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Los historiadores y la biografía

Publicado por Anaclet Pons en Julio 3, 2009

En el número de junio, la AHR dedica su habitual mesa de debate al tema de la biografía. El objeto es introducido en esta ocasión por David Nasaw, de la CUNY, un historiador que ha dedicado sus últimas investigaciones al estudio biográfico de figuras tan relevantes como Andrew Carnegie y William Randolph Hearst.

The American Historical Review, 114, págs. 573–578, Junio de  2009

“AHR Roundtable: Historians and Biography”

Introduction,   David Nasaw

nasaw

“Durante mucho tiempo, los historiadores académicos han sido un tanto ambivalentes con el género de la biografía. Aunque sin duda reconocen que se trata de un tipo de discurso histórico legítimo y venerable, muchos son escépticos sobre la capacidad de la biografía para transmitir el tipo de interpretación analíticamente sofisticada del pasado que los académicos han supuesto desde siempre”. Así se expresó el editor de la revista en su invitación a los historiadores a participar en esta mesa redonda de la  AHR.

La biografía continúa siendo un hijastro arrinconado dentro la profesión, ocasionalmente pero a regañadientes se le deja en la puerta, más a menudo se le abandona fuera con la chusma. A los estudiantes de posgrado se les advierte para que no escojan biografías para sus tesis. A los profesores asistentes  se les dice que deben obtener la plaza y promocionarse antes de hacer una biografía. La universidad y las bibliotecas universitarias, incluida la mía,  evitan la compra de biografías. Y las principales revistas, ésta incluida, “rara vez publican artículos de índole biográfica [y, a menudo se niegan] a reseñar estudios biográficos”, tal como reconoce el editor de la AHR.

Esta caracterización de la biografía como una forma menor de historia está muy difundida. De hecho, en la mesa redonda varios participantes comienzan  criticando la biografía antes de defender su posición.  Judith Brown presenta su ensayo insistiendo en que ella no se ve a sí misma “como una biógrafa, ni a sus obras como biografías, en el sentido de seguimiento e interpretación de una vida desde la cuna a la tumba, ni en el más problemático  de tomar la persona como el único centro del análisis intelectual y de la argumentación”.  De este modo,  identifica el denominador común del ataque a su biografía como una forma degradada de escritura histórica. “La biografía no es historia”,  le dijo un bibliotecario a Nick Salvatore treinta y cinco años atrás, “porque la cuestión de la periodización es algo dado, al igual que la biografía está enmarcada por el nacimiento y la muerte del sujeto”.

A pesar de la persistencia de este tipo de críticas, los historiadores rara vez suelen estructurar sus biografías de esta forma ni toman sus sujetos  “como el único centro analítico e  intelectual” de sus argumentos. En la “R” de mi estantería hay biografías de Eleanor Roosevelt (Blanche Wiesen Cook), de Paul Robeson (Martin Duberman),  Ronald Reagan (John Patrick Diggins) y Jackie Robinson (Jules Tygiel). Cada uno toma como objeto no el individuo, sino la persona en un determinado contexto histórico. No se comienza con un nacimiento ni termina con una muerte. Duberman, por citar sólo un ejemplo, abre la de Paul Robeson con un breve retrato de las relaciones raciales en Princeton (Nueva Jersey, la ciudad y la universidad)  y con una mención del intento de su abuelo de escapar de la esclavitud, porque su trabajo se centrará en el “racismo” y en los intentos de un  hombre por encontrar su camino en un mundo social envuelto  y definido  por ello.

Las biografías de los historiadores, para utilizar las palabras de Salvatore, “se arraigan en ideas y acontecimientos más amplios que el sujeto individual”. Los historiadores no sólo están interesados  en trazar el curso de la vida personal, sino en el examen de las vidas en relación dialéctica con los múltiples mundos sociales, políticos y culturales que habitan y les dan sentido. “El tema adecuado en una biografía”, escribió  Oscar Handlin hace dos décadas, “no es la persona al completo ni la sociedad al completo, sino el punto en el que ambas interactúan. La situación y el individuo se iluminan mutuamente”.

Es esta atención a la persona lo que  para Handlin,  biógrafo y editor de biógrafos, hace  de la biografía un mundo aparte dentro de la historia. “El biógrafo utiliza pruebas del pasado, pero se centra en el individuo y responde a preguntas acerca de la personalidad y el carácter que el historiador no suele hacerse”. Carl Rollyson, que no es un historiador pero sí autor de varias biografías y estudios de biografías, sugiere que los historiadores hacen pobres biografías porque están mal equipados, por la naturaleza de su disciplina, para escribir sobre las personas.  “Si usted le pide a un historiador que escribia una biografía, tiene  muchas probabilidades de obtener historia. La biografía pone  al personajen primero, mientras la historia favorece a los acontecimientos”. Para ejemplificarlo,  Rollyson cita la breve biografía de Woodrow Wilson escrita por W. W. Brands y la que hizo Michael Wreszin de Dwight Macdonald, ninguna de las cuales encuentra satisfactoria. Critica a Brabds por no dedicar suficiente espacio a las esposas de Wilson y su influencia en la presidencia. Echa en falta a Wreszin que excluya cualquier mención de los asuntos de Macdonald con sus alumnos, porque, como explicó Wreszin a Rollyson, “no era relevante para la comprensión de por qué Macdonald era importante y por qué la gente le lee”

Los historiadores que escriben biografías  es cierto  que no ponen los personajes primero ni proporcionan a sus lectores un relato desde la cuna a la tumba, con verrugas y todo. Al igual que todos los escritores de vidas, de ficción o reales, toman decisiones en cuanto a lo que es trivial y periférico y lo que es importante y digno de incluirse. Su principal objetivo no es simplemente contar la historia de una vida, aunque a menudo lo hacen bien, sino el despliegue de la persona en el estudio del mundo externo a ese individuo, explorando cómo lo privado informa a lo público y viceversa.

Si Macdonald “tenía asuntos con sus alumnos,” como Rollyson defiende, y no hay pruebas suficientes que lo respalden, ese aspecto de su vida privada debe ser revelado  sólo si tiene alguna importancia. ¿Tener conocimiento de estos “asuntos” nos proporciona otra perspectiva desde la que interpretar la vida pública y laboral de  Macdonald ? ¿Se ponen de manifiesto algo nuevo y significativo sobre el desarrollo de los mundos social, político y cultural que Macdonald habitó y dio sentido? Si es así, entonces queda dentro de la biografía del historiador. Si no es así, puede y debe ser excluido.

Los historiadores se ven limitados de una manera que otros escritores de vidas no lo están. Y no hay nada malo en ello. Los historiadores no están equipados para, ni son capaces de, ni en su mayor parte están interesados en la construcción de retratos con la densidad y la profundidad de caracterización que están disponibles para y son apreciados por los escritores, los cuales no se sienten obligados por las  pruebas y se sienten más cómodos con el azar, la falta de ataduras psicológicas, los monólogos interiores y los diálogos imaginados. En última instancia, el trabajo de un historiador que escribe una biografía debe ser juzgado por las mismas normas que se aplican a las obras de otros géneros históricos. Si el historiador elige la historia de los veleros de Bristol en el siglo XVIII, esa historia está atada a las pruebas y obligada a ir más allá de ella,  limitada por las convenciones de la disciplina a establecer determinadas conexiones, a significar, a vislumbrar un todo más amplio a través de una pequeña parte, a construir un cronológica que enlace y separe a la vez los sucesos de hoy y del ayer.

A pesar de las críticas internas y externas y de la estudiada ambivalencia de la profesión , la biografía ha sido y sigue siendo un género esencial de la escritura histórica. “La biografía está una vez más de  moda”, escribe Jo Burr Margadant en la introducción a The New Biography, “no sólo para un público lector en general que nunca ha perdido su gusto por las historias de vida, sino también para los historiadores académicos que sin cesar vuelven a  los escombros de las generaciones anteriores en busca de nuevas enseñanzas sobre  nosotros mismos”.   Lo mismo hace Liana Vardi, que abre su artículo en esta mesa redonda  comentando “la renovada moda académica de la  biografía histórica”.  En fin, cinco de los últimos ocho presidentes de la American Historical Association han   escrito o editado estudios biográficos. En mi propio campo, la historia de los Estados Unidos, el Bancroft Prize ha recaído en tres ocasiones en una biografía  en los últimos ocho años.

¿Cuáles son las razones de esta reciente efervescencia de la biografía entre los historiadores? La más obvia es que los historiadores que buscan un público fuera de la academia se han decantado hacia la biografía porque es donde están los lectores. Arthur M. Schlesinger Jr. lo señaló en la nota de editor a la serie de biografías presidenciales norteamericanas que publicó:  “La biografía ofrece un fácil educación en la historia de Estados Unidos, lo que hace el pasado más humano, más vivo, más íntimo, más accesible, más conectado con nosotros mismos”.

Mientras que algunos historiadores han elegido escribir biografías con la esperanza de atraer a un público más amplio, otros se han decantado por el género a causa de la gran expansión de la gama de posibles sujetos. La biografía ya no se limita a la vida de los ricos, los poderosos, los famosos e infames. Hay infinidad de historias para ser contadas y que hablan de desconocidos, inarticulados,  hombres iletrados, mujeres y niños, y como han descubierto los historiadores feministas, sociales o del trabajo,   ofrece un enfoque fructífero para revisar, y tal vez reconfigurar, las categorías de clase , género y etnia, ya que interactúan a nivel de lo individual.

Los historiadores no han de tener miedo a escribir sobre la vida de las personas por la falta de archivos o documentos personales. En su contribución a esta mesa redonda, Robin Fleming ofrece el ejemplo de “un tipo diferente de biografía medieval temprana”, basada no en un texto escrito sino en deducciones extraídas de los análisis y la interpretación de los restos óseos y mercancías depositadas en las tumbas. Los resultados preliminares de su empresa  hacia una biografía de “Dieciocho” (el nombre que le da Fleming  porque éste es el número arqueológico que se le asigna) son asombrosos. Nos enteramos de que “Dieciocho” disfrutó de una infancia saludable, de que murió joven, fue enterrada con honor  y era leprosa. Las fuentes para escribir su vida fueron limitadas y no convencionales, pero Fleming, como historiadora, tenía una porisición privilegiada para hacerla hablar. “Tenemos una cara destrozada, que no es la cara genérica de una  genérica  leprosa, sino el rostro de una mujer muy real, una vida cuyo oscuro contorno puede percibirse si pensamos en el contexto de la vida de las otras personas cuyos esqueletos reales y particulares la rodean”.

Parte del atractivo de la biografía para los historiadores en esta primera década del siglo XXI es que permite, incluso alienta,  ir más allá de las estructuras de la política de la identidad sin tener que renunciar a sus  categorías, cada vez más expandidas y a menudo útiles.  En el proceso de investigar y escribir sobre la vida de personas arraigadas en determinados momentos y lugares, los biógrafos descubren y revelan la forma en que los sujetos asumen, desechan, reconfiguran, , juntan y se disocian  de múltiples identidades y roles. Como sostiene Margadant en su introducción a The New Biography, “una estrategia narrativa destinada a proyectar  una persona unificada se ha convertido para el nuevo biógrafo en algo casi tan sospechoso como afirmar que una biografía es `definitiva’ “. El tema de la biografía no es ya la coherencia del yo, sino más bien cómo se realiza para crear una impresión de coherencia o el de un individuo con múltiples yoes cuyas diferentes manifestaciones reflejan el paso del tiempo, las exigencias y  las diferentes opciones de configuración, o las variadas maneras que otros tienen de representar a esa persona”.   En la construcción de una vida individual, el género, la clase, la raza, la etnia, el nacimiento, la orientación sexual, la nacionalidad, los antecedentes familiares, la ocupación, la vocación  y otras tantas cosas  se entrecruzan e interactúan en múltiples formas. La tarea del biógrafo es desentrañar, priorizar, tratar de entender cómo, en un determinado tiempo y lugar, un “yo” es organizado y representado.

Escribir la historia desde el punto de vista de las personas no es retraerse, sino una forma de hacer frente a las complejidades teóricas y las confusiones de los albores del siglo XXI. “Como muchos otros de mi generación”, señala Alice Kessler-Harris en su contribución a esta mesa redonda, “he llegado a un acuerdo sobre los límites de lo que se denomina puntos de vista ‘objetivos’  y he comenzado a interrogarme sobre las perspectivas desde las  que nuestros sujetos hablan y escriben y he prestado mayor atención a la importancia de cada actor individual –no por lo que él o ella pueda haber hecho, sino por lo que revelan sus pensamientos, su lenguaje y sus pugnas con el mundo”.

La biografía puede ser un  género preferente para los historiadores del siglo XXI, ya que ofrece una manera de trascender la división teórica entre  la historia social empirista  y la historia cultural asociada al giro lingüístico sin sacrificar los beneficios epistemológicos o metodológicos de ambas. Gabrielle M. Spiegel, hablando en el AHR Forum de abril de 2008  sobre el volumen de Geoff Eley (A Crooked Line), advierte que en “el intento de avanzar” más allá del giro cultural ‘… muchos historiadores están desplegando un (muy implícito) concepto de fenomenología social”, en el que, como explica el sociólogo alemán Andreas Reckwitz, “el objetivo del análisis social es hacerse cargo de la perspectiva subjetiva”.  Esta aproximación “neo-fenomenológica” bien podría servir como perspectiva teórica de una nueva biografía  basada a su vez en la revalorización del actor  individual como sujeto histórico. Una “fenomenología modificada”  nos proporciona, en palabras de Spiegel,  “una perspectiva centrada en el actor,” muy en consonancia con la de Kessler-Harris, “una creencia acerca de la percepción individual como  la propia fuente de conocimiento del agente  -una percepción mediada y quizá limitada  pero no controla en su totalidad por el andamiaje cultural o los esquemas conceptuales en los que tiene lugar”.

Los historiadores que escriben biografías intentan vislumbrar el mundo de sus sujetos  como algo percibido y hecho significativo por ellos. Donde la historia social y  historia cultural asociada al giro lingüístico, en sus más extremas formulaciones, rechazan la importancia (a veces incluso la existencia) del individuo como agente histórico, las biografías escritas por historiadores ponen de nuevo la atención en la vida única de individuos que se formaron por y daban significado a  los órdenes social y discursivo en los que  se insertaron al nacer y con los que vivieron sus vidas. El historiador, como biógrafo,  parte de la premisa de que los individuos se encuentran situados pero no aprisionados dentro de determinadas estructuras sociales y regímenes discursivos. “Lo que define al hombre”, señalaba el fenomenólogo francés Maurice Merleau-Ponty, es la “capacidad de ir más allá de las estructuras creadas con el fin de crear otras”  .

En su intento de reinsertar a las personas en su historia como significantes y agentes, los biógrafos no les conceden la independencia o la autonomía  en cualquier ámbito. Viendo el mundo desde la perspectiva de las personas sobre las que escriben,  los historiadores deben mirar más allá de la mirada y los logros de sus sujetos para llegar a los significados y posibilidades que no reconocieron ni persiguieron  en sus vidas. Como explicaba EP Thompson  en la introducción de su biografía intelectual de William Blake, su objeto en la redacción de este estudio era “determinar, una vez más, la tradición de Blake, su situación particular dentro de ella, y las reiteradas pruebas, motivos y  puntos nodales de  conflicto, que indican su posición y la forma en la que su mente se enfrentó a aquel mundo. Ello supone una suerte de recuperación histórica, y la atención a fuentes externas a Blake -fuentes de las que, a menudo, no pudo haber sido consciente”.

El historiador como biógrafo podría tener como credo la declaración de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. O bien, como   indica más concisamente en La Ideología Alemana, “las circunstancias hacen a los hombres tanto como los hombres hacen a  las circunstancias”.

En su contribución a esta mesa redonda, Kessler-Harris vuelve a “El arte de la biografía” de Virginia Woolf . Woolf comienza y termina su notable ensayo planteando la cuestión de si, dadas las restricciones que conlleva, la biografía es “un arte”. Ella llega a la conclusión de que no lo es, porque, a diferencia de la poesía y la ficción, que son en su totalidad obras de la imaginación, su biografía se atiene a los documentos, las pruebas, los hechos. Cuando el biógrafo va más allá de los hechos y da rienda suelta a su imaginación, como Lytton Strachey hizo en su biografía de la reina Isabel  I, está condenado al fracaso, como Woolf creía que le sucedió a  Strachey. “La combinación resultó inviable;  ficción y realidad no mezclan bien. Isabel nunca devino real en el sentido en el que la Reina Victoria [objeto de una biografía anterior de Strachey] lo había sido, aunque nunca fue  ficticia en el sentido en el que Cleopatra o Falstaff lo son”.

En lugar de intentar escapar de las limitaciones del género como hizo Strachey, Woolf insta a los biógrafos  a apoyarlas y celebrarlas. “El biógrafo debe ir por delante del resto de nosotros, al igual que el canario del minero, probando la atmósfera, detectando la falsedad, la irrealidad y la presencia de convenciones obsoletas. Su sentido de la verdad debe estar vivo e ir de puntillas”.  La biografía, escribió en 1939,  está  “sólo en el inicio de su recorrido; tiene una larga y activa vida ante sí, aunque podemos asegurar que se trata de una vida llena de dificultades, de peligros y de trabajo duro”. Los biógrafos podían no ser artistas, pero tenían un  valor “incalculable”.  “Al decirnos la verdad de los hechos, tamizando lo pequeño de lo grande, y configurando el conjunto en tanto percibimos el contorno, el biógrafo estimula más  la imaginación que cualquier poeta o novelista si exceptuamos a los más grandes”.

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Índice de la mesa redonda:

“Biography as History”, de  Lois W. Banner, es un texto de carácter general en defensa del género biográfico.  “ ‘Life Histories’ and the History of Modern South Asia”, de  Judith M. Brown, alude a los casos de M. K. Gandhi y Jawaharlal Nehru. “A Place in Biography for Oneself”, de Kate Brown, describe su propia experienca de mujer nacida en una ciudad industrial en declive para trasladarla al mundo post-industrial del oeste americano y las nuevas repúbl¡cas nacidas del colapso soviético.  “Writing Biography at the Edge of History”, de Robin Fleming, se centra, como hemos visto, en una desconocida.   “Galaxy of Black Stars: The Power of Soviet Biography”, de Jochen Hellbeck, es un ejemplo de biografía múltiple a partir de gente corriente de ese mundo.  “Why Biography?”, de Alice Kessler‐Harris, es una reflexión sobre las preguntas que se planteó al abordar el estudio de Lillian Hellman.   “Scene‐Setting: Writing Biography in Chinese History”, de  Susan Mann, aborda la tradicional importancia del genero en China.   “Separations of Soul: Solitude, Biography, History”, de  Barbara Taylor (que extrañamente ha desaparecido del índice online), ofrece un espisodio de la vida de Mary Wollstonecraft. Y “Rewriting the Lives of Eighteenth‐Century Economists”, de Liana Vardi, explica la importancia de las teorías económicas para entender las vidas del marqués de Mirabeau y Jacques Turgot.

En el mismo volumen,  Carolyn P. Boyd reseña a Francisco J. Romero Salvadó (The Foundations of Civil War: Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916–1923) y Soledad Fox a Stanley G. Payne (Franco and Hitler: Spain, Germany, and World War II).

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De cómo ser historiador. Retrato de grupo

Publicado por Anaclet Pons en Junio 26, 2009

¿Cómo se convierte alguien en historiador? Disciplinándose, por supuesto, pero hay algo más. A eso intentan responder  los ensayos que se contienen en Becoming Historians, recién publicado por la University of Chicago Press. La táctica consiste, como en otras ocasiones, en mostrar cómo lo hicieron algunos de los más destacados especialistas de la disciplina, a través del relato autobiográfico. En esta ocasión, la figura más destacada es seguramente  Joan W.  Scott (“Finding Critical History”), junto a la cual desfilan  Rhys Isaac (“Toward Ethnographic History: Figures in the Landscape, Action in the Texts”),   Dwight T. Pitcaithley (“The Long Way from Euterpe to Clio”), Linda Gordon (“History Constructs a Historian”), David A. Hollinger (“Church People and Others”), Maureen Murphy Nutting (“Choices”), Franklin W. Knight (“A Caribbean Quest for the Muse of History”),  Temma Kaplan “My Way”) y Paul Robinson (“Becoming a Gay Historian”), además de  los dos coeditores del volumen, James M. Banner Jr. (“Historian, Improvised”) y John R. Gillis (“Detours”).  Estos dos últimos fueron entrevistados hace unos días por Insidehighered.

becoming historians

P: ¿Cuál es el objetivo del volumen?

JG: Los historiadores escriben acerca de otros, rara vez sobre sí mismos. A pesar de la importancia de la generación que se graduó en los sesenta y setenta,  aún no han hecho su retrato de grupo. Pensamos que es hora de llevarlo a cabo, porque se trata un grupo que fue fundamental abriendo nuevos campos – desde la historia social y la de las mujeres a  la historia mundial. Éramos conscientes de que una pequeña recopilación como ésta nunca podría hacerle justicia, pero lo importante es empezar.

JB: Aunque deseamos trazar los contornos  de esas vidas, de las carreras y el trabajo de una única generación de historiadores -la nuestra-, también queremos que algunos historiadores reflejen cuál ha sido su proceso de aprendizaje (por decirlo con el título de las  ACLS lectures, el A Life of Learning que tanto nos ha influido). También confiamos en ofrecer algunas perspectivas sobre los esfuerzos de los miembros de una generación cuyas experiencias profesionales han comenzado a ir más allá de las fronteras de la academia, así como responder directamente a las cuestiones públicas que empujan a los historiadores hacia nuevas áreas de investigación y acción. De ese modo, además,  hemos querido que quienes aspiran a ser historiadores vean  la diversidad de opciones que tienen ante sí, el papel de lo azaroso y lo reflexivo en una carrera, y las muchas alegrías de la vida del historiador.

P: ¿Cómo decidieron a quién incluir?

JG: Entre los dos. Ambos tenemos muchos conocidos, principalmente de historia europea y americana, pero también en el ámbito mundial. Tratamos de ser inclusivos en ese sentido.  Por supuesto, somos dolorosamente conscientes de la cantidad de voces que hemos excluido, pero confiamos en que otros sigan nuestros pasos, llenen las lagunas y rectifiquen nuestros descuidos.

JB: La diversidad es la clave, lo cual siempre es difícil de lograr con un pequeño número. Además, procuramos excluir a  historiadores que ya hayan escrito textos autobiográficos. Por otra parte, para evitar la superposición, no aparecen compañeros de estudios  o colaboradores nuestros . Afortunadamente, muy pocos rechazaron la invitación a participar. La mayoría acogió con beneplácito la oportunidad de realizar este examen sobre su vida y su carrera.

P: ¿Creen que hay temas comunes en cómo este grupo de historiadores se sintieron atraídos  por la disciplina y se convirtieron en reputados especialistas?

JG: Me ha sorprendido ver hasta qué punto ha sido más  la casualidad que el propósito deliberado lo que ha dado forma a las vidas de esta generación, historiadores nacidos antes o después de la Segunda Guerra Mundial. Todos estuvieron inspirados por la educación en artes liberales,  que les abrió un mundo. Llegaron al posgrado ansiosos y entusiastas, aunque se sintieron decepcionados por la especialización que se esperaba de ellos. A su alrededor, el mundo parecía próximo a romper las costuras, y no pasó mucho tiempo antes de que desafiaran  las convenciones dentro y fuera del mundo académico, modificando los campos de estudio, a menudo inventando otros nuevos. Muchos de los que participan en este volumen se convirtieron en reconocidos pioneros en sus respectivos campos.

JB: Además de lo que John señala (y con el que estoy plenamente de acuerdo), añadiría un elemento de audacia a la mezcla. Los miembros de nuestra generación de historiadores eran personas sin las constricciones económicas de la anterior, la generación de la Segunda Guerra Mundial. Sus procedencias eran más   diversas.  Su mundo parecía estar lleno de incertidumbre y de implacables demandas de justicia e igualdad. También, por suerte, no había problemas de empleo, de modo que  “recién llegados” como las mujeres y los afroamericanos podían encontrar algún tipo de ocupación fuera o dentro del mundo académico.

P: Varios de los ensayos se refieren a la creación de nuevas formas de mirar la historia (la historia de las mujeres, la historia social, etc), bien establecidas hoy en día, pero no cuando estas personas iniciaron su carrera. ¿Creen que el desarrollo de estos ámbitos contiene lecciones para los subcampos que emergen ahora?

JG: Los historiadores están adiestrados para entender que las grandes transformaciones son extremadamente raras y sobre todo inesperadas. Francamente, no creo que nadie pudiera haber predicho el florecimiento de campos de estudio que se ha producido en la vida de esta generación. En su mayor parte, el impulso provino de fuera de los círculos académicos, lo que obligó a los historiadores a considerar las cuestiones de raza, transnacionalismo, género, medio ambiente, ninguno de los cuales estaba antes en el orden del día. Si uno quiere saber cuáles van a ser los nuevos campos del futuro, uno puede  encontrar algunas pistas en las revistas académicas y en los congresos.  Cuando lleguen los siguientes grandes cambios, serán, como ocurrió antes, bastante inesperados.  La forma en la que los afronte  la próxima generación dependerá de si están tan abiertos al mundo que les rodea como lo ha estado esta generación en particular,.

JB: Si bien estoy de acuerdo con todo lo que John expone, me gustaría añadir algunas reflexiones adicionales. Creo que nuestra generación se ha mostrado más que orgullosa sobre su posición en la historia, como si otros pudieran no haber mostrado la visión y la inteligencia para adoptar y llevar a cabo lo que hicimos. Eso no está justificado. Nuestra generación de historiadores ha vivido en un momento en el que el mundo estaba pidiendo que nos adaptáramos  a las nuevas condiciones y creáramos nuevas instituciones, nuevas prácticas y convenciones. Los historiadores ejercen una disciplina que, al exigirles el estudio del  cambio, necesariamente se convierte en un laboratorio para el cambio. Son muchos los que todavía protestan por las alteraciones que hemos traído en cuanto a la escritura y la reflexión sobre el pasado, pero estos cambios están aquí para quedarse. Y habrá más.

P: Hoy en día, con menos puestos fijos de trabajo, ¿creen que los nuevos doctores en historia tienen las mismas oportunidades?

JG: Parece claro que nos enfrentamos a un largo período de contracción en la educación superior, pero esto no significa que la historia no pueda crecer con las nuevas generaciones productivas. La generación de Becoming Historians ha sido innovadora en muchos sentidos, pero no en términos de transmitir el pasado al público en general. La próxima generación tiene una oportunidad real en el ámbito de los nuevos medios digitales y de la innovación para llevar la historia a una nueva audiencia. Si los programas de doctorado quieren seguir siendo viables necesitan atender tanto a la forma como al contenido, a los medios de comunicación tanto como al mensaje. Como fue el caso de nuestra generación, cuando venga el cambio se presentará de forma inesperada, y desde el exterior. Estemos preparados.

JB: No. Cada generación es diferente. Pero la cuestión se puede leer en el sentido de suponer que los historiadores proseguirán su labor honorable y productivamente  sólo desde posiciones académicas. Eso no ocurre más ahora que antes. Cuando más o menos la mitad de los nuevos doctores en historia ocupan  puestos fuera del mundo académico,  es evidente que hay un montón de oportunidades para los emprendedores, para jóvenes historiadores, lo cual es mucho  más que antes. Como dice John, los programas de doctorado tienen todavía mucho camino por recorrer preparando a la gente para esas oportunidades en las numerosas variedades de public history, como escritores de historia e historiadores que aplican los conocimientos históricos a cuestiones de política pública. Ahora, la preparación para la historia académica y la pública  tiende a estar en tensión, a menudo con  diferentes programas o itinerarios. Eso debe acabar, al menos si la historia desea mantener su ilimitada pertinencia y aplicabilidad a las vidas de todo el mundo.

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Peter Burke, esbozo de autobiografía

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 29, 2009

Por tramposa que sea, la autobiografía es un género suculento. Más aún si quien la emprende es alguien como Peter Burke, uno delos mejores historiadores de las últimas décadas. Nacido en 1937, fue profesor de historia cultural en Cambridge hasta su jubilación, aunque sigue ahora como Life Fellow of Emmanuel College. Ha publicado un total de veintitres libros,  todos vertidos al castellano y bien conocidos entre nosotros. El último llevaba por título Lenguas y  comunidades en la Europa moderna, editado en 2004 (Akal, 2006).

A lo largo de los años, Peter Burke ha reflexionado en varias ocasiones sobre su quehacer disciplinario y sobre sus avatares personales.  En ese sentido, quizá  lo más parecido a una reflexión autiobiográfica sea la entrevista que se contiene en el volumen editado por su esposa, Maria Lúcia Pallares-Burke, y titulado La nueva historia (PUV, 2005).

nuevahistoria

Ahora, no obstante, la operación es más evidente y precisa, en correspondencia a una invitación de los editores de Rethinking History: Invitation to historians: An intellectual self-portrait, or the history of a historian” (vol. 13, núm. 2, junio de 2009, págs. 269–281). Sólo añadir que el texto parece un añadido al número anterior, el dedicado a “Academic Autobiography and/in the Discourses of History”, del que ya hemos hablado aquí.

Dice Peter Burke:  una invitación de este tipo puede interpretarse al menos de dos modos,  bien como una oportunidad para presentar un programa (o incluso un manifiesto) sobre una forma de hacer historia o bien para pintar un autoretrato intelectual (verrugas y todo, por supuesto).  Dado que en su momento ofrecí algunas propuestas de lo primero –tal vez demasiadas-, voy a optar por el autoretrato, con la esperanza de que la imagen resultante lo sea en movimiento y no estática, para mostrar cómo una persona interactúa con diversos ambientes y de esta manera se enfrenta a una serie de cuestiones que están en discusión. Con ello, el repaso al desarrollo de un historiador concreto  puede contribuir al proceso colectivo de repensar la historia.

De entrada, conviene preguntarse sobre si la historia necesita ser replanteada. En mi opinión, lo que hace que uno sea  buen historiador es una combinación de inteligencia, percepción (psicológica, política o lo que sea) y habilidad para comunicarse bien, cualidades que no tienen nada que ver con ninguna división entre enfoques “tradicionales” y “modernos” . Sin embargo, también defiendo que la función de un historiador consiste en mediar, como un traductor, entre pasado y presente. Esta función implica repensar y reescribir la historia en cada generación.

La pregunta inicial es, pues, cómo un individuo se convierte en historiador, por no hablar de uno concreto. Quizá la respuesta debería darla un psicoanalista. Yo no tengo, pero si estuviera echado en el sofá  probablemente evocaría  dos imágenes vívidas. La primera es la de un niño de siete años que le dice a su madre:  ”cuando crezca, quiero ser profesor de historia “. Por supuesto, mi problema es reconstruir qué supuso aquello en mi vida posterior.  En fin, incluso el propio pasado es un país extraño.

En cualquier caso, a los siete años ya estaba fascinado por la historia. Tal fascinación comenzó, creo, cuando estaba jugando a los soldaditos, lo que me condujo a entusiasmarme con los castillos, los caballeros, las armas y las armaduras, lo cual progresivamente se extendió hasta incluir las catedrales góticas, los manuscritos iluminados y, sobre todo, la heráldica. Cuando tenía 14 años, quería ser medievalista y esperaba convertirme algún día en  miembro de la Society of Antiquaries.

La segunda imagen es la de un joven de 16 años, sentado en un autobús, en algún momento a principios de 1950, leyendo un libro de un don de Cambridge, Kenneth Pickthorn, titulado Early Tudor government: Henry VII (1934). No había elegido leer a Pickthorn,  era una lectura obligatoria. Recuerdo mi irritación con el autor por escribir sobre un puñado de funcionarios y no decirle al lector prácticamente nada sobre la Inglaterra de 1485. En otras palabras, lo que realmente quería leer era historia social, una historia sobre todo el mundo. Esta idea probablemente la extraje de la  English social history (1942) de G.M. Trevelyan -mi padre me había dado un ejemplar, que todavía conservo- y también quizás de la  Social history of art (1951) de Arnold Hauser, que acababa de aparecer y que había descubierto en las estanterías de la Stoke Newington Public Library (recuerdo que el título me intrigaba: ¿cómo podía el arte tener una historia social?).

burke

A partir de estas dos espléndidas imagenes, Peter Burke repasa las etapas fundamentales de su  vida. En primer lugar, el ejército, al que se alistó al poco de cumplir los dieciocho años, siendo destinado a Singapur como miembro del Royal Corps of Signals. Después, sus estudios de historia en Oxford, entre 1957 y 1962.  Allí aparecen sus dos tutores,  Howard Colvin y Keith Thomas, y otros profesores, como Christopher Hill y Lawrence Stone, asociados ambos a su lectura favorita, la revista Past and Present. Sin embargo, el supervisor de su investigación fue Hugh Trevor-Roper, que le sugirió la lectura de Arnaldo Momigliano, al tiempo que el propio Burke se adentrada en los historiadores de Annales. Sea como fuere no acabó su dissertation. Ocurrió que Asa Brigs fue a dar una conferencia sobre sociología y mencionó que se iba a abrir una nueva Universidad en la que se impulsarían los estudios interdisciplinares. Y así empezó la tercera etapa, en octubre de 1962, como Assistant Lecturer en la School of European Studies de la University of Sussex, un lugar donde definió lo que considera el hilo central de su trabajo: su mediación entre la historia, por un lado, y la antropología y la sociología, por otro. Finalmente, Cambridge, donde llega en 1978, con el choque que le supuso volver al mundo de las viejas universidades. Hasta el punto de que allí le consideraban un revolucionario (al menos a ojos de Geoffrey Elton).

Terminado ese repaso, Peter Burke concluye que la operación que ha realizado, su autoretrato intelectual, no es nueva.  Y nos dice: es un género que fue inventado hace casi trescientos años . Cuando Vico publicó su autobiografía, en 1728, lo hizo como respuesta a una invitación de tres académicos italiano. El texto se publicó en un revista junto con una propuesta para que otros estudiosos italianos escribieran sus autobiografías intelectuales sirviéndose de ese modelo. El objetivo de la empresa era cómprender cómo surgían los descubrimientos intelectuales. Este objetivo puede que sea excesivo,  pero el autoretrato que he pintado quizá sirva para sugerir un par conclusiones generales.

Mirando hacia atrás, me parece que el historiador en que me he convertido procede de un medio que que favorecía ciertos intereses, actitudes y métodos; pertenece a una determinada generación, la generación de posguerra, que comparte lo que Mannheim llamó  ”una posición común en el proceso social e histórico”, incluyendo grandes sucesos como 1956, 1968 y 1989. Soy cuatro años más joven que Keith Thomas, tengo tres menos  que el último Raphael  Samuel, soy dos años mayor que Robert Darnton y Carlo Ginzburg, cuatro más que Bob Scribner y superó en nueve a Roy Porter. Todos ellos conforman una red de amigos, así como una generación, que ilustra la importancia de los pequeños grupos, en vez de individuos aislados, en el proceso de repensar la historia. La frase  de Raphael, “Taller de historia”,   no sólo se aplica al grupo que fundó, sino a todos nosotros.

Un último comentario se refiere a la fiabilidad de autoretratos como éste, así como a otras confesiones o “egodocumentos”, como los llaman los  holandeses, ya fueran escritos por el protagonista o registrados por un entrevistador. La cuestión ha sido debatida por psicoanalistas y sociólogos, y también por los historiadores. Uno de los puntos centrales  se refiere a la necesidad de recordar que las autobiografías presentan el pasado de una persona desde un punto de vista particular,  el que corresponde al momento de la escritura. También hemos de ser cuidadosos con “los mitos en las historias de vida”.  Es evidente que a veces ” recordamos” lo que nos gustaría que hubiera ocurrido y, aún más a menudo,  olvidamos lo que desearíamos que no hubiera sucedido. Desplazamos nuestro pasado hacia el centro mismo del escenario, silenciando a antiguos amigos y colaboradores que amenazan con reducir nuestra gloria, al igual que la Enciclopedia Soviética silenciaba a  Trotsky en la era de Stalin. Como alternativa, pero de forma  igualmente  esquemática, podemos elegir presentar nuestra vida como una serie de accidentes. Nuestros recuerdos son también estereotipados, conformados por la práctica de contar y recontar historias. En pocas palabras, sin darnos cuenta  a menudo superponemos un mito de la coherencia sobre una realidad desordenada. Caveat lector.

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Biografías de Madame de Staël

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 27, 2009

En efecto, Anne-Louise Germaine Necker, baronesa de Staël-Holstein,  parece estar de moda, al menos un poco. Así lo apunta en las páginas de la NYRB el premiadísimo Richard Holmes.  Cinco son los volúmenes que reseña, algunos con motivo de reediciones o de versiones de bolsillo: Madame de Staël: The First Modern Woman, de una especialista en biografías, Francine du Plessix Gray (Atlas & Co., 2008); el ya clásico Mistress to an Age: A Life of Madame de Staël, de J. Christopher Herold (Grove, 2002); Germaine de Staël & Benjamin Constant: A Dual Biography, de Renee Winegarten (Yale University Press, 2008), quizá la reconstrucción más romántica y literaria, con más chispa; Madame de Staël: The Dangerous Exile, de Angelica Goodden (Oxford University Press, 2008), que ofrece la biografía más académica y exigente; y, finalmente, la reedición  de  Corinne, or Italy, de la propia  Madame de Staël, la única traducción del francés (Oxford World’s Classics, 2008).

madame stael

¿Por qué a Madame de Staël no se la recuerda mejor hoy en día?, se pregunta Holmes.  Inmediatamente después de su muerte, Lord Byron la llamó “la primera mujer escritora de ésta o,  quizá, de cualquier época”.  La Blackwood’s Edinburgh Magazine publicó un obituario en diciembre de 1818 que afirmaba: “Las ciencias siempre han tenido su origen en un gran espíritu. [Adam] Smith creó la economía política; Linnaeus, la botánica; Lavoisier, la química;  y  Madame de Staël, de igual manera, creó el arte de analizar el espíritu de las naciones y las fuentes de las que beben”.

La gran Biographie Universelle francesa del XIX la llamó “le Voltaire féminin“. Habida cuenta de la relativa oscuridad de la reputación actual de Staël (incluso a pesar de los turbantes), estos sorprendentes juicios merecen una explicación más detallada.

De esas tres biografías, tal vez ninguna da suficiente importancia a la cuestión de por qué no es más conocida. Todas trasmiten una vívida (aunque a veces asfixiante) impresión del impacto que Madame de Staël causaba en quienes le rodeaban. Sin embargo, su influencia literaria a largo plazo, sus vaivenes, sigue siendo algo misterioso. ¿Qué hay, por ejemplo, de la influencia de Corinne sobre las novelas de Mary Shelley o en la Aurora Leigh de Elizabeth Barrett Browning,  o en las escritoras de viajes británicas,  o (para el caso) en los  primeros cantantes americanos de country? Asimismo, nadie se plantea la difícil cuestión de por qué en Alemania ha decaído su actualidad.

En conjunto, estas biografías podrían sugerir que el tiempo de Madame de Staël regresa de nuevo. Lo que confirman magníficamente es que era una mujer  verdaderamente extraordinaria, que creó con valentía un nuevo papel en la sociedad, incluso uno mayor que el de su irreprimible heroína Corinne. Este papel fue el de las mujeres independientes, autónomas, las mujeres intelectuales de Europa.

Ya lo dijo el poeta alemán Heinrich Heine: “Llevaba un enorme turbante sobre su cabeza, y quería presentarse a sí misma como la Sultana del pensamiento …. Les preguntaba a nuestros intelectuales  “¿qué edad tiene?, ¿qué ha escrito?, ¿es usted kantiano o fichtean0?” y cosas así, sin esperar apenas respuesta”.

A su alrededor se apiña una notable compañía: Madame de Charrière, Madame du Châtelet, Mary Wollstonecraft, Madame Lavoisier, Sophie Germain, Fanny Burney, Maria Edgeworth, Mary Shelley, Charlotte Brontë, George Eliot, George Sand …. Su biografía se está convirtiendo poco a poco en parte de una más amplia y generosa historia social.

Aun así, es triste pensar que es posible que nunca podremos saludar a Madame de Staël  con el intenso “entusiasmo” que  una vez despertó ( “enormes multitudes se reunieron para verla …. La primeras damas del reino esperaban en sus sillas para atrapar una muestra de esa fisonomía oscura y brillante”), ni bailar con ella en torno a la mesa, con las  servilletas sobre nuestras cabezas.

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Entre nosotros, lo último es: De la influencia de las pasiones en la felicidad de los individuos y las naciones : reflexiones sobre el suicidio (Berenice, 2007; Reflexions sobre el procés de Maria Antonieta (Ensiola, 2007) o Reflexiones sobre el proceso de la reina (Abada, 2006); y Diez años de destierro (Lumen, 2007).

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La biografía de Friedrich Engels (un comunista con levita)

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 22, 2009

Todos los comentaristas parecen estar de acuerdo en que la reciente biografía de Friedrich Engels es un buen trabajo: The Frock-coated Communist: The Revolutionary Life of Friedrich Engels, de Tristram Hunt (Allen Lane). Así lo han reconocido History Today, Observer-Guardian o The Times por partida doble, tanto en su edición dominical como en el suplemento habitual.

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No se puede decir que el éxito sea totalmente inesperado, sobre todo desde que se supo que el responsable de acometer la tarea era el citado Tristram Hunt, uno de los jóvenes historiadores británicos más celebrados. Nacido en 1974, y formado en Cambridge y Chicago,  es uno de esos académicos anglosajones que acostumbran a cultivar su presencia en los medios de comunicación, muy abundante en su caso, tanto en la prensa como en la televisión. Además, ha sido un miembro activo del laborismo. Y toda esa frenética actividad la compagina con su trabajo académico en el Queen Mary de la Universidad de Londres, un centro muy particular donde, entre otros,  Peter Hennessy impone su sello. Así pues, Hunt tiene todas las virtudes y algunos de los defectos de las grandes estrellas del universo histórico de las Islas y más allá: Simon Schama, Niall Ferguson, Orlando Figes, Linda Colley, Andrew Roberts e incluso David Cannadine e Ian Kershaw.

Veamos, por ejemplo, la opinión de Mick Hume, antiguo editor de Living Marxism, la que fuera publicación del Partido Comunista Revolucionario hasta su cierre en 2000. La escojo porque, de entre todas, viene a ser la más crítica.

Friedrich Engels fue un campeón de la revolución proletaria que amaba la caza del zorro,  el duelo y sentía debilidad por las faldas, una persona cuya idea de la felicidad  era una botella de Château Margaux 1848  y que se benefició de la explotación de los trabajadores en una fábrica de Manchester.

Pero Engels no era un “socialista achampañado”. Fue un decidido animal político que escribió una crítica mordaz del capitalismo victoriano -La condición de la clase obrera en Inglaterra- a los 24 años de edad, que estuvo del lado de los cartistas en Manchester y, a continuación,  escribió con Marx El Manifiesto Comunista, antes de que ambos se pusieran a perseguir las grandes revoluciones de 1848 por todo el continente tratando de ponerlo en práctica. Engels fue acusado de alta traición en su nativa Alemania – “ahora sí que has ido demasiado lejos”, se quejó su ultrajada madre – y luchó en las barricadas contra el poder de los militares prusianos en la revolución  – “El silbido de las balas es realmente un asunto bastante trivial “, le escribió despreocupadamente a Jenny Marx.  Más de dos décadas después, Engels todavía estaba tratando de ayudar a la Comuna de París a llevar a cabo su revolución. Incluso su gestión en la fábrica, de la que su padre era copropietario -trabajo del que odiaba cada momento – fue un sacrificio para mantener a Marx y a su familia mientras éste escribía Das Kapital.

Hunt ve a Engels como un hombre injustamente olvidado, y prefiere a este caballero urbano al irascible Marx. No está mal que Engels sea rescatado  de la caricatura, pero a la postre quizá debiéramos aceptar  su modesto juicio sobre las razones por las que sacrificó tanto por su amigo (incluso reclamando la paternidad del niño que Marx había engendrado con su ama de llaves): Marx, insistió, era el genio, Engels sólo tenía “talento”. Pero la contribución de Engels, en particular en la  edición de los últimos volúmenes de El capital tras la muerte de Marx, fue inmensa. Su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado y el ensayo “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre ” son textos muy modernos, a pesar de las limitaciones de la antropología victoriana y de que él era un científico aficionado.

De hecho, como viejo marxista libertario que fue, a Hunt le complace ver a Engels retratado como la antítesis de la misantropía miserable que a menudo pasa por ser característica de  la izquierda hoy. Engels aparece más como un apasionado luchador callejero que como una patética víctima, un incansable luchador por “la emancipación del hombre” que destila humanismo en todas sus actitudes,  alguien con un mundo bien distinto del que posteriormente le hizo habitar el sistema estalinista.

Hunt

Engels, por supuesto, no siempre tenía raszón. Hunt quiere defender su contribución al desarrollo del materialismo histórico de Marx. Sin embargo, a menudo  olvida un punto clave de ese método: que todo debe entenderse en su contexto histórico específico. Engels, el pensador revolucionario y el emprendedor, tuvo su mejor momento en la era de las revoluciones. En las etapas posteriores de la vida, sobre todo después de la muerte de Marx en 1883, se quedó aislado en Londres,  rodeado por los pigmeos políticos de la nueva izquierda británica. Hasta su muerte en 1895, Engels respaldó  las luchas de los trabajadores, como la huelga de los estibadores de Londres, aunque su convicción de que el marxismo había sido adoptado por la Segunda Internacional Socialista quedara en evidencia en 1914 cuando los trabajadores del mundo, lejos de unirse, se dividieron en beligerantes bandos nacionales.

El mismo Engels tenía claro que si Marx y su trabajo tenían  sentido en el futuro  no sería como una especie de evangelio incuestionable que se repitiera de memoria. Hunt recoge una carta escrita meses antes de su muerte, en la que Engels le dijo un economista político alemán que “la manera de pensar de Marx no es tanto una doctrina como un método. Proporciona no tanto  dogmas prefabricados como ayudas a la investigación y el método para dicha investigación “.

¿Cómo vería Engels la crisis actual del capitalismo? Hunt concluye con la afirmación de que Engels haría una vez más la predicción de que la promesa de su  buen amigo Karl Marx se acabaría cumpliendo. Sin embargo, si Marx aún es ampliamente reconocido como referente, no sólo lo es en el sentido que Hunt aplica a ambos, a Engels y Marx  – como “Cassandra”,  el adivino de una catástrofe en la que sucumbiría el capitalismo descontrolado. Fueron más que eso. Vieron las crisis del sistema como un momento que apunta a la necesidad y posibilidad de cambio,  que podría mover la sociedad hacia adelante  basándose en lo que llamaron la “maravillas” del capitalismo. En cambio, son muchos los destacados críticos del capitalismo de libre mercado que se parecen a Hunt, incondicionales de mirar atrás, en favor de la Campaign for the Protection of Rural England

Recelo de las biografías, porque a menudo son sólo un catálogo de debilidades del personaje en cuestión, diciéndonos que todos tuvieron los pies de barro y que su vida personal no fue un echado de virtudes.  Se olvida así  que las personas que hacen la historia crean algo que les sobrepasa.   Hunt hace bien en subrayar la vida pública de Engels, aunque trampoco puede resistirse a a escarbar en lo más bajo. La verdadera cuestión sobre alguien como Engels es ver la forma  en la que se levantó sobre cosas como éstas.

En última instancia, con una vida marcada por la miseria personal y el fracaso público, fue una encarnación heroica de esa visión de Marx de que el hombre hace su propia historia, si bien no pudo elegir las circunstancias. Hunt señala que, mientras a Marx se le conmemora con la enorme y horrible  tumba del cementerio de Highgate, no hay monumento público adecuado para Engels. Su libro, aunque vale la pena leerlo, no sirve de nada para ese fin.

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La biografía de Blanche y Marie

Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 15, 2006

Blanche y Marie: la fórmula química del deseo.

Estimados amigos, finalizo hoy mi periplo australiano.  Push Nevada terminó (de manera harto enigmática) y ya no tenía motivos para quedarme entre canguros. Así que  estoy   regresando  al querido hogar (del periplo que me aguarda les hablaré en otro momento). Pero les prometí una noticia a propósito de la familia Curie y de cierto éxito literario. Vayamos a ello.

Si no estoy en un error, en el verano de 2004 se publicó un libro titulado Boken om Blanche och Marie, obra del que quizá sea el mejor escritor sueco del momento, Per Olov Enquist. Por si no lo conocen, les diré que es también ensayista, dramaturgo y guionista (¿se acuerdan de Pelle el conquistador?) y que ha venido cosechando éxitos sin interrupción. Quizá les suenen más Henning Mankell o Marianne Fredriksson, pero Enquist también ha publicado en España algunos libros. Entre ellos sobresale, sin duda, La visita del médico de cámara (Destino, 2002), un superventas internacional premiado en distintos lugares (mejor libro extranjero en Francia en 2001, por ejemplo) que, en clave de novela histórica, narra el enfrentamiento entre un médico ilustrado y la corte danesa en el Siglo de las Luces. Sin embargo, en esta ocasión la cosa no fue a mayores y su Blanche och Marie se quedó encerrado en los confines suecos y en los países cercanos, además de una edición alemana el pasado año. Pero eso hasta el otro día. Como si se hubieran puesto de acuerdo, por arte de birlibirloque, en las últimas semanas hemos asistido a una cascada de traducciones. Ha aparecido en francés, en italiano y en inglés, por citar las que conozco, y supongo que Destino u otro sello estarán prestos a verterla al castellano.

El volumen cuenta una historia muy interesante, la de Blanche Wittman, paciente del Hospital de la Salpêtrière, lugar donde oficiaba el celebérrimo profesor Charcot, gran especialista en la histeria femenina al que conocerán todos ustedes y, en particular, los seguidores de Freud (el word me propone freíd, imperativo del verbo freír, y me lo estoy pensando, quizá lo fría). Olvidemos al Sr. Puertas y miremos el conocido cuadro Une leçon clinique à la Salpêtrière (A. Brouillet, 1887):

En efecto, Blanche es la que está caída, en brazos de Joseph-Francois-Félix Babinski, con una dejadez que deja traslucir su punto erótico, expuesta a las miradas de todos los que siguen la explicación del doctor Charcot. Es la Blanche que se presentaba como la reina de las histéricas, a cuyas sesiones públicas de hipnosis asistían Freud y Strindberg, el citado Babinski y Sarah Bernhard, así como toda la élite médica, intelectual y mundana del París de finales de siglo. Es aquella Blanche que estampaba en su tarjeta lo de “Blanche Wittman, primer paciente del Dr. Charcot”. Se dice que su especialidad y su síntoma era la representación, con un primer estado de letargo, otro de catalepsia y un final sonámbulo. Una relación, pues, que parece prefigurar otras futuras, como la de Anna O. (Bertha Papenheim) con Freud y la de Aimée (Marguerite Pantaine) con Lacan. Tras la muerte de Charcot, Blanche abandonó la Salpêtrière, pero años después se reincorporó trabajando a partir de 1900 en la sección radiología. Blanche se convertirá así en ayudante de Marie Curie y vivirá un trágico destino: sufrirá el “cáncer de los radiólogos” y será sometida a varias amputaciones.

Mientras tanto, tenemos a Marie Curie, enfrascada en sus investigaciones, ganadora de un Premio Nobel con su marido Pierre. Las cosas les van bien, aunque la discriminación que sufren las mujeres le impide acceder a los cargos que él disfrutará bien pronto. Pero esa felicidad se rompe cuando Pierre es atropellado por un coche de caballos el 19 de abril de 1906. A partir de este momento, Marie toma el relevo, en las clases y en las investigaciones. Y en 1911 se desata el escándalo, cuando establece una relación con Paul Langevin, antiguo alumno de Pierre, casado y padre de familia. “Ladrona de maridos”, “extranjera”, son algunos de los calificativos que la prensa le regalará. Pero, a pesar de las habladurías, ese año recibe un segundo Nobel, el de química. No obstante, en su interior está desesperada y se confía a Blanche, a la que tiene como ayudante. Quiere oírla hablar de su relación con Charcot. Años de trabajo no han conseguido ocultar a la mujer, a la enamorada. Dos mujeres, pues, entre pasión e investigación, encierro y escritura. 

Per Olov Enquist relata esa historia de ascensión y de caída, utilizando los cuadernos que escribiera Blanche, un material precioso.

Próximamente en sus pantallas (o eso creo)

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En Australia. El género biográfico (II)

Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 13, 2006

Ian Donaldson: asuntos de vida y muerte

  

 Retomemos la exposición donde la dejamos, en sus preliminares. Yo todavía sigo con Push Nevada, motivo por el cual voy a seguir un par de semanas por estos lares cubriendo otras noticias, que aún estoy buscando.

Tras lo dicho en la entrega anterior, Donaldson interpeló a la concurrencia con toda una serie de preguntas, quizá para mantenerles atentos: ¿Qué profundidad tiene  este cambio de tendencia? ¿Qué avances se han hecho realmente? ¿En qué medida nos hallamos ante una  nueva  biografía y en qué se diferencia de la vieja? Y ¿qué ha sucedido  con aquellas voces disidentes  y contrarias al género?  ¿Qué nos dicen?    El conferenciante se puso a ello y repasó algunas de esas posiciones escépticas.

 

Uno de esos antibiógrafos sería el  excelente crítico inglés Terry Eagleton, que hace unos años  publicó un artículo sobre el asunto en la London Review of Books. A partir de una lectura insatisfactoria (una obra de Sean French sobre el escritor Patrick Hamilton), Eagleton reflexionaba sobre la fatuidad de la biografía: “the cult of the Individual Life   is, of course, ultimately self-defeating. For one thing, most individual existences are routine and unremarkable … Biographies can-not help reminding us, in the very act of distilling the uniqueness of their subjects, of just what tediously generic creatures they are. The structure of biography is biology: even the most wayward of geniuses have to get themselves born and educated, fight with their parents, fall in love and die. The remorseless linearity of the biographical form represents one of the last pockets of realism untouched by Modernism, and the triumph of the ideology of the ego over Tristram Shandy” (LBR, diciembre de 1994).

En fin, sería una posición similar a la que mantenía el nihilista Bazarov en la obra de Turgenev Padres e hijos (1861) y que más o menos decía así (reparen en que estoy en Australia y que no tengo la novela a mano): ‘Todas las personas son semejantes en cuanto a   cuerpos y   almas. En cada uno de nosotros, el cerebro,  el    bazo y los pulmones están hechos de la misma manera, y se supone que las cualidades morales   son iguales en todos nosotros. Las variaciones de menor importancia no significan mucho. Un ejemplo humano es suficiente para juzgar a todo el resto. La gente es como los árboles en un bosque. Ningún botánico basa sus estudio en un solo abedul” . Y se quedó tan ancho, Bazarov.

El segundo disidente sería la mismísima Virginia Wolf. Cierto es, en todo caso, que sus críticas apuntaban a un modelo que hoy está en retroceso: aquella antigua forma según la cual  las vidas debían ser percibidas en términos de una trayectoria ascendente, como un  movimiento hacia adelante,   una lista de   logros, de empleos, de   honores  y   de distinciones; en la creencia de que un registro acumulado de tales vidas distinguidas  podría compendiar una historia verdadera de Inglaterra. Y algo parecido se puede decir en el caso de otras celebridades escépticas, de Lytton Strachey y de  Roland Barthes, ambos reticentes ante el predominio de una perspectiva positivista,  que obviaba otras posibilidades en la explicación y la crítica históricas. El francés lo habría expuesto en su ensayo “La muerte del autor” (El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós, 1987), o al menos así lo han leído algunos. Ahora bien, en su Sade, Fourier, Loyola (Madrid, Cátedra, 1997),  Barthes defiende la biografía, pero hecha de fragmentos y no la que se presenta como un todo orgánico perfectamente acabado.  

 

Y llegados a este punto, y dejando al margen el último disidente citado por Donaldson (Stefan Collini, un historiador de las ideas y experto en estudios culturales que hace unos años era habitual de la New Left Review), sobrevino una sorpresa. Cual no sería mi pasmo, cuando el mentado conferenciante señaló que si los presentes deseaban embelesarse con un modelo de biografía breve y deliciosa bien harían en repasar Vidas Escritas, de Javier Marias, cuya traducción inglesa calificó de superlativa. Imaginen mi conmoción: una referencia hispana en medio de las antípodas. Anonadado me quedé, hasta el punto de sobresaltarme.

Pero a lo que vamos. El sobresalto me vino de perlas, porque la últimas parte de la exposición la dedicó a los historiadores y a cómo éstos estaban empezando a  descubrir cuánto se puede aprender sobre una sociedad entera, sobre un momento histórico, a partir   del estudio de una vida, de una familia, de un pequeño grupo de   individuos, cuyas vivencias,    aparentemente extrañas o anodinas,   también son significativas  en un cierto sentido. En ese momento, dejé volar mi imaginación y recordé a Carlo Ginzburg o a Natalie Zemon davis, entre otros muchos. En cambio, Donaldson citó dos ejemplos menos conocidos por estos pagos.

Por un lado,  la historiadora británica Linda Colley, que trabaja en Princeton y que es conocida por su extraordinario Britons. En cambio, ahora  ha cambiado de registro y está trabajando en un volumen titulado The Ordeal of Elizabeth Marsh: The World in a Life: la historia de una mujer concebida en Jamaica en 1734, transportada a través del Atlántico en el útero materno y cuya niñez y madurez se caracterizó por una constante peregrinación, conectando y colisionando entre continentes y culturas. No sé a sustedes, a mi me recordó el último volumen de la citada Davis sobre León el Africano que pronto publicará PUV, la editora de la Universitat de València y que no se deben perder en su momento (Trickster Travels). Y mencionó también el trabajo de la australiana Cassandra Pybus emprendiendo una biografía colectiva, la de los esclavos africanos (Epic Journeys of Freedom: Runaway Slaves of the American Revolution and Their Global Quest for Liberty,  Beacon Press, 2006). En fin, he aquí cómo acabó la cosa, breves momentos antes del merecido aplauso de rigor: “Micro- and macro-history may get along together, then, more companionably than our final sceptic suggests. Biography, conceivably, may have a better tale to tell, and better ways of telling it, than all five sceptics thought. For better or for worse, it’s back with us, in any case: surrounding us, like life”.

  

Al final, la desbandada, pero yo me quedé sentado, evitando la compañía de mi vecino heleno, que deseaba invitarme a una bebida local. Yo ya había probado las celebérrimas galletas anzac y no estaba para mayores alegrías. Así que estuve repasando la conferencia y decidí que estaba de acuerdo, aunque quizá mis referencias fueran distintas y también mi manera de ver algunos aspectos. Pero ya les dije que aquí no habría reflexión, sólo información. También rememoré algunos libros citados, ejemplos de buenas biogrfías que conocía. El London, de Peter Ackroyd, que en España no parece haber tenido mucho eco en la edición de Edhasa; el Paris, del historiador Colin Jones; la pareja culinaria formada por el The Pineapple: King of Fruits, del escritor Fran Beauman y el Curry: A Biography, de la peculiar académica Lizzie Collingham; así como el libro sobre los científicos Curie, del periodista  Denis Brian.  

Y en eso me vino a la mente uno de los éxitos europeos de la temporada, que trata precisamente sobre esa familia de científicos. Les prometo que la relataré pronto, pero ahora tengo la inevitable cita con la televisión. Tengan la paciencia de esperar a la tercera y última entrega.

Mientras tanto, si lo desean, pueden   acceder al texto de Donaldson que  he maltratado y que acaba de reproducir la Australian Book Review:

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Rumbo a Australia. El género biográfico (I)

Publicado por Anaclet Pons en Diciembre 11, 2006

En Melbourne estando

 

 

Estoy que no paro y el contento me inunda. Perdonen la expansión. De sobra saben ustedes que acabo de publicar un libro con mi amigo Justo Serna. Pues bien, el éxito ha sido estruendoso, bárbaro. Y claro, una cosa lleva a la otra. Les confesaré que ya antes de la presentación oficial tuve que comparecer en horario de prime-time en Galaxia Televisión, nombre que ya lo dice todo. Además, el público, un público adulto y con experiencia, estaba enfervorizado. Así que a la editorial le llueven los pedidos y a nosotros nos acosan los medios. No quiero parecer extremado, así que les transcribo el telegrama que me envió Justo: 

Gran éxito libro. Diluvian ofertas. Embarcando New York presentar volumen MOMA. Lunes mañana, París. Martes noche, Londres.   Miércoles,  Moncloa. Gran Cruz Isabel Católica. Contratos millonarios. Entrevistas CNN y FOX,   Times,  Monde, FAZ, Post. Negociando guión Hollywood. Llaman embarque. Espero llegar sábado. Contrata majorettes recibimiento. Saludos  

 

Reconozco que suele exagerar, pero digo yo que cuando el rio suena… En fin, como ustedes comprenderán, me muero de envidia, porque no he podido acompañarle. Ahora mismo estoy en Australia. Es la segunda vez que me envía Monigotepress para cubrir un acto académico.

 La primera visita al continente rojo fue el pasado 20 de septiembre. Me intrigaba qué razones podía tener una agencia de tercera para cubrir un evento en las antípodas, y por eso acepté, por eso y porque mi primo se había empeñado en invitarme a comer el domingo, y por ahí no paso. Lo cierto es que me hospedé y me alimenté a cuerpo de dignatario, así que como compensación les haré un resumen de lo que allí viví. El asunto es como sigue. Se me enviaba a cubrir una charla que daba un amigo de nuestro director. A  todo eso, les diré que mi inglés es bastante torpe, pero que tuve la fortuna de tropezarme con un inmigrante, en este caso un griego que llevada 17 meses en aquel continente. De ese modo, escuchando con esfuerzo al conferenciante y preguntando a mi vecino, conseguí pergeñar unas notas. Ello no sin sufrir un ligero contratiempo, porque el heleno insistió en cantarme las bondades de Corfú y tuve que pararle los pies. Pero las notas están ya depuradas. Si se corresponden o no a la realidad  es otra cosa, porque al terminar advertí que  cada uno había sacado su propia impresión  del evento. Entonces, ¿por qué no iba a valer la mía?

Recuerdo que era un miércoles, a eso del mediodía, más o menos a las 12,30. La jornada era agradable, en torno a los 18 grados, sin viento apreciable y nada humedad. Un lujo. El acto lo  acogía la Council Chamber, es decir, era en la John Scott Meeting House, en el principal campus que la Universidad de  La Trobe tiene en  Melbourne, concretamente en Bundoora. Un terrenito bien, sin estrecheces (me puse a pensar de inmediato qué no harían nuestros ediles con el asunto, pues aquello daba para una urbanización de lujo), más o menos unas 330 hectáreas al noreste del centro de aquella ciudad. O sea, vienes de Melbourne, entras por Waterdale Road y recto recto tienes un aparcamiento en Collage Drive, cerca de la parada del autobús, luego cruzas el puente junto al Union Hall y enseguida ves todo el mogollón. Subes hacia arriba y hacia la derecha encuentras el citado salón de actos. Por supuesto,  el conferenciante era toda una celebridad, Ian Donaldson, pues un cualquiera no tiene el honor de ser escogido para The 2006 ‘Australian Book Review’/La Trobe University Annual Lecture.  Finalmente, el título estuvo acorde con la cita:Matters of Life and Death: The Return of Biography”. Precioso. 

     

 

El retorno de la biografía

Descuidada durante años, la biografía ha experimentado un notable retorno. Con esas palabras empezó la exposición. Los ejemplos, según expuso Donaldson, serían abundantes. Relató, a modo de prueba, la medida tomada por los responsables de la librería Waterstones, la más importante de entre las británicas. Al parecer, han decidido colocar  la   sección de “biografía”  en la parte delantera del local y rotularla de forma audaz como “LIFE”.  Citó también muchos casos australianos que ahorraré y mencionó algunas obras muy celebradas de ese género (sobre eso volveré más adelante). Arrancó incluso las risas del público cuando dijo que si The History of the Potato se publicara hoy su título sería The Potato: A Biography y también cuando recordó el buen libro de Jack Mile (God: A Biography, 1995).            

Tras ese breve preludio, expuso el núcleo de su argumento: sugirió  que el renacimiento del actual interés por el género se debe en parte a un reconocimiento cada vez mayor de las muchas y muy diversas maneras    que tenemos hoy en día para representar y recuperar la  vida    del ser humano; que su retorno  puede ser en parte resultado de  los rápidos cambios tecnológicos de la última década, y del espíritu de  experimentación que esos cambios   parecen animar. Un grupo de estudiosos de la  University of New England, añadió, han analizado el incremento del número de biografías que están siendo “publicadas” en internet.

Sin embargo la cosa no es sencilla, pues el objeto biografía encierra un buen número de enigmas y no pocas frustraciones (me pareció que citaba a Julian Barnes y al loro de Flaubert en ese punto). Y por eso, en parte, el mundo académico la ha tenido bastante descuidada. Algo a lo que contribuyeron de manera decisiva las embriagadoras teorías francesas de los sesenta y setenta, con el resultado de que se la mirara con escepticismo y suspicacia. Lo que importaba era el texto, el análisis formalista y la especulación, pero no el autor, porque si está muerto ¿para qué preocuparnos?   En cambio, en las últimas décadas, la tendencia se habría invertido y  el cultivo del género habría encontrado el camino libre. De hecho, los anglosajones, que han sido los tradicionales hortelanos, ya no sufren amonestación ni se sienten dinosaurios historiográficos cuando lo practican. Donaldson, dada su querencia literaria, se refirió a los casos de Richard Colmes, profesor en  East Anglia  (Sidetracks: Explorations of a Romantic Biographer, Harper Collins, 2000) y de  la oxfordiana Hermione Lee, una auténtica especialista con trabajos sobre Virginia Wolf,  Elizabeth Bowen,  Philip Roth  Willa Cather y su más reciente  Edith Wharton: A Biography   (Chatto & Windus, 2006).   

 

Bueno, ahora debo cortar el relato porque voy a bajar a comprar el periódico, The Age, que es mi alimento noticiero por estos pagos……….. He vuelto, pero no  puedo continuar la crónica, y tengo  dos razones de peso. La primera es que, al llegar al quiosco, he visto que tenían la Australian Book Review, que aquí es el no va más, algo así como el Hola literario. La he adquirido y ¿qué diran ustedes que incluía? En efecto, la conferencia de Donaldson. Bueno, tampoco pasa nada, porque no creo que ustedes hagan el viaje a propósito. Pero lo segundo sí es fuerza mayor. Estoy enganchado a la tele. Por aquí las cosas son como las nuestras, palmo arriba palmo abajo. Tienen la ABC, la SBS, el canal 31, la 7, la 9 y la 10. Y yo las sigo con el vano propósito de mejorar el idioma. Hasta ahora no me había dado resultado, pero hete aquí que me he topado con una serie que me tiene sorbido el seso y suelta mi lengua. Se llama Push Nevada y es sorprendente. Todavía no puedo decirles si es un western, un comic, una de ciencia ficción o una sucesión de video clips. En cualquier caso, tiene algo que me intriga y desconcierta, que me engancha, aunque a mi me enganchan las series.  

 

Soy de los que piensan que el lenguaje televisivo va por delante del cinematográfico y que este último es puro entretenimiento o copia al anterior. Así me lo pareció la premiada Crash, por ejemplo. Creo que su escritura está estancada, que no ha vivido transformaciones y rupturas como las que, por ejemplo, ha tenido la literatura. Ya no hablo sólo de la aparición de Kafka, Musil, Mann y compañía. Me refiero también a otros como el maestro Borges, Calvino, Perec e incluso Pynchon. Nada de eso veo en el cine. Me entretiene, pero la experimentación se quedó anclada en los maestros pioneros. Les dejo que ponen el tercer capítulo. Les prometo continuar mañana con Terry Eagleton,  Virginia Wolf,  Lytton Strachey y  Roland Barthes.

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