Clionauta: Blog de Historia

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Archivos de la categoría ‘Historia’

Festival de historia

Publicado por Anaclet Pons en octubre 19, 2010

Ha vuelto, como en los doce años anteriores, el Rendez-vous de l’Histoire. Ya hablamos del de 2009, mucho más fastuoso. Aún así, actividades no han faltado para quienes hayan acudido, entre el 14 y el 17 de octubre. El lema ha sido “Faire justice” y ha presidid el evento Robert Badinter.  Los organizadores señalan el acierto de esa designación, al tratarse de un político cuyas iniciativas fueron determinantes para la abolición de la pena de muerte, la humanización de las cárceles, la reinserción de los presos, el fin de la discriminación padecida por los homosexuales, etcétera.

En consonancia con lo anterior, la conferencia inaugural la ha impartido Mireille Delmas-Marty, una reputada experta en leyes que habló sobre “Libertés et sûreté dans un monde dangereux”, título que coincide con el de su último libro. La clausura la hizo el mencionado Badinter: “Justice et histoire”.

Entre medias, la organización programó un sinfín de actos, conferencias y talleres. Por ejemplo, los hubo para quienes deseaban tomar el pulso a la disciplina:

* El 15 de octubre tuvo lugar un debate en torno a “Comment travaillent les historiens aujourd’hui?”. El motivo es la publicación de Historiographies. Concepts et débats (Gallimard), volumen dirrigido por Christian Delacroix, François Dosse, Patrick Garcia et Nicolas Offenstadt. Participan los dos primeros.

* El 16 de octubre, y con ocasión del aniversario (30) de la revista Le Débat,  Gallimard organizó una suculenta mesa redonda titulada “Où en est l’histoire aujourd’hui ?”. Participan: Roger Chartier, Marcel Gauchet, François Hartog, Pierre Nora y Jean-François Sirinelli.

Por supuesto, el elenco ha sido casi exclusivamente francés, con algunas incursiones en el entorno, ninguna de ellas en España, a no ser que como tal ententamos la proyección de “El secreto de tus ojos”, coproducción hispanoargentina. En todo caso, ha habido poco invitado foráneo. El más destacado es quizá Kenneth Pomeranz, que se pudo extender sobre la revolución industrial a partir de las tesis expuestas en su magnífico The Great Divergence: China, Europe, and the Making of the Modern World Economy (Princeton University Press, 2000).

Envidia sana!

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Cerrado

Publicado por Anaclet Pons en julio 16, 2009

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Como en el pasado año, me despido para las vacaciones con el sin par Ambrose Bierce:

Hombre: Animal tan sumergido en la extática contemplación de lo que cree ser, que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es exterminar a otros animales y a su propia especie, la cual, pese a ello, se multiplica con tan insistente rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.

Historia: Relato, casi siempre falso, de las hazañas, casi siempre insignificantes, que realizan políticos, casi siempre deshonestos, y soldados, casi siempre necios.  “De la historia romana, según muestra el gran Niehbur, el 90 por ciento es mentira. Creencia, según sabemos, y por la que aceptamos a Niehbur como guía por todos sus disparates y lo mucho que miente”. Salder Bupp

Historiador: Cotilla ambicioso.

Ambrose Bierce, El diccionario del diablo (Valdemar, 1993; Longseller, 2005, etc.).

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Miedo y otras emociones: El “giro afectivo” en la historia

Publicado por Anaclet Pons en mayo 4, 2009

La revista griega Historien,  a punto de cumplir una década de vida, dedica su último número al denominado Affective Turn. El tema no es nuevo y se puede seguir, por ejemplo, en  el reciente volumen editado por Patricia Ticineto Clough y Jean O’Malley Halley (The Affective Turn: Theorizing the Social. Durham,  Duke UP, 2007), que a su vez recoge los trabajos que desde 1999 se han realizado en el Center for the Study of Women and Society de la CUNY.

Los textos que ofrece la revista proceden de la III Conferencia  International que dicha publicación organizó  con el título de  “On Emotions: History, Politics, Representations”, celebrada en Atenas en mayo de 2007.

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Este  número  explora, pues,  la creciente importancia que la emoción y el afecto tienen en los discursos  transdisciplinarios, y las bases políticas, sociales y culturales de este reciente cambio en la teoría crítica y la crítica cultural. Los ensayos examinan el significado de la socialidad de las emociones y de  la afectividad en términos de múltiples temporalidades y los cambios históricos,  en las configuraciones de poder a nivel local y mundial, en los procesos coloniales y postcoloniales, en economías políticas capitalistas, en los discursos nacionales y posnacionales,  en las narrativas religiosas y filantrópicas, incluso en la denonimada biopolítica. ¿Cómo podemos estudiar las fuerzas emocionales, individuales y colectivas  en contextos tan variados como la guerra, la descolonización, la migración y la injusticia global? ¿En qué medida la memoria,  la historia,  la política y  la teoría se ven afectadas  por este tipo de contacto con múltiples configuraciones y reconfiguraciones de lo emotivo? Tomados en conjunto, los ensayos abordan una tensión productiva entre las nociones de “emoción”, “afecto” y “pasión social”; esta  suspensión conceptual marca las epistemologías iml¡plicadas enel compromiso histórico y antropológico con el actual “giro afectivo”.

En general, esta recopilación presenta  de qué modo el compromiso teórico con las emociones de mediados de los noventa,  que ha sido identificado como un “giro afectivo” en las humanidades y las ciencias sociales, está basado en algunas de las más innovadoras tendencias epistemológicas de las dos últimas décadas del siglo XX, incluyendo las teorías de corte psicoanalítico de la subjetividad y la sujeción, las teorías del cuerpo y la expresión, la teoría feminista posestructuralista, la crítica poscolonial, la teoría queer del trauma y la melancolía.

Como señaló hace unos años  Barbara Rosenwein, (“Worrying about Emotions in History”, American Historical Review, 107:3, 2002, pp. 821–45), la narrativa histórica dominante estaba basada en el paradigma  progresivo de la autorestricción emocional, asumiendo que la historia de Occidente es la de  una moderación emocional cada vez mayor. Los estudios que han trazado la genealogía de la aparición de “una mentalidad europea de la culpa” a comienzos de la modernidad  consideran esa gran narrativa insostenible, pues  el “proceso de civilización” ya no podía estar ligado a la modernidad (Jean Delumeau, Le péché et la peur). Distintos historiadores han criticado las bases teóricas del viejo paradigma, tomando en consideración  las teorías de las emociones desarrolladas en la antropología y la teoría cultural, con  la formulación de nuevos conceptos para el estudio del pasado y la introducción de un enfoque histórico distinto al abordar las emociones. Rosenwein ha introducido el término “comunidades emocionales” y trata de descubrir el sistema  de sentimientos que rige en estas comunidades. El esfuerzo se centra en los estilos de las expresiones, en los vínculos afectivos que las personas reconocen, las prácticas asociadas a las diversas formas de sociabilidad y sensibilidad que caracterizan a cada comunidad, pero también las diferencias en la expresión, la forma y la limitación de las emociones en cada una de ellas.

Ahí queda eso!

PERFORMING EMOTIONS:
Historical and Anthropological. Sites of Affect

Octubre de  2008, volumen 8:

Athena Athanasiou, Pothiti Hantzaroula, Kostas Yannakopoulos, “Introduction: Towards a New Epistemology: The Affective Turn
Peter N. Stearns, “Fear and History”
Gil Anidjar, “Of Rats and Names (Reflections on Hate)”
Jörn Rüsen, “Emotional Forces in Historical Thinking: Some Metahistorical Reflections and the Case of Mourning”
Alberto Mario Banti, “Deep Images in Nineteenth-Century Nationalist Narrative”
Jina Politi, “A New Species of Man: The Man of Feeling”
Eleni Papagaroufali, “Of Euro-Symbols and Euro-Sentiments: The Case of Town and School Twinning”
Alexandra Bakalaki, “On the Ambiguities of Altruism and the Domestication of Emotions”
Eleftheria Zei, “Relationships of Affection. Relationships of Power: Death and Family Grieving in the Islands of the Aegean, 17th-18th Centuries”
Costas Gaganakis, “Stairway to Heaven: Calvinist Grief and Redemption in the French Wars of Religion”
Despoina Valatsou, “History, our own Stories and Emotions Online”
Luisa Passerini, “Connecting Emotions. Contributions from Cultural History”

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Annales: evaluar las revistas científicas

Publicado por Anaclet Pons en febrero 14, 2009

Finalmente,  el embrollo de la evaluación de las revistas académicas, con el sinfín de protestas que ha generado en Francia, ha llegado a que algunas de esas publicaciones se hayan manifestado. Por ejemplo:

Déclaration du comité éditorial de la revue Le Mouvement social“, Le Mouvement social
Les Maux et les nombres“, L’Homme
Non à la quantophrénie évaluatrice“, La Revue Philosophique
La fièvre de l’évaluation“, Revue d’ histoire moderne et contemporaine

Y también Annales, que le dedica el editorial de su último número (6,2008):

annales-6-2008

El mundo de la investigación y de la educación superior parece estar atrapado por la fiebre evaluadora: es en este contexto en el que hay que situar la importancia del debate en torno a la reciente clasificación de  revistas  por parte de la European Science Fundación (ESF), así como en Francia por la l’Agence d’Évaluation de la Recherche et de l’Enseignement Supérieur (AERES),  inspirada en gran medida en la anterior. Estas clasificaciones separan las revistas europeas, primero  entre las que están incluidas y las que no, para luego dividir aquéllas en tres categorías: A, B y C.  La lectura de los documentos presentados por  la ESF y la  AERES permite apreciar  sus carencias. Los procedimientos y los principios que guían la clasificación son impresionistas, los expertos son anónimos y abundan los errores, de modo que algunas revistas aparecen varias veces, en ocasiones con diferentes clasificaciones o con el título equivocado. Peor aún, estas clasificaciones demuestran  injusticias flagrantes, que atentan al sentido común de una comunidad de investigadores que no ignora sus propios valores en ese punto. Las reacciones, a veces virulentas, no se han hecho esperar, tanto en Francia como en otros países europeos, como  Alemania o Inglaterra. Por todas estas razones, la posición de  Annales no puede ser otra que desear que ESF y la AERES retiren sus clasificaciones, por contestadas y controvertidas.

Sin embargo, el debate no ha terminado, porque tras  estas clasificaciones  se plantean otras cuestiones  que hemos de señalar: no se trata sólo de la evaluación de las revistas, sino también, por supuesto, de la evaluación de los investigadores y de las unidades de investigación. En un período de fragmentación del conocimiento y de proliferación de publicaciones, la idea de contribuir a la organización de un debate científico,  reconociendo la existencia de diferentes categorías de revistas, no  carece de sentido a priori, siempre  que no cree  compartimentos estancos ni jerarquías arbitrarias . E incluso entonces los criterios de clasificación y los objetivos deben ser claramente visibles, al tiempo  que los procedimientos sean fruto del consenso y de revisiones periódicas. Además, en los países donde las publicaciones dependen del apoyo de las instituciones y de la financiación pública, parece legítimo que haya herramientas que permitan asignar los recursos según criterios científicos. También cabría  esperar que el debate en torno a la evaluación de las revistas científicas permitiera discutir sobre  sus prácticas editoriales, haciendo más explícitas las expectativas de las instituciones que las financian y las de los investigadores que las alimentan y leen. En respuesta a las protestas de  revistas e investigadores, los expertos científicos de AERES dieron recientemente  pruebas de su interés en la discusión. Tenemos que tomar nota. Dejemos constancia de que  con la publicación de clasificaciones, sin discusión previa y sin que se haya establecido claramente su uso,  las instituciones europeas y francesa (a diferencia de los Estados Unidos, que  siempre se presenta como ejemplo, pero que no  aplica este tipo de clasificación) emprenden un camino cuyo peligro queda puesto de relieve a través de decenios  de investigación.  Annales no puede sino advertir contra el uso de estos dispositivos de medición y clasificación del conocimiento, al tiempo que desea fomentar la reflexión sobre el uso de unas herramientas que no tienen la neutralidad que se les atribuye. Es en nombre del compromiso científico con la práctica de las ciencias sociales en el que se deben expresar sus reservas con respecto a estas decisiones discutibles.   Es probable que estas clasificaciones  contribuyan  a  fijar el espacio intelectual haciendo  más difíciles  las innovaciones, otorgando a la vez  una prerrogativa  a  las revistas con mejor  reputación. El impuso de crear nuevas revistas, tan necesario para la vida intelectual, puede padecer las consecuencias .

Pero el principal problema que amenaza el principio de una única clasificación de revistas es la diversidad de magnitudes con las que las revistas pueden ser clasificadas. Una  revista puede ser la referencia internacional en su campo y  tener una difusión limitada a un pequeño círculo intelectual, mientras que otra puede abarcar una zona geográfica limitada y, en cambio,  ser leída por muchos más investigadores. Hay que felicitarse  por la existencia de una verdadera diversidad  de  revistas, garantía de un pluralismo metodológico e intelectual. Por último, la elaboración  de estas clasificaciones basadas en las distintas disciplinas, algo que varía de un país a otro, sólo agrava las dificultades. A veces lleva las cosas al absurdo, como cuando  las revistas interdisciplinarias  son evaluadas  en una  única disciplina, de modo que  su proyecto intelectual queda totalmente desnaturalizado. Las comunidades de conocimiento no son todas del mismo tamaño, ni tienen  las mismas fronteras ni el mismo funcionamiento,  y es importante reconocer esa diversidad irreductible. La cuestión de la evaluación de las revistas científicas, perfectamente legítima, sigue abierta, pero una única clasificación uniforme no es la solución: es innecesaria y contraproducente, con más efectos negativos que positivos .

Seguramente,  la resistencia a la clasificación de  revistas habría  sido menos cruda si no estuviera ligada a la introducción de nuevas formas de evaluación de los investigadores. El primer riesgo de una evaluación  es que se centre  estrictamente en criterios cuantitativos,  en un momento en el que la comunidad científica toma  conciencia de las limitaciones de las herramientas bibliométricas y de la vanidad de  medidas tales como el “factor de impacto”,  incluidas  las ciencias físicas o naturales, a cuyo mismo nivel se intenta poner a las ciencias sociales y humanas. Incluso aunque la cantidad de publicaciones no tenga  nada que ver a menudo  con la calidad de un investigador científico, y aún así pueda considerarse para medir sus actividades científicas  mediante  indicadores ciertamente falibles  pero objetivables, la ausencia de una correlación directa y el riesgo de sucumbir a la facilidad de los métodos cuantitativos incitan a la prudencia. Sobre todo porque, a diferencia de otras disciplinas, las obras de referencia en ciencias sociales no son siempre las revistas, pues los libros juegan un papel fundamental para estructurar el debate. Por otra parte, este tipo de diseño de la evaluación pone de manifiesto un malentendido. La función de un consejo de redacción no es puntuar los artículos, haciendo el trabajo de los evaluadores institucionales,  y no hay que hacer recaer sobre él  la parte más importante de la evaluación, la parte cualitativa, en un momento  en el que, por contra, es necesario defender las instancias colectivas de  evaluación. Un consejo de redacción trabaja  para garantizar la máxima calidad científica de los artículos publicados, pero también para defender un concepto de la investigación que es característico de cada revista. Los miembros de estos consejos toman decisiones intelectuales que no son neutras y que se inscriben en la historia y en la identidad de cada revista, lo que invalida el uso de una clasificación mecánica de las revistas como herramienta primordial para evaluar a los investigadores o a los grupos de investigación.

Así pues, nos parece peligrosa esa vía de  una evaluación cuantitativa basada en una clasificación de las revistas. Sin embargo, no hay argumentos  para rechazar, por principio,  una evaluación más rigurosa de la labor de los investigadores, y menos  en nombre del engañoso argumento de que todo vale. Se objeta que los investigadores ya están evaluados. Sin embargo, ¿quién puede proclamar seriamente que los mecanismos de evaluación individual no se pueden mejorar? La negativa a cualquier tipo de evaluación o el mantenimiento del statu quo no son más deseables que la propuesta de evaluación con criterios estrictamente cuantitativos. El compromiso con una concepción científica del trabajo intelectual en  la historia  y las ciencias sociales difícilmente se puede  acomodar con  la supuesta inconmensurabilidad de nuestras producciones. Del mismo modo, resulta paradójico que nuestra práctica consista en buena medida en evaluar a estudiantes o colegas más jóvenes y que, en cambio,  rechacemos cualquier debate sobre las formas de evaluación. Las condiciones actuales de la contratación en las  universidades, parasitadas con demasiada frecuencia  por el localismo y el clientelismo, pero también el desarrollo de las carreras, donde no se fomenta a los investigadores más dinámicos, e incluso a veces con evidente desfase entre el reconocimiento científico y el recorrido institucional, son argumentos en favor de  una evaluación más sistemática, a condición de que nos pongamos de acuerdo sobre la  formas de hacerla. Sin embargo, los recientes acontecimientos,  relacionados con la creación de organismos nacionales y europeos que evalúan las revistas, los investigadores y los proyectos con total opacidad, no son tranquilizadores en este sentido. Estas instituciones, cuyos miembros no se eligen sino que se nombran sin más,  contribuyen a reforzar el sentimiento de arbitrariedad, dada la ausencia de unos criterios y procedimientos que sean expuestos  públicamente para, posteriormente, ser reconocidos y validados colectivamente. Desarrollan hasta un nivel jamás antes  alcanzado la burocratización de la investigación, de modo que los profesores del nivel superior,  cuyo supuesto trabajo de investigadores a tiempo parcial   ya queda mermado por  la acumulación de tareas pedagógicas y administrativas, pasan a menudo más tiempo elaborando proyectos o escribiendo informes que dedicados a la propia investigación. Por último, y no es lo menos paradójico, mientras la retórica política afirma promover  la autonomía de las instituciones universitarias,  se está aplicando  en realidad  una centralización directamente sometida a un  control administrativo, es decir, político, que a menudo ignora  la realidad más elemental de la investigación.

No nos hagamos ilusiones: la evaluación es intrínsecamente problemática y poco satisfactoria en nuestras disciplinas. La evaluación cualitativa por pares, que oponemos de buena gana a la evaluación bibliométrica,  no es una panacea: para los investigadores supone dedicarle mucho tiempo,  depende de cómo se nombre a los evaluadores  y no garantiza que  se distinga el trabajo innovador.

Annales no pretende  ofrecer -tampoco es su función- una solución a estos problemas, sólo puede manifestar  su deseo de que haya una redefinición colectiva de las normas,  siguiendo criterios de transparencia,  autonomía y responsabilidad. En este período de incertidumbre económica y de creciente amenaza a las condiciones del trabajo científico, las revistas y los investigadores que publican deben demostrar hoy su capacidad de defender e ilustrar una idea de la investigación científica y de su evaluación que, aún siendo imperfecta, tengan la valentía de aplicarse a sí mismos.

Publicado en Académica, Francia, Historia, Revistas | 7 Comentarios »

Primo Levi

Publicado por Anaclet Pons en febrero 11, 2009

Vera Schiavazzi ha presentado en el Giorno della Memoria la entrevista  telefónica (inédita) que  el estudiante Marco Viglino  le hizo al escritor  Primo Levi en 1978,  una conversación sobre su experienca en el lager y sobre su oficio de escritor. Hoy en día, Viglino es magistrado en Turín, ciudad en la que acaba de nacer el Centro internazionale di studi Primo Levi, un centro que dirige el historiador Fabio Levi.

La entrevista apareció en La Reppublica y ha sido traducida por Clarín.

-Me sorprendió su deseo de dar a conocer su testimonio sobre la trágica experiencia en el campo de concentración. ¿Cuándo nació ese deseo?

-Este deseo, tan común en otros, nació en el Lager mismo. Queríamos sobrevivir también y sobre todo para contar lo que habíamos visto. Era un discurso común en los pocos momentos de tregua que nos concedían. También era un deseo humano: usted no encontrará un detenido en los campos que calle. (No, me corrijo, hay quienes prefieren no contar, por que fueron heridos de tal manera que decidieron o debieron censurar su pasado, lo sepultaron para no sentirlo más sobre ellos). Pero en primer lugar está la necesidad de sacarse el peso, de sacarse de encima lo que uno tiene adentro, aunque también existen otros motivos. Existe acaso también el deseo de hacerse valer, de hacer saber que sobrevivimos a ciertas pruebas, que fuimos más afortunados o más hábiles o más fuertes que otros.

-El punto de contacto entre los primeros libros y los que siguieron de ciencia ficción parecería ser su indignación, primero con lo que respecta a los campos nazis, y después respecto del sufrimiento de toda la civilización, ¿coincide?

-Sí, es una pregunta que muchas veces me hacen y sobre la que no soy el más autorizado para contestar, porque no está dicho que el autor sepa siempre con certeza por qué escribe. Yo tengo dos raíces: una es el sentido del Lager y la otra es el sentido de la química con sus dimensiones. Tenía en mente escribir algo sobre la historia natural un tiempo antes de ingresar al campo. Cuando era estudiante sentía un deseo parecido (no como un proyecto claro y distinto, pero como una vaga aspiración) y encontraba un terreno fértil en mi trabajo de químico. Por eso, después de haber terminado Si esto es un hombre y La tregua no es que haya escrito los demás dos libros: sólo junté algunas ideas y algunos cuentos que ya tenía escritos de antes. Por ejemplo, el primer cuento de Las historias naturales, el del viejo médico que recoge esencias lo escribí antes que Si esto es un hombre. Y, probablemente, si bien los temas son diferentes, también los demás textos se resintieron con la experiencia del Lager de una manera muy indirecta, en una forma de desilusión profunda, como un retirarse de la vida.

-Entre los personajes que encuentran en sus libros, usted muestra una particular simpatía e indulgencia para/con algunos que encarnan la astucia o el arte de aguantársela como César o il Greco.

-Antes que nada, estos personajes actúan en un contexto por demás particular como el del final de la Guerra. Ahora, con este marco diría que sí se puede ser indulgente. Hoy no admitiría un Greco, lo evitaría, me mantendría lejos de él, pero en ese momento lo sentía casi como un maestro. Él solía decir, “la guerra es siempre”. Y después también me decía: “ves el calzado bello que llevo: es porque fui a robarlo a las tiendas de los rusos. Tú eres un tonto, no fuiste a buscarlas”. Yo respondía que pensaba que la guerra había terminado y que los rusos nos proveerían. “La guerra está siempre”, me repetía y, entonces, yo sentía que estaba de acuerdo con él. Actualmente sería mucho más severo en lo que a él respecta, también respecto a César, pero la astucia de César era tan “solar”, tan abierta e ingenua en el fondo y a la vez inocua que estaría bien todavía. No sería un censor tan severo como para excluirla de esa manera: era “astucia a la italiana”. César engordaba los peces con agua, pero después, delante de los niños hambrientos de la mujer rusa, se los regalaba. Esto forma parte de un arte de vivir que es vieja como el mundo y delante de la cual no se puede ser demasiado severos.

-Esa porción de rebelión que estuvo en la raíz de los primeros libros ¿se atenuó con los años o no?

-Yo corregiría lo de la carga de rebelión, porque la de indignación siempre existió, pero de rebelión no, porque no había manera, al menos para quien estaba a mi nivel. Rebeliones en el sentido técnico siempre hubo en algunos campos. El episodio del hombre que muere gritando “yo soy el último” se relaciona con una rebelión que había habido en otro campo: los prisioneros habían volado los hornos crematorios pocos días antes y este hombre de quien no conozco ni siquiera el nombre, estaba implicado en el caso. Seguramente había conseguido el explosivo. Retomando la pregunta, diría que la indignación sí persiste, pero digamos que ahora está ramificada. Sería estúpido hoy continuar viendo el enemigo sólo ahí, como el nazi, aunque para mí siga siendo el principal. Pero el mundo de hoy es mucho más articulado que el de antes. No eran buenos tiempos los de mi juventud, pero tenían la gran ventaja de que eran nítidos. La alternativa amigo/enemigo era muy nítida y la elección no era difícil. Hoy las cosas cambiaron. Por eso, también la indignación persiste pero erga omnes. Contra muchos, no sólo contra aquellos.

-En la famosa carta a su editor alemán usted dice que no puede entender a los alemanes y que por eso tampoco puede juzgarlos…

-No, dije, que no los entendía, pero sí que los juzgo.

-¿De qué manera?

-Los juzgo mal también a los alemanes de la actualidad. No a todos, claro. Yo tengo muchos amigos alemanes, también por el hecho de que hablo su lengua y me interesan y de que me rehúso a juzgarlos en bloque. Pero debo decir que estadísticamente son un país peligroso. Son un peligro mientras estén divididos en dos y ellos no lo acepten. Son pocos los alemanes que aceptan esta división. También tienen virtudes que se transforman en peligros virtuales como su extraordinaria pasión por la disciplina (que a nosotros -los italianos- nos falta y está mal, pero que a ellos les sobra) por la que están siempre prontos a acomodarse a quien comande, me da miedo.

-¿Y por qué entonces en la misma carta usted dice que los alemanes, además de ser un peligro, son la esperanza europea?

-La carta yo la escribí hace muchos años. En los 60′, estaba entusiasmado por el hecho de tener un editor alemán que aceptara publicar mi testimonio, además del contacto que tenía con otros jóvenes alemanes. Me pareció que Alemania era en verdad otra. Entonces parecía un pilar de la democracia, ahora un poco menos, mucho menos.

-¿Cómo reaccionaba al ver compañeros de la tragedia ir todos los días a la muerte a causa de “la selección”? ¿Lo aceptaba como algo de hecho o le procuraba siempre el mismo dolor y el mismo disgusto?

-A la mañana cuando tomaban lista y entonces nos dábamos cuenta de que faltaba alguien, estaba considerado de mal gusto ir al fondo de la cuestión y preguntar demasiado, como sucede hoy cuando alguien muere de cáncer. Nadie habla voluntariamente. Era una forma de aceptación sobre todo porque la reacción hacia el compañero muerto no era muy diferente a la de un muerto natural. Mi amigo Alberto, del que hablé tantas veces, estaba en el campo con el padre. Era un chico muy inteligente y juntos hablábamos siempre de estas cosas sin inhibiciones y sin faltar a la verdad. Pero cuando el padre fue seleccionado, Alberto dijo estar seguro de que lo trasladaban a otro campo. Yo estaba deslumbrado al constatar que mi amigo había construido un reparo imaginario para aguantar una realidad de otro modo intolerable.

-Dada la mortalidad elevadísima que hubo en los campos, ¿piensa que su supervivencia se haya debido a la suerte o a otros factores?

-En primer lugar, yo pienso que el azar jugó un gran papel. Jamás me enfermé, sólo más tarde, de una manera providencial. Estaba trabajando en una fábrica y robaba al laboratorio lo que me pudiera servir para la subsistencia, luego dividía el botín con Alberto. Teníamos un pacto entre nosotros por el que dividíamos fraternalmente cada buen golpe. Un día que había robado té en el laboratorio fui con Alberto a venderlo al hospital donde lo necesitaban para los enfermos. Nos pagaron con una porción de sopa casi helada y empezada. Posiblemente la haya comido un enfermo de escarlatina, por lo que me contagié y me mandaron al hospital. Finalmente sobreviví. Alberto, que era inmune porque se había enfermado de chico, murió en el campo. Otro factor fundamental para mí fue el del obrero Lorenzo, de Fossano, que me trajo durante muchos meses, lo necesario para integrar calorías. Él, que ni siquiera fue prisionero, volvió más desesperado que yo. Era un hombre muy religioso y estaba aterrorizado por lo que había visto. Cuando volvió a Italia, solo y a pie, no quiso vivir más. Comenzó a beber, a mí que lo iba a ver seguido me decía bastante fríamente que deseaba no vivir más, que había visto bastante. Murió tuberculoso e infeliz.

-¿Recuerda algún episodio insólito y que no haya aparecido en sus libros?

-Con nosotros había un médico hebreo. Usted sabe que las religiones prevén ayunos muy rigurosos. En esos días no se come nada y tampoco se trabaja. Este médico a la noche, después del trabajo, le dijo al jefe de la barraca que no quería la sopa porque era día de ayuno y él no podía comer. El jefe de la barraca era un comunista alemán bastante endurecido por su tarea (tenía diez años en el campo sobre sus espaldas) pero, golpeado por la fuerza moral del prisionero, conservó la sopa hasta que el médico terminó el ayuno. Ese acto de humanidad, me impresionó mucho.

-¿Puede establecer una relación entre usted y otros escritores judíos italianos como Natalia Guinzburg y Giorgio Bassani?

-Hay una relación compleja evidentemente. El ambiente de Natalia Guinzburg es mi propio ambiente, los dos tenemos parientes en común. Ella nació como Levi y su hermano era nuestro médico. El ambiente de la burguesía judía de Turín es en el que nací y me crié. El de Bassani es distinto, tanto ella como otros personajes pertenecen a otro burguesía judía, la de Ferrara, que yo conozco más bien poco y que, por otra parte, no me gusta tanto, porque eran una clase bastante consciente de sus propios privilegios y bastante exclusiva, reserva y cerrada.

-¿Por qué razón Guinzburg le rechazó el primer manuscrito de Si esto es un hombre?

-No tengo rencor por eso, (aunque tuve durante un tiempo). Pensé en tantas cosas. Tal vez estaba saturada de manuscritos, ser lector en las editoriales es un mal trabajo. Pero es algo que aun después conociéndonos bien, jamás aclaramos.

-¿Todavía tiene contacto con compañeros de Auschwitz?

-A Enick lo perdí totalmente de vista. Reencontré a Pikolo, el del canto de Ulises; con él nos vemos regularmente, viene de vacaciones a Italia y trabaja como farmacéutico en un pueblo cercano a Estrasburgo. Es uno de aquellos que extirparon todos sus recuerdos, se aburguesó completamente y no ama hablar de estas cosas. Fui a verlo, la última vez, con la televisión italiana, le pedí que nos recibiera y me contestó: “a vos sí, pero sin cámaras”. Después aceptó, aunque a desgano.

-¿Qué piensa de los jóvenes de hoy en día?

-La diferencia fundamental entre nuestra juventud y la actual está en la esperanza de un futuro mejor, que nosotros teníamos de un modo clamoroso y que nos sostenía en los peores momentos, incluso en los campos. Había una meta y era reconstruir un mundo nuevo con derechos iguales para todos, donde se aboliera la violencia, queríamos reconstruir Italia para llevarla a un nivel europeo. En cambio, los jóvenes de hoy me parece que tienen muchas menos esperanzas. En general veo que tienden a fines inmediatos y, tal vez, sea muy apropiado en cuanto a que no distinguen otro futuro. Me parece paradójico que haya sido más fácil nuestra juventud, porque hoy hay demasiados monstruos en el horizonte. Está el problema de la violencia, el problema energético, de la contaminación, el mundo está dividido en bloques: hay una total incapacidad de prever lo que vendrá y nadie osa hacer previsiones sensatas de acá a dos años, además siempre persiste el problema atómico. Encuentro pocos jóvenes que piensen en hacer o estudiar de alguna manera precisamente para su futuro. Es la pérdida de los valores, por lo que parece necesario gozar y quemar todo rápidamente.

-¿Por qué dejó pasar quince años entre “Si esto es un hombre” y su segunda obra?

“Si esto es un hombre, se editó en 1947, se imprimieron 2500 copias. Tuve buenas críticas, pero tuve 5 mil lectores. Después de eso no tuve más ganas de escribir, me parecía que había cumplido con mi deber testimonial, con el de haber descargado mis tensiones, no sentí la necesidad de escribir un nuevo libro. Después de muchos años recuperé el deseo, porque se volvió a hablar de la Segunda Guerra y de los campos de otra manera, en un sentido histórico. Hacia el 60 o tal vez antes hubo un ciclo de conferencias sobre el tema y me reencontré otra vez como protagonista. Muchos me incentivaron a contar la segunda parte de mi experiencia, es decir, el regreso de Rusia. Retomé la pluma también por otro motivo, había terminado la Guerra Fría y ahora podía contar la verdad completa, humana. Antes era imposible hablar de Rusia o, sino, se hablaba como si se tratara del infierno o del paraíso. Y yo no me sentía cómodo con semejante ambiente, de escribir un libro-verdad como La tregua. Solo después de la distensión internacional se volvió posible escribir sobre este tipo de cosas en un lenguaje no retórico.
-¿Por qué nació su alter ego Malabila con el que firmó algunos de sus libros?

-Porque en aquel tiempo, de otra forma hubiera sido escandaloso. No hubiera podido, yo, el escritor de Si esto es un hombre, ponerme a contar anécdotas e historias fantásticas. Propuse entonces un pseudónimo al editor, que aceptó con entusiasmo pensando tal vez de inventar conmigo un “caso literario”. Después no sucedió nada y retomé mi nombre real.

Publicado en Entrevista, Historia, Ideas, Italia, literatura | 1 comentario

 
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