Karl Marx: nueva y discutida biografía

Y llegó! Uno de los libros más anunciados, negociados y esperados de la temporada ha sido, sin duda, el Karl Marx: A Nineteenth-Century Life (Liveright), obra del historiador norteamericano Jonathan Sperber. Y ha de añadirse de inmediato que sus más de seiscientas páginas contienen lo que se anunciaba y que no han defraudado a nadie, bien sea por activa o por pasiva.

En términos generales, se lo ha considerado positivamente, llegando a decir que es la primera reconsideración importante sobre Marx en décadas. Así se han expresado anglosajones y germanos, pues se ha publicado a la vez en ambas lenguas. A partir de ahí, a nadie escapa que la reformulación propuesta -que de inmediato se verá- tiene distintas lecturas en nuestro presente. Por eso mismo, muchos lo saludan sin más, inasequibles al desaliento que nos invade, mientras otros tuercen el gesto ante lo que consideran un intento de desactivar el potencial de Marx. Para ejemplificarlo, presentamos fragmentos de tres reseñas, en decreciente entusiasmo o en progresiva crítica:

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1. Jonathan Freedland, columnista del londinense The Guardian, lo evalúa del siguiente modo en The New York Times:

El Karl Marx que muestra Jonathan Sperber en esta absorbente y meticulosa biografía será desconcertantemente familiar para cualquiera que haya tenido  relación, aunque fuere fugaz, con el mundo de la política radical. Aquí tenemos un hombre nunca más apasionado que atacando su propio flanco, cargando con perennes problemas monetarios y aún dependiente de sus padres para conseguir dinero en efectivo, siempre tramando nuevas aventuras para cambiar el mundo,  con problemas con los plazos y la higiene personal, viviendo en lugares que algunos podrían llamar bohemios y otros dirían  “sórdidos”, y que puede ser enloquecedoramente incoherente cuando no cae en los elaborados vuelos de la teoría y la abstracción ininteligible.

Aún así, es una sorpresa darse cuenta de que el último izquierdista, el padre del propio comunismo, se ajusta a un patrón reconocible. Es como descubrir que Jesucristo organizaba regularmente ventas de pasteles en su iglesia local. Tan inflada y elevada está la imagen global de Marx, ya sea venerado como icono revolucionario o injuriado como fuente del totalitarismo soviético, que es inquietante encontrarse con un verdadero ser humano, un personaje que uno podría esperar encontrarse en la actualidad. Si el Marx descrito por Sperber, profesor de la Universidad de Missouri y especializado en la historia de Europa, viviera en 2013 puede que fuera un bloguero compulsivo y que usara Twitter metiéndose con Andrew Sullivan y Naomi Klein.

Pero eso es hacer trampa. El propósito expreso de Karl Marx: A Nineteenth-­Century Life es disipar la noción dominante de un Marx intemporal -menos  hombre, más canon ideológico- y trasladarlo a donde vivió y perteneció, a su tiempo, no al nuestro. Firme contra de la avalancha de estudios que afirman que Marx es siempre “nuestro contemporáneo”, Sperber se dispone a representar en cambio “una figura del pasado” y no “un profeta de nuestros días.”

Y tiene éxito en la tarea primordial de toda biografía, la de recrear al hombre, una persona que salta a la vista. (…)

(…)

Sperber nos obliga a mirar nuevamente a un hombre cuya influencia perdura. Y también ofrece un modelo útil para saber cómo podríamos abordar otras grandes figuras, especialmente los grandes pensadores de la historia -desmitificando las palabras y los hechos de los que con demasiada frecuencia se consideran perezosamente sagrados. Con todos los libros que se han escrito acerca de los padres fundadores de Estados Unidos, por ejemplo, todavía esperamos el historiador que haga con ellos lo que Jonathan Sperber ha hecho con Karl Marx.

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2. John Gray, afamado filósofo británico de la política, dice lo siguiente en la NYREV:

En muchos sentidos, sugiere Jonathan Sperber, Marx fue “una figura que miraba hacia atrás”, cuya visión del futuro estuvo inspirada por condiciones muy diferentes a cualesquiera de las que prevalecen hoy en día:

La visión de Marx como contemporáneo cuyas ideas están dando forma al mundo moderno ha seguido su curso y es momento de ofrecer una nueva comprensión sobre él como figura de una época histórica pasada, una que cada vez es más distante de la nuestra: la época de la Revolución Francesa, la de la filosofía de Hegel, la de los primeros años de la industrialización inglesa y la de la economía política derivada de ella.

El objetivo de Sperber es presentar a Marx tal como era en realidad: un pensador del siglo XIX comprometido con las ideas y los acontecimientos de su tiempo. Si vemos a Marx de esta manera, muchas de las disputas que perduraron en el siglo pasado alrededor de su legado parecen poco fructíferas, incluso irrelevantes. Afirmar que Marx fue de alguna manera “intelectualmente responsable” por el comunismo del siglo XX aparece completamente equivocado, pero también la defensa de Marx como un demócrata radical, ya que ambos puntos de vista “proyectan sobre el siglo XIX controversias de los últimos tiempos.”

Ciertamente, Marx comprendió aspectos decisivos del capitalismo; pero eran “los del capitalismo que existía en las primeras décadas del siglo XIX”, en vez del muy diferente capitalismo que existe a inicios del siglo XXI. Una vez más, mientras miraba hacia a un nuevo tipo de sociedad humana que vendría después de que el capitalismo se hubiera derrumbado, Marx no tenía ninguna idea sobre cómo lo que tal sociedad sería. Volver a él buscando una visión de nuestro futuro, añade Sperber, es tan erróneo como culparlo de nuestro pasado.

Utilizando como una de sus principales fuentes la nueva edición disponible de los escritos de Marx y Engels, conocida por sus siglas en alemán de MEGA (Marx-Engels-Gesamtausgabe), Sperber construye una imagen de la política de Marx, que es instructivamente diferente de la que se conserva en los analisis al uso. Las posiciones que Marx adoptó raramente fueron dictadas por compromisos teóricos preexistentes sobre el capitalismo o el comunismo. Más bien, reflejan sus actitudes hacia las potenciaseuropeas dominantes y sus conflictos, así como ante las intrigas y rivalidades en las que se vio involucrado como activista político.

A veces, la hostilidad de Marx hacia los regímenes reaccionarios de Europa le llevó a extraños extremos. (,,,)

Del mismo modo, su lucha con su rival ruso Bakunin Mijail por el control de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) refleja más el odio de Marx a la monarquía prusiana y su sospecha de que Bakunin era un paneslavista con vínculos secretos con el zar que su hostilidad haciael sesgo autoritario del anarquismo de Bakunin. Fueron tales pasiones y rencores del siglo XIX, más que colisiones ideológicas del tipo que nos son familiares desde la época de la guerra fría, las que conformaron la vida de Marx en la política.

La visión sutilmente revisionista de Sperber se extiende a lo que comúnmente se entiende como los compromisos ideológicos definitivos de Marx. Tanto hoy como a lo largo del siglo XX, Marx es inseparable de la idea del comunismo, pero no siempre se casó con ella. Escribiendo en la Gaceta Renana en 1842 en su primera pieza tras ocupar el cargo de editor, Marx inició una fuerte polémica contra el principal periódico germano, Gaceta General de Augsburgo, por publicar artículos que defendían el comunismo. No basó su asalto argumentando la  inviabilidad del comunismo: era la idea de que él atacaba. (…)

(…)

El Marx anti-comunista no es una figura familiar, pero hubo sin duda momentos en que compartió el punto de vista de los liberales de su época y posteriores, en los que el comunismo (suponiendo que algo así pudiera lograrse) sería perjudicial para el progreso humano. Este es sólo un ejemplo de una verdad más general. A pesar de sus propias aspiraciones y los esfuerzos de generaciones de discípulos, de Engels en adelante, las ideas de Marx no forman un sistema unificado. Una razón fue el carácter heterogéneo de la vida laboral de Marx. Aunque pensamos en Marx como un teórico instalado en la biblioteca del Museo Británico, la teorización era solo uno de sus pasatiempos y rara vez su actividad principal:

Por lo general, las búsquedas teóricas de Marx tenían que ser compartidas con otras tantas actividades que requerían mucho tiempo: la política de los emigrados, el periodismo, la AIT, evadirse de los acreedores, así como las enfermedades graves o mortales que afectaron a sus hijos y a su esposa, sin olvidar la posterior de su propia enfermedad de la piel en 1863. Con demasiada frecuencia, los trabajos teóricos de Marx fueron interrumpidos durante meses o reservados para altas horas de la noche.

Pero si las condiciones de la vida de Marx congeniaban mal con el trabajo requerido para construir un sistema, la calidad ecléctica de su pensamiento presenta un mayor obstáculo. Que tomaba ideas de muchas fuentes es un lugar común académico. Donde Sperber añade algo a ese eclecticismo de Marx es al sondear el conflicto entre su continua adhesión a la creencia de Hegel de que la historia tiene una lógica inherente de desarrollo y el compromiso con la ciencia que Marx adquirió del movimiento positivista.

Al señalar el papel formativo intelectual del positivismo a mediados del siglo XIX, Sperber se muestra a sí mismo como una guía firme en el mundo de las ideas en las que Marx se movió. En parte, sin duda, porque parece ahora y en algunos aspectos vergonzosamente reaccionario, el positivismo ha sido descuidado por los historiadores intelectuales. Sin embargo, produjo un cuerpo de las ideas de enorme influencia. (…)

Sperber nos dice que Marx describió el sistema filosófico de Comte como “mierda positivista”, pero había muchos paralelismos entre la visión que Marx tenía de la sociedad y de la historia y la de los positivistas:

A pesar de la distancia que puso Marx ante estas doctrinas [positivistas], su propia imagen del progreso a través de las distintas etapas de desarrollo histórico y de una doble división de la historia humana en una época anterior, irracional, y una posterior, industrial y científica, contenía elementos claramente positivistas.

Astutamente, Sperber percibe similitudes fundamentales entre el relato de Marx del desarrollo humano y el de Herbert Spencer (1820-1903), que inventó (y no Darwin) la expresión “supervivencia del más apto” y lo usó para defender el capitalismo del laissez-faire. (…)

(…)

No fue solo su visión de la historia como un proceso evolutivo que culmina en una civilización científica lo que Marx debe a los positivistas. También absorbe algo de sus teorías de tipos raciales. El hecho de que Marx tomara en serio estas teorías puede parecer sorprendente, pero hay que recordar que muchos pensadores del siglo XIX -por lo menos Herbert Spencer- eran devotos de la frenología, y los positivistas creyeron durante mucho tiempo que, para ser plenamente científico, el pensamiento social debía, en última instancia, estar basado en la fisiología.

Comte había identificado la raza (junto con el clima) como uno de los determinantes físicos de la vida social, y el ensayo de Arthur de Gobineau sobre la desigualdad de las razas humanas (1853-1855), una defensa de gran influencia de las jerarquías raciales innatas, estaba inspirado en parte en la filosofía de Comte. Marx reaccionó al libro de Gobineau con desprecio, y no mostró ningún rastro de creencia en la superioridad racial en sus relaciones con su yerno Paul Lafargue, que era de origen africano (su principal objeción al matrimonio fue que a Lafargue le faltaban ingresos regulares). Al mismo tiempo, Marx no era inmune a los estereotipos racistas de la época. Su descripción de Ferdinand Lassalle, el socvialista judío-alemán, que Sperber describe como “un feo arrebato, incluso para los estándares del siglo XIX”, ilustra esta influencia:

Ahora me queda completamente claro que, como prueban la forma de su cabeza y el tipo de su cabello, él [Lassalle] desciende de los negros que se unieron a Moisés en el éxodo de Egipto (o si no, es que su madre o su abuela paterna se cruzaron con un negro). Ahora bien, esta combinación de judaísmo y teutonismo con una base negroide no podía dejar de producir un asombroso producto. La torpeza de este muchacho es también negroide.

(…)

La admiración de Marx por Darwin es bien conocida. Hay una leyenda según la cual Marx ofreció dedicar El capital a Darwin. Sperber lo describe como “un mito que ha sido desmentido en varias ocasiones, pero que parece prácticamente imposible de erradicar”, ya que fue Edward Aveling, el amante de la hija de Marx, Eleanor, quien infructuosamente se acercó Darwin solicitando permiso para dedicarle  un volumen muy popular que había escrito sobre la evolución. Pero no hay ninguna duda de que Marx dio la bienvenida a la obra de Darwin, viéndolo (como dice Sperber ) como “otro golpe intelectual en favor del materialismo y del ateísmo.”

Menos conocidas son las profundas diferencias de Marx con Darwin. (…)

Como el difunto Leszek Kolakowski solía decir, “Marx fue un filósofo alemán.” la interpretación de la historia de Marx no derivaba de la ciencia, sino de la metafísica hegeliana del despliegue del espíritu (Geist) en el mundo. Al afirmar la base material del reino de las ideas, Marx pusdo patas arriba la filosofía de Hegel, pero, en el curso de esta inversión, la creencia  de Hegel de que la historia es esencialmente un proceso de evolución racional reapareció en su concepción de una sucesión de progresivas transformaciones revolucionarias. Este proceso podía no ser estrictamente inevitable; la recaída en la barbarie era una posibilidad permanente. Pero el pleno desarrollo de las fuerzas humanas era todavía para Marx el punto final de la historia. Lo que Marx y tantos otros querían de la teoría de la evolución era un fundamento para su fe en el progreso hacia un mundo mejor, pero el logro de Darwin fue mostrar cómo la evolución operaba sin  referencia a una dirección o estado final. Negándose a aceptar el descubrimiento de Darwin, Marx se volvió hacia las inverosímiles, y ahora merecidamente olvidadas, teorías de Trémaux.

Al situar por primera vez a Marx plenamente en el siglo XIX, es probable la nueva vida presentada por Sperber  sea definitiva durante muchos años. Escrito en una prosa lúcida y elegante, el libro está lleno de ideas biográficas y anécdotas memorables, hábilmente entrelazadas con una imagen convincente de la Europa del siglo XIX e inquisitivos comentarios sobre las ideas de Marx. Las relaciones de Marx con sus padres y su herencia judía, sus años de estudiante, su noviazgo de siete años y su matrimonio con la hija de un no muy exitoso funcionario del gobierno prusiano, la larga vida de la pobreza gentil y el desorden bohemio que siguió están vívidamente retratados.

Sperber describe las varias trayectorias de Marx -y así, comenta Sperber, tuvo más éxito como periodista radical fundador de un periódico que en sus esfuerzos por organizar la clase obrera- y analiza cuidadosamente sus cambiantes actitudes intelectuales y políticas. No puede haber ninguna duda del éxito de Sperber al presentar a Marx como una figura compleja y cambiante, inmersa en un mundo muy alejado del nuestro. Si esto significa que el pensamiento de Marx es del todo irrelevante para los conflictos y controversias de los siglos XX y XXI, es harina de otro costal.

Ni la afirmación de que las ideas de Marx fueron en parte responsables de los crímenes del comunismo ni la creencia de que Marx captó aspectos del capitalismo que siguen siendo importantes hoy en día se pueden descartar tan fácilmente como a Sperber le gustaría.(…)

(…)

Probablemente, Marx entendió la vitalidad anárquica del capitalismo antes y mejor que nadie. Pero la visión del futuro que bebió del positivismo, y que compartió con el otro profeta victoriano que tiene enfrente en el cementerio de Highgate, según la cual las sociedades industriales estaban al borde de una civilización científica en la que las religiones y los conflictos del pasado se desvanecerían es algo que carece de fundamento racional -un mito que, al igual que la idea de que Marx quiso dedicar su obra principal a Darwin, ha sido explotado muchas veces, pero parece imposible de erradicar.

Sin duda la creencia de que la humanidad está evolucionando hacia un estado más armónico ofrece comodidad a muchos; pero estaríamos mejor preparados para hacer frente a nuestros conflictos si pudiéramos dejar atrás la visión que Marx tenía de la historia, junto con la fe del siglo XIX en la posibilidad de una sociedad diferente a cualquiera de las que hayan existido jamás.

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3. Terry Eagleton, reputado teórico y crítico de las distintas manifestaciones culturales,  se expresa en Harper’s Magazine, cosa que hace retomando un texto anterior y añadiendo distintas apreciaciones sobre el volumen de Sperber. Así, destaca del libro tanto su escrupoloso y detallado relato del objeto que analiza como su juicioso rechazo a la hora de demonizarlo o idealizarlo. Dicho eso, Eagleton no coincide con sus apreciaciones. De este modo termina su reseña:

Es curioso que Sperber dedique tanta atención al trabajo de un hombre cuyas ideas considera irrelevantes hoy. “La visión de Marx como un contemporáneo cuyas ideas están dando forma al mundo moderno”, escribe, “ha seguido su curso”. Como personaje, Marx solo tiene interés histórico, y este libro viene más a enterrarlo que a alabarlo.  Es cierto que las ideas de Marx ya no están dando forma exactamente al mundo, pero también es cierto que contribuyen mucho a explicar en qué medida el capitalismo es responsable de los hechos. La generación más joven de hoy puede no estar compuesta por marxistas con carnet, pero una parte considerable es cada vez más vociferante y anticapitalista. Esto no quiere decir que puedan dar una explicación convincente sobre el modo de producción asiático. Más bien, supone decir que se indignan ante la perspectiva de un Estado que usa la riqueza de sus ciudadanos para rescatar a un grupo de mafiosos de las finanzas, y ante un Estado que está convencido de que esta es la única forma concebible de dirigir una economía moderna. En Gran Bretaña, cada verano, miles de jóvenes marxistas, algunos de los cuales son trabajadores que sacrifican sus vacaciones, se reúnen para discutir sobre la posibilidad de conducir nuestros asuntos civiles de una manera menos brutal y menos escandalosamente desigual.

Si Sperber relega a Marx  al museo es en gran parte porque cree que el capitalismo de la época de Marx está demasiado alejado del sistema que conocemos hoy como para seguir siendo relevante. Las ideas de Marx, nos informa, pertenecían principalmente al siglo XIX“. Pero eso mismo se puede decir de Darwin. Los Estados Unidos han cambiado enormemente desde los tiempos de Paine y Jefferson; ¿considera Sperber  que su interés es puramente académico? Las ideas de Jesús nos llegan desde una época muy anterior, pero pocos estadounidenses lo considerarían como una buena razón para rechazarlas de plano. El capitalismo ha experimentado realmente algunos cambios trascendentales desde los tiempos de Marx. Es más global de lo que era, más capaz de colonizar lo más recóndito del espíritu humano, aún más flagrante en sus desigualdades, y azotado por la crisis. La búsqueda de la ganancia aún gobierna la mayoría del mundo, dando lugar a guerras imperiales, trabajo infantil y apestosos tugurios. El proletariado puede que ya bno sea predominante en las fábricas de Occidente, pero su presencia es tan palpable como siempre en los talleres del sur y del este. Estamos, en definitiva, tan lejos como siempre estuvimos de poder tumbarnos a la bartola.

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7 Respuestas a “Karl Marx: nueva y discutida biografía

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  2. Aguardo las criticas al respecto , como dato un Marxologo amigo la recomienda como aporte serio al conocimiento de la personalidad y obra del gran Moreno de Treveris

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