Paisaje sonoro: historia del ruido

Como señalaban en The Guardian, los afortunados oyentes de Radio 4 de la BBC  se habrán topado sin duda con el programa del profesor David Hendy. Una producción de treinta capítulos en la que trata la historia del ruido y sus implicaciones sociales, incluyendo excursiones de 15 minutos al estruendo de una multitud o al bullicio de un carnaval, que son una delicia. Todo ello por cortesía del fondo de la British Library Sound Archive y con las aportaciones sonoras que atesora Hendy. Gracias a su éxito, ahora esa experiencia se traslada, con sus evidentes limitaciones, al terreno impreso: Noise: A Human History of Sound & Listening (Profile Books). Estos son los primeros párrafos de la introducción:

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Se supone que debemos odiar la cacofonía, pero hace unos años, en un frío domingo berlinés, me vi sorprendido por el horror que a veces se esconde tras el silencio y por el calor humano que a menudo emana del ruido. Mi hija y yo habíamos tomado un tren de cercanías desde el centro de la ciudad para visitar en el norte el antiguo campo de concentración de Sachsenhausen,  en Oranienburg, donde más de 200.000 personas habían estado encarceladas bajo los nazis. Todavía era temprano cuando llegamos, y sólo había unas pocas personas por los alrededores; una niebla fría, que se aferró al lugar durante toda la mañana, no hacía sino sumarse al ambiente sombrío. Esa absoluta ausencia de ruido parecía opresiva, pero totalmente adecuada: la vida que el campo contuvo una vez había sido expurgada cruelmente hacía muchos años. A medida que caminábamos por allí, observando la evidencia de una atrocidad tras otra, nos era difícil decirnos algo uno al otro. Así que, como todos los demás, nos quedamos en silencio.

Al cabo de unas pocas horas, y sabiendo que teníamos que coger un vuelo a casa ese mismo día, decidimos que teníamos que movernos rápidamente. Subimos al siguiente tren de vuelta a la ciudad y nos dirigimos al Café Einstein para tomar pasteles y café. El momento en que entramos en esta venerable institución weimariana, con sus paneles de madera, repleta a rebosar de berlineses regalándose un domingo por la tarde, fuimos golpeados por un muro de sonido extraordinario. Sin embargo, la idea de encontrar un lugar más tranquilo nunca se nos pasó por la cabeza.  El ruido y el tintineo de los cubiertos y la vajilla mientras los camareros iban de mesa en mesa, el sonido de las cajas registradoras, los gritos de las órdenes de la cocina y, por encima de todo, el constante y fuerte zumbido de las conversaciones y risas que provenían de todas partes: después del silencio de una larga mañana, este estruendo era una afirmación gozosa de la vida, un sonoro  repudio a los nazis y al silencio sepulcral que habían creado en Sachsenhausen.

Se ha dicho que el ruido es el sonido que está “fuera de lugar”. Por lo general es algo no deseado, inadecuado, que interfiere, distrae, irrita. Muchos de nosotros, sin duda, estaremos de acuerdo con Hermann von Helmholtz, el científico alemán del siglo XIX , que distinguió claramente entre “tonos musicales” y  mero “ruido”, siendo el último sonidos que son todos “confusos y como si cayéramos en la confusión”.  Pero ese día en Berlín vi, y espero discutirlo en este libro, que el ruido es más importante que eso. Cuando suena la campana o la sirena de la fábrica o cuando el cielo se desploma silencioso después de un ataque terrorista, el ruido -o su ausencia- se carga de significado. El ruido ha sido una amplia categoría en toda la historia humana -una llena de sorpresas y drama.

Estoy con John Cage. “Donde quiera que estemos lo que oímos mas frecuentemente es ruido”, escribió en 1937. “Cuando lo ignoramos no molesta. Cuando lo escuchamos lo encontramos fascinante”. Si abrimos nuestros oídos a sonidos que normalmente despachamos como no musicales o desagradables, o simplemente los ignoramos como algo cotidiano y banal, añade Cage,  volvemos a conectar con toda una serie de experiencias humanas que antes nos pasaban inadversitas. En lugar de preocuparnos por las fronteras habituales entre el ruido y la música, o la cacofonía y el silencio, o el habla y el canto, tenemos que descubrir las virtudes de romperlas.

Así pues, aunque en este libro la palabra “ruido” ocupe un lugar destacado en el título, intenta estirar la definición al máximo -y hacerlo, además, en muchas direcciones. Abarca no sólo la música y el habla, sino también el eco, el canto, los tambores, las campanas, los truenos, los disparos, el ruido de la multitud, los estruendos del cuerpo humano, la risa, el silencio, las escuchas, los sonidos mecánicos, los vecinos ruidosos, las grabaciones musicales, la radio; de hecho, cualquier cosa que haga más amplio el mundo del sonido y la escucha. Cuando pienso en la oratoria en la antigua Roma o estoy ante una a campaña política moderna, por ejemplo, estoy interesado en las palabras habladas, pero estoy incluso más interesado por los sonidos que se emiten: el tono, la cadencia, la voz; por  la forma en que la voz podría haber sido transformada por el entorno en que se escuchó, y por cómo el público respondió. Cuando hablo de la escena del jazz en Harlem en la década de 1920, lo que preocupa no es tanto la calidad musical de Mamie Smith o Ma Rainey como el impacto que tuvieron las grabaciones al permitir que “nuevos” sonidos circularan más allá de un pequeño grupo de personas reunidas en un concierto o un salón de baile y al permitir que la “voz” de una cultura marginada fuera  ‘oída’ como nunca antes por oyentes internacionales.

Dicho lo anterior, todavía quiero volver un poco sobre la idea original del ruido, la de una cosa desagradable y preocupante. Porque, si bien creo que el ruido no es siempre un sonido ‘fuera de lugar’, ni siempre en sentido estricto algo no deseado, tal vez pueda ser considerado como un sonido que alguien en algún lugar no quiere que sea escuchado. Con eso me refiero a que es de una importancia crucial quién consigue hacer ruido y a quién no lo hace, quién consigue hacer oir su voz y quien no, quien consigue escuchar y quien no. El silencio puede ser de oro, o puede ser opresivo. Y como nos muestran la historia de la esclavitud o la historia de la relación entre los propietarios de las fábricas y sus trabajadores, es muy diferente si el asunto es forzado o voluntario.  Así que este libro trata realmente de cómo el sonido puede ayudar a entender algunos de los dramas y luchas de la historia humana de una manera nueva y, espero, iluminadora.

Trazar la historia del sonido es contar la historia de cómo hemos aprendido a superar nuestros temores sobre el mundo natural, tal vez incluso a controlarlos; cómo hemos aprendido a comunicarnos, entendernos y vivir junto a nuestros semejantes; cómo hemos luchado entre nosotros por la dominación; cómo hemos tratado de encontrar privacidad en un mundo cada vez más ocupado; cómo hemos luchado con nuestras emociones y nuestra cordura. Abarca el rugido de la multitud en la antigua Roma, las luchas de poder medievales entre ricos y pobres, las tensiones de la industrialización, el impacto de la guerra, el crecimiento de las ciudades, el parloteo incesante de los medios las veinticuatro horas del día. Atravesándolo todo, tenemos que mantener nuestros oídos en sintonía tanto con los aspectos íntimos de la vida humana como con los épicos. Porque, como nos recuerda la historiadora Elizabeth Foyster, sentidos como la escucha siempre han sido parte de nuestra vida privada, de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de nuestros recuerdos, es decir, “una parte fundamental de lo cotidiano“.

(…)

Copyright © David Hendy, 2013

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