todo lo escrito a partir de los pensamientos del filósofo alemán, si es que se le puede llamar así. En efecto, los libreros tendrían que pensárselo y quizá deberían quitar a Heidegger de los estantes de filosofía y pasarlo a la sección de historia del nazismo. Aunque el asunto no es sólo eso, y de ahí las división de opiniones, muy encontradas, como la del colega de Carlino en Pennsylvania,  Damon Linker. En un texto para The New Republic titulado “Why Read Heidegger“, Linker dice que las opiniones de Romano, como la de asegurar que Heidegger es  “un bufón”  cuyas ideas deberían ser “el blanco de las mofas y  no el tema de ninguna tesis”, son una vergüenza intelectual, y que el Chronicle debería avergonzarse de haberlas publicado. Y eso que, como reconoce Linker, él está muy lejos de ser uno de los “acólitos” que sienten una “estrafalaria veneración” por Heidegger y sus ideas. En lo que sí está totalmente de acuerdo con Romano es en la obscenidad moral de las acciones de Heidegger (y de algo de lo que él enseñó y escribió) durante la década de 1930. Sin embargo, la repugnancia moral  no exime al lector -por no hablar del crítico- de la carga de compromiso intelectual.

Para Linker es absurdo conectar toda la filosofía de Heidegger con el nazismo. Y ello porque, a diferencia de muchos otros filósofos, Heidegger estaba implacablemente, obsesivamente interesado en una sola cuestión: la cuestión del “Ser”. Y su interés por esta cuestión -así como sus formas características de plantearla – se remonta a la época de sus primeras clases  (1919 a 1923), que tuvieron lugar mucho antes del surgimiento del nazismo como fuerza política importante en Alemania. Si bien no se puede negar una convergencia sorprendente y preocupante entre las investigaciones ontológicas de Heidegger y el movimiento político de Hitler -una convergencia que merece muy mucho ponderarse y examinarse-,  sus investigaciones anteriores a Hitler, y que sobrevivieron a Hitler durante décadas, continuaron como proyecto filosófico y siguieron su camino a lo largo  de los años 1950, 60 y 70. Incluso aunque la distinción entre la filosofía de Heidegger y su política fuera tan imposible como Romano (y Faye) nos quieren hacer creer, eso no justificaría tener que excluir al pensamiento de Heidegger de la reflexión y el juicio universitarios. Por el contrario, sería una razón adicional para lidiar con el desafío que plantea.

Para otro profesor de filosofía, John Holbo, la cosa es más sencilla.   Parte del problema -dice Holbo en uno de sus blogs- ya lo puso de relieve Rorty hace tiempo: “No se puede leer a la mayoría de los filósofos importantes de los últimos tiempos  sin tener en cuenta el pensamiento de Heidegger”, y ello a pesar  “de ese olor a humo de hornos crematorios que ha quedado impregnado en sus páginas”.   Para Holbo, el problema de Heidegger no es que se pueda oler el humo de los crematorios a través de su vagamente mística filosofía primordial, sino precisamente que no se puede. Heidegger estaba tan en sintonía con los supuestos peligros del otro lado (el problema de la tecnología y todo lo demás) que ignoraba las formas en que su propia posición podía traicionar a una persona por… falta de autenticidad, y eso es sólo el principio. No me parece que personalmente escondiera ningún odio primordial o resentimiento,  ira o violencia reprimida  – ni él ni en sus escritos. Así que acaso creo que suena ridículo decir rotundamente que la filosofía heideggeriana es fascista. Es que el sistema inmunológico heideggeriano, por decirlo así, es particularmente ineficaz para luchar con algo así como el fascismo. No está construido para hacer eso, lo cual es francamente malo.  Sin embargo, concluye, Heidegger no es en esencia un filósofo nazi.

En fin, podemos apartarnos un poco de la polémica en torno a Heidegger para repasar otros artículos en torno a la Alemania nazi. Por ejemplo:

Who Voted for Hitler?, aparecido en The Wilson Quarterly a propósito de “Ordinary Economic Voting Behavior in the Extraordinary Election of Adolf Hitler”, el texto de  Gary King, Ori Rosen, Martin Tanner y Alexander F. Wagner publicado hace meses en The Journal of Economic History.

“Occupied Minds. French culture under Nazi rule remained surprisingly vibrant”, otra recensión sobre tres volúmenes que abordan el período de Vichy, aparecida en Bookforum.

“A Nazi at Harvard”, el comentario de Anthony Grafton para el blog de la NYRB sobre el reciente volumen de Stephen H. Norwood The Third Reich in the Ivory Tower: Complicity and Conflict on American Campuses (CUP, 2009), cuya lectura se podría complementar con “Fashionable Fascism”, texto de Rebecca Bynum para la New English Review sobre el mismo libro.

Y, finalmente, pero sin agotar el material: la reseña del volumen de A. Dirk Moses, German Intellectuals and the Nazi Past (CUP, 2007),  que acaba de publicar el historiador Jason Dawsey en H-net. Un volumen que interesara especialmente al gremio de los historiadores, porque por sus páginas pasan especialistas como Ernst Nolte, Hans y Wolfgang Mommsen, Hans-Ulrich Wehler, Joachim Fest, Karl Dietrich Bracher, Eberhard Jäckel, Andreas Hillgruber o Thomas Nipperdey y, desde luego, la cuestión del Sonderweg.

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Lecturas (en papel y en pantalla)

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 16, 2009

El profesor  Mark Bauerlein aborda en The Chronicle of Higher Education algunos de los cambios que se  están produciendo en la lectura con la difusión del ordenador y la pantalla digital. Utiliza para ello un artículo aparecido  en el Journal of Research in Reading (2008, págs. 404-419), un estudio que ya ha tenido cierta presencia en los media españoles. Su autora es la noruega Anne Mangen, que lo titula “Hypertext fiction reading: haptics and immersion“.

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Mangen advierte el crecimiento de un subcampo dedicado a los “screen reading studies”, pero opina que la “intangibilidad y la volatilidad del texto digital” no se han estudiado adecuadamente. Se centra en primer lugar en la naturaleza material de las experiencias de lectura digital y no digital. “A diferencia de los textos impresos”, escribe, “los textos digitales son ontológicamente intangibles y están separados de las dimensiones física y mecánica de su soporte material, sea el ordenador o el e-book (u otros dispositivos, tales como la PDA), el iPod o el teléfono móvil”.

Esto es importante, dice, porque “la materialidad importa”. La experiencia de lectura incluye actividades manuales y percepciones hápticas (lo que la piel, músculos y articulaciones  registran), de modo que las actividades y las percepciones de ese tipo cambian según la experiencia de lectura porque  el objeto, la experiencia de lectura, también va a cambiar.

Las diferencias entre la pantalla y el papel son más profundas que su materialidad física. También se refieren a la relación que el lector tiene con ellos. Para Mangen, una diferencia fundamental radica en la naturaleza de la inmersión en los “mundos” de la pantalla,  distinta de la tecnología que la facilita. En otras palabras, el ratón y los auriculares facilitan la entrada en el mundo visual, pero no son partes constitutivas del mismo. “En contraste”, explica, “consideremos  el sentido de estar inmersos en un mundo de ficción que es en gran medida el producto de nuestro propio mundo mental ( habilidades cognitivas para crear esa ficción) y virtual (en el sentido figurado de la palabra) a partir de  representaciones simbólicas- el texto, ya sea de índole lingüística o multi-modal, digital o impreso- dispuestas por medio de cualquier plataforma tecnológica”.  Los libros no tienen herramientas para ayudar a los lectores a completar ese mundo ficticio, de modo que lo hacen con sus propias mentes.

Es una formulación densa, pero todo se reduce a las características físicas y técnicas que “perturban” o no  la inmersión típica que supone leer una novela (en oposición a la inmersión típica de un vídeojuego). Comparemos el clic del ratón con girar la página. Pasar la página es tocas literalmente lo que lees. Hacer clic en el ratón es un toque instrumental del dispositivo a través del cual se suministra algo intangible. Uno lee un libro, pero no lee una pantalla de ordenador. Leemos un texto a través de la pantalla. Pasamos  una página, que forma parte de un libro, pero hacer clic en un ratón o tocar un icono de la pantalla no forma parte del “libro” que estamos leyendo. “El texto digital no tiene ninguna sustancia material”, carece de existencia táctil, por lo que no hay ninguna (hápticamente) percibida con la pantalla.

Uno de los efectos, sostiene Mangen , es que el texto digital hace que leamos “de una manera más superficial, menos centrada”. Hay otros efectos, pero éste es de mayor alcance. Mientras que la lectura “superficial” a través de o en la pantalla sirve para fines bien determinados, cuando se trata de leer textos complejos y de interpretar, analizar o incluso  resumir,  es necesaria una lectura más lenta y profunda.

***

Anne-Mangen

La propia Anne Mangen, que pertenece al National Centre for Reading Research and Education de la Stavanger University,  concedió una entrevista el verano pasado sobre este mismo asunto.

Mangen insiste en que no es amiga de etiquetas y que le parece difícil ponerle una a este supuesto campo de estudio, ” porque dudo de que una sola palabra sea capaz de indicar la complejidad del proceso de forma precisa y útil “. En ese sentido, añade, “el término lectura ya es un término bastante  general que cubre una gama de procesos muy diferentes en cuanto a diferencias cognitivas y niveles de percepción, realizadas bajo situaciones diferentes, con gran número de materiales textuales distintos. Y también con material no textual, como cuando se habla de leer la cara o leer el siguiente movimiento en una partida  de ajedrez. Cuando se habla de la lectura siempre se sigue la obligación de ofrecer conceptos más precisos y concretos para aclarar de qué aspectos del proceso de lectura y de qué experiencia estamos hablando, y este requisito no es diferente si se lee en papel o en pantalla (o en cualquier otro dispositivo). “

Asimismo:  “Creo que la principal dicotomía es la que hay entre la lectura en pantalla y la  lectura de lo impreso y entonces hemos de emplear aclaraciones y  especificaciones add-on y ad hoc referidas a estos conceptos generales, como por ejemplo lectura de desplazamiento e hipertextual, para los casos de lectura de pantalla, y pasar la página, para la lectura de lo impreso”. Es decir, ambos son dos tipos de lectura, de modo que  más que decir que hay dos realidades (“reading” y “screening”) lo que necesitamos es diferenciar lo que cada uno significa. En todo caso, “el cambio actual del papel a la pantalla representa un profundo cambio literario, de cuyas implicaciones  –a corto plazo y, en particular, a largo plazo – no somos todavía conscientes”.


Lecturas recomendadas:

1. Our Own Devices: How Technology Remakes Humanity (Vintage, 2004), de Edward Tenner

2. Proust and the Squid. The Story and Science of the Reading Brain (Harper, 2007), de Maryanne Wolf , donde se lee

“(…)

Este libro cuenta la historia de la lectura cerebral (reading brain), en el contexto de nuestra evolución intelectual. Esa historia está cambiando ante nuestros ojos y bajo las puntas de los dedos. Las próximas décadas serán testigos de transformaciones en nuestra capacidad para comunicarnos, a medida que establezcamos nuevas conexiones en el cerebro que impulsarán nuestro desarrollo intelectual de una manera nueva y diferente. Sabiendo lo que la lectura exige de nuestro cerebro y cómo contribuye a nuestra capacidad de pensar, sentir, inferir y comprender a otros seres humanos, resulta muy importante ahora mismo  la transición de una lectura cerebral a otra cada vez más digital. Llegar a comprender cómo la lectura ha evolucionado históricamente, cómo la adquiere un niño,  y cómo  ello reestructura  las columnas biológicas de su cerebro, puede arrojar nueva luz sobre nuestra maravillosa complejidad como especie letrada. Esto pone en relieve lo que puede suceder en la evolución de la inteligencia humana, y las opciones a las que podríamos enfrentarnos en la configuración de ese futuro”.

Por lo demás, Maryanne Wolf citaba en aquel libro un texto aparecido poco antes en The New York Times, text0 firmado por el historiador de la tecnología Edward Tenner. Entre otras cosas, éste decía:

“Hablar de declive ya era algo habitual en el mundo académico incluso en 1898, cuando los tradicionalistas criticaban a Harvard por haber eliminado el requisito del griego  para quienes deseaban matricularse.  Pero hoy en día hay un nuevo giro en la historia: ¿Están los motores de búsqueda haciendo que los estudiantes actuales  sean más tontos?” Tenner citaba distintos trabajos que demostraban la pérdida de nivel, como por ejemplo “que el número de graduados universitarios capaces de interpretar hábilmente textos complejos se hubiera reducido desde 1992 del 40 por ciento al 31 por ciento”.  Además, como indicaba el responsable de ese estudio,  Mark S. Schneider,  “lo preocupante es que la evaluación no está diseñada para poner a prueba su comprensión de Proust, sino su capacidad para leer las etiquetas.”

¿Y cuál ha sido el gran cambio de los últimos tiempos?, se preguntaba Tenner:   la Web. “A partir de la década de 1990,  escuelas,  bibliotecas y  gobiernos optaron por Internet como promesa para el acceso universal a la información. Y en el centro de sus esperanzas de un avance cultural y educativo estaban los extraordinariamente eficientes motores de búsqueda”. De hecho, de forma modesta, Google declara que su misión es “organizar la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil”. “Sin embargo, la comodidad puede ser parte del problema. En los primeros días de la Web, el motor de búsqueda más importante era AltaVista. Para usarlo, un investigador tenía que aprender cómo construir una  búsqueda, por ejemplo, como poner “Engelbert Humperdinck y no  Las Vegas” para buscar al compositor de ópera y no al cantante contemporáneo. Se necesitaba práctica para obtener resultados utilizables. Ahora, gracias a la brillante programación, una simple consulta por lo general produce una primera página que por lo menoses  adecuada – “satisfactoria”, que diría  el economista Herbert Simon”.

“¿Siente curiosidad por el campo académico de la “historia mundial” (world history)? Un neófito encuentra poca ayuda si escribe  “historia mundial” en Google. Cuando lo intenté, el único artículo sobre el campo de la historia mundial  fue el de la Wikipedia, no apareció hasta la quinta pantalla y era breve y excéntrico (…).”. Por supuesto, hemos de añadir que Tenner escribió ese texto en 2006 y que las cosas han cambiado mucho. Él sólo obtuvo resultados significativos en la séptima pantalla y se refería a la red de sitios  financiados por el National Endowment for the Humanities.

Muchos estudiantes, añade Tenner,  parecen carecer de las habilidades necesarias para encontrar información útil de forma rápida. En 2002, a un grupo deestudiantes graduados de la Universidad de Tel Aviv se les pidió que encontraran en la web, sin límite de tiempo, una imagen de la Mona Lisa, el texto completo de   “Robinson Crusoe” o “David Copperfield” y una receta de pastel de manzana acompañada por una fotografía. Sólo el 15 por ciento logró las tres cosas.  Hoy en día, Google puede haber acelerado estas tareas, pero el malestar persiste. En el boletín de febrero de 2006 de la American Historical Association, el bibliotecario Lynn D. Lampert anota que las prácticas de investigación de los estudiantes  están “mal concebidos” (o con frecuencia son inexistentes). En palabras de otra bibliotecaria, Pamela Martin:  “la simplicidad de Google y sus impresionantes proezas a la hora de buscar hacen creer a los estudiantes  que son buenos para hacer cualquier tipo de consulta, y cuando fracasan al buscar algo en la biblioteca, quedan avergonzados y confundidos”.

Hay dos maneras de proceder. Quienes poseen contenidos de alta calidad deberían aprender a posicionarse mejor en los buscadores. Y Google puede hacer más para educar a los usuarios sobre el poder  de sus opciones de búsqueda avanzada. Sería una vergüenza que una tecnología tan brillante acabara amenazando al tipo de inteligencia que la produjo.

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Los grandes maestros del pensamiento francés

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 8, 2009

Este blog ha sobrepasado estos días los cien mil hits, pero no vamos a recapitular, ni siquiera rendiremos homenaje, como debiera ser, al recién desaparecido Lévi-Strauss. Muchos otros lo han hecho. Por ejemplo: NYTLe MondeLe FigaroAFPGuardianWash PostBloombergLATWSJOpen DemocracyLondon TimesAtlanticAPTelegraphIndependentForbes y un largo etcétera

Nos detendremos en los azares del destino, en los que no tiene cabida curiosamente Lévi-Strauss.

A finales del pasado año, la editorial alternativa Brumaria presentaba Pequeño panteón portátil, la obra que acababa de publicar en francés Alain Badiou. Ahora, con mayores medios, sale una nueva versión a cuenta de FCE.  Así que hemos de concluir que Badiou está de suerte, no en vano la editorial argentia Bestia Equilátera le acaba de reeditar su El concepto de modelo (1969);  o quizá sea que ya no quedan maestros como esos a los que rinde homenaje: Althusser, Borreil, Canguilhem, Cavaillès, G. Châtelet, Deleuze, Derrida, Foucault, Hyppolite, Lacan, Lacoue-Labarthe, Lyotard, F. Proust, Sartre. Badiou es consciente de esa escasez, pues considera que el “momento francés” por antonomasia transcurrió en la década de los sesenta, sobre todo en el lustro que va de 1963 a 1968.

Así concluye el prólogo:

brumaria FCE Badiou

(…) conviene recordar qué es un filósofo. Recordarlo mediante el ejemplo de aquellos que en Francia (donde fueron más numerosos que en otros sitios) asumieron el alcance de ese vocablo en las últimas décadas. Hay que pedirles auxilio a ellos para limpiar y volver a sacarles lustre a las palabras en cuyo nombre, dificultosamente, y con una gran tensión del pensamiento, han propuesto aceptar incondicionalmente que hay que encontrar al menos una Idea verdadera y nunca ceder sobre sus consecuencias, aun cuando, como dice Mallarmé a propósito de Igitur, ese acto que nadie reclama sea “perfectamente absurdo, [salvo porque] el Infinito está al fin fijado”.

En suma, convoco a mis amigos, los filósofos ya desaparecidos, como testigos de cargo en el juicio que el Infinito entabla contra los falsificadores. Ellos vienen a decir, a través de la voz que pronuncia su elogio, que el imperativo del materialismo democrático contemporáneo, “Vive sin Idea”, es a la vez vil e inconsistente. Estos textos tienen formas y destinos muy diferentes. Se trata en todos los casos de homenajes rendidos a grandes espíritus, a menudo en ocasión de su desaparición, o de un aniversario de esa desaparición, o de un coloquio dedicado a ellos. Pero estos homenajes van desde el artículo breve a la larga meditación, y esa diferencia no tiene aquí ningún tipo de sentido jerárquico. Por lo demás, las últimas páginas, “Origen de los textos”, indican no sólo la fecha y la procedencia de estos pequeños escritos, sino también algunos datos complementarios sobre mi relación intelectual con los filósofos de los que hablo.

Aunque algunos fueron maestros de mi juventud, de ninguno de ellos diría hoy que lo sigo sin reservas en su construcción. A algunos estuve ligado por una  amistad, con otros tuve algunas querellas. Pero estoy feliz de decir aquí que, frente a los brebajes que hoy nos quieren hacer tragar, a estos catorce filósofos muertos, bueno, los quiero a todos. Sí, los quiero.

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Hobsbawm: revueltas y rebeldes

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 2, 2009

El portal La vie des idees tradujo hace unas semanas una entrevista realizada a E.H. Hobsbawm el pasado mes de abril.

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La Vie des Idées: En su calidad de intelectual comprometido, ha conocido a lo largo de su vida muchas situaciones de crisis y de revueltas populares. Usted estaba en España durante la Guerra Civil, ha observado los movimientos sociales en España e Italia en la década de 1950 y estaba en la década de 1960 en Cuba cuando la guerrilla revolucionaria. ¿Influyeron estos acontecimientos en sus primeras investigaciones sobre los rebeldes; cómo?

Eric Hobsbawm:  obviamente me influyó la experiencia del tiempo que me tocó vivir, incluso en la elección de temas de investigación. Es evidente que alguien cuya politización se produjo en la Alemania de la Gran Depresión y que llegó poco después a Inglaterra para asistir a las marchas contra el hambre o a la movilización de los desempleados no puede sino desarrollar interés por estas cuestiones.

También quiero añadir que cuando me uní al ejército, serví en una unidad de reclutas de la clase obrera. Aprendí mucho de la experiencia vital de mis compañeros. Pero realmente escogí  mis investigaciones en la década de 1950 a partir lo que había aprendido en mis viajes y de mis esfuerzos por repensar mis inclinaciones políticas. Como traté de explicar en mi autobiografía, también procede en gran medida de mi descubrimiento de la naturaleza de la política popular de la Italia de los cincuenta. De ahí mi interés por el pensamiento y la práctica políticas de personas que aún no habían adquirido el vocabulario moderno de la acción política, con su su sintaxis y gramática, sus instituciones y sus formas, pero que tenían su propia forma de expresar sus aspiraciones, de luchar, de protestar y de tratar de que tuvieran éxito. Empecé a pedirles a mis amigos italianos que me aconsejaran algunas lecturas,   por ejemplo  el estudio de Benedetto Croce  dedicado a la política napolitana. Otros temas similares me llamaron la atención. Fue así como comencé a escribir mis primeros estudios sobre la política “prepolítica”.

Al mismo tiempo, me di cuenta de que estas investigaciones abrían una nueva perspectiva sobre mi concepción convencional de lo que era la política popular, es decir, los partidos políticos y las organizaciones. En ese momento  pensaba que la única forma de hacer política era la moderna, y sin embargo era diferente de la que había en las mentes de muchas de aquellas personas. Es esta tensión y esta confluencia de dos tradiciones diferentes lo que captó mi interés. Se decía que en algunas regiones de Italia las personas vivían a la vez en la época de Lutero y en la de Lenin. Esta diferencia me fascinó. Mi interés por estos asuntos se acrecentó desde entonces,   especialmente por la relación con las formas primitivas que se han asociado al bandidaje social. Pero esto, como ustedes saben, ha sido ampliamente discutido y no necesariamente aceptado.

La Vie des Idées: ¿Diría usted que,  en la época de sus primeros compromisos políticos en la Inglaterra de los años 1930 y 1940, era una especie de francotirador o incluso un “rebelde”? ¿Hay un vínculo entre su vida y la atención que siempre ha mostrado por la gente fuera de lo común (“uncommon people“)?

Eric Hobsbawm: No creo que haya una relación personal de este tipo. En realidad, comencé a descubrir a las figuras marginales de la sociedad durante la ocupación de Alemania tras la guerra, cuando conocí a todo tipo de personas que en cierto modo no habían estado implicadas yque se encontraban en el escalón más bajode la escala social, las mujeres por ejemplo. No estoy interesado en los bajos fondos, ni en personas de baja estofa que sólo estaban parcialmente integradas en la sociedad tradicional y actuaban en sus márgenes, sino en los que componen la mayoría de la población: campesinos, poblaciones urbanas, etc. Yo añadiría que hay que distinguir estos grupos que se sabían y pensaban como marginales, como los gitanos y, en cierta medida, los judios, que funcionaban como sociedades “esteriores” y tenían sus propias normas. Vivían en una especie de simbiosis con la sociedad porque desempeñaban su rol,  pero no eran menos diferentes y no reconocidos. Deliberadamente decidí no centrarme  en esos grupos o fenómenos, excepto en  la música popular como el jazz, que creció y se desarrolló en los márgenes. En este sentido, me he podido interesar por los márgenes, pero fue un ángulo de análisis histórico distinto al análisis de las revueltas primitivas.

Escribir la historia de la revuelta

La Vie des Idées: Al principio de su carrera era  más conocido como historiador de la clase obrera británica. Sin embargo, su enfoque era diferente del de  la historia obrera entonces dominante. Usted no se orientaba hacia el estudio de los sindicatos o partidos políticos, sino que fijaba su mirada particular en la estructura de la clase obrera y en grupos más pequeños,  como los rebeldes de “Capitán Swing”  o a los que destruían las máquinas. ¿Había ahí una manera de estudiar los “márgenes” de la historia de la clase obrera?

Eric Hobsbawm: Sí y no. Tiene razón al decir que no tenía gran simpatía por la historia tradicional de la clase obrera, que era una historia de las organizaciones  y sobre todo una especie de historia evolutiva, diciendo que  las organizaciones mejoran con el paso del tiempo. Era una historia de los líderes, las organizaciones, los programas. Yo estaba más interesado en cómo los trabajadores se organizaban ellos mismos dentro de los sindicatos, y en su caso en las organizaciones. Por ejemplo, uno de mis primeros estudios se centraba en cómo los trabajadores organizaron su propia migración laboral, a imagen de los artesanos ambulantes o trabajadores desempleados que fueron de un lugar a otro en busca de trabajo . ¿Cómo se organizaron? No lo estaban de forma centralizada, pero desarrollaron redes y acuerdos dentro de su propia organización. En cierto sentido, esta cuestión no sólo concierne a los trabajadores, que tenían conciencia política  y que eran los actores de esos movimientos, sino también a los que se quedaron fuera. Creo que mi propia contribución a la historia del trabajo fue, a través de estos estudios,  mostrar cómo estos fenómenos se desarrollaron realmente en el fondo, y no desde una  historia de fechas, grandes hombres o batallas.

La Vie des Idées: ¿Cuáles eran sus relaciones con otros historiadores británicos como Edward P. Thompson, por ejemplo, en los años 1950 y 1960?

Eric Hobsbawm: Intenté encontrar mi sitio dentro de una generación de historiadores que, en conjunto, han transformado la enseñanza y la investigación histórica entre la guerra y la década de 1970. La mayoría de ellos trabajaban en el intento de casar  su formación como historiadores con los descubrimientos y los conocimientos de las ciencias sociales. La mayoría también trabajaba en las transformaciones dinámicas de la sociedad, lo que explica la importancia que le daban  a la discusión sobre la transición del feudalismo al capitalismo. Compartía en gran parte a estas preocupaciones, pero también y al mismo tiempo había otro aspecto que me interesaba y que, muy a menudo, era inseparable del interés por la historia de la gente de abajo. No me inspiraba tanto en Marx como en a autores como Georges Lefebvre y, de una manera especial,  Gramsci, por su trabajo sobre las clases subalternas. Para mí fue una gran iluminación ver estas clases como un grupo de personas que buscaban una manera de ser una realidad en la sociedad, que la sociedad no reconocía y que ellos mismos no reconocían todavía . Por tanto, yo también me centré en la lógica y la coherencia, tanto en ideas como en acciones,  de esta gente de abajo.

La Vie des Idées: ¿Qué análisis hacía de la “racionalidad” de los rebeldes que abordó en sus estudios iniciales?

Eric Hobsbawm: Sigo creyendo que es necesario un enfoque en términos de “elección racional”  para entender estos fenómenos. Los actores se las ven con su propia coherencia lógica. Lo importante para el historiador es descubrir por qué tiene sentido para ellos actuar como lo hacen. Por ejemplo, ¿por qué los agricultores que ocupan tierras comienzan inmediatamente a ararlas, en lugar de limitarse a ocuparlas? Lo hacen porque creen que es imposible poseer la tierra  sin trabajarla. Así,  a menos que se mantenga el derecho a trabajar la tierra nadie la podrá poseer. Mi reflexión vincula esto a una larga tradición académica de pensamiento político, que se remonta a John Locke y otros, pero va más allá e intenta ver qué sentido tiene para la gente de abajo.

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De la historia de la clase obrera a los Estudios Subalternos

La Vie des Idées: Desde la década de 1980  su trabajo se ha centrado cada vez más en las grandes síntesis históricas, las revoluciones, el nacionalismo o los imperios. Al mismo tiempo, los Estudios Subalternos han propuesto renovar la escritura de las vidas de la gente común. Algunos de los fundadores de este movimiento han criticado el hecho de que haya caracterizado las revueltas de los campesinos como “prepolíticas” y consideran que esa posición revela un punto de vista “occidental”. ¿Qué piensa usted de esta crítica, y de cómo ha sido discutido su trabajo desde la década de 1960?

Eric Hobsbawm: Los investigadores de los Estudios Subalternos formaban parte originalmente de la misma tendencia, el marxismo indio. Se hicieron críticos, y opino que muy críticos, porque privilegian en exceso las hipótesis y modos de acción de la cultural tradicional. Minimizan el papel de las transformaciones económicas y sus consecuencias sobre las clases sociales. Trataron de transformarlas en una versión diferente de la rebeldía primitiva. Mi crítica es que si bien estaban en lo cierto, en la práctica,  al establecer que estas personas aunque apoyaban al Partido Comunista de la India no lo hacían de una manera ortodoxa, en cambio yo percibí desde el principio los límites de esta forma de protesta y rebeldía, que era muy real, pero que era en el mejor de los casos un poder muy negativo, no positivo, de transformación. El ejemplo más obvio que conozco es el del Perú de los años 1960 y 1970, donde, de hecho, una serie de revueltas populares y de ocupación de tierras por las comunidades campesinas destruyeron prácticamente el sistema latifundista. En cierto momento, el sistema simplemente dejó de existir, pero estas comunidades rurales no pudieron hacer nada más, porque eran incapaces de coordinarse. La escasa coordinación que pueda existir debe proceder de otros lugares. En Perú, en aquel momento, provenía de un grupo de generales políticamente progresistas. Una razón de mi compromiso con el comunismo era el enorme poder de los partidos comunistas como organizaciones, que eran capaces de reunir a las fuerzas sociales y  hacerlas fuerzas activas en la historia, al menos antes de ponerse encima y borrarlas, pero ésa es otra historia…  Mi crítica fundamental a los Estudios Subalternos  no es tanto a sus descubrimientos como a sus implicaciones políticas.

La Vie des Idées:Algunos se quejan de que los rebeldes parecen haber desaparecido de sus trabajos posteriores. A veces se tiene la impresión de que el análisis de las principales fuerzas políticas y económicas que han marcado la historia, a lo que dedicó varios libros, es difícil de combinar con una atención especial a los disidentes y los que protestan. ¿Es ésta una falsa impresión o es realmente difícil escribir grandes síntesis históricas  incluyendo las ideas y prácticas de los dominados?

Eric Hobsbawm: Ante todo, debemos ser conscientes de que lo que llamamos revuelta y rebelión son categorías inventadas por los poderosos. Para aquellos que no lo son, eso no es necesariamente una rebelión,  es tal vez la afirmación de derechos y reivindicaciones. Por tanto, la definición de lo que constituye una rebelión o revuelta es algo que se hace desde arriba.  Yo añadiría que alguien dijo una vez que la mayoría de las revueltas campesinas de la Rusia del siglo XIX se resumen  en la solemne multitud de campesinos reunidos en la plaza del pueblo arengados  por los policías. Y nada más!

El concepto de rebelión o de revuelta, como tal, puede ser reapropiado por un grupo de revolucionarios, de rebeldes o de progresistas. Ferrer i Guàrdia dijo: “Yo no soy un revolucionario, soy un “rebelde “. Así que creo que prefiero abandonar el término rebelión o revuelta y hablar de movimiento de  afirmación de los derechos o de manifestaciónde reivindicación de derechos.

¿Cómo se producen estos movimientos? Tradicionalmente, durante el período que más me interesa, rara vez eran espontáneos: se constituían en el seno de una matriz de las convenciones y de hipótesis sobre la forma en la que las personas se debían de comportar entre ellas  y siempre dependían en cierta medida de una forma de estructura de decisión y de consejo. En los movimientos campesinos y aldeanos, incluso en su forma más primitiva,  se reunían y discutían acerca de cómo decidir y actuar. Por ejemplo, en el siglo XX en los Balcanes se reunían alrededor de la oficina de correos para discutir las novedades. En ausencia del alcalde del pueblo o de otra persona importante, se recurría al consejo del maestro, quien podía tener una posición central en la formación de la opinión y,  llegado el caso,  en la acción. En el nivel más bajo, este papel era asumido por el zapatero. En estas condiciones, usted debe entender que incluso estos movimientos llamados “espontáneos”  están en realidad estructurados. En la Francia del siglo XVIII, por ejemplo, la “taxation populaire“  no fue algo que sucedió de repente. Había formas de hacerlo, ya sabe cómo debía hacerse. Las mujeres ocuparban un lugar importante, era parte de su función.

El análisis debe hacerse en el nivel macro: ¿hasta qué punto estos movimientos son eficaces a gran escala? Tal vez deberíamos tener en cuenta los factores negativos;  que luego pueden recaer en las cosas espontáneas. Tomemos el ejemplo de la deserción militar, que es una forma de acción negativa, pero que puede revelarse también una forma de acción muy importante. ¿Cuándo se desintegra un ejército? Realmente no lo sabemos y sólo podemos especular. Sabemos cuándo hay resistencia al reclutamiento en el país  donde se introduce el servicio militar universal, y la cantidad de gente que trata de evitarlo, pero no necesariamente sabemos hasta qué punto puede afectar la acción negativa, en tiempo de guerra, de las personas que se niegan a entrar en combate. Creo que es a través de estas formas negativas que lo que llamamos revueltas populares manifiestan su mayor importancia histórica. Para que una acción positiva sea posible es necesario que en cierta medida esté  controlada y dirigida, oficialmente o no,  por grupos acostumbrados a actuar a escala estatal o nacional.

¿Quiénes son los rebeldes de hoy?

La Vie des Idées: Las formas de la rebelión sobre las que trabajó en la década de 1960 no parecen haber desaparecido. La globalización, como la industrialización en el siglo XIX, ha dado lugar a numerosas acciones de protesta, como la ocupación de tierras, tomar como  de rehenes a empresarios por parte de los  trabajadores amenazados de despido, manifestaciones, etc. Estas prácticas son descritaz  a veces como “primitivas”, ¿pero no son una forma moderna de contestar las desigualdades sociales producidas por la globalización?

Eric Hobsbawm: En primer lugar, la tradición de la acción política proviene del desarrollo de la política popular moderna, por ejemplo la transformación gradual de la forma de las manifestaciones clásicas  en manifestaciones sistemáticas institucionalizadas, ya sean mítines o formas de acción estructuradas. Pienso, por ejemplo, que una de las grandes ventajas de un país como Francia es que este tipo de acciones estructuradas integra el hecho de “salir a la calle”. Desde la Revolución Francesa, esta práctica forma parte del aprendizaje político de los individuos, educados en un país donde la política nacional ha tomado una forma jacobina,  republicana,  y a continuación socialista.

Al otro lado del Canal, el movimiento sindical ha desarrollado sus propias técnicas de lucha, que no siempre han sido reconocidas como tales. El luddismo, por ejemplo, es una técnica que se utiliza a menudo para hacer más eficaz la huelga y los conflictos laborales en los casos en que no se puede hacer otra cosa. Se puede citar asimismo  la gran huelga general de 1842 en Inglaterra, que fue llamad “Plug Riots”, porque los huelguistas destapaban las máquinas de vapor.

De vez en cuando  surgen nuevas formas de acción . Por ejemplo, durante la Gran Depresión de la década de 1930 en Francia, Inglaterra y también en América, fue muy característica la ocupación de los lugares de trabajo, sobre todo fábricas. Hoy en día, secuestrar a los patronos es otra acción. No creo que tenga sentido clasificarlo como “primitivo” o “no-primitivo. Se trata de una búsqueda de nuevos modos eficaces de acción. Debo añadir que estas nuevas formas de acción vienen determinadas en gran medida por las circunstancias. Ahora tenemos nuevas circunstancias, que no estabanen el pasado, es decir, vivimos en una “sociedad mediática”. Conseguir dar a corto plazo la máxima publicidad a una acción y encontrar una nueva manera de hacerla es una forma perfectamente racional de expresar su punto de vista. En este caso, por ejemplo, puede que tomar al jefe como rehén  no tenga ningún efecto real sobre la distribución del poder, pero produce una enorme publicidad, atrayendo la atención de la opinión pública, al margen de que la publicidad sea buena o mala.

La Vie des Idées: Al final de su Historia del Siglo XX expresa su preocupación por “las fuerzas generadas por la economía técnico-científica [que] son lo suficientemente grandes como para destruir el medio ambiente”. Al comienzo de su último libro, Guerra y paz en el siglo XXI, parece preocupado por las cuestiones ambientales y la prioridad que los gobiernos le dan al crecimiento económico. ¿Cree usted que las cuestiones ambientales y la oposición al desarrollo científico-técnico son asuntos para una revuelta legítima?

Eric Hobsbawm: Éstos son temas centrales. Una de las razones por las que no soy muy optimista es que superan con mucho el ámbito de las políticas existentes. Estos problemas deben ser resueltos a nivel transnacional y, sin embargo, la política en su conjunto es la única área en la que la globalización no ha hecho ningún progreso significativo. El Estado-nación sigue siendo el único ámbito en el que es posible la acción política. Las organizaciones transnacionales están tratando de expandirse. Por ejemplo, el auge de las ONG es esencial, porque están estructuradas para poder actuar a nivel mundial. Los nuevos movimientos, encabezados principalmente por minorías importantes, han reconocido el potencial de las operaciones transnacionales, en gran parte a través de la revolución de las tecnologías de la comunicación. Se pueden citar muchos ejemplos: 1968 fue probablemente la primera vez en que las ideas se extendieron por doquier,  un poco como se extiende hoy el temor de una pandemia causada por la gripe. 1968 fue un ejemplo precursor,  que vino de México y triunfó en Occidente, para pasar luego a Praga y extenderse hacia el este. Fueron casi siempre movimientos espontáneos. En las últimas décadas, estas técnicas han sido utilizadas para organizar campañas mundiales, entre ellas “las campañas anti-globalización”, que en realidad dependen de la globalización. ¿Serán eficaces? No lo sabemos.

Por otra parte, una acción realmente eficaz sólo es posible si es  realizada por actores realmente transnacionales. Pero hoy en día aún no existen. La mayor esperanza es se establezcan acuerdos entre los principales agentes,  que no son muchos: el G20, los principales sindicatos, etc. Si pudieran ponerse de acuerdo para actuar al mismo tiempo, ciertas acciones podrían llevarse a cabo. No sabemos si pueden, pero que deben y deberían hacerlo es indudable.

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Entrevista realizada en París el 29 de abril de 2009. Transcripción de Feyrouz Djabali, traducción francesa de Sylvie Taussig.

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El futuro del libro, en un mundo digital

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 30, 2009

L’avenir numérique du livre“. Con este título retoma Roger Chartier en Le Monde sus análisis sobre los cambios que la revolución digital ha traído al mundo del libro. Veamos qué nos dice:

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Hagamos una prueba. Googleemos “Google”, es decir, escribamos esa palabra en el buscador del mismo nombre. La pantalla nos indica de inmediato que el número de resultados asciende (en castellano) a más de dos mil millones. Si no nos preocupa el sacrilegio,  volvamos a intentar la operación con el término  “dios”:  el número de posibilidades se reduce ahora a 67 millones (esta versión del texto de Chartier, que lógicamente da cifras distintas atendiendo a la versión francesa del buscador, se compuso el 26 de octubre de 2009 y, por tanto, el cómputo variará cuando esta entrada se publique o lea).

La comparación es suficiente para entender por qué, en los últimos meses y semanas, todas las discusiones sobre la creación de colecciones digitales se han visto sacudidas por los incesantes esfuerzos de la compañía de California. El más reciente, como se anunció hace unos días en la Feria del Libro en Frankfurt, es el lanzamiento de Google Edition (su librería digital de pago), que explota comercialmente algunos de los recursos acumulados en Google Books.

La obsesión “googleana”, aunque legítima,  no puede hacernos  olvidar algunas de las preguntas fundamentales que plantea la conversión digital de textos existentes en una materialidad diferente, ya sean impresos o manuscritos. En esta operación radica el fundamento mismo de la creación de colecciones digitales,  que permiten un acceso a distancia a los fondos conservados en las bibliotecas.

Sería de tontos considerar inútil o peligrosa esta extraordinaria oportunidad que se le ofrece a la humanidad. “Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”, escribió Jorge Luis Borges, y ésa es la misma satisfacción inmediata que produce la nueva Babel digital . Todos los libros al alcance de cualquier  lector, esté donde esté: el sueño es hermoso, con la promesa de acceso universal a los saberes y a la belleza.

No hay que perder la razón. La transferencia del patrimonio escrito de una materialidad a otra no carece de precedentes. En el siglo XV, la nueva técnica de reproducción de textos se puso masivamente al servicio de los géneros que dominaban la cultura del manuscrito:  manuales de escolástica, libros litúrgicos, compilaciones enciclopédicas, calendarios y profecías.

En los primeros siglos de nuestra era, la invención del libro que sigue siendo el nuestro, el códice, con sus hojas, sus páginas e  índices, acogió en un nuevo objeto las escrituras cristianas y las obras de autores griegos y latinos. La historia no enseña lección alguna, a pesar de lo que se dice,  pero en ambos casos muestra un hecho esencial para entender el presente, a saber:  un “mismo” texto ya no es el mismo cuando cambia el soporte en el que se inscribe, del mismo modo que se modifican  las maneras de leer y el sentido que le atribuyen sus nuevos lectores.

En las bibliotecas lo saben, incluso aunque en algunas de ellas hayan tenido o todavía tengan la tentación de alejar de los lectores,  a veces de destruir, los objetos impresos cuya conservación parecía asegurada por la transferencia a otro soporte: el microfilm y la microficha de antes, el archivo digital de hoy. En contra de esta mala política, no hay que olvidar que proteger, catalogar y hacer accesibles  (y no sólo para los expertos en bibliografía) los textos en las formas sucesivas o alternativas que han permitido a los lectores leerlos en el pasado, y en un pasado reciente, sigue siendo una tarea fundamental para las bibliotecas -y la justificación principal de su existencia como instituciones y lugar de lectura.

Suponiendo que los problemas técnicos y financieros de la digitalización hayan sido resueltos y que toda la herencia escrita se pueda convertir a formato digital, la preservación y divulgación de los soportes anteriores seguirían siendo necesarias. De lo contrario, la “extravagante felicidad” prometida por esta biblioteca de Alejandría finalmente realizada nos supondrá pagar un alto precio por la amnesia de esos pasados que hacen que las sociedades sean lo que son. Tanto más cuanto que  la digitalización de los objetos de esa cultura escrita que es todavía la nuestra (el libro, la revista, el periódico) requiere un cambio mucho mayor que el que implicó la migración de textos del rollo al códice. A mi parecer, la clave está en  la profunda transformación de la relación entre el fragmento y la totalidad.

Al menos hasta hoy, en el mundo electrónico, es la superficie iluminada de la pantalla del ordenador la que da a leer los textos, todos, cualquiera que sea su género o su función. Se rompe así la relación que, en todas las culturas escritas previas,  vinculaba estrechamente objetos, géneros y usos. Es esta relación la que organiza las diferencias, percibidas de forma inmediata, entre los diferentes tipos de publicaciones impresas y las expectativas de sus lectores, guiados en el orden o el desorden de los discursos por la materialidad misma de los objetos que los transportan.

Y es esta misma relación la que hace visible la coherencia de las obras,  imponiendo la percepción de la identidad textual,  incluso a quien sólo quiere leer unas pocas páginas. En el mundo de la textualidad digital, los discursos ya no están inscritos en los objetos, que permiten clasificarlos, jerarquizarlos y reconocerlos en  su propia identidad. Es un mundo de fragmentos descontextualizados, yuxtapuestos, de una recomposición indefinida, sin que sea necesario o deseado comprender  la relación que los inscribe en la obra de la que han sido extraídos.

Se puede objetar que esto siempre ha sido así en la cultura escrita, amplia y durablemente construida a partir de recopilaciones de extractos, de antologías de lugares comunes  (en el sentido noble que se le daba en el Renacimiento), de fragmentos escogidos. Ciertamente. Pero, en la cultura de la imprenta, el desmembramiento de los escritos va acompañado por su contrario: su circulaciónen en las formas que respetan su integridad y que, a veces,  las reúnen en las “obras”, completas o no. Además, en el propio libro, los fragmentos están necesariamente, materialmente, relacionados con una totalidad textual,  reconocible como tal.

Son varias las consecuencias que se derivan de estas diferencias fundamentales. La idea misma de revista se torna incierta, cuando la consulta de los artículos ya no está vinculada a la percepción inmediata de una lógica editorial que se hace visible en la composición de cada número, sino que se organiza mediante un orden temático de secciones. Y es cierto que las nuevas formas de lectura, discontinuas y segmentadas, socavan las categorías que rigen la relación de los textos y obras, designados, pensados y apropiados en su singularidad y coherencia.

Son precisamente estas propiedades fundamentales de la textualidad digital y de la lectura frente a la pantalla lo que el proyecto comercial de Google intenta explotar. Su mercado es el de la información. Los libros, como otros recursos digitalizables,  constituyen un enorme filón  a explotar. Como declaró Sergey Brin, co-fundador de la empresa: “Hay una cantidad fantástica de información en los libros. A menudo, cuando hago una búsqueda, lo que encuentro en un libro es cien veces superior a lo que puedo encontrar en la red”. De ahí la percepción inmediata e ingenua de cualquier libro, de cualquier discurso como base de datos que proporciona “información” a quienes  la buscan. Satisfacer esta demanda y obtener provecho de ello es el primer objetivo de la compañía de California, y no construir una biblioteca universal a disposición de la humanidad.

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Por otra parte, parece que Google  no está  bien equipada para hacerlo, a juzgar por los muchos errores de datación, clasificación e identificación producidos por la extracción de datos, y observados con ironía por Geoffrey Nunberg en The Chronicle of Higher Educación el pasado agosto. Para el mercado de la información, estos errores son secundarios. Lo que importa es la indexación y la clasificación de datos, así como las palabras clave y temas que permiten ir más rápido con los documentos que ofrecen “más posibilidades”.

Este gran descubrimiento de un nuevo mercado, siempre en expansión, y los progresos técnicos que le dan a Google un cuasimonopolio sobre la digitalización en masa,  han asegurado un gran éxito y copiosos beneficios a esta lógica comercial. Ésta supone la conversión electrónica de millones de libros, tomados como una inagotable mina de informaciones. Por tanto, ello exige no sólo acuerdos pasados o futuros con las grandes bibliotecas del mundo, sino también, como hemos visto,  un enorme esfuerzo de  digitalización, poco preocupado por el respeto a los derechos de autor, y la creación de una gigantesca base de datos, capaz de absorber más y archivar  las  informaciones personales de los internautas que utilizan los muchos servicios ofrecidos por Google.

Todas las controversias actuales derivan de este primer proyecto. Así,  las demandas judiciales de algunos editores (por ejemplo, La Martinière) por la reproducción y difusión ilegales de obras cuyos derechos les pertenecen, o el acuerdo entre Google y la Asociación de Editores y la Sociedad de autores estadounidenses, que prevé compartir las tasas percibidas por el acceso a los libros con derechos de autor (37% para Google, el 63% para quienes tiene los derechos). Este “settlement” preocupa al Departamento de Justicia, ya que podría constituir una posible violación de la ley antimonopolio, así  que el próximo 9 de noviembre el asunto se verá ante el juez de Nueva York encargado de retificar el acuerdo. Y luego está el lanzamiento espectacular de Google Edition, que es en realidad una librería digital de gran alcance destinada a competir con Amazon en la venta de libros electrónicos. Su constitución ha sido posible gracias al control que Google ejerce sobre cinco millones de libros “huérfanos”, todavía protegidos por derechos de autor pero cuyos editores o propietarios de los derechos han desaparecido, y por el acuerdo que legaliza a la postre las digitalizaciones piratas .

Representantes de la empresa americana recorren el mundo y los congresos para proclamar sus buenas intenciones:  democratizar la información, haciendo accesibles los libros disponibles,  remunerar adecuadamente a autores y editores, favorecer la legislación sobre los libros “huérfanos”. Y, por supuesto, la conservación “para siempre” de obras amenazadas por los desastres que afectan a las bibliotecas, como recuerda Serge Bryn en un reciente artículo del New York Times, donde se justifica el acuerdo presentado ante el juez por los incendios que destruyeron  la biblioteca de Alejandría y, en 1851, la Biblioteca del Congreso.

Esta retórica de servicio público y de democracia universal no bastan para eliminar las inquietudes que plantean las empresas de Google. En un artículo en The New York Review of Books del 12 de febrero y en un libro de inmediata aparición titulado The Case for Books : Past, Present and Future (PublicAffairs),  Robert Darnton convoca  a los ideales de la Ilustración para advertirnos contra la lógica del beneficio que gobierna las empresas de Google. Ciertamente, de momento hay una distinción clara entre obras de dominio público, que están disponibles gratuitamente en Google Books, y libros con derechos de autor, huérfanos o no, cuyos acceso y ahora compra en Google Edition son de pago. Pero nada garantiza que  la compañía, en situación de monopolio, no imponga en el futuro derechos de acceso o precios de suscripción considerables a pesar de la ideología de bien público y gratuidad que actualmente proclama. Ahora mismo, hay un vínculo entre los anuncios publicitarios, que proporcionan enormes beneficios para Google, y la jerarquía de la “información” que obtenemos con cada búsqueda en Google Search.

Es en este contexto  en el que hay que situar los debates generados por la decisión de algunas bibliotecas de encomendar la digitalización total o parcial de sus colecciones a Google, en virtud de un acuerdo o, lo que es menos habitual, de un concurso. En el caso francés, los acuerdos y debates abiertos afectan por el momento a  los libros de dominio público – que, como hemos visto, no protegen a los otros, escaneados en bibliotecas EE.UU.. ¿Debemos continuar por este camino?

La tentación es fuerte en la medida en que los presupuestos no permiten escanear ni mucho ni rápido. Para acelerar la puesta en línea, la Comisión Europea, los gobiernos y algunas bibliotecas han decidido que son necesarios acuerdos con socios privados y, por supuesto, con el único que tiene la matriz técnica  (por otra parte, mantenida en secreto) que permite digitalizaciones masivas. De ahí, las negociaciones,  prudentes y limitadas, entre la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) y Google. De ahí,  las discrepancias sobre la oportunidad de este modelo, tanto en Francia como en Suiza, donde el acuerdo firmado entre la Biblioteca cantonal y universitaria de Lausana y Google ha dado lugar a un serio debate (Le Temps, 19 de septiembre).

Conviene señalar  la diferencia radical que separa las razones, modalidades  y usos de las digitalizaciones de los propios fondos; cuando son llevadas a cabo por las bibliotecas públicas y la empresa de California, la prudencia está más que justificada  y podría o  debería llevarnos a no ceder a la tentación. La apropiación privada de bienes públicos, puestos a disposición de una empresa comercial,  puede parecer chocante. Además, en muchos casos, el uso de las bibliotecas de sus propias colecciones digitalizadas por Google (y aunque las obras sean de dominio público) está sujeto a condiciones que son inaceptables, como por ejemplo la prohibición de explotar los ficheros digitales durante  varias décadas o de fusionarlos con los de otras bibliotecas. Igualmente inaceptable es otro secreto: el de las cláusulas de los contratos firmados con cada biblioteca.

Son lógicas, pues, las reticenciassobre este tipo de asociación, por sus riesgos y consecuencias. En primer lugar, hay que exigir que la financiación pública de los programas de digitalización esté a la altura de los compromisos, necesidades y expectativas,  y que los Estados no descarguen sobre los operadores privados la responsabilidad de las inversiones culturales a largo plazo que les incumben. Por otra parte, hay que fijar las prioridades, sin pensar necesariamente que todo “documento” está destinado a ser digital, pues, a diferencia del filón de informaciones de Google,  se trata de crear colecciones digitales coherentes, respetuosas con los criterios de identificación y asignación de discursos que han organizado y organizan todavía la cultura y la producción impresa.

La obsesión, que puede ser excesiva e indiscriminada,  por la digitalización no debe ocultar otro aspecto de la “gran conversión digital“, por citar al filósofo Milad Doueihi, que es, probablemente con Antonio Rodríguez de las Heras, uno de los que insisten en la capacidad de las nuevas tecnologías para soportar formas de  escritura originales, libres de las restricciones impuestas tanto por la morfología del códice como por el régimen jurídico de los derechos de autor. Esta escritura del palimpsesto y polifónica, abierta y maleable, infinita y móvil, sacude las categorías que, desde el siglo XVIII, son el fundamento de la propiedad literaria.

Estas nuevas producciones escritas, digitales en principio, nos plantean ahora la difícil cuestión de su archivo y preservación. Debemos tener cuidado, incluso aunque  la urgencia inmediata sea decidir cómo y por quién debe hacerse la digitalización del patrimonio escrito, a sabiendas de que la “República digital del saber”,  por la que clama con tanta elocuencia el historiador norteamericano Robert Darnton, no debe confundirse con este gran mercado de la información en el que Google y otros ofrecen sus productos.

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La retórica de Obama

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 26, 2009

Se ha hablado mucho de la oratoria de Obama en estos últimos tiempos, hasta que el asunto ha acabado por entrar en el análisis más o menos especializado. El pasado mes de mayo, la revista Esprit dedicaba un artículo a analizar la retórica del presidente Obama. Ahora es Sciences Humaines la que ofrece todo un dossier a este asunto. Uno de los textos que contiene se titula Obama et le pouvoir des mots, escrito por Achille Weinberg.

Dice Weinberg que Barack Obama ha entrado en la historia gracias al poder de las palabras. Sus  grandes discursos políticos han conseguido catapultar a un joven senador negro de Chicago, desconocido en 2004, a jefe de la primera potencia mundial. El de Boston,  durante la Convención Demócrata de 2004, le convirtió una estrella nacional. Su discurso en Filadelfia, sobre  la raza en Estados Unidos,  es ya legendario. El de Chicago, en la noche de la elección a la presidencia, hizo estremecer al mundo. En todas esas ocasiones se las ingenió para impactar en las  mentes, inflamar los corazones, hacer que se derramaran  lágrimas y conmover incluso a los más reticentes. ¿Cuál es su secreto?

En primer lugar,  y  más allá de las palabras, debemos preguntarnos la relación entre el carisma personal de B. Obama y su capacidad de seducción. Encanto no se le pude negar: grande, guapo, con elegancia natural, una voz grave con un ritmo especial, una sonrisa tranquilizadora que inspira confianza. Virginia Sapiro,  profesora de ciencias políticas en Boston, dice que “siempre parece ser dueño de sí mismo. Es muy tranquilo, con una paz interior, algo que en un período de crisis es muy importante “. El carisma del personaje, asociado con la emoción colectiva de sus mítines, también podría explicar en parte la fascinación que despierta. Para contrarrestar estos efectos, hay que sentarse en una silla, quitar la imagen, apagar el sonido, obviar el estado de ánimo colectivo de sus mítines y  leer sus discursos. Está claro que la magia no desaparece,  aún nos hace temblar. Hay, pues, algo en el propio discurso.

Obama tiene la virtud de dar vida a sus ideas a partir de historias sencillas, emocionantes  y edificantes. La suya ante todo. En la convención demócrata de 2004, que lo dio a conocer a nivel nacional, comenzó contando la historia de su familia. La de su abuelo, un cocinero pobre, que soñaba con un futuro mejor para su hijo. Habla de su padre, nacido en Kenya, que estudió  y obtuvo una beca para estudiar “en un lugar mágico: Estados Unidos”. Evoca un encuentro con una mujer blanca,  su madre, “nacida en las antípodas, en  Kansas”. “Mis padres no sólo compartían un amor improbable, compartían su fe en las posibilidades de esta nación. Me dieron un nombre africano, Barack, que significa “bendición”,  porque creían en una América tolerante donde tu nombre no es una barrera para alcanzar el éxito”.  Un pequeño tour de force. En resumen, la clave es el sueño americano visto a través de una historia de vida. Se centra en la alianza entre negros y blancos (un “amor improbable”) en lugar de en su oposición, en la capacidad de América para ofrecer una oportunidad a todos. Un mensaje unificador y emocionate. ¿Cómo no conmoverse por padres que sueñan con una vida mejor para sus hijos? Un discurso que puede apelar a todas las generaciones, sea cual sea el origen, a todos los estadounidenses. En todos los discursos  sacó a relucir esas historias de vida. En Filadelfia, por ejemplo, habló de Ashley, una estudiante cuya madre tenía cáncer y carecía de cobertura sanitaria. Empezaba así: “hay una historia en particular que me gustaría ofrecerles hoy,  una historia que relaté cuando tuve el gran honor de hablar con motivo de la celebración del nacimiento del Dr. King en su parroquia, la Ebenezer Baptist de Atlanta. Trata de una joven, una mujer de 23 años, una mujer blanca llamada Ashley Baia, que trabajó en nuestra campaña en Florence, South Carolina…”

Estas historias las inscribe dentro de la “gran historia”.  ¿Cómo? Con una fórmula que consigue hacer desfilar la historia de Estados Unidos mejor que las fechas o los recuerdos propiamente históricos. En Chicago, la noche de su victoria, hizó temblar al público al referirse a la historia de Nixon Ann Cooper, una mujer de 106 años, que desafió el frío y la fatiga para ir a votar, porque sabía que el  “tiempo del cambio había llegado”.  “Nació sólo una generación después de que desapareciera la  esclavitud, un momento en el que no había coches por las carreteras ni aviones en el cielo, y cuando alguien como ella no podía votar por dos razones: porque era una mujer y por el color de su piel. Y esta noche pienso en todo lo que ella ha visto en América a lo largo de su siglo,  la angustia y la esperanza, la lucha y el progreso, los tiempos en que se nos decía que no podíamos, y la gente que siguió confiando en el credo estadounidense: Sí, podemos”.

Este proceso de desplazamiento que consiste en sustituir un nombre o una idea con una imagen gráfica es casi sistemático. Aquí se unen los procesos convencionales de la metáfora y la metonimia, que son una piedra angular de su retórica. Como ha señalado Christophe de Voogt,  cuando aborda cuestiones de ecología  “no hay cifras ni consideraciones eruditas sobre el calentamiento global” sino una evocación concreta: “Mientras hablamos, los coches en Boston y las fábricas en Pekín derriten la capa de hielo en el Ártico, reducen las costas en el Atlántico y traen la sequía a las granjas,  de Kansas a Kenia” (Berlin, 2008). Como ha indicado Piere Varrod, allí donde otro político habría dicho “vamos a incrementar la producción de electricidad a partir de nuevas fuentes de energía -solar, eólica, geotérmica”,   Obama dijo: “dominaremos el sol, el viento y el suelo”.

El arte de contraste es otro recurso retórico del que hace uso. Se trata de crear oposiciones simples y binarias para marcar los límites del debate. En su discurso ante el Senado para defender la reforma sanitaria, fue tajante: “El tiempo de la riña se ha terminado. El tiempo de los juegos ha pasado. Ha llegado el momento de actuar”.  Las críticas, las objeciones y  los debates se reducen a “riñas y juegos” que se oponen a la  “acción”. Este contraste crea una simplificación y una oposición binaria que tiene la ventaja de “marcar el terreno” creando dos alternativas claras (aunque en realidad siempre hay un mayor campo de posibilidades).

Charlotte Higgins ha hablado de  Obama como de un “nuevo Cicerón“. De hecho, más que de la retórica romana,  Obama es heredero de la tradición oratoria de los pastores negros  y de los grandes oradores de la historia americana (B. Franklin Roosevelt, John F. Kennedy). Sin embargo, ¿los trucos retóricos son suficientes para explicar su fuerza de convicción? Más allá de las técnicas retóricas, hay también un mensaje. Se basa en tres ideas fundamentales:

• La esperanza (hope) de un mundo mejor (incluso aunque el contenido de ese “mundo mejor” sea bastante vago);

• El cambio debe descansar en la capacidad del pueblo estadounidense de inventar lo imposible, una idea que resume en el lema: “Yes, we can”;

• Este cambio se basa en la unidad del pueblo estadounidense. Más allá de las divisiones, hay una unidad de los estadounidenses en torno a los valores fundacionales.

Todos los comentaristas lo han subrayado: B. Obama es un unificador. Su posición política no es la de un defensor o representante de una comunidad,  se presenta como un hombre que está por encima de la refriega, que moviliza  valores no partidistas.

Si  según Michael  Meyer  la retórica es el arte de aproximar las distancias entre los interlocutores, entonces B. Obama es un maestro del género.

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El libro rojo de Jung

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 21, 2009

“Esta es una historia de un libro casi centenario, encuadernado en cuero rojo, que ha pasado el último cuarto de siglo oculto en la bóveda de un banco en Suiza. El libro es grande y pesado y su lomo está grabado con unas letras doradas que dicen “Liber Novus,” que en latín significa “Nuevo Libro”. Sus páginas son de un grueso papel de color crema y están llenas de pinturas de criaturas de otro mundo y diálogos manuscritos con dioses y demonios. Si no supiéramos cuándo fue escrito, podríamos confundirlo con un libro medieval perdido”.

jung libro rojo

Así empezaba Sara Corbett el pasado septiembre su crónica para el NYT sobre la inminente publicación del ya mítico libro rojo de Carl Gustav Jung, cuya edición tiene ya a punto W.W.Norton ofreciendo un volumen facsímil bilingüe. Mientras tanto, el original ha dejado la Union de Banques Suisses y se exhibe hasta el 25 de enero en el Museo Rubin de Nueva York.

Por supuesto, el volumen ya ha aparecido en una magnífica edición alemana: Carl Gustav Jung, Das Rote Buch. Patmos, Düsseldorf. Thomas Lindemann da buena cuenta de ello en Die Welt. Según Lindemann, el psicoanalista desnuda su alma de una forma tan extraña como ingenua, realizando un viaje a través de la mitología, la oscuridad y la introspección tenaz. Hay sueños, pensamientos y ensayos en miniatura, así como diálogos con personas imaginarias a las que se refiere como “alma” o Izdubar, el antiguo hombre-toro babilonio. Su estilo es el de los textos medievales iluminados, y su caligrafía la minúscula carolingia. Además, se incluyen complejas imágenes, que recuerdan a veces al arte bizantino.  En fin, palabras e imágenes para realizar lo que Jung denominó “imaginación activa”, es decir, su exploración interior.  Sólo queda aconsejar una visita a esos enlaces, en particular el de la editora alemana, porque el espectáculo es sorprendente.

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Quentin Skinner: Thomas Hobbes, el contrarrevolucionario

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 18, 2009

Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College, autor de Fear: The History of a Political Idea, analiza en The Nation la nueva entrega que Quentin Skinner le dedica a su obsesión preferida, Thomas Hobbes:  Hobbes and Republican Liberty (CUP, 2008). Como tambien es en parte la mía, y la de tantos otros, rebasaremos por esta vez los estrechos marcos cronológicos de la historia contemporánea. Aunque, como se verá, no tanto.

La revolución envió a Thomas Hobbes al exilio; la reacción lo trajo de vuelta. En 1640,  los parlamentarios opuestos a Carlos I, como John Pym, estuvieron  denunciando “la predicación en favor la monarquía absoluta, con lo que el rey podría hacer lo que deseara”. Hobbes  había terminado de escribir en aquel momento The Elements of Law, haciendo justamente eso. Después de que un alto consejero del monarca y un teólogo con ilimitados poderes reales fueran arrestados, Hobbes decidió que era hora de marcharse. Sin ni siquiera esperar a que le empaquetaran sus cosas,  huyó de Inglaterra rumbo a Francia.

Once años y una guerra civil después, Hobbes  abandonó Francia y regresó a Inglaterra. Esta vez, estaba huyendo de los realistas. Como antes, Hobbes acababa de terminar un libro. Su Leviatán, como más tarde explicaría, “lucha en nombre de todos los reyes y de todos aquellos que bajo cualquier nombre llevan los derechos de los reyes”. Fue esta aparente indiferencia sobre la identidad del soberano lo que ahora le estaba creando problemas. Su Leviatán justificada, mejor dicho, exigía que los hombres se entregaran a cualquier persona o personas que fueran capaces de protegerlos de un ataque exterior y de los disturbios civiles. Con la monarquía abolida y las fuerzas de Oliver Cromwell controlando Inglaterra y encargándose de la seguridad de las personas, el  Leviatán parecía recomendar que todos, incluidos los realistas derrotados, profesaran lealtad a la Comunidad (Commonwealth). Este argumento ya contaba con versiones previas, ofrecidad por Anthony Ascham, embajador de la Commonwealth, asesinado por los realistas exiliados en España. Así, cuando Hobbes se enteró de que los clérigos estaban tratando  de arrestarle en Francia  -el Leviathan también era vehementemente anticatólico, tanto que ofendió a la reina madre- salió de París y regresó a Londres.

No es casualidad que Hobbes huyera tanto de sus enemigos como de sus amigos, porque la configuración de su teoría política destrozaba  alianzas que venían de lejos. En lugar de rechazar el argumento revolucionario, lo absorbía y lo transformaba. De sus profundas categorías y estilo derivaba una defensa a ultranza de la forma más retrógrada de gobierno. Sintió los impulsos centrífugos de la temprana Europa moderna -el sacerdocio universal, los masivos ejércitos democráticos reunidos bajo la bandera de los antiguos ideales republicanos, la ciencia y el escepticismo- y trató de convertirlos en una fuerza centrípeta única: un soberano tan terrible y benigno como para que cualquier desafío a la autoridad pareciera no sólo inmoral sino también irracional. Hobbes  no se diferencia de los futuristas italianos cuando pone la disolución al servicio de la resolución. Fue el primero y, junto con Nietzsche, el más grande filósofo de la contrarrevolución, un  licuador avant la lettre de la modernidad cultural y la reacción política,  que entendía que para derrotar a una revolución uno debe convertirse primero en revolución.

¿Y cómo ha sido tratado por el partido del orden? No muy bien. En un ensayo sobre el obispo Bramhall, un realista que debatía con Hobbes, TS Eliot (un licuador hábil) decía que  Hobbes era “uno de esos escasos y extraordinarios advenedizos a quienes el movimiento caótico del Renacimiento les concedió una eminencia  que apenas merecían”. De los cuatro teóricos políticos del siglo XX que Perry Anderson definió como “La derecha intransigente”  en su Spectrum - Leo Strauss, Carl Schmitt, Michael Oakeshott y Friedrich von Hayek – sólo Oakeshott vio en Hobbes un ligerísimo atisbo de alma gemela. El resto lo veían como fuente de un liberalismo maligno, de jacobinismo o incluso de bolchevismo.

Los custodios del antiguo régimen a menudo confunden a los contrarrevolucionarios con la oposición, porque no pueden detectar la alquimia de su argumento. Todo lo que advierten es lo que hay allí  -una forma de pensamiento novedosa que resuena peligrosamente a algo revolucionario- y lo que echan de menos: la justificación tradicional de la autoridad. Eso hace que el contrarrevolucionario no les parezca un camarada, sino alguien sospechoso. Y no están equivocados del todo.  Tanto para la izquierda como, en rigor, para la derecha -uno de los textos más famosos de Hayek se titula “Por qué no soy conservador” – el contrarrevolucionario es un pastiche de incongruencias: alto y bajo, antiguo y nuevo,  izquierda y derecha, ironía y fe. El pastiche es indispensable, porque lo que un contrarrevolucionario está tratando de hacer es nada menos que la cuadratura del círculo – establecer la prerrogativa popular y restablecer un régimen que afirma que ha estado ahí desde siempre, que no hubo una primera vez (el antiguo régimen fue, es y será, no se hizo). Son tareas que ningún otro movimiento político puede  emprender. No es que el contrarrevolucionario esté personalmente predispuesto a la paradoja, es sólo que se ve obligado a cabalgar sobre las  contradicciones históricas, por el bien del poder.

Pero ¿por qué retomar a Hobbes para hablar de conservadurismo, de la derecha y de la contrarrevolución? Después de todo, ninguno de estos términos parece haber entrado en circulación hasta la Revolución Francesa o incluso después, y la mayoría de historiadores ya no creen que la Guerra Civil inglesa fuera una revolución. Las fuerzas que derrocaron a la monarquía podían estar buscando tanto la República romana como la antigua constitución. Puede que quisieran una reforma de las costumbres religiosas o que se limitara el poder real. Pero la revolución no estaba entre sus propósitos. ¿Cómo podría Hobbes haber sido un contrarrevolucionario si no había revolución a la que oponerse?

Por un lado, Hobbes pensaba de otra manera. En el Behemoth, su mejor tratamiento de la cuestión, declaró firmemente que la Guerra Civil inglesa era una revolución. Y aunque para él eso quería decir algo similar a lo que significaba para los antiguos -un proceso cíclico de cambio de régimen, más afín a la órbita de los planetas que a un gran salto hacia delante- Hobbes veía en el derrocamiento de la monarquía un celoso (y, desde su perspectiva, tóxico) anhelo de democracia, un firme deseo de redistribuir el poder entre un mayor número de hombres. Para Hobbes, ésa era la esencia del desafío revolucionario, y así ha permanecido desde entonces -ya sea en Rusia en 1917, en Flint en 1937 o en Selma  en 1965. Que estuviera inspirado más  por visiones del pasado que del futuro no debe demorarnos, no  más que a Hobbes – o a Benjamin Constant o Karl Marx, en realidad, quienes vieron lo fácil que era para los franceses hacer la revolución mientras  (o incluso por) miraban hacia atrás.

Hobbes se opuso claramente a los “democráticos”, como él llamaba a las fuerzas parlamentarias y sus seguidores. El argumento de Quentin Skinner en Hobbes and Republican Liberty es que derrochó una parte considerable de su energía filosófica en esta oposición y que sus mayores innovaciones se derivaron de ella. Su objetivo específico era la concepción republicana de libertad, su noción de que la libertad individual conlleva a los hombres a gobernarse a sí mismos colectivamente. Desanudando los lazos entre libertad personal y naturaleza del poder político, Hobbes fue capaz de argumentar que el hombre puede ser libre en una monarquía absoluta – o como mínimo  no menos libre de lo que lo sería en una república o una democracia. Fue “un momento que hizo época en la historia del pensamiento político anglosajón”, dice  Skinner, del que resulta una nueva descripción de la libertad de la que aún somos deudores -por desgracia, para Skinner- hoy en día.

Skinner es un historiador demasiado exigente como para decir que Hobbes es un contrarrevolucionario, pero su espléndido libro abre una amplia ventana a la complejidad de esa empresa. Todos los contrarrevolucionarios se enfrentan a la misma pregunta: ¿cómo defender un antiguo régimen que ha sido o está siendo destruido? El primer impulso -reafirmar las verdades antiguas del régimen- suele ser generalmente lo peor, porque a menudo fueron sobre todo esas verdades las que le crearon los problemas a aquel régimen. O el mundo ha cambiado tanto que ya no permiten el asentimiento o se han desarrollado de manera tan flexible que han cambiado, favoreciendo la revolución. De cualquier manera, el contrarrevolucionario debe buscar en otra parte los materiales con los que conformar su defensa del antiguo régimen. Eso puede ponerlo en desacuerdo, como Hobbes advirtió, no sólo con la revolución  sino también con el mismo régimen cuya causa defiende.

Los defensores de la monarquía en la primera mitad del siglo XVII ofrecían dos tipos de argumentos, ninguno de los cuales Hobbes podía respaldar. El primero, que Skinner no discute, era  el derecho divino de los reyes.  Era una innovación reciente -Jacobo I, padre de Carlos, fue su principal exponente en Gran Bretaña- que declaraba que el rey era el representante de Dios en la tierra (de hecho, era como Dios en la tierra);  que era responsable sólo ante Dios; que sólo él estaba autorizado a gobernar y no debía verse restringido por la ley, las instituciones o el pueblo. Como supuestamente señaló el asesor de Carlos I, “el dedo meñique del rey debe ser más grueso que los lomos de la ley”.

Si bien tal absolutismo apelaba a Hobbes, el fundamento de la teoría era débil. La mayoría de los teóricos del derecho divino suponían que  Hobbes y sus contemporáneos, especialmente en el continente, creían que  ya no existía: una teleología de los fines humanos que reflejara la jerarquía natural del universo y produjera definiciones inatacables del bien y del mal, lo justo e injusto. Tras un siglo de derramamiento de sangre provocado por el significado de esos términos y el escepticismo sobre la existencia de un orden natural o nuestra capacidad para conocerlo, las defensas del derecho divino no parecían creíbles ni fiables. Con sus dudosas premisas, tenían las mismas probabilidades de provocar un conflicto que de resolverlo.

Posiblemente era más preocupante que la teoría dibujara un teatro político en el que sólo había dos actores de alguna importancia: Dios y el rey, uno interpretando al otro.  Aunque Hobbes creía que el soberano no debía compartir el escenario con nadie, estaba muy a tono con el virus democrático de su tiempo de no darse cuenta de que la teoría había enviado a un tercer actor -el pueblo- con el paquete. Todo fue muy bien mientras la gente estuvo tranquila y fue respetuosa, pero durante la década de 1640 eso no era viable. La gente estaba en el escenario, exigiendo un papel de liderazgo, y no podía ser ignorada ni cabía  darle un papel secundario.

Los cambios en Inglaterra, en definitiva, habían hecho del derecho divino algo insostenible. El desafío era complicado para Hobbes: cómo preservar el impulso de la teoría (incondicional sumisión al poder absoluto, indivisible) mientras abandonaba sus premisas anacrónicas. La teoría del consentimiento de  Hobbes, en el que las personas pactan unas con otras para crear un Estado soberano con poder absoluto sobre ellas, y su teoría de la representación, en la que la gente se hace pasar por el soberano, sin que esté obligado a ellos, lo consiguió.

La teoría del consentimiento no hizo suposiciones acerca de la definición del bien y del mal o de una jerarquía natural del universo. Por el contrario, presumía  que los hombres no estaban de acuerdo sobre estas cosas, y que disputaban de forma violenta, de modo que la única manera de alcanzar sus metas en conflicto y sobrevivir era  ceder todo su poder al Estado y someterse a él sin protestar ni desafiarlo. Protegiéndolos a unos de otros, el Estado les garantizaba el espacio y la seguridad para seguir adelante con sus vidas. Junto con la descripción de Hobbes de la representación, la teoría del consentimiento tenía una ventaja añadida: aunque le daba todo el poder al soberano, la gente todavía podía imaginarse a sí misma como si estuviera en su cuerpo, en cada golpe de su espada. Ellos le crearon; él les representaba; a todos los efectos, estaban en él. Sólo que no lo estaban ni lo eran:  puede que fueran los autores del Leviatán - el infame nombre que le dio al soberano, extraído del Libro de Job-,  pero como cualquier autor no tenían ningún control sobre su creación. Fue una medida muy acertada, característica de todas las grandes teorías contrarrevolucionarias, en las que las personas se convierten en actores sin papeles, un público que cree que sale a escena.

El segundo argumento ofrecido en favor de la monarquía, la posición realista constitucional, tenía raíces más profundas en el pensamiento inglés y, por tanto, era  más difícil de contrarrestar. Sostenía que Inglaterra era una sociedad libre, porque el poder real estaba limitado por el derecho anglosajón (common law) o compartido con el Parlamento. Esa combinación de imperio de la ley y soberanía compartida, afirmó Sir Walter Raleigh, era lo que distinguía a los súbditos libres del rey de los esclavos ignorantes de los déspotas del Este. Fue este argumento y sus ramificaciones radicales, según Skinner sostiene, lo que aceleró las reflexiones más profundas y audaces de Hobbes sobre la libertad.

En la base de esta concepción de la libertad política descansaba una distinción entre actuar en aras de la razón y a instancias de la pasión. Lo primero es un acto libre y lo segundo no. “Actuar por pasión”, explica Skinner, “no es actuar como un hombre libre, ni siquiera es algo característico del hombre; tales  acciones no son expresión de verdadera libertad, sino de mera licencia o brutalidad animal”. La libertad implica actuar a partir de lo que deseamos, que no se debe confundir con el apetito o la aversión. Como Bramhall expresó: “Un acto libre es sólo el que procede de la libre elección de la voluntad racional”.  “Donde no hay consideración ni uso de la razón, no hay libertad en absoluto”.  Ser libre implica actuar según la razón o, en términos políticos, vivir  bajo las leyes por contraposición al poder arbitrario.

Al igual que con el derecho divino de los reyes, acontecimientos recientes habían hecho que el argumento constitucional resultara anacrónico, sobre todo por  el hecho de que ningún monarca inglés de la primera mitad del siglo XVII se lo hubiera creído. Con la intención de convertir a Inglaterra en un Estado moderno, Jacobo y Carlos se vieron obligados a defender posiciones sobre la naturaleza de su poder mucho más absolutistas de lo que permitía el argumento constitucional.

Más preocupante para el régimen, sin embargo, fue la facilidad con que ese argumento constitucional podía mutar en republicano y ser utilizado contra el rey. Y así era, en las débiles peticiones de common lawyers y parliamentary supplicants, quienes sostenían que con la inobservancia de la ley común y la desobediencia al Parlamento del rey (Carlos)  se amenazaba con convertir Inglaterra en una tiranía;  y en las exigencias utópicas de los radicales, que insistían  en que todo lo que no fuera una república o una democracia, donde los hombres vivían bajo las leyes que habían consentido, constituía una tiranía. Toda monarquía, según éstos, era una forma despotismo.

Hobbes pensaba que este último argumento  derivaba de los “libros de política y de historia, de los antiguos griegos y romanos“, que fueron muy influyentes entre los educados opositores al rey. Skinner está de acuerdo, y una parte considerable de su obra (así como varios de sus otros libros y ensayos) se dedica a rastrear el linaje clásico de lo que él llama el argumento “neo-romano” o republicano. Esa herencia antigua recobró nueva vida con  los Discorsi de Maquiavelo, traducidos al inglés en 1636, y Skinner sugiere que pudieron haber sido el objetivo final de Hobbes en su advertencia contra el gobierno popular.

Pero Skinner también señala que la premisa fundamental del argumento republicano -lo que distingue a un hombre libre de un esclavo es que el primero está sujeto a su propia voluntad mientras que el segundo está sujeto a la voluntad de otro- se puede encontrar,  en una reproducción “palabra por palabra” del Digesto de derecho romano, en la commom law inglesa ya en el siglo XIII. Del mismo modo, la distinción entre voluntad y apetito, libertad y licencia, estaba  “profundamente arraigada”  tanto en la tradición escolástica de la Edad Media como en la cultura humanista del Renacimiento. Por tanto, eso estaba  no sólo en las posiciones realistas de Bramhall y sus secuaces, sino también entre los radicales y regicidas que derrocaron al rey. Un fascinante subtexto del argumento de Skinner es, pues,  que bajo el abismo que separaba a realistas y republicanos había un profundo y volátil cimiento, el de  la asunción compartida sobre la naturaleza de la libertad. La genialidad de Hobbes estuvo en reconocer ese supuesto, y en su ambición para aplastarlo.

Si bien la noción de que la libertad consiste en vivir bajo las leyes prestaba apoyo a los realistas constitucionales, quienes daban mucha importancia a  la distinción entre monarcas legales y tiranos despóticos, eso no conducía necesariamente a la conclusión de que un régimen libre tuviera que ser una república o una democracia. Para avanzar en ese argumento, los radicales tuvieron que hacer dos afirmaciones adicionales: en primer lugar, equiparar la arbitrariedad o la ilegalidad a una voluntad que no es la propia, una voluntad que sea esterna o ajena; y, segundo,  equiparar las decisiones de un gobierno popular con una voluntad que es la propia. Estar sujeto a una voluntad que es la mía -las leyes de la república o la democracia- es ser libre; estar sujeto a una voluntad que no es mía -los edictos de un rey o de un país extranjero- es ser un esclavo.

No siempre queda claro en el texto de Skinner cómo hicieron los republicanos estas afirmaciones. Su Liberty Before Liberalism,  publicado en 1998, muestra mejor estas maniobras. Pero lo que está claro es que fueron ayudados en estos esfuerzos por una peculiar, aunque popular, comprensión de la esclavitud. Lo que hacía de alguien un esclavo, a ojos de muchos, no era que estuviera encadenado  o que su propietario impidiera u obstaculizara sus movimientos. Era que  vivía y se movía bajo una red -la de la siempre cambiante voluntad arbitraria de su dueño-  que podía  caer sobre él en cualquier momento. Incluso si nunca le atrapó -en el sentido de que  su dueño nunca le dijo qué hacer o no lo castigó por no hacerlo, o nunca quiso hacer algo diferente de lo que el dueño le dijo-,  aún así el esclavo estaba  esclavizado. El hecho de que “vivera en la total dependencia” de la voluntad de otro -que estuviera bajo la jurisdicción del dueño- “era suficiente en sí mismo para garantizar el servilismo” que el maestro “esperaba y despreciaba”.  [Como dice Skinner:]

La mera presencia de relaciones de dominación y dependencia … se mantiene para reducirnos del estatus de … “hombres libres” al de esclavos. No es suficiente, en otras palabras,  disfrutar de nuestros derechos cívicos y libertades como una cuestión de hecho;  si se nos tiene por hombres libres, es necesario disfrutarlos de una manera particular. Nunca debemos obtenerlos simplemente como una gracia o por la buena voluntad de alguien; siempre hemos de poseerlos al margen del poder arbitrario de cualquier persona que nos los pueda sustraer.

En el plano individual, la libertad significa ser uno dueño de sí mismo;  políticamente, se requiere una república o democracia. Sólo una participación plena en y del poder público garantiza que disfrutemos de nuestra libertad en la “forma particular” que la libertad requiere. Este movimiento de lo personal a lo político -la noción de que la libertad individual supone la pertenencia y la participación política, que está fatalmente limitada sin pleno derecho a la ciudadanía política-   es posiblemente el elemento más radical de la teoría del gobierno popular y, para Hobbes, el más peligroso.

Hobbes se propone destruir ese argumento desde sus raíces.  Rompiendo con las ideas tradicionales, defiende una explicación materialista de la voluntad. La voluntad, dice, no es una decisión que resulte de nuestra deliberación razonada sobre nuestros deseos y aversiones; es simplemente el último apetito o aversión que sentimos antes de actuar, y eso nos impulsa a actuar. La deliberación es como la varilla oscilante de un metrónomo -nuestras inclinaciones van a un lado y a otro,  alternando entre el apetito y la aversión-, pero es menos estable. Siempre que la varilla se detiene -y produce una acción o, por el contrario, no da lugar a ninguna-  allí va nuestra voluntad. Si eso parece arbitrario y mecanicista es porque lo es: la voluntad no se planta ante nuestros apetitos y aversiones, juzgando y eligiendo entre ellas, es nuestros apetitos y aversiones. No hay tal cosa, nada que podamos llamar una voluntad libre o autónoma,   sólo “el último apetito o aversión, inmediatamente próximo a la acción o a la omisión correspondiente”.

Imaginemos a un hombre con un apetito desenfrenado por el vino, corriendo por un edificio en llamas para rescatar una caja de esa bebida;  ahora imaginemos a un hombre con una  feroz aversión hacia los perros, corriendo por ese mismo edificio para escapar de una manada de canes. Los opositores a Hobbes verían en estos ejemplos sólo la fuerza de la compulsión irracional; Hobbes ve la voluntad en acción. Hobbes reconoce que quizá estos actos no sean los más juiciosos ni los más sabios, pero ni la sabiduría y ni la cordura desempeñan necesariamente un  papel en la volición. Pueden verse obligados, pero también lo son las acciones del hombre que viaja en un navío muy escorado y que lanza su equipaje por la borda con el fin de aligerar la carga y salvarse a sí mismo. Las decisiones difíciles son acciones adoptadas bajo presión -éstas expresan tanto mi voluntad como las decisiones que tomo en la tranquilidad de mi estudio. Ampliando la analogía, Hobbes sostendría que darle la cartera a alguien que te pone una pistola en la cabeza también es un acto voluntario: he antepuesto mi vida a mi cartera.

Contra sus oponentes, Hobbes sugiere que no hay acción voluntaria contra mi voluntad, pues todas las acciones voluntarias son una expresión de la voluntad. Restricciones externas como estar encerrado en una habitación me pueden impedir actuar al afectar a mi voluntad; formar parte de una banda  me puede obligar a actuar de un modo que no desearía. Pero no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad. En el caso del asaltante, Hobbes diría que su arma cambió mi voluntad:  pasé de querer salvaguardar el dinero en mi cartera a querer proteger mi vida.

Si no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad, no puedo actuar voluntariamente siguiendo una voluntad que no sea la mía. Si obedezco a un rey porque temo que me vaya a matar o a encarcelar, eso no implica la ausencia, la pérdida, la traición o el sometimiento de mi voluntad, es mi voluntad. Podría haber querido otra cosa -cientos de miles de personas durante la vida de Hobbes lo hicieron-  pero mi supervivencia o mi libertad eran más importantes para mí que seguir a quien pudiera haber solicitado mi desobediencia.

La definición de Hobbes de la libertad se desprende de su comprensión de la voluntad. Libertad, dice, es “la ausencia de impedimentos … externos al movimiento”, y es un hombre libre “quien en aquellas cosas de que es capaz por su fuerza y por su ingenio, no está obstaculizado para hacer lo que desea“.  Me puedeo quedar sin libertad, insiste Hobbes, sólo por los obstáculos externos a mi movimiento. Las cadenas y los muros son obstáculos de este tipo; las leyes y obligaciones también, aunque sean obstáculos más metafóricos  (la discusión de Skinner sobre esto último es especialmente lúcida, iluminando un argumento que siempre ha disgustado al mundo académico). Si el obstáculo se encuentra dentro de mí -no tengo la capacidad de hacer algo o tengo miedo de hacerlo-,  carezco de poder o voluntad, y no hay libertad. Esta falta dice más acerca de lo que Hobbes, en una carta citada por Skinner, llama “la naturaleza y la calidad intrínseca del agente” que las condiciones de su entorno político.

En este nuevo relato de Skinner, con su punto de intriga,  de cómo Hobbes llegó a esta comprensión de la libertad, eso último se revela como la finalidad del esfuerzo de Hobbes: separarel estatus de nuestra libertad personal del estado de los asuntos públicos. La libertad depende de la presencia del gobierno, pero no de la  forma que tome el gobierno, que vivamos bajo una monarquía, una república o una democracia no cambia la cantidad o calidad de la libertad que disfrutamos. Esta separación tuvo el efecto dramático de hacer que la libertad pareciera a la vez menos presente y más presente bajo un rey de lo que los antagonistas republicanos y realistas de Hobbes habían calculado.

Por un lado, Hobbes insiste en que no hay manera de ser libre y súbdito al mismo tiempo. La sumisión al gobierno conlleva una pérdida absoluta de libertad: dondequiera que esté obligado por la ley, no tengo libertad para moverme. Cuando los republicanos argumentan que los ciudadanos son libres porque hacen las leyes, Hobbes proclama que están confundiendo la soberanía con la libertad: lo que el ciudadano tiene es poder político, no libertad. Está tan obligado  (tal vez más obligado, diría luego Rousseau) a someterse a la ley, tan falto de libertad, como lo estaría bajo una monarquía. Y cuando los realistas constitucionales sostienen que los súbditos del rey son libres porque el poder del rey está limitado por la ley, Hobbes afirma que no hacen más que confundir las cosas.

Por otra parte, como Skinner muestra en una serie de elegantes pasajes, Hobbes pensaba que si la libertad es el movimiento sin trabas, es lógico pensar que somos mucho más libres bajo un monarca, incluso un monarca absoluto, de lo que los realistas y los republicanos creen (o están dispuestos  a admitir). Ante todo porque incluso cuando actuamos por temor estamos actuando libremente. “Miedo y  libertad son coherentes”, dice Hobbes, porque el miedo expresa nuestras inclinaciones negativas; pueden ser negativas, pero que eso no niega el hecho de que son nuestras inclinaciones. Así que mientras no se nos impida poderlas seguir,  somos libres. Incluso cuando estamos aterrorizados por los castigos del rey, somos libres: “todos los actos que los hombres realizan en los Estados, por temor a la ley, son actos cuyos agentes tenían libertad para dejar de hacerlos“.

Más importante, donde la ley es muda, donde ni manda  ni prohibe, somos libres. Sólo hay que contemplar todas las “formas en que un hombre puede moverse a sí mismo”, dice Hobbes en De Cive, para ver todas las maneras en que puede ser libre bajo una monarquía. Estas libertades, se explica en el Leviatán, incluyen “la libertad de comprar y vendey y de hacer, entre sí, contratos de otro género, de escoger su propia residencia, su prpio alimento, su propio género de vida, e instruir sus niños como crea conveniente, etc.”  Sea cual sea el grado de libertad de movimiento que el soberano pueda garantizar, para perseguir nuestros negocios sin que otros hombres lo puedan impedir, somos libres. La sumisión a su poder, en otras palabras, aumenta nuestra libertad. Cuanto más absoluta sea nuestra sumisión,  más poderoso es y más libre nos hace. La subyugación es la emancipación.

Skinner es generalmente cuidadoso  a la hora de ver el pasado como un espejo o preludio del presente. Prefiere hacer hincapié en su cualidad refractaria: el pasado no es el prólogo, es otro país. Podemos aprender algo sobre nosotros mismos viajando allí, pero sólo si resistimos la tentación de asimilar su alteridad.

Sin embargo, también  queda claro en Hobbes and Republican Liberty y en sus otros escritos que  Skinner cree que la visión hobbesiana de la libertad ha perdurado en los escritos de Constant, de Isaiah Berlin y de la tradición de lo que ahora se llama liberalismo negativo o mínimo. A diferencia del robusto liberalismo de John Dewey, que sugiere que cualquier cosa que no sea la democracia plena en los ámbitos público y privado constituye una amenaza para la libertad individual, el liberalismo negativo se centra en una gama más reducida de principios: “que otras personas me impidan hacer lo que quiero “, como indica Berlin, cuando hay “interferencia deliberada de otros seres humanos dentro de la zona en la que quiero actuar “. La libertad, para Berlin, es la ausencia de interferencias, y, en un guiño a Hobbes, escribe que “no es incompatible con algunos tipos de autocracia, o en todo caso con la ausencia de autogobierno”.

Skinner, también ha sugerido que la descripción republicana de la libertad ha permanecido en los movimientos democráticos del siglo XIX, en la crítica marxista de la esclavitud asalariada, en el feminismo y en “otros alegatos en nombre de los dependientes y oprimidos”. Cuando el liberalismo negativo  considera que el Estado debe garantizar “que los ciudadanos no sufran interferencias injustas o innecesarios en la consecución de las metas propuestas” -sobre todo a manos del Estado- el radical, escribe Skinner, “mantiene que esto nunca puede ser suficiente. ” El Estado también debe “liberar a sus ciudadanos de … la explotación personal y la dependencia.”

Si Berlin y Constant son los herederos de Hobbes, y el radicalismo moderno es heredero del republicanismo inglés, ¿se deduce que sus relatos de la libertad son, como el suyo, contrarrevolucionarios? Skinner, no lo dice, pero dada la hostilidad felina de Berlin a la izquierda y la de Constant a los militantes de su tiempo, parece una conclusión acertada. Como mínimo, Skinner sugiere que una de sus ramas, la del liberalismo tibio, que ha conseguido “predominar dentro de la filosofía política anglosajona”  -por no mencionar los medios de comunicación  y el Partido Democráta-,  es una de las fuerzas de hoy nos impiden disfrutar de una libertad más plena . Y aunque oirlo pueda escandalizar a los bienpensantes de centro-izquierda, su liberalismo suave debe mucho más al espíritu de la contrarrevolución hobbesiana de lo que creen.

A pesar de los progresos de Clinton a Obama, el centro-izquierda está todavía reponiéndose de la reacción derechista contra el New Deal y la Great Society. El homenaje que se rinde a la seguridad y la protección, su preferencia por lo privado en detrimento de los bienes públicos, su temor y desprecio por la democracia en las calles, todos esos han sido, desde la segunda mitad del siglo XIX, los impulsos del partido del orden, no el partido del movimiento, y deben sus orígenes a Hobbes. Hoy en día proporcionan  un liberalismo pasado por la reacción.

Si leemos las notas al pie de Skinner con más cuidado, veremos que el espíritu de Hobbes también se refugia en el derecho contemporáneo. La idea de Hobbes sobre la libertad impregna el discurso libertario, y el Leviatán proyecta una larga sombra sobre la visión conservadora de un Estado vigilante nocturno -donde el objetivo principal del gobierno es proteger a la ciudadanía de un ataque exterior o de un allanamiento de morada; donde la gente es libre de dedicarse a sus asuntos, siempre y cuando no interfieran en los movimientos de los demás; donde los contratos se cumplen y la seguridad está  garantizada.

Los libertarios palidecerán con esa asociación: al margen de la resonancia a las ideas hobbesianas que podamos encontrar en sus escritos, el Estado hobbesiano es mucho más represivo que cualquiera de los  gobiernos que ellos tolerarían. Con la salvedad de que no es así. Como señala Greg Grandin en Empire’s Workshop, Milton Friedman se reunió con el dictador chileno Augusto Pinochet en 1975 para asesorarle en temas económicos;  los Chicago Boys de Friedman trabajaron más estrechamente incluso con la junta de Pinochet. Sergio de Castro, ministro de Hacienda de Pinochet, observó, en algo que recuerda a Hobbes y a Berlin, que “la libertad real de una persona sólo puede garantizarse a través de un régimen autoritario que ejerce el poder mediante la aplicación de normas iguales para todos”. Hayek admiraba tanto el Chile de Pinochet que decidió celebrar una reunión de la Mont Pelerin Society en Viña del Mar, el balneario donde se planeó el golpe contra Allende. En agosto de 1978 escribió una carta al Times de Londres señalando que no había “sido capaz de encontrar una sola persona, ni siquiera en el muy difamado Chile, que no estuviera de acuerdo en que la libertad personal era mucho mayor con Pinochet de lo que lo había sido con el gobierno de Allende”.

“A pesar de mi profundo desacuerdo con el sistema político autoritario de Chile”, como diría más tarde Friedman,  “no veo que esté mal que un economista preste asesoramiento técnico al Gobierno chileno”. Pero el matrimonio entre libre mercado y terror de Estado no puede ser anulado con tanta facilidad. Como Hobbes entendió, se necesita una enorme represión para crear el tipo de hombres que pueden ejercer su “libertad de comprar y vender y de hacer, entre sí, contratos de otro género” sin acabar cabreados. Deben tener libertad para moverse – o elegir- pero no tanto como para pensar que pueden rediseñar la carretera por la que se mueven. Suponiendo una demasiado fácil  congruencia entre capitalismo y democracia, el libertario pasa por alto cuánta coacción se requiere para hacer que los ciudadanos utilicen su libertad de manera responsable y no pidan al Estado que alivie sus aflicciones.

Tantos como había, tuvo que ser Margaret Thatcher la que se lo explicara a la derecha libertaria. Como Naomi Klein relata en La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, al ser presionada por Hayek para adoptar una terapia de choque  más agresiva al estilo Pinochet, Thatcher respondió: “Estoy segura de que estará de acuerdo en que, en Gran Bretaña con nuestras instituciones democráticas y la necesidad de un alto grado de consenso,  algunas de las medidas adoptadas en Chile son absolutamente inaceptables”.  Era 1982, y siendo la democracia británica lo que era, Thatcher tenía que ir con calma. Pero entonces vino la guerra de las Malvinas y la huelga de los mineros. Una vez que Margaret Thatcher se dio cuenta de que podía hacer con los mineros y los sindicatos lo mismo que había hecho con el presidente Galtieri y sus generales en Argentina – “Tuvimos que luchar contra el enemigo externo en las Malvinas y ahora tenemos que luchar contra el enemigo interno, que es tanto más difícil cuanto peligroso para la libertad “- el escenario estaba listo para aceptar a Hayek sin reservas.

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¿Cómo escribir la historia hoy?

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 16, 2009

Pierre Assouline se hace esta presunta en su celebérrimo blog: ¿cómo escribir la historia ahora?

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La “crisis”, dice,  puede tener su lado positivo, pues obligará a historiadores y editores a enfrentar una realidad que viene de lejos: ya no podemos seguir editando los libros de historia como antes. La peor forma de abordar el problema es denunciar la hidra de Internet y agitar el fantasma de la gratuidad.  Tanto más cuanto  el problema es viejo y la web, lejos de acabar con esta categoría de libros, puede por el contrario  asegurar su supervivencia. La muerte universitaria de la gran tesis académica se ha jugado en las librerías . Este tipo de trabajo que, de todos modos, no estaba destinado al público en general, reencontrará sus verdaderos lectores, de forma durable y generalizada, en un portal especializado que tenga la feliz idea de ponerlas en línea para que se las descarguen previo pago,  incluso capítulo por capítulo. ¿Y el resto, es decir, la gran mayoría de los libros de historia? Dado que el ensayo histórico va viento en popa,  debemos tener cuidado para mantener la obra de saber al lado del ensayo cognoscitivo,   apoyados en una base de investigaciones impulsadas por la curiosidad transdisciplinaria y políglota, relacionados con los debates ciudadanos.

¿Pero se publicaría  hoy Montaillou, especialmente sin un Apostrophes que lo popularice?  Nada es menos seguro. Los historiadores, que ya han tenido que pasar su duelo por los índices de nombres y obras,  han experimentado recientemente otro problema: los editores ahora les obligan a quitar las notas al pie o al final del volumen, así como las fuentes, para aligerar sus libros. Como si cualquier garantía de seriedad y rigor, antaño exigida al historiador del mismo modo que uno pide las referencias cuando contrata a alguien,  se penalizara ahora  hasta hacerla ingrata. En Francia no se comenta mucho, pero en Inglaterra no sólo lo dicen, sino que lo escriben: “Los editores creen que las notas ocupan demasiado espacio y son demasiado “académicas”. Los autores de biografías históricas  se han resignado a poner en línea todo su corpus “, se lee en la Biography de Hermione Lee (Oxford University Press, junio de 2009).  Cuanto más de demuestran las infinitas posibilidades del hipertexto, menor esperanza de vida para las notas. Todavía en Inglaterra,  nos enteramos hace poco por The Times que a los historiadores se les ofrecen ahora 30.000 libras esterlinas como anticipo por un libro que hasta hace poco les suponía un adelanto de 120.000. Tristram Hunt, biógrafo de Friedrich Engels, también manifiesta su temor a que esto lleve sus colegas a dedicarse a la  ficción histórica, mientras que Lisa Jardine, que enseña historia del Renacimiento en la Universidad de Londres, señala que ahora  sólo la historia de la ciencia moviliza a los editores.

El hecho es que éstos, al igual que los libreros, se excusan en la recesión para reducir sus riesgos recortando no sólo los anticipos de derechos, sino la producción real de libros de historia y humanidades. Los historiadores deberían aprovechar este tiempo de duda general para examinar sus certidumbres heredadas de la tradición académica y el hábito. Quizá haya llegado el momento de repensar la escritura de la historia. No se puede continuar ejerciendo como si la disciplina no hubiera sido arrollada por los ciudadanos desorientados en el guirigay memorial. Como si la tecnología no hubiera modificado para siempre los modos de lectura.   Como si no estuviera constantemente en el centro del debate público. Como si no se hubieran globalizado sus perspectivas y sus retos. Como si los historiadores bien nacidos debieran seguir frenando su curiosidad y absteniéndose de otras formas narrativas (el Léonard y Machiavel de  Patrick Boucheron es un buen ejemplo), comenzando por el ámbito de la ficción en la que estarían mucho mejor equipados que otros para hacer coexistir la verdad y la exactitud.

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Giorgio Agamben: el mundo y sus representaciones

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 12, 2009

“En física, nos impusimos como ley partir de la idea que, en la naturaleza, nadie se sirve del significante para significar. Nuestra física se distingue en esto de una física mística, y aún de la física antigua, que nada tenía de mística, pero que no se imponía estrictamente esta exigencia. Para nosotros se ha convertido en ley fundamental, exigible de todo enunciado del orden de las ciencias naturales, que nadie se sirve del significante. Pero, el significante a pesar de todo está ahí, en la naturaleza, y si en ella no estuviera el significante que buscamos, no encontraríamos nada. Establecer una ley natural es despejar una formula insignificante. Mientras menos signifique, más contentos nos ponemos. Por eso nos contenta tanto la culminación de la física einsteniana. Se equivocan si creen que las formulitas de Einstein que relaciónan la masa de inercia con una constante y algunos exponentes, tiene la menor significación. Son un puro significante. Y por eso, gracias a él tenemos el mundo en la palma de la mano.  La noción de que el significante significa algo, de que alguien se vale de ese significante para significar algo, se llama la Signatura rerum. Es el titulo de una obra de Jakob Boehme. Con lo cual quería decir que, en los fenómenos naturales, esta el susodicho Dios hablándonos en su lengua”. Jacques Lacan (1956)

Adriana Hidalgo Editora parece empeñada en que Giorgio Agamben no sea un autor desconocido entre los lectores hispanos.  Ya ha vertido al castellano El Reino y la Gloria, Infancia e historia, Estado de excepción, Profanaciones, Lo abiertoLa potencia del pensamiento. Ahora acaba de presentar Signatura rerum. Sobre el método, que editó el pasado año Bollati Boringhieri.

signatura rerum

Hasta que podamos acceder a sus páginas, Cecilia Macón lo reseña para La Nación. Dice, entre otras cosas:

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El primer artículo, “¿Qué es un paradigma?”, no se limita a evocar los principios básicos del concepto de Kuhn, dedicado a los modelos o patrones aceptados por la ciencia establecida, sino que también muestra el modo en que se entrelaza, no sin fricciones, con la propuesta de Michel Foucault. Ideas clásicas del pensamiento de Agamben -el homo sacer , el estado de excepción y el campo de concentración- son justamente, según el propio filósofo, paradigmas, es decir: “Formas de conocimiento que no son ni inductivas ni deductivas, sino analógicas, moviéndose en la singularidad, y capaces de neutralizar la dicotomía entre lo general y lo particular”. El objetivo de sus paradigmas no es, entonces, devenir hipótesis sobre la modernidad a la caza de una causa, sino volver inteligibles fenómenos cuyo parentesco escapaba al historiador.

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“Teoría de las signaturas”, el segundo de los artículos, no sólo es el más extenso y el que da título al volumen, sino también el más provocativo. Allí se evoca el noveno libro del tratado de Paracelso Sobre la naturaleza de las cosas donde se sostiene que todas las cosas llevan un signo que manifiesta y revela sus cualidades invisibles: “Nada es sin un signo -señala Paracelso- puesto que la naturaleza no deja salir nada de sí”. O: “No hay nada exterior que no sea anuncio de lo interno”. Allí están los sacramentos para demostrar la eficacia del signo. La teoría de las signaturas tuvo una gran influencia en las ciencias y en la magia renacentista y barroca hasta llegar a Leibniz y Kepler. Aun cuando desapareció durante el Iluminismo, se revitalizó en el siglo XX con los desarrollos de Aby Warburg, Benjamin, Sigmund Freud, Carlo Ginzburg y el concepto de actos de habla de John Austin y John Searle, donde el lenguaje parece limitar con la magia. Las signaturas orientan la eficacia del signo al mostrar que éste no existe puro: el signo significa porque lleva una signatura. Es en la moda donde Agamben encuentra un ejemplo clave de ese aspecto: por medio de un gesto del diseñador se introduce discontinuidad en el tiempo, se crea lo actual y lo inactual.

En el último y más breve de los textos, “Arqueología filosófica”, le toca el turno a ese concepto que está presente (como el de arqueología en el sentido que le da Foucault) a lo largo de todo el libro. Pensada como un a priori histórico, donde los saberes y los conocimientos encuentran su condición de posibilidad supone, como las signaturas, que “hablar es hacer algo y no simplemente expresar un pensamiento”. Agamben rastrea el concepto de arqueología en Immanuel Kant, Friedrich Nietzsche, Marcel Mauss y Benjamin para señalar cómo la experiencia histórica se ve transformada para constituirse en una vía de acceso al presente.

En cada página de Signatura rerum , el filósofo se encarga de mostrar, casi obsesivamente, la forma en que las representaciones -sean paradigmas, signaturas o epistemes- transforman de manera radical el mundo. Tras la lectura, resulta casi imposible no sólo defender la división tajante entre mundo y representación, sino también ignorar hasta qué punto el lenguaje o los modos en que concebimos el mundo y a nosotros mismos devienen actos políticos capaces de trastocarlo todo.

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