Clionauta: Blog de Historia

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Cerrado

Publicado por Anaclet Pons en Julio 16, 2009

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Como en el pasado año, me despido para las vacaciones con el sin par Ambrose Bierce:

Hombre: Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es exterminar a otros animales y a su propia especie, la cual, pese a ello, se multiplica con tan insistente rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.

Historia: Relato, casi siempre falso, de las hazañas, casi siempre insignificantes, que realizan políticos, casi siempre deshonestos, y soldados, casi siempre necios.  “De la historia romana, según muestra el gran Niehbur, el 90 por ciento es mentira. Creencia, según sabemos, y por la que aceptamos a Niehbur como guía por todos sus disparates y lo mucho que miente”. Salder Bupp

Historiador: Cotilla ambicioso.

Ambrose Bierce, El diccionario del diablo (Valdemar, 1993; Longseller, 2005, etc.).

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Miedo y otras emociones: El “giro afectivo” en la historia

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 4, 2009

La revista griega Historien,  a punto de cumplir una década de vida, dedica su último número al denominado Affective Turn. El tema no es nuevo y se puede seguir, por ejemplo, en  el reciente volumen editado por Patricia Ticineto Clough y Jean O’Malley Halley (The Affective Turn: Theorizing the Social. Durham,  Duke UP, 2007), que a su vez recoge los trabajos que desde 1999 se han realizado en el Center for the Study of Women and Society de la CUNY.

Los textos que ofrece la revista proceden de la III Conferencia  International que dicha publicación organizó  con el título de  “On Emotions: History, Politics, Representations”, celebrada en Atenas en mayo de 2007.

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Este  número  explora, pues,  la creciente importancia que la emoción y el afecto tienen en los discursos  transdisciplinarios, y las bases políticas, sociales y culturales de este reciente cambio en la teoría crítica y la crítica cultural. Los ensayos examinan el significado de la socialidad de las emociones y de  la afectividad en términos de múltiples temporalidades y los cambios históricos,  en las configuraciones de poder a nivel local y mundial, en los procesos coloniales y postcoloniales, en economías políticas capitalistas, en los discursos nacionales y posnacionales,  en las narrativas religiosas y filantrópicas, incluso en la denonimada biopolítica. ¿Cómo podemos estudiar las fuerzas emocionales, individuales y colectivas  en contextos tan variados como la guerra, la descolonización, la migración y la injusticia global? ¿En qué medida la memoria,  la historia,  la política y  la teoría se ven afectadas  por este tipo de contacto con múltiples configuraciones y reconfiguraciones de lo emotivo? Tomados en conjunto, los ensayos abordan una tensión productiva entre las nociones de “emoción”, “afecto” y “pasión social”; esta  suspensión conceptual marca las epistemologías iml¡plicadas enel compromiso histórico y antropológico con el actual “giro afectivo”.

En general, esta recopilación presenta  de qué modo el compromiso teórico con las emociones de mediados de los noventa,  que ha sido identificado como un “giro afectivo” en las humanidades y las ciencias sociales, está basado en algunas de las más innovadoras tendencias epistemológicas de las dos últimas décadas del siglo XX, incluyendo las teorías de corte psicoanalítico de la subjetividad y la sujeción, las teorías del cuerpo y la expresión, la teoría feminista posestructuralista, la crítica poscolonial, la teoría queer del trauma y la melancolía.

Como señaló hace unos años  Barbara Rosenwein, (“Worrying about Emotions in History”, American Historical Review, 107:3, 2002, pp. 821–45), la narrativa histórica dominante estaba basada en el paradigma  progresivo de la autorestricción emocional, asumiendo que la historia de Occidente es la de  una moderación emocional cada vez mayor. Los estudios que han trazado la genealogía de la aparición de “una mentalidad europea de la culpa” a comienzos de la modernidad  consideran esa gran narrativa insostenible, pues  el “proceso de civilización” ya no podía estar ligado a la modernidad (Jean Delumeau, Le péché et la peur). Distintos historiadores han criticado las bases teóricas del viejo paradigma, tomando en consideración  las teorías de las emociones desarrolladas en la antropología y la teoría cultural, con  la formulación de nuevos conceptos para el estudio del pasado y la introducción de un enfoque histórico distinto al abordar las emociones. Rosenwein ha introducido el término “comunidades emocionales” y trata de descubrir el sistema  de sentimientos que rige en estas comunidades. El esfuerzo se centra en los estilos de las expresiones, en los vínculos afectivos que las personas reconocen, las prácticas asociadas a las diversas formas de sociabilidad y sensibilidad que caracterizan a cada comunidad, pero también las diferencias en la expresión, la forma y la limitación de las emociones en cada una de ellas.

Ahí queda eso!

PERFORMING EMOTIONS:
Historical and Anthropological. Sites of Affect

Octubre de  2008, volumen 8:

Athena Athanasiou, Pothiti Hantzaroula, Kostas Yannakopoulos, “Introduction: Towards a New Epistemology: The Affective Turn
Peter N. Stearns, “Fear and History”
Gil Anidjar, “Of Rats and Names (Reflections on Hate)”
Jörn Rüsen, “Emotional Forces in Historical Thinking: Some Metahistorical Reflections and the Case of Mourning”
Alberto Mario Banti, “Deep Images in Nineteenth-Century Nationalist Narrative”
Jina Politi, “A New Species of Man: The Man of Feeling”
Eleni Papagaroufali, “Of Euro-Symbols and Euro-Sentiments: The Case of Town and School Twinning”
Alexandra Bakalaki, “On the Ambiguities of Altruism and the Domestication of Emotions”
Eleftheria Zei, “Relationships of Affection. Relationships of Power: Death and Family Grieving in the Islands of the Aegean, 17th-18th Centuries”
Costas Gaganakis, “Stairway to Heaven: Calvinist Grief and Redemption in the French Wars of Religion”
Despoina Valatsou, “History, our own Stories and Emotions Online”
Luisa Passerini, “Connecting Emotions. Contributions from Cultural History”

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Annales: evaluar las revistas científicas

Publicado por Anaclet Pons en Febrero 14, 2009

Finalmente,  el embrollo de la evaluación de las revistas académicas, con el sinfín de protestas que ha generado en Francia, ha llegado a que algunas de esas publicaciones se hayan manifestado. Por ejemplo:

Déclaration du comité éditorial de la revue Le Mouvement social“, Le Mouvement social
Les Maux et les nombres“, L’Homme
Non à la quantophrénie évaluatrice“, La Revue Philosophique
La fièvre de l’évaluation“, Revue d’ histoire moderne et contemporaine

Y también Annales, que le dedica el editorial de su último número (6,2008):

annales-6-2008

El mundo de la investigación y de la educación superior parece estar atrapado por la fiebre evaluadora: es en este contexto en el que hay que situar la importancia del debate en torno a la reciente clasificación de  revistas  por parte de la European Science Fundación (ESF), así como en Francia por la l’Agence d’Évaluation de la Recherche et de l’Enseignement Supérieur (AERES),  inspirada en gran medida en la anterior. Estas clasificaciones separan las revistas europeas, primero  entre las que están incluidas y las que no, para luego dividir aquéllas en tres categorías: A, B y C.  La lectura de los documentos presentados por  la ESF y la  AERES permite apreciar  sus carencias. Los procedimientos y los principios que guían la clasificación son impresionistas, los expertos son anónimos y abundan los errores, de modo que algunas revistas aparecen varias veces, en ocasiones con diferentes clasificaciones o con el título equivocado. Peor aún, estas clasificaciones demuestran  injusticias flagrantes, que atentan al sentido común de una comunidad de investigadores que no ignora sus propios valores en ese punto. Las reacciones, a veces virulentas, no se han hecho esperar, tanto en Francia como en otros países europeos, como  Alemania o Inglaterra. Por todas estas razones, la posición de  Annales no puede ser otra que desear que ESF y la AERES retiren sus clasificaciones, por contestadas y controvertidas.

Sin embargo, el debate no ha terminado, porque tras  estas clasificaciones  se plantean otras cuestiones  que hemos de señalar: no se trata sólo de la evaluación de las revistas, sino también, por supuesto, de la evaluación de los investigadores y de las unidades de investigación. En un período de fragmentación del conocimiento y de proliferación de publicaciones, la idea de contribuir a la organización de un debate científico,  reconociendo la existencia de diferentes categorías de revistas, no  carece de sentido a priori, siempre  que no cree  compartimentos estancos ni jerarquías arbitrarias . E incluso entonces los criterios de clasificación y los objetivos deben ser claramente visibles, al tiempo  que los procedimientos sean fruto del consenso y de revisiones periódicas. Además, en los países donde las publicaciones dependen del apoyo de las instituciones y de la financiación pública, parece legítimo que haya herramientas que permitan asignar los recursos según criterios científicos. También cabría  esperar que el debate en torno a la evaluación de las revistas científicas permitiera discutir sobre  sus prácticas editoriales, haciendo más explícitas las expectativas de las instituciones que las financian y las de los investigadores que las alimentan y leen. En respuesta a las protestas de  revistas e investigadores, los expertos científicos de AERES dieron recientemente  pruebas de su interés en la discusión. Tenemos que tomar nota. Dejemos constancia de que  con la publicación de clasificaciones, sin discusión previa y sin que se haya establecido claramente su uso,  las instituciones europeas y francesa (a diferencia de los Estados Unidos, que  siempre se presenta como ejemplo, pero que no  aplica este tipo de clasificación) emprenden un camino cuyo peligro queda puesto de relieve a través de decenios  de investigación.  Annales no puede sino advertir contra el uso de estos dispositivos de medición y clasificación del conocimiento, al tiempo que desea fomentar la reflexión sobre el uso de unas herramientas que no tienen la neutralidad que se les atribuye. Es en nombre del compromiso científico con la práctica de las ciencias sociales en el que se deben expresar sus reservas con respecto a estas decisiones discutibles.   Es probable que estas clasificaciones  contribuyan  a  fijar el espacio intelectual haciendo  más difíciles  las innovaciones, otorgando a la vez  una prerrogativa  a  las revistas con mejor  reputación. El impuso de crear nuevas revistas, tan necesario para la vida intelectual, puede padecer las consecuencias .

Pero el principal problema que amenaza el principio de una única clasificación de revistas es la diversidad de magnitudes con las que las revistas pueden ser clasificadas. Una  revista puede ser la referencia internacional en su campo y  tener una difusión limitada a un pequeño círculo intelectual, mientras que otra puede abarcar una zona geográfica limitada y, en cambio,  ser leída por muchos más investigadores. Hay que felicitarse  por la existencia de una verdadera diversidad  de  revistas, garantía de un pluralismo metodológico e intelectual. Por último, la elaboración  de estas clasificaciones basadas en las distintas disciplinas, algo que varía de un país a otro, sólo agrava las dificultades. A veces lleva las cosas al absurdo, como cuando  las revistas interdisciplinarias  son evaluadas  en una  única disciplina, de modo que  su proyecto intelectual queda totalmente desnaturalizado. Las comunidades de conocimiento no son todas del mismo tamaño, ni tienen  las mismas fronteras ni el mismo funcionamiento,  y es importante reconocer esa diversidad irreductible. La cuestión de la evaluación de las revistas científicas, perfectamente legítima, sigue abierta, pero una única clasificación uniforme no es la solución: es innecesaria y contraproducente, con más efectos negativos que positivos .

Seguramente,  la resistencia a la clasificación de  revistas habría  sido menos cruda si no estuviera ligada a la introducción de nuevas formas de evaluación de los investigadores. El primer riesgo de una evaluación  es que se centre  estrictamente en criterios cuantitativos,  en un momento en el que la comunidad científica toma  conciencia de las limitaciones de las herramientas bibliométricas y de la vanidad de  medidas tales como el “factor de impacto”,  incluidas  las ciencias físicas o naturales, a cuyo mismo nivel se intenta poner a las ciencias sociales y humanas. Incluso aunque la cantidad de publicaciones no tenga  nada que ver a menudo  con la calidad de un investigador científico, y aún así pueda considerarse para medir sus actividades científicas  mediante  indicadores ciertamente falibles  pero objetivables, la ausencia de una correlación directa y el riesgo de sucumbir a la facilidad de los métodos cuantitativos incitan a la prudencia. Sobre todo porque, a diferencia de otras disciplinas, las obras de referencia en ciencias sociales no son siempre las revistas, pues los libros juegan un papel fundamental para estructurar el debate. Por otra parte, este tipo de diseño de la evaluación pone de manifiesto un malentendido. La función de un consejo de redacción no es puntuar los artículos, haciendo el trabajo de los evaluadores institucionales,  y no hay que hacer recaer sobre él  la parte más importante de la evaluación, la parte cualitativa, en un momento  en el que, por contra, es necesario defender las instancias colectivas de  evaluación. Un consejo de redacción trabaja  para garantizar la máxima calidad científica de los artículos publicados, pero también para defender un concepto de la investigación que es característico de cada revista. Los miembros de estos consejos toman decisiones intelectuales que no son neutras y que se inscriben en la historia y en la identidad de cada revista, lo que invalida el uso de una clasificación mecánica de las revistas como herramienta primordial para evaluar a los investigadores o a los grupos de investigación.

Así pues, nos parece peligrosa esa vía de  una evaluación cuantitativa basada en una clasificación de las revistas. Sin embargo, no hay argumentos  para rechazar, por principio,  una evaluación más rigurosa de la labor de los investigadores, y menos  en nombre del engañoso argumento de que todo vale. Se objeta que los investigadores ya están evaluados. Sin embargo, ¿quién puede proclamar seriamente que los mecanismos de evaluación individual no se pueden mejorar? La negativa a cualquier tipo de evaluación o el mantenimiento del statu quo no son más deseables que la propuesta de evaluación con criterios estrictamente cuantitativos. El compromiso con una concepción científica del trabajo intelectual en  la historia  y las ciencias sociales difícilmente se puede  acomodar con  la supuesta inconmensurabilidad de nuestras producciones. Del mismo modo, resulta paradójico que nuestra práctica consista en buena medida en evaluar a estudiantes o colegas más jóvenes y que, en cambio,  rechacemos cualquier debate sobre las formas de evaluación. Las condiciones actuales de la contratación en las  universidades, parasitadas con demasiada frecuencia  por el localismo y el clientelismo, pero también el desarrollo de las carreras, donde no se fomenta a los investigadores más dinámicos, e incluso a veces con evidente desfase entre el reconocimiento científico y el recorrido institucional, son argumentos en favor de  una evaluación más sistemática, a condición de que nos pongamos de acuerdo sobre la  formas de hacerla. Sin embargo, los recientes acontecimientos,  relacionados con la creación de organismos nacionales y europeos que evalúan las revistas, los investigadores y los proyectos con total opacidad, no son tranquilizadores en este sentido. Estas instituciones, cuyos miembros no se eligen sino que se nombran sin más,  contribuyen a reforzar el sentimiento de arbitrariedad, dada la ausencia de unos criterios y procedimientos que sean expuestos  públicamente para, posteriormente, ser reconocidos y validados colectivamente. Desarrollan hasta un nivel jamás antes  alcanzado la burocratización de la investigación, de modo que los profesores del nivel superior,  cuyo supuesto trabajo de investigadores a tiempo parcial   ya queda mermado por  la acumulación de tareas pedagógicas y administrativas, pasan a menudo más tiempo elaborando proyectos o escribiendo informes que dedicados a la propia investigación. Por último, y no es lo menos paradójico, mientras la retórica política afirma promover  la autonomía de las instituciones universitarias,  se está aplicando  en realidad  una centralización directamente sometida a un  control administrativo, es decir, político, que a menudo ignora  la realidad más elemental de la investigación.

No nos hagamos ilusiones: la evaluación es intrínsecamente problemática y poco satisfactoria en nuestras disciplinas. La evaluación cualitativa por pares, que oponemos de buena gana a la evaluación bibliométrica,  no es una panacea: para los investigadores supone dedicarle mucho tiempo,  depende de cómo se nombre a los evaluadores  y no garantiza que  se distinga el trabajo innovador.

Annales no pretende  ofrecer -tampoco es su función- una solución a estos problemas, sólo puede manifestar  su deseo de que haya una redefinición colectiva de las normas,  siguiendo criterios de transparencia,  autonomía y responsabilidad. En este período de incertidumbre económica y de creciente amenaza a las condiciones del trabajo científico, las revistas y los investigadores que publican deben demostrar hoy su capacidad de defender e ilustrar una idea de la investigación científica y de su evaluación que, aún siendo imperfecta, tengan la valentía de aplicarse a sí mismos.

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Primo Levi

Publicado por Anaclet Pons en Febrero 11, 2009

Vera Schiavazzi ha presentado en el Giorno della Memoria la entrevista  telefónica (inédita) que  el estudiante Marco Viglino  le hizo al escritor  Primo Levi en 1978,  una conversación sobre su experienca en el lager y sobre su oficio de escritor. Hoy en día, Viglino es magistrado en Turín, ciudad en la que acaba de nacer el Centro internazionale di studi Primo Levi, un centro que dirige el historiador Fabio Levi.

La entrevista apareció en La Reppublica y ha sido traducida por Clarín.

-Me sorprendió su deseo de dar a conocer su testimonio sobre la trágica experiencia en el campo de concentración. ¿Cuándo nació ese deseo?

-Este deseo, tan común en otros, nació en el Lager mismo. Queríamos sobrevivir también y sobre todo para contar lo que habíamos visto. Era un discurso común en los pocos momentos de tregua que nos concedían. También era un deseo humano: usted no encontrará un detenido en los campos que calle. (No, me corrijo, hay quienes prefieren no contar, por que fueron heridos de tal manera que decidieron o debieron censurar su pasado, lo sepultaron para no sentirlo más sobre ellos). Pero en primer lugar está la necesidad de sacarse el peso, de sacarse de encima lo que uno tiene adentro, aunque también existen otros motivos. Existe acaso también el deseo de hacerse valer, de hacer saber que sobrevivimos a ciertas pruebas, que fuimos más afortunados o más hábiles o más fuertes que otros.

-El punto de contacto entre los primeros libros y los que siguieron de ciencia ficción parecería ser su indignación, primero con lo que respecta a los campos nazis, y después respecto del sufrimiento de toda la civilización, ¿coincide?

-Sí, es una pregunta que muchas veces me hacen y sobre la que no soy el más autorizado para contestar, porque no está dicho que el autor sepa siempre con certeza por qué escribe. Yo tengo dos raíces: una es el sentido del Lager y la otra es el sentido de la química con sus dimensiones. Tenía en mente escribir algo sobre la historia natural un tiempo antes de ingresar al campo. Cuando era estudiante sentía un deseo parecido (no como un proyecto claro y distinto, pero como una vaga aspiración) y encontraba un terreno fértil en mi trabajo de químico. Por eso, después de haber terminado Si esto es un hombre y La tregua no es que haya escrito los demás dos libros: sólo junté algunas ideas y algunos cuentos que ya tenía escritos de antes. Por ejemplo, el primer cuento de Las historias naturales, el del viejo médico que recoge esencias lo escribí antes que Si esto es un hombre. Y, probablemente, si bien los temas son diferentes, también los demás textos se resintieron con la experiencia del Lager de una manera muy indirecta, en una forma de desilusión profunda, como un retirarse de la vida.

-Entre los personajes que encuentran en sus libros, usted muestra una particular simpatía e indulgencia para/con algunos que encarnan la astucia o el arte de aguantársela como César o il Greco.

-Antes que nada, estos personajes actúan en un contexto por demás particular como el del final de la Guerra. Ahora, con este marco diría que sí se puede ser indulgente. Hoy no admitiría un Greco, lo evitaría, me mantendría lejos de él, pero en ese momento lo sentía casi como un maestro. Él solía decir, “la guerra es siempre”. Y después también me decía: “ves el calzado bello que llevo: es porque fui a robarlo a las tiendas de los rusos. Tú eres un tonto, no fuiste a buscarlas”. Yo respondía que pensaba que la guerra había terminado y que los rusos nos proveerían. “La guerra está siempre”, me repetía y, entonces, yo sentía que estaba de acuerdo con él. Actualmente sería mucho más severo en lo que a él respecta, también respecto a César, pero la astucia de César era tan “solar”, tan abierta e ingenua en el fondo y a la vez inocua que estaría bien todavía. No sería un censor tan severo como para excluirla de esa manera: era “astucia a la italiana”. César engordaba los peces con agua, pero después, delante de los niños hambrientos de la mujer rusa, se los regalaba. Esto forma parte de un arte de vivir que es vieja como el mundo y delante de la cual no se puede ser demasiado severos.

-Esa porción de rebelión que estuvo en la raíz de los primeros libros ¿se atenuó con los años o no?

-Yo corregiría lo de la carga de rebelión, porque la de indignación siempre existió, pero de rebelión no, porque no había manera, al menos para quien estaba a mi nivel. Rebeliones en el sentido técnico siempre hubo en algunos campos. El episodio del hombre que muere gritando “yo soy el último” se relaciona con una rebelión que había habido en otro campo: los prisioneros habían volado los hornos crematorios pocos días antes y este hombre de quien no conozco ni siquiera el nombre, estaba implicado en el caso. Seguramente había conseguido el explosivo. Retomando la pregunta, diría que la indignación sí persiste, pero digamos que ahora está ramificada. Sería estúpido hoy continuar viendo el enemigo sólo ahí, como el nazi, aunque para mí siga siendo el principal. Pero el mundo de hoy es mucho más articulado que el de antes. No eran buenos tiempos los de mi juventud, pero tenían la gran ventaja de que eran nítidos. La alternativa amigo/enemigo era muy nítida y la elección no era difícil. Hoy las cosas cambiaron. Por eso, también la indignación persiste pero erga omnes. Contra muchos, no sólo contra aquellos.

-En la famosa carta a su editor alemán usted dice que no puede entender a los alemanes y que por eso tampoco puede juzgarlos…

-No, dije, que no los entendía, pero sí que los juzgo.

-¿De qué manera?

-Los juzgo mal también a los alemanes de la actualidad. No a todos, claro. Yo tengo muchos amigos alemanes, también por el hecho de que hablo su lengua y me interesan y de que me rehúso a juzgarlos en bloque. Pero debo decir que estadísticamente son un país peligroso. Son un peligro mientras estén divididos en dos y ellos no lo acepten. Son pocos los alemanes que aceptan esta división. También tienen virtudes que se transforman en peligros virtuales como su extraordinaria pasión por la disciplina (que a nosotros -los italianos- nos falta y está mal, pero que a ellos les sobra) por la que están siempre prontos a acomodarse a quien comande, me da miedo.

-¿Y por qué entonces en la misma carta usted dice que los alemanes, además de ser un peligro, son la esperanza europea?

-La carta yo la escribí hace muchos años. En los 60′, estaba entusiasmado por el hecho de tener un editor alemán que aceptara publicar mi testimonio, además del contacto que tenía con otros jóvenes alemanes. Me pareció que Alemania era en verdad otra. Entonces parecía un pilar de la democracia, ahora un poco menos, mucho menos.

-¿Cómo reaccionaba al ver compañeros de la tragedia ir todos los días a la muerte a causa de “la selección”? ¿Lo aceptaba como algo de hecho o le procuraba siempre el mismo dolor y el mismo disgusto?

-A la mañana cuando tomaban lista y entonces nos dábamos cuenta de que faltaba alguien, estaba considerado de mal gusto ir al fondo de la cuestión y preguntar demasiado, como sucede hoy cuando alguien muere de cáncer. Nadie habla voluntariamente. Era una forma de aceptación sobre todo porque la reacción hacia el compañero muerto no era muy diferente a la de un muerto natural. Mi amigo Alberto, del que hablé tantas veces, estaba en el campo con el padre. Era un chico muy inteligente y juntos hablábamos siempre de estas cosas sin inhibiciones y sin faltar a la verdad. Pero cuando el padre fue seleccionado, Alberto dijo estar seguro de que lo trasladaban a otro campo. Yo estaba deslumbrado al constatar que mi amigo había construido un reparo imaginario para aguantar una realidad de otro modo intolerable.

-Dada la mortalidad elevadísima que hubo en los campos, ¿piensa que su supervivencia se haya debido a la suerte o a otros factores?

-En primer lugar, yo pienso que el azar jugó un gran papel. Jamás me enfermé, sólo más tarde, de una manera providencial. Estaba trabajando en una fábrica y robaba al laboratorio lo que me pudiera servir para la subsistencia, luego dividía el botín con Alberto. Teníamos un pacto entre nosotros por el que dividíamos fraternalmente cada buen golpe. Un día que había robado té en el laboratorio fui con Alberto a venderlo al hospital donde lo necesitaban para los enfermos. Nos pagaron con una porción de sopa casi helada y empezada. Posiblemente la haya comido un enfermo de escarlatina, por lo que me contagié y me mandaron al hospital. Finalmente sobreviví. Alberto, que era inmune porque se había enfermado de chico, murió en el campo. Otro factor fundamental para mí fue el del obrero Lorenzo, de Fossano, que me trajo durante muchos meses, lo necesario para integrar calorías. Él, que ni siquiera fue prisionero, volvió más desesperado que yo. Era un hombre muy religioso y estaba aterrorizado por lo que había visto. Cuando volvió a Italia, solo y a pie, no quiso vivir más. Comenzó a beber, a mí que lo iba a ver seguido me decía bastante fríamente que deseaba no vivir más, que había visto bastante. Murió tuberculoso e infeliz.

-¿Recuerda algún episodio insólito y que no haya aparecido en sus libros?

-Con nosotros había un médico hebreo. Usted sabe que las religiones prevén ayunos muy rigurosos. En esos días no se come nada y tampoco se trabaja. Este médico a la noche, después del trabajo, le dijo al jefe de la barraca que no quería la sopa porque era día de ayuno y él no podía comer. El jefe de la barraca era un comunista alemán bastante endurecido por su tarea (tenía diez años en el campo sobre sus espaldas) pero, golpeado por la fuerza moral del prisionero, conservó la sopa hasta que el médico terminó el ayuno. Ese acto de humanidad, me impresionó mucho.

-¿Puede establecer una relación entre usted y otros escritores judíos italianos como Natalia Guinzburg y Giorgio Bassani?

-Hay una relación compleja evidentemente. El ambiente de Natalia Guinzburg es mi propio ambiente, los dos tenemos parientes en común. Ella nació como Levi y su hermano era nuestro médico. El ambiente de la burguesía judía de Turín es en el que nací y me crié. El de Bassani es distinto, tanto ella como otros personajes pertenecen a otro burguesía judía, la de Ferrara, que yo conozco más bien poco y que, por otra parte, no me gusta tanto, porque eran una clase bastante consciente de sus propios privilegios y bastante exclusiva, reserva y cerrada.

-¿Por qué razón Guinzburg le rechazó el primer manuscrito de Si esto es un hombre?

-No tengo rencor por eso, (aunque tuve durante un tiempo). Pensé en tantas cosas. Tal vez estaba saturada de manuscritos, ser lector en las editoriales es un mal trabajo. Pero es algo que aun después conociéndonos bien, jamás aclaramos.

-¿Todavía tiene contacto con compañeros de Auschwitz?

-A Enick lo perdí totalmente de vista. Reencontré a Pikolo, el del canto de Ulises; con él nos vemos regularmente, viene de vacaciones a Italia y trabaja como farmacéutico en un pueblo cercano a Estrasburgo. Es uno de aquellos que extirparon todos sus recuerdos, se aburguesó completamente y no ama hablar de estas cosas. Fui a verlo, la última vez, con la televisión italiana, le pedí que nos recibiera y me contestó: “a vos sí, pero sin cámaras”. Después aceptó, aunque a desgano.

-¿Qué piensa de los jóvenes de hoy en día?

-La diferencia fundamental entre nuestra juventud y la actual está en la esperanza de un futuro mejor, que nosotros teníamos de un modo clamoroso y que nos sostenía en los peores momentos, incluso en los campos. Había una meta y era reconstruir un mundo nuevo con derechos iguales para todos, donde se aboliera la violencia, queríamos reconstruir Italia para llevarla a un nivel europeo. En cambio, los jóvenes de hoy me parece que tienen muchas menos esperanzas. En general veo que tienden a fines inmediatos y, tal vez, sea muy apropiado en cuanto a que no distinguen otro futuro. Me parece paradójico que haya sido más fácil nuestra juventud, porque hoy hay demasiados monstruos en el horizonte. Está el problema de la violencia, el problema energético, de la contaminación, el mundo está dividido en bloques: hay una total incapacidad de prever lo que vendrá y nadie osa hacer previsiones sensatas de acá a dos años, además siempre persiste el problema atómico. Encuentro pocos jóvenes que piensen en hacer o estudiar de alguna manera precisamente para su futuro. Es la pérdida de los valores, por lo que parece necesario gozar y quemar todo rápidamente.

-¿Por qué dejó pasar quince años entre “Si esto es un hombre” y su segunda obra?

“Si esto es un hombre, se editó en 1947, se imprimieron 2500 copias. Tuve buenas críticas, pero tuve 5 mil lectores. Después de eso no tuve más ganas de escribir, me parecía que había cumplido con mi deber testimonial, con el de haber descargado mis tensiones, no sentí la necesidad de escribir un nuevo libro. Después de muchos años recuperé el deseo, porque se volvió a hablar de la Segunda Guerra y de los campos de otra manera, en un sentido histórico. Hacia el 60 o tal vez antes hubo un ciclo de conferencias sobre el tema y me reencontré otra vez como protagonista. Muchos me incentivaron a contar la segunda parte de mi experiencia, es decir, el regreso de Rusia. Retomé la pluma también por otro motivo, había terminado la Guerra Fría y ahora podía contar la verdad completa, humana. Antes era imposible hablar de Rusia o, sino, se hablaba como si se tratara del infierno o del paraíso. Y yo no me sentía cómodo con semejante ambiente, de escribir un libro-verdad como La tregua. Solo después de la distensión internacional se volvió posible escribir sobre este tipo de cosas en un lenguaje no retórico.
-¿Por qué nació su alter ego Malabila con el que firmó algunos de sus libros?

-Porque en aquel tiempo, de otra forma hubiera sido escandaloso. No hubiera podido, yo, el escritor de Si esto es un hombre, ponerme a contar anécdotas e historias fantásticas. Propuse entonces un pseudónimo al editor, que aceptó con entusiasmo pensando tal vez de inventar conmigo un “caso literario”. Después no sucedió nada y retomé mi nombre real.

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La colaboración palestina con el sionismo

Publicado por Anaclet Pons en Enero 23, 2009

Leyendo hace unos días  Israel’s New War Ethic,  el artículo del siempre interesante Neve Gordon para The Nation, me vino a la mente su reseña de hace meses del libro de Hillel Cohen que publicó el pasado año la University of California Press: Army of Shadows: Palestinian Collaboration with Zionism, 1917-1948. La recensión vale la pena (Shadowplays, marzo de 2008) , como también la de Benny Morris (The Tangled Truth The New Republic, mayo de 2008)

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Hillel Cohen  pertenece al Harry S. Truman Institute for the Advancement of Peace de la Hebrew University of Jerusalem, donde enseña historia, y es un autor bastante prolífico.  Su volumen más reciente es algo así como “La plaza del mercado esta vacía” (“Kikar Hashuk Reka,” Ivrit Press), sobre Jerusalén este,  y el primero fue “Hanifkadim Hanokhahim” (2000), un volumen sobre los palestinos expulsados de sus casass en 1948, pero  que se quedaron Israel. Entre medias, aparecieron “Aravim Tovim” (que viene a ser Los árabes buenos, de  2006), donde examinaba la colaboración árabe-israelí hasta 1967 y “Tzava Hatzelalim” (20049) que es el único traducido al inglés: el citado Army of Shadows.

Quizá el título les recuerde a algunos la película homónima de  Jean-Pierre Melville, protagonizada por Lino Ventura, pero en esta ocasión no es la resistencia francesa la protagonista, sino el complejo fenómeno de la colaboración entre los árabes palestinos y el movimiento sionista durante el mandato británico sobre aquella región.  Un tema que en su momento provocó una sentida polémica a ambos lados, pues el libro presenta tres perspectivas: la  del nacionalismo palestino, que trató a estos “colaboradores” de traidores y los persiguió; la del movimiento sionista,  los utilizaba  para socavar la sociedad palestina desde dentro, al tiempo que los traicionaba;  y la de los propios colaboradores, que tenían una visión alternativa de nacionalismo palestino.

Cohen señala que la búsqueda de apoyo entre los árabes de Palestina fue una novedad para el mvimiento sionista. Al principio, cuando Palestina era parte del Imperio Otomano, el movimiento puso su mayor empeño en la diplomacia,  fruto de lo cual fue la Declaración Balfour. la cuestión de las relaciones futuras con los habitantes árabes del país quedaba al margen.  Sólo tras  la conquista británica de 1917,   líderes sionistas ermpezaron a abordar este desafío. El resultado fue un ambicioso programa para obtener una amplia cooperación de los árabes palestinos con la empresa sionista. Cuando en 1919 Chaim Weizmann firmó un acuerdo sobre Palestina con el emir Faysal, uno de los líderes de la movimiento nacional árabe, quedó reforzada la idea de que los árabes tendrían que consentir una patria sionista entre  ellos.

Pero, al mismo tiempo, los nacionalistas árabes palestinos, algunos de los cuales se habían opuesto al  sionismo  a finales del período otomano, comenzaron a reorganizarse. Su  posición había quedado muy reforzada porque el principio de autodeterminación de los pueblos de la región había  sido aceptado por la comunidad internacional. Además, la Declaración Balfour y la aspiración de  los sionistas de  establecer un estado judío acrecentaron los temores de los árabes en general. Ambas ccosas  intensificaron los sentimientos nacionalistas. La oposición al  programa sionista  encontró su expresión en el establecimiento, a partir de 1918, de   asociaciones musulmano-cristianas. Esto fue seguido de manifestaciones antibritánicas y antisionistas  y de ataques a los  judíos en abril de 1920
y mayo de 1921.

El movimiento sionista desarrolló una estrategia como respuesta a este proceso, con el objetivo de socavar desde dentro la formación  de un nacionalismo palestino. Los medios utilizados fueron determinados personajes políticos árabes  y los colaboradores. Implicaron a numerosos activistas sionistas a todos los niveles implicados. El núcleo del movimiento fue un arabista del Zionist Executive,  Chaim Margaliot Kalvarisky, un veterano comprador de tierras para la Jewish Colonization Associatio,  que estaba bien reelacionado con los árabes. Por encima de él, su superior jerárquico era el coronel  Frederick Kisch, un oficial de inteligencia británico retirado,  al frente de la política sionista del Zionist Executive en Palestina. El presidente del movimiento sionista, el Dr. Chaim Weizmann, también participó en los contactos. Éste reividicaba, al menos de cara al exterior, que la inmigración judía sólo traería beneficios para los residentes árabes  en el país.  reyeron que podían comprar a  los líderes árabes locales. Y lo que es más importante, se negaron a reconocer la autenticidad del nacionalismo árabe en  Palestina. Los telegramas enviados al gobierno británico por opositores árabes formaban parte de esa estrategia.

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Durante su visita a Palestina en la primavera de 1920, Weizmann celebró una serie de  reuniones con distintos palestinos. Al parecer, el encuentro alentó el optimismo. Tomó café con jeques beduinos en  Beit She’an  y fue recibido solemnemente en Abu-Ghosh, cerca de Jerusalén. En Nablús,  el anterior alcalde, Haidar Tuqan, se comprometió a difundir el sionismo por todo el altiplano de Samaria. Los  encuentros de Weizmann fueron organizados por miembros de la oficina de  inteligencia de la Asamblea electa, el organismo responsable de la inteligencia y las actividades políticas dentro de la población árabe. Al término de su visita, Weizmann pidió a la oficina  la elaboración de un plan global para contrarrestar la oposición árabe al sionismo. Su propuesta fue la siguiente:

1. Trabajarse un acuerdo con Haidar Tuqan. Tuqan, que había sido alcalde de Nablus  al final del período otomano y había representado a la ciudad en el Parlamento otomano después de 1912, recibió 1.000 llibras del líder sionista. A cambio,  se comprometió a organizar una petición en favor de los sionistas en la región de Nablús y abrir un club cultural y político prosionista  en la ciudad.
2. Crear  una alianza con los influyentes  emires de la zona oriental del Jordán, de acuerdo con el supuesto de que se mostrarían reacios a apoyar un movimiento nacional dirigido por las elites urbanas y, por tanto, a ser aliados naturales  de los sionistas.
3. Establecer  una alianza con los jeques beduinos en el sur de Palestina,  con el fin de cortar las conexiones que ya existían  entre ellos y los activistas nacionalistas.
4. Comprar  periódicos hostiles al sionismo, con el fin de garantizar una política editorial prosionista. Esta táctica se basaba  en la fe en el poder de la palabra escrita y en el supuesto de que la presentación del caso sionista  podría prevenir la propagación del nacionalismo palestino al  público en general.
5. Organizar y promover  las relaciones de amistad con los árabes,  así como la apertura de  clubes para el efecto.
6. Provocar la disensión entre cristianos y musulmanes.

Este es un documento clave. En 1920, los judíos eran  un poco más de una décima parte de la población del país, pero los principios que establece el documento se han mantenido ncomo base para la relación entre ambos pueblos hasta el día de hoy. Aboga por tres estrategias. La primera era el apoyo a las fuerzas de la oposición entre el público árabe con el objeto de crear liderazgo  alternativo.  El segundo era profundizar las fisuras en la sociedad palestina con la separación de los beduinos del resto de la población,  y  fomentando  los conflictos entre cristianos y musulmanes (y drusos). La estrategia final era el desarrollo de una máquina de propaganda a través de la prensa y de determinados escritores, que proclamarían las ventajas que obtendrrían  los árabes de Palestina si no se oponían al sionismo.

El plan se basaba  en la presunción de que no había un auténtico movimiento nacional árabe en Palestina. En cierto modo, era cierto, pero quienes  lo promovían  se empeñaban en negar lo que ocurría ante sus narices.  Así, por ejemplo, el Dr. Nissim Maloul, secretario para asuntos para asuntos árabes en el Consejo Nacional, órgano rector de la comunidad judía en Palestina, callificó una furiosa manifestación dee la que fue testigo en Jaffa  en febrero de 1920 como una “manipulada demostración nacionalista”. Señaló que la mayoría de de los participantes eran fellahin, agricultores árabes pobres,  ”cuyas ropas y apariencia  indican que no saben por qué razón están ahí”.  En el Congreso Sionista celebrado un año después, el líder laborista Berl Katznelson utilizó términos similares. Estas personas optaron por creer que esa oposición sería derrotada con el   crecimiento económico que acompañaría al asentamiento judío. Esa fe se vio reforzada cuando consiguieron reclutar colaboradores, cuya propia existencia y  alistamiento serrvía  como prueba de que su  percepción era correcta. Kalvarisky organizó a los colaboradores en los marcos de política nacional. La primera iniciativa fue la creación de las Muslim National Associations, a las que siguieron los partidos de agricultores.  Los miembros de las asociaciones no eran necesariamente nacionalistas, y los miembros de los partidos de agricultores  no eran necesariamente los agricultores.

(…)

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En fin, para Cohen Cohen  los árabes se vieron en una encrucijada. Hubo quienes apoyaron la idea de  Hajj Amin al-Husayni de que toda Palestina debía seguir siendo árabe y que los sionistas tenían que combatidos. Era una concepción similar a la que expresó en 1911  un profesor de matemáticas llamado  Mustafa Effendi Tamr:  ”Estáis vendiendo la propiedad de vuestros padres y abuelos por una miseria a  gente que no tendrá piedad de vosotros, a quienes  trabajarán para expulsaros  y borrar la memoria de vuestras vidas,  dispersándoos entre las naciones. Es  un crimen por el que vuestros nombres quedarán registrados  en la historia, una negra mancha, una deshonra  de la que se hará cargo vuestra descendencia, y que no quedará borrada ni siquiera con el paso de los años y de las épocas”.  Y hubo quienes sostuvieron  el “discurso de lo posible”,  el de quienes vieron en los sionistas un adversario demasiado poderoso para ser derrotado  y  en consecuencia, optaron por confiar en la coexistencia.

Como señala Neve Gordon relacionando este libro con el más reciente (Aravim Tovim), Cohen acaba por hacer  una historia de la resistencia palestina dentro de Israel, ya que la colaboración, a la postre, está firmemente ligada a la existencia de la resistencia. La primera generación de palestinos no mantuvieron la cabeza baja  y, a través de su resistencia, consiguieron algunas cosas. Una de ellas fue su capacidad para ocultar y defender a miles de refugiados palestinos que, tras la guerra de 1948, se infiltraron de nuevo en Israel. A pesar de las oportunidades que tuvieron de entregar a esos “infiltrados” y de la labor  de cientos o miles de colaboradores, alrededor de 20.000 refugiados, que en aquel momento constituían aproximadamente el 15 por ciento de la población palestina en Israel, lograron asentarse y, en última instancia,  obttuvieron la ciudadanía.   El segundo logro implicaba la creación de numerosos consejos municipales palestinos, a pesar de la oposición de  los Comités de Asuntos Árabes, que se esforzaron en evitarlos. La tercera tiene que ver con la memoria colectiva palestina. El Ministerio israelí de Educación, junto con los servicios de seguridad israelíes, trataron de socavar el nacionalismo palestino impidiendo el desarrollo y la difusión de un programa nacional de narrativa histórica. Los programas escolares se han limitado a una interpretación sionista de los acontecimientos, mientras que cualquier forma de expresión nacionalista palestina fue reprimida enérgicamente. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos del Estado, Cohen muestra su permanencia, que esa historia nacional  no se ha borrado.

Teniendo en cuenta, concluye Gordon,  el destacado papel de la resistencia en ese volumen, no sólo no es sorprendente que la primera generación de  palestinos que participaron en esas actividades en la década de 1950 y 60 se enorgullezca de leer el libro, sino que tampoco lo es que insista en que lo lea la generación precedente. Si el libro funciona es, entre otras razones, porque muchos palestinos   lo leen  como un manual para comprender la situación actual en Gaza y Cisjordania. En este sentido, Aravim Tovim no puede separarse de Army of Shadows. Ambos libros describen los métodos y las tácticas utilizadas por los organismos de seguridad de Israel para penetrar, fragmentar y controlar  la sociedad palestina a través de la producción de una profunda desconfianza. A su vez, ambos volúmenes proporcionan los antecedentes necesarios para comprender cómo Israel explota de manera efectiva las condiciones existentes con el fin de reclutar colaboradores.

Entrevista en Haaretz el 14/6/2007

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Revistas académicas, evaluación del conocimiento y carrera docente

Publicado por Anaclet Pons en Enero 16, 2009

En la reciente reunión anual de la AHA se dedicó una sesión a discutir sobre las revistas académicas y su evaluación:  ” “Grading” Journals: How, Why, and by Whom? ”.  Las propuestas iniciadas en Europa, Australia y Nueva Zelanda han llevado la inquietud también a los historiadores norteamericanos, que desde hace tiempo debaten sobre el particular, en especial a través del Council of Editors of Learned Journals. Veamos, pues, qué está ocurriendo en nuestro continente, aunque parece que nuestros colegas del otro lado del Atlántico estén más enterados que muchos de los que pululamos por aquí.

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Para entenderlo, quizá lo más conveniente sea reproducir un manifiesto francés titulado:  “Pour le retrait complet et définitif de la « liste des revues » de l’AERES“.

“Ante la creciente utilización de las evaluaciones cuantitativas en la investigación científica, las reacciones se multiplican  en todas las disciplinas, denunciando los efectos nocivos de estos métodos. Las humanidades y las ciencias sociales, las últimas en verse afectadas, no se han quedado atrás. Mientras la Fundación Europea para la Ciencia tiene por objeto establecer su propia clasificación de  revistas de humanidades (ERIH: European Reference Index for the Humanities), la comunidad internacional de editores de revistas de historia de la ciencia, de la técnica  y de la medicina han solicitado que sus revistas no se incluyan.

En Francia, la Agence d’évaluation de la recherche et de l’enseignement supérieur (AERES) ha publicado  una “liste des revues scientifiques du domaine des sciences humaines et sociale”, que las clasifica en A, B y C,   inspirándose en buena medida en el ERIH. Esta publicación ha suscitado fuertes tensiones en la comunidad científica. Más allá de las incoherencias, absurdos, omisiones o injusticias que se reflejan en esa lista, la cuestión es que se ha utilizado por primera vez un método discutible. Segun las disciplinas, los criterios no son uniformes y no está claro si se trata de medir  “la proyección de las revistas” (presentación general), su “nivel” (criterio sociológico) o el “factor de impacto” (criterio psicológico). Esta incoherencia viene acompañada por una opacidad lamentable, pues  los nombres de los expertos que han hecho estas listas no suelen hacerse  públicos.

Más preocupante aún es el uso  de esta clasificación, ya que debe utilizarse para discriminar los investigadores  que “publican” de los que “no publican” en un grupo de investigación,  con el fin de decidir la financiación de estos grupos. La evaluación de la investigación constituye una operación científica  vital, pero pertenece a los investigadores; no puede automatizarse ni hacerse  sin una lectura   efectiva e informada de la obra en cuestión. La clasificación propuesta por el AERES  parece indicativa;  si los investigadores  han de seguir esas recomendaciones, cabe esperar efectos desastrosos para las revistas que queden marginadas en estas clasificaciones.  El conjunto de la investigación lo sufrirá de inmediato.

En una reciente decisión, relativa a los campos de  la literatura francesa y de la literatura comparada,  AERES ha renunciado a establecer una lista de revistas clasificadas. Pedimos a la   AERES que la extienda  a todas las disciplinas y que esta moratoria se transforme en puro y simple abandono. Además, convencidos de la necesidad de una acción concertada de los investigadores de todos los campos en el plano internacional, invitamos a todos los responsables de las revistas científicas a unirse a la iniciativa de nuestros colegas de  historia de la ciencia, la técnica y la   medicina”.

Así pues, como ha señalado Pierre Jourde en Le Monde Diplomatique, son varios los reproches a este modelo bibliométrico: se afirma que las revistas anglosajonas están sobrevaloradas,  que eso no se corresponde con sus verdaderas cualidades; que esta sobrevaloración  causará  la huida de  textos europeos hacia esas revistas, con lo que tal bibliometría provoca lo que  pretende medir;  que otorgar  la preeminencia a determinadas revistas les permite dormirse en los laureles para la eternidad;  que el criterio principal de publicación en una revista  prestigiosa  no es necesariamente la calidad de la investigación científica; que la investigación más audaz se difunde a menudo en revistas recientes y poco conocidas;   que estos criterios son cuantitativos y, por eso mismo, carecen de sentido para medir la calidad de una obra;  que muchas veces es el  tiempo el que muestra la importancia de la investigación; que la calidad de una revista no se mide por su distribución, ni la calidad de un texto por  la reputación de la revista que lo acoje;  que abundan,  sobre todo en las humanidades,  documentos básicos en soportes raros y confidenciales;  que el “registro” condena de antemano la creación de revistas  innovadoras y audaces;  que los avances del conocimiento se hacen a menudo fuera o en contra de las instituciones  establecidas, tan bien consideradas por Aeres;  que el número de citas mide las modas intelectuales, las posiciones de  poder y la audiencia  de un autor más que la calidad del  artículo citado;  y que todo esto puede producir un pensamiento plano y servil.

Por otra parte, como indica el manifiessto, esa clasificación se ha utilizado en el proyecto de  reordenación parcial de la carrera docente (el estatuto de los enseignants-chercheurs). En concreto, para fijar los denominados Critères d’identification des chercheurs et enseignants-chercheurs “publiants”, algo que tiene distintos efectos (económicos también, por supuesto) y que sólo se consigue con un mínimo de publicaciones en revistas del tipo “A”. Eso explica el calendario de movilizaciones previstas (inicialmente en la Sorbona) con el fin de que se deroge esta normativa, movilizaciones que empezarán con la retención de notas del primer semestre y concluirán, si antes no hay acuerdo, con una huelga general prevista al inicio del segundo.

Aunque el modelo sea bien distinto, recordemos que el “Borrador de Estatuto del Personal Docente e Investigador de las Universidades Españolas” (10/11/08)también preve tres grados de ascenso para cada uno de los Cuerpos Docentes Universitarios.

En fin, para no cansar, les remito al dossier que ha preparado la Association des Historiens Contemporanéistes de l’Enseignement Supérieur et de la Recherche (AHCESR).  Allí se da cuenta de todo eso y de la reunión que mantuvo un enviado de la AERES (Patrice Bourdelais)  con representantes de distintas revistas, entre las que estaban: Actes de la recherche en sciences sociales, Annales, Genèses, Mouvement social, Revue d’histoire moderne et contemporaine,
RH19,  Histoire de l’éducation, Revue de synthèse, Sociétés contemporaines, Revue@ politique, Politix, Tracés, Sociologos, Histoire des religions, Mil neuf cent, Annales de démographie historique, Revue française de socio-économie,  Clio, Economie appliquée, Economie et société,  Hérodote, Politique étrangère, Diasporas, Espace et société y Revue des mondes musulmans.

Además, les invito a consultar:

* La Clasificación de ERIH (las ERIH Guidelines) y la filosofía de este organismo. El modelo expone:

“Category A Journals: high-ranking international publications that are regularly cited all over the world and have a very strong reputation among researchers in different countries.
Category B Journals: standard international publications with a good reputation among researchers in different countries.
Category C Journals: standard and high ranking national publications with a recognised scholarly significance among researchers in a particular (mostly linguistically circumscribed) readership group in Europe; occasionally cited outside the publishing country, though their main target group is the domestic academic community”.

En el caso de la Historia,  el grupo de trabajo lo componen: Simon Mercieca (Chair), University of Malta, Richard Aldous, University College Dublin, Tønnes Bekker-Nielsen, Syddansk Universitet,  Dusan Kovac, Slovak Academy of Sciences,  John Morrill, University of Cambridge,  y Jan Luiten van Zanden, International Institute of Social History.

* La Clasificación de Aeres para la historia, que evalúa todas las revistas (Ayer, Hispania, Historia Social e Historia Contemporánea, por ejemplo, figuran en la “B”).

* Finalmente, el artículo de Nancy Adler y Anne-Wil Harzing, “When knowledge wins: Transcending the sense and nonsense of academic rankings“, que aparecerá en marzo de 2009 en Academy of Management Learning & Education, y del que disponemos de una versión fechada en noviembre de 2008.

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La historia contemporánea en la Universidad (Reino Unido)

Publicado por Anaclet Pons en Enero 12, 2009

A falta de pan casero, buenas son tortas de fuera. Es decir,  los practicantes nativos de la historia no somos muy dados a reflexionar sobre nuestra disciplina ni mucho menos sobre sus circunstancias,  con honrosas excepciones y apreturas coyunturales al margen.  Ocurre lo contrario en otros lugares, donde  la práctica  de la profesión es un aspecto que interesa  desde todos sus ángulos. Aquí hemos dado algunos ejemplos procedentes de nuestros colegas americanos o franceses, pero habíamos obviado a los británicos, igualmente preocupados por su devenir profesional.

Y este olvido se remediará gracias a  la publicación del artículo de Vanessa Ann Chambers, titulado “`Informed By, but Not Guided By, the Concerns of the Present’: Contemporary History in UK Higher Education – Its Teaching and Assessment“, aparecido en el Journal of Contemporary History, vol. 44, núm. 1 (2009), págs 89-105.

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Esta profesora de la University of Exeter señala en el resumen que en septiembre de 2007, el  Higher Education Academy’s Centre for History, Classics and Archaeology encargó un estudio detallado de cómo y dónde se enseña la historia contemporánea  en las instituciones de educación superior del Reino Unido. El objetivo era, por ejemplo,   comprender las  cronologías utilizadas por los departamentos, los recursos utilizados,    cómo se evalúa el aprendizaje y el carácter distintivo de lo contemporáneo en historia. El estudio está basado en el análisis de las páginas web oficiales   y en las respuestas a un cuestionario, y se tradujo en un informe  que fue presentado en la conferencia anual del citado Centro  en 2008.  Así pues, el  artículo analiza en detalle los resultados de la encuesta, recogiendo las preocupaciones planteadas. Es, concluye la autora,   una especie de plataforma para profundizar en el debate y  para ayudar a  comprender  la situación de la enseñanza de la historia contemporánea  en la educación superior  del Reino Unido. Un debate que concluirá, por otra parte, en febrero próximo, con una  jornada  en la que habrá participantes del mundo universitario y de la enseñanza secundaria, todo ello patrocinado por el Institute of Historical Research y el  HEA’s Subject Centre for History, Classics and Archaeology,  y cuyo resultado aparecerá en esa misma revista (JCH).

Pero, ¿qué es lo que señala Vanessa Ann Chambers? En primer lugar, que el asunto abordado no es nuevo y que la preocupación es antigua.  Recuerda que ya en 1966, el Journal of Contemporary History inició su andadura publicando un artículo de  Sir Llewellyn Woodward en el que intentaba dar una definición de  “contemporary history”, discutiendo la periodización de Lavisse, según la cual la fecha de inicio sería la de 1789, algo poco acorde con la tradición inglesa. Un año después, Geoffrey Barraclough decía en su An Introduction to Contemporary History que  “contemporary history should be considered as a distinct period of time, with characteristics of its own which mark it off from the preceding period”, pero tampoco resolvía la cuestión. De hecho, tres décadas más tarde, , el director del Institute for Contemporary British History, Peter Catterall, se preguntaba de nuevo:  ‘What (If Anything) is Distinctive about Contemporary History?’, (Journal of Contemporary History, 32-4, octubre de 1997, 441–452). Y habría otros ejemplos más recientes.

A partir de esa primera consideración nos ofrece los resultados del estudio.  Así, según el análisis de las páginas  web, hay 14 Universidades que ofrecen 19 programas de  grado cuya base es la historia contemporánea:

Aberdeen (European Languages and Twentieth-Century Culture); Aberystwyth (Modern and Contemporary History); Bangor , en Gales,  (Modern and Contemporary History); City University (Journalism and Contemporary History) (junto con  Queen Mary); Essex (Contemporary History); Huddersfield (Politics with Contemporary History); Hull (Twentieth-Century History); Leicester (Contemporary History); Northumbria (Contemporary History and Politics); Queen Mary, de Londres, (Modern and Contemporary History), (Journalism and Contemporary History) (junto con  City University); Salford (Contemporary History & Politics), (Contemporary Military & International History); Sunderland (Contemporary History & Politics); Sussex (Contemporary History), (Contemporary History & Politics), (Contemporary History & Sociology), (Contemporary History with Languages); Teesside (Modern and Contemporary European History).

Se observa, por otra parte, que cinco están asociados con políticas, otros tantos con historia moderna, dos con idiomas, uno con periodismo y otro con sociología, reafirmando el carácter interdisciplinar que la disciplina tiene en el Reino Unido.  eso mismo ocurre en otros programas  donde el peso de lo contemporáneo es significativo:

Royal Holloway (Modern History and Politics); University of Wales Institute (Modern History and Politics), (Modern History and Popular Culture); Westminster (Modern History); Queen Mary (Film Studies and History); Central Lancashire (History); Sheffield Hallam (History. Nineteenth and Twentieth Century), (History Film and Television), (History and Politics).

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Asimismo, Chambers indica que todos los grados de historia ofrecen, como es lógico, algún módulo dedicado a la historia contemporánea, que suele ser uno de los períodos más atractivos para los estudiantes. Además, se incluye en otros programas, tales como American studies o Film studies, en un 22% de los casos.

En cuanto a los MA (Master of Arts), 13 centros ofrecen programas  de la materia, sobre todo de historia del siglo XX.

De todos modos, ¿cómo se define?, ¿qué cronología se usa? para responder a esas preguntas, esta profesora realizó la mencionada encuesta. El resultado:  el grupo mayoritario, el 44 %, se inclina por llamar historia contemporánea al período posterior a la II Guerra Mundial. Del resto, citando lo más representativo, cinco optan por decir “desde 1900 a la actualidad”, otros cinco la llaman “‘modern history”,   cuatro dicen que abarcaría desde la I Guerra Mundial y tres se quedan con  el siglo XX.   Por otro lado, el 60 % de los encuestados opina que ese período se diferencia claramente de los otros, pero un 28% lo niega.  Y, ¿qué es lo que lo distingue? La proximidad a acontecimientos, en vecindad con la memoria,  de importancia para el presente. eso es lo que señala la mayoría.

También preguntó si se consideraba que los estudiantes de pregrado llegaban  bien preparados.  Casi la mitad de los encuestados (47 por ciento) considera que están bien o muy bien  preparados para dedicarse  a la historia contemporánea.  Sin embargo, el 31 por ciento cree que no lo están. hay otro problema, y es que en el sixth-form (más o menos nuestro bachillerato),  se concentran sobre determinados aspectos de la historia contemporánea (por ejemplo, la Alemania nazi o el fascismo), lo cual es  un arma de doble filo. Aunque parece que los estudiantes se sienten más cómodos con el estudio de la historia contemporánea que con otros periodos y están más familiarizados con determinados aspectos de la misma, el inconveniente es  e que algunos estudiantes eligen módulos que les son   familiares, como el nazismo, creyendo que obtendrán mejores notas. En ese mimso sentido, tienen poco conocimiento de otras áreas, o de la propia cronología de la historia contemporánea, poca conciencia de otras cuestiones específicas relacionadas con el análisis histórico o con el pasado más reciente  y muy poco conocimiento empírico.

En cuanto a los recursos utilizados en la enseñanza, además de los  tradicionales  (artículos de revistas, libros, etc),  es general  la utilización de  películas y documentos en línea. Sorprendentemente, dice Chambers sin conocer otras latitudes, una cuarta parte de los encuestados declaró que la historia oral   no se utiliza para  la historia contemporánea. Los archivos sonoros  son aún menos utilizados, pues  el 36 por ciento de los encuestados no los emplean. Casi la mitad de los encuestados (47 por ciento) afirma que el uso de estos otros recursos no se controla ni evalúa, aunque el mismo porcentaje de los encuestados declara lo contrario.   La mayoría  (53 por ciento) cree que no está utilizando plenamente la gama de recursos disponibles para el estudio de la historia contemporánea. Como es lógico, las razones aluden a  la falta de tiempo o de ayudas. La autora del estudio concluye de ello que  muchos de los que se dedican a la enseñanza de la historia contemporánea se muestran  frustrados por su incapacidad de aprovechar plenamente la gama de recursos  disponibles. Además, añade, los resultados de la encuesta parecen poner de relieve un cierto nivel de confusión entre esos docentes  entre lo que está  disponible  y la mejor manera de acceder a este material, lo cual produce un bloqueo.

Vinculado con lo anterior está la evaluación. Más allá de las prácticas tradicionales (exámenes, lecturas, trabajos, exposiciones), de las  19 respuestas a esta pregunta, en  once casos se indicaba que no había ningún método particular. Las otras ocho respuestas mencionan, en cambio, una variedad de nuevos o diferentes métodos de evaluación, que van desde  los diarios y  blogs, presentaciones,   prácticas sobre historia oral, recursos de internet, audiovisuales,  etc.  de todos modos, la mayoría continua utilizando el sistema tradicional.

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En fin, todo esto y algunas cosas más en el artículo citado.

Recordemos en todo caso que Vanessa Ann Chambers se doctoró con todos los honores en el Institute of Historical Research en  2007 con una tesis titulada  ‘”Fighting Chance”: War, Popular Belief and British Society 1900-19512″, cuya publicación está preparando. Ahora mismo es Associate Research Fellow en la mencionada University of Exeter,  donde trabaja sobre el impacto de los bombardeos en suelo británico durante la II Guerra Mundial.

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Los mejores libros del año (2008)

Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 29, 2008

best-of-2008Con el año a punto de finalizar, se cumple una de las costumbres navideñas. Ni el turrón, ni el besugo, ni la pierna de cordero o el pavo, ni siquiera las uvas. Las inevitables listas de los mejores libros de año. Como  a todo no podemos llegar, ni esta bitácora se ocupa de otros ramos, iremos a lo más sustancioso en cuanto a la historia y sus aledaños se refiere. Se obviará, como es habitual, nuestro entorno más cercano. Lo cual, en este caso, está más justificado si cabe. Por ejemplo, en el   número del pasado 17 de diciembre del interesante suplemento cultural de La Vanguardia (Cultura/s) se revisan y recomiendan  algunos de los mejores títulos del año. Pues bien, en el apartado de no ficción no aparece ningún libro de historia, ni producido aquí ni traducido. Y algo parecido ocurre, por ejemplo, en Babelia, donde en el apartado “ensayo” aparecen dos volúmenes de la casa (Taurus): Sobre el olvidado siglo XX, de Tony Judt , y Vida y tiempo de Manuel Azaña 1880-1940, de  Santos Juliá.

O es simple desprecio o tenemos una profesión invisible. Cada uno que opte por lo que mejor le acomode. Así pues, ya que aquí nada podemos encontrar, vayamos a otros parajes.

Empecemos con el británico TLS y sus “Books of the Year 2008″, a cargo de un selecto grupo de críticos,  escritores y pensadores (repásenlos).  La ficción predomina, pero hay de todo, incluso los volúmenes de Obama, a quien por cierto Esprit dedica su último número, y no faltan tampoco los libros de historia. Ell filólofo Tom Holland arrima el ascua a su sardina y cita dos obras que le son muy cercanas, como latinista que es:  la obra de James J. O’Donnell, Provost de la Georgetown University, titulada The Ruin of the Roman Empire: A new history (Ecco) y el volumen del reputado profesor oxoniense  Robin Lane Fox,  Travelling Heroes: Greeks and their myths in the epic age of Homer (Allen Lane). El polifacético Clive James se decanta por dos obras sobre el mundo de las Rusias:  el del popular  Simon Sebag Montefiore,  The Court of the Red Tsar (Weidenfeld and Nicolson), sobre el zar Stalin, y  The Whisperers (Penguin), del inevitable Orlando Figes, de la que ya hemos hablado aquí. Por otra parte, en los aledaños está la elección de Roman Williams, que incluye A Secular Age (Belknap), del ya clásico filósofo   Charles Taylor, y la obra de Dai Smith que también ha pasado por este blog, Raymond Williams: A warrior’s tale (Parthian.

En Francia, han sido Lire y Le Point los que han mostrado sus cartas. Este último periódico ofrece veinte títulos, con poca historia. Se puede entender como tal el volumen Un traître, del periodista Dominique Jamet (Flammarion), en el que relata la trayectoria   de Jacques Vasseur, responsable de la Gestapo de Angers de 1942 a 1944, el último francés condenado a muerte por colaboracionista.  Lo mismo se puede decir del segundo volumen de la biografía de Hugo, acargo de Jean-Marc Hovasse (Victor Hugo, tome II. Pendant l’exil : 1851-1864. Fayard). Biografía es también el Paul Valéry de Michel Jarrety (Fayard) . Hay otros libros interesantes, pero la cosa está tan apurada que, desoyendo el amor patrio, el único libro de historia que aparece en el listado de Le Point es la traducción que propone Jean-Pierre Ricard del historiador militar norteamericano Victor Davis Hanson, La guerre du Péloponnèse (Flammarion) .

sand La revista Lire, asociada con  L’Express, lo pone más fácil. También se seleccionan dos decenas de volúmenes, pero lo hacen por secciones, de modo que a nuestra disciplina le corresponde un título, que resulta ser otra traducción: Comment le peuple juif fut inventé, el provocador volumen del historiador  Shlomo Sand (Fayard), que desbanca así a otro libro semejante que es citado en el podio elaborado por Le PointIl était un pays. Une vie en Palestine, del filósofo palestino  Sari Nusseibeh (JC Lattès) . No obstante, lo peor son los nominados en casa Lire, no ya el Louis XIII del historiador y polítólogo  Jean-Christian Petitfils (Perrin), sino el polémico Aristote au mont Saint-Michel (Seuil), de Sylvain Gouguenheim, volumen que ya hemos tratado aquí al derecho y al revés.

suffering Ahora bien, la palma se la llevan como siempre los amigos del otro lado del Atlántico, sobre todo el New York Times. Dada la medida de su mercado, su lista recoge los cien volúmenes más notables del año, aunque también han hecho otra con los diez mejores, que es donde nos vamos a quedar. Su selección es bastante ortodoxa, con cinco libros de literatura y otros tantos de la denominada nonfiction, entre los cual aparece un único título de historia: Republic of Suffering. Death and the American Civil War (Alfred A. Knopf). El volumen se debe a  Drew Gilpin Faust,  President de Harvard, y explora el legado mortal de un conflicto en el que, en cuatro años, murieron   620.000 americanos uniformados. Un trama generado por  “a newly centralized nation-state” , dice Faust, que estableció el “sacrifice and its memorialization as the ground on which North and South would ultimately reunite”. En todo caso, la elección no hace sino confirmar el justificado interés por los títulos que analizan las primeras décadas de la historia americana. De hecho, entre aquel centenar de libros notables hay varios sobre ese período, incluyendo al ya comentado The Hemingses of Monticello: An American Family, y sin olvidar que el verdadero libro del año ha sido, como hemos explicado aquí, el  Team of Rivals de Doris Kearns Goodwin.

Y, para terminar, vayamos a la competencia, al capitalino Post, que se limita a recoger las obras que sus críticos han juzgado más positivamente a lo largo del año, con un total de trece títulos de historia, muchos de los cuales son también sobre el siglo XIX: American Transcendentalism, de Philip F. Gura (Hill and Wang), una suerte de historia intelectual del período 1830 to 1850; Capitol Men, de Philip Dray (Houghton Mifflin), centrado en los primeros afroamericanos del Congreso; The Day Freedom Died, de Charles Lane (Henry Holt), que analiza el mayor acto terrorista durante la Reconstruction (la denominada masacre de Colfax, de 1873, en el contecto de las acciones del Ku Klux Klan);  Lincoln and Douglas, de Allen C. Guelzo (Simon & Schuster), sobre aquella legendaria campaña electoral; Sarah Johnson’s Mount Vernon, de Scott E. Casper (Hill and Wang), una visión del reverso de los padres fundadores, que estudia el trabajo de los esclavos en aquella heredad; el ya citado This Republic of Suffering, de Drew Gilpin Faust (Knopf); Throes of Democracy, de Walter A. McDougall (Harper), un análisis sobre el carácter americano que se centra en la American Civil War Era (1829-1877) ;   y Waking Giant, de David S. Reynolds (Harper), sobre la era jacksoniana.

vermeer_l Luego están los que exceden ese período cronológico: American-Made, de Nick Taylor (Bantam), sobre la Gran Depresión;  Defying Dixie, de Glenda Elizabeth Gilmore (Norton), cuyo subtítulo dice abordar las raíces radicales de los derechos civiles (1919-1950);  el célebre Hitler, the Germans, and the Final Solution, de Ian Kershaw (Yale); Prague in Danger, de Peter Demetz (FSG), que se centra en los años de la ocupación alemana (1939-1945); , y Vermeer’s Hat, de Timothy Brook (Bloomsbury),un interesantísimo estudio sobre la globalización del siglo XVII en el que analiza, utilizando referentes pictóricos, las relaciones sociales y económicas entre los holandeses y la China, que describe en términos de transculturación (“the process by which habits and things move from one culture to another so thoroughly that they become part of it and in turn change the culture into which they have moved”).

Y eso no es todo, porque en apartados distintos al de “historia”, aparecen volúmenes como los del citado  Orlando Figes, el de Benny Morris (1948), el de Niall Ferguson (The Ascent of Money) y algunos más.

En fin, si aluien se ha quedado con ganas, puede acudir a Publishers Weekly, The Atlantic, New Statesman, The Economist, The Financial Times, The Telegraph, seguir el selecto The Year in review en The New Yorker o repasar el reducido grupo de volúmenes galardonados con el National Book Awards, entre los que figura el ya reiterado  This Republic of Suffering.   

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Bernard-Henri Lévy y el debate sobre la memoria

Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 5, 2008

Colea aún en Francia la polémica sobre la memoria y su legislación. El turno ha sido ahora para Bernard-Henri Lévy en Le Point. Así se expresa este pensador a propósito del caso armenio
Dicen en sustancia (appel de Blois, 11 de octubre): “No le corresponde a la ley escribir la  historia”. Nadie lo pide. En ninguna parte hemos visto que se haya invitado a nadie a sustituir a los historiadores. Y hay una buena razón,  pues la historia de genocidio ya ha sido escrita;  y es una excelente razón el que, aun cuando la escuela francesa   a menudo brille por su ausencia, haya un buen número de trabajos que van desde el “Livre bleu” de  Arnold Toynbee (1916) al valiente  “A Shameful Act” del  turco Akcam Taner (2007), que establecen sin discusión   que en 1915 Turquía fue  escenario de uno de estos intentos de exterminio metódico, planificado  y claramente calificable, desde Nuremberg, como genocidio. Es lo que pedimos a los senadores, que tomen nota. Lo que se espera de ellos,dado que la historia ya se ha escrito, es que redacten una ley sancionando  esa continuación del crimen que es, de hecho, el negacionismo.

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Ellos dicen: “esta ley aterrorizará a los historiadores, les pondrá una camisa de fuera políticamente correcta que les impedirátrabajar”.  ¿De qué se burlan? ¿Cómo se atreven a pronunciar tal argumento cuando sabemos que lo que hay en este caso es un  verdadero terrorismo?: el de Turquía, que estigmatiza y, a veces, mata a los historiadores del genocidio o a los que (Hrant Dink) hacen su crónica.  No son las leyes, son los negacionistas del Holocausto los  que aterrorizan a los historiadores. Estas leyes no existen  para estorbar a los investigadores, sino para liberarles de esa plaga, de esa polución, que son los falsificadores.  Vamos a atenernos sólo a las leyes que, hasta la fecha, funcionan bien. Consideremos el caso de la ley Gayssot, que penaliza la negación del Holocausto. Es una ley  anti-Le Pen. Es una norma contra el acoso antisemita. Yo reto a los firmantes del llamamiento de Blois a citar un investigador que haya visto coartada su  libertad de investigación y de expresión.

Ellos dicen: “Atención a las leyes sobre la memoria, porque es una caja de Pandora; hoy son los armenios, ayer los pieds-noirs y su “obra civilizadora”; mañana los albigenses;  los aristócratas guillotinados: ¿dónde nos detendremos?  Esta vez la confusión se añade a la ceguera, la ofensa a la confusión. Y es tomar a los senadores por cretinos. Porque, gracias a Dios, no ha habido cien genocidios en el siglo XX, ni siquiera diez.   Apenas cinco. Judios y gitanos. Tutsis. Camboyanos. Quizás Darfur. Y, por tanto, el primero, en el que se inspirará Hitler, afecta a los armenios.   No entender esto, meter en el mismo saco un debate sobre el colonialismo y  este insulto a la memoria de los muertos que es la negación del hecho de que están bien muertos, mezclar al  historiador Pétré-Grenouilleau, perseguido  en nombre de una mala ley sobre la memoria, y al asesino de papel Faurisson, cuyos trabajos han quedado desacreditados por una ley  antinegacionista bien dispuesta,   no es digno de los firmantes de esa convocatoria “por la libertad de la historia”.

Los firmantes dicen asimismo, ya al margen de ese llamamiento: “¿Por qué Francia? ¿Por qué una ley en un país que no participó en la tragedia? “. En primer lugar no es tan seguro. Sabemos al menos de dos casos (ambos de 1919,   documentados entre otros por la misiones franciscanas de Marache y Hadjine,  en Cilicia) en los que el ejército francés no cumplió su deber de proteger y se comportó, mutatis mutandis, como los cascos azules  en Srebrenica. Pero, sobre todo, el argumento no tiene sentido en relación con un delito cuya definición implica que afecta a la humanidad del hombre y, por tanto, a la humanidad en su conjunto. Podemos decir que el concepto de crímenes contra la humanidad tiene un sentido y nadie puede estar exento.  O podemos permitir los descartes: “No tenía el arma; me he limitado a dejar hacer”   y, acto seguido,   debemos abandonar el concepto, las convenciones que lo fundamentan,   la jurisprudencia que lo ha  reforzado,  la labor de Rafaël Lemkin, la Carta de las Naciones Unidas. ¿Es esto lo que queremos?

Y así   los historiadores en lucha suponen que a la postre la verdad tiene su fuerza, su peso, que debería estar más allá  del refuerzo del poder público. Se hace así un buen negocio de la singularidad del negacionismo actual.    Los negacionistas, por lo general, son excéntricos, maníacos.  Si son profesores, quedan  marginados o sin plaza. Y se apoyan en un país, Turquía. Se trata de un  negacionismo, no de una secta, pero de Estado, de un Estado que tiene  los medios de presión, intimidación y chantaje de  un gran Estado. Los armenios, en otras palabras, se encuentran en misma situación  en la que habrían estado los Judios   si Alemania, después de Hitler,  no hubiera hecho ese trabajo de memoria y de duelo a la que se está virtuosamente obligado.  Y ésta es la última razón por la que estuve el sábado, con Serge Klarsfeld y otros, junto a miles de manifestantes, a menudo muy jóvenes, de pie, en París, frente al Senado, para decir: “Somos franceses, de origen armenio, pero, en primer lugar, franceses, y esa es lo que la base para solicitar, ante la insoportable violencia del negacionismo de Estado, la protección de  la ley francesa”.

La Asamblea Nacional examinó la proposición relativa a esa penalización el pasado 2 de diciembre.

Dicho lo cual, queda el titular de Le Monde: “Le gouvernement n’inscrira pas le texte sur le génocide arménien au Sénat”.

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Y queda también la reseña aparecida dos días después de la traducción del  libro de Taner Akçam (aparecido en 2006) Un acte honteux. Le génocide arménien et la question de la responsabilité turque (Denoël). Este sociólogo e historiador turco, del Center for Holocaust and Genocide de la Universidad de Minnesota,  ha escarbado en los archivos del antiguo Imperio Otomano,   rescatando así  la mirada de los asesinos y, a la postre,  señalando la responsabilidad del régimen en aquel vergonzoso episodio.

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La historia es sexy

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 30, 2008

Eso es lo que dice Andrew Marr, antiguo editor del  Independent, presentador de “The Andrew Marr Show” en la  BBC1 y de “Start the Week” en Radio 4, autor asimismo de  “History of Modern Britain”, un indudable bestseller. El texto en el que así se manifiesta lo ha publicado hace poco en INTELLIGENT LIFE y empieza describiendo la sobremesa de una selecta cena londinense. Están allí un renombrado y denostado lider mundial y el primer ministro británico, ambos acompañados de otros cinco comensales: Simon Schama, Linda Colley;  Sir Martin Gilbert,  David Cannadine y Andrew Roberts. Resulta que se trata de cinco historiadores.  Entonces, se pregunta, ¿cuál es la conexión?

Todos ellos han vendido cientos de miles de libros, dando forma a cómo entendemos el mundo. Su investigación abarca los últimos siglos de la historia británica, pero también la  de la india, la americana, la israelí  y  la historia europea. Dos de ellos, Colley y Cannadine, están casados el uno con el otro. Otro, Schama, es una estrella de televisión. Tienen  diferentes edades, desde Gilbert, el gran biógrafo de Churchill,  nacido en 1936, hasta Roberts, el  revisionista churchilliano,  nacido en 1963. Cubren un  amplio  espectro político.

Dice Marr que la conexión, por si no lo han adivinado, es que todos ellos fueron invitados por Gordon Brown a una cena privada con George Bush en Downing Street a principios de este año. Bush indicó, además, que la fotografía del grupo sería su tarjeta de Navidad.

Así pues, concluye el articulista, la historia es sexy. En tiempos, la lista de invitados para una política glamourosa hubiera incluido a un par de estrellas del rock, algunos rostros conocidos del mundo de los negocios o la televisión y, tal vez, aposentado en un rincón, un intelectual de andar por casa. Así que, para empezar, hemos de celebrar el buen momento por el que pasan los historiadores, admitidos  en los círculos del poder y tratados con respeto. A Brown siempre la ha  fascinado la historia. Habla mucho en privado de los libros de Colley  y Schama.  Para Bush ha llegado el momento en el que está empezando a preguntarse, quizá con cierto  estremecimiento aprensivo, por lo que los historiadores dirán de él. Se sabe que le fascina   Churchill y  ha leído el último  gran libro de Roberts sobre los pueblos anglosajones. A diferencia de Churchill,  no espera escribir la historia por sí mismo, por lo que  ya está buscando un biógrafo oficial adecuado, y Roberts se encuentra en su lista.

Sin embargo, lo interesante  fue la lista de  historiadores invitados por Brown. (Había más, pero éstos son una selección representativa). Gilbert es un compromiso esencial. Roberts, como Niall Ferguson, es una estrella de la  escuela conservadora de jóvenes historiadores que han penetrado en el mercado americano. Ambos son polémicos y  comprometidos políticamente con la historia contra-factual.  Su patriotismo y su  narrativa optimista están a ambos lados del Atlántico.

Bastante evidente, pues. Sin embargo, Brown habría sido el hazmerreír de haber limitado su lista a ellos. A medida que luchamos por  comprender el mundo de hoy, estos conservadores épicos  están vendiendo un montón de libros y, a menudo, parecen dominar la televisión como grandes expertos. Pero son impugnados, en particular en Gran Bretaña, por escuelas rivales que son ahora también muy populares.

Marr señala que son los historiadores sociales, que a menudo aromatizan sus relatos  de la modernidad  con la experiencia personal. Bajo la amistosa, aunque magistral, capa de  Peter Hennessy, en el Queen Mary’s de  la Universidad de Londres, se ha formado  un foco en plena ebullición de historiadores populares de la contemporaneidad. Trabaja en un programa de radio con ellos y  ha quedado  impresionado por la calidad y la cantidad de historiadores emergentes de esta “escuela Hennessy” , en comparación, por ejemplo, con lo que está sucediendo actualmente en Oxford y Cambridge.

Luego, concluye,  están los escritores de gran espectro, con una historia de inclinación liberal e inquisitiva, más accesible y menos miserable que la vieja escuela marxista. Tienden a poner de relieve la migración y el reto que suponen las nociones de destino nacional. Schama, un bullicioso desacreditador en sus primeros días, es uno de esos. Los Colley, cuyo épico trabajo sobre los “British”  ha sido muy seguido, también.    Cannadine y su gran libro sobre la decadencia de la aristocracia británica están  en el mismo plano. Muchos otros se pueden añadir -como Lisa Jardine y su estudio de las  relaciones anglo-holandesas, por ejemplo.

Al igual que sus rivales conservadores, los historiadores han encontrado maneras de regresar a la antigua narrativa popular para escribir sobre en qué clase de naciones se han convertido los británicos y los americanos.   Hay una batalla de ideas en marcha,  tranquila, caballerosa y matizada, pero batalla al fin y al cabo.  Leer a Roberts o a Ferguson es una forma de entender nuestro mundo. Con ellos, uno será  más optimista sobre el próximo siglo americano, más partidario de  la intervención militar occidental. Leer a Schama, Colley  o Cannadine otorga una visión que probablemente sea  más inestable, la de un mundo polimorfo  en el que eso que las  élites llaman poder es algo  que se está transformando en formas que no entendemos.

La gente suele preguntar, ¿dónde están las grandes ideas? ¿Qué ha pasado con las historias con las que  nos  entendemos a nosotros mismos? Marr dice que si tal cosa existe se puede encontrar en los libros de historia.

Así sea

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