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Lucien Febvre: inéditos sobre el sindicalismo

Publicado por Anaclet Pons en mayo 7, 2012

Le Mouvement Social, revista que edita La Découverte, ofrece en su primer número de 2012 unas conferencias inéditas de Lucien Febvre. Así las presenta el portal de este sello:

Un dossier manuscrito de conferencias sobre el sindicalismo francés, elaborado entre el verano 1919 y el verano de 1920, se conservó en el apartamento de Lucien Febvre. Gracias a su hijo Henri Lebvre, este número ofrece una edición crítica de unos textos que reflejan la sensibilidad del joven historiador, recién desmovilizado, hacia movimiento social contemporáneo. Para él, las posiciones del sindicalismo revolucionario francés expresan la conciencia de una clase que pretende conseguir su propia emancipación. Reflejan la irreductibilidad de la clase trabajadora, las formas específicas de organización, una práctica de acción y una experiencia de la historia. La demanda de autonomía de la CGT en relación al el Partido Socialista es un signo de  competencia más que de complementariedad entre dos concepciones de la revolución: donde una pasa por el control del Estado central, la otra consiste en crear aquí y ahora, en la sociedad capitalista, el embrión de la futura sociedad.

(…)

Por otra parte, la propia revista las resume de este modo:

El dossier que contiene el texto de las cuatro conferencias que Lucien Febvre dio en 1920 sobre la historia del sindicalismo francés se mantuvo en la sombra de su obra posterior, a pesar de que lo conservó y lo enriqueció con referencias. El tema tiene poco que ver con sus preocupaciones como un historiador del siglo XVI. Refleja su compromiso de juventud. Condiscípulo de Albert Thomas en la rue d’Ulm, siguió la evolución del movimiento socialista y sindical en el cambio de siglo. Representó a la sección socialista en la universidad popular de Besançon y publicó, de forma anónima, una treintena de artículos en Le Socialiste “comtois” entre 1907 y 1909. Luego se alejó, por preservar su independencia y porque la preparación de su tesis y su carrera académica le orientaron en otras direcciones. Después de la guerra, de donde volvió con la Legión de Honor y con el grado de capitán, inició el 4 de diciembre 1919 en la Universidad de Estrasburgo una labor docente que duró de catorce años. La preparación de las conferencias se sitúa en este período bisagra de la vuelta al trabajo. Constituyen un valioso testimonio sobre la manera en la que Febvre se dedicó a lo que hoy llamamos un ensayo de “historia inmediata”.

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Los muchos lenguajes del pasado: Sanjay Subrahmanyam

Publicado por Anaclet Pons en abril 4, 2012

Tras la entrevista en francés, seguimos con la que este historiador indio ofreció en inglés a los responsables de books&ideas. Como se verá, el contenido es totalmente distinto, a excepción de la última parte:

Books and Ideas: ¿En qué está trabajando ahora?

Sanjay Subrahmanyam: Ahora mismo estoy trabajando en un conjunto de materiales franceses del siglo XVII, un asunto muy curioso. Como es posible que sepa, enseñé aquí, en la EHESS de París, de 1995 a 2002 y en 2004, aunque  pasé los últimos de esos dos  años entre Oxford y París. En aquel momento, trabajé algo sobre fuentes francesas, en los Archivos Nacionales y en la Biblioteca Nacional. Pero se me ocurrió que, a pesar de que ya había mirado con cierta profundidad en otras fuentes europeas, nunca había ido más allá de esa inicial toma de contacto con los materiales franceses. Yo estaba entonces supervisando a una estudiante de la UCLA, Susan Mokhberi, que trabajaba en la embajada enviada por el gobernador de Safavid de Irán a la corte de Luis XIV en el siglo XVIII. Empecé a leer esas fuentes con ella, y me di cuenta de que entendía estas fuentes de manera diferente de como lo hice antaño, porque tenía una idea bastante diferente sobre la historia de Eurasia de la época. Como estaba tratando de conseguir  un año sabático, me decidí a escribir un proyecto para una beca Guggenheim sobre fuentes francesas – que también me ayudaría a nivel personal, porque mi esposa, Caroline Ford, es una historiadora de Francia. Esto puede sonar como una manera muy aleatoria de hacer las cosas. Pero detrás de eso hay un conjunto de problemas que desde hace mucho tiempo me interesaban: ¿cómo se puede volver a escribir una historia del orientalismo que no sea la historia de Orientalismo colonial británico,  sino de algo que existía antes?

Al hacer este tipo de investigación hay nombres muy obvios que te encuentras, como el de François Bernier, que procedía de la región francesa de Anjou. Aunque se ha realizado una cierta cantidad de trabajo sobre Bernier, incluyendo una reedición reciente de algunos de sus escritos, hay una serie de preguntas acerca de él que nadie realmente ha planteado. Y detrás de él hay un montón de gente que nadie ha analizado en trescientos años! La persona en la que me estoy centrando en este momento es François Le Gouz de la Boullaye, un caballero que, como Bernier, era de Anjou y que llegó a la India en la década de 1640, luego regresó a Francia, y más tarde regresó y murió en la India en 1668 o así. Lo que quiero hacer con estas fuentes francesas es cruzarlas con las fuentes holandesas e inglesas sobre los franceses, con el fin de darles mayor profundidad. Con el tiempo, estoy interesado en ver cómo los franceses vieron a los mogoles y los mogoles vieron a los franceses -hay pocas fuentes directas, pero implícitamente se puede comprender un cierto número de cosas.

Las facetas de un individuo

Permítanme volver a François Bernier. Era un médico formado en la famosa Facultad de Medicina de Montpellier, y un filósofo muy cercano a Gassendi: escribió una Abrégé de su filosofía, y estaba allí cuando Gassendi murió. Como tal, fue leído por Locke, y su influencia se hace sentir desde Montesquieu hasta Marx. Bernier fue incluso un pensador clave en la construcción de la figura del déspota oriental y, finalmente, del modo de producción asiático. Bernier fue a la India y pasó mucho tiempo allí (entre 1656 y 1668). Varios de sus escritos fueron publicados poco después de su regreso. Pero también hay materiales muy interesantes que se quedaron sin publicar en el momento. En uno de estos textos da más o menos asesoramiento confidencial a Colbert, ministro de Finanzas de Luis XIV, sobre el funcionamiento de la Compañía Francesa de las Indias Orientales. Peter Burke ha escrito sobre Bernier y ofrece lo que creo que es una visión bastante aúrea: el Bernier que se ve en el material inédito es muy diferente del filósofo alto y poderoso de su Cartas. Bernier era realmente muy maquiavélico, aunque crudamente político hasta un extremo increíble.

Le daré un ejemplo. Hubo un pirata llamado Hugo, que apareció en la década de 1660 en el Océano Índico y atacó a los buques que transportaban peregrinos a La Meca. Este hombre fue capturado en el Mar Rojo, sus bienes incautados y enviado de regreso a Europa. Colbert lo quería emplear. Bernier le aconsejó que no lo hiciera. Es muy interesante la forma en que trata el asunto. Él no desanima a Colbert, le dice: “Espere un poco de tiempo hasta que la gente haya olvidado quién es este pirata. Siga insistiendo en que no es francés, sino holandés. Y cuando la gente haya mudado su opinión, entonces usted podrá poner a este sujeto en liza”.   Y hay un montón de consejos en sus menos conocidos escritos sobre la India, incluida una estrategia engañosa hacia los mogoles sobre el alcance y la naturaleza del poder francés en Europa. En general, vemos una concepción muy curiosa de la política que  puede matizar la visión de cómo alguien como Bernier actuaba -y lo hace en dos o tres niveles: etnográfico, como estudioso de la religión comparada, como un actor claramente maquiavélico.

Books and Ideas: Como historiador, a menudo ha recurrido a biografías y anécdotas biográficas …

Sanjay Subrahmanyam: Muchos historiadores han utilizado las trayectorias individuales, en contextos muy diferentes. Mi libro sobre Vasco da Gama no es una biografía en el sentido normal del término. Hay una biografía clásica en francés, a cargo de Geneviève Bouchon, y los editores franceses, cuando tantearon una traducción de mi propio trabajo, que había salido antes en inglés, pensaron que sería redundante. Sin embargo, ambos libros son muy diferentes. Más que seguir solamente al individuo,  voy y vengo entre las grandes cuestiones del contexto y la trayectoria individual de Gama, sobre el que las fuentes son muy silenciosas. Gama no escribió ni habló mucho, así que no hay manera de entrar en su subjetividad, que es a menudo el objetivo del escritor de biografías. Es simplemente imposible. Y, por supuesto, un montón de historiadores se enfrentan a estos problemas. Piense en El queso y los gusanos y en la microhistoria, o incluso en personas que no se tienen por microhistoriadores, como Linda Colley, que escribió un libro acerca de una mujer secuestrada en el siglo XVIII por su interés en el género y en la circulación de personas en el mundo moderno.

Mi propio interés en cuestiones amplias sin duda proviene de mi experiencia en las ciencias sociales y mi fuerte formación económica en la Delhi School of Economics. La antropología social y cultural tenían mucho peso: M.N. Srinivas, André Beteille y Veena Das eran las principales figuras de ese medio en el momento, en la década de 1970. En cierto modo, yo no necesitaba venir a París: París y la “teoría francesa” ya estaban en Nueva Delhi. Siempre he tratado de moverme entre este nivel y un enfoque más centrado en el individuo. En un nivel básico, es la clásica pregunta de cuán determinista es tu historia, cuántas personas son prisioneras del contexto o agentes activos. Lo que hay que hacer es viajar constantemente entre estos niveles de análisis. Lo hice desde mi primer libro. Por ejemplo, en The Political Economy of Commerce, que procedía de mi tesis, propuse el concepto de “portfolio capitalist”. La única manera en que fui capaz de convencer a la gente de que este concepto era una forma interesante de observar el desarrollo de un cierto tipo de capitalismo comercial era realizar un seguimiento de estos capitalistas, ver con qué recursos trabajaban y cómo los manipulaban. Escribí un capítulo entero a partir de las trayectorias individuales. Incluso en ese momento, en 1987-1988, no estaba en una historia económica muy determinista. Yo realmente no era como algunos de mis profesores que contaban los barcos y los fletes, hacían gráficos y regresiones -también me enseñaron a hacer esas cosas.

¿Por qué esta diferencia desde el principio? Uno de mis buenos amigos, alguien con quien he tenido conversaciones muy interesantes con los años, Partha Chatterjee, se formó como un científico político clásico, en Rochester, para trabajar en la teoría de los juegos y la carrera armamentista. Ahora, uno de los últimos libros que ha escrito se titula A Princely Impostor, sobre el llamado caso del Kumar de Bhawal. Ocurre en la India del siglo XX: un príncipe muere de sífilis, pero llega un religioso mendicante, un sannyasi, que afirma que él es el príncipe y es creído por la familia. ¿Cómo alguien formado en la teoría política llega al estudio de una historia tipo Martin Guerre? En general, creo que incluso los economistas indios aferrados a la economía siempre han tenido un carácter más humanista en su disciplina que muchos de sus colegas no indios. Hay algún tipo de  componente cultural allí. Estoy pensando en gente como mi maestro y amigo Kaushik Basu. Tal vez los científicos sociales de la India también son más propensos que otros a mezclar sus intereses literarios con su enfoque científico social -ahora, por supuesto, no estoy diciendo que en la India no haya distinción entre ficción y no ficción.

Los historiadores y sus lectores, los historiadores entre ellos

Books and Ideas: ¿Está ese enfoque humanista conectado con una relación diferente con los lectores de la India?

Sanjay Subrahmanyam: La mayoría de los historiadores de la India, creo, no escriben con la mente puesta en un determinado público, o mucho menos que en Francia, por ejemplo, donde un libro de historia que lo haga razonablemente bien puede vender cinco mil ejemplares. Es imposible en la India -uno escribe para diez personas. Nunca he escrito para una gran audiencia o teniendo un público estudiantil en mente, a excepción de The Portuguese Empire in Asia, que es algo parecido a un libro de texto. Incluso ahí, sabiendo que el libro no iba a ser utilizado en la India, me dirigí a un público mucho más grande, en todo el mundo. Creo que para la mayoría de mis colegas en la India la audiencia estudiantil llega o no llega, pero no escriben teniéndola en mente.

También es cierto que en la India la autoridad cuenta mucho más que, digamos, en los EE.UU. En Estados Unidos, los estudiantes de un seminario te cuestionan de una manera que los estudiantes indios no necesariamente harían. Pero también hay una tendencia mucho mayor a la conformidad en los EE.UU., donde tienes que escribir como escribe todo el mundo. Y hay un deseo constante de clasificar -y esto no es sólo una cosa intelectual, sino una evidente estrategia de marketing, como poner cualquier otro producto en un supermercado. En un artículo arbitrado, a menudo eres invitado a citar “diez importantes libros o artículos” sobre el tema desde el principio. Pero si no están implícitamente presentes en el tema, o son irrelevantes,  ¿por qué citarlos? Es sólo una cuestión de quitarse el sombrero ante esos autores – tres de los cuales serán probablemente tus revisores de todos modos. Si no existiera este tipo de presión -que veo el equivalente académico del procesado de alimentos-, podríamos tener un trabajo mucho más creativo, y un mayor deseo de jugar con la forma y el contenido en la escritura de la historia.

Books and Ideas: Una parte muy considerable de su trabajo se centra en las conexiones entre imperios, ámbitos comerciales, etc.  También ha subrayado que eso implica redefinir los objetos de la investigación histórica. ¿Qué tipo de objetos históricos derivan cuando se presta atención a esas conexiones?

Sanjay Subrahmanyam: Yo pertenezco a una generación que no es la generación de la independencia india. Es la generación de Partha Chatterjee y Dipesh Chakrabarty. Todos ellos han nacido más o menos en 1947 o 1948, el año de la independencia india. Todos son “Hijos de la medianoche“. Incluso mi estrecho colaborador Muzaffar Alam nació en 1947. Ellos ya habían hecho una labor considerable al tomar el marco nacionalista heredado, que era el marco dominante de la historia de la India, y criticarlo.   Lo que es realmente paradójico es que, después de haberlo criticado como proyecto teórico, seguían siendo  más o menos prisioneros del mismo, en términos de su propia producción monográfica. Ninguno de ellos pensó que fuera interesante, por ejemplo, escribir un artículo sobre algún aspecto del sudeste asiático o del Asia occidental. Siempre escriben sobre la India, o sobre  la India en relación con Occidente. También estan completamente dominados por el encuentro colonial, lo cual es comprensible dada su generación. Para ellos, es el problema que enmarca todas las investigaciones históricas. Al tener la suerte de pertenecer a una o a media generación posterior, yo podía dar por sentado buena parte de eso. En el momento en que yo estaba haciendo mi tesis, el famoso libro de Partha Chatterjee  más o menos ya existía;  las Comunidades imaginadas de Benedict Anderson ya estaba publicado. Para mí, era bastante obvio que el marco nacionalista no era el adecuado.

Pero una vez que uno ha hecho la crítica teórica del colonialismo y del discurso nacionalista  ¿qué objetros vas a construir? Ese es mi verdadero problema. Cuando busco historias conectadas, siempre es en un contexto particular. Si alguien va a hacer historias conectadas sobre el presente o sobre el futuro, será un contexto muy diferente. Puede ser que para entonces los tipos de objetos que hemos establecido en mi generación se hayan convertido en algo viejo y gastado y ya no sean interesantes;  puede que la gente quiera hacer otras historias conectadas. Es realmente una manera de tratar de romper constantemente los moldes de los objetos históricos.

La dificultad es que si uno va a un departamento de historia en la India, sesenta y ocho de cada setenta personas que hay allí pueden trabajar sobre la India. Generalmente hay dos personas que enseñan historia europea o tal vez, en la generación de más edad, historia soviética o historia de Rusia, ya que tenían algún tipo de relación. Habitualmente, en un departamento de historia en la India nadie investiga en otra cosa, incluso si enseñan mediante el uso de los libros de texto habituales. Tomarán los compendios de Peter Burke sobre las nuevas tendencias de la historia social europea y enseñarán a partir de esa historia social europea. Pero a la mayoría de ellos nunca se le ocurrirá ir a un archivo que no sea indio o británico. Desde que trabajo en el período precolonial, es aún más evidente para mí que la relación entre Gran Bretaña y la India no puede ser mi marco de relaciones para todas las preguntas o para la mayoría de las preguntas que me hago. Tomemos el ejemplo de la historia de Birmania. En la India, casi nadie piensa que valga la pena hacer la historia de Birmania. Sin embargo, la historia del norte de Birmania está muy estrechamente ligada a la historia de cierta parte oriental de la India, especialmente Bangladesh y la India nororiental. Forman un todo en cuanto a circulación y formación del Estado. Sin embargo, con la excepción tal vez de dos o tres expertos en la literatura de Bengala, no es algo que la gente haga. ¿Y cuánta gente trabaja en la India sobre el Sudeste Asiático, que es justo el camino que nosotros transitamos?

En la India, y creo que aquí también en Francia, la historiografía nacional y nacionalista sigue siendo la historiografía dominante. Siempre habrá una historiografía dominante. Nunca ha sido mi preocupación proponer lo que pudiera ser un paradigma dominante. Lo pienso más como Oppositionswissenschaft, un término que tomo del historiador intelectual Peter Miller. Está concebido para desafiar e ir contra la corriente, no en un sentido negativo ni en el mero sentido de decir “aquí están sus errores teóricos”, sino en el de proponer otros proyectos concretos, para ponerlos en práctica y decirle a la gente, “aquí hay otro proyecto, dime qué tiene de malo y por qué otras personas no pueden trabajar en esa senda”. Por supuesto que la gente te dirá que hay cincuenta mil razones prácticas por las que no se puede hacer. Es muy difícil aprender idiomas, es muy difícil para la gente de la India salir y tener acceso a esos archivos. Cuando yo estaba enseñando en Portugal en los años ochenta, solía decirles a los estudiantes que,  para responder a algunas preguntas sobre el imperio portugués, uno realmente tenía que ir a los archivos holandeses. Decían: “¿Holandés, qué clase de idioma es ese? ¿Quién en sus cabales puede aprender holandés?”

La coyuntura milenarista del siglo XVI fue un ejemplo que tomé de cómo podemos mirar las conexiones y ver emerger un objeto oculto.  Por desgracia, en el debate que siguió, algunas personas lo tomaron muy literalmente, y se centraron en el ejemplo en lugar ver la cuestión más amplia. Elegí este ejemplo porque me pareció que era inesperado. Si yo hubiera escrito sobre la circulación de la plata, la gente me habría dicho que Pierre Vilar había hecho ese tipo de cosas muchos años antes. Además,  también se convierte en una historia muy material, una historia de precios y dinero. Yo quería tomar algo que fuera un fenómeno mucho más político y cultural, con el fin de mostrar cómo podemos jugar con él.

Mundos entrelazados e intersecciones

Books and Ideas: Su investigación se ocupa principalmente del sur de la India, el Imperio Mogol y la Europa moderna temprana o, como usted dice, “la Eurasia moderna temprana”. La gente en Francia está familiarizada con el trabajo de Serge Gruzinski sobre los mundos entrelazados de la Monarquía Católica. ¿Puede mencionar obras recientes en la misma línea que se centren en otras entidades políticas y culturales?

Sanjay Subrahmanyam: Es cierto que he trabajado sobre el sur de India, el Imperio Mogol y la Europa moderna temprana, pero con Muzaffar Alam, por ejemplo, también he trabajado sobre Asia Central, Irán y el sudeste asiático. También estoy bastante al corriente sobre la historia otomana, a pesar de que en realidad no trabajo en los archivos otomanos. Yo enseño historia otomana y utilizo mucho la historia otomana, incluso en mis ejemplos, esencialmente con materiales traducidos. Eche un vistazo a los ejemplos de individuos que circulan y que se encuentran en mi libro más reciente, Three Ways to be Alien: uno de ellos es un inglés que acaba en España, pero pasa gran parte de su vida en Oriente y el Mediterráneo, en el Imperio Otomano e Irán. Cuando digo Eurasia, trato de tomarlo en serio dentro de los límites de mi competencia en materia de archivos. A veces consigo gente que me ayude, a veces coopero estrechamente con algunas personas.

Serge Gruzinski y yo tuvimos un seminario conjunto en la EHESS, que se tituló “Amérique Asie”. También tomaron parte Nathan Wachtel y otros, pero Serge y yo éramos los principales impulsores. En cierto modo, él tomó una dirección diferente a la mía, usando más fuentes ibéricas sobre Asia. Eso es lo que en sus tres últimos libros, entre ellos el que acaba de terminar, L’Aigle et le Dragon, está tratando de hacer.   Nunca me he metido tan directamente en los materiales de América Latina, a pesar de que he escrito un par de artículos que tocan esta cuestión. Recientemente, también he trabajado algo con Anthony Pagden sobre la relación entre el imperio británico, el español y el imperio portugués.

La diferencia entre lo que estoy haciendo y lo que Serge también está haciendo puede residir en el hecho de que soy un poco más ecléctico que él, en el marco y en las preguntas que elijo. Serge ha tendido más en la dirección de pensar en este asunto como un problema de imperio. Está interesado en la circulación de textos e imágenes dentro de estos imperios y sus periferias. El imperio está presente en mi trabajo, pero no siempre es el esquema dominante en el que estoy trabajando. También estoy interesado en las historias que no tienen lugar en el nivel de un imperio o no se articulan a través de él. Una gran parte de la historia del sur de la India no es imperial en absoluto. Los mogoles, por ejemplo, estuvieron allí durante un tiempo relativamente corto. Symbols of Substance, el libro que escribí con David Shulman y Velcheru Narayana Rao, trata Estados muy pequeños.  El imperio no es la pregunta a la que estoy respondiendo siempre. Tampoco estoy tratando de reemplazar la nación por el imperio como el paradigma dentro del cual se hace la historia. Estoy mucho más interesado en la intersección. Esto también se puede derivar del hecho de que yo vengo del mundo del Océano Índico, mientras que Gruzinski viene del mundo americano, donde después de 1500 tenemos esos dos hechos abrumadores de la vida política, primero el Imperio Español y luego el Imperio Británico . El Océano Índico es un lugar mucho más desordenado, incluso hasta finales del siglo XVIII. ¿Qué parte del Océano Índico realmente controlaba el Imperio Británico, ni siquiera en 1800? Así pues, tenemos diferentes gustos, preferencias y objetos, a pesar de que todo surgió de la misma conversación.

Lo que me gustaría que la gente hiciera es cruzar objetos y archivos, algo que uno no haría de forma convencional. Algunas personas lo han asumido. Uno de mis estudiantes de la UCLA, que acaba de comenzar su tesis, quiere trabajar en la zona comprendida entre Gujarat y el Golfo Pérsico: es decir, Gujarat, y entonces tienes todo Gwadar, Makran, la zona de Baluchistán y la ruta desde allí a través de Omán, con Masqaṭ en el Golfo Pérsico. La historiografía siempre mantiene separada a Gujarat, como objeto, del Golfo Pérsico. Pero sabemos que estas son esferas reales de circulación. Y hay toda una serie de preguntas que pueden plantearse en relación con ellas: formación de pequeños Estados, como los orígenes del sultanato de Masqaṭ y Omán en el siglo XVII, la piratería y la actividad corsaria en este ámbito; la circulación religiosa entre estos dos lados, y así sucesivamente. Esa es la especie de proyecto de historia conectada que él está haciendo, pero probablemente le va a suponer un largo recorrido, porque está tratando de leer los materiales en persa y árabe, por un lado, y los holandeses y franceses, por el otro, para ver lo que puede hacer con todo eso para finales del XVII y principios del XVIII .

También se pueden mencionar los tipos de proyectos sobre “imperios entrelazados”, algo que también me parece interesante. John Elliott escribió un libro que compara a los imperios británico y español en el Atlántico. Gente como Eliga Gould se ha fijado en Carolina del Sur, Florida y el Caribe a finales del siglo XVII y principios del XVIII, que es un mundo entre los españoles, los colonos ingleses y los franceses. Si nos fijamos en la historiografía, lo que a menudo se obtiene es o bien historias macro del Atlántico, donde la gente aborda cada imperio y trata con él, o historias separadas. Uno tiene a los franceses en el Caribe, los ingleses en el Caribe;  hay toda una historiografía de Carolina del Sur;  para finales de los siglos XVII-XVIII, hay todavía una historiografía del Caribe español o lo que sea. Pero si reunimos estos objetos, veemos interacciones de un tipo que no hemos visto antes. Algunas personas piensan que tiene algo que ver con lo que se llama “historias conectadas”, otros no. El nombre no me importa mucho.

Books and Ideas: Los ejemplos que da apuntan todos a la era moderna. ¿Significa eso que un enfoque conectado no puede ser de ayuda para los períodos históricos posteriores?

Sanjay Subrahmanyam: Es cierto, los estudios que privilegian este tipo de interacciones se ocupan sobre todo de la época moderna. Es por dos razones. Una de ellas es, probablemente, que los historiadores que tratan los principios de la era moderna leen más a Serge Gruzinski o a mí que los que se ocupan de épocas posteriores. Por otra parte, el dominio de la historia nacional es mucho más fuerte cuando se cruza 1800, lo que plantea la cuestión de los archivos constituidos y de los hábitos. La gente también le dirá con toda franqueza (y esto es un problema de la gallina y el huevo) que no hay trabajo, que está en los siglos XIX y XX. Para el período anterior, al menos en el mundo de habla inglesa, muchos puestos de trabajo se definen ahora de una manera que permiten colocarse sin que la gente te diga:  “¿Realmente vas a hacer esto o aquello?” Carlo Ginzburg era mi colega en la UCLA. A su salida, algunas personas intentaron argumentar que, ya que se había ido, necesitábamos un historiador italiano. ¿Es así realmente cómo se define a Ginzburg? ¿Es eso en lo que se ha convertido, sólo en un historiador de Italia? Esa reacción se produce muy a menudo allí.

Pero algunas personas están empezando a pensar de manera diferente con respecto a los siglos XIX y XX. Son a menudo  historiadores de cuestiones tales como las diásporas y las redes mercantiles o, a veces, personas que están buscando ciertas clases de historia intelectual donde se tiene la posibilidad de ver las cosas atravesando las fronteras habituales. Uno puede pensar en la conferencia sobre Italia y la India que se organizó recientemente en París: el proyecto era hacer una especie de historia conectada de dos movimientos nacionalistas, que a menudo no son examinados como conectados. Los medievalistas con el tiempo podrían pensar que se puede hacer algo en ese sentido. Pero ellos tienen sus propios problemas, que tienen que ver de nuevo con la naturaleza de las fuentes y la cuestión de las habilidades técnicas necesarias para leerlas.

Contra la sabiduría recibida

Books and IdeasTextures of Time es un libro que comparte con Velcheru Narayana Rao y David Shulman.  Proponen una tesis sobre el género y la textura,  que les permite identificar las diversas tradiciones historiográficas en la India meridional precolonial, pero también tienen como objetivo tratar sobre la escritura de la historia en general. Este libro ha dado lugar a un amplio conjunto de reacciones en el campo de la historiografía de la India. ¿Hasta qué punto sus propuestas metodológicas han ido más allá del marco de la historia de la India?

Sanjay Subrahmanyam: El libro ha tenido sin duda alguna reacción en la historia de la India. Creo que alguien está preparando un número especial para el próximo año en la Indian Economic and Social History Review, donde la gente está tratando de replantearse  la historiografía indopersa en relación con nuestro libro. Hubo un foro en History and Theory. Fue un debate en el que se expusieron algunas diferencias. Sin embargo, se ocupa principalmente de materiales de la India. Fue un poco decepcionante que no pidieran a alguien no indio sus comentarios al respecto. Cuando salió el libro, los que se dedican al sudeste asiático (Southeast Asianists) mostraron interés, e incluso alguien como François Hartog estuvo muy interesado y apoyó su traducción al francés casi al mismo tiempo en el que él estaba trabajando sobre los “regímenes de historicidad“. Pero el problema era que las personas que venían de ciertas tradiciones historiográficas estaban cómodamente asentadadas en el juicio tradicional, que decía que no había ningún problema historiográfico fundamental que resolver y que todas las categorías recibidas se mantenían estables. Por ejemplo, alguien que escribe sobre la historiografía árabe tiene toda una tradición, que comienza casi desde los primeros siglos del Islam. Hay una sabiduría recibida sobre la historiografía europea. Por tanto, un libro que cuestiona algunas de esas categorías y trata de ofrecer nuevas herramientas para redefinir algunos de sus límites no es algo que inmediatamente afecte a personas que sienten que este problema ha sido resuelto hace mucho tiempo.

Si hay un interés fuera de la India, me imagino que vendrá de regiones donde las cuestiones no están tan claras. Podría ser el sudeste de Asia o África, pero también la interesante historiografía persa, que no tiene una autopercepción tan firme como la historiografía árabe. La cuestión de la historiografía africana es un tema complejo. El problema de Etiopía o el de Malí no es el problema del Gran Zimbabwe; allí también hay una línea de influencia de la historiografía en lengua árabe. Allí hubo todo un  debate, que comenzó con los escritos de Jan Vansina sobre la tradición oral. Sin embargo, a pesar de las evidentes diferencias entre las experiencias de África y de la India, buena parte de ella se centró en cómo la historia es un objeto importado de Occidente, junto con la colonización. Este es un lugar común, que hemos tenido por lo menos durante doscientos años. Si la gente quiere reexaminar esta cuestión, creo que repasar algunas de las ideas desarrolladas en Textures of Time podría serles útil. Desafortunadamente, actualmente este libro ha quedado demasiado identificado con un conjunto de problemas propiamente de la India. Esperábamos que algunos historiadores a la vieja usanza reaccionaran y dijeran: “Esto no es serio, esta no es la historiografía, sabemos lo que es la historiografía, es Gibbon y sus epígonos de la India, y así sucesivamente”. Pero también ha sido deprimente ver que muchos indólogos lo rechazaron, ya que asumen la idea de que no hay shastra (textos teóricos, un conjunto de reglas normativas) referidos a la historia. Además, no les gusta leer en lenguas vernáculas indias, en las que están la mayoría de nuestros ejemplos. Para ellos, cualquier cosa que valga la pena decir en la India debe haberse dicho en sánscrito.

De hecho, estoy un poco decepcionado con las reacciones a los dos libros que he escrito con Velcheru Narayana Rao y David Shulman. Hemos asumido muchos riesgos en Symbols of Substance (1992). Para los tres -un estudioso de la literatura y folclorista, que ha trabajado en literatura oral durante buana parte de su vida, un indólogo clásico especializado en estudios religiosos, y un historiador que proviene de la historia económica-,  reunirse y escribir el libro fue ante todo un gran riesgo. Queríamos trabajar sobre el sur de India, ya que toda la historiografía hasta el momento se había centrado en el norte de India. A veces la gente pone Textures of Time en las listas lecturas tanto en la India como fuera, pero no ha tenido el impacto que esperábamos. Tal vez no plantea los problemas de la manera correcta, o no de forma lo suficientemente clara. Como dirían los americanos, tal vez nuestro servicio posventa no era lo suficientemente bueno. Si yo hubiera sido un cierto tipo de historiador en una universidad americana, habría dado diez charlas sobre el libro después de su publicación, me habría presentado con pilas de ejemplares y los habría vendido con un descuento a la concurrencia! Pero quizás todavía sea demasiado pronto para decir cuál será el impacto real de estos libros. En cualquier caso, sin duda disfrutamos trabajando en ellos y con su escritura -lo que es más de la mitad del asunto.

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Fuente: Thomas Grillot & Anne-Julie Etter, «History Speaks Many Languages. An interview with Sanjay Subrahmanyam », Books & Ideas, 27 January 2012. ISSN : 2114-074X.

URL : http://www.booksandideas.net/History-Speaks-Many-Languages.html

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Recordando a Tony Judt

Publicado por Anaclet Pons en marzo 26, 2012

Jennifer Homans, la esposa de Tony Judt, ofrece en la NYREV un relato espléndido sobre los últimos años de vida del que fuera su marido y sobre los motivos que dieron forma a su último libro: Thinking the Twentieth Century. El texto es amplio, así que ofreceremos algunos párrafos iniciales y finales, aunque su calidez y energía merecerían una traducción completa:

Estuve casada con Tony Judt. Vivía con él y con  nuestros dos hijos cuando se enfrentó al terror de la esclerosis lateral amiotrófica , más conocida como enfermedad de Lou Gehrig. Fue una terrible experiencia de dos años, desde su diagnóstico en 2008 hasta su muerte en 2010, y durante ese tiempo Tony logró contra todo pronóstico humano escribir tres libros. El último, tras Ill Fares the Land y The Memory Chalet, fue Thinking the Twentieth Century, basado en conversaciones con Timothy Snyder. Empezó a trabajar en el libro poco después de serle diagnosticada; a los pocos meses estaba cuadripléjico y conectado a un respirador, pero siguió trabajando. Él y Tim terminaron el libro un mes antes de morir. Acompañó su enfermedad, fue parte de su enfermedad y parte de su muerte.

El libro es una historia del pensamiento del siglo XX. Comienza con sus reflexiones sobre el idealismo judío y el sufrimiento de los judíos en Europa y termina con un relato devastador del fracaso de la política estadounidense en el mundo de la posguerra fría. Es también una autobiografía intelectual -una suerte. “Una suerte”, porque Tony rara vez escribió en primera persona, y las secciones autobiográficas del libro fueron encajadas, casi a regañadientes, entre las ideas, la historia, la política  y los dilemas éticos que eran fundamentales para su vida.

Esto no quiere decir que el libro no sea personal. Para Tony, las ideas eran una especie de emoción, algo que él sentía y que le preocupaba de un modo semejante a como la mayoría de la gente vive sentimientos como la tristeza o el amor. Esto, como muestra el libro, se remonta al principio, incluso antes del comienzo de su vida: le pusieron Tony por Toni, la prima de su padre que murió de niña en Auschwitz. A medida que crecía, su padre le transmitía su propia pasión por la política de izquierda y la historia europea como una forma de amor paterno: en su decimotercer cumpleaños, Tony recibió como regalo los tres volúmenes del estudio de Isaac Deutscher sobre Trotsky, que devoró. Las ideas y la necesidad de que las explicaciones históricas fueran profundas están al frente y en el fondo de Thinking the Twentieth Century.

De todos los escritos de Tony, me parece que este libro necesita alguna explicación: un telón de fondo o una escena, porque la escena -las condiciones en que fue escrito- era oscura y porque la oscuridad dio forma al libro, a su forma, pero también a sus ideas. Estoy escribiendo esto porque tengo unas cuantas cosas que decir sobre Thinking the Twentieth Century -las cosas que yo creo que él hubiera querido que sus lectores supieran.

Cuando a Tony se le diagnosticó por primera vez la ELA sabía que iba a morir, y pronto. Lo supo antes de que cualquier médico se le dijera, y continuó sabiéndolo, incluso aunque intentáramos cualquier alternativa posible, cualquier explicación o cura. Él lo sabía, ya que le pasaba a diario:  manos, brazos, piernas, una respiración que escapaba a su control a una velocidad aterradora. Era imposible mantener el ritmo, el tiempo vertiginoso y agotador de los médicos, las pruebas y las crisis diarias; unas emociones intensas y de consecuencias difíciles de soportar; de desconcierto y determinación; de ira, dolor, desesperación y amor.

En algún momento -es difícil decir exactamente cuándo, pero era cuando comenzó a pensar en Thinking the Twentieth Century- entramos en lo que convinimos en llamar la burbuja. La burbuja era un mundo cerrado, una realidad alternativa, un lugar en el que vivíamos y por el que nos asomábamos. Tenía paredes transparentes, vaporosas, pero eran como espejos: podíamos ver, pero nadie nos podía ver, o al menos eso es lo que se sentía desde dentro. Sabíamos que nuestro mundo era extraño y apartado, que se regía por las reglas de la enfermedad y la muerte en lugar de por las reglas de la vida. A veces, yo podía atraversarlo para dar un paseo y ver el cielo, pero Tony no podía -y cada vez menos.

A medida que la enfermedad progresaba, comprensiblemente tenía más miedo. Había demasiadas cosas que no podía controlar en el mundo exterior: todo, desde las tomas de alimentación eléctrica para la máquina de respiración (fallan las baterías) a su silla de ruedas (de accionamiento eléctrico, pero él no tenía ninguna forma de controlarla) y la insoportable buena voluntad de las personas que no lo entendían. Buscó un sombrío refugio en su estudio, en su habitación de enfermo, en su segura y cerrada  prisión-capullo que albergaría su deteriorado cuerpo y su atrapada mente.

Cuanto más se retiraba más público era. Su vida privada en casa y con sus amigos era su mayor comodidad, pero también fue muy triste: no podía ser lo que quería ser y se sentía perseguido y humillado por su “viejo” yo -lo que llamaba “el viejo de Tony”, que había perdido para siempre. Había otros lugares en los que de alguna manera le era más fácil estar: portales al mundo en los que podía encontrar su camino, al menos momentáneamente, fuera de la burbuja y reencontrándose  a sí mismo. El e-mail y la incorpórea y virtual web eran uno. Las palabras y la memoria eran otros. Con la ayuda de su familia, de sus amigos y especialmente de su extraordinario ayudante, Eugene Rusyn, con su capacidad para hacer como si no estuviera y para transcribir velozmente pensamientos y expresiones,  Tony podía sentarse ante el ordenador y nosotros hacíamos de sus manos, escribir sus palabras y desplegar sus reflexiones por vía electrónica ante el resto del mundo. Y así aceptaba escribir más y más, más correos y entrevistas electrónicos; cualquier cosa donde la gente le pudiera escuchar o leer, pero no ver. Thinking the Twentieth Century era parte de eso: un portal hacia el mundo.

El pasado seguía siendo el motor de sus pensamientos. Ya no la historia, sino la memoria. La memoria era la única certidumbre de Tony y se aferraba a ella como un salvavidas. Era lo que la enfermedad no le podía quitar. Era otra manera de salir de la burbuja y la única forma de independencia que tenía, y la mantuvo, hasta el final. Para recuperar un recuerdo, no tenía que pedirle nada a nadie: estaba justamente allí, en su mente, y mientras pudiera hablar, podría usar su memoria a voluntad. Era toda suya. Esta es la razón por la que Thinking the Twentieth Century es una obra de memoria, no de historia, incluso aunque el tema sea el siglo XX . No es como sus otros libros, que dependían de grandes cantidades de notas, referencias, materiales, gráficos, datos, de información obtenida de cientos de fuentes y cuidadosamente transcrita y ordenada en grandes blocs de notas amarillos.

Thinking the Twentieth Century estaba dentro de él. Ya había empezado a trabajar en una historia del pensamiento del siglo XX, pero todavía estaba en sus primeras etapas cuando enfermó. Así que cuando su colega y amigo el historiador Timothy Snyder se le acercó con la idea de una serie de conversaciones, el libro que Tony había planeado escribir se transformó, con la ayuda de Tim, en Thinking the Twentieth Century .

Cada semana, durante varios meses, Tim vino a nuestra casa con su grabadora  y se sentó en nuestra sala de estar con Tony, allí podían estar hablando durante dos horas seguidas -sin interrupciones. Tony se presentaba a cada conversación sin preparación y sin notas. Todos recordamos aquello en lo que más creemos, y Tony tenía una memoria asombrosa para los hechos y la historia. Escuchando desde la cocina, como hacía a menudo, me sorprendía su dominio y su alcance, al hablar de las complejidades de la política del cambio de siglo, de los orígenes intelectuales del fascismo y  de la suerte del pensamiento de la derecha en las democracias de posguerra. Yo estaba acostumbrada a la brillantez de Tony, pero también a su control: ahora se estaba saltando todas las barreras.

Era un torrente de conocimiento. Todo lo que sabía pasaba a través de sus propias experiencias personales. Y Tim fue cuidadoso en insistir en que Tony no sólo “hablara” del siglo XX, sino que se pusiera él mismo en la escena. El sionismo, por ejemplo, lo trataron como un momento y un movimiento en el pensamiento judío y le concedieron todo el peso histórico que le correspondía. En el plano político, fue también la primera desilusión amorosa de Tony, y vuelve una y otra vez a sobre las formas en que su total -profundamente ideológico- compromiso con la causa sionista siendo  joven (después de unirse a un kibbutz y  ofrecerse como traductor durante la guerra de los Seis Días) y su posterior desencanto le habían permitido “identificar el mismo fanatismo y miopía, la misma exclusivista estrechez de miras”. Esa etapa de su vida le dio una especie de empatía histórica con las certezas ideológicas a menudo desastrosos del siglo XX,  que a continuación se dispuso a describir y analizar.

Para Tony el incentivo que se escondía tras el libro, y que tenía que ser poderoso para superar el malestar y la depresión que fueron sus constantes compañeros, era sobre todo intelectual, una cuestión de clarificación. Tim lo sabía  y cuando el diálogo funcionaba, como solía suceder, Tony se transformaba. El enfermo Tony, el frustrado y angustiado Tony, incapaz de comer, garabatear o respirar adecuadamente, con su cuerpo dolorido por la inactividad, era capaz, con Tim y mediante un enorme esfuerzo físico y mental, de encontrar algo de alivio y alegría en la vida mental. Había algo en Tim, su seriedad y profundidad de conocimientos, así como su moral protestante, del medio oeste, que era una provocación para Tony, en el mejor sentido de la palabra.

(…)

Thinking the Twentieth Century vierte décadas de pensamiento y de conocimiento, así como días de la enfermedad en su idealismo de toda la vida. Se trata de un idealismo que, dadas las circunstancias, solo podía ser sostenido por una mente ferozmente disciplinada, y con un gran coste personal. No quiero decir que Tony creiera en una sociedad ideal. Solo era un idealista en lo referente a un debate público serio. Esto era lo único que, junto con el amor, siempre se quedaba en pie por mucho que la enfermedad le abatiera, y lo hacía intensamente.  Tony lo llamaba el núcleo. Para mí era un estrecho rayo de luz en la oscuridad que estaba separando a Tony de todos nosotros. Y si Thinking the Twentieth Century se encuentra en esa tierra sin nombre entre lo que es y lo que debería ser, como creo que es, ello se debe en parte a que fue impulsado por la oscuridad, pero también en parte por la luz. Fue sitiada, como él.

Imagine, si puede, cómo era su escritorio, su habitación, mientras él se abría camino hacia el final del manuscrito y el entorno que le rodeaba se oscurecia: el aire espeso y capas de polvo imposible de limpiar, los olores que parecían casi visibles, de antiséptico, flores, morfina, y la quemadura y el zumbido de la electricidad desde el amplificador que proyectaba su voz cada vez más débil; las ventanas abiertas de par en par para dar entrada al aire y la luz, y cerradas a toda prisa para proteger del frío anormal sus huesos inactivos e inmóviles.

Fue allí, en ese estudio, donde Tony completó Thinking the Twentieth Century. En una ironía final y terrible, su última tarea pública -y  así es como él lo vio- fue editorial: editar sus propias palabras, justo cuando estaba perdiendo la capacidad física para darles forma.  Thinking the Twentieth Century no era totalmente correcto, dijo, pero era “lo suficientemente bueno”. ¿Suficientemente bueno para qué? ¿Suficientemente bueno para quién? Para Daniel y Nicolás algún día, por supuesto. Pero también y quizás sobre todo para su público, para el mundo de “allá afuera”, que tanto había hecho para apoyarle. La enfermedad lo había cambiado todo -y nada en absoluto.

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Peter Novick (1934-2012)

Publicado por Anaclet Pons en marzo 16, 2012

University of Chicago News informó el pasado 2 de marzo del fallecimiento de uno de los historiadores norteamericanos más celebrados, Peter Novick. He aquí un resumen del obituario:

Peter Novick, historiador de la Universidad de Chicago, especializado en la historia misma, en la historiografía, murió el 17 de febrero a la edad de 77 años. Novick, profesor emérito, utilizó sus formidables habilidades para explicar cómo diferentes visiones del pasado pueden conformar la reescritura de la historia y establecer narraciones que tienen un poder propio.

Su éxito temprano sugiere que podría haber hecho carrera como historiador de la Francia del siglo XX. Su tesis de doctorado en la Universidad de Columbia, galardonada con el Premio Clark M. Ansley, se publicó en 1968: The Resistance Versus Vichy: The Purge of Collaborators in Liberated France. En respuesta a un intenso debate nacional sobre el papel de Vichy en la Francia de la guerra, el libro fue traducido y publicado en 1985 como L’Epuration Française, 1944-1949, siendo “Le Grand Livre du Mois”.

Pero el interés de Novick estaba en la forma en que el pasado era dicho, pensado y escrito, lo que le condujo a los dos libros de referencia que siguieron: Ese noble sueño. La objetividad y la historia profesional norteamericana (1988) y Judíos, ¿vergüenza o victimismo? El holocausto en la vida americana (1999).

“Ese noble sueño diseccionó y deflactó el ‘mito’, como lo llamó Novick, de la objetividad científica que había legitimado la institucionalización de la disciplina histórica en el mundo académico norteamericano desde finales del siglo XIX en adelante”; “El Holocausto en la vida americana desarrolló la tesis aún más iconoclasta de que un segmento de la comunidad judía estadounidense había hecho de la rememoración del Holocausto una manera de evitar su asimilación profunda en el mainstream americano”, señaló su colega de la Universidad de Chicago Jan Goldstein. “Lo notable de estos dos libros es que en ellos Peter adiestró su poderoso intelecto aplicándolo a dos aspectos sobresalientes de su propia identidad: su identidad profesional como historiador y su identidad cultural como un judío americano secularizado”, añadió Goldstein.

“Aunque Peter había elegido estos temas por razones muy personales, ese compromiso personal nunca puso en peligro el rigor de su investigación y de su análisis. Que fuera muy ambivalente respecto de la historia académica y la judeidad no hizo sino subir la apuesta”, dijo Goldstein. “Escritos en una prosa cristalina que parecía no costarle nada, los libros son a la vez impresionantes obras de historia y comentarios culturales, así como, desde el punto de vista de su autor, actos de coraje moral”.

Ese noble sueño ganó en 1989 el premio Albert J. Beveridge de la American Historical Association  al mejor libro del año en historia americana.  Además, alimentó un acalorado debate en la reunión anual de la American Historical Association, como recogió el Chronicle of Higher Education en enero de 1991. “Deberíamos hacer caso omiso de esas grandes pretensiones de objetividad”, citaba el Chronicle del parlamento de Novick hablando a sus colegas. “No tenemos por qué ser definitivos, podemos simplemente ser interesantes o sugerentes”. El texto de toda la mesa fue publicado por la American Historical Review en junio de 1991.  A pesar de la controversia, los colegas de Novick reconocieron el valor duradero de su contribución. Como aseguró Linda Gordon, una de las participantes en la sesión de la AHA, “todos estamos en deuda Peter Novick por este libro. Es un regalo para los historiadores y para otros estudiosos, presentes y futuros”.

Aunque El Holocausto en la vida americana fue objeto de gran controversia, el libro también suscitó muchos elogios, incluyendo el premio de la Phi Beta Kappa Ralph Waldo Emerson para los mejores estudios sobre la condición intelectual y cultural de la humanidad. Esa asociación señalaba: “El trabajo de Novick muestra que los historiadores eligen sus temas y enmarcan sus evaluaciones y explicaciones de una manera muy determinada  por sus ideologías y por  las instituciones en las que trabajan. Este es un ensayo histórico excepcional -una obra en la que el autor ha utilizado todos los recursos de su oficio para clarificar lo que se suele asumir sobre un tema muy problemático y sensible”.

En un informe académico sobre el proyecto, Novick, escribió que el Holocausto se había convertido en un “símbolo y una memoria en la mente del público, tanto en «el público» en general como en los públicos particulares. Me preocupan las estrategias para ‘dominar el pasado’ en relación con el Holocausto, lo que naturalmente difiere según  los distintos grupos y subgrupos, y me preocupa cómo el tratamiento del Holocausto ha servido para varios propósitos sociales e ideológicos”, escribió. “Estoy igualmente preocupado por la medida en que la experiencia del Holocausto se ha convertido, para muchos judíos, en el símbolo central de la identidad judía”.

El libro causó una inmediata controversia, de modo que los revisores y algunos líderes judíos lo criticaron por no reconocer la magnitud y la naturaleza sin precedentes del Holocausto. Entre sus observaciones iconoclastas, Novick rechazó las populares “lecciones del Holocausto”, afirmando que el Holocausto es una mala fuente de lecciones a causa de su condición extrema.

“La sensible e impopular conclusión de Novick, la de que debemos estudiar un acontecimiento histórico como el Holocausto no para extraer lecciones  sino por sus complejidades y contradicciones, complacerá a algunos lectores, pero probablemente molestará a muchos más”, escribió Lawrence L. Langer, un estudioso del Holocausto, en The New York Times.

En The New York Review of Books de marzo de 2000,  Eva Hoffman se mostró  más en sintonía con el espíritu del libro y con las motivaciones de Novick para escribirlo: “El Holocausto en la vida americana ya ha sido criticado por la dureza y el supuesto “cinismo” de su tono, y de hecho es un trabajo obstinado, agudo, brusco, y algunas veces casi swiftiano en su acidez”, escribió. “Pero la ira es una medida del compromiso de Novick, su franqueza es parte del argumento. Novick intenta claramente abrirse camino a través de los circunloquios del discurso habitual del Holocausto, desafiando lo que él ve como sus ofuscaciones, con lógica inflexible y diciendo en voz alta lo que se suele musitar en privado”.

Rest in pace

Publicado en Académica, Historiadores, USA | 2 Comentarios »

Natalie Zemon Davis: historia y ficción

Publicado por Anaclet Pons en marzo 14, 2012

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Publicado en Entrevista, Historiadores | 1 comentario

 
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