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Los grandes maestros del pensamiento francés

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 8, 2009

Este blog ha sobrepasado estos días los cien mil hits, pero no vamos a recapitular, ni siquiera rendiremos homenaje, como debiera ser, al recién desaparecido Lévi-Strauss. Muchos otros lo han hecho. Por ejemplo: NYTLe MondeLe FigaroAFPGuardianWash PostBloombergLATWSJOpen DemocracyLondon TimesAtlanticAPTelegraphIndependentForbes y un largo etcétera

Nos detendremos en los azares del destino, en los que no tiene cabida curiosamente Lévi-Strauss.

A finales del pasado año, la editorial alternativa Brumaria presentaba Pequeño panteón portátil, la obra que acababa de publicar en francés Alain Badiou. Ahora, con mayores medios, sale una nueva versión a cuenta de FCE.  Así que hemos de concluir que Badiou está de suerte, no en vano la editorial argentia Bestia Equilátera le acaba de reeditar su El concepto de modelo (1969);  o quizá sea que ya no quedan maestros como esos a los que rinde homenaje: Althusser, Borreil, Canguilhem, Cavaillès, G. Châtelet, Deleuze, Derrida, Foucault, Hyppolite, Lacan, Lacoue-Labarthe, Lyotard, F. Proust, Sartre. Badiou es consciente de esa escasez, pues considera que el “momento francés” por antonomasia transcurrió en la década de los sesenta, sobre todo en el lustro que va de 1963 a 1968.

Así concluye el prólogo:

brumaria FCE Badiou

(…) conviene recordar qué es un filósofo. Recordarlo mediante el ejemplo de aquellos que en Francia (donde fueron más numerosos que en otros sitios) asumieron el alcance de ese vocablo en las últimas décadas. Hay que pedirles auxilio a ellos para limpiar y volver a sacarles lustre a las palabras en cuyo nombre, dificultosamente, y con una gran tensión del pensamiento, han propuesto aceptar incondicionalmente que hay que encontrar al menos una Idea verdadera y nunca ceder sobre sus consecuencias, aun cuando, como dice Mallarmé a propósito de Igitur, ese acto que nadie reclama sea “perfectamente absurdo, [salvo porque] el Infinito está al fin fijado”.

En suma, convoco a mis amigos, los filósofos ya desaparecidos, como testigos de cargo en el juicio que el Infinito entabla contra los falsificadores. Ellos vienen a decir, a través de la voz que pronuncia su elogio, que el imperativo del materialismo democrático contemporáneo, “Vive sin Idea”, es a la vez vil e inconsistente. Estos textos tienen formas y destinos muy diferentes. Se trata en todos los casos de homenajes rendidos a grandes espíritus, a menudo en ocasión de su desaparición, o de un aniversario de esa desaparición, o de un coloquio dedicado a ellos. Pero estos homenajes van desde el artículo breve a la larga meditación, y esa diferencia no tiene aquí ningún tipo de sentido jerárquico. Por lo demás, las últimas páginas, “Origen de los textos”, indican no sólo la fecha y la procedencia de estos pequeños escritos, sino también algunos datos complementarios sobre mi relación intelectual con los filósofos de los que hablo.

Aunque algunos fueron maestros de mi juventud, de ninguno de ellos diría hoy que lo sigo sin reservas en su construcción. A algunos estuve ligado por una  amistad, con otros tuve algunas querellas. Pero estoy feliz de decir aquí que, frente a los brebajes que hoy nos quieren hacer tragar, a estos catorce filósofos muertos, bueno, los quiero a todos. Sí, los quiero.

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Hobsbawm: revueltas y rebeldes

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 2, 2009

El portal La vie des idees tradujo hace unas semanas una entrevista realizada a E.H. Hobsbawm el pasado mes de abril.

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La Vie des Idées: En su calidad de intelectual comprometido, ha conocido a lo largo de su vida muchas situaciones de crisis y de revueltas populares. Usted estaba en España durante la Guerra Civil, ha observado los movimientos sociales en España e Italia en la década de 1950 y estaba en la década de 1960 en Cuba cuando la guerrilla revolucionaria. ¿Influyeron estos acontecimientos en sus primeras investigaciones sobre los rebeldes; cómo?

Eric Hobsbawm:  obviamente me influyó la experiencia del tiempo que me tocó vivir, incluso en la elección de temas de investigación. Es evidente que alguien cuya politización se produjo en la Alemania de la Gran Depresión y que llegó poco después a Inglaterra para asistir a las marchas contra el hambre o a la movilización de los desempleados no puede sino desarrollar interés por estas cuestiones.

También quiero añadir que cuando me uní al ejército, serví en una unidad de reclutas de la clase obrera. Aprendí mucho de la experiencia vital de mis compañeros. Pero realmente escogí  mis investigaciones en la década de 1950 a partir lo que había aprendido en mis viajes y de mis esfuerzos por repensar mis inclinaciones políticas. Como traté de explicar en mi autobiografía, también procede en gran medida de mi descubrimiento de la naturaleza de la política popular de la Italia de los cincuenta. De ahí mi interés por el pensamiento y la práctica políticas de personas que aún no habían adquirido el vocabulario moderno de la acción política, con su su sintaxis y gramática, sus instituciones y sus formas, pero que tenían su propia forma de expresar sus aspiraciones, de luchar, de protestar y de tratar de que tuvieran éxito. Empecé a pedirles a mis amigos italianos que me aconsejaran algunas lecturas,   por ejemplo  el estudio de Benedetto Croce  dedicado a la política napolitana. Otros temas similares me llamaron la atención. Fue así como comencé a escribir mis primeros estudios sobre la política “prepolítica”.

Al mismo tiempo, me di cuenta de que estas investigaciones abrían una nueva perspectiva sobre mi concepción convencional de lo que era la política popular, es decir, los partidos políticos y las organizaciones. En ese momento  pensaba que la única forma de hacer política era la moderna, y sin embargo era diferente de la que había en las mentes de muchas de aquellas personas. Es esta tensión y esta confluencia de dos tradiciones diferentes lo que captó mi interés. Se decía que en algunas regiones de Italia las personas vivían a la vez en la época de Lutero y en la de Lenin. Esta diferencia me fascinó. Mi interés por estos asuntos se acrecentó desde entonces,   especialmente por la relación con las formas primitivas que se han asociado al bandidaje social. Pero esto, como ustedes saben, ha sido ampliamente discutido y no necesariamente aceptado.

La Vie des Idées: ¿Diría usted que,  en la época de sus primeros compromisos políticos en la Inglaterra de los años 1930 y 1940, era una especie de francotirador o incluso un “rebelde”? ¿Hay un vínculo entre su vida y la atención que siempre ha mostrado por la gente fuera de lo común (“uncommon people“)?

Eric Hobsbawm: No creo que haya una relación personal de este tipo. En realidad, comencé a descubrir a las figuras marginales de la sociedad durante la ocupación de Alemania tras la guerra, cuando conocí a todo tipo de personas que en cierto modo no habían estado implicadas yque se encontraban en el escalón más bajode la escala social, las mujeres por ejemplo. No estoy interesado en los bajos fondos, ni en personas de baja estofa que sólo estaban parcialmente integradas en la sociedad tradicional y actuaban en sus márgenes, sino en los que componen la mayoría de la población: campesinos, poblaciones urbanas, etc. Yo añadiría que hay que distinguir estos grupos que se sabían y pensaban como marginales, como los gitanos y, en cierta medida, los judios, que funcionaban como sociedades “esteriores” y tenían sus propias normas. Vivían en una especie de simbiosis con la sociedad porque desempeñaban su rol,  pero no eran menos diferentes y no reconocidos. Deliberadamente decidí no centrarme  en esos grupos o fenómenos, excepto en  la música popular como el jazz, que creció y se desarrolló en los márgenes. En este sentido, me he podido interesar por los márgenes, pero fue un ángulo de análisis histórico distinto al análisis de las revueltas primitivas.

Escribir la historia de la revuelta

La Vie des Idées: Al principio de su carrera era  más conocido como historiador de la clase obrera británica. Sin embargo, su enfoque era diferente del de  la historia obrera entonces dominante. Usted no se orientaba hacia el estudio de los sindicatos o partidos políticos, sino que fijaba su mirada particular en la estructura de la clase obrera y en grupos más pequeños,  como los rebeldes de “Capitán Swing”  o a los que destruían las máquinas. ¿Había ahí una manera de estudiar los “márgenes” de la historia de la clase obrera?

Eric Hobsbawm: Sí y no. Tiene razón al decir que no tenía gran simpatía por la historia tradicional de la clase obrera, que era una historia de las organizaciones  y sobre todo una especie de historia evolutiva, diciendo que  las organizaciones mejoran con el paso del tiempo. Era una historia de los líderes, las organizaciones, los programas. Yo estaba más interesado en cómo los trabajadores se organizaban ellos mismos dentro de los sindicatos, y en su caso en las organizaciones. Por ejemplo, uno de mis primeros estudios se centraba en cómo los trabajadores organizaron su propia migración laboral, a imagen de los artesanos ambulantes o trabajadores desempleados que fueron de un lugar a otro en busca de trabajo . ¿Cómo se organizaron? No lo estaban de forma centralizada, pero desarrollaron redes y acuerdos dentro de su propia organización. En cierto sentido, esta cuestión no sólo concierne a los trabajadores, que tenían conciencia política  y que eran los actores de esos movimientos, sino también a los que se quedaron fuera. Creo que mi propia contribución a la historia del trabajo fue, a través de estos estudios,  mostrar cómo estos fenómenos se desarrollaron realmente en el fondo, y no desde una  historia de fechas, grandes hombres o batallas.

La Vie des Idées: ¿Cuáles eran sus relaciones con otros historiadores británicos como Edward P. Thompson, por ejemplo, en los años 1950 y 1960?

Eric Hobsbawm: Intenté encontrar mi sitio dentro de una generación de historiadores que, en conjunto, han transformado la enseñanza y la investigación histórica entre la guerra y la década de 1970. La mayoría de ellos trabajaban en el intento de casar  su formación como historiadores con los descubrimientos y los conocimientos de las ciencias sociales. La mayoría también trabajaba en las transformaciones dinámicas de la sociedad, lo que explica la importancia que le daban  a la discusión sobre la transición del feudalismo al capitalismo. Compartía en gran parte a estas preocupaciones, pero también y al mismo tiempo había otro aspecto que me interesaba y que, muy a menudo, era inseparable del interés por la historia de la gente de abajo. No me inspiraba tanto en Marx como en a autores como Georges Lefebvre y, de una manera especial,  Gramsci, por su trabajo sobre las clases subalternas. Para mí fue una gran iluminación ver estas clases como un grupo de personas que buscaban una manera de ser una realidad en la sociedad, que la sociedad no reconocía y que ellos mismos no reconocían todavía . Por tanto, yo también me centré en la lógica y la coherencia, tanto en ideas como en acciones,  de esta gente de abajo.

La Vie des Idées: ¿Qué análisis hacía de la “racionalidad” de los rebeldes que abordó en sus estudios iniciales?

Eric Hobsbawm: Sigo creyendo que es necesario un enfoque en términos de “elección racional”  para entender estos fenómenos. Los actores se las ven con su propia coherencia lógica. Lo importante para el historiador es descubrir por qué tiene sentido para ellos actuar como lo hacen. Por ejemplo, ¿por qué los agricultores que ocupan tierras comienzan inmediatamente a ararlas, en lugar de limitarse a ocuparlas? Lo hacen porque creen que es imposible poseer la tierra  sin trabajarla. Así,  a menos que se mantenga el derecho a trabajar la tierra nadie la podrá poseer. Mi reflexión vincula esto a una larga tradición académica de pensamiento político, que se remonta a John Locke y otros, pero va más allá e intenta ver qué sentido tiene para la gente de abajo.

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De la historia de la clase obrera a los Estudios Subalternos

La Vie des Idées: Desde la década de 1980  su trabajo se ha centrado cada vez más en las grandes síntesis históricas, las revoluciones, el nacionalismo o los imperios. Al mismo tiempo, los Estudios Subalternos han propuesto renovar la escritura de las vidas de la gente común. Algunos de los fundadores de este movimiento han criticado el hecho de que haya caracterizado las revueltas de los campesinos como “prepolíticas” y consideran que esa posición revela un punto de vista “occidental”. ¿Qué piensa usted de esta crítica, y de cómo ha sido discutido su trabajo desde la década de 1960?

Eric Hobsbawm: Los investigadores de los Estudios Subalternos formaban parte originalmente de la misma tendencia, el marxismo indio. Se hicieron críticos, y opino que muy críticos, porque privilegian en exceso las hipótesis y modos de acción de la cultural tradicional. Minimizan el papel de las transformaciones económicas y sus consecuencias sobre las clases sociales. Trataron de transformarlas en una versión diferente de la rebeldía primitiva. Mi crítica es que si bien estaban en lo cierto, en la práctica,  al establecer que estas personas aunque apoyaban al Partido Comunista de la India no lo hacían de una manera ortodoxa, en cambio yo percibí desde el principio los límites de esta forma de protesta y rebeldía, que era muy real, pero que era en el mejor de los casos un poder muy negativo, no positivo, de transformación. El ejemplo más obvio que conozco es el del Perú de los años 1960 y 1970, donde, de hecho, una serie de revueltas populares y de ocupación de tierras por las comunidades campesinas destruyeron prácticamente el sistema latifundista. En cierto momento, el sistema simplemente dejó de existir, pero estas comunidades rurales no pudieron hacer nada más, porque eran incapaces de coordinarse. La escasa coordinación que pueda existir debe proceder de otros lugares. En Perú, en aquel momento, provenía de un grupo de generales políticamente progresistas. Una razón de mi compromiso con el comunismo era el enorme poder de los partidos comunistas como organizaciones, que eran capaces de reunir a las fuerzas sociales y  hacerlas fuerzas activas en la historia, al menos antes de ponerse encima y borrarlas, pero ésa es otra historia…  Mi crítica fundamental a los Estudios Subalternos  no es tanto a sus descubrimientos como a sus implicaciones políticas.

La Vie des Idées:Algunos se quejan de que los rebeldes parecen haber desaparecido de sus trabajos posteriores. A veces se tiene la impresión de que el análisis de las principales fuerzas políticas y económicas que han marcado la historia, a lo que dedicó varios libros, es difícil de combinar con una atención especial a los disidentes y los que protestan. ¿Es ésta una falsa impresión o es realmente difícil escribir grandes síntesis históricas  incluyendo las ideas y prácticas de los dominados?

Eric Hobsbawm: Ante todo, debemos ser conscientes de que lo que llamamos revuelta y rebelión son categorías inventadas por los poderosos. Para aquellos que no lo son, eso no es necesariamente una rebelión,  es tal vez la afirmación de derechos y reivindicaciones. Por tanto, la definición de lo que constituye una rebelión o revuelta es algo que se hace desde arriba.  Yo añadiría que alguien dijo una vez que la mayoría de las revueltas campesinas de la Rusia del siglo XIX se resumen  en la solemne multitud de campesinos reunidos en la plaza del pueblo arengados  por los policías. Y nada más!

El concepto de rebelión o de revuelta, como tal, puede ser reapropiado por un grupo de revolucionarios, de rebeldes o de progresistas. Ferrer i Guàrdia dijo: “Yo no soy un revolucionario, soy un “rebelde “. Así que creo que prefiero abandonar el término rebelión o revuelta y hablar de movimiento de  afirmación de los derechos o de manifestaciónde reivindicación de derechos.

¿Cómo se producen estos movimientos? Tradicionalmente, durante el período que más me interesa, rara vez eran espontáneos: se constituían en el seno de una matriz de las convenciones y de hipótesis sobre la forma en la que las personas se debían de comportar entre ellas  y siempre dependían en cierta medida de una forma de estructura de decisión y de consejo. En los movimientos campesinos y aldeanos, incluso en su forma más primitiva,  se reunían y discutían acerca de cómo decidir y actuar. Por ejemplo, en el siglo XX en los Balcanes se reunían alrededor de la oficina de correos para discutir las novedades. En ausencia del alcalde del pueblo o de otra persona importante, se recurría al consejo del maestro, quien podía tener una posición central en la formación de la opinión y,  llegado el caso,  en la acción. En el nivel más bajo, este papel era asumido por el zapatero. En estas condiciones, usted debe entender que incluso estos movimientos llamados “espontáneos”  están en realidad estructurados. En la Francia del siglo XVIII, por ejemplo, la “taxation populaire“  no fue algo que sucedió de repente. Había formas de hacerlo, ya sabe cómo debía hacerse. Las mujeres ocuparban un lugar importante, era parte de su función.

El análisis debe hacerse en el nivel macro: ¿hasta qué punto estos movimientos son eficaces a gran escala? Tal vez deberíamos tener en cuenta los factores negativos;  que luego pueden recaer en las cosas espontáneas. Tomemos el ejemplo de la deserción militar, que es una forma de acción negativa, pero que puede revelarse también una forma de acción muy importante. ¿Cuándo se desintegra un ejército? Realmente no lo sabemos y sólo podemos especular. Sabemos cuándo hay resistencia al reclutamiento en el país  donde se introduce el servicio militar universal, y la cantidad de gente que trata de evitarlo, pero no necesariamente sabemos hasta qué punto puede afectar la acción negativa, en tiempo de guerra, de las personas que se niegan a entrar en combate. Creo que es a través de estas formas negativas que lo que llamamos revueltas populares manifiestan su mayor importancia histórica. Para que una acción positiva sea posible es necesario que en cierta medida esté  controlada y dirigida, oficialmente o no,  por grupos acostumbrados a actuar a escala estatal o nacional.

¿Quiénes son los rebeldes de hoy?

La Vie des Idées: Las formas de la rebelión sobre las que trabajó en la década de 1960 no parecen haber desaparecido. La globalización, como la industrialización en el siglo XIX, ha dado lugar a numerosas acciones de protesta, como la ocupación de tierras, tomar como  de rehenes a empresarios por parte de los  trabajadores amenazados de despido, manifestaciones, etc. Estas prácticas son descritaz  a veces como “primitivas”, ¿pero no son una forma moderna de contestar las desigualdades sociales producidas por la globalización?

Eric Hobsbawm: En primer lugar, la tradición de la acción política proviene del desarrollo de la política popular moderna, por ejemplo la transformación gradual de la forma de las manifestaciones clásicas  en manifestaciones sistemáticas institucionalizadas, ya sean mítines o formas de acción estructuradas. Pienso, por ejemplo, que una de las grandes ventajas de un país como Francia es que este tipo de acciones estructuradas integra el hecho de “salir a la calle”. Desde la Revolución Francesa, esta práctica forma parte del aprendizaje político de los individuos, educados en un país donde la política nacional ha tomado una forma jacobina,  republicana,  y a continuación socialista.

Al otro lado del Canal, el movimiento sindical ha desarrollado sus propias técnicas de lucha, que no siempre han sido reconocidas como tales. El luddismo, por ejemplo, es una técnica que se utiliza a menudo para hacer más eficaz la huelga y los conflictos laborales en los casos en que no se puede hacer otra cosa. Se puede citar asimismo  la gran huelga general de 1842 en Inglaterra, que fue llamad “Plug Riots”, porque los huelguistas destapaban las máquinas de vapor.

De vez en cuando  surgen nuevas formas de acción . Por ejemplo, durante la Gran Depresión de la década de 1930 en Francia, Inglaterra y también en América, fue muy característica la ocupación de los lugares de trabajo, sobre todo fábricas. Hoy en día, secuestrar a los patronos es otra acción. No creo que tenga sentido clasificarlo como “primitivo” o “no-primitivo. Se trata de una búsqueda de nuevos modos eficaces de acción. Debo añadir que estas nuevas formas de acción vienen determinadas en gran medida por las circunstancias. Ahora tenemos nuevas circunstancias, que no estabanen el pasado, es decir, vivimos en una “sociedad mediática”. Conseguir dar a corto plazo la máxima publicidad a una acción y encontrar una nueva manera de hacerla es una forma perfectamente racional de expresar su punto de vista. En este caso, por ejemplo, puede que tomar al jefe como rehén  no tenga ningún efecto real sobre la distribución del poder, pero produce una enorme publicidad, atrayendo la atención de la opinión pública, al margen de que la publicidad sea buena o mala.

La Vie des Idées: Al final de su Historia del Siglo XX expresa su preocupación por “las fuerzas generadas por la economía técnico-científica [que] son lo suficientemente grandes como para destruir el medio ambiente”. Al comienzo de su último libro, Guerra y paz en el siglo XXI, parece preocupado por las cuestiones ambientales y la prioridad que los gobiernos le dan al crecimiento económico. ¿Cree usted que las cuestiones ambientales y la oposición al desarrollo científico-técnico son asuntos para una revuelta legítima?

Eric Hobsbawm: Éstos son temas centrales. Una de las razones por las que no soy muy optimista es que superan con mucho el ámbito de las políticas existentes. Estos problemas deben ser resueltos a nivel transnacional y, sin embargo, la política en su conjunto es la única área en la que la globalización no ha hecho ningún progreso significativo. El Estado-nación sigue siendo el único ámbito en el que es posible la acción política. Las organizaciones transnacionales están tratando de expandirse. Por ejemplo, el auge de las ONG es esencial, porque están estructuradas para poder actuar a nivel mundial. Los nuevos movimientos, encabezados principalmente por minorías importantes, han reconocido el potencial de las operaciones transnacionales, en gran parte a través de la revolución de las tecnologías de la comunicación. Se pueden citar muchos ejemplos: 1968 fue probablemente la primera vez en que las ideas se extendieron por doquier,  un poco como se extiende hoy el temor de una pandemia causada por la gripe. 1968 fue un ejemplo precursor,  que vino de México y triunfó en Occidente, para pasar luego a Praga y extenderse hacia el este. Fueron casi siempre movimientos espontáneos. En las últimas décadas, estas técnicas han sido utilizadas para organizar campañas mundiales, entre ellas “las campañas anti-globalización”, que en realidad dependen de la globalización. ¿Serán eficaces? No lo sabemos.

Por otra parte, una acción realmente eficaz sólo es posible si es  realizada por actores realmente transnacionales. Pero hoy en día aún no existen. La mayor esperanza es se establezcan acuerdos entre los principales agentes,  que no son muchos: el G20, los principales sindicatos, etc. Si pudieran ponerse de acuerdo para actuar al mismo tiempo, ciertas acciones podrían llevarse a cabo. No sabemos si pueden, pero que deben y deberían hacerlo es indudable.

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Entrevista realizada en París el 29 de abril de 2009. Transcripción de Feyrouz Djabali, traducción francesa de Sylvie Taussig.

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El futuro del libro, en un mundo digital

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 30, 2009

L’avenir numérique du livre“. Con este título retoma Roger Chartier en Le Monde sus análisis sobre los cambios que la revolución digital ha traído al mundo del libro. Veamos qué nos dice:

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Hagamos una prueba. Googleemos “Google”, es decir, escribamos esa palabra en el buscador del mismo nombre. La pantalla nos indica de inmediato que el número de resultados asciende (en castellano) a más de dos mil millones. Si no nos preocupa el sacrilegio,  volvamos a intentar la operación con el término  “dios”:  el número de posibilidades se reduce ahora a 67 millones (esta versión del texto de Chartier, que lógicamente da cifras distintas atendiendo a la versión francesa del buscador, se compuso el 26 de octubre de 2009 y, por tanto, el cómputo variará cuando esta entrada se publique o lea).

La comparación es suficiente para entender por qué, en los últimos meses y semanas, todas las discusiones sobre la creación de colecciones digitales se han visto sacudidas por los incesantes esfuerzos de la compañía de California. El más reciente, como se anunció hace unos días en la Feria del Libro en Frankfurt, es el lanzamiento de Google Edition (su librería digital de pago), que explota comercialmente algunos de los recursos acumulados en Google Books.

La obsesión “googleana”, aunque legítima,  no puede hacernos  olvidar algunas de las preguntas fundamentales que plantea la conversión digital de textos existentes en una materialidad diferente, ya sean impresos o manuscritos. En esta operación radica el fundamento mismo de la creación de colecciones digitales,  que permiten un acceso a distancia a los fondos conservados en las bibliotecas.

Sería de tontos considerar inútil o peligrosa esta extraordinaria oportunidad que se le ofrece a la humanidad. “Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”, escribió Jorge Luis Borges, y ésa es la misma satisfacción inmediata que produce la nueva Babel digital . Todos los libros al alcance de cualquier  lector, esté donde esté: el sueño es hermoso, con la promesa de acceso universal a los saberes y a la belleza.

No hay que perder la razón. La transferencia del patrimonio escrito de una materialidad a otra no carece de precedentes. En el siglo XV, la nueva técnica de reproducción de textos se puso masivamente al servicio de los géneros que dominaban la cultura del manuscrito:  manuales de escolástica, libros litúrgicos, compilaciones enciclopédicas, calendarios y profecías.

En los primeros siglos de nuestra era, la invención del libro que sigue siendo el nuestro, el códice, con sus hojas, sus páginas e  índices, acogió en un nuevo objeto las escrituras cristianas y las obras de autores griegos y latinos. La historia no enseña lección alguna, a pesar de lo que se dice,  pero en ambos casos muestra un hecho esencial para entender el presente, a saber:  un “mismo” texto ya no es el mismo cuando cambia el soporte en el que se inscribe, del mismo modo que se modifican  las maneras de leer y el sentido que le atribuyen sus nuevos lectores.

En las bibliotecas lo saben, incluso aunque en algunas de ellas hayan tenido o todavía tengan la tentación de alejar de los lectores,  a veces de destruir, los objetos impresos cuya conservación parecía asegurada por la transferencia a otro soporte: el microfilm y la microficha de antes, el archivo digital de hoy. En contra de esta mala política, no hay que olvidar que proteger, catalogar y hacer accesibles  (y no sólo para los expertos en bibliografía) los textos en las formas sucesivas o alternativas que han permitido a los lectores leerlos en el pasado, y en un pasado reciente, sigue siendo una tarea fundamental para las bibliotecas -y la justificación principal de su existencia como instituciones y lugar de lectura.

Suponiendo que los problemas técnicos y financieros de la digitalización hayan sido resueltos y que toda la herencia escrita se pueda convertir a formato digital, la preservación y divulgación de los soportes anteriores seguirían siendo necesarias. De lo contrario, la “extravagante felicidad” prometida por esta biblioteca de Alejandría finalmente realizada nos supondrá pagar un alto precio por la amnesia de esos pasados que hacen que las sociedades sean lo que son. Tanto más cuanto que  la digitalización de los objetos de esa cultura escrita que es todavía la nuestra (el libro, la revista, el periódico) requiere un cambio mucho mayor que el que implicó la migración de textos del rollo al códice. A mi parecer, la clave está en  la profunda transformación de la relación entre el fragmento y la totalidad.

Al menos hasta hoy, en el mundo electrónico, es la superficie iluminada de la pantalla del ordenador la que da a leer los textos, todos, cualquiera que sea su género o su función. Se rompe así la relación que, en todas las culturas escritas previas,  vinculaba estrechamente objetos, géneros y usos. Es esta relación la que organiza las diferencias, percibidas de forma inmediata, entre los diferentes tipos de publicaciones impresas y las expectativas de sus lectores, guiados en el orden o el desorden de los discursos por la materialidad misma de los objetos que los transportan.

Y es esta misma relación la que hace visible la coherencia de las obras,  imponiendo la percepción de la identidad textual,  incluso a quien sólo quiere leer unas pocas páginas. En el mundo de la textualidad digital, los discursos ya no están inscritos en los objetos, que permiten clasificarlos, jerarquizarlos y reconocerlos en  su propia identidad. Es un mundo de fragmentos descontextualizados, yuxtapuestos, de una recomposición indefinida, sin que sea necesario o deseado comprender  la relación que los inscribe en la obra de la que han sido extraídos.

Se puede objetar que esto siempre ha sido así en la cultura escrita, amplia y durablemente construida a partir de recopilaciones de extractos, de antologías de lugares comunes  (en el sentido noble que se le daba en el Renacimiento), de fragmentos escogidos. Ciertamente. Pero, en la cultura de la imprenta, el desmembramiento de los escritos va acompañado por su contrario: su circulaciónen en las formas que respetan su integridad y que, a veces,  las reúnen en las “obras”, completas o no. Además, en el propio libro, los fragmentos están necesariamente, materialmente, relacionados con una totalidad textual,  reconocible como tal.

Son varias las consecuencias que se derivan de estas diferencias fundamentales. La idea misma de revista se torna incierta, cuando la consulta de los artículos ya no está vinculada a la percepción inmediata de una lógica editorial que se hace visible en la composición de cada número, sino que se organiza mediante un orden temático de secciones. Y es cierto que las nuevas formas de lectura, discontinuas y segmentadas, socavan las categorías que rigen la relación de los textos y obras, designados, pensados y apropiados en su singularidad y coherencia.

Son precisamente estas propiedades fundamentales de la textualidad digital y de la lectura frente a la pantalla lo que el proyecto comercial de Google intenta explotar. Su mercado es el de la información. Los libros, como otros recursos digitalizables,  constituyen un enorme filón  a explotar. Como declaró Sergey Brin, co-fundador de la empresa: “Hay una cantidad fantástica de información en los libros. A menudo, cuando hago una búsqueda, lo que encuentro en un libro es cien veces superior a lo que puedo encontrar en la red”. De ahí la percepción inmediata e ingenua de cualquier libro, de cualquier discurso como base de datos que proporciona “información” a quienes  la buscan. Satisfacer esta demanda y obtener provecho de ello es el primer objetivo de la compañía de California, y no construir una biblioteca universal a disposición de la humanidad.

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Por otra parte, parece que Google  no está  bien equipada para hacerlo, a juzgar por los muchos errores de datación, clasificación e identificación producidos por la extracción de datos, y observados con ironía por Geoffrey Nunberg en The Chronicle of Higher Educación el pasado agosto. Para el mercado de la información, estos errores son secundarios. Lo que importa es la indexación y la clasificación de datos, así como las palabras clave y temas que permiten ir más rápido con los documentos que ofrecen “más posibilidades”.

Este gran descubrimiento de un nuevo mercado, siempre en expansión, y los progresos técnicos que le dan a Google un cuasimonopolio sobre la digitalización en masa,  han asegurado un gran éxito y copiosos beneficios a esta lógica comercial. Ésta supone la conversión electrónica de millones de libros, tomados como una inagotable mina de informaciones. Por tanto, ello exige no sólo acuerdos pasados o futuros con las grandes bibliotecas del mundo, sino también, como hemos visto,  un enorme esfuerzo de  digitalización, poco preocupado por el respeto a los derechos de autor, y la creación de una gigantesca base de datos, capaz de absorber más y archivar  las  informaciones personales de los internautas que utilizan los muchos servicios ofrecidos por Google.

Todas las controversias actuales derivan de este primer proyecto. Así,  las demandas judiciales de algunos editores (por ejemplo, La Martinière) por la reproducción y difusión ilegales de obras cuyos derechos les pertenecen, o el acuerdo entre Google y la Asociación de Editores y la Sociedad de autores estadounidenses, que prevé compartir las tasas percibidas por el acceso a los libros con derechos de autor (37% para Google, el 63% para quienes tiene los derechos). Este “settlement” preocupa al Departamento de Justicia, ya que podría constituir una posible violación de la ley antimonopolio, así  que el próximo 9 de noviembre el asunto se verá ante el juez de Nueva York encargado de retificar el acuerdo. Y luego está el lanzamiento espectacular de Google Edition, que es en realidad una librería digital de gran alcance destinada a competir con Amazon en la venta de libros electrónicos. Su constitución ha sido posible gracias al control que Google ejerce sobre cinco millones de libros “huérfanos”, todavía protegidos por derechos de autor pero cuyos editores o propietarios de los derechos han desaparecido, y por el acuerdo que legaliza a la postre las digitalizaciones piratas .

Representantes de la empresa americana recorren el mundo y los congresos para proclamar sus buenas intenciones:  democratizar la información, haciendo accesibles los libros disponibles,  remunerar adecuadamente a autores y editores, favorecer la legislación sobre los libros “huérfanos”. Y, por supuesto, la conservación “para siempre” de obras amenazadas por los desastres que afectan a las bibliotecas, como recuerda Serge Bryn en un reciente artículo del New York Times, donde se justifica el acuerdo presentado ante el juez por los incendios que destruyeron  la biblioteca de Alejandría y, en 1851, la Biblioteca del Congreso.

Esta retórica de servicio público y de democracia universal no bastan para eliminar las inquietudes que plantean las empresas de Google. En un artículo en The New York Review of Books del 12 de febrero y en un libro de inmediata aparición titulado The Case for Books : Past, Present and Future (PublicAffairs),  Robert Darnton convoca  a los ideales de la Ilustración para advertirnos contra la lógica del beneficio que gobierna las empresas de Google. Ciertamente, de momento hay una distinción clara entre obras de dominio público, que están disponibles gratuitamente en Google Books, y libros con derechos de autor, huérfanos o no, cuyos acceso y ahora compra en Google Edition son de pago. Pero nada garantiza que  la compañía, en situación de monopolio, no imponga en el futuro derechos de acceso o precios de suscripción considerables a pesar de la ideología de bien público y gratuidad que actualmente proclama. Ahora mismo, hay un vínculo entre los anuncios publicitarios, que proporcionan enormes beneficios para Google, y la jerarquía de la “información” que obtenemos con cada búsqueda en Google Search.

Es en este contexto  en el que hay que situar los debates generados por la decisión de algunas bibliotecas de encomendar la digitalización total o parcial de sus colecciones a Google, en virtud de un acuerdo o, lo que es menos habitual, de un concurso. En el caso francés, los acuerdos y debates abiertos afectan por el momento a  los libros de dominio público – que, como hemos visto, no protegen a los otros, escaneados en bibliotecas EE.UU.. ¿Debemos continuar por este camino?

La tentación es fuerte en la medida en que los presupuestos no permiten escanear ni mucho ni rápido. Para acelerar la puesta en línea, la Comisión Europea, los gobiernos y algunas bibliotecas han decidido que son necesarios acuerdos con socios privados y, por supuesto, con el único que tiene la matriz técnica  (por otra parte, mantenida en secreto) que permite digitalizaciones masivas. De ahí, las negociaciones,  prudentes y limitadas, entre la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) y Google. De ahí,  las discrepancias sobre la oportunidad de este modelo, tanto en Francia como en Suiza, donde el acuerdo firmado entre la Biblioteca cantonal y universitaria de Lausana y Google ha dado lugar a un serio debate (Le Temps, 19 de septiembre).

Conviene señalar  la diferencia radical que separa las razones, modalidades  y usos de las digitalizaciones de los propios fondos; cuando son llevadas a cabo por las bibliotecas públicas y la empresa de California, la prudencia está más que justificada  y podría o  debería llevarnos a no ceder a la tentación. La apropiación privada de bienes públicos, puestos a disposición de una empresa comercial,  puede parecer chocante. Además, en muchos casos, el uso de las bibliotecas de sus propias colecciones digitalizadas por Google (y aunque las obras sean de dominio público) está sujeto a condiciones que son inaceptables, como por ejemplo la prohibición de explotar los ficheros digitales durante  varias décadas o de fusionarlos con los de otras bibliotecas. Igualmente inaceptable es otro secreto: el de las cláusulas de los contratos firmados con cada biblioteca.

Son lógicas, pues, las reticenciassobre este tipo de asociación, por sus riesgos y consecuencias. En primer lugar, hay que exigir que la financiación pública de los programas de digitalización esté a la altura de los compromisos, necesidades y expectativas,  y que los Estados no descarguen sobre los operadores privados la responsabilidad de las inversiones culturales a largo plazo que les incumben. Por otra parte, hay que fijar las prioridades, sin pensar necesariamente que todo “documento” está destinado a ser digital, pues, a diferencia del filón de informaciones de Google,  se trata de crear colecciones digitales coherentes, respetuosas con los criterios de identificación y asignación de discursos que han organizado y organizan todavía la cultura y la producción impresa.

La obsesión, que puede ser excesiva e indiscriminada,  por la digitalización no debe ocultar otro aspecto de la “gran conversión digital“, por citar al filósofo Milad Doueihi, que es, probablemente con Antonio Rodríguez de las Heras, uno de los que insisten en la capacidad de las nuevas tecnologías para soportar formas de  escritura originales, libres de las restricciones impuestas tanto por la morfología del códice como por el régimen jurídico de los derechos de autor. Esta escritura del palimpsesto y polifónica, abierta y maleable, infinita y móvil, sacude las categorías que, desde el siglo XVIII, son el fundamento de la propiedad literaria.

Estas nuevas producciones escritas, digitales en principio, nos plantean ahora la difícil cuestión de su archivo y preservación. Debemos tener cuidado, incluso aunque  la urgencia inmediata sea decidir cómo y por quién debe hacerse la digitalización del patrimonio escrito, a sabiendas de que la “República digital del saber”,  por la que clama con tanta elocuencia el historiador norteamericano Robert Darnton, no debe confundirse con este gran mercado de la información en el que Google y otros ofrecen sus productos.

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La retórica de Obama

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 26, 2009

Se ha hablado mucho de la oratoria de Obama en estos últimos tiempos, hasta que el asunto ha acabado por entrar en el análisis más o menos especializado. El pasado mes de mayo, la revista Esprit dedicaba un artículo a analizar la retórica del presidente Obama. Ahora es Sciences Humaines la que ofrece todo un dossier a este asunto. Uno de los textos que contiene se titula Obama et le pouvoir des mots, escrito por Achille Weinberg.

Dice Weinberg que Barack Obama ha entrado en la historia gracias al poder de las palabras. Sus  grandes discursos políticos han conseguido catapultar a un joven senador negro de Chicago, desconocido en 2004, a jefe de la primera potencia mundial. El de Boston,  durante la Convención Demócrata de 2004, le convirtió una estrella nacional. Su discurso en Filadelfia, sobre  la raza en Estados Unidos,  es ya legendario. El de Chicago, en la noche de la elección a la presidencia, hizo estremecer al mundo. En todas esas ocasiones se las ingenió para impactar en las  mentes, inflamar los corazones, hacer que se derramaran  lágrimas y conmover incluso a los más reticentes. ¿Cuál es su secreto?

En primer lugar,  y  más allá de las palabras, debemos preguntarnos la relación entre el carisma personal de B. Obama y su capacidad de seducción. Encanto no se le pude negar: grande, guapo, con elegancia natural, una voz grave con un ritmo especial, una sonrisa tranquilizadora que inspira confianza. Virginia Sapiro,  profesora de ciencias políticas en Boston, dice que “siempre parece ser dueño de sí mismo. Es muy tranquilo, con una paz interior, algo que en un período de crisis es muy importante “. El carisma del personaje, asociado con la emoción colectiva de sus mítines, también podría explicar en parte la fascinación que despierta. Para contrarrestar estos efectos, hay que sentarse en una silla, quitar la imagen, apagar el sonido, obviar el estado de ánimo colectivo de sus mítines y  leer sus discursos. Está claro que la magia no desaparece,  aún nos hace temblar. Hay, pues, algo en el propio discurso.

Obama tiene la virtud de dar vida a sus ideas a partir de historias sencillas, emocionantes  y edificantes. La suya ante todo. En la convención demócrata de 2004, que lo dio a conocer a nivel nacional, comenzó contando la historia de su familia. La de su abuelo, un cocinero pobre, que soñaba con un futuro mejor para su hijo. Habla de su padre, nacido en Kenya, que estudió  y obtuvo una beca para estudiar “en un lugar mágico: Estados Unidos”. Evoca un encuentro con una mujer blanca,  su madre, “nacida en las antípodas, en  Kansas”. “Mis padres no sólo compartían un amor improbable, compartían su fe en las posibilidades de esta nación. Me dieron un nombre africano, Barack, que significa “bendición”,  porque creían en una América tolerante donde tu nombre no es una barrera para alcanzar el éxito”.  Un pequeño tour de force. En resumen, la clave es el sueño americano visto a través de una historia de vida. Se centra en la alianza entre negros y blancos (un “amor improbable”) en lugar de en su oposición, en la capacidad de América para ofrecer una oportunidad a todos. Un mensaje unificador y emocionate. ¿Cómo no conmoverse por padres que sueñan con una vida mejor para sus hijos? Un discurso que puede apelar a todas las generaciones, sea cual sea el origen, a todos los estadounidenses. En todos los discursos  sacó a relucir esas historias de vida. En Filadelfia, por ejemplo, habló de Ashley, una estudiante cuya madre tenía cáncer y carecía de cobertura sanitaria. Empezaba así: “hay una historia en particular que me gustaría ofrecerles hoy,  una historia que relaté cuando tuve el gran honor de hablar con motivo de la celebración del nacimiento del Dr. King en su parroquia, la Ebenezer Baptist de Atlanta. Trata de una joven, una mujer de 23 años, una mujer blanca llamada Ashley Baia, que trabajó en nuestra campaña en Florence, South Carolina…”

Estas historias las inscribe dentro de la “gran historia”.  ¿Cómo? Con una fórmula que consigue hacer desfilar la historia de Estados Unidos mejor que las fechas o los recuerdos propiamente históricos. En Chicago, la noche de su victoria, hizó temblar al público al referirse a la historia de Nixon Ann Cooper, una mujer de 106 años, que desafió el frío y la fatiga para ir a votar, porque sabía que el  “tiempo del cambio había llegado”.  “Nació sólo una generación después de que desapareciera la  esclavitud, un momento en el que no había coches por las carreteras ni aviones en el cielo, y cuando alguien como ella no podía votar por dos razones: porque era una mujer y por el color de su piel. Y esta noche pienso en todo lo que ella ha visto en América a lo largo de su siglo,  la angustia y la esperanza, la lucha y el progreso, los tiempos en que se nos decía que no podíamos, y la gente que siguió confiando en el credo estadounidense: Sí, podemos”.

Este proceso de desplazamiento que consiste en sustituir un nombre o una idea con una imagen gráfica es casi sistemático. Aquí se unen los procesos convencionales de la metáfora y la metonimia, que son una piedra angular de su retórica. Como ha señalado Christophe de Voogt,  cuando aborda cuestiones de ecología  “no hay cifras ni consideraciones eruditas sobre el calentamiento global” sino una evocación concreta: “Mientras hablamos, los coches en Boston y las fábricas en Pekín derriten la capa de hielo en el Ártico, reducen las costas en el Atlántico y traen la sequía a las granjas,  de Kansas a Kenia” (Berlin, 2008). Como ha indicado Piere Varrod, allí donde otro político habría dicho “vamos a incrementar la producción de electricidad a partir de nuevas fuentes de energía -solar, eólica, geotérmica”,   Obama dijo: “dominaremos el sol, el viento y el suelo”.

El arte de contraste es otro recurso retórico del que hace uso. Se trata de crear oposiciones simples y binarias para marcar los límites del debate. En su discurso ante el Senado para defender la reforma sanitaria, fue tajante: “El tiempo de la riña se ha terminado. El tiempo de los juegos ha pasado. Ha llegado el momento de actuar”.  Las críticas, las objeciones y  los debates se reducen a “riñas y juegos” que se oponen a la  “acción”. Este contraste crea una simplificación y una oposición binaria que tiene la ventaja de “marcar el terreno” creando dos alternativas claras (aunque en realidad siempre hay un mayor campo de posibilidades).

Charlotte Higgins ha hablado de  Obama como de un “nuevo Cicerón“. De hecho, más que de la retórica romana,  Obama es heredero de la tradición oratoria de los pastores negros  y de los grandes oradores de la historia americana (B. Franklin Roosevelt, John F. Kennedy). Sin embargo, ¿los trucos retóricos son suficientes para explicar su fuerza de convicción? Más allá de las técnicas retóricas, hay también un mensaje. Se basa en tres ideas fundamentales:

• La esperanza (hope) de un mundo mejor (incluso aunque el contenido de ese “mundo mejor” sea bastante vago);

• El cambio debe descansar en la capacidad del pueblo estadounidense de inventar lo imposible, una idea que resume en el lema: “Yes, we can”;

• Este cambio se basa en la unidad del pueblo estadounidense. Más allá de las divisiones, hay una unidad de los estadounidenses en torno a los valores fundacionales.

Todos los comentaristas lo han subrayado: B. Obama es un unificador. Su posición política no es la de un defensor o representante de una comunidad,  se presenta como un hombre que está por encima de la refriega, que moviliza  valores no partidistas.

Si  según Michael  Meyer  la retórica es el arte de aproximar las distancias entre los interlocutores, entonces B. Obama es un maestro del género.

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El libro rojo de Jung

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 21, 2009

“Esta es una historia de un libro casi centenario, encuadernado en cuero rojo, que ha pasado el último cuarto de siglo oculto en la bóveda de un banco en Suiza. El libro es grande y pesado y su lomo está grabado con unas letras doradas que dicen “Liber Novus,” que en latín significa “Nuevo Libro”. Sus páginas son de un grueso papel de color crema y están llenas de pinturas de criaturas de otro mundo y diálogos manuscritos con dioses y demonios. Si no supiéramos cuándo fue escrito, podríamos confundirlo con un libro medieval perdido”.

jung libro rojo

Así empezaba Sara Corbett el pasado septiembre su crónica para el NYT sobre la inminente publicación del ya mítico libro rojo de Carl Gustav Jung, cuya edición tiene ya a punto W.W.Norton ofreciendo un volumen facsímil bilingüe. Mientras tanto, el original ha dejado la Union de Banques Suisses y se exhibe hasta el 25 de enero en el Museo Rubin de Nueva York.

Por supuesto, el volumen ya ha aparecido en una magnífica edición alemana: Carl Gustav Jung, Das Rote Buch. Patmos, Düsseldorf. Thomas Lindemann da buena cuenta de ello en Die Welt. Según Lindemann, el psicoanalista desnuda su alma de una forma tan extraña como ingenua, realizando un viaje a través de la mitología, la oscuridad y la introspección tenaz. Hay sueños, pensamientos y ensayos en miniatura, así como diálogos con personas imaginarias a las que se refiere como “alma” o Izdubar, el antiguo hombre-toro babilonio. Su estilo es el de los textos medievales iluminados, y su caligrafía la minúscula carolingia. Además, se incluyen complejas imágenes, que recuerdan a veces al arte bizantino.  En fin, palabras e imágenes para realizar lo que Jung denominó “imaginación activa”, es decir, su exploración interior.  Sólo queda aconsejar una visita a esos enlaces, en particular el de la editora alemana, porque el espectáculo es sorprendente.

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Quentin Skinner: Thomas Hobbes, el contrarrevolucionario

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 18, 2009

Corey Robin, profesor de ciencia política en el Brooklyn College, autor de Fear: The History of a Political Idea, analiza en The Nation la nueva entrega que Quentin Skinner le dedica a su obsesión preferida, Thomas Hobbes:  Hobbes and Republican Liberty (CUP, 2008). Como tambien es en parte la mía, y la de tantos otros, rebasaremos por esta vez los estrechos marcos cronológicos de la historia contemporánea. Aunque, como se verá, no tanto.

La revolución envió a Thomas Hobbes al exilio; la reacción lo trajo de vuelta. En 1640,  los parlamentarios opuestos a Carlos I, como John Pym, estuvieron  denunciando “la predicación en favor la monarquía absoluta, con lo que el rey podría hacer lo que deseara”. Hobbes  había terminado de escribir en aquel momento The Elements of Law, haciendo justamente eso. Después de que un alto consejero del monarca y un teólogo con ilimitados poderes reales fueran arrestados, Hobbes decidió que era hora de marcharse. Sin ni siquiera esperar a que le empaquetaran sus cosas,  huyó de Inglaterra rumbo a Francia.

Once años y una guerra civil después, Hobbes  abandonó Francia y regresó a Inglaterra. Esta vez, estaba huyendo de los realistas. Como antes, Hobbes acababa de terminar un libro. Su Leviatán, como más tarde explicaría, “lucha en nombre de todos los reyes y de todos aquellos que bajo cualquier nombre llevan los derechos de los reyes”. Fue esta aparente indiferencia sobre la identidad del soberano lo que ahora le estaba creando problemas. Su Leviatán justificada, mejor dicho, exigía que los hombres se entregaran a cualquier persona o personas que fueran capaces de protegerlos de un ataque exterior y de los disturbios civiles. Con la monarquía abolida y las fuerzas de Oliver Cromwell controlando Inglaterra y encargándose de la seguridad de las personas, el  Leviatán parecía recomendar que todos, incluidos los realistas derrotados, profesaran lealtad a la Comunidad (Commonwealth). Este argumento ya contaba con versiones previas, ofrecidad por Anthony Ascham, embajador de la Commonwealth, asesinado por los realistas exiliados en España. Así, cuando Hobbes se enteró de que los clérigos estaban tratando  de arrestarle en Francia  -el Leviathan también era vehementemente anticatólico, tanto que ofendió a la reina madre- salió de París y regresó a Londres.

No es casualidad que Hobbes huyera tanto de sus enemigos como de sus amigos, porque la configuración de su teoría política destrozaba  alianzas que venían de lejos. En lugar de rechazar el argumento revolucionario, lo absorbía y lo transformaba. De sus profundas categorías y estilo derivaba una defensa a ultranza de la forma más retrógrada de gobierno. Sintió los impulsos centrífugos de la temprana Europa moderna -el sacerdocio universal, los masivos ejércitos democráticos reunidos bajo la bandera de los antiguos ideales republicanos, la ciencia y el escepticismo- y trató de convertirlos en una fuerza centrípeta única: un soberano tan terrible y benigno como para que cualquier desafío a la autoridad pareciera no sólo inmoral sino también irracional. Hobbes  no se diferencia de los futuristas italianos cuando pone la disolución al servicio de la resolución. Fue el primero y, junto con Nietzsche, el más grande filósofo de la contrarrevolución, un  licuador avant la lettre de la modernidad cultural y la reacción política,  que entendía que para derrotar a una revolución uno debe convertirse primero en revolución.

¿Y cómo ha sido tratado por el partido del orden? No muy bien. En un ensayo sobre el obispo Bramhall, un realista que debatía con Hobbes, TS Eliot (un licuador hábil) decía que  Hobbes era “uno de esos escasos y extraordinarios advenedizos a quienes el movimiento caótico del Renacimiento les concedió una eminencia  que apenas merecían”. De los cuatro teóricos políticos del siglo XX que Perry Anderson definió como “La derecha intransigente”  en su Spectrum - Leo Strauss, Carl Schmitt, Michael Oakeshott y Friedrich von Hayek – sólo Oakeshott vio en Hobbes un ligerísimo atisbo de alma gemela. El resto lo veían como fuente de un liberalismo maligno, de jacobinismo o incluso de bolchevismo.

Los custodios del antiguo régimen a menudo confunden a los contrarrevolucionarios con la oposición, porque no pueden detectar la alquimia de su argumento. Todo lo que advierten es lo que hay allí  -una forma de pensamiento novedosa que resuena peligrosamente a algo revolucionario- y lo que echan de menos: la justificación tradicional de la autoridad. Eso hace que el contrarrevolucionario no les parezca un camarada, sino alguien sospechoso. Y no están equivocados del todo.  Tanto para la izquierda como, en rigor, para la derecha -uno de los textos más famosos de Hayek se titula “Por qué no soy conservador” – el contrarrevolucionario es un pastiche de incongruencias: alto y bajo, antiguo y nuevo,  izquierda y derecha, ironía y fe. El pastiche es indispensable, porque lo que un contrarrevolucionario está tratando de hacer es nada menos que la cuadratura del círculo – establecer la prerrogativa popular y restablecer un régimen que afirma que ha estado ahí desde siempre, que no hubo una primera vez (el antiguo régimen fue, es y será, no se hizo). Son tareas que ningún otro movimiento político puede  emprender. No es que el contrarrevolucionario esté personalmente predispuesto a la paradoja, es sólo que se ve obligado a cabalgar sobre las  contradicciones históricas, por el bien del poder.

Pero ¿por qué retomar a Hobbes para hablar de conservadurismo, de la derecha y de la contrarrevolución? Después de todo, ninguno de estos términos parece haber entrado en circulación hasta la Revolución Francesa o incluso después, y la mayoría de historiadores ya no creen que la Guerra Civil inglesa fuera una revolución. Las fuerzas que derrocaron a la monarquía podían estar buscando tanto la República romana como la antigua constitución. Puede que quisieran una reforma de las costumbres religiosas o que se limitara el poder real. Pero la revolución no estaba entre sus propósitos. ¿Cómo podría Hobbes haber sido un contrarrevolucionario si no había revolución a la que oponerse?

Por un lado, Hobbes pensaba de otra manera. En el Behemoth, su mejor tratamiento de la cuestión, declaró firmemente que la Guerra Civil inglesa era una revolución. Y aunque para él eso quería decir algo similar a lo que significaba para los antiguos -un proceso cíclico de cambio de régimen, más afín a la órbita de los planetas que a un gran salto hacia delante- Hobbes veía en el derrocamiento de la monarquía un celoso (y, desde su perspectiva, tóxico) anhelo de democracia, un firme deseo de redistribuir el poder entre un mayor número de hombres. Para Hobbes, ésa era la esencia del desafío revolucionario, y así ha permanecido desde entonces -ya sea en Rusia en 1917, en Flint en 1937 o en Selma  en 1965. Que estuviera inspirado más  por visiones del pasado que del futuro no debe demorarnos, no  más que a Hobbes – o a Benjamin Constant o Karl Marx, en realidad, quienes vieron lo fácil que era para los franceses hacer la revolución mientras  (o incluso por) miraban hacia atrás.

Hobbes se opuso claramente a los “democráticos”, como él llamaba a las fuerzas parlamentarias y sus seguidores. El argumento de Quentin Skinner en Hobbes and Republican Liberty es que derrochó una parte considerable de su energía filosófica en esta oposición y que sus mayores innovaciones se derivaron de ella. Su objetivo específico era la concepción republicana de libertad, su noción de que la libertad individual conlleva a los hombres a gobernarse a sí mismos colectivamente. Desanudando los lazos entre libertad personal y naturaleza del poder político, Hobbes fue capaz de argumentar que el hombre puede ser libre en una monarquía absoluta – o como mínimo  no menos libre de lo que lo sería en una república o una democracia. Fue “un momento que hizo época en la historia del pensamiento político anglosajón”, dice  Skinner, del que resulta una nueva descripción de la libertad de la que aún somos deudores -por desgracia, para Skinner- hoy en día.

Skinner es un historiador demasiado exigente como para decir que Hobbes es un contrarrevolucionario, pero su espléndido libro abre una amplia ventana a la complejidad de esa empresa. Todos los contrarrevolucionarios se enfrentan a la misma pregunta: ¿cómo defender un antiguo régimen que ha sido o está siendo destruido? El primer impulso -reafirmar las verdades antiguas del régimen- suele ser generalmente lo peor, porque a menudo fueron sobre todo esas verdades las que le crearon los problemas a aquel régimen. O el mundo ha cambiado tanto que ya no permiten el asentimiento o se han desarrollado de manera tan flexible que han cambiado, favoreciendo la revolución. De cualquier manera, el contrarrevolucionario debe buscar en otra parte los materiales con los que conformar su defensa del antiguo régimen. Eso puede ponerlo en desacuerdo, como Hobbes advirtió, no sólo con la revolución  sino también con el mismo régimen cuya causa defiende.

Los defensores de la monarquía en la primera mitad del siglo XVII ofrecían dos tipos de argumentos, ninguno de los cuales Hobbes podía respaldar. El primero, que Skinner no discute, era  el derecho divino de los reyes.  Era una innovación reciente -Jacobo I, padre de Carlos, fue su principal exponente en Gran Bretaña- que declaraba que el rey era el representante de Dios en la tierra (de hecho, era como Dios en la tierra);  que era responsable sólo ante Dios; que sólo él estaba autorizado a gobernar y no debía verse restringido por la ley, las instituciones o el pueblo. Como supuestamente señaló el asesor de Carlos I, “el dedo meñique del rey debe ser más grueso que los lomos de la ley”.

Si bien tal absolutismo apelaba a Hobbes, el fundamento de la teoría era débil. La mayoría de los teóricos del derecho divino suponían que  Hobbes y sus contemporáneos, especialmente en el continente, creían que  ya no existía: una teleología de los fines humanos que reflejara la jerarquía natural del universo y produjera definiciones inatacables del bien y del mal, lo justo e injusto. Tras un siglo de derramamiento de sangre provocado por el significado de esos términos y el escepticismo sobre la existencia de un orden natural o nuestra capacidad para conocerlo, las defensas del derecho divino no parecían creíbles ni fiables. Con sus dudosas premisas, tenían las mismas probabilidades de provocar un conflicto que de resolverlo.

Posiblemente era más preocupante que la teoría dibujara un teatro político en el que sólo había dos actores de alguna importancia: Dios y el rey, uno interpretando al otro.  Aunque Hobbes creía que el soberano no debía compartir el escenario con nadie, estaba muy a tono con el virus democrático de su tiempo de no darse cuenta de que la teoría había enviado a un tercer actor -el pueblo- con el paquete. Todo fue muy bien mientras la gente estuvo tranquila y fue respetuosa, pero durante la década de 1640 eso no era viable. La gente estaba en el escenario, exigiendo un papel de liderazgo, y no podía ser ignorada ni cabía  darle un papel secundario.

Los cambios en Inglaterra, en definitiva, habían hecho del derecho divino algo insostenible. El desafío era complicado para Hobbes: cómo preservar el impulso de la teoría (incondicional sumisión al poder absoluto, indivisible) mientras abandonaba sus premisas anacrónicas. La teoría del consentimiento de  Hobbes, en el que las personas pactan unas con otras para crear un Estado soberano con poder absoluto sobre ellas, y su teoría de la representación, en la que la gente se hace pasar por el soberano, sin que esté obligado a ellos, lo consiguió.

La teoría del consentimiento no hizo suposiciones acerca de la definición del bien y del mal o de una jerarquía natural del universo. Por el contrario, presumía  que los hombres no estaban de acuerdo sobre estas cosas, y que disputaban de forma violenta, de modo que la única manera de alcanzar sus metas en conflicto y sobrevivir era  ceder todo su poder al Estado y someterse a él sin protestar ni desafiarlo. Protegiéndolos a unos de otros, el Estado les garantizaba el espacio y la seguridad para seguir adelante con sus vidas. Junto con la descripción de Hobbes de la representación, la teoría del consentimiento tenía una ventaja añadida: aunque le daba todo el poder al soberano, la gente todavía podía imaginarse a sí misma como si estuviera en su cuerpo, en cada golpe de su espada. Ellos le crearon; él les representaba; a todos los efectos, estaban en él. Sólo que no lo estaban ni lo eran:  puede que fueran los autores del Leviatán - el infame nombre que le dio al soberano, extraído del Libro de Job-,  pero como cualquier autor no tenían ningún control sobre su creación. Fue una medida muy acertada, característica de todas las grandes teorías contrarrevolucionarias, en las que las personas se convierten en actores sin papeles, un público que cree que sale a escena.

El segundo argumento ofrecido en favor de la monarquía, la posición realista constitucional, tenía raíces más profundas en el pensamiento inglés y, por tanto, era  más difícil de contrarrestar. Sostenía que Inglaterra era una sociedad libre, porque el poder real estaba limitado por el derecho anglosajón (common law) o compartido con el Parlamento. Esa combinación de imperio de la ley y soberanía compartida, afirmó Sir Walter Raleigh, era lo que distinguía a los súbditos libres del rey de los esclavos ignorantes de los déspotas del Este. Fue este argumento y sus ramificaciones radicales, según Skinner sostiene, lo que aceleró las reflexiones más profundas y audaces de Hobbes sobre la libertad.

En la base de esta concepción de la libertad política descansaba una distinción entre actuar en aras de la razón y a instancias de la pasión. Lo primero es un acto libre y lo segundo no. “Actuar por pasión”, explica Skinner, “no es actuar como un hombre libre, ni siquiera es algo característico del hombre; tales  acciones no son expresión de verdadera libertad, sino de mera licencia o brutalidad animal”. La libertad implica actuar a partir de lo que deseamos, que no se debe confundir con el apetito o la aversión. Como Bramhall expresó: “Un acto libre es sólo el que procede de la libre elección de la voluntad racional”.  “Donde no hay consideración ni uso de la razón, no hay libertad en absoluto”.  Ser libre implica actuar según la razón o, en términos políticos, vivir  bajo las leyes por contraposición al poder arbitrario.

Al igual que con el derecho divino de los reyes, acontecimientos recientes habían hecho que el argumento constitucional resultara anacrónico, sobre todo por  el hecho de que ningún monarca inglés de la primera mitad del siglo XVII se lo hubiera creído. Con la intención de convertir a Inglaterra en un Estado moderno, Jacobo y Carlos se vieron obligados a defender posiciones sobre la naturaleza de su poder mucho más absolutistas de lo que permitía el argumento constitucional.

Más preocupante para el régimen, sin embargo, fue la facilidad con que ese argumento constitucional podía mutar en republicano y ser utilizado contra el rey. Y así era, en las débiles peticiones de common lawyers y parliamentary supplicants, quienes sostenían que con la inobservancia de la ley común y la desobediencia al Parlamento del rey (Carlos)  se amenazaba con convertir Inglaterra en una tiranía;  y en las exigencias utópicas de los radicales, que insistían  en que todo lo que no fuera una república o una democracia, donde los hombres vivían bajo las leyes que habían consentido, constituía una tiranía. Toda monarquía, según éstos, era una forma despotismo.

Hobbes pensaba que este último argumento  derivaba de los “libros de política y de historia, de los antiguos griegos y romanos“, que fueron muy influyentes entre los educados opositores al rey. Skinner está de acuerdo, y una parte considerable de su obra (así como varios de sus otros libros y ensayos) se dedica a rastrear el linaje clásico de lo que él llama el argumento “neo-romano” o republicano. Esa herencia antigua recobró nueva vida con  los Discorsi de Maquiavelo, traducidos al inglés en 1636, y Skinner sugiere que pudieron haber sido el objetivo final de Hobbes en su advertencia contra el gobierno popular.

Pero Skinner también señala que la premisa fundamental del argumento republicano -lo que distingue a un hombre libre de un esclavo es que el primero está sujeto a su propia voluntad mientras que el segundo está sujeto a la voluntad de otro- se puede encontrar,  en una reproducción “palabra por palabra” del Digesto de derecho romano, en la commom law inglesa ya en el siglo XIII. Del mismo modo, la distinción entre voluntad y apetito, libertad y licencia, estaba  “profundamente arraigada”  tanto en la tradición escolástica de la Edad Media como en la cultura humanista del Renacimiento. Por tanto, eso estaba  no sólo en las posiciones realistas de Bramhall y sus secuaces, sino también entre los radicales y regicidas que derrocaron al rey. Un fascinante subtexto del argumento de Skinner es, pues,  que bajo el abismo que separaba a realistas y republicanos había un profundo y volátil cimiento, el de  la asunción compartida sobre la naturaleza de la libertad. La genialidad de Hobbes estuvo en reconocer ese supuesto, y en su ambición para aplastarlo.

Si bien la noción de que la libertad consiste en vivir bajo las leyes prestaba apoyo a los realistas constitucionales, quienes daban mucha importancia a  la distinción entre monarcas legales y tiranos despóticos, eso no conducía necesariamente a la conclusión de que un régimen libre tuviera que ser una república o una democracia. Para avanzar en ese argumento, los radicales tuvieron que hacer dos afirmaciones adicionales: en primer lugar, equiparar la arbitrariedad o la ilegalidad a una voluntad que no es la propia, una voluntad que sea esterna o ajena; y, segundo,  equiparar las decisiones de un gobierno popular con una voluntad que es la propia. Estar sujeto a una voluntad que es la mía -las leyes de la república o la democracia- es ser libre; estar sujeto a una voluntad que no es mía -los edictos de un rey o de un país extranjero- es ser un esclavo.

No siempre queda claro en el texto de Skinner cómo hicieron los republicanos estas afirmaciones. Su Liberty Before Liberalism,  publicado en 1998, muestra mejor estas maniobras. Pero lo que está claro es que fueron ayudados en estos esfuerzos por una peculiar, aunque popular, comprensión de la esclavitud. Lo que hacía de alguien un esclavo, a ojos de muchos, no era que estuviera encadenado  o que su propietario impidiera u obstaculizara sus movimientos. Era que  vivía y se movía bajo una red -la de la siempre cambiante voluntad arbitraria de su dueño-  que podía  caer sobre él en cualquier momento. Incluso si nunca le atrapó -en el sentido de que  su dueño nunca le dijo qué hacer o no lo castigó por no hacerlo, o nunca quiso hacer algo diferente de lo que el dueño le dijo-,  aún así el esclavo estaba  esclavizado. El hecho de que “vivera en la total dependencia” de la voluntad de otro -que estuviera bajo la jurisdicción del dueño- “era suficiente en sí mismo para garantizar el servilismo” que el maestro “esperaba y despreciaba”.  [Como dice Skinner:]

La mera presencia de relaciones de dominación y dependencia … se mantiene para reducirnos del estatus de … “hombres libres” al de esclavos. No es suficiente, en otras palabras,  disfrutar de nuestros derechos cívicos y libertades como una cuestión de hecho;  si se nos tiene por hombres libres, es necesario disfrutarlos de una manera particular. Nunca debemos obtenerlos simplemente como una gracia o por la buena voluntad de alguien; siempre hemos de poseerlos al margen del poder arbitrario de cualquier persona que nos los pueda sustraer.

En el plano individual, la libertad significa ser uno dueño de sí mismo;  políticamente, se requiere una república o democracia. Sólo una participación plena en y del poder público garantiza que disfrutemos de nuestra libertad en la “forma particular” que la libertad requiere. Este movimiento de lo personal a lo político -la noción de que la libertad individual supone la pertenencia y la participación política, que está fatalmente limitada sin pleno derecho a la ciudadanía política-   es posiblemente el elemento más radical de la teoría del gobierno popular y, para Hobbes, el más peligroso.

Hobbes se propone destruir ese argumento desde sus raíces.  Rompiendo con las ideas tradicionales, defiende una explicación materialista de la voluntad. La voluntad, dice, no es una decisión que resulte de nuestra deliberación razonada sobre nuestros deseos y aversiones; es simplemente el último apetito o aversión que sentimos antes de actuar, y eso nos impulsa a actuar. La deliberación es como la varilla oscilante de un metrónomo -nuestras inclinaciones van a un lado y a otro,  alternando entre el apetito y la aversión-, pero es menos estable. Siempre que la varilla se detiene -y produce una acción o, por el contrario, no da lugar a ninguna-  allí va nuestra voluntad. Si eso parece arbitrario y mecanicista es porque lo es: la voluntad no se planta ante nuestros apetitos y aversiones, juzgando y eligiendo entre ellas, es nuestros apetitos y aversiones. No hay tal cosa, nada que podamos llamar una voluntad libre o autónoma,   sólo “el último apetito o aversión, inmediatamente próximo a la acción o a la omisión correspondiente”.

Imaginemos a un hombre con un apetito desenfrenado por el vino, corriendo por un edificio en llamas para rescatar una caja de esa bebida;  ahora imaginemos a un hombre con una  feroz aversión hacia los perros, corriendo por ese mismo edificio para escapar de una manada de canes. Los opositores a Hobbes verían en estos ejemplos sólo la fuerza de la compulsión irracional; Hobbes ve la voluntad en acción. Hobbes reconoce que quizá estos actos no sean los más juiciosos ni los más sabios, pero ni la sabiduría y ni la cordura desempeñan necesariamente un  papel en la volición. Pueden verse obligados, pero también lo son las acciones del hombre que viaja en un navío muy escorado y que lanza su equipaje por la borda con el fin de aligerar la carga y salvarse a sí mismo. Las decisiones difíciles son acciones adoptadas bajo presión -éstas expresan tanto mi voluntad como las decisiones que tomo en la tranquilidad de mi estudio. Ampliando la analogía, Hobbes sostendría que darle la cartera a alguien que te pone una pistola en la cabeza también es un acto voluntario: he antepuesto mi vida a mi cartera.

Contra sus oponentes, Hobbes sugiere que no hay acción voluntaria contra mi voluntad, pues todas las acciones voluntarias son una expresión de la voluntad. Restricciones externas como estar encerrado en una habitación me pueden impedir actuar al afectar a mi voluntad; formar parte de una banda  me puede obligar a actuar de un modo que no desearía. Pero no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad. En el caso del asaltante, Hobbes diría que su arma cambió mi voluntad:  pasé de querer salvaguardar el dinero en mi cartera a querer proteger mi vida.

Si no puedo actuar voluntariamente contra mi voluntad, no puedo actuar voluntariamente siguiendo una voluntad que no sea la mía. Si obedezco a un rey porque temo que me vaya a matar o a encarcelar, eso no implica la ausencia, la pérdida, la traición o el sometimiento de mi voluntad, es mi voluntad. Podría haber querido otra cosa -cientos de miles de personas durante la vida de Hobbes lo hicieron-  pero mi supervivencia o mi libertad eran más importantes para mí que seguir a quien pudiera haber solicitado mi desobediencia.

La definición de Hobbes de la libertad se desprende de su comprensión de la voluntad. Libertad, dice, es “la ausencia de impedimentos … externos al movimiento”, y es un hombre libre “quien en aquellas cosas de que es capaz por su fuerza y por su ingenio, no está obstaculizado para hacer lo que desea“.  Me puedeo quedar sin libertad, insiste Hobbes, sólo por los obstáculos externos a mi movimiento. Las cadenas y los muros son obstáculos de este tipo; las leyes y obligaciones también, aunque sean obstáculos más metafóricos  (la discusión de Skinner sobre esto último es especialmente lúcida, iluminando un argumento que siempre ha disgustado al mundo académico). Si el obstáculo se encuentra dentro de mí -no tengo la capacidad de hacer algo o tengo miedo de hacerlo-,  carezco de poder o voluntad, y no hay libertad. Esta falta dice más acerca de lo que Hobbes, en una carta citada por Skinner, llama “la naturaleza y la calidad intrínseca del agente” que las condiciones de su entorno político.

En este nuevo relato de Skinner, con su punto de intriga,  de cómo Hobbes llegó a esta comprensión de la libertad, eso último se revela como la finalidad del esfuerzo de Hobbes: separarel estatus de nuestra libertad personal del estado de los asuntos públicos. La libertad depende de la presencia del gobierno, pero no de la  forma que tome el gobierno, que vivamos bajo una monarquía, una república o una democracia no cambia la cantidad o calidad de la libertad que disfrutamos. Esta separación tuvo el efecto dramático de hacer que la libertad pareciera a la vez menos presente y más presente bajo un rey de lo que los antagonistas republicanos y realistas de Hobbes habían calculado.

Por un lado, Hobbes insiste en que no hay manera de ser libre y súbdito al mismo tiempo. La sumisión al gobierno conlleva una pérdida absoluta de libertad: dondequiera que esté obligado por la ley, no tengo libertad para moverme. Cuando los republicanos argumentan que los ciudadanos son libres porque hacen las leyes, Hobbes proclama que están confundiendo la soberanía con la libertad: lo que el ciudadano tiene es poder político, no libertad. Está tan obligado  (tal vez más obligado, diría luego Rousseau) a someterse a la ley, tan falto de libertad, como lo estaría bajo una monarquía. Y cuando los realistas constitucionales sostienen que los súbditos del rey son libres porque el poder del rey está limitado por la ley, Hobbes afirma que no hacen más que confundir las cosas.

Por otra parte, como Skinner muestra en una serie de elegantes pasajes, Hobbes pensaba que si la libertad es el movimiento sin trabas, es lógico pensar que somos mucho más libres bajo un monarca, incluso un monarca absoluto, de lo que los realistas y los republicanos creen (o están dispuestos  a admitir). Ante todo porque incluso cuando actuamos por temor estamos actuando libremente. “Miedo y  libertad son coherentes”, dice Hobbes, porque el miedo expresa nuestras inclinaciones negativas; pueden ser negativas, pero que eso no niega el hecho de que son nuestras inclinaciones. Así que mientras no se nos impida poderlas seguir,  somos libres. Incluso cuando estamos aterrorizados por los castigos del rey, somos libres: “todos los actos que los hombres realizan en los Estados, por temor a la ley, son actos cuyos agentes tenían libertad para dejar de hacerlos“.

Más importante, donde la ley es muda, donde ni manda  ni prohibe, somos libres. Sólo hay que contemplar todas las “formas en que un hombre puede moverse a sí mismo”, dice Hobbes en De Cive, para ver todas las maneras en que puede ser libre bajo una monarquía. Estas libertades, se explica en el Leviatán, incluyen “la libertad de comprar y vendey y de hacer, entre sí, contratos de otro género, de escoger su propia residencia, su prpio alimento, su propio género de vida, e instruir sus niños como crea conveniente, etc.”  Sea cual sea el grado de libertad de movimiento que el soberano pueda garantizar, para perseguir nuestros negocios sin que otros hombres lo puedan impedir, somos libres. La sumisión a su poder, en otras palabras, aumenta nuestra libertad. Cuanto más absoluta sea nuestra sumisión,  más poderoso es y más libre nos hace. La subyugación es la emancipación.

Skinner es generalmente cuidadoso  a la hora de ver el pasado como un espejo o preludio del presente. Prefiere hacer hincapié en su cualidad refractaria: el pasado no es el prólogo, es otro país. Podemos aprender algo sobre nosotros mismos viajando allí, pero sólo si resistimos la tentación de asimilar su alteridad.

Sin embargo, también  queda claro en Hobbes and Republican Liberty y en sus otros escritos que  Skinner cree que la visión hobbesiana de la libertad ha perdurado en los escritos de Constant, de Isaiah Berlin y de la tradición de lo que ahora se llama liberalismo negativo o mínimo. A diferencia del robusto liberalismo de John Dewey, que sugiere que cualquier cosa que no sea la democracia plena en los ámbitos público y privado constituye una amenaza para la libertad individual, el liberalismo negativo se centra en una gama más reducida de principios: “que otras personas me impidan hacer lo que quiero “, como indica Berlin, cuando hay “interferencia deliberada de otros seres humanos dentro de la zona en la que quiero actuar “. La libertad, para Berlin, es la ausencia de interferencias, y, en un guiño a Hobbes, escribe que “no es incompatible con algunos tipos de autocracia, o en todo caso con la ausencia de autogobierno”.

Skinner, también ha sugerido que la descripción republicana de la libertad ha permanecido en los movimientos democráticos del siglo XIX, en la crítica marxista de la esclavitud asalariada, en el feminismo y en “otros alegatos en nombre de los dependientes y oprimidos”. Cuando el liberalismo negativo  considera que el Estado debe garantizar “que los ciudadanos no sufran interferencias injustas o innecesarios en la consecución de las metas propuestas” -sobre todo a manos del Estado- el radical, escribe Skinner, “mantiene que esto nunca puede ser suficiente. ” El Estado también debe “liberar a sus ciudadanos de … la explotación personal y la dependencia.”

Si Berlin y Constant son los herederos de Hobbes, y el radicalismo moderno es heredero del republicanismo inglés, ¿se deduce que sus relatos de la libertad son, como el suyo, contrarrevolucionarios? Skinner, no lo dice, pero dada la hostilidad felina de Berlin a la izquierda y la de Constant a los militantes de su tiempo, parece una conclusión acertada. Como mínimo, Skinner sugiere que una de sus ramas, la del liberalismo tibio, que ha conseguido “predominar dentro de la filosofía política anglosajona”  -por no mencionar los medios de comunicación  y el Partido Democráta-,  es una de las fuerzas de hoy nos impiden disfrutar de una libertad más plena . Y aunque oirlo pueda escandalizar a los bienpensantes de centro-izquierda, su liberalismo suave debe mucho más al espíritu de la contrarrevolución hobbesiana de lo que creen.

A pesar de los progresos de Clinton a Obama, el centro-izquierda está todavía reponiéndose de la reacción derechista contra el New Deal y la Great Society. El homenaje que se rinde a la seguridad y la protección, su preferencia por lo privado en detrimento de los bienes públicos, su temor y desprecio por la democracia en las calles, todos esos han sido, desde la segunda mitad del siglo XIX, los impulsos del partido del orden, no el partido del movimiento, y deben sus orígenes a Hobbes. Hoy en día proporcionan  un liberalismo pasado por la reacción.

Si leemos las notas al pie de Skinner con más cuidado, veremos que el espíritu de Hobbes también se refugia en el derecho contemporáneo. La idea de Hobbes sobre la libertad impregna el discurso libertario, y el Leviatán proyecta una larga sombra sobre la visión conservadora de un Estado vigilante nocturno -donde el objetivo principal del gobierno es proteger a la ciudadanía de un ataque exterior o de un allanamiento de morada; donde la gente es libre de dedicarse a sus asuntos, siempre y cuando no interfieran en los movimientos de los demás; donde los contratos se cumplen y la seguridad está  garantizada.

Los libertarios palidecerán con esa asociación: al margen de la resonancia a las ideas hobbesianas que podamos encontrar en sus escritos, el Estado hobbesiano es mucho más represivo que cualquiera de los  gobiernos que ellos tolerarían. Con la salvedad de que no es así. Como señala Greg Grandin en Empire’s Workshop, Milton Friedman se reunió con el dictador chileno Augusto Pinochet en 1975 para asesorarle en temas económicos;  los Chicago Boys de Friedman trabajaron más estrechamente incluso con la junta de Pinochet. Sergio de Castro, ministro de Hacienda de Pinochet, observó, en algo que recuerda a Hobbes y a Berlin, que “la libertad real de una persona sólo puede garantizarse a través de un régimen autoritario que ejerce el poder mediante la aplicación de normas iguales para todos”. Hayek admiraba tanto el Chile de Pinochet que decidió celebrar una reunión de la Mont Pelerin Society en Viña del Mar, el balneario donde se planeó el golpe contra Allende. En agosto de 1978 escribió una carta al Times de Londres señalando que no había “sido capaz de encontrar una sola persona, ni siquiera en el muy difamado Chile, que no estuviera de acuerdo en que la libertad personal era mucho mayor con Pinochet de lo que lo había sido con el gobierno de Allende”.

“A pesar de mi profundo desacuerdo con el sistema político autoritario de Chile”, como diría más tarde Friedman,  “no veo que esté mal que un economista preste asesoramiento técnico al Gobierno chileno”. Pero el matrimonio entre libre mercado y terror de Estado no puede ser anulado con tanta facilidad. Como Hobbes entendió, se necesita una enorme represión para crear el tipo de hombres que pueden ejercer su “libertad de comprar y vender y de hacer, entre sí, contratos de otro género” sin acabar cabreados. Deben tener libertad para moverse – o elegir- pero no tanto como para pensar que pueden rediseñar la carretera por la que se mueven. Suponiendo una demasiado fácil  congruencia entre capitalismo y democracia, el libertario pasa por alto cuánta coacción se requiere para hacer que los ciudadanos utilicen su libertad de manera responsable y no pidan al Estado que alivie sus aflicciones.

Tantos como había, tuvo que ser Margaret Thatcher la que se lo explicara a la derecha libertaria. Como Naomi Klein relata en La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, al ser presionada por Hayek para adoptar una terapia de choque  más agresiva al estilo Pinochet, Thatcher respondió: “Estoy segura de que estará de acuerdo en que, en Gran Bretaña con nuestras instituciones democráticas y la necesidad de un alto grado de consenso,  algunas de las medidas adoptadas en Chile son absolutamente inaceptables”.  Era 1982, y siendo la democracia británica lo que era, Thatcher tenía que ir con calma. Pero entonces vino la guerra de las Malvinas y la huelga de los mineros. Una vez que Margaret Thatcher se dio cuenta de que podía hacer con los mineros y los sindicatos lo mismo que había hecho con el presidente Galtieri y sus generales en Argentina – “Tuvimos que luchar contra el enemigo externo en las Malvinas y ahora tenemos que luchar contra el enemigo interno, que es tanto más difícil cuanto peligroso para la libertad “- el escenario estaba listo para aceptar a Hayek sin reservas.

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¿Cómo escribir la historia hoy?

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 16, 2009

Pierre Assouline se hace esta presunta en su celebérrimo blog: ¿cómo escribir la historia ahora?

escribir

La “crisis”, dice,  puede tener su lado positivo, pues obligará a historiadores y editores a enfrentar una realidad que viene de lejos: ya no podemos seguir editando los libros de historia como antes. La peor forma de abordar el problema es denunciar la hidra de Internet y agitar el fantasma de la gratuidad.  Tanto más cuanto  el problema es viejo y la web, lejos de acabar con esta categoría de libros, puede por el contrario  asegurar su supervivencia. La muerte universitaria de la gran tesis académica se ha jugado en las librerías . Este tipo de trabajo que, de todos modos, no estaba destinado al público en general, reencontrará sus verdaderos lectores, de forma durable y generalizada, en un portal especializado que tenga la feliz idea de ponerlas en línea para que se las descarguen previo pago,  incluso capítulo por capítulo. ¿Y el resto, es decir, la gran mayoría de los libros de historia? Dado que el ensayo histórico va viento en popa,  debemos tener cuidado para mantener la obra de saber al lado del ensayo cognoscitivo,   apoyados en una base de investigaciones impulsadas por la curiosidad transdisciplinaria y políglota, relacionados con los debates ciudadanos.

¿Pero se publicaría  hoy Montaillou, especialmente sin un Apostrophes que lo popularice?  Nada es menos seguro. Los historiadores, que ya han tenido que pasar su duelo por los índices de nombres y obras,  han experimentado recientemente otro problema: los editores ahora les obligan a quitar las notas al pie o al final del volumen, así como las fuentes, para aligerar sus libros. Como si cualquier garantía de seriedad y rigor, antaño exigida al historiador del mismo modo que uno pide las referencias cuando contrata a alguien,  se penalizara ahora  hasta hacerla ingrata. En Francia no se comenta mucho, pero en Inglaterra no sólo lo dicen, sino que lo escriben: “Los editores creen que las notas ocupan demasiado espacio y son demasiado “académicas”. Los autores de biografías históricas  se han resignado a poner en línea todo su corpus “, se lee en la Biography de Hermione Lee (Oxford University Press, junio de 2009).  Cuanto más de demuestran las infinitas posibilidades del hipertexto, menor esperanza de vida para las notas. Todavía en Inglaterra,  nos enteramos hace poco por The Times que a los historiadores se les ofrecen ahora 30.000 libras esterlinas como anticipo por un libro que hasta hace poco les suponía un adelanto de 120.000. Tristram Hunt, biógrafo de Friedrich Engels, también manifiesta su temor a que esto lleve sus colegas a dedicarse a la  ficción histórica, mientras que Lisa Jardine, que enseña historia del Renacimiento en la Universidad de Londres, señala que ahora  sólo la historia de la ciencia moviliza a los editores.

El hecho es que éstos, al igual que los libreros, se excusan en la recesión para reducir sus riesgos recortando no sólo los anticipos de derechos, sino la producción real de libros de historia y humanidades. Los historiadores deberían aprovechar este tiempo de duda general para examinar sus certidumbres heredadas de la tradición académica y el hábito. Quizá haya llegado el momento de repensar la escritura de la historia. No se puede continuar ejerciendo como si la disciplina no hubiera sido arrollada por los ciudadanos desorientados en el guirigay memorial. Como si la tecnología no hubiera modificado para siempre los modos de lectura.   Como si no estuviera constantemente en el centro del debate público. Como si no se hubieran globalizado sus perspectivas y sus retos. Como si los historiadores bien nacidos debieran seguir frenando su curiosidad y absteniéndose de otras formas narrativas (el Léonard y Machiavel de  Patrick Boucheron es un buen ejemplo), comenzando por el ámbito de la ficción en la que estarían mucho mejor equipados que otros para hacer coexistir la verdad y la exactitud.

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Giorgio Agamben: el mundo y sus representaciones

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 12, 2009

“En física, nos impusimos como ley partir de la idea que, en la naturaleza, nadie se sirve del significante para significar. Nuestra física se distingue en esto de una física mística, y aún de la física antigua, que nada tenía de mística, pero que no se imponía estrictamente esta exigencia. Para nosotros se ha convertido en ley fundamental, exigible de todo enunciado del orden de las ciencias naturales, que nadie se sirve del significante. Pero, el significante a pesar de todo está ahí, en la naturaleza, y si en ella no estuviera el significante que buscamos, no encontraríamos nada. Establecer una ley natural es despejar una formula insignificante. Mientras menos signifique, más contentos nos ponemos. Por eso nos contenta tanto la culminación de la física einsteniana. Se equivocan si creen que las formulitas de Einstein que relaciónan la masa de inercia con una constante y algunos exponentes, tiene la menor significación. Son un puro significante. Y por eso, gracias a él tenemos el mundo en la palma de la mano.  La noción de que el significante significa algo, de que alguien se vale de ese significante para significar algo, se llama la Signatura rerum. Es el titulo de una obra de Jakob Boehme. Con lo cual quería decir que, en los fenómenos naturales, esta el susodicho Dios hablándonos en su lengua”. Jacques Lacan (1956)

Adriana Hidalgo Editora parece empeñada en que Giorgio Agamben no sea un autor desconocido entre los lectores hispanos.  Ya ha vertido al castellano El Reino y la Gloria, Infancia e historia, Estado de excepción, Profanaciones, Lo abiertoLa potencia del pensamiento. Ahora acaba de presentar Signatura rerum. Sobre el método, que editó el pasado año Bollati Boringhieri.

signatura rerum

Hasta que podamos acceder a sus páginas, Cecilia Macón lo reseña para La Nación. Dice, entre otras cosas:

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El primer artículo, “¿Qué es un paradigma?”, no se limita a evocar los principios básicos del concepto de Kuhn, dedicado a los modelos o patrones aceptados por la ciencia establecida, sino que también muestra el modo en que se entrelaza, no sin fricciones, con la propuesta de Michel Foucault. Ideas clásicas del pensamiento de Agamben -el homo sacer , el estado de excepción y el campo de concentración- son justamente, según el propio filósofo, paradigmas, es decir: “Formas de conocimiento que no son ni inductivas ni deductivas, sino analógicas, moviéndose en la singularidad, y capaces de neutralizar la dicotomía entre lo general y lo particular”. El objetivo de sus paradigmas no es, entonces, devenir hipótesis sobre la modernidad a la caza de una causa, sino volver inteligibles fenómenos cuyo parentesco escapaba al historiador.

(…)

“Teoría de las signaturas”, el segundo de los artículos, no sólo es el más extenso y el que da título al volumen, sino también el más provocativo. Allí se evoca el noveno libro del tratado de Paracelso Sobre la naturaleza de las cosas donde se sostiene que todas las cosas llevan un signo que manifiesta y revela sus cualidades invisibles: “Nada es sin un signo -señala Paracelso- puesto que la naturaleza no deja salir nada de sí”. O: “No hay nada exterior que no sea anuncio de lo interno”. Allí están los sacramentos para demostrar la eficacia del signo. La teoría de las signaturas tuvo una gran influencia en las ciencias y en la magia renacentista y barroca hasta llegar a Leibniz y Kepler. Aun cuando desapareció durante el Iluminismo, se revitalizó en el siglo XX con los desarrollos de Aby Warburg, Benjamin, Sigmund Freud, Carlo Ginzburg y el concepto de actos de habla de John Austin y John Searle, donde el lenguaje parece limitar con la magia. Las signaturas orientan la eficacia del signo al mostrar que éste no existe puro: el signo significa porque lleva una signatura. Es en la moda donde Agamben encuentra un ejemplo clave de ese aspecto: por medio de un gesto del diseñador se introduce discontinuidad en el tiempo, se crea lo actual y lo inactual.

En el último y más breve de los textos, “Arqueología filosófica”, le toca el turno a ese concepto que está presente (como el de arqueología en el sentido que le da Foucault) a lo largo de todo el libro. Pensada como un a priori histórico, donde los saberes y los conocimientos encuentran su condición de posibilidad supone, como las signaturas, que “hablar es hacer algo y no simplemente expresar un pensamiento”. Agamben rastrea el concepto de arqueología en Immanuel Kant, Friedrich Nietzsche, Marcel Mauss y Benjamin para señalar cómo la experiencia histórica se ve transformada para constituirse en una vía de acceso al presente.

En cada página de Signatura rerum , el filósofo se encarga de mostrar, casi obsesivamente, la forma en que las representaciones -sean paradigmas, signaturas o epistemes- transforman de manera radical el mundo. Tras la lectura, resulta casi imposible no sólo defender la división tajante entre mundo y representación, sino también ignorar hasta qué punto el lenguaje o los modos en que concebimos el mundo y a nosotros mismos devienen actos políticos capaces de trastocarlo todo.

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Foucault, el filósofo inolvidable

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 4, 2009

Con motivo de la traducción de dos nuevos textos de Foucault (sus lecciones del Collège de France correspondientes al curso 1982-1983, El Gobierno de Sí y de los otros (FCE), y lo que fue parte de su tesis complementaria de doctorado, la introducción a la traducción de la Antropología en sentido pragmático de Kant), el filósofo argentino Tomás Abraham comenta su obra en Eñe, el suplemento de Clarín.

foucault

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Veinticinco años después de su muerte, nos llegan estas dos publicaciones. Una obra que comienza a construirse por un lado, las reflexiones de un hombre maduro y que se sigue cuestionando su labor, por el otro. El temprano estudio sobre Kant tiene toda la aridez que podía esperarse; podemos abrirnos paso en él gracias al estudio preliminar de Edgardo Castro, autor del Vocabulario de Michel Foucault (que será reeditado próximamente por la UNQ y Prometeo), y advertir así con claridad su importancia para lo que estaba por venir, la presencia visible de Nietzsche y la invisible de Heidegger. Foucault vislumbra ya una problemática que estaría en el centro de su obra y que él reveló en toda su complejidad: “La tensión que atraviesa todo el proyecto antropológico, esto es, la alternativa que debe enfrentar todo conocimiento acerca del hombre: ser un conocimiento empírico del hombre o un saber articulado en torno a la definición de su esencia”. Con Edgardo Castro podríamos parafrasear entonces el prefacio de Las palabras y las cosas célebremente inspirado en “El idioma analítico de John Wilkins” de Jorge Luis Borges y a partir de ahora decir “esta obra nació de un texto de Kant”. Michel Foucault, ese kantiano eminente.

Por su parte, el curso en el Collège de France continúa la publicación ya realizada en el año 2002 de La her­menéutica del sujeto (Fondo de Cultura Económica) correspondiente al ciclo anterior 1981-1982. El inicio de este curso de 1983 ya circulaba con el título “¿Qué es la Ilustración?” que a esta altura opera como una doble referencia, al artículo original de Kant que lleva ese nombre y fue publicado en septiembre de 1784 en la revista Berlinische Monatsschrift y a la lectura de Foucault mismo. Allí Foucault concluye que Kant fue el fundador de las dos grandes tradiciones críticas entre las cuales se repartió la filosofía moderna. Por una parte, Kant fundó esa tradición de la filosofía crítica que plantea la cuestión de las condiciones en que es posible un conocimiento verdadero. De algún modo, con su insistencia en las condiciones de posibilidad de un conocimiento o un discurso, en una lectura a vuelo de pájaro, Foucault mismo podría ser relacionado con esta tradición, pero no: “Dentro de la misma filosofía moderna y contemporánea hay otro tipo de cuestión, otro modo de interrogación crítica… Esta otra tradición crítica no plantea la cuestión de las condiciones en que es posible un conoci­miento verdadero; es una tradición que pregunta: ¿Qué es la actualidad? ¿Cuál es el campo actual de nuestras experiencias? ¿Cuál es el campo actual de las experiencias posibles? No se trata de una analítica de la verdad, se trataría de lo que podríamos llamar una ontología del presente, una ontología de la actuali­dad, una ontología de la modernidad, una ontología de nosotros mismos.”

Un repaso de sus temas fundamentales revela la vigencia de su pensamiento. Como Borges, Foucault tiene sus tigres, espejos y laberintos: Locura, Castigo, Clínica, Poder, Gobierno, Muerte y Sexualidad. Pero lo que es más vigente aún es un modo de argumentación; la interrogación continua, el desafió de pensar, el rechazo de la haraganería.

(…)

Tal vez Foucault diría, al menos, que lo han tomado demasiado literalmente. Cuando una y otra vez le preguntaban acerca de la muerte del hombre y del autor – sus dos grandes crímenes – contestaba: guárdense las lágrimas. Foucault no era un teórico en el sentido tradicional, no tenía una teoría, una visión del mundo para sí y para los otros que hubiera que imitar, que se pudiera repetir como una fórmula. No tenía por ejemplo una teoría sobre la sexualidad; solamente (¡solamente!) había puesto en cuestión la supuesta naturalidad de teorías sobre la sexualidad que circulan como sí nada, cuestionaba el que vivamos en ellas sin saberlo, que las respiremos como el aire. Una y otra vez decía también: ¡Lean mis libros! Sus análisis en Historia de la locura y Vigilar y castigar se detienen antes de la constitución de la psiquiatría tal como es hoy en día, se detienen antes del nacimiento de la prisión tal como hoy la vemos. Pero se los vio como desacreditación en masa de ambas instituciones, se ideologizó libros sumamente complejos. En una famosa y extensa entrevista publicada en una revista italiana realizada en 1978 advierte sobre el placer de muchos intelectuales por la “lucha ideológica”. Decía: “Las discusiones sobre temas políticos son parasitadas por el modelo de la guerra: se identifica aquel con ideas diferentes como un enemigo de clase contra el cual habría que batirse hasta la victoria. El gran tema de la ‘lucha ideológica’ me hace sonreír un poco, siendo que los lazos teóricos de unos y otros, cuando se los mira históricamente, son más vale confusos y fluctuantes y no tienen la nitidez de una frontera fuera de la cual se podría acechar al enemigo… Seguir la ruta de la guerra conduce directamente a la opresión, ella misma es peligrosa”.

En esa misma entrevista señala que no hay textos menores; las entrevistas, los prólogos, las clases son espacios para problematizar su obra. La actualidad de los temas de las clases aquí publicadas habla por sí sola, el problema central de la palabra verdadera, del decir veraz cuando se dice, tomo la palabra, la relación de ella, y de la filosofía, con el poder y la política. Todo, con Platón, en especial una audaz relectura de su carta VII como centro de la cuestión. Tenemos entonces a un Foucault algo desconocido, lector atento de Platón y Kant. Un lector que no reniega de las metodologías heredadas (Foucault no olvida que Nietzsche era filólogo) pero que siempre es interpelado por el presente. En un artículo de análisis del curso, Frédéric Gros nos señala “Una de las dimensiones más sorprendentes del curso obedece quizás a la manera cómo Foucault afirma en él, con mucha claridad y serenidad, su relación con la filosofía como palabra de verdad, libre y valerosa”. Michel Foucault y el valor de la palabra empeñada.

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Historia de la automoción (y de los conductores)

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 1, 2009

Ahora que la industria automovilística occidental pasa por su más profunda crisis, he pensado en recomendar algún volumen reciente que aborde de alguna manera este asunto. Me decido por Republic of Drivers. A Cultural History of Automobility in America, de Cotten Seiler, que, como no podía ser de otra manera, ha publicado University of Chicago Press. Dice Margaret Walsh en una reciente reseña que desde finales del pasado siglo ha aumentado el interés por estudiar este objeto, pero que hasta ahora nadie había aplicado las enseñanzas del “giro cultural”, utilizando la teoría crítica y el análisis postestructural, seguramente porque  los interesados previos procedían de la historia del trabajo, de los negocios o del transporte (véase el texto de John Walton: “Transport, travel, tourism and mobility:  a cultural turn“).

reoublic of drivers

Seiler, profesor de American studies en el Dickinson College,  afirma que las cuestiones esenciales que aborda son culturales, filosóficas y políticas, no tecnológicas, ni del mundo de la automoción, ni siquiera psicológicas en sentido estricto. Sus objetos de investigación son los afectos (la cursiva es del autor) generados por la conducción y su instrumentalización por distintos regímenes dentro del liberalismo y el capitalismo del siglo XX . En otras palabras,  su pretensión es examinar cómo conducir ha hecho que los americanos sientan, piensen y actúen de una forma determinada, y describir “el modo de ser y de percibir el mundo que nos rodea – organizado y reforzado por la conducción”. Conducir se ha convertido en un componente clave del carácter estadounidense y es una parte esencial de la forma moderna del individualismo norteamericano.

Seiler  selecciona dos períodos de la historia del automóvil para su análisis. En primer lugar,  los años iniciales (de 1895 hasta los años1920) que titula “Workmen’s Compensation, Women’s Emancipation: The Promise of Automobility, 1895–1929″. Por otra partye, el boom de la posguerra y la guerra fría: “Crafting Autonomous Subjects: Automobility and the Cold War”. Ambos períodos se caracterizaron por un aumento en las ventas de automóviles y el desarrollo de las infraestructuras viarias y ambos experimentaron una crisis o renegociación del individualismo. Seiler  sostiene que el primer período fue testigo de la aceptación o bien del establecimiento de la conducción como forma de vida. De hecho, sugiere que la automovilización masiva  llegó hacia 1929 cuando el coche ya se percibía como agente transformador de las características de los estadounidenses. En aquella época, el automóvil tenía la capacidad de proporcionar a los conductores estadounidenses los “sentimientos de agency, autodeterminación, derecho, intimidad, soberanía, transgresión y velocidad” (p. 43). Tales características facilitaron el establecimiento de la automoción como un bien público y garantizaron su crecimiento como “aparato” o sistema que todo lo abarcaba.

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En fin, para quienes deseen hurgar en lo supone conducir hoy, quizá les convenga repasar Why We Drive the Way We Do (And What It Says About Us), de Tom Vanderbilt (Alfred A. Knopf). En cambio, si les interesa el futuro, lo mejor es ir a After the Car, de Kingsley Dennis y John Urry (Polity).

Más referencias: Kathleen Franz, Tinkering. Consumers Reinvent the Early Automobile (University of Pennsylvania Press, 2005); Tom McCarthy, Auto Mania. Cars Consumers and the Environment (Yale University Press, 2007);  Deborah Clarke, Driving Women. Fiction and Automobile Culture in Twentieth- Century America (The Johns Hopkins University Press, 2007);  Steven M. Gelber, Horse Trading in the Age of Cars. Men in the Marketplace (The Johns Hopkins University Press, 2008) y Georgine Clarsen, Eat My Dust. Early Women Motorists (The Johns Hopkins University Press, 2008). Hay para todos.

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