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Gandhi y el honor patrio: otra polémica biografía

Publicado por Anaclet Pons en noviembre 25, 2011

Thomas Weber, un académico australiano buen conocedor de la vida de Ghandi, reseña para Insidehistory el reciente trabajo del periodista y escritor estadounidense Joseph Lelyveld: Great Soul: Mahatma Gandhi and His Struggle With India. Veamos:

Tal vez más se haya  escrito más sobre Mahatma Gandhi que sobre cualquier otra figura del siglo XX. Pero la mayoría de las biografías escritas en inglés y los principales estudios que se publican cada año desaparecen con bastante rapidez sin dejar rastro. ¿Por qué, entonces, la India ha quedado inundada por un paroxismo de indignación cuando se publicó Great Soul en los Estados Unidos, obra del Premio Pulitzer Joseph Lelyveld?

Durante su dilatada carrera como periodista ha cubierto para el New York Times tanto Sudáfrica, donde Gandhi vivió a principios de su carrera, como la India. Su nuevo libro, subtitulado Mahatma Gandhi and His Struggle With India, demuestra su conocimiento de ambos países y es guiado por el escepticismo característico del buen periodista. Cuenta la historia de un hombre que cometió errores, que a veces hacía cosas que parecían estar en conflicto con sus propias enseñanzas, que quería ser un santo, pero que podía ser demasiado político -también de alguien que tuvo una visión, quizá condenada al fracaso desde el principio, de cómo debe vivirse la vida y cómo, en palabras de Lelyveld, su “recalcitrante país” podía servir de modelo para el mundo.

Great Soul no es una biografía completa y desde luego no sirve como introducción a la vida de Gandhi y de su tiempo. Lelyveld prescinde de la juventud de Gandhi, centrándose en cambio en la forma en que los años de Sudáfrica hicieron de un abogado inexperto un activista político capaz de inspirar la movilización de masas entre los descontentos. Su objetivo es proporcionar un análisis más profundo para un público que ya sabe algo sobre su tema. Y, obviamente, respeta a Gandhi: aunque sus evaluaciones no son todas en positivo, queda claro que no se acerca al Mahatma para destrozarlo.

Una amplia amenaza  de prohibición del libro se extendió por toda la India, alimentada por una cascada de acontecimientos:  prohibición anunciada en algunos Estados concretos, discursos indignados de los políticos, titulares de periódicos hostiles y una agitada blogosfera india. El motivo por el que ocurrió todo eso probablemente dice más acerca de la situación política en la India que sobre el libro de Lelyveld.

Los gritos en favor de prohibir Great Soul se originaron en el estado natal de Gandhi, Gujarat, dominado  por el partido nacionalista hindú Bharatiya Janata. La indignación también cundió en el estado de Maharashtra, dominado por la derecha hindú, después de la lectura que del libro hiciera el Mumbai Mirror. Aunque Maharashtra finalmente desechó prohibirlo, lo más probable es que muchas librerías de Mumbai se hayan negado a venderlo, dada la historia de la violencia contra personas o instituciones relacionadas con los libros críticos de algún héroe local.

Que el Partido del Congreso, tradicionalmente secular y dominante a nivel nacional, barajara la idea de la prohibición es aún más sorprendente. El ministro indio de justicia, Veerappa Moily, estaba a favor, e incluso anunciaba una enmienda a la National Honour Act de 1971 para que los insultos al “Padre de la Patria” -como a Gandhi se llama en la India- fueran un acto de blasfemia de similar gravedad a los delitos contra la bandera nacional o a la Constitución de la India (con penas de hasta tres años de prisión). Dadas las críticas generales que en la India suscita la legislación sobre la blasfemia de su enemigo vecino, Pakistán, esto resulta el colmo de la ironía. Moily denunció el libro como “infudado, sensacionalista y chismoso… que denigra a un líder nacional”. Entonces, tras unos días de vacilación, se echó atrás, explicando que era una reseña del libro la que había llevado a la protesta y por tanto “no no se trata de prohibir el libro dado que el autor ha aclarado que él no ha escrito lo que se le ha atribuido a la obra”. La acusación de blasfemia se evaporó y, al final, prevaleció el sentido común.

En Gujarat, el problema no desapareció tan fácilmente. El primer ministro Narendra Modi denunció el libro como una perversión, acusando a Lelyveld del acto más condenable, “al lastimar los sentimientos de quienes son capaces de un pensamiento sano  y lógico”. Pidió que el libro se prohibiera en todo el país y exigió una disculpa pública del autor. La asamblea estatal votó unánimemente prohibir el volumen, con el líder estatal del Partido del Congreso instando al gobierno nacional a tomar medidas similares.

¿Cómo un libro, que agrega muy poco a lo que sabemos de esta bien documentada vida, ha encendido las pasiones de tal modo? ¿Y cómo pudo haber sucedido en un país democrático donde, además, el libro aún no estaba disponible?

La polémica se desató por la reseña de Andrew Roberts, “Among the Hagiographers“, aparecida en el Wall Street Journal el 26 de marzo, que era más una difamación de Gandhi que una seria reflexión sobre el libro. Dos días más tarde, en un artículo titulado “Gandhi ‘left his wife to live with a male lover’ new book claims” , el tabloide londinense Daily Mail reproducía partes de la reseña de Roberts, las relacionadas con las actitudes de Gandhi con el sexo. Curiosamente, dos días antes de que apareciera la pieza de Roberts, el ​​New York Times había publicado una crítica muy favorable (“How Gandhi Became Gandhi“) del biógrafo Geoffrey Ward, que creció en la India. De no haber quedado explícito, sería difícil adivinar que este y los dos otros artículos eran sobre el mismo libro. El de Ward no hurgó demasiado en las cuestiones controvertidas y no fue recogido por la prensa india.

Roberts, que se precia de ser del “ala de extrema derecha” y es un hagiógrafo del rival de Gandhi, Winston Churchill, comienza su reseña de Great Soul diciendo que el “generalmente admirarable”  libro de Lelyveld nos permite concluir que Gandhi “era un  bicho raro sexual, un político incompetente y un chiflado fanático -que era a menudo francamente cruel con los que le rodeaban … profesando su amor por la humanidad como concepto, cuando en realidad despreciaba a las personas como individuos”. El estudio está lleno de citas entresacadas, de injustificada vinculación de hechos y declaraciones dispares, así como de malas interpretaciones. Se trata de un catálogo de todo lo negativo, o de cualquier cosa que pudiera ser interpretada como negativa, de la biografía de Lelyveld, sin ninguno de los análisis comprensivos que incluye. Roberts se limita a señalar en un momento que “el señor Lelyveld no es inmune” a la hagiografía, “ponendo trabajosas excusas [sobre Gandhi] en cada esquina del libro, que sin embargo tiene una buena investigación y está bien escrito”.  En resumen, bajo el pretexto de una reseña, la pieza de Roberts empuja en otra dirección. Gandhi es una persona que no le gusta.

Los primeros escritos acerca de Gandhi por parte de los autores occidentales eran  admirativos.  Entre ellos, el libro que en 1924 escribió el pacifista francés Romain Rolland, Mahatma Gandhi: The Man Who Became One With the Universal Being, que hizo mucho por popularizar a Gandhi en Occidente [recientemente traducido al catalán]. Pero también hubo libros críticos. La americana anglófila Katherine Mayo visitó la India en 1926, entrevistó a Gandhi  y al año siguiente publicó Mother India, que se convertiría en el libro más popular sobre la India en la primera mitad del siglo XX. Se trataba de una apología de la subyugación de la India británica, centrándose en los temas de la suciedad, la enfermedad, el sexo, las desventajas, el analfabetismo, la opresión de las mujeres, la práctica inmisericorde de las castas, el maltrato de las vacas, los intocables, la enemistad entre hindúes y musulmanes, utilizando a menudo a Gandhi como una autoridad para respaldar su argumento, o para demostrar que él era parte del problema. Gandhi calificó el libro de “Drain Inspector’s Report”, pero al mismo tiempo que señalaba sus distorsiones añadió que “todos los indios pueden leer[lo] con algún grado de beneficio” para ver como los demás los ven y así corregir sus defectos.

     

La literatura revisionista sobre Gandhi y su papel en el desarrollo de la India ha continuado a buen ritmo. Autores como Arthur Koestler ( The Lotus and the Robot), Ved Mehta (Mahatma Gandhi and His Apostles) y V.S. Naipaul (India: A Wounded Civilisation) han tratado de demostrar que Gandhi era un reaccionario. Más recientemente, Jad Adams (Gandhi: Naked Ambition) produjo un volumen descreditador centrado en la sexualidad de Gandhi. Cualquiera que sea la primera opinión sensacionalista que su libro sugiere, el Great Soul de Lelyveld no se puede colocar cómodamente en esta compañía.

Las cuestiones destacadas por quienes han reducido el libro a unos pocos titulares -que Lelyveld afirma de Gandhi que era homosexual y racista- no quedan confirmadas cuando se hace una cuidadosa lectura de su libro. Gandhi se muestra como una persona de su tiempo: alguien cuya principal preocupación en el sur de África fue la obtención de justicia para su propia comunidad más que promover el bienestar de los negros. Más tarde, cuando sus ideas sobre la raza se desarrollaron al compás que lo hacían sus ideas, pudo reconocer la estrechez de su visión y pedir justicia para todos.

La referencia a la relación de Gandhi con su alma gemela en aquel momento, Hermann Kallenbach, no es un descubrimiento nuevo de Lelyveld. El autor está tratando de comprender al joven Gandhi y de hecho advierte que en una época “en la que el concepto de amor platónico tenía poca credibilidad”,  los detalles de una relación y las citas de las cartas “pueden ser fácilmente arregladas” para llegar a una conclusión que no está necesariamente verificada. James Hunt, el biógrafo más académico y simpático de la época de Gandhi en Sudáfrica, y fuente de Lelyveld, señaló que la relación pudo haber sido “homoerótica”, pero ciertamente no homosexual. Lelyveld señala que esto describe “una fuerte atracción mutua, nada más.”

En todo caso, esta breve discusión aparece como una divergencia de la historia principal que Lelyveld está exponiendo. Sin embargo, agarrándose a estos pocos párrafos, Roberts y el Daily Mail pintan a Gandhi como homosexual. Y en un país donde hay una enorme sensibilidad sobre el honor del Padre de la nación, y donde la actividad homosexual era un delito hasta 2009, esto tenía que correr como la pólvora por Internet. El 29 de marzo, el periódico de mayor circulación de Mumbai, el Mumbai Mirror, publicó un artículo en primera plana sobre el escándalo bajo el título “Book claims German man was Gandhi’s secret love“.  De inmediato se desató la tormenta y Great Soul se convertió en un referente obligado para los políticos oportunistas.

El libro aún no estaba disponible en la India, por lo que las demandas de prohibición llegaron de personas que no lo habían leído. Esto plantea la cuestión de si la reacción tenía que ver realmente con proteger la imagen del Padre de la Patria (que necesita poca protección externa) o con alguna forma de obtención de beneficios políticos. Como indica Tridip Suhrud,  científico social y especialista en Gandhi,  la decisión de prohibir cualquier libro, aunque sea imperfecto, “sugiere un aumento de la intolerancia con la cultura de la discusión y el debate”.  Es una lástima que los políticos indios, mientras proclaman con orgullo que su país es la mayor democracia del mundo, parezcan estar a la vanguardia de este aumento de la intolerancia.

La farsa al menos estimuló el debate público sobre los límites de la libertad de expresión en un país que defiende la importancia de este derecho, pero que siente la necesidad de equilibrarlo frente a la delicada cuestión de la armonía nacional. India prohibió Los versos satánicos de Salman Rushdie  en 1988 y en 2003 prohibió una novela autobiográfica de Taslima Nasreen, escritora feminista de Bangladesh y crítica del Islam. Como señaló la corresponsal de la revista Time, Jyoti Thottam:

El público indio está un poco cansado de este particular tipo de controversia y del debate de altas miras que le sigue. Se repite a menudo y no perdona a nadie, desde importantes políticos nacionalistas hindúes como Jaswant Singh [que escribió una biografía comprensiva de Jinnah, el padre de Pakistán] hasta activistas progresistas como Arundhati Roy. E inevitablemente, el final es el mismo -pocos puntos políticos anotados, los valores democráticos ligeramente comprometidos y los ofendidos autores que sufren poco más que un toque de notoriedad y la inconveniencia de una multitud de medios.

Otro comentarista señaló que estas prohibiciones no ofrecen un “un coste de oportunidad, pues la pequeña minoría de los lectores en inglés no se consideran votos útiles, mientras que la prohibición de un libro ofrece un acceso inmediato a la televisión nacional”.  Tal vez no por casualidad, se ha rumoreado que Narendra Modi tiene el ojo puesto en un papel político a nivel nacional.

La respuesta de Lelyveld a la protesta fue señalar que era una vergüenza para un país que se llama una democracia la prohibición de un libro “que nadie ha leído, incluyendo la gente que está pidiendo la prohibición”.  Con evidente ironía, agregó: “El libro fue prohibido en Gujarat por el gran gandhiano Narendra Modi”.  Un periódico de la India, The Hindu, acertó diciendo que “el Mahatma habría sido el primero en protestar en contra de cualquier sugerencia de una prohibición oscurantista”.

Las biografías son a menudo producidas por personas que aman y, por tanto, quieren alabar a sus biografiados, o por aquellos a quienes les disgustan y se proponen denigrarlos. Probablemente, Lelyveld ha llegado lo más cerca posible a la producción de una biografía imparcial de Gandhi. Los que veneran al Mahatma no pueden ser demasiado indulgentes con un libro que pinta un retrato de alguien que era muy humano, con los defectos que ello conlleva. Aquellos que se quieran representar a Gandhi como un farsante o algo peor, pueden encontrar un poco de munición, pero no justificación. El autor trata de comprender a Gandhi en sus propios términos, y hace un trabajo razonable. No hay nada negativo aquí que sea novedoso para los que están versados ​​en la vida de Gandhi. Pero aún así, es suficiente para que las personas con fuertes sentimientos pro o anti-Gandhi dispongan de munición para sus opiniones.

De hecho, Lelyveld demuestra el dilema al que se enfrentó Gandhi al tratar de ser un político interesado en la independencia nacional y un reformador social interesado en un cierto tipo de independencia: “ninguna causa -ya sea la unidad hindú-musulmana o la de la justicia para los intocables- tenía mucho predicamento entre las castas hindúes, especialmente las rurales,  la columna vertebral del movimiento que Gandhi y sus lugartenientes estaban construyendo”. De hecho, señala con perspicacia: “Decir que Gandhi no era absolutamente coherente no significa condenarlo por hipocresía, es reconocer que era un líder político preocupado por la tarea de construir una nación, a veces sólo por mantenerla unida”.

Lelyveld niega las afirmaciones hechas en las reseñas iniciales. El libro, escribe,

no dice que Gandhi fuera bisexual. No dice que fuera homosexual. No dice que fuera un racista. La palabra bisexual no aparece en el libro y la palabra racista sólo aparece una vez en un contexto muy limitado, en relación con una sola frase y no al conjunto de las actitudes de Gandhi ni a la historia de Sudáfrica.

En resumen, Great Soul ofrece un análisis real, no una hagiografía. Gandhi era una persona de su tiempo, con todo el bagaje que eso conlleva. Al igual que todos nosotros, no vino al mundo completamente formado. Se movió de realización en realización. Eso le permitió crecer, cambiar.

Se ha argumentado que algunos políticos de la India podrían no haber recibido de buena gana el libro porque muestra la forma en que han defraudado al Mahatma. Pero sus críticas, políticamente insinceras, han sido contraproducentes: hicieron que el libro fuera leído por muchos más indios de lo que hubiera sido el caso.

Curiosamente, casi al final de Great Soul, después de describir la masacre de Gujarat de 2002, en la que murieron 2.000 musulmanes y otros 200.000 quedaron desplazados, Lelyveld señala que esos asesinatos “fueron sancionados de manera tácita, incluso fomentados, por un partido de derecha hindú linealmente descendiente de los movimientos extremistas que fueron prohibidos durante un tiempo tras el asesinato de Gandhi por la sospecha de que habían sido cómplices en el asesinato. Ese partido [el BJP, encabezado por Modi] ha estado en el poder desde entonces en la capital del estado de Gujarat, llamada Gandhinagar, después de que el hijo favorito quien lamentaba su estigma de chovinismo expresara una doctrina de la identidad nacional llamada Hindutva“, que es “diametralmente opuesta a la doctrina de Gandhi”.  Un cínico podría pensar que esto, más que cualquier referencia a Gandhi como homosexual o racista, fue la verdadera razón de la reacción instintiva anunciando una prohibición del libro.

Al final, con todas las bravatas, el libro no fue prohibido, ni siquiera en Gujarat. Aunque Modi anunció en la Asamblea de Gujarat que el libro sería prohibido allí, la orden nunca se emitió. Sin fanfarria, contando con que incluso se volvió atrás. Un comentarista señaló que Modi “tenía la esperanza de ganar prestigio siendo el primero en prohibirlo y ahora se encuentra solo y ridículo”.

Lelyveld quedó obviamente sorprendido no tanto por el escándalo como por su enfoque. “Pensé que el libro podría ser controvertido por otras razones”, dice, “porque en mi lectura de lo que estoy haciendo soy algo crítico con la clase política de la India, básicamente por haber echado por la borda el objetivo de Gandhi en esta área de la reforma social y de la elevación espiritual, y me identifico con su sensación de que el movimiento básicamente sigue ofreciendo palabras huecas frente a sus objetivos. Así que pensé que podría ser controvertido -que un extranjero hiciera esas declaraciones. Pero, de hecho, nadie ha prestado mucha atención a lo que yo considero el tema principal del libro”.

Dado que el libro ya está disponible en la India, puede que algún miembro de la clase política india quiera leerlo -y tal vez prohibirlo.

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Ernest Gellner: biografía

Publicado por Anaclet Pons en marzo 4, 2011

Hace ya unos meses que apareció Ernest Gellner: An Intellectual Biography (Verso, 2010), de John A. Hall. Recordemos que este autor ya había analizado a Gellner y al nacionalismo en un volumen anterior.

Veamos un fragmento de esta biografía:

Cuando Ernest Gellner murió en diciembre de 1995 las banderas de la Universidad de Cambridge, donde había enseñado desde 1984 a 1992, ondearon a media asta. Eso refleja la posición que había logrado en los últimos años de su vida, como intelectual público capaz de hacer comentarios sobre una amplia gama de cuestiones. No significa, sin embargo, que sus opiniones hubieran perdido mordacidad. Si Gellner había labrado suy fama durante el escándalo que rodeó su temprano ataque a a la filosofía lingüística de Oxford, sus ensayos finales -con su no menos importante ataque a Isaiah Berlin como un “posmoderno de Savile Row”- fueron capaces de causar tanta o más indignación. Sin embargo, muchos sentían afecto por Gellner, cuya voz se les había hecho familiar, y al que a menudo acudían en busca de su orientación y su intuición. A la vez, muy pocos sabían qué hacer con él. Era difícil de definir. Durante dos décadas tuvo el curioso cargo de Profesor de Sociología, con especial referencia a la filosofía, en la London School of Economics & Political Science (LSE) -que ocupó, cabe señalar, en dos departamentos diferentes: primero en el de Sociología, a continuación en el de Filosofía, Lógica y Método Científico-, antes de asumir la cátedra William Wyse de Antropología Social en la Universidad de Cambridge. Al margen de ello, gozaba de reputación como estudioso del Islam, como teórico del nacionalismo, como filósofo de la historia y como historiador de las ideas. Terminó su carrera en Praga, la ciudad en la que había crecido siendo niño, aunque en sus últimos años estaba más interesado en la evolución de Rusia. Su condición de intelectual público descansaba en ese trasfondo, el de un polímata multilingüe,  un filósofo moderno. Fue citado a veces como uno de los últimos grandes pensadores de Europa Central, cuyo trasfondo judío significó una experiencia directa de los horrores del siglo XX.

Es posible aludir a lo que sigue observando la manera muy particular en la que Gellner se inscribe en esta última categoría. Los contornos de sus experiencias de formación son claras, y el propio Gellner las expresó mordazmente discutiendo la obra de Hannah Arendt. El aumento del sentimiento nacionalista a finales del siglo XIX creó un dilema para los judíos, especialmente aquellos que habían experimentado la Ilustración y el fin de la discriminación contra los judíos por parte del Estado. Gellner insistió en que el retorno a las raíces culturales siempre fue una ilusión, un pedazo de puro romanticismo que ilustraba de forma muy clara  señalando irónicamente que “fueron las grandes damas de la Ópera de Budapest las que realmente acudieron a la ciudad con vestido de campesinas, o al menos decían que eran vestidos”. Ilusión o no, los judíos sintieron el tirón de la pertenencia, tanto como les ocurrió a otros -tal vez incluso más. Pero la llamada romántica de la pertenencia afectó a la minoría de la comunidad judía y a la mayoría demográfica de dos maneras muy diferentes.

La minoría no se hacía la ilusión de volver. Sólo tenía el recuerdo del gueto, que por definición no era una comunidad o cultura autosuficiente, sino una comunidad a-románticamente (comercialmente) subespecializada en un mundo más amplio dentro del cual era definida peyorativamente. Aunque, de hecho, existe una nostalgia literaria populista para el shtetl, el romanticismo populista judío es al final una contradicción en sus términos. . .

Así que la reacción romántica situó a los judíos en un dilema. . . Se les privó en gran medida de la ilusión de un posible regreso a las raíces, una ilusión consentida por sus vecinos gentiles con entusiasmo y convicción. No codiciarás la Gemeinschaft de tu prójimo! Pero, por supuesto, se daba. Entonces, ¿qué hacer? Las opciones que se abrín lógicamente eran infiltrarse en la Gemeinschaft del Otro o crear una nueva y propia, hubiera habido o no campesinos disponibles en los últimos dos milenios que pudieran definir tal cultura popular.

Pero el deseo de entrar no significa que a uno se le permitirá hacerlo -o, peor aún, que se le autorice a permanecer dentro, como iban a descubrir los judíos alemanes relativamente asimilados. En consecuencia, surgió una tercera opción, el rechazo de las fuerzas igualmente homogeneizadoras de la asimilación y del sionismo, en nombre de un cosmopolitismo puro. Una versión política de este cosmopolitismo que tuvo consecuencias históricas en todo el mundo fue la de los activistas e intelectuales de origen judío que se convirtieron en el estrato fundamental de la primera dirección bolchevique y que  trataron de crear un imperio de la izquierda en el Este en el que se sentirían seguros. Una versión intelectual de este cosmopolitismo y con igual energía fue la famosa llamada de Karl Popper en pro de una sociedad abierta, en los que los anhelos tribales de la matriz – incluidos los de los sionistas – no serían tolerados. Pensadores de este tipo eran propensos a un romanticismo propio, propensos a olvidar que los imperios de los que procedían fueron más a menudo lugares de antagonismo étnico que  campos de multiculturalidad benigna. La lealtad al cosmopolitismo también puede ser exigente,  homogeneizando potencialmente en un modelo único,  con su énfasis en la universalidad de los valores humanos.

Los pensadores de ascendencia judía vivieron la tensión entre cosmopolitismo y etnonacionalismo de distintas maneras, y su ambivalencia en muchos casos se intensificó con la creación del Estado de Israel. La singularidad del pensamiento de Gellner se deriva de su aceptación de esta tensión, admitiendo las debilidades de cada posición, sin dejar de reconocer tanto el poder del universalismo como la importancia del nacionalismo. Por eso, Ludwig Wittgenstein, cuyo pensamiento disgustó a Gellner desde el principio, se convirtió en la gran ‘bestia negra’ en el libro que estaba escribiendo en el momento de su muerte. El filósofo austriaco se había movido de un respaldo total del universalismo a la aceptación acrítica de un relativismo völkisch, con lo que, para Gellner, estuvo absolutamente equivocado las dos veces. La particularidad de los logros intelectuales de Gellner se ilustra, además, con sucientas comparaciones con Popper, el pensador contemporáneo que más le  influyó. El contraste inmediato se refiere al nacionalismo: Gellner se tomó esta fuerza proteica mucho más en serio, principalmente por empatía con sus partidarios y porque  trató de comprender su atractivo emocional. Una infancia en la Praga de entreguerras, y no en Viena, ayuda a explicarlo, pero había otras diferencias fundamentales sobre la mesa. Gellner no creía que el nacionalismo pudiera ser usurpado simplemente por los ideales cosmopolitas. Por un lado, las buenas ideas es poco probable que tenga tanto poder por sí mismas. Por otra parte, Gellner difiere de Popper y de otros liberales en su creencia de que los valores de la Ilustración no se asentaron por completo, de que el universalismo no se justificaba como tal en términos puramente filosóficos. Veamos su punto de vista sobre el famoso argumento de Julien Benda de que la modernidad había sido testigo de una “traición de los intelectuales”. Uno podría esperar que un pensador de origen centroeuropeo y judío, muy consciente del bolchevismo y del fascismo, apoyara de todo corazón la tesis de una traición de los intelectuales a su legado. Pero Gellner no hizo nada por el estilo. Por el contrario, cambió las tornas y se volvió hacia Benda – la elección de hablar de “la traición de la traición de los intelectuales”. Para Gellner, un pensador como Nietzsche no había traicionado los valores intelectuales: más bien, su honestidad y su  rigor eran insoportablemente dolorosos de observar, y ciertamente dignos de la más alta aprobación moral. En cambio, Gellner vio a Benda como el traidor, a causa de su autocomplacencia injustificada sobre la solidez de los valores liberales y racionalistas. La posición liberal es en muchas formas más precaria que segura, y negar esto es falsear la historia intelectual moderna.

La propia estrategia de Gellner asentó su pensamiento -parcial pero poderosamente- en un particular resultado del desarrollo histórico, a saber, el más alto nivel de vida y el aumento de la esperanza de vida provocado por la ciencia moderna. Pero eso es sólo la mitad de su posición. Las consideraciones filosóficas son igualmente útiles para comprender la naturaleza de la sociedad moderna. Gellner es, pues, el filósofo de la industrialización y el sociólogo de la filosofía -una mezcla muy particular de una mente altamente armoniosa. Ello se refleja en su utillaje intelectual. Los temas clave, los autores y las ideas aparecen en contextos muy diferentes. Así, Weber es visto como el sociólogo del ascenso de Occidente, pero también como el mejor guía para la epistemología moderna. Hume ocupa el centro del escenario cuando está en discusión la teoría del conocimiento, pero sus argumentos sobre el entusiasmo y la superstición se usan como una clave para entender el desarrollo europeo y la sociología del Islam, y como una pista esencial para la genealogía de la sociedad civil. La mente de Gellner estaba equipada con una amplia gama de recursos intelectuales, cuya versatilidad era sorprendente y elegante. Es fundamental hacer tanto hincapié como sea posible en que él era, para usar la bien conocida oposición que Isaiah Berlin hizo famosa, un erizo, a pesar de que sus contribuciones en diferentes campos hicieron que algunos pensaran en él como un zorro.

Lo que más preocupaba a Gellner era simplemente la naturaleza de la modernidad. Su hijo David sugirió en cierta ocasión  que su padre quería producir una filosofía de la modernidad. Esto es útil, pero falta algo. La definición bruta de Gellner de la modernidad, de la industria y del nacionalismo  estableció un orden del día: su preocupación no era sólo explicar el surgimiento de la sociedad “blanda” y racional, así como los contornos de emociones que nos permite, sino también preguntarse si podría extenderse más allá de la lugar concreto en que se originó. Unió asuntos normativos y científico-sociales. No se limitó a definir la modernidad, sino que también trató de defenderla e incluso ampliarla.

Este es el momento adecuado para explicar mi propia conexión personal con Gellner. En el año académico 1972-3, siendo un joven estudiante graduado en la LSE, asistí a las veinte conferencias que dio sobre “Ideologías modernas”, efectivamente extraídas de su Legitimation of Belief (1974). Fue una experiencia emocionante. Para empezar, nada menos que un nuevo modelo del mundo, con sus ideas centrales e instituciones especificadas y analizadas, así lo ofrecía, desafiando al oyente a aceptarlo o rechazarlo. En pocas palabras, esta provocación me hizo pensar por mí mismo por primera vez. Más tarde, alrededor de 1977, llegué a conocer personalmente a Gellner. Yo daba clases en la LSE para completar sus cursos en filosofía social durante los años en que fue miembro del Departamento de Filosofía, Lógica y Método Científico. Posteriormente enseñé en el campus de Praga de la Universidad Central Europea en Praga, al que Gellner se trasladó después del colapso del comunismo -una experiencia que me permitió tener una idea de sus antecedentes y lo que significaban para él. Advertí que era un ser humano excepcionalmente atractivo:  ingenioso, muy amable, modesto y bendecido con un genio para crear una especie de tribu a su alrededor, cimentada por un sinfín de tarjetas postales -enviadas, en cierto sentido, para contrarrestar la sensación de soledad. A pesar de mis sentimientos de cariño hacia el hombre, este libro no es una hagiografía, algo sin duda él habría detestado. Debido quizás a su influencia, comparto algunas de sus aversiones, pero no acepto todos sus argumentos positivos o sus posturas normativas. Dicho de otra manera, no me reconozco a mi mismo como guardian de su vida y pensamiento, y así soy cuidadoso a la hora de  señalar cuáles de sus teorías y argumentos son, a mi juicio, problemáticos o erróneos. En términos más generales, trato de explicar el patrón de su pensamiento, para colocarlo en el contexto ya se ha señalado, en lugar de limitarme a enumerar y describir todos los argumentos que desarrolló.

Sin embargo, este vínculo personal me permite a veces basarme en mis propios recuerdos. Aunque pueda ser algo peligroso, al final es una ventaja. Los materiales a disposición de un biógrafo son muy limitados. Gellner pudo publicar la mayor parte de sus pensamientos. El Archivo Gellner depositado en la LSE contiene algún material, en particular: un manuscrito de “Conservatism and Ideology”, una enorme cantidad de detalladas notas de campo sobre Marruecos; piezas breves de aquel cambiante mundo del año que Gellner pasó en Moscú observando cómo la perestroika y la glasnost abrían las puertas a la extraña y repentina muerte de la Unión Soviética;  cierta correspondencia importante, sobre todo un intercambio de puntos de vista con Noam Chomsky;  y, sobre todo, lo que se llama ‘The Notes”, escritas entre finales de la década de 1950 y principios de la de 1960, en la que trabajó en sus posiciones intelectuales centrales, a menudo destilando sus pensamientos en aforismos. Además, la LSE amablemente me permitió examinar otra fuente útil, el archivo personal de Gellner. Esto, en combinación con casi la totalidad de sus pasaportes, ahora en poder de su familia, me permitió reconstruir sus movimientos con un grado razonable de exactitud.

(…)

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Tzvetan Todorov: entrevista

Publicado por Anaclet Pons en enero 18, 2010

Tzvetan Todorov acaba de publicar  La signature humaine. Essais 1983-2008 (Seuil), y con este motivo le entrevistan en Sciences Humanines.

¿Cuál es el significado del título de su nuevo libro, La Signature humaine?

Yo ya había pensado en esta fórmula, la “firma humana”,  cuando la leí  en un libro de G. Tillion. La frase me llamó la atención porque resume, de alguna manera, mi propio camino. He encontrado mi punto de partida, el signo, y mi punto final, los seres humanos! Cuando comencé mi investigación en la década de 1960, el estudio de los signos, en toda su variedad, era el marco general. Quería explorar sus diversas facetas a través de la teoría del lenguaje, la literatura, las artes. Luego me decanté por  lo que se oculta detrás de los signos. Me sentí atraído por la comprensión de la conducta humana en sí misma, y no sólo por las formas de expresión. Al mismo tiempo, me reconozco dentro de una tradición filosófica, el humanismo. Siempre me pregunto sobre la naturaleza de las elecciones humanas: políticas, morales y sociales. No tengo  una definición absoluta de lo humano; estudio más bien  las actitudes de los hombres ante los grandes retos con los que se enfrentan durante su existencia.

En este libro  bosqueja una serie de retratos de G. Tillion, R. Aron, E. Said, R. Jakobson, Bajtin, etc. ¿La vida de los autores puede esclarecer su obra?

Cuando yo era estudiante, había una suerte de dogma: hay que conocer “al hombre” y  a “trabajo”. Nuestros profesores postulaban una relación causal entre el destino individual de un autor y el contenido de sus libros. Mi generación se opuso al dogma. En la década de 1960, sentimos que la vida de un escritor, fuera la que fuera,  ofrecía poca ayuda en la lectura;  estábamos todos, como Marcel Proust, “contra Sainte-Beuve”. En la perspectiva estructuralista, el interés se centraba en las leyes que rigen los relatos, los sentidos metafóricos de la poesía; la referencia biográfica nos parecía irrelevante. Hoy en día, no es que crea que la vida explica la obra, sino más bien que “la vida” es, a su vez, una obra. Nuestra vida no es nada más que una serie de obras, algunas verbales, otras de comportamientos, y su interacción es altamente significativa.

¿Cómo?

Germaine  Tillion ofrece un ejemplo notable. Estudió antropología en la década de 1930, y luego la practicó sobre el terreno en Argelia. Después de la debacle, se unió a la Resistencia, fue detenida, encarcelada y luego deportada a un campo de concentración. A su regreso, solicitó un informe sobre el grupo étnico que había estudiado, los  Chaouias. Descubrió que no podía repetir los argumentos que había utilizado antes de la guerra. Sin embargo, no había recibido ninguna información nueva sobre esa etnia! Lo único que había cambiado era ella misma. Su vida en Ravensbrück le había enseñado a interpretar de manera diferente la conducta humana: los efectos del hambre, el papel del honor, el sentido de la solidaridad. Su identidad intervenía en su trabajo científico. Lo mismo ocurre en otras ciencias. Esto hace que un gran historiador, sociólogo o  escritor no son una mera colección de hechos, sino su relación y en el sentido de que se les da. Pero esta relación la lleva a cabo el sujeto con un aparato mental que es producto de nuestra propia existencia. El estudio de una obra, por tanto, no es poner entre paréntesis la identidad del investigador o escritor. Eso es lo que intento mostrar en mi “retratos”.

En su propia vida, ¿qué le llevó a reorientar sus pensamientos?

Una mejor integración en el marco en el que vivía, y la primera experiencia de la paternidad. Con el nacimiento de mi primer hijo, en 1974, descubrí en mi nuevos sentimientos, con una intensidad impresionante, generando una gran responsabilidad. En la vida de un individuo sin anclaje  social, especialmente sin niños, sigue existiendo la posibilidad de pensar en el trabajo -por ejemplo, la tesis que uno escribe- como un mundo en sí mismo. Si constantemente sientes la llamada de tu hijo, se hace difícil mantener un sello hermético entre su vida y pensamiento. Estaba feliz de ir más allá del encierro  en un mundo aparte, para encontrar una relación significativa entre lo que era y aquello sobre lo que estaba trabajando  -sin caer en la autobiografía. Esto me llevó a interesarse más por el mundo en que vivía, no sólo por el conocimiento abstracto.

En La Signature humaine, estudia los autores a través del prisma de las experiencias dolorosas que padecieron: la enfermedad, el duelo, la experiencia de los campos… ¿Hay que sufrir para pensar?

Es una pregunta formidable, pero no me atrevo a dar una respuesta. ¿Es porque no he sufrido lo bastante? Veo que de hecho existe una relación preocupante entre vulnerabilidad, sufrimiento y capacidad de ir más lejos en la comprensión de lo humano. Como si la felicidad bloqueara el camino a la comprensión de lo más profundo … o puede que mi teoría sea errónea, lo cual es reconfortante para mí, o puede simplemente que sea un pensador pobre! Tal vez trato de compensar la ausencia de la experiencia dolorosa en mi propia vida apasionándome por la de otros. Y  sobre todo por las personas cuyo recorrido tiene algo de quebrado, vulnerable, incluso trágico. No me siento atraído por el héroe, ni por los “monstruos”. Prefiero a entender a los seres falibles, cuya vida se asemeja, como dijo Montaigne,  a un “jardín imperfecto. Me parecen más representativos de la condición humana.

“Cada intelectual es un exiliado de su condición natal,” escribe. Usted mismo ha vivido en el exilio, de Bulgaria a Francia. ¿De qué modo esta experiencia le puede ayudar a reflexionar sobre el mundo?

Yo me considero un  hombre desorientado”, no sólo porque he cambiado de país, sino también porque tiendo a imponer cierta mirada desorientada sobre el mundo. En este sentido, el  intelectual difiere del militante. Su papel no es tomar medidas para lograr un objetivo, sino para comprender mejor el mundo, por lo que debe  escapar de lo obvio. El exiliado no comparten las mismas costumbres, con lo que queda asombrado de lo que parece obvio a sus nuevos compatriotas. El exilio introduce una distancia entre uno mismo y el entorno en que vive, lo cual es propicio para el pensamiento. Pero no es necesario! Muchas personas lo consiguen sin haber vivido la experiencia del exilio físico. Digamos que el cambio de país, cuando sucede  sin drama, facilita el desprendimiento necesario para el trabajo intelectual, que funciona mal si nos confundimos con los actores que estudiamos.

¿Qué relación tiene con el compromiso político?

Yo crecí en Bulgaria en la posguerra. El totalitarismo reinante no favorecía el compromiso. había dos carreras posibles: o se hacía carrera en el Partido Comunista o le dabas totalmente la espalda a la vida pública. Al igual que muchos búlgaros, opté por este segundo camino. Establecía  una ruptura radical entre “ellos”, los que dirigían el país, y yo. Así que es como si me hubieran puesto una vacuna que me mantuvo alejado durante mucho tiempo de cualquier interés político. cambié a partir de 1973, año en el que obtuve la ciudadanía francesa. Poco a poco, comencé a sentirme afectado.  Los asuntos impregnados de  valores morales y políticos me interesaban; el encuentro con otros, las fuentes de la violencia, la experiencia de los campos de concentración, el abuso de la memoria. Incluso escribí un pequeño libro sobre la guerra en Irak! Dicho esto, no me convertí en un activista. No tengo carné de ningún partido  y rara vez firmo menifiestos. Pero a veces tomo una posición. Por ejemplo, intervine cuando se  anunció el proyecto ministerial de identidad nacional,   porque la idea parece inconsistente en el plano antropológico y nociva políticamente.

Políticamente, se define como un moderado. ¿No puede ser uno un moderado en exceso?

En la historia reciente, el ejemplo de “moderación” excesiva sería la conferencia de Munich de 1938. Las potencias occidentales tratar de apaciguar  la agresión nazi, y ceden. ¿Pero es realmente una actitud moderada? era sobre todo una visión corta de miras. Evitar la violencia sólo es procedente cuando el peligro no es real. Pero en 1938, la amenaza nazi era evidente para cualquiera que quisiera abrir los ojos. Por mi parte, me reconozco en una forma diferente de moderación. Ningún poder sin límites es legítimo, eso nos enseñó Montesquieu. La moderación, en el sentido fuerte, no es debilidad, sino la limitación de cada poder por contrapoderes.  Es una organización del espacio público donde se tiene en cuenta la diversidad humana. No ceder ante la violencia, sino todo lo contrario. En el mismo sentido,  defiendo lo que yo llamo la civilización, nuestra capacidad de reconocer las diferencias de los demás sin necesidad de denigrarlos. ¿Soy, no obstante, moderado en exceso? Es su opinión …

En su libro vuelve repetidamente sobre la cuestión del mal. A su juicio, el mal está muy arraigado en la naturaleza humana. Si el mal está en nosotros, ¿cómo luchar contra él?

Yo no creo en un “mal” cósmico e inmutable, pero es cierto que lo encontramos bajo diversas formas  en cualquier etapa de la historia. Se origina porque cada uno necesita de otros, pero esos otro no otorgan espontáneamente  lo que aquél quiere. Este egocentrismo es especialmente peligroso cuando se convierte en colectivo. Los peores crímenes se han cometido para proteger a los  “nuestros” frente a una amenaza procedente de otros. Este maniqueísmo, que confunde “nosotros y los otros” con  “amigo y enemigo” o, peor aún, con “el bien y el mal”, es mortal. Trato de combatirlo con todas mis fuerzas – que son escasas.  Por eso, observo sus formas, y también las maneras de hacerle frente,  y lo expongo en mis libros. En este sentido, me siento próximo a las ideas de la Ilustración:  lucho contra el mal por medio del conocimiento.

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Los historiadores y la biografía

Publicado por Anaclet Pons en julio 3, 2009

En el número de junio, la AHR dedica su habitual mesa de debate al tema de la biografía. El objeto es introducido en esta ocasión por David Nasaw, de la CUNY, un historiador que ha dedicado sus últimas investigaciones al estudio biográfico de figuras tan relevantes como Andrew Carnegie y William Randolph Hearst.

The American Historical Review, 114, págs. 573–578, Junio de  2009

“AHR Roundtable: Historians and Biography”

Introduction,   David Nasaw

nasaw

“Durante mucho tiempo, los historiadores académicos han sido un tanto ambivalentes con el género de la biografía. Aunque sin duda reconocen que se trata de un tipo de discurso histórico legítimo y venerable, muchos son escépticos sobre la capacidad de la biografía para transmitir el tipo de interpretación analíticamente sofisticada del pasado que los académicos han supuesto desde siempre”. Así se expresó el editor de la revista en su invitación a los historiadores a participar en esta mesa redonda de la  AHR.

La biografía continúa siendo un hijastro arrinconado dentro la profesión, ocasionalmente pero a regañadientes se le deja en la puerta, más a menudo se le abandona fuera con la chusma. A los estudiantes de posgrado se les advierte para que no escojan biografías para sus tesis. A los profesores asistentes  se les dice que deben obtener la plaza y promocionarse antes de hacer una biografía. La universidad y las bibliotecas universitarias, incluida la mía,  evitan la compra de biografías. Y las principales revistas, ésta incluida, “rara vez publican artículos de índole biográfica [y, a menudo se niegan] a reseñar estudios biográficos”, tal como reconoce el editor de la AHR.

Esta caracterización de la biografía como una forma menor de historia está muy difundida. De hecho, en la mesa redonda varios participantes comienzan  criticando la biografía antes de defender su posición.  Judith Brown presenta su ensayo insistiendo en que ella no se ve a sí misma “como una biógrafa, ni a sus obras como biografías, en el sentido de seguimiento e interpretación de una vida desde la cuna a la tumba, ni en el más problemático  de tomar la persona como el único centro del análisis intelectual y de la argumentación”.  De este modo,  identifica el denominador común del ataque a su biografía como una forma degradada de escritura histórica. “La biografía no es historia”,  le dijo un bibliotecario a Nick Salvatore treinta y cinco años atrás, “porque la cuestión de la periodización es algo dado, al igual que la biografía está enmarcada por el nacimiento y la muerte del sujeto”.

A pesar de la persistencia de este tipo de críticas, los historiadores rara vez suelen estructurar sus biografías de esta forma ni toman sus sujetos  “como el único centro analítico e  intelectual” de sus argumentos. En la “R” de mi estantería hay biografías de Eleanor Roosevelt (Blanche Wiesen Cook), de Paul Robeson (Martin Duberman),  Ronald Reagan (John Patrick Diggins) y Jackie Robinson (Jules Tygiel). Cada uno toma como objeto no el individuo, sino la persona en un determinado contexto histórico. No se comienza con un nacimiento ni termina con una muerte. Duberman, por citar sólo un ejemplo, abre la de Paul Robeson con un breve retrato de las relaciones raciales en Princeton (Nueva Jersey, la ciudad y la universidad)  y con una mención del intento de su abuelo de escapar de la esclavitud, porque su trabajo se centrará en el “racismo” y en los intentos de un  hombre por encontrar su camino en un mundo social envuelto  y definido  por ello.

Las biografías de los historiadores, para utilizar las palabras de Salvatore, “se arraigan en ideas y acontecimientos más amplios que el sujeto individual”. Los historiadores no sólo están interesados  en trazar el curso de la vida personal, sino en el examen de las vidas en relación dialéctica con los múltiples mundos sociales, políticos y culturales que habitan y les dan sentido. “El tema adecuado en una biografía”, escribió  Oscar Handlin hace dos décadas, “no es la persona al completo ni la sociedad al completo, sino el punto en el que ambas interactúan. La situación y el individuo se iluminan mutuamente”.

Es esta atención a la persona lo que  para Handlin,  biógrafo y editor de biógrafos, hace  de la biografía un mundo aparte dentro de la historia. “El biógrafo utiliza pruebas del pasado, pero se centra en el individuo y responde a preguntas acerca de la personalidad y el carácter que el historiador no suele hacerse”. Carl Rollyson, que no es un historiador pero sí autor de varias biografías y estudios de biografías, sugiere que los historiadores hacen pobres biografías porque están mal equipados, por la naturaleza de su disciplina, para escribir sobre las personas.  “Si usted le pide a un historiador que escribia una biografía, tiene  muchas probabilidades de obtener historia. La biografía pone  al personajen primero, mientras la historia favorece a los acontecimientos”. Para ejemplificarlo,  Rollyson cita la breve biografía de Woodrow Wilson escrita por W. W. Brands y la que hizo Michael Wreszin de Dwight Macdonald, ninguna de las cuales encuentra satisfactoria. Critica a Brabds por no dedicar suficiente espacio a las esposas de Wilson y su influencia en la presidencia. Echa en falta a Wreszin que excluya cualquier mención de los asuntos de Macdonald con sus alumnos, porque, como explicó Wreszin a Rollyson, “no era relevante para la comprensión de por qué Macdonald era importante y por qué la gente le lee”

Los historiadores que escriben biografías  es cierto  que no ponen los personajes primero ni proporcionan a sus lectores un relato desde la cuna a la tumba, con verrugas y todo. Al igual que todos los escritores de vidas, de ficción o reales, toman decisiones en cuanto a lo que es trivial y periférico y lo que es importante y digno de incluirse. Su principal objetivo no es simplemente contar la historia de una vida, aunque a menudo lo hacen bien, sino el despliegue de la persona en el estudio del mundo externo a ese individuo, explorando cómo lo privado informa a lo público y viceversa.

Si Macdonald “tenía asuntos con sus alumnos,” como Rollyson defiende, y no hay pruebas suficientes que lo respalden, ese aspecto de su vida privada debe ser revelado  sólo si tiene alguna importancia. ¿Tener conocimiento de estos “asuntos” nos proporciona otra perspectiva desde la que interpretar la vida pública y laboral de  Macdonald ? ¿Se ponen de manifiesto algo nuevo y significativo sobre el desarrollo de los mundos social, político y cultural que Macdonald habitó y dio sentido? Si es así, entonces queda dentro de la biografía del historiador. Si no es así, puede y debe ser excluido.

Los historiadores se ven limitados de una manera que otros escritores de vidas no lo están. Y no hay nada malo en ello. Los historiadores no están equipados para, ni son capaces de, ni en su mayor parte están interesados en la construcción de retratos con la densidad y la profundidad de caracterización que están disponibles para y son apreciados por los escritores, los cuales no se sienten obligados por las  pruebas y se sienten más cómodos con el azar, la falta de ataduras psicológicas, los monólogos interiores y los diálogos imaginados. En última instancia, el trabajo de un historiador que escribe una biografía debe ser juzgado por las mismas normas que se aplican a las obras de otros géneros históricos. Si el historiador elige la historia de los veleros de Bristol en el siglo XVIII, esa historia está atada a las pruebas y obligada a ir más allá de ella,  limitada por las convenciones de la disciplina a establecer determinadas conexiones, a significar, a vislumbrar un todo más amplio a través de una pequeña parte, a construir un cronológica que enlace y separe a la vez los sucesos de hoy y del ayer.

A pesar de las críticas internas y externas y de la estudiada ambivalencia de la profesión , la biografía ha sido y sigue siendo un género esencial de la escritura histórica. “La biografía está una vez más de  moda”, escribe Jo Burr Margadant en la introducción a The New Biography, “no sólo para un público lector en general que nunca ha perdido su gusto por las historias de vida, sino también para los historiadores académicos que sin cesar vuelven a  los escombros de las generaciones anteriores en busca de nuevas enseñanzas sobre  nosotros mismos”.   Lo mismo hace Liana Vardi, que abre su artículo en esta mesa redonda  comentando “la renovada moda académica de la  biografía histórica”.  En fin, cinco de los últimos ocho presidentes de la American Historical Association han   escrito o editado estudios biográficos. En mi propio campo, la historia de los Estados Unidos, el Bancroft Prize ha recaído en tres ocasiones en una biografía  en los últimos ocho años.

¿Cuáles son las razones de esta reciente efervescencia de la biografía entre los historiadores? La más obvia es que los historiadores que buscan un público fuera de la academia se han decantado hacia la biografía porque es donde están los lectores. Arthur M. Schlesinger Jr. lo señaló en la nota de editor a la serie de biografías presidenciales norteamericanas que publicó:  “La biografía ofrece un fácil educación en la historia de Estados Unidos, lo que hace el pasado más humano, más vivo, más íntimo, más accesible, más conectado con nosotros mismos”.

Mientras que algunos historiadores han elegido escribir biografías con la esperanza de atraer a un público más amplio, otros se han decantado por el género a causa de la gran expansión de la gama de posibles sujetos. La biografía ya no se limita a la vida de los ricos, los poderosos, los famosos e infames. Hay infinidad de historias para ser contadas y que hablan de desconocidos, inarticulados,  hombres iletrados, mujeres y niños, y como han descubierto los historiadores feministas, sociales o del trabajo,   ofrece un enfoque fructífero para revisar, y tal vez reconfigurar, las categorías de clase , género y etnia, ya que interactúan a nivel de lo individual.

Los historiadores no han de tener miedo a escribir sobre la vida de las personas por la falta de archivos o documentos personales. En su contribución a esta mesa redonda, Robin Fleming ofrece el ejemplo de “un tipo diferente de biografía medieval temprana”, basada no en un texto escrito sino en deducciones extraídas de los análisis y la interpretación de los restos óseos y mercancías depositadas en las tumbas. Los resultados preliminares de su empresa  hacia una biografía de “Dieciocho” (el nombre que le da Fleming  porque éste es el número arqueológico que se le asigna) son asombrosos. Nos enteramos de que “Dieciocho” disfrutó de una infancia saludable, de que murió joven, fue enterrada con honor  y era leprosa. Las fuentes para escribir su vida fueron limitadas y no convencionales, pero Fleming, como historiadora, tenía una porisición privilegiada para hacerla hablar. “Tenemos una cara destrozada, que no es la cara genérica de una  genérica  leprosa, sino el rostro de una mujer muy real, una vida cuyo oscuro contorno puede percibirse si pensamos en el contexto de la vida de las otras personas cuyos esqueletos reales y particulares la rodean”.

Parte del atractivo de la biografía para los historiadores en esta primera década del siglo XXI es que permite, incluso alienta,  ir más allá de las estructuras de la política de la identidad sin tener que renunciar a sus  categorías, cada vez más expandidas y a menudo útiles.  En el proceso de investigar y escribir sobre la vida de personas arraigadas en determinados momentos y lugares, los biógrafos descubren y revelan la forma en que los sujetos asumen, desechan, reconfiguran, , juntan y se disocian  de múltiples identidades y roles. Como sostiene Margadant en su introducción a The New Biography, “una estrategia narrativa destinada a proyectar  una persona unificada se ha convertido para el nuevo biógrafo en algo casi tan sospechoso como afirmar que una biografía es `definitiva’ “. El tema de la biografía no es ya la coherencia del yo, sino más bien cómo se realiza para crear una impresión de coherencia o el de un individuo con múltiples yoes cuyas diferentes manifestaciones reflejan el paso del tiempo, las exigencias y  las diferentes opciones de configuración, o las variadas maneras que otros tienen de representar a esa persona”.   En la construcción de una vida individual, el género, la clase, la raza, la etnia, el nacimiento, la orientación sexual, la nacionalidad, los antecedentes familiares, la ocupación, la vocación  y otras tantas cosas  se entrecruzan e interactúan en múltiples formas. La tarea del biógrafo es desentrañar, priorizar, tratar de entender cómo, en un determinado tiempo y lugar, un “yo” es organizado y representado.

Escribir la historia desde el punto de vista de las personas no es retraerse, sino una forma de hacer frente a las complejidades teóricas y las confusiones de los albores del siglo XXI. “Como muchos otros de mi generación”, señala Alice Kessler-Harris en su contribución a esta mesa redonda, “he llegado a un acuerdo sobre los límites de lo que se denomina puntos de vista ‘objetivos’  y he comenzado a interrogarme sobre las perspectivas desde las  que nuestros sujetos hablan y escriben y he prestado mayor atención a la importancia de cada actor individual –no por lo que él o ella pueda haber hecho, sino por lo que revelan sus pensamientos, su lenguaje y sus pugnas con el mundo”.

La biografía puede ser un  género preferente para los historiadores del siglo XXI, ya que ofrece una manera de trascender la división teórica entre  la historia social empirista  y la historia cultural asociada al giro lingüístico sin sacrificar los beneficios epistemológicos o metodológicos de ambas. Gabrielle M. Spiegel, hablando en el AHR Forum de abril de 2008  sobre el volumen de Geoff Eley (A Crooked Line), advierte que en “el intento de avanzar” más allá del giro cultural ‘… muchos historiadores están desplegando un (muy implícito) concepto de fenomenología social”, en el que, como explica el sociólogo alemán Andreas Reckwitz, “el objetivo del análisis social es hacerse cargo de la perspectiva subjetiva”.  Esta aproximación “neo-fenomenológica” bien podría servir como perspectiva teórica de una nueva biografía  basada a su vez en la revalorización del actor  individual como sujeto histórico. Una “fenomenología modificada”  nos proporciona, en palabras de Spiegel,  “una perspectiva centrada en el actor,” muy en consonancia con la de Kessler-Harris, “una creencia acerca de la percepción individual como  la propia fuente de conocimiento del agente  -una percepción mediada y quizá limitada  pero no controla en su totalidad por el andamiaje cultural o los esquemas conceptuales en los que tiene lugar”.

Los historiadores que escriben biografías intentan vislumbrar el mundo de sus sujetos  como algo percibido y hecho significativo por ellos. Donde la historia social y  historia cultural asociada al giro lingüístico, en sus más extremas formulaciones, rechazan la importancia (a veces incluso la existencia) del individuo como agente histórico, las biografías escritas por historiadores ponen de nuevo la atención en la vida única de individuos que se formaron por y daban significado a  los órdenes social y discursivo en los que  se insertaron al nacer y con los que vivieron sus vidas. El historiador, como biógrafo,  parte de la premisa de que los individuos se encuentran situados pero no aprisionados dentro de determinadas estructuras sociales y regímenes discursivos. “Lo que define al hombre”, señalaba el fenomenólogo francés Maurice Merleau-Ponty, es la “capacidad de ir más allá de las estructuras creadas con el fin de crear otras”  .

En su intento de reinsertar a las personas en su historia como significantes y agentes, los biógrafos no les conceden la independencia o la autonomía  en cualquier ámbito. Viendo el mundo desde la perspectiva de las personas sobre las que escriben,  los historiadores deben mirar más allá de la mirada y los logros de sus sujetos para llegar a los significados y posibilidades que no reconocieron ni persiguieron  en sus vidas. Como explicaba EP Thompson  en la introducción de su biografía intelectual de William Blake, su objeto en la redacción de este estudio era “determinar, una vez más, la tradición de Blake, su situación particular dentro de ella, y las reiteradas pruebas, motivos y  puntos nodales de  conflicto, que indican su posición y la forma en la que su mente se enfrentó a aquel mundo. Ello supone una suerte de recuperación histórica, y la atención a fuentes externas a Blake -fuentes de las que, a menudo, no pudo haber sido consciente”.

El historiador como biógrafo podría tener como credo la declaración de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. O bien, como   indica más concisamente en La Ideología Alemana, “las circunstancias hacen a los hombres tanto como los hombres hacen a  las circunstancias”.

En su contribución a esta mesa redonda, Kessler-Harris vuelve a “El arte de la biografía” de Virginia Woolf . Woolf comienza y termina su notable ensayo planteando la cuestión de si, dadas las restricciones que conlleva, la biografía es “un arte”. Ella llega a la conclusión de que no lo es, porque, a diferencia de la poesía y la ficción, que son en su totalidad obras de la imaginación, su biografía se atiene a los documentos, las pruebas, los hechos. Cuando el biógrafo va más allá de los hechos y da rienda suelta a su imaginación, como Lytton Strachey hizo en su biografía de la reina Isabel  I, está condenado al fracaso, como Woolf creía que le sucedió a  Strachey. “La combinación resultó inviable;  ficción y realidad no mezclan bien. Isabel nunca devino real en el sentido en el que la Reina Victoria [objeto de una biografía anterior de Strachey] lo había sido, aunque nunca fue  ficticia en el sentido en el que Cleopatra o Falstaff lo son”.

En lugar de intentar escapar de las limitaciones del género como hizo Strachey, Woolf insta a los biógrafos  a apoyarlas y celebrarlas. “El biógrafo debe ir por delante del resto de nosotros, al igual que el canario del minero, probando la atmósfera, detectando la falsedad, la irrealidad y la presencia de convenciones obsoletas. Su sentido de la verdad debe estar vivo e ir de puntillas”.  La biografía, escribió en 1939,  está  “sólo en el inicio de su recorrido; tiene una larga y activa vida ante sí, aunque podemos asegurar que se trata de una vida llena de dificultades, de peligros y de trabajo duro”. Los biógrafos podían no ser artistas, pero tenían un  valor “incalculable”.  “Al decirnos la verdad de los hechos, tamizando lo pequeño de lo grande, y configurando el conjunto en tanto percibimos el contorno, el biógrafo estimula más  la imaginación que cualquier poeta o novelista si exceptuamos a los más grandes”.

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Índice de la mesa redonda:

“Biography as History”, de  Lois W. Banner, es un texto de carácter general en defensa del género biográfico.  “ ‘Life Histories’ and the History of Modern South Asia”, de  Judith M. Brown, alude a los casos de M. K. Gandhi y Jawaharlal Nehru. “A Place in Biography for Oneself”, de Kate Brown, describe su propia experienca de mujer nacida en una ciudad industrial en declive para trasladarla al mundo post-industrial del oeste americano y las nuevas repúbl¡cas nacidas del colapso soviético.  “Writing Biography at the Edge of History”, de Robin Fleming, se centra, como hemos visto, en una desconocida.   “Galaxy of Black Stars: The Power of Soviet Biography”, de Jochen Hellbeck, es un ejemplo de biografía múltiple a partir de gente corriente de ese mundo.  “Why Biography?”, de Alice Kessler‐Harris, es una reflexión sobre las preguntas que se planteó al abordar el estudio de Lillian Hellman.   “Scene‐Setting: Writing Biography in Chinese History”, de  Susan Mann, aborda la tradicional importancia del genero en China.   “Separations of Soul: Solitude, Biography, History”, de  Barbara Taylor (que extrañamente ha desaparecido del índice online), ofrece un espisodio de la vida de Mary Wollstonecraft. Y “Rewriting the Lives of Eighteenth‐Century Economists”, de Liana Vardi, explica la importancia de las teorías económicas para entender las vidas del marqués de Mirabeau y Jacques Turgot.

En el mismo volumen,  Carolyn P. Boyd reseña a Francisco J. Romero Salvadó (The Foundations of Civil War: Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916–1923) y Soledad Fox a Stanley G. Payne (Franco and Hitler: Spain, Germany, and World War II).

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De cómo ser historiador. Retrato de grupo

Publicado por Anaclet Pons en junio 26, 2009

¿Cómo se convierte alguien en historiador? Disciplinándose, por supuesto, pero hay algo más. A eso intentan responder  los ensayos que se contienen en Becoming Historians, recién publicado por la University of Chicago Press. La táctica consiste, como en otras ocasiones, en mostrar cómo lo hicieron algunos de los más destacados especialistas de la disciplina, a través del relato autobiográfico. En esta ocasión, la figura más destacada es seguramente  Joan W.  Scott (“Finding Critical History”), junto a la cual desfilan  Rhys Isaac (“Toward Ethnographic History: Figures in the Landscape, Action in the Texts”),   Dwight T. Pitcaithley (“The Long Way from Euterpe to Clio”), Linda Gordon (“History Constructs a Historian”), David A. Hollinger (“Church People and Others”), Maureen Murphy Nutting (“Choices”), Franklin W. Knight (“A Caribbean Quest for the Muse of History”),  Temma Kaplan “My Way”) y Paul Robinson (“Becoming a Gay Historian”), además de  los dos coeditores del volumen, James M. Banner Jr. (“Historian, Improvised”) y John R. Gillis (“Detours”).  Estos dos últimos fueron entrevistados hace unos días por Insidehighered.

becoming historians

P: ¿Cuál es el objetivo del volumen?

JG: Los historiadores escriben acerca de otros, rara vez sobre sí mismos. A pesar de la importancia de la generación que se graduó en los sesenta y setenta,  aún no han hecho su retrato de grupo. Pensamos que es hora de llevarlo a cabo, porque se trata un grupo que fue fundamental abriendo nuevos campos – desde la historia social y la de las mujeres a  la historia mundial. Éramos conscientes de que una pequeña recopilación como ésta nunca podría hacerle justicia, pero lo importante es empezar.

JB: Aunque deseamos trazar los contornos  de esas vidas, de las carreras y el trabajo de una única generación de historiadores -la nuestra-, también queremos que algunos historiadores reflejen cuál ha sido su proceso de aprendizaje (por decirlo con el título de las  ACLS lectures, el A Life of Learning que tanto nos ha influido). También confiamos en ofrecer algunas perspectivas sobre los esfuerzos de los miembros de una generación cuyas experiencias profesionales han comenzado a ir más allá de las fronteras de la academia, así como responder directamente a las cuestiones públicas que empujan a los historiadores hacia nuevas áreas de investigación y acción. De ese modo, además,  hemos querido que quienes aspiran a ser historiadores vean  la diversidad de opciones que tienen ante sí, el papel de lo azaroso y lo reflexivo en una carrera, y las muchas alegrías de la vida del historiador.

P: ¿Cómo decidieron a quién incluir?

JG: Entre los dos. Ambos tenemos muchos conocidos, principalmente de historia europea y americana, pero también en el ámbito mundial. Tratamos de ser inclusivos en ese sentido.  Por supuesto, somos dolorosamente conscientes de la cantidad de voces que hemos excluido, pero confiamos en que otros sigan nuestros pasos, llenen las lagunas y rectifiquen nuestros descuidos.

JB: La diversidad es la clave, lo cual siempre es difícil de lograr con un pequeño número. Además, procuramos excluir a  historiadores que ya hayan escrito textos autobiográficos. Por otra parte, para evitar la superposición, no aparecen compañeros de estudios  o colaboradores nuestros . Afortunadamente, muy pocos rechazaron la invitación a participar. La mayoría acogió con beneplácito la oportunidad de realizar este examen sobre su vida y su carrera.

P: ¿Creen que hay temas comunes en cómo este grupo de historiadores se sintieron atraídos  por la disciplina y se convirtieron en reputados especialistas?

JG: Me ha sorprendido ver hasta qué punto ha sido más  la casualidad que el propósito deliberado lo que ha dado forma a las vidas de esta generación, historiadores nacidos antes o después de la Segunda Guerra Mundial. Todos estuvieron inspirados por la educación en artes liberales,  que les abrió un mundo. Llegaron al posgrado ansiosos y entusiastas, aunque se sintieron decepcionados por la especialización que se esperaba de ellos. A su alrededor, el mundo parecía próximo a romper las costuras, y no pasó mucho tiempo antes de que desafiaran  las convenciones dentro y fuera del mundo académico, modificando los campos de estudio, a menudo inventando otros nuevos. Muchos de los que participan en este volumen se convirtieron en reconocidos pioneros en sus respectivos campos.

JB: Además de lo que John señala (y con el que estoy plenamente de acuerdo), añadiría un elemento de audacia a la mezcla. Los miembros de nuestra generación de historiadores eran personas sin las constricciones económicas de la anterior, la generación de la Segunda Guerra Mundial. Sus procedencias eran más   diversas.  Su mundo parecía estar lleno de incertidumbre y de implacables demandas de justicia e igualdad. También, por suerte, no había problemas de empleo, de modo que  “recién llegados” como las mujeres y los afroamericanos podían encontrar algún tipo de ocupación fuera o dentro del mundo académico.

P: Varios de los ensayos se refieren a la creación de nuevas formas de mirar la historia (la historia de las mujeres, la historia social, etc), bien establecidas hoy en día, pero no cuando estas personas iniciaron su carrera. ¿Creen que el desarrollo de estos ámbitos contiene lecciones para los subcampos que emergen ahora?

JG: Los historiadores están adiestrados para entender que las grandes transformaciones son extremadamente raras y sobre todo inesperadas. Francamente, no creo que nadie pudiera haber predicho el florecimiento de campos de estudio que se ha producido en la vida de esta generación. En su mayor parte, el impulso provino de fuera de los círculos académicos, lo que obligó a los historiadores a considerar las cuestiones de raza, transnacionalismo, género, medio ambiente, ninguno de los cuales estaba antes en el orden del día. Si uno quiere saber cuáles van a ser los nuevos campos del futuro, uno puede  encontrar algunas pistas en las revistas académicas y en los congresos.  Cuando lleguen los siguientes grandes cambios, serán, como ocurrió antes, bastante inesperados.  La forma en la que los afronte  la próxima generación dependerá de si están tan abiertos al mundo que les rodea como lo ha estado esta generación en particular,.

JB: Si bien estoy de acuerdo con todo lo que John expone, me gustaría añadir algunas reflexiones adicionales. Creo que nuestra generación se ha mostrado más que orgullosa sobre su posición en la historia, como si otros pudieran no haber mostrado la visión y la inteligencia para adoptar y llevar a cabo lo que hicimos. Eso no está justificado. Nuestra generación de historiadores ha vivido en un momento en el que el mundo estaba pidiendo que nos adaptáramos  a las nuevas condiciones y creáramos nuevas instituciones, nuevas prácticas y convenciones. Los historiadores ejercen una disciplina que, al exigirles el estudio del  cambio, necesariamente se convierte en un laboratorio para el cambio. Son muchos los que todavía protestan por las alteraciones que hemos traído en cuanto a la escritura y la reflexión sobre el pasado, pero estos cambios están aquí para quedarse. Y habrá más.

P: Hoy en día, con menos puestos fijos de trabajo, ¿creen que los nuevos doctores en historia tienen las mismas oportunidades?

JG: Parece claro que nos enfrentamos a un largo período de contracción en la educación superior, pero esto no significa que la historia no pueda crecer con las nuevas generaciones productivas. La generación de Becoming Historians ha sido innovadora en muchos sentidos, pero no en términos de transmitir el pasado al público en general. La próxima generación tiene una oportunidad real en el ámbito de los nuevos medios digitales y de la innovación para llevar la historia a una nueva audiencia. Si los programas de doctorado quieren seguir siendo viables necesitan atender tanto a la forma como al contenido, a los medios de comunicación tanto como al mensaje. Como fue el caso de nuestra generación, cuando venga el cambio se presentará de forma inesperada, y desde el exterior. Estemos preparados.

JB: No. Cada generación es diferente. Pero la cuestión se puede leer en el sentido de suponer que los historiadores proseguirán su labor honorable y productivamente  sólo desde posiciones académicas. Eso no ocurre más ahora que antes. Cuando más o menos la mitad de los nuevos doctores en historia ocupan  puestos fuera del mundo académico,  es evidente que hay un montón de oportunidades para los emprendedores, para jóvenes historiadores, lo cual es mucho  más que antes. Como dice John, los programas de doctorado tienen todavía mucho camino por recorrer preparando a la gente para esas oportunidades en las numerosas variedades de public history, como escritores de historia e historiadores que aplican los conocimientos históricos a cuestiones de política pública. Ahora, la preparación para la historia académica y la pública  tiende a estar en tensión, a menudo con  diferentes programas o itinerarios. Eso debe acabar, al menos si la historia desea mantener su ilimitada pertinencia y aplicabilidad a las vidas de todo el mundo.

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