Clionauta: Blog de Historia

Noticias sobre la disciplina (Anaclet Pons)

Archivos de la categoría ‘Académica’

La escritura académica digital

Publicado por Anaclet Pons en Noviembre 11, 2009

“En muchos casos, las tradiciones no duran porque sean excelentes, sino porque las personas influyentes se oponen al cambio y debido a la enorme carga que implica la transición  a un estado mejor”. Cass Sunstein, Infotopia

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Uno de los blogs más interesantes sobre las nuevas tecnologías y el mundo académico es profhacker. No hace mucho, uno de sus colaboradores, Brian Coxall, dedicaba una entrada a los nuevos modelos de revisión de un texto, centrándose en el trabajo de Kathleen Fitzpatrick, una de las veteranas en el mundo de la edición académica digital. En efecto, esta profesora lleva más de una década tratando algunos de estos asuntos en su blog, en el que ha ido anunciando los progresos de su nuevo libro: Planned Obsolescence.  Ahora, señala Coxall, ese volumen ha hecho su aparición en línea, algo digno de mención — especialmente en el contexto de la reciente aparición de SideWiki– porque Fitzpatrick invita  a la comunidad de Internet a comentar  el manuscrito, con la posibilidad de que esas intervenciones aparezcan al lado de los los párrafos del texto. Pero, ¿cómo funciona?

Como explica Fitzpatrick, su “sitio es alimentado por CommentPress, que permite que  los comentarios se adjunten a una página o a párrafos concretos de la página”.   CommentPress es un tema que se puede instalar en un blog de WordPress. Lo cual significa que se puede utilizar para permitir notas marginales en cualquier texto que se pueda colocar en un blog, siempre que tengan los permisos para hacerlo. El desarrollo de CommentPress ha sido patrocinado en los últimos dos años por el Institute for the Future of the Book. De momento, Fitzpatrick utiliza una versión beta, pero pronto tendrá la versión final, que será aún mejor.

Fitzpatrick insiste sobre todo en la necesaria reforma de la revisión por pares en la era digital, defendiendo que este tipo de revisión será más productiva,  útil,  transparente y eficaz si el proceso es abierto. Y por eso, practicando lo que predica, ofrece su texto en línea,  disponible para ese examen abierto. Su voluntad es que los comentarios le ayuden a revisar el manuscrito antes de su presentación definitiva. Si todo va según lo previsto, el libro aparecerá publicado en  en la NYU Press, que también enviará el manuscrito para una revisión ciega.   En cuanto al volumen, algunas partes del capítulo tercero se publicaron originalmente en la revista Journal of Electronic Publishing y en MediaCommons. Asimismo,  partes del primer capítulo proceden de una conferencia online celebrada en interdisciplines.

Por supuesto, Fitzpatrick no es la primera persona en usar CommentPress como forma nueva y abierta de revisión por pares. Se puede decir que el primero fue McKenzie Wark en 2006, con su GAM3R 7H3ORY, al que siguió ese mismo año Mitchell Stephens con su The Holy of Holies: On the Constituents of Emptiness.   Por su parte, en la primavera de 2008, Noé Wardrip-Fruin publicó varios capítulos de su Expressive Processing, proceso al cual se ha referido en varias entradas de su blog.

Por otra parte, disponemos  actualmente de varias opciones  para permitir los marginalia en un blog. El programador original de CommentPress ha estado trabajando en proyectos similares, como digress.it, que es una importante revisión del proyecto. Como su predecesor, digress.it trabaja dentro de un blog de WordPress. Una diferencia importante, sin embargo, es que en lugar de ser un tema es más bien un complemento (plugin).  Como señala la página: digress es “un complemento para WordPress que permite hacer comentarios párrafo a párrafo en los márgenes del texto”. Sea como fuere, digress.it ofrece opciones de las que la versión disponible públicamente de CommentPress carece en este momento.

Por otra parte, el uso de esta herramienta no se limita simplemente a los manuscritos académicos. Es fácil  imaginar su uso en el aula  proponiendo, por ejemplo, que que los estudiantes colaboren para componer un texto.  O se puede usar para obtener respuestas a una propuesta concreta, como hizo la UCLA para su Digital Humanities Manifesto en su intento de fomentar una revolución en el trabajo de las humanidades digitales. Y se podría utilizar para otras muchas cosas,  desde permitir comentarios a manuales y apuntes o recoger opiniones sobre cualquier otro asunto académico. Siempre que uno esté interesado en que haya glosas centradas sobre partes concretas de un texto, la plataforma de CommentPress y el complemento digress.it ofrecen mejores resultados que un blog o una wiki .

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¿Cómo escribir la historia hoy?

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 16, 2009

Pierre Assouline se hace esta presunta en su celebérrimo blog: ¿cómo escribir la historia ahora?

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La “crisis”, dice,  puede tener su lado positivo, pues obligará a historiadores y editores a enfrentar una realidad que viene de lejos: ya no podemos seguir editando los libros de historia como antes. La peor forma de abordar el problema es denunciar la hidra de Internet y agitar el fantasma de la gratuidad.  Tanto más cuanto  el problema es viejo y la web, lejos de acabar con esta categoría de libros, puede por el contrario  asegurar su supervivencia. La muerte universitaria de la gran tesis académica se ha jugado en las librerías . Este tipo de trabajo que, de todos modos, no estaba destinado al público en general, reencontrará sus verdaderos lectores, de forma durable y generalizada, en un portal especializado que tenga la feliz idea de ponerlas en línea para que se las descarguen previo pago,  incluso capítulo por capítulo. ¿Y el resto, es decir, la gran mayoría de los libros de historia? Dado que el ensayo histórico va viento en popa,  debemos tener cuidado para mantener la obra de saber al lado del ensayo cognoscitivo,   apoyados en una base de investigaciones impulsadas por la curiosidad transdisciplinaria y políglota, relacionados con los debates ciudadanos.

¿Pero se publicaría  hoy Montaillou, especialmente sin un Apostrophes que lo popularice?  Nada es menos seguro. Los historiadores, que ya han tenido que pasar su duelo por los índices de nombres y obras,  han experimentado recientemente otro problema: los editores ahora les obligan a quitar las notas al pie o al final del volumen, así como las fuentes, para aligerar sus libros. Como si cualquier garantía de seriedad y rigor, antaño exigida al historiador del mismo modo que uno pide las referencias cuando contrata a alguien,  se penalizara ahora  hasta hacerla ingrata. En Francia no se comenta mucho, pero en Inglaterra no sólo lo dicen, sino que lo escriben: “Los editores creen que las notas ocupan demasiado espacio y son demasiado “académicas”. Los autores de biografías históricas  se han resignado a poner en línea todo su corpus “, se lee en la Biography de Hermione Lee (Oxford University Press, junio de 2009).  Cuanto más de demuestran las infinitas posibilidades del hipertexto, menor esperanza de vida para las notas. Todavía en Inglaterra,  nos enteramos hace poco por The Times que a los historiadores se les ofrecen ahora 30.000 libras esterlinas como anticipo por un libro que hasta hace poco les suponía un adelanto de 120.000. Tristram Hunt, biógrafo de Friedrich Engels, también manifiesta su temor a que esto lleve sus colegas a dedicarse a la  ficción histórica, mientras que Lisa Jardine, que enseña historia del Renacimiento en la Universidad de Londres, señala que ahora  sólo la historia de la ciencia moviliza a los editores.

El hecho es que éstos, al igual que los libreros, se excusan en la recesión para reducir sus riesgos recortando no sólo los anticipos de derechos, sino la producción real de libros de historia y humanidades. Los historiadores deberían aprovechar este tiempo de duda general para examinar sus certidumbres heredadas de la tradición académica y el hábito. Quizá haya llegado el momento de repensar la escritura de la historia. No se puede continuar ejerciendo como si la disciplina no hubiera sido arrollada por los ciudadanos desorientados en el guirigay memorial. Como si la tecnología no hubiera modificado para siempre los modos de lectura.   Como si no estuviera constantemente en el centro del debate público. Como si no se hubieran globalizado sus perspectivas y sus retos. Como si los historiadores bien nacidos debieran seguir frenando su curiosidad y absteniéndose de otras formas narrativas (el Léonard y Machiavel de  Patrick Boucheron es un buen ejemplo), comenzando por el ámbito de la ficción en la que estarían mucho mejor equipados que otros para hacer coexistir la verdad y la exactitud.

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Las revistas académicas y su evaluación

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 14, 2009

El economista francés Florence Audier retoma (en la laviedesidees) el asunto de la clasificación de las revistas académicas y sus consecuencias sobre la evaluación del conocimiento científico. La cuestión central, que lleva agitando al mundo universitario galo desde hace meses, es si la financiación de la enseñanza superior dependerá de la bibliometría, es decir, si éste será el indicador supremo de la actividad y la calidad de la investigación. Por tanto, aunque el texto hace referencia a una disciplina vecina y no a la nuestra, creo conveniente poner las barbas a remojo.

Dice Audier que durante mucho tiempo  los economistas (y otros), basándose en las prácticas características de  las “ciencias duras”,  han establecido la publicación de artículos en revistas internacionales “con comité de lectura” como el mejor criterio de ” excelencia “, aceptando una jerarquía más o menos explícita en estas revistas, la mayoría de las cuales son anglosajonas.

Más recientemente, se ha fijado una clasificación, esta vez claramente jerárquica, por parte la sección 37 de la Comisión Nacional (encargada de los ramos  de economía y gestión), con el doble propósito de ser un “apoyo a la decisión y no un medio de clasificación ciega y automática que sustituiría eo ipso a una instancia de decisión y evaluación cisntíficas”. En concreto, se trata de establecer, de acuerdo con la comunidad afectada, una lista que “sirva a los evaluadores para identificar mejor las revistas reconocidas y consideradas como de referencia. Y ello con la preocupación de “un contexto donde la bibliometría gana terreno… y de que no se imponga desde fuera una clasificación…”.  El reto era ofrecer un barómetro idéntico para todos, proporcionar puntos de referencia en disciplinas o sub-disciplinas sobre las que los evaluadores (compañeros o designados) no lo saben necesariamente todo o reducir las consecuencias de las muchas ideas falsas que circulan en ese medio. (Como sabemos, todo eso vale también para la historia y otras disciplinas adyacentes)

Este sistema se ha implementado  y la bibliometría, con toda su sofisticación, se ha generalizad0 a espaldas de la mayoría de nuestros colegas. Y lo que es peor,  la AERES (Agencia para la Evaluación de la Investigación y la Educación Superior) pretende clasificar sobre determinados criterios externos las unidades o individuos, imponiendo su “diagnóstico” a toda la comunidad científica, incluso proponiendo, lo cual sobrepasa su mandato, cambios estructurales. Así pues, parece llegado el momento de realizar un examen más detenido de lo que significan estas “listas”, y en particular la que nos afecta.  En ese sentido, conviene detallar quiénes son los contribuyentes a las revistas que la comunidad francesa de la economía y la empresa  ha puesto en lo alto de la lista.

El uso de estos “instrumentos” supera con mucho lo inicialmente fijado, y a través de ellos se decide la concepción del trabajo científico y su eventual fecundidad. Además, es sobre estos criterios de evaluación y las trampas que contienen que quisiéramos ofrecer elementos de debate, especialmente a partir de determinados datos empíricos. En efecto,  a través de la AERES y la DPA del CNRS, este indicador tiende a invadir todas las esferas de la evaluación y a eclipsar  las demás, y ello a pesar de las críticas. Pero  las cosas van muy lejos:  algunos miembros del  CNU usan esta clasificación para decidir quién está en mejores condiciones para acceder a una plaza. En otras disciplinas, incluidas las humanidades y las ciencias sociales, pero también en astronomía, por ejemplo, las comunidades de científicos se han levantado para rechazar esta “dictadura de la publicación”, resumida en aquello de  “publicar o perecer” , y el European Reference Index for the Humanities ha renunciado a clasificar las revistas en A, B o C, decantándose por listas indiferenciadas

[Con permiso del profesor Audier, eso es algo que no he podido confirmar, porque la última notificación de la ERIH señalaba precisamente todo lo contrario, la creación de una nueva categoría, la W, para aquellas publicaciónes con menos de cuatro años de vida. Por otra parte, el acuerdo de este pasado verano sólo señalaba sobre este punto lo siguiente: "We agree fully that it is important to distinguish the issues of quality from those of scope and audience. These were indeed the intentions of the ERIH in differentiating between international and national journals. Nevertheless, we understand and accept that these three categories could be misperceived as a kind of ranking. The ERIH is therefore in the process of rethinking this categorization in A, B, and C, and of remodelling it according to a division into international, national or regional". Es más, su última presentación sólo cambia los nombres y, así, la A pasa a ser INT1, la B se convierte en INT2 y la C es ahora NAT, por National Journals]. Pero sigamos:

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Recordemos primero que la idea de remitir a listas de revistas jerarquizadas se defiende de acuerdo con “las mejores prácticas internacionales”, es decir, las prácticas  anglosajonas, o al menos así parece. En realidad,  lejos de practicar este “monocultivo” en humanidades y ciencias sociales, e incluso en economía, los estadounidenses todavía parecen esforzarse con denuedo en publicaciones académicas y publicaciones de libros, especialmente a través de editoras universitarias, lo cual en Francia ha desaparecido desde hace mucho tiempo. El préstamo que se hace de las prácticas americanas sólo es, por tanto,  parcial  y quizás no de lo mejor. Repasemos  la revista Journal of Economic Literature (JEL). En 2007, por ejemplo, en cuatro números, la JEL edió 1.256 páginas. Pero no todo son artículos, pues hay amplias reseñas de un considerable número de libros: 84 libros fueron comentados ese año. Además, 1.604 referencias de libros (annotated listings), a los que se dedicaron entre 15/20 líneas. El índice de autores de nuevos libros  (la gran mayoría son estadounidenses  o,  en cualquier caso,  anglosajones), que resume los libros publicados a lo largo del año, contenía cerca de 2.600 nombres, y sólo este índice ocupaba 25 páginas. Y luego está la lista completa de las “tesis doctorales”, que también suponía un lugar importante en la revista.

Por tanto, ¿escribir artículos y publicarlos tiene un interés secundario? Distingamos los puntos de vista.

Desde la perspectiva de la difusión del conocimiento o más ampliamente de la difusión de los resultados de los trabajos o la expresión de puntos de vista, una revista parece a priori muy adecuada para una difusión amplia y rápida, tanto en papel como en formato digital, con o sin “comité de lectura”. Estimular el debate, lanzar hipótesis teóricas o líneas de interpretación de los acontecimientos, interrogar las políticas, hacer recomendaciones: la forma articulo no sólo es apropiada y útil, sino que puede parecer indispensable, sobre todo debido a su característica “no-perenne”. En un artículo, uno debería poderse arriesgar,  lanzarse,  equivocarse,  obtener “respuestas”,  ajustarse o no a los propósitos, seguir o no adelante. Los números de las revistas se encadenan, el próximo desplaza al precedente… Especialmente en las disciplinas que se describen como “no acumulativas”, es decir, en las que no se está obligado a conocer el trabajo de todos los colegas para aportar algo -incluso aunque obviamente sea deseable estar al día de la bibliografía-,  la naturaleza potencialmente efímera de las revistas no plantea grandes problemas, y todo autor es capaz, si lo desea, de retomar sus artículos para sintetizarlos en forma de libro.

A diferencia de los artículos, un libro (no hablamos de ensayos) requiere madurez y distancia, y el autor será juzgado por su cultura, la fuerza y la coherencia de sus argumentos y la tesis que defiende, su capacidad para responder o incluso anticiparse a las objeciones y especialmente por su contribución específica, dado el estado de su campo…  Sin esperar la “obra maestra”, se exigirá un cierto nivel de exhaustividad, se considerarán las referencias teóricas y su aplicación, la relevancia de los datos y su tratamiento, etc. En resumen, un libro destinado a durar, a depositarse en una biblioteca, supone mayor exigencia para el autor y el contenido. Y las críticas – positivas o negativas – pueden aparecer años después de su publicación. Además, ¿no es eso lo que señala que un libro o una tesis es “histórica”? Con pocas excepciones, todos sabemos cuáles son esos libros imperdurables. ¡Los artículos “fundadores” son muy raros! Así que ¿por qué ofrecer en lo relativo a la evaluación todo el espacio a los artículos, específicamente a ciertos artículos, y no a otros modos de expresión y de transmisión?

Dejemos de lado temporalmente el negocio que suponen las revistas para algunos editores y lo que se juegan al entrar en esas listas:  cualquier revista excluida se quedará sin contribuyentes y fenecerá; una “nueva” sólo conseguirá sobrevivir si encuentra defensores suficientemente potentes que le permitan entrar en ese club selecto, por ejemplo un grupo editorial bien establecido ya en la disciplina. De ahí, sin duda, su interés por señalar el lugar que ocupan en el ranking, su citation index, etc. Es decir, su interés por venderse bien, lo cual explica el excepcional trabajo de marketing que muchas de esas firmas despliegan, y eso no tiene absolutamente nada que ver con la calidad de las contribuciones.

Si consideramos ahora las consecuencias de estas decisiones sobre la propia investigación  y su futuro, tendremos que señalar algunos puntos “positivos”:  en efecto, el examen de los índices y de los  resúmenes permite identificar de forma relativamente cuáles son los objetos tratados – en un momento dado- por los investigadores (¿de todo el mundo?,  volveremos sobre el acceso a estos títulos y su difusión) y, en su caso, dialogar con ellos, entrar en contacto  (y más si hay afinidades), ubicarse en este complejo mundo que es nuestra “comunidad científica”. Esto también ayuda a saber qué temas están “de moda” – es decir, aquellos que han sido seleccionados por las revistas patentadas-, lo cual puede ser de gran ayuda para postularse antes  los distintos “organismos de financiación”. Por último, en el mismo sentido, uno se puede orientar por el laberinto de los apoyos,  para identificar sin riesgo “lo que hacemos mejor” e identificar cómo acceder o hacer acceder a ellos a nuestros doctorados .

Sin embargo, este sistema contiene graves deficiencias que son exactamente el reverso de sus ventajas,  pero que van mucho más allá. Nos gustaría subrayar aquí un aspecto insuficientemente discutido, y que no se encuentra – o menos – en las ciencias exactas:  el conformismo que este tipo de evaluación genera sobre los temas, paradigmas, origen y tipo de los datos utilizados, las formas de exposición y argumentación y, por tanto, la manera de reflexionar, escribir y convencer,   defectos que en gran medida aniquilan los beneficios potenciales de la forma “artículo”. Los ejemplos abundan: para tener la oportunidad de ser publicado, primero uno debe leer los consejos que se dan a los autores e impregnarse de los artículos de otros, para identificar y entrar en el molde. Si eres europeo, y especialmente de un país del sur, para tener la oportunidad de ser publicado es mejor buscar un coautor anglosajón, que ya haya publicado en alguna de las revistas que figuran en el “top list” o, mejor aún, que pertenezca a algún consejo editorial (a menudo son los mismos). Preferiblemente debe ser un universitario al que hayamos conocido durante el post-doc o al que su “patrón” haya hecho venir como profesor visitante (o viceversa) o con el que hayamos coincidido en algún congreso dónde nuestro grupo de investigación nos haya hecho el favor de promocionarnos (y financiarnos). Para tener alguna posibilidad de publicar, es mejor ayudarse alardeando de que el texto ya ha sido presentado varias veces durante esas ceremonias que son los grandes coloquios o  congresos rituales en los Estados Unidos, que ha sido leído y releído – y su autor ensalzado- por personalidades de prestigio (citando ampliamente nombres y autoridades vía agradecimientos, por lo general en una nota de primera página para asegurarse de que será leída), que la investigación publicada se ha beneficiado de subvenciones a cuyos donantes también se le está agradecido  y que se ha mejorado enormemente con los comentarios pertinentes de los evaluadores, etc.  En fin, todo ello presentado de modo que,  al juzgar – y eventualmente rechazar- un texto,  sea toda esa comunidad antes mencionada la que quede juzgada. No sólo porque se supone que ha contribuido a “mejorar” el texto, como queda subrayado, sino porque de alguna manera se compromete patrocinándolo.

Cuando el boquete queda abierto, uno ya puede amortizar por su cuenta los esfuerzos realizados, publicando acto seguido varios artículos, y facilitar el acceso a otros (¿a cambio de la reciprocidad?), de ahí que aveces se vean publicaciones en cascada de miembros de los mismos equipos en las mismas revistas  sin que las razones temáticas sean determinantes.

De ahí la sensación – muy extendida- de ver anuladas  las ventajas inherentes a la publicación de artículos: la falta de frescura (los artículos aparecen mucho después de su concepción), de espontaneidad y de riesgo en los trabajos publicados. ¿Los rechazados respondían mejor a los criterios establecidos? Por definición, eso es un completo misterio.

Para avalar estas observaciones de carácter bastante general se coloca la cuestión concreta de las revistas seleccionadas o no, y la de su clasificación. Esto nos lleva a otro universo, pues se trata de ofrecer visibilidad o negarla, de poner en cabeza  (o a la cola)  algunas áreas, ciertas  lenguas y ciertos paradigmas. Al hacerlo, se trata también de hacer prevalecer,  sin explicitarlo ni discutirlo, una concepción de la disciplina y de su futuro. Pues no se hace sino clasificar unas revistas respecto a las otras, por campos,  eligiendo cuál entra en competencia con cuál, etc.

(…)

Florence Audier continúa señalando que, en su caso,  la rama “economía-gestión” de la comisión nacional de la investigación (la llamada sección “37″)  ha seleccionado una lista de 705 revistas reconocidas como “válidas”. Entre éstas,  58 (8%) lo son en francés y el resto en Inglés. Además, en la primera versión de la lista,  de octubre de 2007, ninguna francesa había sido clasificada como “1*” o “1″, sólo dos en la “2 “,  quince en la “3″ y la gran mayoría en la “4 ” (40 de 58 revistas relevantes). En la versión de junio de 2008, se ha colocado una en la “1″. se trata curiosamente de  Annales, la revista fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre.

Leer más…

Apéndice: Posición de los “autores”  franceses y europeos en las revistas examinadas  por Audier (rama: economía y gestión)

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Historia del cuerpo en todos sus estados

Publicado por Anaclet Pons en Octubre 8, 2009

Por duodécima ocasión, del 8 al 11 de octubre,  tiene lugar la ya célebre fiesta titulada “Rendez-vous de l’histoire”, con innumerables debates, conferencias, exposiciones, proyecciones y una feria del libro dedicada a la historia. Dejando de lado la envidia (cochina), el motivo central es  en esta ocasión “Le corps dans tous ses états“.

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Pascal Ory, miembro de su consejo científico, dice  a este respecto que  el cuerpo es una idea nueva en la historia. Los historiadores, que de hecho se lo encuentran por doquier, se han acercado a este objeto con cautela, incluso con cierta vergüenza.  Pero ahora las cosas han cambiado. Los temas que anteriormente se consideraban anecdóticos se tratan hoy con mayor ambición, combinando varias perspectivas:  económica, política, cultural, sensibilidades.  Ahora es  legítimo estudiar históricamente la cocina o la moda, la sexualidad o el deporte, y se hace con la misma seriedad que al tratar cualquier otro objeto. Además, ya tenemos las primeras síntesis, como la publicación en 2005-2006  de la primera historia del cuerpo en francés, con gran éxito internacional (Histoire du corps, tres volúmenes editados para Seuil por Alain Corbin, Jean-Jacques Courtine y  Georges Vigarello).

Al situar  “el cuerpo en todas sus formas”  en su agenda, el Rendez-vous de Blois quiere  recordar que hay muchas maneras de hacer la historia del cuerpo humano. El cuerpo alimentado (de las prácticas alimentarias a la gastronomía) y el cuerpo tratado  (de las prácticas sanitarias a la medicina profesional) ponen las bases de un campo donde, además, lo material se une a lo simbólico.  El cuerpo que desea (la sexualidad y el erotismo) y el que alumbra  (del control de la natalidad al aborto) imponen su  presencia, más allá de toda censura. Pero el cuerpo es también el lugar de la expresión, de los gestos al adorno (perfumes, cabello, bronceado, tatuajes y otras perforaciones en el cuerpo). Eso exige plantearse históricamente la cuestión de la belleza –concepto muy relativo, tanto en el tiempo como en el espacio–, así como interrogarse acerca del lugar tan diferenciado que pudo desempeñar en sociedades cuyo sistema religioso situaba o no al cuerpo en primer plano (incluido, en el cristianismo, el Hijo de Dios). La sociedad toma el cuerpo y lo pone en movimiento de forma reglada,  como la danza, el deporte y, más generalmente, los proyectos de “educación física” de los pueblos desde tiempos antiguos. Pero también sabe ponerlo a prueba en las violencias del espacio doméstico, el trabajo o la guerra. Por último, el cuerpo, velado o descubierto, sufriente o glorioso, siempre ha sido objeto de representación artística y, por tanto, un medio de influencia sobre el espíritu. En fin, un objeto nuevo que, en el fondo, es “el tema más antiguo del mundo.”

***

La participación española se limita esta vez a un par de películas y a la mesa “De la construction de l’histoire à sa transmission”, en la que participa Rafael Valls Montes como redactor de la revista Didactica de las ciencias experimentales y sociales.

Entre las variadas actividades, por ejemplo, la sesión del sábado 10 de octubre titulada: “Historiens, pourquoi tant d’ego?”. Por supuesto, el objeto es la egohistoria.  A ver si alguien se anima!

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El futuro de la escritura académica

Publicado por Anaclet Pons en Septiembre 24, 2009

En lo tocante a las publicaciones periódicas que se reparten el conocimiento académico, bien podría decirse que no hay leyes para frenar el monopolio. Cada vez son menos los conglomerados editoriales que controlan ese mercaso, al que someten a precios muchas veces abusivos, y eso que los autores suelen tener como única retribución encabezar con su nombre los textos que firman. Pero, dejémoslo, porque este es un asunto que merecería mayores pormenores.

Uno de esos grupos es Elsevier (dominante en la rama de salud), que aparece aquí por su propuesta (en colaboración con Cell Press, un grupo dedicado sobre todo a la biología)  sobre cómo puede ser el artículo del futuro, el que quizá escribamos dentro de unos años o el que hemos de redactar si queremos que aparezca online y sea hipertextual. El objetivo del proyecto, nos dicen,  es aprovechar al máximo las capacidades en línea, permitiendo a los lectores escoger puntos de entrada y diferentes rutas a través del contenido, utilizando los últimos avances en técnicas de visualización. Así, han desarrollado dos prototipos alternativos.

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CARACTERÍSTICAS PRINCIPALES :

* Una presentación jerárquica de texto y de las figuras para que los lectores puedan elegir adentrase a través de en distintas capas de contenido en función de su nivel de experiencia e  interés. Esta estructura es muy distinta de la organización linealque se usa en una impresión tradicional.

* Un resumen gráfico permite a los lectores obtener una rápida comprensión de los contenidos.  El resumen gráfico tiene por objeto fomentar la navegación, promover la interdisciplinariedad y ayudar a los lectores a identificar más rápidamente qué documentos son más relevantes para sus intereses.

* Se Proporciona  un  listado con las palabras-clave que remiten a los principales resultados del artículo.

* Las referencias del autor permiten enlazar a otros autores con otras o las mismas preferencias.

* Un espacio con áreas seleccionables permite que se use como mecanismo de navegación para acceder directamente a subsecciones específicas relativas a los resultados y las figuras que contienen.

* La integración de audio y de vídeo permiten a los autores presentar el contexto de su artículo a través de una entrevista o una presentación de vídeo, así como animaciones para mostrarlo de forma más efectiva.

* Una sección dedicada a procedimientos experimentales contiene puntos de vista alternativos que permite al lector ver un resumen  o los detalles necesarios para replicar el experimento en cuestión.

* Un nuevo enfoque para mostrar las figuras hace que el lector pueda identificar rápidamente las que le interesan y luego desplazarse por otras suplementarias. Todas se presentan de forma individualizada y están directamente vinculadas a la principal con la que se relacionan.

* Los análisis en tiempo real proporcionan un innejorable entorno para explorar el contenido del artículo a través de la lista de citas.
Ésta es la propuesta, que no conviene echar en saco roto. Por supuesto, siempre quedará la versión en papel o pdf. No obstante, como partidario que soy de explorar otros formatos, insisto de nuevo en que es necesario reflexionar sobre hasta qué punto el entorno digital puede modificar nuestra escritura académica. Y no me refiero sólo al hecho de que debamos alfabetizarnos, pues este tipo de escritura no se enseña en la escuela ni está en los libros, sino a las consecuencias que puede tener ese soporte y sus peculiaridades.

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El acceso abierto y la difusión del conocimiento científico

Publicado por Anaclet Pons en Julio 6, 2009

Los debates sobre el denominado Open Access no cejan y ahora han sembrado la duda en uno de los territorios más reticentes, el de la edición universitaria. A principios de junio Peter Suber recogía en su blog la declaración firmada por los representantes de la University Press of Florida, University of Akron Press, University Press of New England, Athabasca University Press, Wayne State University Press, University of Calgary Press, University of Michigan Press, Rockefeller University Press, Penn State University Press y University of Massachusetts Press.

Por supuesto, no se trata de grandes editoriales, pero el asunto es significativo. Los firmantes señalan, entre otras cosas, que dan su apoyo al libre acceso a los artículos de revistas de contenido científico, técnico y médico a partir de los doce meses de su publicación, dado que entienden que la investigación académica financiada por instituciones públicas es un bien común y como tal debe ser tratado.

No obstante, este debate ha de ser situado en su contexto adecuado. Hay que señalar, por ejemplo, que la Association of American University Presses (AAUP) siempre se ha mostrado contraria a esta posición abierta y, en particular, a abrir los textos que han sido financiados por los poderosos National Institutes of Health. Una posición, por otra parte, que muchas veces es contraria a la que defienden los profesionales interesados, como se ha señalado en Insidehighered.

En realidad, no es que la AAUP se haya opuesto, pero dado su potencial económico teme el impacto financierto que esa medida les pudiera ocasionar. De ahí que se adhirieran a la llamada Conyers bill:   “Los miembros de la AAUP  apoyamos firmemente el libre acceso a la literatura acaémica a través de cualquier medio, siempre y cuando esos medios incluyan una financiación o un modelo de negocio que mantenga la inversión necesaria para hacer que el trabajo más antiguo sea de libre acceso  y permita continuar con la publicación de nuevos trabajos”. “Sin embargo, tratar de ampliar el acceso rebajando la protección de los derechos de autor en las obras derivadas de la investigación financiada por el gobierno federal va totalmente en la dirección equivocada, y erosionará gravemente la capacidad de los miembros de la AAUP para publicar tales trabajos en sus libros y revistas”.

Como dice Mike Rossner (Rockefeller University Press) en Insidehighered,  la AAUP presenta como incompatibles cosas que no lo son,  el apoyo al libre acceso y un plan de negocios para las editoriales universitarias. Según afirma, su Universidad abrió en 2001 el acceso a material con más de  seis meses y los ingresos procedentes de suscripciones de revistas ha aumentado durante ese tiempo.

Peter Givler, director ejecutivo de la AAUP, expone que  los miembros de la asociación tienen derecho a expresar su postura, pero que “hemos tomado esta posición por considerar que refleja los puntos de vista de una gran mayoría de nuestros miembros”.

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Mitología del blog: recorrido para no iniciados

Publicado por Anaclet Pons en Junio 4, 2009

En efecto, éste es más o menos el título del artículo incluido en la sección “From the Intersections: History and New Media” del numero de mayo de Perspectives on History. Su autor es Jeffrey N. Wasserstrom, profesor de historia  en la University of California at Irvine, quien bloguea con asiduidad para The China Beat y  Huffington Post .   Además de otras cosas, es el editor del Journal of Asian Studies y su obras más recientes son  Global Shanghai, 1850–2010: A History in Fragment (Routledge, 2008)  y China in 2008: A Year of Great Significance (Rowman & Littlefield, 2009). Esto nos dice:

JeffWasserstrom

Para algunos lectores de esta revista, la palabra “blog” -término derivado de “web log” y que ahora se utiliza para referirse a todo tipo de lugares- probablemente evoca la imagen narcisista, auto-confesional, del escritor que le da vueltas a sus manías.   Así que permítanme comenzar con algunos datos personales, una confesión  y una manía. Los detalles: enseño sobre China y contribuyo regularmente a un blog de grupo. La confesión: hasta hace un año y medio, nunca había blogueado ni leído blogs. La cosa que no soporto (que no sorprenderá a quienes hayan repasado mi “Eurocentrism and Its Discontents” aparecido en Perspectives en enero de 2001): los ensayos que se centran en fenómenos globales, como los blogs, y hacen generalizaciones que sirven para la Estados Unidos y  Europa occidental, pero no necesariamente para el resto del mundo. (Lo que sigue, de hecho, comenzó como una carta de queja desencadenada por un ensayo, por otro lado admirable, aparecido en la New  York Review of Books sobre los blogs,  aquejado precisamente de ese defecto). Así, al leer lo que sigue, hay que tener en cuenta: (1)  Se oirá hablar mucho de China – y no precisamente mal si se curiosea  en la web, ya que ese país cuenta ahora con más usuarios de Internet que cualquier otro. (2) La categoría de “historiador no iniciado” del título me incluye a mi, al menos  hasta mediados de 2007. (3) Muchos de los conceptos erroneos que quiero desacreditar son cosas que yo creía hasta hace poco -aunque 18 meses en la blogosfera (donde el tiempo pasa tan rápido que es mejor calcularlo en años chinos) no es realmente un período tan corto .

Malentendido 1: Todos los bloggers parlotean sobre sí mismos, se confiesan y despotrican contra esto o lo otro.   Algunos lo hacen, pero no todos. Tomemos, por ejemplo, el equipo responsable de  China Digital Times (lema: “The revolution will be blogged”). Es un sitio excelente que se dedica a poner al día a sus lectores sobre la política china.

Malentendido 2: Todos los blogs incluyen eslóganes que son una monada. Algunos lo hacen. El del blog de grupo al que pertenezco, por ejemplo, el de The China Beat es “Blogging How the East is Read”,  que nos gusta pensar que es inteligente. Para otros ejemplos, véase la entrada  “The Best Website Taglines Around the Internet” —en particular, “The Straight Dope: Fighting Ignorance since 1973 (It’s taking longer than we thought)”— en el Daily Blog Tips. Muchos blogs, sin embargo, no tienen ese tipo de eslóganes, incluido Daily Blog Tips.

Malentendido 3: Lo de los blogs es una moda que tarde o temprano se acabará,  por lo que podemos ignorar el fenómeno y esperar a que pase. Eso nadie lo sabe. Parece dudoso, sin embargo, que los blogs vayan a desaparecer pronto. Además, últimamente se han convertido en una parte cada vez más importante del panorama político e intelectual. Para los historiadores, hay blogs que  forman parte de un portal dedicado a la disciplina, como el History News Network de Rick Shenkman, o vinculados a nuestras organizaciones profesionales (la AHA, por ejemplo). Muchas (quizás todas) editoriales universitarias los tienen.  Incluso el venerable Times Literary Supplement (de Londres), estandarte tradicional, tiene dos: el Don’s Life de la clasicista Mary Beard y el epónimo de su editor Peter Stothard, ambos sin eslógan. Cierto que la New York Review of Books no tiene uno propio, sino que está asociado a  “NYRB Classics“ . Sin embargo,  New Yorker tiene varios (incluido uno excelente sobre China de Evan Osnos) y la sección New York Times Sunday Book Review acoge un excelente Paper Cuts , de modo que la NYRB pronto podría seguir el ejemplo. De hecho, en su edición de 14 de febrero de 2009 apareció un largo ensayo sobre los blogs escrito por  Sarah Boxer.

Malentendido 4: “[Una entrada en un blog] está disponible para cualquier persona con una conexión a Internet”.  Esta es una de las líneas del artículo de Boxer que no comparto. ¿Por qué? Porque muchos internautas chinos tienen vedados muchos blogs. Esto se debe al mecanismo de  censura que los peridistas occidentales habitualmente llaman  el “Gran Cortafuegos de China”, pero que uno de mis bloguers favoritos, Jeremy Goldkorn, ha denominado el “Net Nanny”, un término que capta muy bien los esfuerzos por parte del gobierno chino por dirigir a los usuarios hacia determinados sitios de Internet y mantenerlos alejados de los demás. Además, no sólo es un problema chino. Por otra parte, hay algunos que están protegidos con contraseñas o están bloqueados por edades.

Malentendido 5: Los libros y los blogs son tan diferentes que lo novedoso de la publicación de la antología de Boxer era como lo de “hombre muerde a perro”. Así es como Boxer presentó su Ultimate Blogs en el ensayo para la NYRB, explicando cómo había llegado  a la idea de hacer la antología, a pesar de verlo de entrada  como una “terrible” perspectiva. Thomas Jones, escribiendo sobre Boxer en la edidión del 24 de enero de la London Review of Books, comienza: “Libros y blogs, si hacen su trabajo correctamente, son tan diferentes como lo puedan ser dos tipos de textos impresos”.  Considera a Ultimate Blogs “un temprano aspirante al libro más inútil del año.” Lo único que quiero señalar es que los lectores chinos verán esta forma de ver las cosas un poco extraña. Ellos saben perfectamente que escribir libros y escribir blogs pueden ser tareas muy diferentes, aunque se hayan acostumbrado a que se recopilen las entradas en tapa dura. En Occidente, se han producido suficientes libros basados en blogs como para que se haya acvuñado un término ( “blooks”) y haya un premio para los mejores ( “Premio Blooker”). Algunos incluso se han vendido bien, aunque es un género  menor propio del mercado anglosajón. Pero la cosa va a más. Por ejemplo, China in 2008: A Year of Great Significance, una antología basada en el citado  The China Beat que contiene también materiales de otras publicaciones  y ensayos nuevos. Está coeditado por Kate Merkel-Hess, Kenneth Pomeranz y yo mismo (con la asistencia de Miri Kim), y con un prólogo de Jonathan Spence,  expresidente de la AHA.

Malentendido 6: Lo del blogging es para los jóvenes. Esta es una idea tentadora para alguien de mi edad. Pasados los 45, como hice hace unos años, cualquier posibilidad de ser considerado “joven” empieza a parecerme estupenda. Además, algunos de los bloggers que he mencionado anteriormente tienen mi edad.

Malentendido 7: El blog es lo último en escritura en línea. De hecho, los más jóvenes creen que los blogs son realizados por personas que son mayores de lo que realmente son. Ellos prefieren las formas de comunicación que permitan una interacción mucho más rápida entre los participantes de la que se produce a través de la sección de comentarios de un blog normal, y  piensan que los blogs que no permiten hacer comentarios o que son moderados son estrictamente aburridos. Prefieren el chat,  Facebook  o Twitter. Aunque he sido escéptico sobre esto, creo que hay que saber más sobre cómo funciona exactamente, ya que algunos de los bloggers que más admiro , como Rebecca MacKinnon y su Rconversation, han comenzado a combinar los blogs con tweeting.

Malentendido 8 : Los académicos y otros intelectuales que se pasan a los blogs están llamando la atención de quienes tienen problemas para conseguir publicar en formatos más tradicionales. Seguramente esto es cierto a veces. Pero Mary Beard mantiene activo un blog y también publica ensayos y libros a ritmo prodigioso. Y en términos de llamar la  atención, a veces la motivación de un blog es reclamar la atención de las publicaciones impresas. Este fue sin duda el caso de mi iniciación como blogger. Mi primer post fue para la “Campaign for the American Reader“, blog del que me he convertido en adicto.   Cuando me invitaron a participar en su “Writers Read“, acepté por varias razones: me halagaba;  me daba la oportunidad de hablar  de escritores de cuya lectura me había beneficiado; acababa de publicar mi primer libro, China’s Brave New World—And Other Tales for Global Times (Indiana University Press, 2007),  y estaba preocupado por si no tenía lectores.

Malentendido 9: El blog académico es un lujo para los que tienen una plaza fija.  Hay peligros en la práctica del blogging, especialmente si no no tiene una plaza. Puede que uno dedique demasiado tiempo a los blogs en lugar de hacer otras cosas, o puede que uno haga comentarios inadecuados en el ciberespacio que se vuelvan contra sí mismo. Aquellos de nosotros que enseñamos a  los estudiantes graduados o a ayudantes deberíamos señalarles  los riesgos. Dicho esto, no creo que necesariamente debamos alentarles a que se olviden del blog. Al fin y al cabo, la musculación de la escritura puede mejorar con diversos tipos de ejercicios textuales. Y, con pragmatismo, a veces al que hace un blog le ocurren cosas buenas. Hay dos ejemplos, ciertamente bastante atípicos,  que me vienen a la mente. En la UC Irvine, tenemos algo llamado “Schaeffer Fellowships” que se dan a  estudiantes que demuestran un don para la “no-ficción creativa” o, simplemente, tienen cierta habilidad para escribir con estilo, incluso tratándose de cuestiones académicas. Una reciente ganadora procede del departamento de historia, Jana Remy, que obtuvo el premio por la calidad de sus blogs en sitios como Making History Podcast: The Blog, una iniciativa que desarrolló para explorar enfoques experimentales en la narrativa histórica (entre los asuntos tratados está  la labor de Laurel Thatcher Ulrich, presidenta de la AHA). También sé del caso de otra graduada local que ha sido invitada a escribir reseñas de libros para una prominente revista literaria después que su blog sobre libros impresionara a uno de los editores de esa publicación.

Malentendido 10: Los Bloggers piensan que todo se puede reducir a un ranking de los diez primeros. Esto no es cierto. He utilizado aquí este formato popular,   pero en The Beat China nuestras listas tienden a ser sólo de  la mitad.

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Peter Burke, esbozo de autobiografía

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 29, 2009

Por tramposa que sea, la autobiografía es un género suculento. Más aún si quien la emprende es alguien como Peter Burke, uno delos mejores historiadores de las últimas décadas. Nacido en 1937, fue profesor de historia cultural en Cambridge hasta su jubilación, aunque sigue ahora como Life Fellow of Emmanuel College. Ha publicado un total de veintitres libros,  todos vertidos al castellano y bien conocidos entre nosotros. El último llevaba por título Lenguas y  comunidades en la Europa moderna, editado en 2004 (Akal, 2006).

A lo largo de los años, Peter Burke ha reflexionado en varias ocasiones sobre su quehacer disciplinario y sobre sus avatares personales.  En ese sentido, quizá  lo más parecido a una reflexión autiobiográfica sea la entrevista que se contiene en el volumen editado por su esposa, Maria Lúcia Pallares-Burke, y titulado La nueva historia (PUV, 2005).

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Ahora, no obstante, la operación es más evidente y precisa, en correspondencia a una invitación de los editores de Rethinking History: Invitation to historians: An intellectual self-portrait, or the history of a historian” (vol. 13, núm. 2, junio de 2009, págs. 269–281). Sólo añadir que el texto parece un añadido al número anterior, el dedicado a “Academic Autobiography and/in the Discourses of History”, del que ya hemos hablado aquí.

Dice Peter Burke:  una invitación de este tipo puede interpretarse al menos de dos modos,  bien como una oportunidad para presentar un programa (o incluso un manifiesto) sobre una forma de hacer historia o bien para pintar un autoretrato intelectual (verrugas y todo, por supuesto).  Dado que en su momento ofrecí algunas propuestas de lo primero –tal vez demasiadas-, voy a optar por el autoretrato, con la esperanza de que la imagen resultante lo sea en movimiento y no estática, para mostrar cómo una persona interactúa con diversos ambientes y de esta manera se enfrenta a una serie de cuestiones que están en discusión. Con ello, el repaso al desarrollo de un historiador concreto  puede contribuir al proceso colectivo de repensar la historia.

De entrada, conviene preguntarse sobre si la historia necesita ser replanteada. En mi opinión, lo que hace que uno sea  buen historiador es una combinación de inteligencia, percepción (psicológica, política o lo que sea) y habilidad para comunicarse bien, cualidades que no tienen nada que ver con ninguna división entre enfoques “tradicionales” y “modernos” . Sin embargo, también defiendo que la función de un historiador consiste en mediar, como un traductor, entre pasado y presente. Esta función implica repensar y reescribir la historia en cada generación.

La pregunta inicial es, pues, cómo un individuo se convierte en historiador, por no hablar de uno concreto. Quizá la respuesta debería darla un psicoanalista. Yo no tengo, pero si estuviera echado en el sofá  probablemente evocaría  dos imágenes vívidas. La primera es la de un niño de siete años que le dice a su madre:  ”cuando crezca, quiero ser profesor de historia “. Por supuesto, mi problema es reconstruir qué supuso aquello en mi vida posterior.  En fin, incluso el propio pasado es un país extraño.

En cualquier caso, a los siete años ya estaba fascinado por la historia. Tal fascinación comenzó, creo, cuando estaba jugando a los soldaditos, lo que me condujo a entusiasmarme con los castillos, los caballeros, las armas y las armaduras, lo cual progresivamente se extendió hasta incluir las catedrales góticas, los manuscritos iluminados y, sobre todo, la heráldica. Cuando tenía 14 años, quería ser medievalista y esperaba convertirme algún día en  miembro de la Society of Antiquaries.

La segunda imagen es la de un joven de 16 años, sentado en un autobús, en algún momento a principios de 1950, leyendo un libro de un don de Cambridge, Kenneth Pickthorn, titulado Early Tudor government: Henry VII (1934). No había elegido leer a Pickthorn,  era una lectura obligatoria. Recuerdo mi irritación con el autor por escribir sobre un puñado de funcionarios y no decirle al lector prácticamente nada sobre la Inglaterra de 1485. En otras palabras, lo que realmente quería leer era historia social, una historia sobre todo el mundo. Esta idea probablemente la extraje de la  English social history (1942) de G.M. Trevelyan -mi padre me había dado un ejemplar, que todavía conservo- y también quizás de la  Social history of art (1951) de Arnold Hauser, que acababa de aparecer y que había descubierto en las estanterías de la Stoke Newington Public Library (recuerdo que el título me intrigaba: ¿cómo podía el arte tener una historia social?).

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A partir de estas dos espléndidas imagenes, Peter Burke repasa las etapas fundamentales de su  vida. En primer lugar, el ejército, al que se alistó al poco de cumplir los dieciocho años, siendo destinado a Singapur como miembro del Royal Corps of Signals. Después, sus estudios de historia en Oxford, entre 1957 y 1962.  Allí aparecen sus dos tutores,  Howard Colvin y Keith Thomas, y otros profesores, como Christopher Hill y Lawrence Stone, asociados ambos a su lectura favorita, la revista Past and Present. Sin embargo, el supervisor de su investigación fue Hugh Trevor-Roper, que le sugirió la lectura de Arnaldo Momigliano, al tiempo que el propio Burke se adentrada en los historiadores de Annales. Sea como fuere no acabó su dissertation. Ocurrió que Asa Brigs fue a dar una conferencia sobre sociología y mencionó que se iba a abrir una nueva Universidad en la que se impulsarían los estudios interdisciplinares. Y así empezó la tercera etapa, en octubre de 1962, como Assistant Lecturer en la School of European Studies de la University of Sussex, un lugar donde definió lo que considera el hilo central de su trabajo: su mediación entre la historia, por un lado, y la antropología y la sociología, por otro. Finalmente, Cambridge, donde llega en 1978, con el choque que le supuso volver al mundo de las viejas universidades. Hasta el punto de que allí le consideraban un revolucionario (al menos a ojos de Geoffrey Elton).

Terminado ese repaso, Peter Burke concluye que la operación que ha realizado, su autoretrato intelectual, no es nueva.  Y nos dice: es un género que fue inventado hace casi trescientos años . Cuando Vico publicó su autobiografía, en 1728, lo hizo como respuesta a una invitación de tres académicos italiano. El texto se publicó en un revista junto con una propuesta para que otros estudiosos italianos escribieran sus autobiografías intelectuales sirviéndose de ese modelo. El objetivo de la empresa era cómprender cómo surgían los descubrimientos intelectuales. Este objetivo puede que sea excesivo,  pero el autoretrato que he pintado quizá sirva para sugerir un par conclusiones generales.

Mirando hacia atrás, me parece que el historiador en que me he convertido procede de un medio que que favorecía ciertos intereses, actitudes y métodos; pertenece a una determinada generación, la generación de posguerra, que comparte lo que Mannheim llamó  ”una posición común en el proceso social e histórico”, incluyendo grandes sucesos como 1956, 1968 y 1989. Soy cuatro años más joven que Keith Thomas, tengo tres menos  que el último Raphael  Samuel, soy dos años mayor que Robert Darnton y Carlo Ginzburg, cuatro más que Bob Scribner y superó en nueve a Roy Porter. Todos ellos conforman una red de amigos, así como una generación, que ilustra la importancia de los pequeños grupos, en vez de individuos aislados, en el proceso de repensar la historia. La frase  de Raphael, “Taller de historia”,   no sólo se aplica al grupo que fundó, sino a todos nosotros.

Un último comentario se refiere a la fiabilidad de autoretratos como éste, así como a otras confesiones o “egodocumentos”, como los llaman los  holandeses, ya fueran escritos por el protagonista o registrados por un entrevistador. La cuestión ha sido debatida por psicoanalistas y sociólogos, y también por los historiadores. Uno de los puntos centrales  se refiere a la necesidad de recordar que las autobiografías presentan el pasado de una persona desde un punto de vista particular,  el que corresponde al momento de la escritura. También hemos de ser cuidadosos con “los mitos en las historias de vida”.  Es evidente que a veces ” recordamos” lo que nos gustaría que hubiera ocurrido y, aún más a menudo,  olvidamos lo que desearíamos que no hubiera sucedido. Desplazamos nuestro pasado hacia el centro mismo del escenario, silenciando a antiguos amigos y colaboradores que amenazan con reducir nuestra gloria, al igual que la Enciclopedia Soviética silenciaba a  Trotsky en la era de Stalin. Como alternativa, pero de forma  igualmente  esquemática, podemos elegir presentar nuestra vida como una serie de accidentes. Nuestros recuerdos son también estereotipados, conformados por la práctica de contar y recontar historias. En pocas palabras, sin darnos cuenta  a menudo superponemos un mito de la coherencia sobre una realidad desordenada. Caveat lector.

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La enseñanza de la historia

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 15, 2009

El número de primavera de  History Workshop Journal se dedica a analizar cómo se enseña la historia, dentro de un dossier titulado “Feature Textbook Lessons”. Todos los artículos son recomendables, pues sirven para recordarnos un aspecto que a menudo dejamos de lado. Por otra parte, abordan cuestiones muy cercanas a nuestro caso particular. La presentación de Sunil Amrith nos permiten ponernos en situación:

History Workshop Journal, 2009, 67(1): págs. 83-86

HWJ67

La conexión entre la enseñanza de la historia y el estado-nación moderno es íntima.  La herramientas fundamentales para inculcar las lecciones del pasado en la mente de los niños son los manuales, quizá las obras de la historia más leídas e influyentes. También están entre las más controvertidas. Este número del HWJ se centra en las formas en que los libros de texto escolares de las diferentes regiones del mundo reflejan y proporcionan un espacio para ver los conflictos referidos a la historia y a la forma de impartirla, concluyendo con una breve pieza sobre cómo se usan en el Reino Unido  (o no) las “lecciones de la historia”.

La mayoría de las democracias occidentales han conocido distintos debates sobre cómo interpretar el pasado desde la década de 1970: la búsqueda de reconocimiento a los grupos mal representados o marginados – las mujeres, los pueblos aborígenes, las minorías étnicas y religiosas, las comunidades de inmigrantes, de homosexuales o lesbianas-,   sus contribuciones a la historia y  su exigencia de una restauración de sus historias dentro de las  narrativas “nacionales” del pasado. El proceso global de descolonización y la inmigración masiva desde el Tercer Mundo a Europa y a los Estados Unidos ha exigido que los planes de estudios nacionales se vean obligados a enfrentarse a la existencia  de narraciones sobre el pasado en competencia, incluso  conflictivas, así como a la presencia  de extranjeros o outsiders en el cuerpo nacional. Inevitablemente, estos países también han sido testigos de una reacción conservadora, que pide una reafirmación de la narrativa nacional dominante. En Gran Bretaña, por ejemplo, la reacción conservadora -haciendo hincapié en una singular narrativa nacional y un conjunto de “valores”,  blanqueando el pasado colonial- se pone de manifiesto en un reciente libro de texto destinado no a niños en edad escolar, sino a los nuevos inmigrantes que han de pasar la prueba para obtener la ciudadanía británica (Life in the United Kingdom: a Journey to Citizenship. London, 2007).

Las contribuciones que se incluyen en este número sobre los Países Bajos y Alemania nos iluminan sobre  la historia enseñada en dos países donde los debates públicos del pasado son muy actuales.  Mieke de Vos describe una lucha en el curricula de la historia nacional en los Países Bajos, entre, por un lado,  la voluntad de ampliar la enseñanza de la historia para incluir múltiples perspectivas (incluidas las de los inmigrantes y las minorías, las cuestiones de género y la relación entre Europa y el mundo no occidental)  y, por otro,  una reciente contra-reacción que trata de restablecer un “canon neerlandés” centrado más  en Europa. La profesora de Vos sostiene que las recientes tensiones sobre el lugar que ocupan los inmigrantes musulmanes en los Países Bajos, en particular después de los asesinatos del político Pim Fortuyn y el cineasta Theo Van Gogh, han reforzado la tendencia a tratar la historia enseñada  como una forma de asimilar a los inmigrantes e instruirlos  en los  ‘auténticos’ valores neerlandeses .

En los ejemplos alemanes, descritos por Simone Laessig y Karl Heinrich Pohl, emergen algunas de las contradicciones de la enseñanza de la historia alemana dentro de una perspectiva europea más amplia. El reconocimiento de que Alemania es una “nación de inmigrantes” llegó tarde, y Alemania carece de grupos de presión organizados por parte de las minorías o de grupos de inmigrantes para presionar en favor de una incorporación de sus narrativas a la historia oficial. Laessig y Pohl  sugieren que en la mayoría de libros de texto de historia, la situación de los inmigrantes, especialmente los musulmanes, sigue siendo la de los “otros” dentro de la sociedad alemana. El tratamiento de la historia de los judíos alemanes está más presente; el Holocausto está firmemente establecido en el centro de los planes de estudio, pero como resultado de ello, argumentan Laessig y Pohl,  los judíos alemanes sólo  aparecen en los libros de historia como víctimas, por lo que siguen siendo demasiado extraños a la narrativa dominante. Sin embargo, en el caso alemán, esa narrativa dominante no es tanto  de tipo nacional o  nacionalista  cuanto  una amplia descripción de la europeización. Los libros de texto alemanes son cautos en cuanto al nacionalismo. Lo que surge en su lugar es una “pre-historia” de la Unión Europea y un énfasis en una identidad esencial europea basada en determinados valores (la tolerancia, la democracia) y en una herencia cristiana latina.

Cambiando de Continente, en la democracia índia,  como muestran los trabajos de Neeladri Bhattacharya y Romila Thapar,  los conflictos por la historia y la historia enseñada  han tomado una forma diferente. Tras la independencia de la India y el trauma de la Partición, los primeros libros de texto trataron de hacer dos cosas: por un lado, «descolonizar» la historia,  impugnando la percepción de que la India colonial fue una sociedad incapaz de hacer historia; por otro, poner de relieve, a la luz de los conflictos entre comunidades y el derramamiento de sangre, la esencial “unidad en la diversidad” que ha atravesado toda  la historia de la India. Por fortuna, contamos con la memoria personal de Romila Thapar,  valerosa  participante durante décadas – y con un coste considerable,  pues incluso ha tenido amenazas de muerte- en los debates públicos sobre la historia en la India. Thapar escribe aquí sobre su compromiso con el proyecto de construcción de la nación tras la independencia de la India, y su firme convicción de que sólo un curricula de historia “secular” podría servir a este fin.

A partir de la década de 1970, el desafío a la versión del pasado presentada en los libros de texto que ofrecían una historia “secular” provino no tanto de  los grupos minoritarios sino  de un  nuevo poder,  el del mayoritario nacionalismo hindú, que propuso una visión del pasado como una constante lucha entre hindúes y musulmanes. La casta alta, el hinduismo militante del Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS),  incidió en  la idea de que los musulmanes eran “extranjeros” en la India, de ahí su insistencia en que los libros de texto presentasen a los arios como los auténticos indígenas de la India. Otra queja persistente, y  punto clave por el que  el libro de texto de Thapar sobre la  Índia temprana fue  impugnado, fue su demostración de que en la India temprana las castas altas comían carne de vacuno en ocasiones ceremoniales. Cuando el Partido Bharatiya Janata (BJP), brazo político de la RSS, llegó al poder en la India al frente de una coalición en 1998, se publicó toda una nueva serie de libros de texto, que reflejaban  el punto de vista “comunal”  hindú, y una serie de eminentes historiadores -”seculares” y de izquierda – perdieron sus puestos de trabajo.

Los debates sobre la historia en  la India sugieren la centralidad de las narrativas del pasado en competencia con definiciones contemporáneas de la comunidad nacional. Sin embargo, como señala Bhattacharya, la historia secular siempre ha tenido sus puntos ciegos, cuando tienden a reducir las motivaciones religiosas a causas económicas o sociales. Además, la confianza de los historiadores seculares en refutar la base fáctica  de la reclamación “comunal” no ha servido para reducir el atractivo emocional de esa versión de la historia. Como ha escrito recientemente Dipesh Chakrabarty , “en cuanto al respeto por los hechos, el historiador laico en la India puede aportar su razonamiento al público, pero no hay garantía de que capte su atención” (‘The Public Life of History: an Argument Out of India’, Public Culture, 20: 2, 2008).

(…)

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Todas las contribuciones a este número  señalan las limitaciones en el alcance de los planes de estudios nacionales y de los libros de texto oficiales. Por ejemplo, el tema de la diferenciación regional emerge en las contribuciones sobre la India, así como en las centradas en Alemania. Laessig y Pohl muestran que  los estados federados tienen una autonomía significativa para establecer planes de estudio y libros de texto y, de hecho, una parte central de su argumento se refiere a la gran variación entre estados en las estrategias pedagógicas empleadas en la historia que se enseña. En el caso de la India, Bhattacharya muestra cómo la traducción oficial de los libros de texto a lenguas vernáculas regionales supone un proceso de transformación e hibridación, en el que los valores locales y los conflictos son  inscritos  en la historia nacional homogénea que presentan los libros de texto. En todos los países analizados,  la publicación de libros de texto es una lucrativa empresa comercial, y la proliferación de diferentes versiones y ediciones rebaja el control oficial sobre su contenido. Por último, como aclara de Vos, al centrarse demasiado en los planes de estudio y libros de texto, corremos el riesgo de subestimar la capacidad creativa de los docentes a la hora de aportar nuevas perspectivas en las aulas, a menudo a pesar de los libros de texto que están obligados a utilizar.

El reto más importante  quizá  sea el de mantener la atención de los estudiantes. Al leer todos los ensayos, uno concluye que hay una disminución del interés por la historia por parte de los jóvenes. Mieke de Vos lo señala claramente:  la principal amenaza a la que ha de hacer frente la enseñanza de la historia en la educación secundaria holandesa  no radica, a pesar de todo,  en la introducción de nuevos cánones o marcos temporales,  ni siquiera en la calidad de los maestros, sino más bien en el pequeño número de estudiantes que escogen la historia a la hora de hacer su examen final.

Las consecuencias de esta tendencia devienen evidentes en la última contribución a este número, por parte de Pat Thane. Thane se centra no en los libros de texto, sino en la forma en que la “lecciones de la historia” marcan  el proceso de elaboración de las políticas en Gran Bretaña. Esta estudiosa sugiere que la falta de atención de la historia que se enseña en la escuela (incluso en la Universidad) por cuestiones como la historia de la política social puede contribuir, a largo plazo, a la falta de atención que los medios de comunicación británicos y  los políticos conceden a la historia cuando hablan y hacen las políticas de hoy.   Thane es una de las fundadoras de la iniciativa History and Policy en el Reino Unido, cuyo objetivo es trabajar directamente con quienes hacen esas políticas. Escribir  libros de texto más abiertos, inclusivos y creativos es una forma de inculcar “lecciones de historia” más complejas en la población en general,  trabajar directamente sobre los políticos y los periodistas es otra.

***

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Obama y la reinterpretación del pasado americano

Publicado por Anaclet Pons en Mayo 12, 2009

En el Washington Post del pasado 20 de abril, Valerie Strauss hablaba con distintos especialistas ( Ed Ayers,  Randall Miller y James McPherson, entre otros) sobre cómo la elección de Barack Obama puede suponer un cambio a la hora de interpretar la guerra civil americana:   “What Was the Civil War Really About?

Dicha Guerra Civil comenzó hace 148 años con el asalto a Fort Sumter y terminó cuando las fuerzas rebeldes se rindieron en 1865, pero la disputa sobre cómo enseñar el conflicto a las nuevas generaciones de estadounidenses nunca se ha resuelto.  Si uno pregunta a los del Norte por sus causas,   la respuesta será a menudo una sola palabra: la esclavitud. En muchos lugares del Sur, eso puede variar:  los derechos de los estados, la libertad, el poder político y económico. Ahora, en cambio,   los historiadores señalan que la elección de Barack Obama como primer presidente afroamericano ofrece una oportunidad sin precedentes para romper los estereotipos y ofrecer una visión más amplia de aquella era.   “Su elección significa que podemos ser más honestos. Podemos dejar de dar respuestas unívocas”, dice Edward L. Ayers, un estudioso de la Guerra Civil que  preside la Universidad de Richmond, en la ciudad que se convirtió en la capital de la Confederación.

El ascenso de Obama, señalan algunos historiadores, ha abierto la puerta a un debate nacional sobre la raza. Se ha renovado la pertinencia de las cuestiones relativas al pasado racial del país, incluidos los orígenes y las consecuencias de aquel mortal conflicto, expone Randall Miller, profesor de historia en la Saint Joseph’s University de Filadelfia. “Esto no significa que el tema vaya a ser menos polémico”, añade Miller, “pero sí que estamos hablando de nuevo de cuestiones tales como la esclavitud, la libertad, la raza y las identidades”.

Según Ed Bonekemper,  profesor en el Muhlenberg College y autor de varios libros sobre la guerra, el debate sobre la enseñanza del conflicto se remonta a finales del Ochocientos, cuando los partidarios de de la Confederación impulsaron la perpectiva de la “Lost Cause” al abordar la historia de la Guerra Civil. Esta interpretación sostenía que la esclavitud no causó la guerra y que el Sur luchó heroicamente, a pesar de no tener posibilidades de ganar. Hoy en día muchos historiadores dicen que, de hecho,  el resultado no fue inevitable.  De todos modos, los historiadores profesionales mantienen por lo general que el empeño del Sur  por mantener la institución de la esclavitud fue la principal razón por la que once estados del sur se separaron de la Unión, estallando la guerra civil. Los libros de  texto actuales así lo reflejan, aunque eso no se traduzca necesariamente en el aula. “La forma en que se imparten los cursos depende del profesor, y los cambios en los libros de texto no puede llegar más lejos”, señala el destacado historiador James M. McPherson,  profesor emérito de la Universidad de Princeton.

Les Albers,  profesor de historia en la Washington-Lee High School, en el Condado de Arlington, señala: “La Guerra Civil se enseña en Alaska de forma muy diferente a como se enseña en Tennessee”. Por ejemplo, la profesora  Sharon Drow, de la Belmont Ridge Middle School en el Condado de Loudoun, dice que enseña que la guerra se libró en torno a los los derechos de los estados.  Uno de sus compañeros de profesión, Kevin Bartell, expone que la mayoría de los estudiantes piensan que la guerra fue causada exclusivamente por  la esclavitud, pero en sus clases ofrece una opinión más matizada: que la esclavitud fue el hilo conductor que enhebró otras causas igualmente importantes, políticas y económicas.  En cambio, Ron Richards, un veterano profesor de estudios sociales en la Broad Run High Schooln en Loudoun, dice que  enseña a los estudiantes que “la guerra atañe al asunto del poder, de si el poder debía estar centralizado o fragmentado”.

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Ayers indica que el asunto de las causas de la guerra y del papel de la esclavitud ha sido tan complejo a lo largo de los años que muchas personas acaban dando una respuesta única a algo que es más complejo. Esta tendencia está tan arraigada en la psique americana que ha llegado incluso, satirizándola,  al  programa de televisión “The Simpsons”, tal como cita a Ayers en su libro What Caused the Civil War?. En una escena de la serie, a un inmigrante del sur de Asiaque solicita la ciudadanía americana se le pregunta   ”¿Cuál fue la causa de la Guerra Civil?” Tras exponer una complicada respuesta acerca de los factores económicos y del abolicionismo, el orador es interrumpido por el funcionario, que le dice: “Diga la esclavitud”. Cuando lo hace, se convierte en ciudadano. 

A Albers también le gusta recordar ese episodio. “Yo les digo a los chicos que es una respuesta muy simplista” y le parece que un ejemplo vivo de las mentalidades regionales sobre la guerra.  Él se crió en Nueva York, donde absorbió la filosofía del Norte, que era: “La guerra no nos golpeó. La ganamos, así que la superamos…. Realmente, en el norte no se piensa sobre ello.  Hay un monumento aquí o allí, pero eso es todo”. Más tarde, Albers se incorporó al Ejército y se adiestró en el Sur, donde tiene una perspectiva completamente diferente: “El Sur perdió y fue ocupado. Todo su sistema económico fue revertido. Y eso conduce a ver cómo la guerra trataba sobre el poder político”.

Ayers dice que es hora de que ambas partes se enfrenten a los hechos. “Entendemos la centralidad de la raza y de la esclavitud en toda la historia de América”,  ”pero también entendemos que los estereotipos sobre la guerra no son exactos. El Norte no fue a la guerra para poner fin a la esclavitud… y sin la esclavitud no habría habido Confederación. Esto significa que todo el mundo necesita a renunciar a algo. Al fariseísmo en el Norte y la actitud a la defensiva en el Sur blanco. Es el momento”.

Complemento 1:

Forum on the 2008 Presidential Election (Perspectives, abril de 2009)

Complemento 2:

De la serie “Conversations with History” (de la UC Berkeley) el capítulo dedicado a James M. McPherson

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