Clionauta: Blog de Historia

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Archivos de la categoría ‘Francia’

Los grandes maestros del pensamiento francés

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 8, 2009

Este blog ha sobrepasado estos días los cien mil hits, pero no vamos a recapitular, ni siquiera rendiremos homenaje, como debiera ser, al recién desaparecido Lévi-Strauss. Muchos otros lo han hecho. Por ejemplo: NYTLe MondeLe FigaroAFPGuardianWash PostBloombergLATWSJOpen DemocracyLondon TimesAtlanticAPTelegraphIndependentForbes y un largo etcétera

Nos detendremos en los azares del destino, en los que no tiene cabida curiosamente Lévi-Strauss.

A finales del pasado año, la editorial alternativa Brumaria presentaba Pequeño panteón portátil, la obra que acababa de publicar en francés Alain Badiou. Ahora, con mayores medios, sale una nueva versión a cuenta de FCE.  Así que hemos de concluir que Badiou está de suerte, no en vano la editorial argentia Bestia Equilátera le acaba de reeditar su El concepto de modelo (1969);  o quizá sea que ya no quedan maestros como esos a los que rinde homenaje: Althusser, Borreil, Canguilhem, Cavaillès, G. Châtelet, Deleuze, Derrida, Foucault, Hyppolite, Lacan, Lacoue-Labarthe, Lyotard, F. Proust, Sartre. Badiou es consciente de esa escasez, pues considera que el “momento francés” por antonomasia transcurrió en la década de los sesenta, sobre todo en el lustro que va de 1963 a 1968.

Así concluye el prólogo:

brumaria FCE Badiou

(…) conviene recordar qué es un filósofo. Recordarlo mediante el ejemplo de aquellos que en Francia (donde fueron más numerosos que en otros sitios) asumieron el alcance de ese vocablo en las últimas décadas. Hay que pedirles auxilio a ellos para limpiar y volver a sacarles lustre a las palabras en cuyo nombre, dificultosamente, y con una gran tensión del pensamiento, han propuesto aceptar incondicionalmente que hay que encontrar al menos una Idea verdadera y nunca ceder sobre sus consecuencias, aun cuando, como dice Mallarmé a propósito de Igitur, ese acto que nadie reclama sea “perfectamente absurdo, [salvo porque] el Infinito está al fin fijado”.

En suma, convoco a mis amigos, los filósofos ya desaparecidos, como testigos de cargo en el juicio que el Infinito entabla contra los falsificadores. Ellos vienen a decir, a través de la voz que pronuncia su elogio, que el imperativo del materialismo democrático contemporáneo, “Vive sin Idea”, es a la vez vil e inconsistente. Estos textos tienen formas y destinos muy diferentes. Se trata en todos los casos de homenajes rendidos a grandes espíritus, a menudo en ocasión de su desaparición, o de un aniversario de esa desaparición, o de un coloquio dedicado a ellos. Pero estos homenajes van desde el artículo breve a la larga meditación, y esa diferencia no tiene aquí ningún tipo de sentido jerárquico. Por lo demás, las últimas páginas, “Origen de los textos”, indican no sólo la fecha y la procedencia de estos pequeños escritos, sino también algunos datos complementarios sobre mi relación intelectual con los filósofos de los que hablo.

Aunque algunos fueron maestros de mi juventud, de ninguno de ellos diría hoy que lo sigo sin reservas en su construcción. A algunos estuve ligado por una  amistad, con otros tuve algunas querellas. Pero estoy feliz de decir aquí que, frente a los brebajes que hoy nos quieren hacer tragar, a estos catorce filósofos muertos, bueno, los quiero a todos. Sí, los quiero.

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Las fronteras del Oriente Próximo

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 6, 2009

El último número de la revista Vingtième Siècle (núm. 103, julio-septiembre, 2009) vuelve sobre la Declaración Balfour y los acuerdos Sykes-Picot, es decir, sobre los pactos que previeron el establecimiento de un hogar judío en Palestina y el reparto de los territorios árabes del Imperio Otomano entre Francia y Gran Bretaña.

Vingtieme siecle

¿Por qué retomar este objeto? En primer lugar, señalan, porque merece ser considerado como un  pieza histórica en sí misma, aprehendida en su totalidad y en su coherencia. Se trata de ofrecer una perspectiva comparada, sin borrar las particularidades ni las circunstancias nacionales o históricas, que permita identificar una serie de líneas maestras,  un juego de ecos y espejos, en una zona que suele considerarse como irreductiblemente fragmentada, dividida en muchas “comunidades”,  “crisis” y “problemas” … Esta fragmentación es un obstáculo para una verdadera comprensión de los fenómenos históricos, aunque se explica tanto por la complejidad de los problemas y de las tierras como por la barrera del idioma y la violencia de los conflictos ideológicos que atraviesan este espacio.

En segundo lugar, parece deseable a principios del siglo XXI  tomar nota de los actuales procesos de reformulación y reconfiguración de las indentificaciones nacionales en la región, intentando iluminarlos desde la disciplina histórica específica. Este debate tiene por objeto destacar la génesis del proceso de identificación nacional, su plasticidad, su capacidad para adaptarse a las circunstancias históricas, su evolución reciente, todo ello  en el contexto de una crisis generalizada de los grandes consensos nacionales. Más allá de las discusiones semánticas, al decidirse por “identificaciones” en lugar de “identidades”, la revista  propone una determinada aproximación a los fenómenos identitarios, lejos de categorizaciones simplistas y unívocas, lejos de reconstrucciones a posteriori.

Por último, para responder a este desafío de una evaluación general, pero contextualizada,  del proceso de identificación en Oriente Próximo, el largo plazo  parece especialmente relevante. Con esta perspectiva es posible entender tanto las raíces de los grandes paradigmas ideológicos actuales como sus muchos cambios, en el pasado y ahora mismo.

El volumen se divide en tres partes: “Proche-Orient : foyers, frontières et fractures”. La primera trata de analizar las estructuras esenciales de las utopías panarabistas, sionistas y turco-otomanas. La última estudia las líneas de fracturas internas que atraviesan las distintas sociedades locales, considerando la complejidad de los distintos procesos de identificación y su historicidad. Es decir, la combinación de identidades religiosas, nacionales, locales, lingüísticas, generacionales o sexuales, así como sus configuraciones episódicas en el contexto de lo que han sido los grandes acontecimientos internacionales. En cuanto al segundo aspecto, el de las fronteras, la revista aborda la construcción histórica de las fronteras interestatales, centrándose  en su movilidad, su elasticidad y en los itinerarios de los exiliados, inmigrantes o refugiados que las cruzaron y las cruzan desde principios de siglo. Al situar la importancia del territorio en el centro de la reflexióny privilegiar en última instancia  una historia social de las zonas fronterizas y de sus habitantes, los diversos artículos tratan de ir más allá de la abstracción geopolítica  para restaurar estas zonas de contacto en todo su espesor y densidad históricas.

Philippe Bourmaud, por ejemplo, trabaja sobre las fronteras de los Estados postotomanos,  estudiando las divisiones territoriales y el establecimiento de diferentes códigos de nacionalidad durante la década de 1920, pero también las nuevas articulaciones entre derecho de sangre y derecho de suelo y sus  consecuencias en términos del derecho de los refugiados. Esta historia secular de las categorías de nacionales, particularmente significativa en el caso de los palestinos desplazados después de 1948, permite al autor reflexionar sobre el proceso de exclusión, la discriminación y la situación de apátridad que se han ido desarrollando gradualmente en la región . Jean-David Mizrahi investiga los confines sirio-transjordanos  desde finales del siglo XIX hasta el inicio de los Mandatos, para señalar el paso de una “región fronteriza” a una “línea fronteriza”, un cambio cargado de consecuencias para la las poblaciones locales. Siguiendo  paso a paso las trayectorias de las familias en el exilio, de los bandoleros, los campesinos o trabajadores, muestra que la mezcla de personas, en toda su fluidez  identitaria, ayudó a producir una “nación árabe” vivida y habitada, probablemente más segura y duradera que los discursos políticos. Benjamin Thomas White y Seda Altuğ analizan  el proceso de fabricación y consolidación de la frontera turco-siria en los años 1920 y 1930, desde ambos lados de la línea de demarcación territorial,  dialogando directamente con Jean-David Mizrahi: lejos de ser una aproximación diplomática y geopolítica de los dispositivos fronterizoa , destacan la articulación de los discursos  sobre “la inseguridad fronteriza” y el fortalecimiento de los aparatos estatales. Por otra parte,  subrayan que, desde la parte siria, la potencia mandataria francesa toma la frontera más como un  limes imperial situado en el borde de su dominio colonial que como una frontera para la futura Siria independiente. Finalment,  Jihane Sfeir revisa una de las fronteras más emblemáticas de la región, la que desde 1948 separa el Líbano de Israel, que antes de 1948 era una zona de intenso contacto entre las gentes del sur del Líbano y las de la Palestina del Mandato. Estudiando el periodo 1943-1958, el paso de una frontera abierta y porosa a una barrera militar destinada a ser hermética e impenetrable, examina el impacto de los nuevos dispositivos fronterizos sobre las identidades libanesa y palestina, que surgen como mirándose en un espejo.

construcción histórica de las fronteras entre los Estados en el Oriente Medio, centrándose de nuevo en su movilidad, su elasticidad y las rutas de los exiliados, inmigrantes o refugiados que cruzaron y Criss desde principios de siglo. Al situar la importancia del territorio en el centro de la reflexión, poniéndose de pie más cerca del terreno y del terreno, muy a menudo ignorada por la historia de las relaciones internacionales, centrándose en última instancia, una historia social de las zonas fronterizas y de sus habitantes Los diversos artículos tratan de deconstruir la visión de una línea divisoria vacío de hombres, considerada como una mera abstracción geopolítica, para restaurar estas zonas de contacto en todo su espesor y densidad en toda su historia.
Al trabajar en el establecimiento de fronteras en los Estados postottomans Philippe Bourmaud estudio de las divisiones territoriales y el establecimiento de códigos de diferentes nacionalidades durante la década de 1920, pero nuevos vínculos entre el jus sanguinis y jus soli y consecuencias en términos de derecho de los refugiados. Esta siglos de historia antigua de las categorías de nacionales, particularmente rigurosa en el caso de los palestinos desplazados después de 1948, permite al autor para reflexionar sobre el proceso de exclusión, la discriminación y la apatridia que se había desarrollado gradualmente en la región .
Jean-David investigación Mizrahi, por su parte en la frontera con Siria Transjordania de finales del siglo 19 hasta el comienzo de las órdenes, para destacar la aprobación de una “región fronteriza” a una “línea de frontera”, cargado de consecuencias para la las poblaciones locales. Al seguir paso a paso, las trayectorias de las familias en el exilio, los bandoleros, campesinos o trabajadores, muestra que la mezcla de hombres en toda su fluidez de la identidad, ayudó a producir una “nación árabe” vivida y habitada, probablemente más seguro y más duradero que los discursos políticos.
Al analizar el proceso y la consolidación de la frontera turco-siria en los años 1920 y 1930, los dos lados de la línea de demarcación territorial, Benjamin Thomas White y Seda Altuğ interactuar directamente con Jean-David Mizrahi: lejos de ser una se acercan los dispositivos de la frontera diplomática y geopolítica, destacan las intervenciones de conjunto sobre “la inseguridad fronteriza y el fortalecimiento del aparato estatal, subrayando que la parte siria, la potencia mandataria francesa aprehende especialmente frontera como una lima imperial en el borde de su dominio colonial, y no como una frontera para el futuro independiente de Siria.
Jihane Sfeir finalmente regresó a una de las fronteras más emblemáticos de la región que desde 1948 entre el Líbano e Israel, que antes de 1948 era una zona de intenso contacto entre las personas del sur del Líbano y los de la Palestina del Mandato. Al estudiar el periodo 1943-1958, el paso de una frontera abierta y porosa en una barrera militar destinado a ser hermético e impenetrable, se examina el impacto de la nueva frontera dispositivos de la identidad libanesa y palestina, que están surgiendo, así como espejo.
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Las revistas académicas y su evaluación

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 14, 2009

El economista francés Florence Audier retoma (en la laviedesidees) el asunto de la clasificación de las revistas académicas y sus consecuencias sobre la evaluación del conocimiento científico. La cuestión central, que lleva agitando al mundo universitario galo desde hace meses, es si la financiación de la enseñanza superior dependerá de la bibliometría, es decir, si éste será el indicador supremo de la actividad y la calidad de la investigación. Por tanto, aunque el texto hace referencia a una disciplina vecina y no a la nuestra, creo conveniente poner las barbas a remojo.

Dice Audier que durante mucho tiempo  los economistas (y otros), basándose en las prácticas características de  las “ciencias duras”,  han establecido la publicación de artículos en revistas internacionales “con comité de lectura” como el mejor criterio de ” excelencia “, aceptando una jerarquía más o menos explícita en estas revistas, la mayoría de las cuales son anglosajonas.

Más recientemente, se ha fijado una clasificación, esta vez claramente jerárquica, por parte la sección 37 de la Comisión Nacional (encargada de los ramos  de economía y gestión), con el doble propósito de ser un “apoyo a la decisión y no un medio de clasificación ciega y automática que sustituiría eo ipso a una instancia de decisión y evaluación cisntíficas”. En concreto, se trata de establecer, de acuerdo con la comunidad afectada, una lista que “sirva a los evaluadores para identificar mejor las revistas reconocidas y consideradas como de referencia. Y ello con la preocupación de “un contexto donde la bibliometría gana terreno… y de que no se imponga desde fuera una clasificación…”.  El reto era ofrecer un barómetro idéntico para todos, proporcionar puntos de referencia en disciplinas o sub-disciplinas sobre las que los evaluadores (compañeros o designados) no lo saben necesariamente todo o reducir las consecuencias de las muchas ideas falsas que circulan en ese medio. (Como sabemos, todo eso vale también para la historia y otras disciplinas adyacentes)

Este sistema se ha implementado  y la bibliometría, con toda su sofisticación, se ha generalizad0 a espaldas de la mayoría de nuestros colegas. Y lo que es peor,  la AERES (Agencia para la Evaluación de la Investigación y la Educación Superior) pretende clasificar sobre determinados criterios externos las unidades o individuos, imponiendo su “diagnóstico” a toda la comunidad científica, incluso proponiendo, lo cual sobrepasa su mandato, cambios estructurales. Así pues, parece llegado el momento de realizar un examen más detenido de lo que significan estas “listas”, y en particular la que nos afecta.  En ese sentido, conviene detallar quiénes son los contribuyentes a las revistas que la comunidad francesa de la economía y la empresa  ha puesto en lo alto de la lista.

El uso de estos “instrumentos” supera con mucho lo inicialmente fijado, y a través de ellos se decide la concepción del trabajo científico y su eventual fecundidad. Además, es sobre estos criterios de evaluación y las trampas que contienen que quisiéramos ofrecer elementos de debate, especialmente a partir de determinados datos empíricos. En efecto,  a través de la AERES y la DPA del CNRS, este indicador tiende a invadir todas las esferas de la evaluación y a eclipsar  las demás, y ello a pesar de las críticas. Pero  las cosas van muy lejos:  algunos miembros del  CNU usan esta clasificación para decidir quién está en mejores condiciones para acceder a una plaza. En otras disciplinas, incluidas las humanidades y las ciencias sociales, pero también en astronomía, por ejemplo, las comunidades de científicos se han levantado para rechazar esta “dictadura de la publicación”, resumida en aquello de  “publicar o perecer” , y el European Reference Index for the Humanities ha renunciado a clasificar las revistas en A, B o C, decantándose por listas indiferenciadas

[Con permiso del profesor Audier, eso es algo que no he podido confirmar, porque la última notificación de la ERIH señalaba precisamente todo lo contrario, la creación de una nueva categoría, la W, para aquellas publicaciónes con menos de cuatro años de vida. Por otra parte, el acuerdo de este pasado verano sólo señalaba sobre este punto lo siguiente: "We agree fully that it is important to distinguish the issues of quality from those of scope and audience. These were indeed the intentions of the ERIH in differentiating between international and national journals. Nevertheless, we understand and accept that these three categories could be misperceived as a kind of ranking. The ERIH is therefore in the process of rethinking this categorization in A, B, and C, and of remodelling it according to a division into international, national or regional". Es más, su última presentación sólo cambia los nombres y, así, la A pasa a ser INT1, la B se convierte en INT2 y la C es ahora NAT, por National Journals]. Pero sigamos:

academic journals

Recordemos primero que la idea de remitir a listas de revistas jerarquizadas se defiende de acuerdo con “las mejores prácticas internacionales”, es decir, las prácticas  anglosajonas, o al menos así parece. En realidad,  lejos de practicar este “monocultivo” en humanidades y ciencias sociales, e incluso en economía, los estadounidenses todavía parecen esforzarse con denuedo en publicaciones académicas y publicaciones de libros, especialmente a través de editoras universitarias, lo cual en Francia ha desaparecido desde hace mucho tiempo. El préstamo que se hace de las prácticas americanas sólo es, por tanto,  parcial  y quizás no de lo mejor. Repasemos  la revista Journal of Economic Literature (JEL). En 2007, por ejemplo, en cuatro números, la JEL edió 1.256 páginas. Pero no todo son artículos, pues hay amplias reseñas de un considerable número de libros: 84 libros fueron comentados ese año. Además, 1.604 referencias de libros (annotated listings), a los que se dedicaron entre 15/20 líneas. El índice de autores de nuevos libros  (la gran mayoría son estadounidenses  o,  en cualquier caso,  anglosajones), que resume los libros publicados a lo largo del año, contenía cerca de 2.600 nombres, y sólo este índice ocupaba 25 páginas. Y luego está la lista completa de las “tesis doctorales”, que también suponía un lugar importante en la revista.

Por tanto, ¿escribir artículos y publicarlos tiene un interés secundario? Distingamos los puntos de vista.

Desde la perspectiva de la difusión del conocimiento o más ampliamente de la difusión de los resultados de los trabajos o la expresión de puntos de vista, una revista parece a priori muy adecuada para una difusión amplia y rápida, tanto en papel como en formato digital, con o sin “comité de lectura”. Estimular el debate, lanzar hipótesis teóricas o líneas de interpretación de los acontecimientos, interrogar las políticas, hacer recomendaciones: la forma articulo no sólo es apropiada y útil, sino que puede parecer indispensable, sobre todo debido a su característica “no-perenne”. En un artículo, uno debería poderse arriesgar,  lanzarse,  equivocarse,  obtener “respuestas”,  ajustarse o no a los propósitos, seguir o no adelante. Los números de las revistas se encadenan, el próximo desplaza al precedente… Especialmente en las disciplinas que se describen como “no acumulativas”, es decir, en las que no se está obligado a conocer el trabajo de todos los colegas para aportar algo -incluso aunque obviamente sea deseable estar al día de la bibliografía-,  la naturaleza potencialmente efímera de las revistas no plantea grandes problemas, y todo autor es capaz, si lo desea, de retomar sus artículos para sintetizarlos en forma de libro.

A diferencia de los artículos, un libro (no hablamos de ensayos) requiere madurez y distancia, y el autor será juzgado por su cultura, la fuerza y la coherencia de sus argumentos y la tesis que defiende, su capacidad para responder o incluso anticiparse a las objeciones y especialmente por su contribución específica, dado el estado de su campo…  Sin esperar la “obra maestra”, se exigirá un cierto nivel de exhaustividad, se considerarán las referencias teóricas y su aplicación, la relevancia de los datos y su tratamiento, etc. En resumen, un libro destinado a durar, a depositarse en una biblioteca, supone mayor exigencia para el autor y el contenido. Y las críticas – positivas o negativas – pueden aparecer años después de su publicación. Además, ¿no es eso lo que señala que un libro o una tesis es “histórica”? Con pocas excepciones, todos sabemos cuáles son esos libros imperdurables. ¡Los artículos “fundadores” son muy raros! Así que ¿por qué ofrecer en lo relativo a la evaluación todo el espacio a los artículos, específicamente a ciertos artículos, y no a otros modos de expresión y de transmisión?

Dejemos de lado temporalmente el negocio que suponen las revistas para algunos editores y lo que se juegan al entrar en esas listas:  cualquier revista excluida se quedará sin contribuyentes y fenecerá; una “nueva” sólo conseguirá sobrevivir si encuentra defensores suficientemente potentes que le permitan entrar en ese club selecto, por ejemplo un grupo editorial bien establecido ya en la disciplina. De ahí, sin duda, su interés por señalar el lugar que ocupan en el ranking, su citation index, etc. Es decir, su interés por venderse bien, lo cual explica el excepcional trabajo de marketing que muchas de esas firmas despliegan, y eso no tiene absolutamente nada que ver con la calidad de las contribuciones.

Si consideramos ahora las consecuencias de estas decisiones sobre la propia investigación  y su futuro, tendremos que señalar algunos puntos “positivos”:  en efecto, el examen de los índices y de los  resúmenes permite identificar de forma relativamente cuáles son los objetos tratados – en un momento dado- por los investigadores (¿de todo el mundo?,  volveremos sobre el acceso a estos títulos y su difusión) y, en su caso, dialogar con ellos, entrar en contacto  (y más si hay afinidades), ubicarse en este complejo mundo que es nuestra “comunidad científica”. Esto también ayuda a saber qué temas están “de moda” – es decir, aquellos que han sido seleccionados por las revistas patentadas-, lo cual puede ser de gran ayuda para postularse antes  los distintos “organismos de financiación”. Por último, en el mismo sentido, uno se puede orientar por el laberinto de los apoyos,  para identificar sin riesgo “lo que hacemos mejor” e identificar cómo acceder o hacer acceder a ellos a nuestros doctorados .

Sin embargo, este sistema contiene graves deficiencias que son exactamente el reverso de sus ventajas,  pero que van mucho más allá. Nos gustaría subrayar aquí un aspecto insuficientemente discutido, y que no se encuentra – o menos – en las ciencias exactas:  el conformismo que este tipo de evaluación genera sobre los temas, paradigmas, origen y tipo de los datos utilizados, las formas de exposición y argumentación y, por tanto, la manera de reflexionar, escribir y convencer,   defectos que en gran medida aniquilan los beneficios potenciales de la forma “artículo”. Los ejemplos abundan: para tener la oportunidad de ser publicado, primero uno debe leer los consejos que se dan a los autores e impregnarse de los artículos de otros, para identificar y entrar en el molde. Si eres europeo, y especialmente de un país del sur, para tener la oportunidad de ser publicado es mejor buscar un coautor anglosajón, que ya haya publicado en alguna de las revistas que figuran en el “top list” o, mejor aún, que pertenezca a algún consejo editorial (a menudo son los mismos). Preferiblemente debe ser un universitario al que hayamos conocido durante el post-doc o al que su “patrón” haya hecho venir como profesor visitante (o viceversa) o con el que hayamos coincidido en algún congreso dónde nuestro grupo de investigación nos haya hecho el favor de promocionarnos (y financiarnos). Para tener alguna posibilidad de publicar, es mejor ayudarse alardeando de que el texto ya ha sido presentado varias veces durante esas ceremonias que son los grandes coloquios o  congresos rituales en los Estados Unidos, que ha sido leído y releído – y su autor ensalzado- por personalidades de prestigio (citando ampliamente nombres y autoridades vía agradecimientos, por lo general en una nota de primera página para asegurarse de que será leída), que la investigación publicada se ha beneficiado de subvenciones a cuyos donantes también se le está agradecido  y que se ha mejorado enormemente con los comentarios pertinentes de los evaluadores, etc.  En fin, todo ello presentado de modo que,  al juzgar – y eventualmente rechazar- un texto,  sea toda esa comunidad antes mencionada la que quede juzgada. No sólo porque se supone que ha contribuido a “mejorar” el texto, como queda subrayado, sino porque de alguna manera se compromete patrocinándolo.

Cuando el boquete queda abierto, uno ya puede amortizar por su cuenta los esfuerzos realizados, publicando acto seguido varios artículos, y facilitar el acceso a otros (¿a cambio de la reciprocidad?), de ahí que aveces se vean publicaciones en cascada de miembros de los mismos equipos en las mismas revistas  sin que las razones temáticas sean determinantes.

De ahí la sensación – muy extendida- de ver anuladas  las ventajas inherentes a la publicación de artículos: la falta de frescura (los artículos aparecen mucho después de su concepción), de espontaneidad y de riesgo en los trabajos publicados. ¿Los rechazados respondían mejor a los criterios establecidos? Por definición, eso es un completo misterio.

Para avalar estas observaciones de carácter bastante general se coloca la cuestión concreta de las revistas seleccionadas o no, y la de su clasificación. Esto nos lleva a otro universo, pues se trata de ofrecer visibilidad o negarla, de poner en cabeza  (o a la cola)  algunas áreas, ciertas  lenguas y ciertos paradigmas. Al hacerlo, se trata también de hacer prevalecer,  sin explicitarlo ni discutirlo, una concepción de la disciplina y de su futuro. Pues no se hace sino clasificar unas revistas respecto a las otras, por campos,  eligiendo cuál entra en competencia con cuál, etc.

(…)

Florence Audier continúa señalando que, en su caso,  la rama “economía-gestión” de la comisión nacional de la investigación (la llamada sección “37″)  ha seleccionado una lista de 705 revistas reconocidas como “válidas”. Entre éstas,  58 (8%) lo son en francés y el resto en Inglés. Además, en la primera versión de la lista,  de octubre de 2007, ninguna francesa había sido clasificada como “1*” o “1″, sólo dos en la “2 “,  quince en la “3″ y la gran mayoría en la “4 ” (40 de 58 revistas relevantes). En la versión de junio de 2008, se ha colocado una en la “1″. se trata curiosamente de  Annales, la revista fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre.

Leer más…

Apéndice: Posición de los “autores”  franceses y europeos en las revistas examinadas  por Audier (rama: economía y gestión)

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Historia del cuerpo en todos sus estados

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 8, 2009

Por duodécima ocasión, del 8 al 11 de octubre,  tiene lugar la ya célebre fiesta titulada “Rendez-vous de l’histoire”, con innumerables debates, conferencias, exposiciones, proyecciones y una feria del libro dedicada a la historia. Dejando de lado la envidia (cochina), el motivo central es  en esta ocasión “Le corps dans tous ses états“.

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Pascal Ory, miembro de su consejo científico, dice  a este respecto que  el cuerpo es una idea nueva en la historia. Los historiadores, que de hecho se lo encuentran por doquier, se han acercado a este objeto con cautela, incluso con cierta vergüenza.  Pero ahora las cosas han cambiado. Los temas que anteriormente se consideraban anecdóticos se tratan hoy con mayor ambición, combinando varias perspectivas:  económica, política, cultural, sensibilidades.  Ahora es  legítimo estudiar históricamente la cocina o la moda, la sexualidad o el deporte, y se hace con la misma seriedad que al tratar cualquier otro objeto. Además, ya tenemos las primeras síntesis, como la publicación en 2005-2006  de la primera historia del cuerpo en francés, con gran éxito internacional (Histoire du corps, tres volúmenes editados para Seuil por Alain Corbin, Jean-Jacques Courtine y  Georges Vigarello).

Al situar  “el cuerpo en todas sus formas”  en su agenda, el Rendez-vous de Blois quiere  recordar que hay muchas maneras de hacer la historia del cuerpo humano. El cuerpo alimentado (de las prácticas alimentarias a la gastronomía) y el cuerpo tratado  (de las prácticas sanitarias a la medicina profesional) ponen las bases de un campo donde, además, lo material se une a lo simbólico.  El cuerpo que desea (la sexualidad y el erotismo) y el que alumbra  (del control de la natalidad al aborto) imponen su  presencia, más allá de toda censura. Pero el cuerpo es también el lugar de la expresión, de los gestos al adorno (perfumes, cabello, bronceado, tatuajes y otras perforaciones en el cuerpo). Eso exige plantearse históricamente la cuestión de la belleza –concepto muy relativo, tanto en el tiempo como en el espacio–, así como interrogarse acerca del lugar tan diferenciado que pudo desempeñar en sociedades cuyo sistema religioso situaba o no al cuerpo en primer plano (incluido, en el cristianismo, el Hijo de Dios). La sociedad toma el cuerpo y lo pone en movimiento de forma reglada,  como la danza, el deporte y, más generalmente, los proyectos de “educación física” de los pueblos desde tiempos antiguos. Pero también sabe ponerlo a prueba en las violencias del espacio doméstico, el trabajo o la guerra. Por último, el cuerpo, velado o descubierto, sufriente o glorioso, siempre ha sido objeto de representación artística y, por tanto, un medio de influencia sobre el espíritu. En fin, un objeto nuevo que, en el fondo, es “el tema más antiguo del mundo.”

***

La participación española se limita esta vez a un par de películas y a la mesa “De la construction de l’histoire à sa transmission”, en la que participa Rafael Valls Montes como redactor de la revista Didactica de las ciencias experimentales y sociales.

Entre las variadas actividades, por ejemplo, la sesión del sábado 10 de octubre titulada: “Historiens, pourquoi tant d’ego?”. Por supuesto, el objeto es la egohistoria.  A ver si alguien se anima!

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Jacques Rancière y la emancipación: Crítica de la crítica del “espectáculo”

Publicado por Anaclet Pons en Septiembre 21, 2009

Este blog lleva ya lo suyo y acumula un buen número de entradas. De entre todas ellas, una de la más leídas (y la más citada) es la que hace referencia a Jacques Rancière. Así que, como homenaje a los muchos lectores que le siguen, añado otra entrada relacionada con este pensador.

Tomamos para la ocasión la entrevista que la Revue internationale des livres et des idées publicó este verano, realizada en el Musée des Beaux-Arts de Saint-Étienne en diciembre de 2008. En ella, el enrevesado pensador francés retoma los principales argumentos desarrollados en Le Spectateur émancipé (La fabrique, 2008), y más particularmente su crítica de la crítica del espectáculo (tal como es teorizada por Guy Debord) y su impacto sobre las posibilidades de emancipación intelectual, política y estética.

Recordemos, por otra parte, algunas novedades relativas a este autor. Por un lado, sus recientess libros Et tant pis pour les gens fatigués. Entretiens (Editions Amsterdam, 2009) y Moments politiques. Interventions 1977-2009 (La Fabrique, 2009). Por otro, Jacques Rancière. Politique de l’esthétique (Archives contemporaines, 2009), un volumen preparado por Jérôme Game y Aliocha Wald Lasowski que recupera un seminario celebrado en Lyon en abril de 2008.

Ranciere spectateur

Jérôme Game (JG): En Le Spectateur émancipé, su perspectiva es la de una crítica de la crítica del espectáculo: con este fin, reconstruye la red de presupuestos teóricos. ¿Puede precisar en qué consiste esta red y cómo funciona?

Jacques Rancière (JR): Básicamente, funciona de manera simple, en la medida en que, inicialmente, tenemos la condena del teatro como lugar del espectador, que se remonta al menos a Platón y consiste básicamente en dos proposiciones fundamentales. En primer lugar, ser un espectador es una mala cosa, porque un espectador es alguien que mira y en consecuencia se sitúa frente a las apariencias -y por tanto le falta la verdad, que está obviamente tras la apariencia o por debajo de lo que se ve. Así pues, una  primera tesis fundamental: ser espectador es mirar y mirar es mala cosa, porque eso no es conocer. El segundo argumento, relacionado con el anterior, aunque puede estar disociado,  consiste en decir: “ser un espectador es malo, porque un espectador está sentado, sin moverse”. Por tanto, ser un espectador es estar pasivo y, por supuesto, lo bueno es la actividad. La cuestión del espectador ha estado enmarcada inicialmente y durante mucho tiempo por dos pares de oposiciones fundamentales, a saber: mirar y conocer, por un lado, y ser activo o pasivo, por otro. Creo que en el fondo lo importante es la movilidad de este dispositivo teórico: funciona primero en el marco platónico donde trata de poner en orden la ciudad -”cada uno en su lugar”- y, por tanto, de prohibir el teatro, ya que sólo pasa a ser el lugar del desdoblamiento, el lugar que nos hace que no sepamos quién es quién o quién hace qué ni, por tanto, cuándo queda amenazado el orden de la ciudad. Pero, al mismo tiempo, esta oposición es susceptible de ser reproducida y desplazada constantemente, con lo que puede cargar con todos los valores del progreso, la revolución y la emancipación. Lo vemos muy claramente ya en el siglo XVIII con Rousseau, que retoma  esta crítica del espectáculo -pero centrándose, más que en la oposición entre mirar y conocer, en la de mirar y actuar, concluyendo que si uno busca algo en el teatro es precisamente porque uno ha renunciado a ello en la vida real. En consecuencia, lo que opone a la escena teatral es la fiesta popular de Ginebra o la fiesta cívica en la antigua Esparta. Así, queda atrapado en la oposición platónica, pues ya Platón oponía el desdoblamiento del teatro al coro o a la ciudad que incorporan,  y que no se ponen frente a sí mismos, que no contemplan el espectáculo sino que estan actuando.  Lo que Rousseau retoma es algo parecido, más aún cuando algo no deja de ser retomado: esta crítica de la mimesis se convierte en el siglo XIX en el núcleo de la crítica social. Podemos pensar en la forma con la que Feuerbach y Marx la retoman,  con la idea de que el fundamento de la dominación es la separación entre el hombre y su esencia, que se proyecta hacia fuera, allí, en la distancia, frente a él. A partir de ahí, el platonismo se convierte en revolucionario denunciando a todas esas gentes que son espectadores, es decir, a aquellos que ante todo se encuentran en la ignorancia -dominados al estar en un lugar donde abren  los ojos como cretinos y, desde luego, no ven cómo trabaja la máquina- y, en segundo lugar, lo que es más radical, eso que Marx toma de Feuerbach y que Guy Debord actualizará en nuestro tiempo con todos los ornamentos que sabemos:  esa idea de que ser un espectador es extrañarse frente a lass propias vida y actividad. ¿Qué sucede entonces?  Ocurre que la crítica platónica de la mimesis deviene la explicación de las razones de la miseria social -obviamente con la contrapartida de que toda crítica social va a querer liberar a los espectadores de su ignorancia, y acto seguido de su pasividad. Y para liberar a los ignorantes, antes hay que constituirlos como tales.

J. G. : Después de Artaud y Brecht, usted menciona en particular el caso de Debord en torno a una paradoja: por un lado, él sitúa la verdad como una no-separación, pero,  por otro lado, se plantea como algo malo la contemplación de las apariencias separadas de su verdad. En otras palabras, cuanto más antiplatónico parece  menos lo es. ¿Puede detallar cómo funciona esta contradicción?

J. R. : Hay una famosa frase de Guy Debord, que  parece antiplatónica,  que dice; “el hombre, cuanto más contempla menos es”, dada la oposición entre ser y ver. Pero, finalmente, es lo mismo, pues lo que le falta al espectador es precisamente la conciencia de que lo que tiene delante de él es su propia realidad, su propia esencia, su propia vida, su propia acción, que están separadas, que se convierten en extrañas. En ese momento, la crítica de la mimesis se convierte esencialmente -ese es  el título de una película de Debord-  en una crítica de la separación, es decir, la forma de situar el espectáculo como el mal absoluto, identificando el proceso por el cual el hombre proyecta su esencia fuera de sí mismo. De esto se sigue una distancia y una impotencia radicales: como todo el mundo está en el espectáculo, no hay ninguna razón para que nadie se salga jamás, ni siquiera quien conoce la razón de ese espectáculo. Hay una frase de Guy Debord que dice: “en el mundo realmente invertido, la verdad es un momento de falsedad”: más o menos significa que saber el motivo del espectáculo no cambia el control del espectáculo.  Queda, pues, finalmente, la autoridad de la voz que enuncia el poder del espectáculo. Esto es particularmente evidente al ver las películas de Debord ya que en ellas hay un desfile de imágenes indiferente en cierto sentido (no es absolutamente cierto; volveré sobre ello) y sólo cuenta la voz que dice: “estás ante estas imágenes, mirando como un cretino,  pues estas imágenes son como tu propia muerte”.  Esa voz que señala la separación,  en cierto sentido la consagra: dice que todos estamos en las imágenes -así será siempre-, pero nunca nos saca en ellas. Por otra parte, la película confía a las imágenes el encargo de decirnos que  hay una solución, a saber: no hay que mirar, tenemos que actuar. Es muy interesante ver en las películas de Debord, especialmente en La Société du spectacle, los préstamos que toma de  los westerns. Uno podría pensar que es una parodia cuando vemos a Errol Flynn cargando a su manera, espada en ristre; se podría pensar que se mofa de esos cretinos imperialistas americanos y de su mitología heroica, pero eso no es totalmente cierto. En cambio, nos lo propone como ejemplo, pues él dice que eso es lo que se debe hacer: hay que hacer como Errol Flynn o como John Wayne, corriendo al asalto de sudistas o indios. Éste es el modelo para lo que hay que hacer: el ataque de los guerreros proletarios contra la dominación del espectáculo. Al mismo tiempo, por supuesto, queda un espectáculo que confirma la autoridad de la voz que dice: “Siempre estará dentro”. Podemos entender de esta manera cómo  el situacionismo se ha convertido en la actual versión banalizada, como crítica del consumidor democrático embrutecido por los medios de comunicacion.   Lo que hay detrás es la forma en la que la tradición crítico-marxista revolucionaria ha absorbido una serie de supuestos no igualitarios: están los activos y los pasivos, los que miran y los que saben. Básicamente, esto equivale a decir: hay quienes son capaces y hay quienes no lo son. A partir de ahí, hay varias estrategias posibles: o bien creemos que necesitamos una vanguardia que una a la gente y sea capaz de inculcar en la cabeza de los incapaces la forma de escapar,  o bien adoptamos la posición del gran señor desencantado que concluye que, efectivamente, el momento de actuar ha pasado y que sus contemporáneos están condenados para siempre a quedarse dentro del espectáculo.

rancière

J. G. : Usted enlaza esta cuestión con la de la emancipación intelectual tal como la analiza en El maestro ignorante en torno a la figura de Jacotot. Usted establece una diferencia entre denuncia de la alienación (Brecht, Debord) y reapropiación de la relación con uno mismo que permite la lógica de la emancipación, lo que usted llama la subjetivación. El problema es que, en efecto, al denunciar la pasividad se supone una diferencia esencial: la diferencia activo/pasivo, con el reparto de posiciones y capacidades asociadas. Por el contrario, a su modo de ver,  la emancipación sitúa el acto de ver como la acción que transforma o confirma esa asignación a un lugar específico. ¿Puede volver  a lo que redistribuye lo sensible a través de esa reapropiación individual, y  sobre la cuestión del poder del principio de igualdad como un nuevo modo común?

J. R. : ¿Cuál es el nucleo de la crítica de Jacotot y qué supone de positivo? ¿La idea de la emancipación intelectual, que opone a la instrucción del pueblo? Lo que es esencial en Jacotot es la idea de que, en realidad, todo depende del punto de partida. O se parte de la la desigualdad o de la igualdad. El pedagogo común, no sólo en el sentido de profesor sino también de pedagogo  político, de líder como educador del pueblo o militante que le hace tomar conciencia, siempre parte de la desigualdad. La lógica habitual de la pedagogía es decir: “Se comienza con niños pequeños que no saben nada, gente común que está llena de prejuicios y no puede ver lo que tiene ante sus ojos y luego, poco a poco, progresivamente, con orden, los lleva desde su posición de desigualdad hacia una de igualdad”. Pero, por supuesto, ya que el maestro es siempre el que organiza el viaje de la desigualdad a la igualdad, la desigualdad se repite indefinidamente en el propio mecanismo que pretende suprimir. La reducción de las desigualdades deviene la verificación interminable  de la misma desigualdad. Lo  interesante es la forma en la que, como hemos visto, ese mismo proceso ocurre en el teatro. Lo curioso es que los reformadores del teatro, en particular desde principios del siglo XX, quisieron incorporar la crítica del teatro dentro del teatro. Platón o Rousseau decían: “El teatro es malo, hace que las personas sean ignorantes y pasivas” y, finalmente, se propone que sea el propio teatro el que repare su falta, con lo que el pedagogo haría que las personas fueran activas. Sabemos la importancia que tuvo en el siglo XX la idea de que el teatro debe hacer que los espectadores salgan de su pasividad. Puede ser a la manera de Artaud: que no haya espectadores frente a la escena, sino que estén rodeados por la acción, como  inmersos en el círculo de la acción, devueltos a  sus energías vitales,  que se han perdido en el espectáculo. Puede ser la idea de Piscator, la  de que el teatro debe ser algo así como una asamblea popular. Pueden ser todas estas prácticas tan extendidas en la Unión Soviética en los años posteriores a la Revolución, en tiempos de Meyerhold, que trataban de transformar la escena treatral en una acción comunitaria. Siempre ha existido la idea de que el teatro es en sí mismo una comunidad, que esa comunidad se ha perdido, que es necesario reencontrarla y que hay que reencontrarla precisamente aboliendo la separación entre visión y acción. El problema, como sabemos, es que, a pesar de todo,  a la lógica del teatro le ocurre lo mismo que a la lógica pedagógica, es decir, que para que el espectador sea activo los directores tienen que hacer un gran despliegue de medios, con edificios espectaculares, proyecciones cinematográficas, intervenciones de la supuesta vida exterior sobre el escenario, y así sucesivamente, y todas estas formas de hacer que el espectador sea activo son, de hecho, formas de aumentar el poder de la maquinaria teatral y de reforzar más aún la posición de espectador, que queda paralizado por lo que le llega.

Yo no soy un historiador del arte ni un filósofo del arte, etc. Trabajo sobre la experiencia estética como experiencia que produce una desviación con respecto a las formas de la experiencia ordinaria. En el fondo, ¿que hay en el corazón del régimen estético del arte? Constituir precisamente una especie de esfera de experiencia que rompa con  las lógicas de dominación -se está refiriendo al libre juego, ese concepto tomado de Kant y de Schiller y que define con precisión la salida de un relación jerárquica de dependencia, el juego del espectador libre ante la forma que está frente a él. Bourdieu y los sociólogos se burlan diciendo: “Hay que ver lo cretinos e ingenuos que son esos filósofos, que no saben que en realidad los trabajadores y los burgueses tienen sus propios gustos, sus maneras de ver, sus formas de juzgar y así sucesivamente”. Pero, precisamente, lo que está en el corazón de la ruptura que representa la experiencia estética es que las cosas se toman  a la inversa. En lugar de decir eso de que  ”ya se sabe que en realidad todas las personas tienen los sentidos que les convienen, y así sucesivamente”, lo que se propone es una experiencia que es una experiencia de perturbación de los sentidos, no en el sentido de Rimbaud (aunque cabe aquí) sino más bien como una forma de experiencia que rompe con respecto a las formas normales de la experiencia que son las formas de dominación. Si lo comento es porque lo he vivido, reconocido en toda la historia de la emancipación de los trabajadores. ¿Cómo se supone que empieza la emancipación obrera? Nada de explotación, dominación del capital y todo eso. Todo el mundo sabe de eso y los explotados siempre lo han sabido. La emancipación de los trabajadores es la posibilidad de constituir formas de decir, maneras de ver, maneras de ser que rompan con las impuestas por el orden de dominación. Así que la pregunta no es saber quién es el explotado; en cierto sentido,  la pregunta se puede incluso ignorar. Y en el centro de la emancipación obrera hay ese tipo de decisión, la  de ignorar en cierto modo que estamos obligados a trabajar con nuestros brazos mientras otros disfrutan de los beneficios de la mirada estética. Eso es lo que he comentado en Le Spectateur émancipé a popósito de ese breve texto de un modesto carpintero, que ya había trabajado también Gabriel Gauny, en el que relata su jornada de trabajo. Trabaja en una residencia burguesa, pone el parquet, es explotado por el patrón, trabajaba para el propietario, la casa no es suya, pero describe la forma en la que se apropia del espacio, del lugar, de la perspectiva que abre la ventana. En última instancia, ¿qué significa eso? Que realiza una especie de disociación entre sus brazos y su visión,  para fijar una mirada que es la propia de un esteta. Por supuesto, Bourdieu diría: “Ahí tienes la mistificación”.  Pero yo diría que hemos de tomar las cosas a la inversa: lo que importa es, precisamente, la no adaptación, la no identificación frente a un modo de identidad, frente a un modo de ser, de sentir, de percibir, de hablar, el que va adherido  a la experiencia sensible ordinaria tal como está organizada por la dominación. Todo esto ha sido muy importante para mi. Es lo que quiere decir emancipación, lo que significa esa especie de ruptura, esa oposición a una forma de organización sensible quebrada en el sentido más material, es decir, que finalmente los brazos hacen su trabajo y luego los ojos van por su lado.  He citado un texto que parece inofensivo,  pero que es de junio de 1848, cuando la revolución, aparecido en un periódico llamado Le Tocsin des travailleurs, y que no es nada. Significa que esta breve e inocua descripción describe el tipo de experiencias individuales, que pueden compartirse,  que hacen que algo pueda constituirse como una voz para los obreros, lo cual no es  eso de “los trabajadores nos juntamos y gritamos desde los tejados nuestras desgracias, etc.” No. Esto significa: “Se construye una capacidad colectiva de decir,  sobre la base de una transformación de nuestra relación con nuestra condición”.

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El resto de la entrevista en la Revue internationale des livres et des idées

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Habitación con vistas: Michelle Perrot

Publicado por Anaclet Pons en Septiembre 10, 2009

Tras dos meses de ausencia, Clionauta regresa. No obstante, su actualización será bastante errática, al menos durante algunas semanas. De hecho, este post es sobre todo un aviso de la irregularidad que se avecina.

Así pues,  retomamos de momento las entradas utilizando el título de la recomendable reseña que Claire Devarrieux firma en Libération. El volumen que analiza, y que llega a las librerías este septiembre, pertenece a la conocidísima historiadora francesa Michelle Perrot: Histoire de chambres. Seuil (La librairie du XXe siècle), 450 págs., 22 euros. L’Express, con autorización de Seuil, reproduce algunos párrafos que vamos a presentar:

Perrot Chambres

¿Por qué se escribimos un libro? ¿Por qué precisamente este libro sobre habitaciones, un tema extraño que ha sorprendido a muchos de mis interlocutores, vagamente inquietos al verme deambular por estos lugares sospechosos? Razones personales, que ni siquiera yo tengo claras, explican probablemente mi respuesta bastante espontánea a la “solicitud” de Maurice Olender que se preguntaba qué libro podría escribir. Un cierto gusto por la interioridad, extraído de la mística de los conventos para muchachas, del que más tarde me di cuenta hasta qué punto estaba impregnado de la edad clásica, el imaginario de los cuentos y sus maravillosas camas con dosel, la enfermedad vivida durante la guerra en la soledad angustiosa de una gran casa chejoviana, la sombra fresca de la siesta en los veranos calurosos de un Poitou casi español, el trastorno sentido al entrar en una habitación con el ser amado, el placer de cerrar la puerta en un hotel de provincias o en el extranjero tras un día sobregargado y repleto de palabras vacías o inaudibles: éstas son las razones, profundas o frívolas, de la elección de un lugar lleno de intrigas y recuerdos. Mis experiencias sobre las habitaciones irrigan este relato. Cada uno de nosotros tiene las suyas y este libro es una invitación a regresar.

Son muchos los caminos que conducen a la habitación: descansar, dormir, el nacimiento, el deseo, el amor, la meditación, la lectura, la escritura, la búsqueda de sí mismo, Dios, la reclusión, voluntaria o forzada, la enfermedad, la muerte. Del parto a la agonía, es el escenario de la existencia, o al menos de sus entresijos, de aquellos en los que, despojado de la máscara, el cuerpo desnudo se abandona a las emociones, a la pena, a la voluptuosidad. Pasamos allí casi la mitad de nuestra vida, la más carnal, la más adormecida, la más nocturna, la del insomnio, de los pensamientos errantes, los sueños, la ventana al inconsciente, si no a la otra vida; y ese claroscuro refuerza su atractivo.

Estas diagonales se cruzan con varios de mis centros de interés: la vida privada, la que allí se resguarda de forma distinta en diferentes épocas; la historia social del alojamiento, el de los trabajadores, deseosos de encontrar una “habitación en la ciudad”; la de las mujeres que buscan una “habitación propia”; la historia carcelaria polarizada por la celda; la historia estética de los gustos y los colores, descifrada en la acumulación de objetos e imágenes, y los cambios de decoración, el paso del tiempo que le es consustancial, que no es el tiempo que pasa, como decía Kant; éstas son las cosas. La habitación cristaliza las relaciones de espacio y tiempo.

El microcosmos de la habitación también me atrae por su dimensión estrictamente política, destacada por Michel Foucault: “sería necesario escribir una historia de los espacios – que sería al mismo tiempo una historia de los poderes, desde las estrategias de la geopolítica hasta las pequeñas tácticas del hábitat, de la arquitectura institucional, de la vivienda de clase o de la organización hospitalaria. [...] El anclaje espacial es un forma político-económica que debe ser estudiada en detalle”(“El ojo del poder”, entrevista con Michel Foucault, en Bentham, J., El Panóptico. La Piqueta, Barcelona, 1980). En ese sentido, tomaba, siguiendo a Philippe Ariès, el ejemplo de la especialización de las habitaciones como signo de aparición de nuevos problemas. En estas “pequeñas tácticas del hábitat”, la malla de los pueblos, el acondicionamiento de la ciudad, de la residencia, de la casa de campo, del inmueble, del apartamento: ¿que representa la habitación? ¿Qué significa en la larga historia de lo público y de privado, de lo doméstico y de lo político, de la familia y del individuo? ¿Qué es la economía “política” de la habitación? La hatitación, átomo, célula, remite a todo de lo que forma parte y de lo que es partícula elemental, parecida a ese ácaro, pequeño entre lo minúsculo, que fascinaba a Pascal, pensador de la habitación, para quien era sinónimo de retiro necesario a la quietud (si no a la felicidad). “Todas las desgracias de los hombres proceden de una sola cosa, que es no saber estar solos, tranquilamente, en una habitación”. Es una filosofía, una mística, una ética de la habitación y de su legitimidad. ¿Qué es ese derecho a retirarse? ¿Se puede ser feliz estando solo?

La habitación es una caja, real e imaginaria. Cuatro paredes, techo, piso, puerta y ventana estructuran su materialidad. Su tamaño, forma y decoración varían con el tiempo y los ambientes sociales. Su cierre, como un sacramento, protege la intimidad del grupo, de la pareja o de la persona. De ahí la importancia capital de la puerta y de su llave, el talismán, y de las cortinas, los velos del templo. La habitación protege: a uno mismo, a sus pensamientos, sus cartas, sus muebles, sus objetos. Como defensa, repele al intruso. Como refugio, acoje. Como trastero, acumula. Toda habitación es más o menos una “sala de las maravillas”, al igual que aquellas que en el siglo XVII creaban los príncipes ávidos de colecciones. Las de las habitaciones normales son más pequeñas. Álbumes, fotos, reproducciones y recuerdos de viajes le dan a veces un aire un poco kitsch a las habitaciones -museos del siglo XIX saturados de imágenes. Todos podemos abarcar con la mirada estos modelos reducidos del mundo. Xavier de Maistre, en su Viaje alrededor de mi habitación, se da el control del universo que ordena, falto de poderlo recorrer. Edmond de Goncourt describe su habitación como una caja envuelta en tapices y, entre los objetos, un cofrecillo que pertenecía a su abuela y que contenía sus cachemires, donde él guardaba sus recuerdos personales. “La forma imaginaria de toda habitación es la vida, pero no está en una casa, sino en una caja. Lleva el sello de quien la ocupa” (W. Benjamin, “París, capital del siglo XX”).

La metáfora de la interioridad, del cerebro, de la memoria (se habla de  una especie de “oficina de registro”), figura triunfante del imaginario romántico, y más aún del simbolista,  la habitación,  estructura narrativa novelesca y  poética, es una representación que a veces hace difícil capturar las experiencias, que las mediatiza. Están, sin embargo, en el corazón de este libro, a cuyo alrededor giran los capítulos. Extranjeros, fugitivos, pasajeros, obreros en busca de una habitación,  estudiantes interesados en una buhardilla y un corazón, niños curiosos y jugadores, amantes de las cabañas, parejas seguras o vacilantes,  mujeres ávidas de libertad o abocadas a la soledad, religiosos y reclusos con hambre de lo absoluto, eruditos que extraen del silencio la resolución de un problema,  lectores bulímicos, escritores a los que inspira la calma vespertina, todos ellos son, como  el rey, los actores de esta epopeya cameral. La habitación es el testigo, la guarida, el refugio, el envoltorio de los cuerpos,  durmientes, amorosos, reclusos, lisiados, enfermos, moribundos. Las estaciones le imprimen su huella, más o menos visible o apagada. Como las horas del día que la colorean de maneras diversas. Pero la parte nocturna es probablemente la más importante. Este libro es una contribución a la historia de la noche,  una noche vivida en el interior (si no propiamente interior), sordamente murmurada con suspiros de amor, con el paso de las páginas de un libro antes de acostarse, los crujidos de las plumas sobre el papel, el tecleo del ordenador, el murmullo de los soñadores, el maullido de los gatos, los niños que lloran, los gritos de las mujeres maltratadas, de las víctimas, reales o supuestas, de los crímenes de medianoche, de los  los gemidos y las toses de los enfermos, los estertores de los moribundos. Los ruidos de la habitación componen una música extraña.

Pero la habitación es ante todo una palabra y una excursión por los principales diccionarios – de la Grande Encyclopédie al Trésor de la langue française- que, declinando los usos a lo largo de las columnas,  reservan muchas sorpresas, sobre todo en lo referente a sus orígenes antiguos. La Kamara griega designa un área de reposo compartida con los “camaradas”, a los que habríamos concedido una postura más marcial: una habitación en suma.  Pero hay cosas más complejas. La cámara latina, término arquitectónico,  es  “la palabra con la que los antiguos designaban la bóveda para ciertas construcciones abovedadas. La bóveda procede  de Babilonia. Los griegos la utilizaban poco, excepto en las tumbas: había en Macedonia “cámaras funerarias alineadas con camas de mármol en las que yacían los muertos abandonados  a los efectos de la descomposición”: como embodegados. Los romanos tomaron prestada la bóveda de los etruscos, que hacían cenadores (cameraria) para brindar  alegremente y, con materiales ligeros como las cañas, recubrían las galerías de sus villas,  aunque, sin embargo, ignoraban  la “habitación”, incluida la matrimonial.

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Historia, literatura y testimonio

Publicado por Anaclet Pons en Julio 15, 2009

Thierry Sarmant comenta en Parutions Histoire, Littérature, Témoignage – Ecrire les malheurs du temps, la obra de Christian Jouhaud, Nicolas Schapira y Dinah Ribard que acaba de publicar  Gallimard-Folio.

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Christian Jouhaud y sus colaboradores prosiguen la empresa de crítica histórica e  historiográfica que comenzaron en 2007 con Sauver le Grand-Siècle? El propósito de la investigación es lo que en la jerga académica se denomina “écrits du for privé” (recuerdos, historias, diarios) y su utilización por los historiadores. Su período cronológico siempre ha sido  el siglo XVII y principios del XVIII.

La tesis de los autores es doble. En primer lugar,  que la distinción entre “escritura literaria” y “escritura administrativa” o “escritura documental” es muy arbitraria. La escritura “en bruto”, inconsciente de sí misma, no existe. El “testimonio”  pasivo es un mito: escribir es actuar. Todo  escritor escribe para un destinatario, para una audiencia, que puede ser la familia  o un superior o incluso una posteridad mal definida. Todo escritor utiliza recursos narrativos o estilísticoso, aunque sean toscos, para reforzar la eficacia de su discurso.

Los intendentes provinciales que desean obtener una rebaja de los impuestos o los autores de memoriales que piden algo para sus protegidos o para ellos mismos se sirven del modelo de la tragedia para ablandar a jueces y ministros. De modo que, cuando se los mira más de cerca, los presuntos testigos pasivos se revelan inmersos en los juegos de poder. Por tanto, como recoge Nicolas Offenstadt en Le Monde, todas las obras, desconocidas o canónicas, han de tomarse como auténticas  “actions par l’écriture”. La literatura, dicen los autores, deviene entonce “la réalité d’une force captée par toutes sortes d’auteurs, et non celle d’une culture diffusée et dégradée au fur et à mesure qu’on s’éloigne des écrivains désignés aux historiens par l’histoire littéraire”.  Todo ha de ser literaturalizado, descubriendo las operaciones de escritura que hay detrás de cada autor, el lugar que ocupa la escritura en su vida ordinaria, la lógica de su testimonio, las razones que le motivaron para coger la pluma, etc.

La segunda propuesta de Jouhaud y sus colaboradores se centra en la labor de los historiadores. Dicen que es difícil separar la escritura histórica de la literaria. Los historiadores usan y abusan de los procedimientos retóricos y no dudan, cuando les conviene, en manipular los documentos en los que se basan. La fuente o el texto citados,  la pretendida “carne de la historia”,  a menudo se convocan para producir un “efecto de realidad” y para reforzar un discurso concebido a priori. A la postre, la tesis brillante siempre es mejor que la verdadera, especialmente si esta última causa poca impresión.

Para ilustrar sus propósitos, los autores analizan los escritos de algunas de las principales figuras de la historiografía francesa de la segunda mitad del siglo XX: los de Marc Fumaroli sobre las memorias aristocráticas,  los de Pierre Nora sobre las “Memorias de Estado”, los de Emmanuel Le Roy Ladurie sobre Rétif de La Bretonne o los de Arlette Farge sobre el crimen y su castigo. De ese modo, se comprende  (si no lo sabíamos ya) que en Francia el “gran historiador” debe ser ante todo y sobre todo un buen escritor, y que la consulta de los archivos no es suficiente para abrir las puertas del Collège de France o el Institut.

Como Sauver le Grand-Siècle?, Histoire, littérature, témoignage es un  ensayo particularmente estimulante, sobre todo para el historiador de profesión. Sin embargo, cuando concluimos la lectura, después de tanto cuestionamiento de las fuentes, después de tanta “deconstrucción” del discurso histórico, prevalece la sensación de que falta algo. Nos gustaría que los autores se enfrentaran por su parte, desde su posición crítica, a una historia de “primer grado”, a una monografía, factual, escrita cerca de los documentos.

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Los intelectuales y sus pasiones: Élisabeth Badinter

Publicado por Anaclet Pons en Junio 29, 2009

Badinter

La editorial FCE publica este verano el segundo volumen de la trilogía de Élisabeth Badinter sobre el naciomiento de los “intelectuales” y las tres pasiones sucesivas que les estimularon. Tras los “deseos de gloria (1735-1751)” y antes de la “voluntad de poder (1762-1778)”, se traduce ahora: Las pasiones intelectuales. II. Exigencia de dignidad (1751-1762). ADNcultura, el suplemento de La Nación, nos adelanta un fragmento:

Las mujeres no esperaron el siglo XVIII para escribir y publicar obras literarias. La novela más bella de la literatura francesa es quizá La Princesse de Clèves (1678), y madame de Sévigné, la cultivadora del género epistolar más célebre de todos los tiempos. Las mujeres nunca tuvieron vedada la escritura, pero publicar ya era otro asunto; y publicar con el nombre propio, una verdadera audacia. Aunque en el siglo XVIII algunas se atrevieron a desafiar estas dificultades, la exposición pública de una mujer de letras no era algo natural. Como solía decir la madre de madame D´Épinay a su hija, una mujer “honrada” no da qué hablar.

No obstante, durante la segunda mitad del siglo, la República de las Letras es menos misógina que en el pasado. Pese a las sátiras o burlas de algunos, muchos son los que se muestran dispuestos a ayudar y a aplaudir a sus colegas femeninas. Al menos en el ámbito literario. Pues la filosofía y las ciencias aparecen como territorios prohibidos: ni una sola mujer figura entre los redactores de la Enciclopedia , ni siquiera para redactar el artículo que las concierne, y que ha sido vergonzosamente escrito a las apuradas por el poeta Desmahis. Son dos los motivos de esta ausencia del segundo sexo: la miserable educación que se imparte a las niñas y la absoluta prohibición impuesta a las mujeres de parecer intelectuales. El rigor, la abstracción y la austeridad de las disciplinas más nobles se consideran contrarias a su naturaleza. Y aquellas que se atrevieran a abordarlas perderían, en el acto, las virtudes de su sexo. Hizo falta toda la generosidad de Voltaire para alentar a madame Du Châtelet a publicar sus trabajos de física, y toda su lucidez para considerar a madame D´Épinay como una “filósofa”.

Asimismo son pocos los que, siguiendo el ejemplo de Dortous de Mairan y de Lalande, reconocerán la importancia de los trabajos científicos de una mujer como Reine Lepaute. Aunque ninguna de ellas haya mostrado el genio de un Marivaux, de un Diderot o de un Clairaut, se las considera precursoras para su género y para aquellos que simulaban ignorarlas mientras las utilizaban sin vergüenza. [...]

“La verdadera filósofa de las mujeres”

Cuando Voltaire llama a madame D´Épinay “mi filósofa”, nadie se toma en serio la fórmula. Sólo ven en esa expresión una amabilidad usual en él. Dos siglos de misoginia inconsciente borraron, si no las huellas, al menos el lugar específico de madame D´Épinay en el paisaje intelectual del siglo XVIII. Por buenas y malas razones, el siglo XIX coronó una novela autobiográfica que fue publicada después de su muerte. Las ediciones truncadas y manipuladas se sucedieron a un ritmo sostenido, y dejaron de ella la imagen de una mujer de letras como cualquier otra, y sobre todo, de enemiga de Rousseau. La publicación del texto completo en el siglo XX, cuyo manuscrito presentaba correcciones y añadidos de otra tinta, terminó de reducir a la nada su reputación literaria. Madame D´Épinay ya no era más que la amanuense de Diderot y de Grimm? Vale decir: poca cosa. En cuanto a su eventual estatuto de filósofa, ¿a quién podía importarle?

Fue necesario esperar hasta finales del siglo XX para que la novedosa voluntad de sacar a la luz la historia de las mujeres hiciera renacer el interés por madame D´Épinay. Hace apenas 15 años que se descubrió la amplitud y la calidad de su contribución a la Correspondance littéraire de Grimm y Diderot, la sutileza de su análisis sobre las mujeres, y que se le reconoció al fin el estatuto de pedagoga, el mismo título que Rousseau.

En 1756, madame D´Épinay tiene 30 años. Acaba de poner fin a una vida desordenada y desdichada. Casada a los 19 años con un libertino que no tardó en contagiarle sífilis, se separó de él en 1749 y tuvo un amante, Dupin de Francueil, que a su vez muy pronto comienza a engañarla. Madre de cuatro niños, dos de los cuales muy probablemente sean hijos de su amante, Louise d´Épinay conoce la vida superficial y mundana de su entorno de financieros. Su única actividad “intelectual” consiste por entonces en montar y representar obras de teatro sobre el escenario de su casa de la Chevrette. Gracias a Francueil, conoce a Rousseau, frecuenta a mademoiselle Quinault y las cenas del Bout-du-Banc, se vincula con Duclos, que la corteja sin vueltas, y por último conoce a Grimm a través de Jean-Jacques durante el otoño de 1751. Es la época en la cual su amante comienza a descuidarla, pero es difícil decir con precisión cuándo se convirtió en la amante del alemán. No obstante, se sabe a ciencia cierta que él se batió en duelo para defender su honor, a fines de 1752 o a principios de 1753, y se convierte en un asiduo de su salón cuando regresa de su viaje con D´Holbach en noviembre de 1754. De aquella época data la conversión de madame D´Épinay. Bajo la influencia de Grimm, se dedica a la escritura y a la educación de sus dos hijos. Hasta su partida para Ginebra en 1757, se deja dirigir voluntariamente tanto en su vida privada como en su actividad cultural. Ésos serán sus años de aprendizaje, que llegarán a su fin en el período ginebrino. Grimm le enseña el arte de la escritura. Un pequeño poema redactado en 1756, dirigido a él con el título de “Tyran le Blanc”, prueba la influencia decisiva que ejerce sobre ella y que ella aprecia no sin humor:

… ¡oh, de los tiranos el más tirano!
Usted quiere que yo versifique;
Usted le da órdenes a mi genio…
Primero pide una comedia,
Luego un retrato, luego un discurso
Sobre las gracias, sobre los amores;
Una novela, una historieta,
Unos versos de salón, una letrilla…
Por supuesto, sentado en una silla,
Usted ordenará cómodamente,
Sin tolerar que se diga nones.
Pero ¿dígame qué manía?
Le ha dado de querer sin piedad
Guindar mi estilo descuidado?…

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Una vez que domina sus ejercicios, madame D´Épinay comprende que su independencia pasa por la escritura. Con toda naturalidad, se toma a sí misma como objeto de estudio. Se lanza en una gran novela autobiográfica creyendo que su historia es representativa de la de muchas de sus contemporáneas. Al contar las humillaciones de su educación, de su matrimonio, de su vida como madre y amante, describe el banal destino de las mujeres de su tiempo y de su clase, que fácilmente podrían identificarse con “Emilie”. Simultáneamente, escribe para su hijo unas Lettres , que además son ensayos cortos sobre la educación. Ése es el punto de partida de una vocación pedagógica que sólo se acabará con la muerte. Pero su novela y sus ensayos se reúnen para trazar los contornos de un nuevo modelo femenino que dominará los siglos venideros: el de la madre todopoderosa. Preconizando por primera vez los beneficios del amor materno y los de una educación que no concierne más que a la madre, Louise al fin concedió a generaciones enteras de mujeres un estatuto de valor, intensificado por un poder efectivo que hasta entonces nadie había creído necesario atribuirles. En 1756, seis años antes de la publicación de Émile , este proyecto anuncia y prefigura las nuevas mentalidades.

Desde 1755, Grimm se dedica a realzar a Louise tanto en su Correspondance littéraire como por medio de una “Lettre à une dame occupée sériusement de l´éducation de ses enfants” ["Carta a una dama seriamente ocupada en la educación de sus hijos"], que publica en el Mercure . En ella, hace un elogio ditirámbico de su compañera, “Madre tierna e ilustrada, capaz de hacer marchar por la misma línea el sentimiento y la razón”. Luego publica en la Correspondance las diez Lettres a su hijo, otra “à la gouvernante de ma fille” ["A la gobernanta de mi hija"], y sus versos a “Tyran le Blanc” ["Tirano el Blanco"] entre junio de 1756 y enero de 1757. Pero Grimm y madame D´Épinay no se quedan allí. La Correspondance del 15 de junio de 1756 publica un extenso ensayo sobre la condición femenina que comienza así: “Está de moda hablar mal de las mujeres. Pareciera que los hombres, en todas las épocas, hubieran querido vengarse a través de la maledicencia del imperio que ellas ejercen sobre ellos”. Manifiestamente, el texto es de ambos. Él ataca a Buffon, que sostiene que la copulación es el único acto natural entre el hombre y la mujer, y a Rousseau, que declara que la mujer, inferior al hombre, debe por tanto obedecerlo, lo cual es “contrario a la razón e indigno del defensor de la igualdad de todas las condiciones”. Ella evoca el destino de las mujeres, exiliadas de la casa paterna, educadas en conventos, que no reciben ni instrucción ni moral firme. Seguramente, también sea ella quien describe a las jóvenes que, cuando salen del convento, son arrojadas a los brazos de un desconocido y unidas a él por los lazos indisolubles del matrimonio: “Los tiernos y sagrados deberes del himeneo se convierten de esa manera, por la tiranía de nuestras costumbres, en ultrajes al pudor; y la víctima es inmolada a los deseos del hombre”. Ella , por último, es quien muestra los miles de peligros que acechan a la desdichada ignorante en la sociedad a la que pertenece. Pero ellos concluyen, probablemente de manera conjunta, que las mujeres, guiadas por el sentimiento, son mejores que los hombres.

Desde entonces madame D´Épinay ya no dejará de meditar sobre la naturaleza y la condición femeninas. En el gran debate que en 1772 opondrá a Diderot y a Thomas sobre la cuestión de la mujer, ella tomará la posición contraria a la de las opiniones reinantes. Contra Diderot, quien considera que la mujer es guiada por su útero, ella sostiene que ésta es ante todo un ser racional. Denuncia el error, común a los dos hombres, por el cual “siguen atribuyendo a la naturaleza aquello que, evidentemente, nos viene de la educación o de la institución”. Según su opinión, hombres y mujeres son de una misma naturaleza. “Incluso la debilidad de nuestros órganos pertenece, ciertamente, a nuestra educación [...]. La prueba es que las mujeres salvajes son tan robustas y ágiles como los hombres.” De manera más general, sostiene que los dos sexos son susceptibles de las mismas virtudes y de los mismos vicios. La fuerza física, el coraje y la capacidad intelectual serían idénticos en ambos, si la sociedad y la educación no se dedicaran a diferenciarlos. La condición de las mujeres puede, en consecuencia, cambiar. Únicamente se necesitarían “varias generaciones para volver a ser tal como la naturaleza nos hizo”.

En la línea de Descartes y de Poulain de la Barre, Louise d´Épinay anuncia el feminismo universalista de Simone de Beauvoir. En las antípodas del pensamiento dominante, ella afirma, contra Rousseau y Diderot, que la diferencia sexual no tiene la importancia que ellos le asignan. A su juicio, la igualdad de sexos se deduce de su semejanza esencial.

Muy adelantada para su tiempo, no permitió, sin embargo, que se publicaran sus declaraciones dirigidas a Galliani. Presa de los prejuicios de la época, no estimaba conveniente que una mujer mantuviera una polémica pública. Por lo tanto, fue necesario esperar dos siglos para que se descubriera la extrema modernidad de su pensamiento. Aquella mujer a quien Fréron llamaba con maldad “Célimène” es más interesante de lo que se pensaba. Voltaire lo había visto muy claro: madame D´Épinay era, efectivamente, “la verdadera filósofa de las mujeres”.

[Traducción de Alejandrina Falcón]

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La historia inmediata

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 18, 2009

Jean-François Soule publicó hace ya varios años (1994) un librito titulado L’histoire immédiate, que  PUF incluyó en su colección  ”Que-Sais-Je ?”. Decía allí que “el término historia inmediata es justamente polémico. De hecho, no podemos  hacer la historia de lo instantáneo. Para que haya historia,  necesitamos un tiempo para la investigación y la reflexión, una cierta distancia. Sin embargo, si usamos a menudo -aunque no exclusivamente- la expresión historia inmediata -popularizada en los años sesenta por una colección de obras dirigidas por Jean Lacouture-, no es en sentido estricto, sino en sentido amplio, como sinónimo de cercano  y antónimo de lo lejano y distante.  Entonces, ¿por qué no utilizar “tiempo presente”", que ya es incluso el nombre  de un instituto de investigación del CNRS especializado en el estudio de la Francia contemporánea? En primer lugar, porque no nos parece más satisfactorio que el de historia inmediata. Utilizar  tiempo presente para evocar  la Segunda Guerra Mundial o incluso la guerra de Argelia no es convincente. Además, queremos diferenciarnos de los investigadores que limitan el período del llamado tiempo presente a partir de la fecha del acceso a los documentos públicos (30 años en la mayoría de los casos); más allá, según ellos, quedaría la aventura, el trabajo a ciegas,  apto pata todo tipo de riesgos. Esta opinión no es la nuestra. Creemos que, con o sin archivos oficiales, la historia puede y debe ser ser escrita, y la labor del historiador es posible, bajo determinadas condiciones, sobre fechas que nos son muy cercanas. En suma, entendemos por historia inmediata  el conjunto  de la parte final de la historia contemporánea, que abarca tanto el llamado tiempo presenta como lo ocurrido en los últimos  treinta años,  una historia cuya característica fundamental es haber sido vivida por el historiador o por sus principales testigos. “

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Todo eso y mucho más en su reciente libro: L’histoire immédiate  Historiographie, sources et méthodes. Armand Colin, 2009

Historiographie
1. La longue tradition de l’histoire immédiate.
2. Les caractères spécifiques de l’histoire immédiate.

Sources et méthodes
3. Les archives publiques et privées.
4. La presse.
5. Les sources littéraires.
6. Les sources  orales.
7. Les sources iconographiques et audiovisuelles.
8. Internet et les sources numérisées.

Más información en la reseña de Iván López cabello para Historia Actual Online (número 9, 2006, 234-236)  de “Pratiques de l’histoire immédiate”. Cahiers d’histoire immédiate, 29 (2006), 501 pp. Número especial: Colección de artículos aparecidos en los Cahiers d’histoire immédiate entre 1991 y 2005, presentada por Jean-François Soulet.

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¿Cómo piensan los profesores?

Publicado por Anaclet Pons en Abril 28, 2009

Michèle Lamont es profesora de  European Studies, de sociología y de  African and African American Studies en Harvard. Acaba de publicar How Professors Think. Inside the Curious World of Academic Judgment (Harvard University Press, 2009) y es entrevistada por nonfiction

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¿Cómo se evalúa la investigación en los EE.UU.?

Michele Lamont: Estudié la evaluación de las solicitudes de subvenciones a estudiantes y profesores que hacen investigación. Hay varios pasos. El organismo que distribuye las subvenciones oficiales emplea personas  cuya misión es ante todo identificar los evaluadores adecuados;  mediante  una amplia consulta con los miembros del consejo del organismo,  antiguos evaluadores y redes de expertos en la materia. Los evaluadores son finalmente elegidos porque tienen un alto nivel académico (en términos de calidad y cantidad de sus publicaciones)  y porque tienen buena reputación, además haber demostrado en el pasado un sentido de la equidad. Por otra parte, saben cómo comportarse durante las deliberaciones. Por ejemplo, saben escuchar  y respetar las normas de evaluación oficiosa que he descrito en mi libro: el pluralismo metodológico, la soberanía de cada disciplina, la necesidad de abstenerse cuando tienen una relación personal o profesional con el candidato. Este sistema es posible porque tiene una larga tradición, muy institucionalizada: los académicos saben lo que se espera de ellos en estos casos y cómo deben comportarse si no quieren ser desacreditados. Por supuesto, como también he señalado, este sistema está lejos de ser perfecto: hay intercambios de favores y evaluadores que tienden a favorecer el trabajo que se asemeja a su propia investigación. Sin embargo, los evaluadores que he estudiado creen que el sistema “funciona”. También creen que no hay una alternativa mejor. La mayoría de ellos son muy críticos con los indicadores bibliométricos, que se consideran insuficientes por muchas razones.

¿Qué diría del sistema francés?

Michele Lamont: El sistema francés se encuentra en transición. Hay una profunda crisis, en parte porque en  el pasado las comisiones de evaluación se componían de uno o más grupos “afines”  cuya legitimidad científica podía ser baja, incluidos los universitarios cercanos al mundo político o sindical, pero que no siempre tienen un registro de publicaciones de primer orden, mientras que los investigadores punteros podían negarse a participar. Por otra parte, en Francia, el acceso a un empleo  requiere a menudo un lobbying previo que es degradante para el candidato,  que reproduce unas  relaciones de clientelismo que son insalubres y que se opone al desarrollo de una cultura de la evaluación que  fortalezca la legitimidad de la Universidad.

Me parece que el principal problema es que este universo sigue estandohiper-politizado, en parte debido a la falta de recursos. Los universitarios no siempre ven como  evidente que un experto de alto nivel sea capaz de evaluar un proyecto de perfil o de proyecto haciendo abstracción  de sus intereses personales. No estoy diciendo que ese sea siempre es el caso en los Estados Unidos, ni mucho menos, sino que constato que un experto que no se esfuerza por separar claramente sus intereses personales de sus criterios de evaluación ve declinar su estatus profesional, y no se le invita a volver a formar parte de comités de evaluación. El localismo está asociado a la mediocridad  en este gran sistema universitario nacional, donde el rendimiento basado en criterios universalistas es visto como una marca de verdadera excelencia.

Hoy parece que el gobierno francés quiere reemplazar el sistema actual por un enfoque de gestión que podría fortalecer el localismo, y más “automatizado” (incluyendo un uso sistemático de los indicadores cuantitativos). Las reformas propuestas no parecen situar la experiencia de los investigadores en el centro de la evaluación. El sistema funciona en parte porque los evaluadores son reconocidos como expertos que han pasado gran parte de su vida desarrollando un profundo conocimiento de su campo de investigación, que les permite determinar cuáles son las nuevas preguntas que vale la pena explorar. En el caso francés, esta prerrogativa de los expertos está en tela de juicio. Parece que hay una profunda crisis de la experiencia en investigación, lo cual es bastante sorprendente en un país donde la vida intelectual es tan fundamental para la identidad nacional.

Parece necesaria una reforma del estatuto docente e investigador  ¿Cuáles considera que son los principios a seguir?

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Michele Lamont: Establecer un grupo de evaluadores, como el británico ESRC, es un enfoque interesante. Antes de ser reclutados como miembros del colectivo han de ser formados en la evaluación. Trabajan durante unos años y forman a sus sucesores. También son reconocidos oficialmente por este servicio a la profesión, lo que aumenta su prestigio y es un activo para su carrera. En Alemania, los expertos encargados de evaluar propuestas de investigación al más alto nivel son elegidos principalmente por su reputación de excelencia académica, lo que contribuye a garantizar que los estudiosos que tienen buena reputación, tanto personal como de  investigadores, estén  en la Comisión.

Estos dos enfoques, que son un esfuerzo por mejorar en la práctica (es decir, para hacer más coherente con sus ideales)  los órganos y procedimientos de revisión inter pares, me parecen preferibles a utilizar un enfoque de gestión y / o cuantitativo. El sistema de revisión inter pares del Consejo Canadiense de Humanidades y Ciencias Sociales, que he revisado recientemente, también es ejemplar en comparación con las normas internacionales relativas a las prácticas de  evaluación (véase  Promoting Excellence in ResearchAn International Blue Ribbon Panel Assessment of Peer Review Practices at the Social Sciences and Humanities Research Council of Canada).

La noción de “buen” investigador plantea muchos interrogantes. ¿Qué és un buen investigador?

Michele Lamont: La definición varía para las diferentes áreas de investigación. Por ejemplo, las ciencias humanas no tienen los mismos requisitos que la sociología. En mi ámbito, un buen investigador es alguien que identifica nuevas cuestiones teóricas reconocidas como importantes de inmediato. Debe ser capaz de abordar estas cuestiones a través de la evidencia empírica de carácter cualitativo o cuantitativo. Debe poder articular estrechamente  teoría y  análisis empírico, de manera que su trabajo pueda ser sometido con éxito al examen de sus colegas de  la misma disciplina. Un buen investigador también es capaz de mantener una razonable productividad durante varios años,  desarrollando un corpus con una cierta coherencia intelectual y que dialogue  con sus contemporáneos. En América del Norte, la reputación de ser un buen investigador se consolida por el sistema de contratación, donde  los departamentos y las universidades establecen la  jerarquía: los candidatos que obtengan una posición de titular en el mejor departamento son reconocidos por tener un status superior, y este estado se eleva si otros departamentos buscan atraerlo. La oferta, la demanda y el movimiento de profesores entre las instituciones, que también influyen en los salarios, desempeñan un papel importante y reducen la influencia del localismo en la contratación. La lógica de la situación imperante en el mercado tiene muchos defectos, pero produce evidentes efectos de legitimación. Por supuesto, How Professors Think presenta un análisis más matizado de los pros y los contras del sistema. En el sistema francés, por ejemplo, donde la gran mayoría de profesores son funcionarios públicos,  esa lógica no puede funcionar, o de una manera mucho más limitada. Sin embargo, debería ser posible eliminar los aspectos del sistema que más afectan a la justicia procedimental y a la universalidad de la evaluación-selección, tales como los grupos de presión interpersonales a los que demasiado a menudo se han de someter los  candidatos para los puestos docentes e  investigadores (enseignants-chercheurs).

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