Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

Archivos de la categoría ‘Historiadores’

La historia premiada

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 4, 2009

Este blog, como saben los habituales, se ocupa de escoger y difundir noticias sobre la disciplina que ocurren más allá de nuestras froneras. No obstante, en ocasiones se permite alguna excepción, y ahora ha llegado el caso, justo cuando se acaba de fallar el Premio Nacional de Historia y podemos ver los paralelismos.  La cuestión es que desde hace días estaba pensando si informar o no de los recientes premios americanos.

Sobre, digamos, los cercanos National Book Awards. Entre los finalistas, algunos historiadores, y entre ellos Greg Grandin, de Yale, cuyo último volumen ha recibido un sinfín de parabienes y alabanzas: Fordlandia. The Rise and Fall of Henry Ford’s Forgotten Jungle City. Es decir, sobre la ruinosa empresa que la Ford Motor Company  montó en Brasil en 1927 adquiriendo más de un millón de hectáreas en pleno Amazonas. Allí contruyeron un pueblo al estilo americano,  Fordlandia,  a cuyo alrededor estaría la mayor plantación del mundo, preparada para explotar la hevea, la resina del árbol del caucho. La inversión superó los 20 millones, pero resultó un fracaso y en 1945 se vendió al gobierno brasileño por 244.200 dólares.

O sobre,  por ejemplo, los American Book Awards, un premio que desde 1978 distingue a los mejores trabajos de la “America’s diverse literary community”, más allá de las fronteras académicas.  En esta ocasión, entre otros, han sido distinguidos dos volúmenes interesantes, ninguno de los cuales firma un historiador:  el de Houston A. Baker, Jr.  (Betrayal: How Black Intellectuals Have Abandoned the Ideals of the Civil Right Era, editado por Columbia University Press) y el de Richard Holmes (The Age of Wonder, de Pantheon Books).

En el primero, Baker estudia los textos de los fundadores de los movimientos de los derechos civiles y el Black Power (Du Bois, King, Malcom X, etc.), contrastándolos con los de la nueva élite neoconservadora (Shelby Steele, Jon McWhorter, Henry L. Gates, etc.) para concluir con esa afirmación que da título al libro.  Por su parte, Richard Holmes, biógrafo de la generación romántica dedicado a Shelley y Coleridge, se ocupa de lo que este último denominó la “segunda revolución científica”, cuando los científicos ingleses de principios del Ochocientos rivalizaban en sus descubrimientos con las proezas de Newton o Galileo. De ahí el título completo, The Age of Wonder: How the Romantic Generation Discovered the Beauty and Terror of Science, con la voluntad de señalar la excitación que la ciencia provocaba entonces. Desfilan así Joseph Banks,el botánico que acompañó a Cook en su viaje a Tahiti;   William Herschel, el descubridor del planeta  Urano; el celebérrimo explorador Mungo Park; o Humphry Davy, poeta y químico que dio al mundo una lámpara para mejorar la seguridad de los mineros; pero desfilan no sólo por sí mismos sino por lo que a su vez representaron para quienes acabaron por construir una mitologia de la ciencia y sus descubrimientos, gentes como Coleridge, Wordsworth, Shelley o Keats.

age of wonder el rey fordlandia

Ahora volvamos al principio, al Premio Nacional de Historia que acaba de conceder el Ministerio de Cultura: El Rey: Historia de la Monarquía, editado para Planeta por José Antonio Escudero. Las comparaciones son odiosas, y ambos galardones muy distintos. Cabría argumentar incluso que la historia siempre ha sido una disciplina predominantemente conservadora, de lo cual se desprende en buena lógica que las instituciones premien cierto tipo de obras. De hecho, los americanos tampoco suelen seleccionar precisamente textos rompedores. Ahora bien, hay diferencias, y saltan a simple vista.

En nuestro caso, y sin entrar en la calidad de la obra premiada (un volumen colectivo en tres partes que ocupa más de mil quinientas apretadas páginas y que no he leído), si conviene considerar el tenor del libro, y más si ha de ser tomado como ejemplo de la mejor producción histórica española. En este sentido, remito al artículo firmado por Julián Casanova en El País de ayer, de título glorioso, que comparto plenamente  y que empieza así:

“Hay muchas formas de abordar la historia de España, pero la que se distingue con el Premio Nacional casi siempre es la misma: la que presta la máxima atención a las aventuras de reyes y nobles, a sus pompas, guerras y conquistas. En la Monarquía se encuentra el tronco de nuestra historia común, parece que piensan quienes conceden ese premio, el vínculo uniformador de nuestro pasado más remoto con nuestro presente más actual.

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Hobsbawm: revueltas y rebeldes

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 2, 2009

El portal La vie des idees tradujo hace unas semanas una entrevista realizada a E.H. Hobsbawm el pasado mes de abril.

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La Vie des Idées: En su calidad de intelectual comprometido, ha conocido a lo largo de su vida muchas situaciones de crisis y de revueltas populares. Usted estaba en España durante la Guerra Civil, ha observado los movimientos sociales en España e Italia en la década de 1950 y estaba en la década de 1960 en Cuba cuando la guerrilla revolucionaria. ¿Influyeron estos acontecimientos en sus primeras investigaciones sobre los rebeldes; cómo?

Eric Hobsbawm:  obviamente me influyó la experiencia del tiempo que me tocó vivir, incluso en la elección de temas de investigación. Es evidente que alguien cuya politización se produjo en la Alemania de la Gran Depresión y que llegó poco después a Inglaterra para asistir a las marchas contra el hambre o a la movilización de los desempleados no puede sino desarrollar interés por estas cuestiones.

También quiero añadir que cuando me uní al ejército, serví en una unidad de reclutas de la clase obrera. Aprendí mucho de la experiencia vital de mis compañeros. Pero realmente escogí  mis investigaciones en la década de 1950 a partir lo que había aprendido en mis viajes y de mis esfuerzos por repensar mis inclinaciones políticas. Como traté de explicar en mi autobiografía, también procede en gran medida de mi descubrimiento de la naturaleza de la política popular de la Italia de los cincuenta. De ahí mi interés por el pensamiento y la práctica políticas de personas que aún no habían adquirido el vocabulario moderno de la acción política, con su su sintaxis y gramática, sus instituciones y sus formas, pero que tenían su propia forma de expresar sus aspiraciones, de luchar, de protestar y de tratar de que tuvieran éxito. Empecé a pedirles a mis amigos italianos que me aconsejaran algunas lecturas,   por ejemplo  el estudio de Benedetto Croce  dedicado a la política napolitana. Otros temas similares me llamaron la atención. Fue así como comencé a escribir mis primeros estudios sobre la política “prepolítica”.

Al mismo tiempo, me di cuenta de que estas investigaciones abrían una nueva perspectiva sobre mi concepción convencional de lo que era la política popular, es decir, los partidos políticos y las organizaciones. En ese momento  pensaba que la única forma de hacer política era la moderna, y sin embargo era diferente de la que había en las mentes de muchas de aquellas personas. Es esta tensión y esta confluencia de dos tradiciones diferentes lo que captó mi interés. Se decía que en algunas regiones de Italia las personas vivían a la vez en la época de Lutero y en la de Lenin. Esta diferencia me fascinó. Mi interés por estos asuntos se acrecentó desde entonces,   especialmente por la relación con las formas primitivas que se han asociado al bandidaje social. Pero esto, como ustedes saben, ha sido ampliamente discutido y no necesariamente aceptado.

La Vie des Idées: ¿Diría usted que,  en la época de sus primeros compromisos políticos en la Inglaterra de los años 1930 y 1940, era una especie de francotirador o incluso un “rebelde”? ¿Hay un vínculo entre su vida y la atención que siempre ha mostrado por la gente fuera de lo común (“uncommon people“)?

Eric Hobsbawm: No creo que haya una relación personal de este tipo. En realidad, comencé a descubrir a las figuras marginales de la sociedad durante la ocupación de Alemania tras la guerra, cuando conocí a todo tipo de personas que en cierto modo no habían estado implicadas yque se encontraban en el escalón más bajode la escala social, las mujeres por ejemplo. No estoy interesado en los bajos fondos, ni en personas de baja estofa que sólo estaban parcialmente integradas en la sociedad tradicional y actuaban en sus márgenes, sino en los que componen la mayoría de la población: campesinos, poblaciones urbanas, etc. Yo añadiría que hay que distinguir estos grupos que se sabían y pensaban como marginales, como los gitanos y, en cierta medida, los judios, que funcionaban como sociedades “esteriores” y tenían sus propias normas. Vivían en una especie de simbiosis con la sociedad porque desempeñaban su rol,  pero no eran menos diferentes y no reconocidos. Deliberadamente decidí no centrarme  en esos grupos o fenómenos, excepto en  la música popular como el jazz, que creció y se desarrolló en los márgenes. En este sentido, me he podido interesar por los márgenes, pero fue un ángulo de análisis histórico distinto al análisis de las revueltas primitivas.

Escribir la historia de la revuelta

La Vie des Idées: Al principio de su carrera era  más conocido como historiador de la clase obrera británica. Sin embargo, su enfoque era diferente del de  la historia obrera entonces dominante. Usted no se orientaba hacia el estudio de los sindicatos o partidos políticos, sino que fijaba su mirada particular en la estructura de la clase obrera y en grupos más pequeños,  como los rebeldes de “Capitán Swing”  o a los que destruían las máquinas. ¿Había ahí una manera de estudiar los “márgenes” de la historia de la clase obrera?

Eric Hobsbawm: Sí y no. Tiene razón al decir que no tenía gran simpatía por la historia tradicional de la clase obrera, que era una historia de las organizaciones  y sobre todo una especie de historia evolutiva, diciendo que  las organizaciones mejoran con el paso del tiempo. Era una historia de los líderes, las organizaciones, los programas. Yo estaba más interesado en cómo los trabajadores se organizaban ellos mismos dentro de los sindicatos, y en su caso en las organizaciones. Por ejemplo, uno de mis primeros estudios se centraba en cómo los trabajadores organizaron su propia migración laboral, a imagen de los artesanos ambulantes o trabajadores desempleados que fueron de un lugar a otro en busca de trabajo . ¿Cómo se organizaron? No lo estaban de forma centralizada, pero desarrollaron redes y acuerdos dentro de su propia organización. En cierto sentido, esta cuestión no sólo concierne a los trabajadores, que tenían conciencia política  y que eran los actores de esos movimientos, sino también a los que se quedaron fuera. Creo que mi propia contribución a la historia del trabajo fue, a través de estos estudios,  mostrar cómo estos fenómenos se desarrollaron realmente en el fondo, y no desde una  historia de fechas, grandes hombres o batallas.

La Vie des Idées: ¿Cuáles eran sus relaciones con otros historiadores británicos como Edward P. Thompson, por ejemplo, en los años 1950 y 1960?

Eric Hobsbawm: Intenté encontrar mi sitio dentro de una generación de historiadores que, en conjunto, han transformado la enseñanza y la investigación histórica entre la guerra y la década de 1970. La mayoría de ellos trabajaban en el intento de casar  su formación como historiadores con los descubrimientos y los conocimientos de las ciencias sociales. La mayoría también trabajaba en las transformaciones dinámicas de la sociedad, lo que explica la importancia que le daban  a la discusión sobre la transición del feudalismo al capitalismo. Compartía en gran parte a estas preocupaciones, pero también y al mismo tiempo había otro aspecto que me interesaba y que, muy a menudo, era inseparable del interés por la historia de la gente de abajo. No me inspiraba tanto en Marx como en a autores como Georges Lefebvre y, de una manera especial,  Gramsci, por su trabajo sobre las clases subalternas. Para mí fue una gran iluminación ver estas clases como un grupo de personas que buscaban una manera de ser una realidad en la sociedad, que la sociedad no reconocía y que ellos mismos no reconocían todavía . Por tanto, yo también me centré en la lógica y la coherencia, tanto en ideas como en acciones,  de esta gente de abajo.

La Vie des Idées: ¿Qué análisis hacía de la “racionalidad” de los rebeldes que abordó en sus estudios iniciales?

Eric Hobsbawm: Sigo creyendo que es necesario un enfoque en términos de “elección racional”  para entender estos fenómenos. Los actores se las ven con su propia coherencia lógica. Lo importante para el historiador es descubrir por qué tiene sentido para ellos actuar como lo hacen. Por ejemplo, ¿por qué los agricultores que ocupan tierras comienzan inmediatamente a ararlas, en lugar de limitarse a ocuparlas? Lo hacen porque creen que es imposible poseer la tierra  sin trabajarla. Así,  a menos que se mantenga el derecho a trabajar la tierra nadie la podrá poseer. Mi reflexión vincula esto a una larga tradición académica de pensamiento político, que se remonta a John Locke y otros, pero va más allá e intenta ver qué sentido tiene para la gente de abajo.

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De la historia de la clase obrera a los Estudios Subalternos

La Vie des Idées: Desde la década de 1980  su trabajo se ha centrado cada vez más en las grandes síntesis históricas, las revoluciones, el nacionalismo o los imperios. Al mismo tiempo, los Estudios Subalternos han propuesto renovar la escritura de las vidas de la gente común. Algunos de los fundadores de este movimiento han criticado el hecho de que haya caracterizado las revueltas de los campesinos como “prepolíticas” y consideran que esa posición revela un punto de vista “occidental”. ¿Qué piensa usted de esta crítica, y de cómo ha sido discutido su trabajo desde la década de 1960?

Eric Hobsbawm: Los investigadores de los Estudios Subalternos formaban parte originalmente de la misma tendencia, el marxismo indio. Se hicieron críticos, y opino que muy críticos, porque privilegian en exceso las hipótesis y modos de acción de la cultural tradicional. Minimizan el papel de las transformaciones económicas y sus consecuencias sobre las clases sociales. Trataron de transformarlas en una versión diferente de la rebeldía primitiva. Mi crítica es que si bien estaban en lo cierto, en la práctica,  al establecer que estas personas aunque apoyaban al Partido Comunista de la India no lo hacían de una manera ortodoxa, en cambio yo percibí desde el principio los límites de esta forma de protesta y rebeldía, que era muy real, pero que era en el mejor de los casos un poder muy negativo, no positivo, de transformación. El ejemplo más obvio que conozco es el del Perú de los años 1960 y 1970, donde, de hecho, una serie de revueltas populares y de ocupación de tierras por las comunidades campesinas destruyeron prácticamente el sistema latifundista. En cierto momento, el sistema simplemente dejó de existir, pero estas comunidades rurales no pudieron hacer nada más, porque eran incapaces de coordinarse. La escasa coordinación que pueda existir debe proceder de otros lugares. En Perú, en aquel momento, provenía de un grupo de generales políticamente progresistas. Una razón de mi compromiso con el comunismo era el enorme poder de los partidos comunistas como organizaciones, que eran capaces de reunir a las fuerzas sociales y  hacerlas fuerzas activas en la historia, al menos antes de ponerse encima y borrarlas, pero ésa es otra historia…  Mi crítica fundamental a los Estudios Subalternos  no es tanto a sus descubrimientos como a sus implicaciones políticas.

La Vie des Idées:Algunos se quejan de que los rebeldes parecen haber desaparecido de sus trabajos posteriores. A veces se tiene la impresión de que el análisis de las principales fuerzas políticas y económicas que han marcado la historia, a lo que dedicó varios libros, es difícil de combinar con una atención especial a los disidentes y los que protestan. ¿Es ésta una falsa impresión o es realmente difícil escribir grandes síntesis históricas  incluyendo las ideas y prácticas de los dominados?

Eric Hobsbawm: Ante todo, debemos ser conscientes de que lo que llamamos revuelta y rebelión son categorías inventadas por los poderosos. Para aquellos que no lo son, eso no es necesariamente una rebelión,  es tal vez la afirmación de derechos y reivindicaciones. Por tanto, la definición de lo que constituye una rebelión o revuelta es algo que se hace desde arriba.  Yo añadiría que alguien dijo una vez que la mayoría de las revueltas campesinas de la Rusia del siglo XIX se resumen  en la solemne multitud de campesinos reunidos en la plaza del pueblo arengados  por los policías. Y nada más!

El concepto de rebelión o de revuelta, como tal, puede ser reapropiado por un grupo de revolucionarios, de rebeldes o de progresistas. Ferrer i Guàrdia dijo: “Yo no soy un revolucionario, soy un “rebelde “. Así que creo que prefiero abandonar el término rebelión o revuelta y hablar de movimiento de  afirmación de los derechos o de manifestaciónde reivindicación de derechos.

¿Cómo se producen estos movimientos? Tradicionalmente, durante el período que más me interesa, rara vez eran espontáneos: se constituían en el seno de una matriz de las convenciones y de hipótesis sobre la forma en la que las personas se debían de comportar entre ellas  y siempre dependían en cierta medida de una forma de estructura de decisión y de consejo. En los movimientos campesinos y aldeanos, incluso en su forma más primitiva,  se reunían y discutían acerca de cómo decidir y actuar. Por ejemplo, en el siglo XX en los Balcanes se reunían alrededor de la oficina de correos para discutir las novedades. En ausencia del alcalde del pueblo o de otra persona importante, se recurría al consejo del maestro, quien podía tener una posición central en la formación de la opinión y,  llegado el caso,  en la acción. En el nivel más bajo, este papel era asumido por el zapatero. En estas condiciones, usted debe entender que incluso estos movimientos llamados “espontáneos”  están en realidad estructurados. En la Francia del siglo XVIII, por ejemplo, la “taxation populaire“  no fue algo que sucedió de repente. Había formas de hacerlo, ya sabe cómo debía hacerse. Las mujeres ocuparban un lugar importante, era parte de su función.

El análisis debe hacerse en el nivel macro: ¿hasta qué punto estos movimientos son eficaces a gran escala? Tal vez deberíamos tener en cuenta los factores negativos;  que luego pueden recaer en las cosas espontáneas. Tomemos el ejemplo de la deserción militar, que es una forma de acción negativa, pero que puede revelarse también una forma de acción muy importante. ¿Cuándo se desintegra un ejército? Realmente no lo sabemos y sólo podemos especular. Sabemos cuándo hay resistencia al reclutamiento en el país  donde se introduce el servicio militar universal, y la cantidad de gente que trata de evitarlo, pero no necesariamente sabemos hasta qué punto puede afectar la acción negativa, en tiempo de guerra, de las personas que se niegan a entrar en combate. Creo que es a través de estas formas negativas que lo que llamamos revueltas populares manifiestan su mayor importancia histórica. Para que una acción positiva sea posible es necesario que en cierta medida esté  controlada y dirigida, oficialmente o no,  por grupos acostumbrados a actuar a escala estatal o nacional.

¿Quiénes son los rebeldes de hoy?

La Vie des Idées: Las formas de la rebelión sobre las que trabajó en la década de 1960 no parecen haber desaparecido. La globalización, como la industrialización en el siglo XIX, ha dado lugar a numerosas acciones de protesta, como la ocupación de tierras, tomar como  de rehenes a empresarios por parte de los  trabajadores amenazados de despido, manifestaciones, etc. Estas prácticas son descritaz  a veces como “primitivas”, ¿pero no son una forma moderna de contestar las desigualdades sociales producidas por la globalización?

Eric Hobsbawm: En primer lugar, la tradición de la acción política proviene del desarrollo de la política popular moderna, por ejemplo la transformación gradual de la forma de las manifestaciones clásicas  en manifestaciones sistemáticas institucionalizadas, ya sean mítines o formas de acción estructuradas. Pienso, por ejemplo, que una de las grandes ventajas de un país como Francia es que este tipo de acciones estructuradas integra el hecho de “salir a la calle”. Desde la Revolución Francesa, esta práctica forma parte del aprendizaje político de los individuos, educados en un país donde la política nacional ha tomado una forma jacobina,  republicana,  y a continuación socialista.

Al otro lado del Canal, el movimiento sindical ha desarrollado sus propias técnicas de lucha, que no siempre han sido reconocidas como tales. El luddismo, por ejemplo, es una técnica que se utiliza a menudo para hacer más eficaz la huelga y los conflictos laborales en los casos en que no se puede hacer otra cosa. Se puede citar asimismo  la gran huelga general de 1842 en Inglaterra, que fue llamad “Plug Riots”, porque los huelguistas destapaban las máquinas de vapor.

De vez en cuando  surgen nuevas formas de acción . Por ejemplo, durante la Gran Depresión de la década de 1930 en Francia, Inglaterra y también en América, fue muy característica la ocupación de los lugares de trabajo, sobre todo fábricas. Hoy en día, secuestrar a los patronos es otra acción. No creo que tenga sentido clasificarlo como “primitivo” o “no-primitivo. Se trata de una búsqueda de nuevos modos eficaces de acción. Debo añadir que estas nuevas formas de acción vienen determinadas en gran medida por las circunstancias. Ahora tenemos nuevas circunstancias, que no estabanen el pasado, es decir, vivimos en una “sociedad mediática”. Conseguir dar a corto plazo la máxima publicidad a una acción y encontrar una nueva manera de hacerla es una forma perfectamente racional de expresar su punto de vista. En este caso, por ejemplo, puede que tomar al jefe como rehén  no tenga ningún efecto real sobre la distribución del poder, pero produce una enorme publicidad, atrayendo la atención de la opinión pública, al margen de que la publicidad sea buena o mala.

La Vie des Idées: Al final de su Historia del Siglo XX expresa su preocupación por “las fuerzas generadas por la economía técnico-científica [que] son lo suficientemente grandes como para destruir el medio ambiente”. Al comienzo de su último libro, Guerra y paz en el siglo XXI, parece preocupado por las cuestiones ambientales y la prioridad que los gobiernos le dan al crecimiento económico. ¿Cree usted que las cuestiones ambientales y la oposición al desarrollo científico-técnico son asuntos para una revuelta legítima?

Eric Hobsbawm: Éstos son temas centrales. Una de las razones por las que no soy muy optimista es que superan con mucho el ámbito de las políticas existentes. Estos problemas deben ser resueltos a nivel transnacional y, sin embargo, la política en su conjunto es la única área en la que la globalización no ha hecho ningún progreso significativo. El Estado-nación sigue siendo el único ámbito en el que es posible la acción política. Las organizaciones transnacionales están tratando de expandirse. Por ejemplo, el auge de las ONG es esencial, porque están estructuradas para poder actuar a nivel mundial. Los nuevos movimientos, encabezados principalmente por minorías importantes, han reconocido el potencial de las operaciones transnacionales, en gran parte a través de la revolución de las tecnologías de la comunicación. Se pueden citar muchos ejemplos: 1968 fue probablemente la primera vez en que las ideas se extendieron por doquier,  un poco como se extiende hoy el temor de una pandemia causada por la gripe. 1968 fue un ejemplo precursor,  que vino de México y triunfó en Occidente, para pasar luego a Praga y extenderse hacia el este. Fueron casi siempre movimientos espontáneos. En las últimas décadas, estas técnicas han sido utilizadas para organizar campañas mundiales, entre ellas “las campañas anti-globalización”, que en realidad dependen de la globalización. ¿Serán eficaces? No lo sabemos.

Por otra parte, una acción realmente eficaz sólo es posible si es  realizada por actores realmente transnacionales. Pero hoy en día aún no existen. La mayor esperanza es se establezcan acuerdos entre los principales agentes,  que no son muchos: el G20, los principales sindicatos, etc. Si pudieran ponerse de acuerdo para actuar al mismo tiempo, ciertas acciones podrían llevarse a cabo. No sabemos si pueden, pero que deben y deberían hacerlo es indudable.

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Entrevista realizada en París el 29 de abril de 2009. Transcripción de Feyrouz Djabali, traducción francesa de Sylvie Taussig.

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El futuro del libro, en un mundo digital

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 30, 2009

L’avenir numérique du livre“. Con este título retoma Roger Chartier en Le Monde sus análisis sobre los cambios que la revolución digital ha traído al mundo del libro. Veamos qué nos dice:

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Hagamos una prueba. Googleemos “Google”, es decir, escribamos esa palabra en el buscador del mismo nombre. La pantalla nos indica de inmediato que el número de resultados asciende (en castellano) a más de dos mil millones. Si no nos preocupa el sacrilegio,  volvamos a intentar la operación con el término  “dios”:  el número de posibilidades se reduce ahora a 67 millones (esta versión del texto de Chartier, que lógicamente da cifras distintas atendiendo a la versión francesa del buscador, se compuso el 26 de octubre de 2009 y, por tanto, el cómputo variará cuando esta entrada se publique o lea).

La comparación es suficiente para entender por qué, en los últimos meses y semanas, todas las discusiones sobre la creación de colecciones digitales se han visto sacudidas por los incesantes esfuerzos de la compañía de California. El más reciente, como se anunció hace unos días en la Feria del Libro en Frankfurt, es el lanzamiento de Google Edition (su librería digital de pago), que explota comercialmente algunos de los recursos acumulados en Google Books.

La obsesión “googleana”, aunque legítima,  no puede hacernos  olvidar algunas de las preguntas fundamentales que plantea la conversión digital de textos existentes en una materialidad diferente, ya sean impresos o manuscritos. En esta operación radica el fundamento mismo de la creación de colecciones digitales,  que permiten un acceso a distancia a los fondos conservados en las bibliotecas.

Sería de tontos considerar inútil o peligrosa esta extraordinaria oportunidad que se le ofrece a la humanidad. “Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad”, escribió Jorge Luis Borges, y ésa es la misma satisfacción inmediata que produce la nueva Babel digital . Todos los libros al alcance de cualquier  lector, esté donde esté: el sueño es hermoso, con la promesa de acceso universal a los saberes y a la belleza.

No hay que perder la razón. La transferencia del patrimonio escrito de una materialidad a otra no carece de precedentes. En el siglo XV, la nueva técnica de reproducción de textos se puso masivamente al servicio de los géneros que dominaban la cultura del manuscrito:  manuales de escolástica, libros litúrgicos, compilaciones enciclopédicas, calendarios y profecías.

En los primeros siglos de nuestra era, la invención del libro que sigue siendo el nuestro, el códice, con sus hojas, sus páginas e  índices, acogió en un nuevo objeto las escrituras cristianas y las obras de autores griegos y latinos. La historia no enseña lección alguna, a pesar de lo que se dice,  pero en ambos casos muestra un hecho esencial para entender el presente, a saber:  un “mismo” texto ya no es el mismo cuando cambia el soporte en el que se inscribe, del mismo modo que se modifican  las maneras de leer y el sentido que le atribuyen sus nuevos lectores.

En las bibliotecas lo saben, incluso aunque en algunas de ellas hayan tenido o todavía tengan la tentación de alejar de los lectores,  a veces de destruir, los objetos impresos cuya conservación parecía asegurada por la transferencia a otro soporte: el microfilm y la microficha de antes, el archivo digital de hoy. En contra de esta mala política, no hay que olvidar que proteger, catalogar y hacer accesibles  (y no sólo para los expertos en bibliografía) los textos en las formas sucesivas o alternativas que han permitido a los lectores leerlos en el pasado, y en un pasado reciente, sigue siendo una tarea fundamental para las bibliotecas -y la justificación principal de su existencia como instituciones y lugar de lectura.

Suponiendo que los problemas técnicos y financieros de la digitalización hayan sido resueltos y que toda la herencia escrita se pueda convertir a formato digital, la preservación y divulgación de los soportes anteriores seguirían siendo necesarias. De lo contrario, la “extravagante felicidad” prometida por esta biblioteca de Alejandría finalmente realizada nos supondrá pagar un alto precio por la amnesia de esos pasados que hacen que las sociedades sean lo que son. Tanto más cuanto que  la digitalización de los objetos de esa cultura escrita que es todavía la nuestra (el libro, la revista, el periódico) requiere un cambio mucho mayor que el que implicó la migración de textos del rollo al códice. A mi parecer, la clave está en  la profunda transformación de la relación entre el fragmento y la totalidad.

Al menos hasta hoy, en el mundo electrónico, es la superficie iluminada de la pantalla del ordenador la que da a leer los textos, todos, cualquiera que sea su género o su función. Se rompe así la relación que, en todas las culturas escritas previas,  vinculaba estrechamente objetos, géneros y usos. Es esta relación la que organiza las diferencias, percibidas de forma inmediata, entre los diferentes tipos de publicaciones impresas y las expectativas de sus lectores, guiados en el orden o el desorden de los discursos por la materialidad misma de los objetos que los transportan.

Y es esta misma relación la que hace visible la coherencia de las obras,  imponiendo la percepción de la identidad textual,  incluso a quien sólo quiere leer unas pocas páginas. En el mundo de la textualidad digital, los discursos ya no están inscritos en los objetos, que permiten clasificarlos, jerarquizarlos y reconocerlos en  su propia identidad. Es un mundo de fragmentos descontextualizados, yuxtapuestos, de una recomposición indefinida, sin que sea necesario o deseado comprender  la relación que los inscribe en la obra de la que han sido extraídos.

Se puede objetar que esto siempre ha sido así en la cultura escrita, amplia y durablemente construida a partir de recopilaciones de extractos, de antologías de lugares comunes  (en el sentido noble que se le daba en el Renacimiento), de fragmentos escogidos. Ciertamente. Pero, en la cultura de la imprenta, el desmembramiento de los escritos va acompañado por su contrario: su circulaciónen en las formas que respetan su integridad y que, a veces,  las reúnen en las “obras”, completas o no. Además, en el propio libro, los fragmentos están necesariamente, materialmente, relacionados con una totalidad textual,  reconocible como tal.

Son varias las consecuencias que se derivan de estas diferencias fundamentales. La idea misma de revista se torna incierta, cuando la consulta de los artículos ya no está vinculada a la percepción inmediata de una lógica editorial que se hace visible en la composición de cada número, sino que se organiza mediante un orden temático de secciones. Y es cierto que las nuevas formas de lectura, discontinuas y segmentadas, socavan las categorías que rigen la relación de los textos y obras, designados, pensados y apropiados en su singularidad y coherencia.

Son precisamente estas propiedades fundamentales de la textualidad digital y de la lectura frente a la pantalla lo que el proyecto comercial de Google intenta explotar. Su mercado es el de la información. Los libros, como otros recursos digitalizables,  constituyen un enorme filón  a explotar. Como declaró Sergey Brin, co-fundador de la empresa: “Hay una cantidad fantástica de información en los libros. A menudo, cuando hago una búsqueda, lo que encuentro en un libro es cien veces superior a lo que puedo encontrar en la red”. De ahí la percepción inmediata e ingenua de cualquier libro, de cualquier discurso como base de datos que proporciona “información” a quienes  la buscan. Satisfacer esta demanda y obtener provecho de ello es el primer objetivo de la compañía de California, y no construir una biblioteca universal a disposición de la humanidad.

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Por otra parte, parece que Google  no está  bien equipada para hacerlo, a juzgar por los muchos errores de datación, clasificación e identificación producidos por la extracción de datos, y observados con ironía por Geoffrey Nunberg en The Chronicle of Higher Educación el pasado agosto. Para el mercado de la información, estos errores son secundarios. Lo que importa es la indexación y la clasificación de datos, así como las palabras clave y temas que permiten ir más rápido con los documentos que ofrecen “más posibilidades”.

Este gran descubrimiento de un nuevo mercado, siempre en expansión, y los progresos técnicos que le dan a Google un cuasimonopolio sobre la digitalización en masa,  han asegurado un gran éxito y copiosos beneficios a esta lógica comercial. Ésta supone la conversión electrónica de millones de libros, tomados como una inagotable mina de informaciones. Por tanto, ello exige no sólo acuerdos pasados o futuros con las grandes bibliotecas del mundo, sino también, como hemos visto,  un enorme esfuerzo de  digitalización, poco preocupado por el respeto a los derechos de autor, y la creación de una gigantesca base de datos, capaz de absorber más y archivar  las  informaciones personales de los internautas que utilizan los muchos servicios ofrecidos por Google.

Todas las controversias actuales derivan de este primer proyecto. Así,  las demandas judiciales de algunos editores (por ejemplo, La Martinière) por la reproducción y difusión ilegales de obras cuyos derechos les pertenecen, o el acuerdo entre Google y la Asociación de Editores y la Sociedad de autores estadounidenses, que prevé compartir las tasas percibidas por el acceso a los libros con derechos de autor (37% para Google, el 63% para quienes tiene los derechos). Este “settlement” preocupa al Departamento de Justicia, ya que podría constituir una posible violación de la ley antimonopolio, así  que el próximo 9 de noviembre el asunto se verá ante el juez de Nueva York encargado de retificar el acuerdo. Y luego está el lanzamiento espectacular de Google Edition, que es en realidad una librería digital de gran alcance destinada a competir con Amazon en la venta de libros electrónicos. Su constitución ha sido posible gracias al control que Google ejerce sobre cinco millones de libros “huérfanos”, todavía protegidos por derechos de autor pero cuyos editores o propietarios de los derechos han desaparecido, y por el acuerdo que legaliza a la postre las digitalizaciones piratas .

Representantes de la empresa americana recorren el mundo y los congresos para proclamar sus buenas intenciones:  democratizar la información, haciendo accesibles los libros disponibles,  remunerar adecuadamente a autores y editores, favorecer la legislación sobre los libros “huérfanos”. Y, por supuesto, la conservación “para siempre” de obras amenazadas por los desastres que afectan a las bibliotecas, como recuerda Serge Bryn en un reciente artículo del New York Times, donde se justifica el acuerdo presentado ante el juez por los incendios que destruyeron  la biblioteca de Alejandría y, en 1851, la Biblioteca del Congreso.

Esta retórica de servicio público y de democracia universal no bastan para eliminar las inquietudes que plantean las empresas de Google. En un artículo en The New York Review of Books del 12 de febrero y en un libro de inmediata aparición titulado The Case for Books : Past, Present and Future (PublicAffairs),  Robert Darnton convoca  a los ideales de la Ilustración para advertirnos contra la lógica del beneficio que gobierna las empresas de Google. Ciertamente, de momento hay una distinción clara entre obras de dominio público, que están disponibles gratuitamente en Google Books, y libros con derechos de autor, huérfanos o no, cuyos acceso y ahora compra en Google Edition son de pago. Pero nada garantiza que  la compañía, en situación de monopolio, no imponga en el futuro derechos de acceso o precios de suscripción considerables a pesar de la ideología de bien público y gratuidad que actualmente proclama. Ahora mismo, hay un vínculo entre los anuncios publicitarios, que proporcionan enormes beneficios para Google, y la jerarquía de la “información” que obtenemos con cada búsqueda en Google Search.

Es en este contexto  en el que hay que situar los debates generados por la decisión de algunas bibliotecas de encomendar la digitalización total o parcial de sus colecciones a Google, en virtud de un acuerdo o, lo que es menos habitual, de un concurso. En el caso francés, los acuerdos y debates abiertos afectan por el momento a  los libros de dominio público – que, como hemos visto, no protegen a los otros, escaneados en bibliotecas EE.UU.. ¿Debemos continuar por este camino?

La tentación es fuerte en la medida en que los presupuestos no permiten escanear ni mucho ni rápido. Para acelerar la puesta en línea, la Comisión Europea, los gobiernos y algunas bibliotecas han decidido que son necesarios acuerdos con socios privados y, por supuesto, con el único que tiene la matriz técnica  (por otra parte, mantenida en secreto) que permite digitalizaciones masivas. De ahí, las negociaciones,  prudentes y limitadas, entre la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) y Google. De ahí,  las discrepancias sobre la oportunidad de este modelo, tanto en Francia como en Suiza, donde el acuerdo firmado entre la Biblioteca cantonal y universitaria de Lausana y Google ha dado lugar a un serio debate (Le Temps, 19 de septiembre).

Conviene señalar  la diferencia radical que separa las razones, modalidades  y usos de las digitalizaciones de los propios fondos; cuando son llevadas a cabo por las bibliotecas públicas y la empresa de California, la prudencia está más que justificada  y podría o  debería llevarnos a no ceder a la tentación. La apropiación privada de bienes públicos, puestos a disposición de una empresa comercial,  puede parecer chocante. Además, en muchos casos, el uso de las bibliotecas de sus propias colecciones digitalizadas por Google (y aunque las obras sean de dominio público) está sujeto a condiciones que son inaceptables, como por ejemplo la prohibición de explotar los ficheros digitales durante  varias décadas o de fusionarlos con los de otras bibliotecas. Igualmente inaceptable es otro secreto: el de las cláusulas de los contratos firmados con cada biblioteca.

Son lógicas, pues, las reticenciassobre este tipo de asociación, por sus riesgos y consecuencias. En primer lugar, hay que exigir que la financiación pública de los programas de digitalización esté a la altura de los compromisos, necesidades y expectativas,  y que los Estados no descarguen sobre los operadores privados la responsabilidad de las inversiones culturales a largo plazo que les incumben. Por otra parte, hay que fijar las prioridades, sin pensar necesariamente que todo “documento” está destinado a ser digital, pues, a diferencia del filón de informaciones de Google,  se trata de crear colecciones digitales coherentes, respetuosas con los criterios de identificación y asignación de discursos que han organizado y organizan todavía la cultura y la producción impresa.

La obsesión, que puede ser excesiva e indiscriminada,  por la digitalización no debe ocultar otro aspecto de la “gran conversión digital“, por citar al filósofo Milad Doueihi, que es, probablemente con Antonio Rodríguez de las Heras, uno de los que insisten en la capacidad de las nuevas tecnologías para soportar formas de  escritura originales, libres de las restricciones impuestas tanto por la morfología del códice como por el régimen jurídico de los derechos de autor. Esta escritura del palimpsesto y polifónica, abierta y maleable, infinita y móvil, sacude las categorías que, desde el siglo XVIII, son el fundamento de la propiedad literaria.

Estas nuevas producciones escritas, digitales en principio, nos plantean ahora la difícil cuestión de su archivo y preservación. Debemos tener cuidado, incluso aunque  la urgencia inmediata sea decidir cómo y por quién debe hacerse la digitalización del patrimonio escrito, a sabiendas de que la “República digital del saber”,  por la que clama con tanta elocuencia el historiador norteamericano Robert Darnton, no debe confundirse con este gran mercado de la información en el que Google y otros ofrecen sus productos.

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Agnes Heller: Hungría y la memoria del 89

Publicado por Anaclet Pons en Julio 8, 2009

Agnes Heller no necesita presentación. Su obra y sus libros la preceden. Conocida por su marxismo inicial, seguidora de Luckacs, ofrece  hoy una visión crítica pero constructiva de la democracia liberal:  “solía considerarme marxista, pero ya no. No soy ni marxista ni postmarxista. Soy Agnes Heller”.

En esta ocasión escribe sobre su país natal, Hungría, y lo hace en la Hungarian Quarterly.

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La historia de los últimos veinte años,  la del período transcurrido desde el “cambio de régimen” a  la introducción de un verdadero sistema democrático de gobierno, ha sido para Hungría como una novela. Sin embargo, es un  relato muy antiguo. Dios liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto a fin de que en adelante no tuvieran otro Dios sino Él. Debían obedecer la ley, de modo que ya no serían esclavizados por ningún déspota. Hubo mucha alegría entre la gente al principio. Pero cuando las cosas empezaron a no ir tan bien como habían imaginado, volvieron la vista a los lujos egipcios y comenzaron a adorar el becerro de oro. Lo cual, en pocas palabras, es también lo que ha ocurrido en Hungría en los últimos veinte años.

Los que han conocido directamente la servidumbre y la opresión, y para quienes la libertad es el valor y regalo mayores, no han dejado de regocijarse hasta el día de hoy. Yo misma soy de ese pensar.  El cambio de régimen, en lo que a mí respecta, fue un deseado milagro que no esperábamos ver, y el milagro se ha mantenido. Todo lo que ha pasado después no ha cambiado eso.   Como  János Vajda podría haber escrito en su poema de 1876: cualquier cosa que haya hecho   en los años anteriores  la mujer que uno apostrofa, siempre será la mujer a la que uno le da su amor para siempre. Todo lo que puedo esperar -para seguir a János Vajda – es que también seamos capaces de producir un cuento semejante.

Esta esperanza es más que un anhelo vacío. Desde el principio ha habido un esqueleto de instituciones democráticas,  y constantemente estas instituciones se ajustan y corrigen. Durante estos veinte años, Hungría se ha convertido en un Estado miembro de la Unión Europea y, al hacerlo, los otros casi se han olvidado   (como nosotros mismos, triste es decirlo, hemos olvidado) de  que hemos luchado en el lado equivocado en las dos grandes guerras. Podría incluso decir que esta vez, por una vez, el país se ha unido al bando ganador. Lo que falta es un espíritu democrático, un gusto por la empresa, la valentía y el patriotismo -bienes escasos.    Y no sólo entre la clase política sino también entre los ciudadanos en general, tanto entre las personas mayores como entre los jóvenes. Si tuviera que empezar a enumerar las causas, la lista sería interminable, especialmente cuando sé que otros citarían causas distintas y culparían a otros personajes políticos. Por tanto, parece más conveniente describir las circunstancias y los detalles.

Antes del cambio de régimen, la mayoría de las personas en Hungría, si se les hubiera pedido que citaran un país feliz con un sistema político democrático, habrían pensado en nuestro feliz y próspero vecino, Austria. No fundamentalmente como un modelo de democracia, sino como sociedad próspera. Si Hungría hubiera logrado liberarse en 1956  tal vez nosotros también podríamos estar viviendo en una prosperidad comparable. Pero las condiciones de vida habrían mejorado incluso aunque hubiéramos salido del campo soviético en 1989 por nuestra cuenta  o si la Unión Soviética no se hubiera derrumbado. Dado que no estaba previsto, ningún Estado occidental tenía ninguna apuesta política sobre la prosperidad de Hungría. El país se ha mantenido relativamente afectado por la pobreza, heredando el Estado las deudas acumuladas en los últimos años de la era Kádár; al mismo tiempo, el nivel de vida de un importante segmento de la población se hundió muy por debajo de lo que había sido previamente. Tampoco es de extrañar entonces que se esfumaran los largamente ansiados lujos egipcios; por ominoso signo que fuera, la victoria socialista en las elecciones generales de 1994 fue comprensible. Lo que también señaló fue la debilidad de la mentalidad democrática, una devaluación de la libertad. ¿Era ese éxito un voto   para el Partido Socialista Húngaro en sí, incluso un voto por el legado de János Kádár?

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Los políticos demostraron que no tenían experiencia en el desempeño de la política democrática. No tuvieron la oportunidad ni el tiempo para aprender, por lo que hicieron lo que ya sabían  o habían aprendido. Cuando estaban en la oposición (el debido respeto a las excepciones) no se comportaban como una oposición a un gobierno elegido democráticamente, sino como la oposición a una dictadura de partido. Como si sólo ellos llevaban la bandera de la honestidad frente a los deshonestos. Cuando, por el contrario, se convierten en el partido en el gobierno (y aquí es difícil pensar en una gran excepción), persiguen el mismo paternalista y populista juego político.

Un político democrático necesita cierta habilidad diplomática. Necesita contactos flexibles con todos los jugadores que están por el consenso democrático. Al parecer, muy pocos políticos en Europa oriental han adquirido esa capacidad. Además, ebuna población educada en la democracia se espera que  se muestre  respeto por los altos cargos, quienquiera  que los ocupe. Que la capacidad – de hecho, la resolución – no sólo no se está desarrollando, sino que en los últimos quince años se ha ido deteriorando.

Las fuerzas racistas y los extremistas antidemocráticos están en aumento. La derecha a menudo acepta su apoyo, e incluso más a menudo se aprovechan de la falta de respeto por las normas de la democracia para sus propios fines. La izquierda a menudo se siente más seguro protegida por las formalidades legales  que mediante la movilización de la opinión pública.  La representación política en  el parlamento (que es decisiva, por supuesto)  contrasta fuertemente con la de  la calle.

Es una ocurrencia muy repetida la de  que el éxito en la política depende de la comunicación. Los medios de comunicación influyen en la opinión pública tomando las consignas del vocabulario de la masa democrática  y repitiéndolas,   pensando que eso los hace también demócratas. Una mentalidad democrática, sin embargo, sólo se plantea en el carácter democrático de las acciones, mientras que el éxito del proceso de comunicación depende de la receptividad de las personas en el extremo receptor.

También se duda de los ideales.  La izquierda actúa con sus tradicionales baratijas. En otras condiciones, algunos de estos ideales  incluso podrían ser productivos. Uno de éstos, por ejemplo, es la idea socialdemócrata del Estado del bienestar;  por desgracia, una condición previa para el funcionamiento de una política de estado de bienestar es haber conseguido una cierta prosperidad. Para Hungría, en este momento, eso sólo puede ser un sueño. La derecha también usa viejas ideologías sin darles un nuevo significado. La peor de ellas es quizá la idea de patriotismo, aunque su politización simbólica  sólo desempeña un pequeño papel. Ser un buen ciudadano hace de una persona un buen patriota. Pero el mayor problema  es que ni los viejos ni los jóvenes le otorgan gran valor a la libertad personal.

Existen graves problemas con la generación más joven no sólo en Hungría, sino en casi todos los estados miembros de la UE. Parece casi como si las democracias modernas de Europa – a diferencia de los EE.UU. – no hubieran sido capaces de enseñar a sus jóvenes a valorar la libertad y practicar la democracia. En Hungría, para agravar el problema, la generación de más edad tiene una memoria escasa. Parecen haberse olvidado de la policía de seguridad, de los informantes, la rutina de recurrir a la hipocresía, a las mentiras. En cambio, crece la nostalgia recordando la parcela que completaba los salarios de la granja colectiva y los días de pleno empleo. Algunos sacar el sustento de la ideología de pre-guerra, de los tiempos de Miklós Horthy, un período que pocos han experimentado personalmente, y están felices de alimentarse así a otros, desplegando un mapa de la Gran Hungría y maldiciendo a todos los vecinos. En la actualidad,  hay jóvenes que nunca han conocido otro sistema político que el actual, por lo que no es de extrañar que sólo puedan ver el lado más oscuros del capitalismo y las libertades que conlleva. Los movimientos y partidos que han llevado a cabo el cambio de régimen también tienen parte de culpa. La libertad – el derecho a la libertad personal, libertad de reunión, libertad de religión y  libertad de expresión- se daba por sentado como un valor indiscutible, hasta el punto que nadie advirtió que no necesariamente todos esaban de acuerdo. Los que pertenecemos a la  intelectualidad democrática húngara hemos de reconocer que también somos en parte responsables de todo lo que pasó en los años de la embriagadora transición  y de lo que está sucediendo ahora.

Hemos sido incapaces de comunicar nuestra visión y nuestro conocimiento del nuevo mundo en el que entrábamos. Tal vez estábamos  tan preocupados con la agenda política cotidiana  que no tuvimos en cuenta los aspectos  y las interconexiones de nuestro nuevo mundo. ¿La gente entiende realmente, aunque sólo sea una minoría, las normas y las oportunidades del mundo en que vivimos? Para ellos decir capitalismo significa:  privatización,  pérdida de puestos de trabajo y capital extranjero. ¿Qué es lo que la gente sabe sobre el mercado? ¿Saben, por ejemplo, lo que significa realmente autorregulación,  regulación estatal e intervención del Estado? ¿Qué saben acerca de la democracia? En la mayoría de los casos, se amontonan ideas sobre que el parlamento es  innecesario, las peleas partidistas, los políticos corruptos, las mentiras, el ansia de poder,   los ociosos bien pagados, o cosas peores. Ésta es una caracterización injusta, incluso si se refiere a los actuales partidos y a los políticos húngaro y su, por desgracia, demasiado débil actuación. Y cuando se pregunta qué se puede hacer, la respuesta que se suele dar es: nada. Sólo la protesta, la queja y culpar a otros.

La población se Hungría está poco dispuesta a aprovechar las oportunidades que tiene. Ni los que vinieron  con el cambio de régimen, ni los que fueron resultado de la adhesión a la Unión Europea. Proporcionalmente,   los jóvenes húngaros están menos dispuestos a aceptar el reto de trabajar en el extranjero que los de otros países de Europa oriental; los que tienden a hacerlo son aquellos con mejor preparación,  que son precisamente los más necesarios en Hungría. la mayoría rechaza moverse para probar suerte en otro lugar, ni siquiera dentro de la propia Hungría, conformñandose con las prestaciones por desempleo.

La movilidad existe donde no hay  paternalismo socialista. Es hora de reconocer que los últimos años de la era Kádár han dejado su huella en el carácter húngaro. ¿ Los  “mejores cuarteles” del campo socialista ha demostrado ser los  “peores cuarteles” después de 1989? ¿Cómo vamos a liberarnos finalmente de la herencia de los años Kádár?

Sólo si logramos deshacernos de esa carga  seremos capaz de escribir un informe más alegre en el futuro.  Los políticos no tienen el lujo de elegir otro pueblo por sí mismos, ¿pero elegirá el pueblo húngaro a aquellos que son mejores? No es una cuestión de quién empezó esto o aquello: no debemos ser tan infantiles como para enfrascarnos en tales peleas indefinidamente. Sólo  a través de los esfuerzos de todos aquellos que desempeñan un papel en la política,  electores y elegidos por igual,  Hungría se liberará de esta carga. Necesitamos pasar página de una vez y para todos.

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Addenda: El último número de Social History (volume 34, Issue 2, 2009) está dedicado precisamente a Hungría. Los títulos de los artículos son realmente sugerentes.

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Los historiadores y la biografía

Publicado por Anaclet Pons en Julio 3, 2009

En el número de junio, la AHR dedica su habitual mesa de debate al tema de la biografía. El objeto es introducido en esta ocasión por David Nasaw, de la CUNY, un historiador que ha dedicado sus últimas investigaciones al estudio biográfico de figuras tan relevantes como Andrew Carnegie y William Randolph Hearst.

The American Historical Review, 114, págs. 573–578, Junio de  2009

“AHR Roundtable: Historians and Biography”

Introduction,   David Nasaw

nasaw

“Durante mucho tiempo, los historiadores académicos han sido un tanto ambivalentes con el género de la biografía. Aunque sin duda reconocen que se trata de un tipo de discurso histórico legítimo y venerable, muchos son escépticos sobre la capacidad de la biografía para transmitir el tipo de interpretación analíticamente sofisticada del pasado que los académicos han supuesto desde siempre”. Así se expresó el editor de la revista en su invitación a los historiadores a participar en esta mesa redonda de la  AHR.

La biografía continúa siendo un hijastro arrinconado dentro la profesión, ocasionalmente pero a regañadientes se le deja en la puerta, más a menudo se le abandona fuera con la chusma. A los estudiantes de posgrado se les advierte para que no escojan biografías para sus tesis. A los profesores asistentes  se les dice que deben obtener la plaza y promocionarse antes de hacer una biografía. La universidad y las bibliotecas universitarias, incluida la mía,  evitan la compra de biografías. Y las principales revistas, ésta incluida, “rara vez publican artículos de índole biográfica [y, a menudo se niegan] a reseñar estudios biográficos”, tal como reconoce el editor de la AHR.

Esta caracterización de la biografía como una forma menor de historia está muy difundida. De hecho, en la mesa redonda varios participantes comienzan  criticando la biografía antes de defender su posición.  Judith Brown presenta su ensayo insistiendo en que ella no se ve a sí misma “como una biógrafa, ni a sus obras como biografías, en el sentido de seguimiento e interpretación de una vida desde la cuna a la tumba, ni en el más problemático  de tomar la persona como el único centro del análisis intelectual y de la argumentación”.  De este modo,  identifica el denominador común del ataque a su biografía como una forma degradada de escritura histórica. “La biografía no es historia”,  le dijo un bibliotecario a Nick Salvatore treinta y cinco años atrás, “porque la cuestión de la periodización es algo dado, al igual que la biografía está enmarcada por el nacimiento y la muerte del sujeto”.

A pesar de la persistencia de este tipo de críticas, los historiadores rara vez suelen estructurar sus biografías de esta forma ni toman sus sujetos  “como el único centro analítico e  intelectual” de sus argumentos. En la “R” de mi estantería hay biografías de Eleanor Roosevelt (Blanche Wiesen Cook), de Paul Robeson (Martin Duberman),  Ronald Reagan (John Patrick Diggins) y Jackie Robinson (Jules Tygiel). Cada uno toma como objeto no el individuo, sino la persona en un determinado contexto histórico. No se comienza con un nacimiento ni termina con una muerte. Duberman, por citar sólo un ejemplo, abre la de Paul Robeson con un breve retrato de las relaciones raciales en Princeton (Nueva Jersey, la ciudad y la universidad)  y con una mención del intento de su abuelo de escapar de la esclavitud, porque su trabajo se centrará en el “racismo” y en los intentos de un  hombre por encontrar su camino en un mundo social envuelto  y definido  por ello.

Las biografías de los historiadores, para utilizar las palabras de Salvatore, “se arraigan en ideas y acontecimientos más amplios que el sujeto individual”. Los historiadores no sólo están interesados  en trazar el curso de la vida personal, sino en el examen de las vidas en relación dialéctica con los múltiples mundos sociales, políticos y culturales que habitan y les dan sentido. “El tema adecuado en una biografía”, escribió  Oscar Handlin hace dos décadas, “no es la persona al completo ni la sociedad al completo, sino el punto en el que ambas interactúan. La situación y el individuo se iluminan mutuamente”.

Es esta atención a la persona lo que  para Handlin,  biógrafo y editor de biógrafos, hace  de la biografía un mundo aparte dentro de la historia. “El biógrafo utiliza pruebas del pasado, pero se centra en el individuo y responde a preguntas acerca de la personalidad y el carácter que el historiador no suele hacerse”. Carl Rollyson, que no es un historiador pero sí autor de varias biografías y estudios de biografías, sugiere que los historiadores hacen pobres biografías porque están mal equipados, por la naturaleza de su disciplina, para escribir sobre las personas.  “Si usted le pide a un historiador que escribia una biografía, tiene  muchas probabilidades de obtener historia. La biografía pone  al personajen primero, mientras la historia favorece a los acontecimientos”. Para ejemplificarlo,  Rollyson cita la breve biografía de Woodrow Wilson escrita por W. W. Brands y la que hizo Michael Wreszin de Dwight Macdonald, ninguna de las cuales encuentra satisfactoria. Critica a Brabds por no dedicar suficiente espacio a las esposas de Wilson y su influencia en la presidencia. Echa en falta a Wreszin que excluya cualquier mención de los asuntos de Macdonald con sus alumnos, porque, como explicó Wreszin a Rollyson, “no era relevante para la comprensión de por qué Macdonald era importante y por qué la gente le lee”

Los historiadores que escriben biografías  es cierto  que no ponen los personajes primero ni proporcionan a sus lectores un relato desde la cuna a la tumba, con verrugas y todo. Al igual que todos los escritores de vidas, de ficción o reales, toman decisiones en cuanto a lo que es trivial y periférico y lo que es importante y digno de incluirse. Su principal objetivo no es simplemente contar la historia de una vida, aunque a menudo lo hacen bien, sino el despliegue de la persona en el estudio del mundo externo a ese individuo, explorando cómo lo privado informa a lo público y viceversa.

Si Macdonald “tenía asuntos con sus alumnos,” como Rollyson defiende, y no hay pruebas suficientes que lo respalden, ese aspecto de su vida privada debe ser revelado  sólo si tiene alguna importancia. ¿Tener conocimiento de estos “asuntos” nos proporciona otra perspectiva desde la que interpretar la vida pública y laboral de  Macdonald ? ¿Se ponen de manifiesto algo nuevo y significativo sobre el desarrollo de los mundos social, político y cultural que Macdonald habitó y dio sentido? Si es así, entonces queda dentro de la biografía del historiador. Si no es así, puede y debe ser excluido.

Los historiadores se ven limitados de una manera que otros escritores de vidas no lo están. Y no hay nada malo en ello. Los historiadores no están equipados para, ni son capaces de, ni en su mayor parte están interesados en la construcción de retratos con la densidad y la profundidad de caracterización que están disponibles para y son apreciados por los escritores, los cuales no se sienten obligados por las  pruebas y se sienten más cómodos con el azar, la falta de ataduras psicológicas, los monólogos interiores y los diálogos imaginados. En última instancia, el trabajo de un historiador que escribe una biografía debe ser juzgado por las mismas normas que se aplican a las obras de otros géneros históricos. Si el historiador elige la historia de los veleros de Bristol en el siglo XVIII, esa historia está atada a las pruebas y obligada a ir más allá de ella,  limitada por las convenciones de la disciplina a establecer determinadas conexiones, a significar, a vislumbrar un todo más amplio a través de una pequeña parte, a construir un cronológica que enlace y separe a la vez los sucesos de hoy y del ayer.

A pesar de las críticas internas y externas y de la estudiada ambivalencia de la profesión , la biografía ha sido y sigue siendo un género esencial de la escritura histórica. “La biografía está una vez más de  moda”, escribe Jo Burr Margadant en la introducción a The New Biography, “no sólo para un público lector en general que nunca ha perdido su gusto por las historias de vida, sino también para los historiadores académicos que sin cesar vuelven a  los escombros de las generaciones anteriores en busca de nuevas enseñanzas sobre  nosotros mismos”.   Lo mismo hace Liana Vardi, que abre su artículo en esta mesa redonda  comentando “la renovada moda académica de la  biografía histórica”.  En fin, cinco de los últimos ocho presidentes de la American Historical Association han   escrito o editado estudios biográficos. En mi propio campo, la historia de los Estados Unidos, el Bancroft Prize ha recaído en tres ocasiones en una biografía  en los últimos ocho años.

¿Cuáles son las razones de esta reciente efervescencia de la biografía entre los historiadores? La más obvia es que los historiadores que buscan un público fuera de la academia se han decantado hacia la biografía porque es donde están los lectores. Arthur M. Schlesinger Jr. lo señaló en la nota de editor a la serie de biografías presidenciales norteamericanas que publicó:  “La biografía ofrece un fácil educación en la historia de Estados Unidos, lo que hace el pasado más humano, más vivo, más íntimo, más accesible, más conectado con nosotros mismos”.

Mientras que algunos historiadores han elegido escribir biografías con la esperanza de atraer a un público más amplio, otros se han decantado por el género a causa de la gran expansión de la gama de posibles sujetos. La biografía ya no se limita a la vida de los ricos, los poderosos, los famosos e infames. Hay infinidad de historias para ser contadas y que hablan de desconocidos, inarticulados,  hombres iletrados, mujeres y niños, y como han descubierto los historiadores feministas, sociales o del trabajo,   ofrece un enfoque fructífero para revisar, y tal vez reconfigurar, las categorías de clase , género y etnia, ya que interactúan a nivel de lo individual.

Los historiadores no han de tener miedo a escribir sobre la vida de las personas por la falta de archivos o documentos personales. En su contribución a esta mesa redonda, Robin Fleming ofrece el ejemplo de “un tipo diferente de biografía medieval temprana”, basada no en un texto escrito sino en deducciones extraídas de los análisis y la interpretación de los restos óseos y mercancías depositadas en las tumbas. Los resultados preliminares de su empresa  hacia una biografía de “Dieciocho” (el nombre que le da Fleming  porque éste es el número arqueológico que se le asigna) son asombrosos. Nos enteramos de que “Dieciocho” disfrutó de una infancia saludable, de que murió joven, fue enterrada con honor  y era leprosa. Las fuentes para escribir su vida fueron limitadas y no convencionales, pero Fleming, como historiadora, tenía una porisición privilegiada para hacerla hablar. “Tenemos una cara destrozada, que no es la cara genérica de una  genérica  leprosa, sino el rostro de una mujer muy real, una vida cuyo oscuro contorno puede percibirse si pensamos en el contexto de la vida de las otras personas cuyos esqueletos reales y particulares la rodean”.

Parte del atractivo de la biografía para los historiadores en esta primera década del siglo XXI es que permite, incluso alienta,  ir más allá de las estructuras de la política de la identidad sin tener que renunciar a sus  categorías, cada vez más expandidas y a menudo útiles.  En el proceso de investigar y escribir sobre la vida de personas arraigadas en determinados momentos y lugares, los biógrafos descubren y revelan la forma en que los sujetos asumen, desechan, reconfiguran, , juntan y se disocian  de múltiples identidades y roles. Como sostiene Margadant en su introducción a The New Biography, “una estrategia narrativa destinada a proyectar  una persona unificada se ha convertido para el nuevo biógrafo en algo casi tan sospechoso como afirmar que una biografía es `definitiva’ “. El tema de la biografía no es ya la coherencia del yo, sino más bien cómo se realiza para crear una impresión de coherencia o el de un individuo con múltiples yoes cuyas diferentes manifestaciones reflejan el paso del tiempo, las exigencias y  las diferentes opciones de configuración, o las variadas maneras que otros tienen de representar a esa persona”.   En la construcción de una vida individual, el género, la clase, la raza, la etnia, el nacimiento, la orientación sexual, la nacionalidad, los antecedentes familiares, la ocupación, la vocación  y otras tantas cosas  se entrecruzan e interactúan en múltiples formas. La tarea del biógrafo es desentrañar, priorizar, tratar de entender cómo, en un determinado tiempo y lugar, un “yo” es organizado y representado.

Escribir la historia desde el punto de vista de las personas no es retraerse, sino una forma de hacer frente a las complejidades teóricas y las confusiones de los albores del siglo XXI. “Como muchos otros de mi generación”, señala Alice Kessler-Harris en su contribución a esta mesa redonda, “he llegado a un acuerdo sobre los límites de lo que se denomina puntos de vista ‘objetivos’  y he comenzado a interrogarme sobre las perspectivas desde las  que nuestros sujetos hablan y escriben y he prestado mayor atención a la importancia de cada actor individual –no por lo que él o ella pueda haber hecho, sino por lo que revelan sus pensamientos, su lenguaje y sus pugnas con el mundo”.

La biografía puede ser un  género preferente para los historiadores del siglo XXI, ya que ofrece una manera de trascender la división teórica entre  la historia social empirista  y la historia cultural asociada al giro lingüístico sin sacrificar los beneficios epistemológicos o metodológicos de ambas. Gabrielle M. Spiegel, hablando en el AHR Forum de abril de 2008  sobre el volumen de Geoff Eley (A Crooked Line), advierte que en “el intento de avanzar” más allá del giro cultural ‘… muchos historiadores están desplegando un (muy implícito) concepto de fenomenología social”, en el que, como explica el sociólogo alemán Andreas Reckwitz, “el objetivo del análisis social es hacerse cargo de la perspectiva subjetiva”.  Esta aproximación “neo-fenomenológica” bien podría servir como perspectiva teórica de una nueva biografía  basada a su vez en la revalorización del actor  individual como sujeto histórico. Una “fenomenología modificada”  nos proporciona, en palabras de Spiegel,  “una perspectiva centrada en el actor,” muy en consonancia con la de Kessler-Harris, “una creencia acerca de la percepción individual como  la propia fuente de conocimiento del agente  -una percepción mediada y quizá limitada  pero no controla en su totalidad por el andamiaje cultural o los esquemas conceptuales en los que tiene lugar”.

Los historiadores que escriben biografías intentan vislumbrar el mundo de sus sujetos  como algo percibido y hecho significativo por ellos. Donde la historia social y  historia cultural asociada al giro lingüístico, en sus más extremas formulaciones, rechazan la importancia (a veces incluso la existencia) del individuo como agente histórico, las biografías escritas por historiadores ponen de nuevo la atención en la vida única de individuos que se formaron por y daban significado a  los órdenes social y discursivo en los que  se insertaron al nacer y con los que vivieron sus vidas. El historiador, como biógrafo,  parte de la premisa de que los individuos se encuentran situados pero no aprisionados dentro de determinadas estructuras sociales y regímenes discursivos. “Lo que define al hombre”, señalaba el fenomenólogo francés Maurice Merleau-Ponty, es la “capacidad de ir más allá de las estructuras creadas con el fin de crear otras”  .

En su intento de reinsertar a las personas en su historia como significantes y agentes, los biógrafos no les conceden la independencia o la autonomía  en cualquier ámbito. Viendo el mundo desde la perspectiva de las personas sobre las que escriben,  los historiadores deben mirar más allá de la mirada y los logros de sus sujetos para llegar a los significados y posibilidades que no reconocieron ni persiguieron  en sus vidas. Como explicaba EP Thompson  en la introducción de su biografía intelectual de William Blake, su objeto en la redacción de este estudio era “determinar, una vez más, la tradición de Blake, su situación particular dentro de ella, y las reiteradas pruebas, motivos y  puntos nodales de  conflicto, que indican su posición y la forma en la que su mente se enfrentó a aquel mundo. Ello supone una suerte de recuperación histórica, y la atención a fuentes externas a Blake -fuentes de las que, a menudo, no pudo haber sido consciente”.

El historiador como biógrafo podría tener como credo la declaración de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. O bien, como   indica más concisamente en La Ideología Alemana, “las circunstancias hacen a los hombres tanto como los hombres hacen a  las circunstancias”.

En su contribución a esta mesa redonda, Kessler-Harris vuelve a “El arte de la biografía” de Virginia Woolf . Woolf comienza y termina su notable ensayo planteando la cuestión de si, dadas las restricciones que conlleva, la biografía es “un arte”. Ella llega a la conclusión de que no lo es, porque, a diferencia de la poesía y la ficción, que son en su totalidad obras de la imaginación, su biografía se atiene a los documentos, las pruebas, los hechos. Cuando el biógrafo va más allá de los hechos y da rienda suelta a su imaginación, como Lytton Strachey hizo en su biografía de la reina Isabel  I, está condenado al fracaso, como Woolf creía que le sucedió a  Strachey. “La combinación resultó inviable;  ficción y realidad no mezclan bien. Isabel nunca devino real en el sentido en el que la Reina Victoria [objeto de una biografía anterior de Strachey] lo había sido, aunque nunca fue  ficticia en el sentido en el que Cleopatra o Falstaff lo son”.

En lugar de intentar escapar de las limitaciones del género como hizo Strachey, Woolf insta a los biógrafos  a apoyarlas y celebrarlas. “El biógrafo debe ir por delante del resto de nosotros, al igual que el canario del minero, probando la atmósfera, detectando la falsedad, la irrealidad y la presencia de convenciones obsoletas. Su sentido de la verdad debe estar vivo e ir de puntillas”.  La biografía, escribió en 1939,  está  “sólo en el inicio de su recorrido; tiene una larga y activa vida ante sí, aunque podemos asegurar que se trata de una vida llena de dificultades, de peligros y de trabajo duro”. Los biógrafos podían no ser artistas, pero tenían un  valor “incalculable”.  “Al decirnos la verdad de los hechos, tamizando lo pequeño de lo grande, y configurando el conjunto en tanto percibimos el contorno, el biógrafo estimula más  la imaginación que cualquier poeta o novelista si exceptuamos a los más grandes”.

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Índice de la mesa redonda:

“Biography as History”, de  Lois W. Banner, es un texto de carácter general en defensa del género biográfico.  “ ‘Life Histories’ and the History of Modern South Asia”, de  Judith M. Brown, alude a los casos de M. K. Gandhi y Jawaharlal Nehru. “A Place in Biography for Oneself”, de Kate Brown, describe su propia experienca de mujer nacida en una ciudad industrial en declive para trasladarla al mundo post-industrial del oeste americano y las nuevas repúbl¡cas nacidas del colapso soviético.  “Writing Biography at the Edge of History”, de Robin Fleming, se centra, como hemos visto, en una desconocida.   “Galaxy of Black Stars: The Power of Soviet Biography”, de Jochen Hellbeck, es un ejemplo de biografía múltiple a partir de gente corriente de ese mundo.  “Why Biography?”, de Alice Kessler‐Harris, es una reflexión sobre las preguntas que se planteó al abordar el estudio de Lillian Hellman.   “Scene‐Setting: Writing Biography in Chinese History”, de  Susan Mann, aborda la tradicional importancia del genero en China.   “Separations of Soul: Solitude, Biography, History”, de  Barbara Taylor (que extrañamente ha desaparecido del índice online), ofrece un espisodio de la vida de Mary Wollstonecraft. Y “Rewriting the Lives of Eighteenth‐Century Economists”, de Liana Vardi, explica la importancia de las teorías económicas para entender las vidas del marqués de Mirabeau y Jacques Turgot.

En el mismo volumen,  Carolyn P. Boyd reseña a Francisco J. Romero Salvadó (The Foundations of Civil War: Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916–1923) y Soledad Fox a Stanley G. Payne (Franco and Hitler: Spain, Germany, and World War II).

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De cómo ser historiador. Retrato de grupo

Publicado por Anaclet Pons en Junio 26, 2009

¿Cómo se convierte alguien en historiador? Disciplinándose, por supuesto, pero hay algo más. A eso intentan responder  los ensayos que se contienen en Becoming Historians, recién publicado por la University of Chicago Press. La táctica consiste, como en otras ocasiones, en mostrar cómo lo hicieron algunos de los más destacados especialistas de la disciplina, a través del relato autobiográfico. En esta ocasión, la figura más destacada es seguramente  Joan W.  Scott (“Finding Critical History”), junto a la cual desfilan  Rhys Isaac (“Toward Ethnographic History: Figures in the Landscape, Action in the Texts”),   Dwight T. Pitcaithley (“The Long Way from Euterpe to Clio”), Linda Gordon (“History Constructs a Historian”), David A. Hollinger (“Church People and Others”), Maureen Murphy Nutting (“Choices”), Franklin W. Knight (“A Caribbean Quest for the Muse of History”),  Temma Kaplan “My Way”) y Paul Robinson (“Becoming a Gay Historian”), además de  los dos coeditores del volumen, James M. Banner Jr. (“Historian, Improvised”) y John R. Gillis (“Detours”).  Estos dos últimos fueron entrevistados hace unos días por Insidehighered.

becoming historians

P: ¿Cuál es el objetivo del volumen?

JG: Los historiadores escriben acerca de otros, rara vez sobre sí mismos. A pesar de la importancia de la generación que se graduó en los sesenta y setenta,  aún no han hecho su retrato de grupo. Pensamos que es hora de llevarlo a cabo, porque se trata un grupo que fue fundamental abriendo nuevos campos – desde la historia social y la de las mujeres a  la historia mundial. Éramos conscientes de que una pequeña recopilación como ésta nunca podría hacerle justicia, pero lo importante es empezar.

JB: Aunque deseamos trazar los contornos  de esas vidas, de las carreras y el trabajo de una única generación de historiadores -la nuestra-, también queremos que algunos historiadores reflejen cuál ha sido su proceso de aprendizaje (por decirlo con el título de las  ACLS lectures, el A Life of Learning que tanto nos ha influido). También confiamos en ofrecer algunas perspectivas sobre los esfuerzos de los miembros de una generación cuyas experiencias profesionales han comenzado a ir más allá de las fronteras de la academia, así como responder directamente a las cuestiones públicas que empujan a los historiadores hacia nuevas áreas de investigación y acción. De ese modo, además,  hemos querido que quienes aspiran a ser historiadores vean  la diversidad de opciones que tienen ante sí, el papel de lo azaroso y lo reflexivo en una carrera, y las muchas alegrías de la vida del historiador.

P: ¿Cómo decidieron a quién incluir?

JG: Entre los dos. Ambos tenemos muchos conocidos, principalmente de historia europea y americana, pero también en el ámbito mundial. Tratamos de ser inclusivos en ese sentido.  Por supuesto, somos dolorosamente conscientes de la cantidad de voces que hemos excluido, pero confiamos en que otros sigan nuestros pasos, llenen las lagunas y rectifiquen nuestros descuidos.

JB: La diversidad es la clave, lo cual siempre es difícil de lograr con un pequeño número. Además, procuramos excluir a  historiadores que ya hayan escrito textos autobiográficos. Por otra parte, para evitar la superposición, no aparecen compañeros de estudios  o colaboradores nuestros . Afortunadamente, muy pocos rechazaron la invitación a participar. La mayoría acogió con beneplácito la oportunidad de realizar este examen sobre su vida y su carrera.

P: ¿Creen que hay temas comunes en cómo este grupo de historiadores se sintieron atraídos  por la disciplina y se convirtieron en reputados especialistas?

JG: Me ha sorprendido ver hasta qué punto ha sido más  la casualidad que el propósito deliberado lo que ha dado forma a las vidas de esta generación, historiadores nacidos antes o después de la Segunda Guerra Mundial. Todos estuvieron inspirados por la educación en artes liberales,  que les abrió un mundo. Llegaron al posgrado ansiosos y entusiastas, aunque se sintieron decepcionados por la especialización que se esperaba de ellos. A su alrededor, el mundo parecía próximo a romper las costuras, y no pasó mucho tiempo antes de que desafiaran  las convenciones dentro y fuera del mundo académico, modificando los campos de estudio, a menudo inventando otros nuevos. Muchos de los que participan en este volumen se convirtieron en reconocidos pioneros en sus respectivos campos.

JB: Además de lo que John señala (y con el que estoy plenamente de acuerdo), añadiría un elemento de audacia a la mezcla. Los miembros de nuestra generación de historiadores eran personas sin las constricciones económicas de la anterior, la generación de la Segunda Guerra Mundial. Sus procedencias eran más   diversas.  Su mundo parecía estar lleno de incertidumbre y de implacables demandas de justicia e igualdad. También, por suerte, no había problemas de empleo, de modo que  “recién llegados” como las mujeres y los afroamericanos podían encontrar algún tipo de ocupación fuera o dentro del mundo académico.

P: Varios de los ensayos se refieren a la creación de nuevas formas de mirar la historia (la historia de las mujeres, la historia social, etc), bien establecidas hoy en día, pero no cuando estas personas iniciaron su carrera. ¿Creen que el desarrollo de estos ámbitos contiene lecciones para los subcampos que emergen ahora?

JG: Los historiadores están adiestrados para entender que las grandes transformaciones son extremadamente raras y sobre todo inesperadas. Francamente, no creo que nadie pudiera haber predicho el florecimiento de campos de estudio que se ha producido en la vida de esta generación. En su mayor parte, el impulso provino de fuera de los círculos académicos, lo que obligó a los historiadores a considerar las cuestiones de raza, transnacionalismo, género, medio ambiente, ninguno de los cuales estaba antes en el orden del día. Si uno quiere saber cuáles van a ser los nuevos campos del futuro, uno puede  encontrar algunas pistas en las revistas académicas y en los congresos.  Cuando lleguen los siguientes grandes cambios, serán, como ocurrió antes, bastante inesperados.  La forma en la que los afronte  la próxima generación dependerá de si están tan abiertos al mundo que les rodea como lo ha estado esta generación en particular,.

JB: Si bien estoy de acuerdo con todo lo que John expone, me gustaría añadir algunas reflexiones adicionales. Creo que nuestra generación se ha mostrado más que orgullosa sobre su posición en la historia, como si otros pudieran no haber mostrado la visión y la inteligencia para adoptar y llevar a cabo lo que hicimos. Eso no está justificado. Nuestra generación de historiadores ha vivido en un momento en el que el mundo estaba pidiendo que nos adaptáramos  a las nuevas condiciones y creáramos nuevas instituciones, nuevas prácticas y convenciones. Los historiadores ejercen una disciplina que, al exigirles el estudio del  cambio, necesariamente se convierte en un laboratorio para el cambio. Son muchos los que todavía protestan por las alteraciones que hemos traído en cuanto a la escritura y la reflexión sobre el pasado, pero estos cambios están aquí para quedarse. Y habrá más.

P: Hoy en día, con menos puestos fijos de trabajo, ¿creen que los nuevos doctores en historia tienen las mismas oportunidades?

JG: Parece claro que nos enfrentamos a un largo período de contracción en la educación superior, pero esto no significa que la historia no pueda crecer con las nuevas generaciones productivas. La generación de Becoming Historians ha sido innovadora en muchos sentidos, pero no en términos de transmitir el pasado al público en general. La próxima generación tiene una oportunidad real en el ámbito de los nuevos medios digitales y de la innovación para llevar la historia a una nueva audiencia. Si los programas de doctorado quieren seguir siendo viables necesitan atender tanto a la forma como al contenido, a los medios de comunicación tanto como al mensaje. Como fue el caso de nuestra generación, cuando venga el cambio se presentará de forma inesperada, y desde el exterior. Estemos preparados.

JB: No. Cada generación es diferente. Pero la cuestión se puede leer en el sentido de suponer que los historiadores proseguirán su labor honorable y productivamente  sólo desde posiciones académicas. Eso no ocurre más ahora que antes. Cuando más o menos la mitad de los nuevos doctores en historia ocupan  puestos fuera del mundo académico,  es evidente que hay un montón de oportunidades para los emprendedores, para jóvenes historiadores, lo cual es mucho  más que antes. Como dice John, los programas de doctorado tienen todavía mucho camino por recorrer preparando a la gente para esas oportunidades en las numerosas variedades de public history, como escritores de historia e historiadores que aplican los conocimientos históricos a cuestiones de política pública. Ahora, la preparación para la historia académica y la pública  tiende a estar en tensión, a menudo con  diferentes programas o itinerarios. Eso debe acabar, al menos si la historia desea mantener su ilimitada pertinencia y aplicabilidad a las vidas de todo el mundo.

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Simon Schama y la crisis bancaria: lecciones de historia

Publicado por Anaclet Pons en Junio 22, 2009

Simon Schama escribe en el Financial Times sobre la fobia bancaria americana: “America’s phobia of banks”. El texto apareció el pasado 15 de mayo y hace un breve apunte sobre la historia de aquel país a propósito de la relación entre el gobierno, los bancos y la Reserva Federal.

schama

Schama se centra en la figura de Andrew Jackson, enemigo encarnizado del papel moneda y de los bancos centrales. Jackson, que estuvo en la Casa Blanca entre 1829 y 1837, fue un nuevo tipo de político en la vida americana. Que nadie le confunda con los caballeros de las plantaciones de Virginian que habían dominado la primera época de la república. Había combatido a los  indios, fue un azote de los británicos y adoraba a la gente de frontera. Pero lo que realmente le irritaba era el Banco de los Estados Unidos, la institución que concedía el monopolio de imprimir papel moneda. El “monstruo”, declaró  en la batalla que mantuvo con su presidente, Nicholas Biddle, “me quiere matar a mí, pero yo acabaré con él”.

Y Jackson destruyó el Banco de los Estados Unidos, vetando la renovación de su estatuto en el Senado en 1832 y presentándose a la reelección como el campeón del Pueblo contra el Monstruo. El resultado de la liquidación de la regulación monetaria era predecible: la especulación salvaje. En marzo de 1837,  dos meses después de que Jackson dejara el cargo, empezaba el segundo de los grandes colapsos financieros (el primero fue en 1819). De inmediato vino otro, en 1839, bajo la administración de su sucesor, Martin Van Buren. En vísperas de la guerra civil, el deseo jackosoniano de descentralización monetaria  había ido más allá de sus sueños.  Había siete mil monedas locales circulando  en la república y una epidemia de falsificaciones. De ahi surgió la Banking Act de Lincoln en 1862, nacida de una desesperada necesidad de crédito fiable  para combatir la guerra,  de un mínimo orden monetario que salvara de la  anarquía que Biddle había profetizado con precisión.

Como nos recuerda la generosa biografía de John Meacham (American Lion, 2008), Jackson fue una figura excepcional de la política por muchas razones: por su repelente entusiasmo por la depuración étnica de los nativos americanos, por su rechazo a las opiniones inconvenientes de la Corte Suprema de Justicia y por su certeza de que era la encarnación de la democracia popular en acción heroica. Esta armadura chapada de egocentrismo le permitió despachar una moción de censura en el Congreso como si se tratara de una afrenta al pueblo norteamericano (causada por su intento de desangrar al Banco desviando los depósitos del Tesoro a los bancos estatales locales). El hecho de que los entusiastas de un banco central – desde Alexander Hamilton, que había creado el primero en 1791 -  fueran admiradores del Banco de Inglaterra no hacía sino reforzar la convicción del veterano general de que esas instituciones eran algo detestable y no americano. Queja por dirimir si tal bancofobia favoreció  su reelección en 1832. Ahora bien, no cabe duda de que, con su desconfianza del papel moneda y su casi paranoica sospecha del monopolio de emisión del Banco, Jackson explotó la vena de la inseguridad americana  sobre el carácter moral de dinero.

En los siglos XIX y XX, los europeos y otros extranjeros estaban  tan acostumbrados a caracterizar a los estadounidenses como esclavos de un Dólar Todopoderoso que a veces descuidaban advertir esa esquizofrenia nacional que versaba sobre el tema de la riqueza pecuniaria. Generación tras generación, predicadores, periodistas y políticos de frontera protestaban fervientemente contra el veneno de la codicia y las ciudadelas de la costa este donde gobernaba el Gran Dinero. Desde  1790, en tiempos de Thomas Jefferson, los cantores de la vida agraria  (siempre y cuando los esclavos hicieran el trabajo más pesado) intentaron convencer al presidente George Washington de que el plan de Alexander Hamilton  para establecer un banco central era una amenaza para las libertades de América. Desde entonces, pues, la sospecha acerca de los bancos, especialmente los bancos centrales, rara vez ha dejado de canturrear.

Afortunadamente para los directores del  Bank of America y el Citibank, Barack Obama tiene pocas de las alergias de Jackson  a lo que éste (el “Old Hickory”, que era su mote) llamaba la “aristocracia del dimero”. Pero, por lo que yo sé, Obama no se ha sido afectado por las transacciones de papel como lo estuvo Jackson.

En la década de 1790,  la senda del éxito para cualquier ambicioso joven de la frontera pasaba por la especulación del suelo, el derecho o el ejército, y Jackson había recorrido las tres. En 1795 pasó tres semanas en Filadelfia tratando de vender una propiedad de algunos miles de acres en la frontera. Finalmente, encontró un comprador que se la abonó con un pagaré. Escaso de suministros, Jackson adquirió carros endosándolo. Poco después, los proveedores de esos bienes le anunciaron la quiebra del comprador de aquellas tierras, de modo que se convertía en responsable del pagaré. La deuda arruinó las perspectivas económicas de Jackson  durante mucho tiempo y le infundió una duradera desconfianza hacia esos instrumentos de cambio.

Al igual que Jefferson, que en casi todos los demás aspectos tenía una mente más sofisticada, Jackson llegó a creer que el papel moneda era como mucho una criatura del capricho de los  financieros  y,  en el peor de los casos, la  herramienta de una conspiración para esclavizar a través de la deuda. Las monedas de plata habían circulado por el país antes y después de la independencia, y Jackson, tan populista como pregonaba su campaña, prefería para las transacciones  algo que se pudiera morder.

2O DOLARES

Así que el presidente engañó deliberadamente al país sobre los males del monopolio del Banco de los Estados Unidos, alegando que no sólo era  una interposición inconstitucional entre el gobierno electo y el pueblo, sino que había fracasado en su responsabilidad de establecer una moneda en metálico en toda la república. De hecho, en las condiciones inestables de la América de la década de 1830, el papel del Banco de los Estados Unidos fue con mucho el medio más fiable de transacciones,  de Maine a Luisiana. Sin embargo, Jackson estaba convencido de que, a menos que el Banco pereciera, la democracia siempre estaría infectada por sus maquinaciones. Lo que  estaba en juego era la batalla por el alma económica americana entre los valores  rurales y urbanos. De alguna manera,  esto fue casi tan importante como la lucha entre el sur esclavista y norte abolicionista, formando el corazón de lo que se suponía que América iba a ser: un lugar donde la simplicidad y la transparencia funcionaban en pequeñas comunidades morales, o una máquina autopropulsada  de poder y crecimiento económico ilimitados: ¿Campo de Sueños o Ciudadano Kane?

Jefferson, del que Jackson decía ser su apóstol, encontró el tono para descubrir en  la salubridad del campo la forma  más pura de virtud social. “Aquellos que trabajan la tierra son los elegidos de Dios”, declaró en una de sus sorprendentes excursiones a la piedad. Las ciudades, por otra parte, eran pantanos  “pestilentes” de lujo seductor.

Sin embargo, Jackson fue más allá. No era tan ingenuo como para imaginar que el endeudamiento causado por dos guerras contra los británicos fuera a desaparecer por sí mismo, y entendía el carácter indispensable de un banco central en la gestión de las garantías sin las cuales el gobierno de los EE.UU. no habría podido llevar a cabo los asuntos públicos. (Un cuarto de la deuda estaba en manos de extranjeros.) Pero también creía que el Tesoro, bajo el control de cargos electos, era la institución más democrática para tratar de estas obligaciones. Por tanto, Jackson hizo de la liquidación del Banco de los Estados Unidos una piedra angular de su presidencia.

Junto con la destrucción del Banco, Jackson esperaba librar a la república de lo que insistía que era la gran estafa del papel moneda. En su discurso de despedida, el presidente saliente trató con elocuencia la necesidad de preservar la Unión contra la sectorialización norte-sur que amenazaba con deshacerla. Pero el tema al que más apasionadamente se dedicó fue “el sistema de papel moneda”. “Los acontecimientos recientes”, dijo al pueblo estadounidense (refiriéndose a su enfrentamiento con Biddle), “han demostrado que el sistema de papel moneda puede ser utilizado como un motor para socavar vuestras instituciones libres … aquellos que desean … regirse por la corrupción o por la fuerza son conscientes de su poder y están dispuestos a emplearlo”.

El papel alienta la especulación, la especulación esclaviza a los ciudadanos a la banca monopolista y los que se lastiman son “los huesos y los tendones” del país , “hombres que aman la libertad y cuyo único deseo es la igualdad de derechos y leyes”, “las clases trabajadoras,  agrícolas y mecánicas de la sociedad “. La influencia ejercida por un banco central, que podría hacer que “el dinero fuera abundante o escaso a su voluntad”, era un “dominio despótico” que hacía que las libertades americanas no valieran ni el papel en el que se imprimían. El Banco de los Estados Unidos estaba muerto, pero ¡Ay de los EE.UU. si crecía de nuevo un organismo como éste, porque a través del “interés dinerario” podría tiranizar a la mayoría honesta!

Ese sucesor – la Reserva Federal, a cuya buena fe y crédito Jackson presta ahora su rostro-  estuvo  en camino durante mucho tiempo, pero no se estableció hasta 1913. Las competencias que Jackson pensaba que subvertían las libertades de los hombres “honestos”  se consideran ahora indispensables para la supervivencia económica. La diferencia es que mientras la Reserva Federal es una institución pública, el Banco de los Estados Unidos no lo era. Sin embargo, Jackson todavía deploraría su independencia respecto del Tesoro. Para Jackson, la contabilidad política y financiera eran la misma cosa en una verdadera democracia. Pero la creación de la Reserva Federal en vísperas de la Primera Guerra mundial debe bastante  a la supervivencia de la retórica jacksoniana contra el “interés dinerario”.

Eso no es todo.  Schama todavía sigue con su argumento, hasta llegar a Obama, al que califica de presidente “trans-racial, trans-sectional, trans-ideological”.

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Isaiah Berlin: centenario

Publicado por Anaclet Pons en Junio 8, 2009

Isaiah Berlin nació hace cien años, el seis de junio de 1909. Éste es el motivo que utiliza,  por ejemplo, Nick Fraser para explicar en The Independent por qué sus ideas siguen más vigentes que nunca. Fraser tiene sus propias razones para conmemorar a Berlín. Desde finales del decenio de 1970 en adelante, dice haberse  llevado sus libros cuando viajaba al antiguo bloque soviético o a los Estados de nueva creación tras  la caída del comunismo soviético. Berlin entendió en lo que se convertirían estos lugares como si hubiera vivido la catástrofe estalinista. Pero también describe nuestra situación moderna. Lo que dice sobre la libertad  parece apelar profundamente a nuestra propia apatía actual. Berlin dice, una y otra vez, que la libertad no es un bono o un accesorio, que deben considerarse o descartarse a voluntad. “Cada cosa es lo que es”, concluye. “La libertad es la libertad, no igualdad ni justicia ni cultura, ni  felicidad humana ni una vida tranquila”.

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La condición de Berlín como sabio contemporáneo está garantizada, y su obra ha sido reeditada, reclamada del olvido, pero esto no siempre fue así. En la década de 1960 se decía que su pensamiento estaba superado, que era un defensor de un statu quo corrupto. Los académicos críticos siempre han encontrado que era demasiado fácil de entender. En estos días sus seguidores, señala Fraser,  aplauden con entusiasmo su contribución al pluralismo de los valores del liberalismo,   incluso ha habido una tendencia equivocada a alistarlo en las filas de los multiculturalistas.

Como explica el historiador Tony Judt , Berlín vivió en un contexto en el que no había término medio. “Uno colaboraba con Stalin o no”, dice.  “Esta estética de la elección informaba la comprensión del mundo de la mayoría de los intelectuales”.  Los intelectuales liberales se veían durante la Guerra Fría como combatientes contra el comunismo soviético, y muchos estaban dispuestos a cobrar de la CIA.  Berlín mantuvo sus distancias. Pasó la Guerra Fría en Oxford, leyendo y trabajando sobre la historia intelectual. Su contribución consistió en explicar cómo habían surgido las creencias opuestas a la democracia liberal. Berlin se especializó  en rastrear las tendencias totalitarias en grandes pensadores, como Rousseau, a quien describió como un “intelectual guttersnipe”.

La reciente publicación de sus cartas de los cincuenta deja claro que estuvo totalmente inmerso en las batallas culturales. Berlin fue pro-americano y sionista. Bloqueó el nombramiento de aquellos cuyos puntos de vista le disgustaban, incluido  el biógrafo de Trotsky, Isaac Deutscher. No cabe duda de que Berlin mantuvo vínculos con el MI6. Su reacción cuando se reveló que la revista Encounter, para la que escribió, era financiada por la CIA fue  de una poco convincente simulada sorpresa. Parece que le molestó que se descubriera. Pero si hay errores,  deben quedar contrarrestados por su pasión de patrocinio desinteresado de escritores como Pasternak y Solzhenitsin. Berlin estaba con aquellos que tenían el coraje de resistir a lo que creía que era la peor tiranía que el mundo había visto.

Últimas obras publicadas:

Henry Hardy (ed.), The Book Of Isaiah, Personal Impressions of Isaiah Berlin,  The Boydell Press, 2009;  Henry Hardy y Jennifer Holmes (eds.), Enlightening: Letters 1946-1960, Chatto and Windus, 2009.

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Anthony Grafton: mundos hechos de palabras

Publicado por Anaclet Pons en Junio 1, 2009

Anthony Grafton acaba de publicar un nuevo libro: Worlds Made by Words. Scholarship and Community in the Modern West (Harvard University Press, 2009). Nada vamos a añadir sobre este autor, pues ha aparecido en diversas ocasiones  en este blog. El lector interesado puede utilizar el buscador que se incluye en la columna de la derecha para indagar en las entradas previas.  Sabida es, pues, su inclinación académica  por la historia del libro; así como su activismo periodístico, tratando en particular  sobre la compleja relación entre ese objeto material y las nuevas tecnologías

De hecho, Worlds Made by Words es una compilación de ensayos que, con alguna excepción,  han ido apareciendo previmente en revistas y volúmenes colectivos. Como el autor nos dice, a menudo no estaban pensados como lo que ahora son, de ahí que incluya amplias notas a pie de página para explicar los diversos contextos en los que fueron concebidos.

Worlds Made by Words book cover

Como se ha señalado en Times Higher Education,  el objeto de la mayoría de los ensayos es similar: trata de  distintos estudiosos del pasado, gentes que pudieron prosperar porque formaban parte de una pequeña pero efectiva  red, que funcionaba “como si se tratase de la Masonería, sólo que sin contacto personal”. Y Grafton los trata con  un profundo respeto por sus logros, los de esos estudiosos y humanistas clásicos. Esto incluye el intento de mantener viva esta tradición – difícil en una época en la que a menudo se parece preferir el ruido al  silencio de un archivo o de una biblioteca.

Pero no sólo aprendemos sobre lugares y redes, sino también sobre la transmisión de conocimientos y el proceso de descubrimiento. En muchos aspectos, dice el comentarista del THE,  sus esfuerzos recuerdan la labor del sociólogo Robert K. Merton;  en particular, a  su estudio de los descubrimientos fortuitos,   que Merton llamaba  serendipity patterns.  Pero mientras Merton fue un sociólogo de la ciencia y, por tanto, estaba más interesado en cómo se hacían los descubrimientos científicos,  Grafton es un historiador que se dedica a comprender la complejidad de las redes en las que emergieron los estudiosos humanistas.

Quizá el capítulo má conmovedor del libro sea el referido a su propio padre, un  periodista que trabajaba para la revista Look y que trató de entrevistar a Hannah Arendt a propósito el debate en la comunidad judía desencadenado por la publicación de su Eichmann en Jerusalén. A pesar de ir con las mejores intenciones, y de enviarle distintas cartas con diferentes preguntas, la comunicación entre el periodista y la famosa autora no fue posible, principalmente debido a las presiones de ciertos titulares de prensa. Grafton reconstruye este episodio a través de las cartas y notas  de su padre – el artículo fue escrito, pero nunca publicado – y de sus propias memorias. Sin embargo, también es una historia redentora, relatada por Grafton más de medio siglo después. Nada podría haberlo ilustrado mejor que lo que Walter Benjamin señalaba cuando hablaba de la potencia redentora de esas narraciones.

Índice

Acknowledgments
Introduction
1. A Sketch Map of a Lost Continent: The Republic of Letters
2. A Humanist Crosses Boundaries: Alberti on Historia and Istoria
3. A Contemplative Scholar: Trithemius Conjures the Past
4. The World in a Room: Renaissance Histories of Art and Nature
5. Where Was Salomon’s House? Ecclesiastical History and the Intellectual Origins of Bacon’s New Atlantis
6. Chronology, Controversy, and Community in the Republic of Letters: The Case of Kepler
7. The Universal Language: Splendors and Sorrows of Latin in the Modern World
8. Entrepreneurs of the Soul, Impresarios of Learning: The Jesuits
9. In No Man’s Land: Christian Learning and the Jews
10. The History of Ideas: Precept and Practice, 1950–2000 and Beyond
11. The Messrs. Casaubon: Isaac Casaubon and Mark Pattison
12. Momigliano’s Method and the Warburg Institute: Studies in His Middle Period
13. The Public Intellectual and the American University: Robert Morss Lovett
14. The Public Intellectual and the Private Sphere: Arendt and Eichmann at the Dinner Table
15. Codex in Crisis
Notes
Sources
Index

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Peter Burke, esbozo de autobiografía

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 29, 2009

Por tramposa que sea, la autobiografía es un género suculento. Más aún si quien la emprende es alguien como Peter Burke, uno delos mejores historiadores de las últimas décadas. Nacido en 1937, fue profesor de historia cultural en Cambridge hasta su jubilación, aunque sigue ahora como Life Fellow of Emmanuel College. Ha publicado un total de veintitres libros,  todos vertidos al castellano y bien conocidos entre nosotros. El último llevaba por título Lenguas y  comunidades en la Europa moderna, editado en 2004 (Akal, 2006).

A lo largo de los años, Peter Burke ha reflexionado en varias ocasiones sobre su quehacer disciplinario y sobre sus avatares personales.  En ese sentido, quizá  lo más parecido a una reflexión autiobiográfica sea la entrevista que se contiene en el volumen editado por su esposa, Maria Lúcia Pallares-Burke, y titulado La nueva historia (PUV, 2005).

nuevahistoria

Ahora, no obstante, la operación es más evidente y precisa, en correspondencia a una invitación de los editores de Rethinking History: Invitation to historians: An intellectual self-portrait, or the history of a historian” (vol. 13, núm. 2, junio de 2009, págs. 269–281). Sólo añadir que el texto parece un añadido al número anterior, el dedicado a “Academic Autobiography and/in the Discourses of History”, del que ya hemos hablado aquí.

Dice Peter Burke:  una invitación de este tipo puede interpretarse al menos de dos modos,  bien como una oportunidad para presentar un programa (o incluso un manifiesto) sobre una forma de hacer historia o bien para pintar un autoretrato intelectual (verrugas y todo, por supuesto).  Dado que en su momento ofrecí algunas propuestas de lo primero –tal vez demasiadas-, voy a optar por el autoretrato, con la esperanza de que la imagen resultante lo sea en movimiento y no estática, para mostrar cómo una persona interactúa con diversos ambientes y de esta manera se enfrenta a una serie de cuestiones que están en discusión. Con ello, el repaso al desarrollo de un historiador concreto  puede contribuir al proceso colectivo de repensar la historia.

De entrada, conviene preguntarse sobre si la historia necesita ser replanteada. En mi opinión, lo que hace que uno sea  buen historiador es una combinación de inteligencia, percepción (psicológica, política o lo que sea) y habilidad para comunicarse bien, cualidades que no tienen nada que ver con ninguna división entre enfoques “tradicionales” y “modernos” . Sin embargo, también defiendo que la función de un historiador consiste en mediar, como un traductor, entre pasado y presente. Esta función implica repensar y reescribir la historia en cada generación.

La pregunta inicial es, pues, cómo un individuo se convierte en historiador, por no hablar de uno concreto. Quizá la respuesta debería darla un psicoanalista. Yo no tengo, pero si estuviera echado en el sofá  probablemente evocaría  dos imágenes vívidas. La primera es la de un niño de siete años que le dice a su madre:  ”cuando crezca, quiero ser profesor de historia “. Por supuesto, mi problema es reconstruir qué supuso aquello en mi vida posterior.  En fin, incluso el propio pasado es un país extraño.

En cualquier caso, a los siete años ya estaba fascinado por la historia. Tal fascinación comenzó, creo, cuando estaba jugando a los soldaditos, lo que me condujo a entusiasmarme con los castillos, los caballeros, las armas y las armaduras, lo cual progresivamente se extendió hasta incluir las catedrales góticas, los manuscritos iluminados y, sobre todo, la heráldica. Cuando tenía 14 años, quería ser medievalista y esperaba convertirme algún día en  miembro de la Society of Antiquaries.

La segunda imagen es la de un joven de 16 años, sentado en un autobús, en algún momento a principios de 1950, leyendo un libro de un don de Cambridge, Kenneth Pickthorn, titulado Early Tudor government: Henry VII (1934). No había elegido leer a Pickthorn,  era una lectura obligatoria. Recuerdo mi irritación con el autor por escribir sobre un puñado de funcionarios y no decirle al lector prácticamente nada sobre la Inglaterra de 1485. En otras palabras, lo que realmente quería leer era historia social, una historia sobre todo el mundo. Esta idea probablemente la extraje de la  English social history (1942) de G.M. Trevelyan -mi padre me había dado un ejemplar, que todavía conservo- y también quizás de la  Social history of art (1951) de Arnold Hauser, que acababa de aparecer y que había descubierto en las estanterías de la Stoke Newington Public Library (recuerdo que el título me intrigaba: ¿cómo podía el arte tener una historia social?).

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A partir de estas dos espléndidas imagenes, Peter Burke repasa las etapas fundamentales de su  vida. En primer lugar, el ejército, al que se alistó al poco de cumplir los dieciocho años, siendo destinado a Singapur como miembro del Royal Corps of Signals. Después, sus estudios de historia en Oxford, entre 1957 y 1962.  Allí aparecen sus dos tutores,  Howard Colvin y Keith Thomas, y otros profesores, como Christopher Hill y Lawrence Stone, asociados ambos a su lectura favorita, la revista Past and Present. Sin embargo, el supervisor de su investigación fue Hugh Trevor-Roper, que le sugirió la lectura de Arnaldo Momigliano, al tiempo que el propio Burke se adentrada en los historiadores de Annales. Sea como fuere no acabó su dissertation. Ocurrió que Asa Brigs fue a dar una conferencia sobre sociología y mencionó que se iba a abrir una nueva Universidad en la que se impulsarían los estudios interdisciplinares. Y así empezó la tercera etapa, en octubre de 1962, como Assistant Lecturer en la School of European Studies de la University of Sussex, un lugar donde definió lo que considera el hilo central de su trabajo: su mediación entre la historia, por un lado, y la antropología y la sociología, por otro. Finalmente, Cambridge, donde llega en 1978, con el choque que le supuso volver al mundo de las viejas universidades. Hasta el punto de que allí le consideraban un revolucionario (al menos a ojos de Geoffrey Elton).

Terminado ese repaso, Peter Burke concluye que la operación que ha realizado, su autoretrato intelectual, no es nueva.  Y nos dice: es un género que fue inventado hace casi trescientos años . Cuando Vico publicó su autobiografía, en 1728, lo hizo como respuesta a una invitación de tres académicos italiano. El texto se publicó en un revista junto con una propuesta para que otros estudiosos italianos escribieran sus autobiografías intelectuales sirviéndose de ese modelo. El objetivo de la empresa era cómprender cómo surgían los descubrimientos intelectuales. Este objetivo puede que sea excesivo,  pero el autoretrato que he pintado quizá sirva para sugerir un par conclusiones generales.

Mirando hacia atrás, me parece que el historiador en que me he convertido procede de un medio que que favorecía ciertos intereses, actitudes y métodos; pertenece a una determinada generación, la generación de posguerra, que comparte lo que Mannheim llamó  ”una posición común en el proceso social e histórico”, incluyendo grandes sucesos como 1956, 1968 y 1989. Soy cuatro años más joven que Keith Thomas, tengo tres menos  que el último Raphael  Samuel, soy dos años mayor que Robert Darnton y Carlo Ginzburg, cuatro más que Bob Scribner y superó en nueve a Roy Porter. Todos ellos conforman una red de amigos, así como una generación, que ilustra la importancia de los pequeños grupos, en vez de individuos aislados, en el proceso de repensar la historia. La frase  de Raphael, “Taller de historia”,   no sólo se aplica al grupo que fundó, sino a todos nosotros.

Un último comentario se refiere a la fiabilidad de autoretratos como éste, así como a otras confesiones o “egodocumentos”, como los llaman los  holandeses, ya fueran escritos por el protagonista o registrados por un entrevistador. La cuestión ha sido debatida por psicoanalistas y sociólogos, y también por los historiadores. Uno de los puntos centrales  se refiere a la necesidad de recordar que las autobiografías presentan el pasado de una persona desde un punto de vista particular,  el que corresponde al momento de la escritura. También hemos de ser cuidadosos con “los mitos en las historias de vida”.  Es evidente que a veces ” recordamos” lo que nos gustaría que hubiera ocurrido y, aún más a menudo,  olvidamos lo que desearíamos que no hubiera sucedido. Desplazamos nuestro pasado hacia el centro mismo del escenario, silenciando a antiguos amigos y colaboradores que amenazan con reducir nuestra gloria, al igual que la Enciclopedia Soviética silenciaba a  Trotsky en la era de Stalin. Como alternativa, pero de forma  igualmente  esquemática, podemos elegir presentar nuestra vida como una serie de accidentes. Nuestros recuerdos son también estereotipados, conformados por la práctica de contar y recontar historias. En pocas palabras, sin darnos cuenta  a menudo superponemos un mito de la coherencia sobre una realidad desordenada. Caveat lector.

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