David Lowenthal: la frágil verdad histórica

De David Lowenthal conocemos sobre todo su magnífico El pasado es un país extraño, volumen que hace muchos años acertó a publicar Akal y que ha reimpreso hace poco. Se anuncia incluso una próxima y nueva edición, totalmente remozada, con el título de The Past is a Foreign Country-Revisited (Cambridge). Pero tal cosa ocurrirá a principios del próximo otoño. Mientras tanto,  Lowenthal pone su firma en esa interesantísma sección que, con el rótulo de “The Art of History “, difunde la revista Perspectives. Ya hemos reparado en ella en ocasiones anteriores, con textos de Dipesh Chakrabarty, Gordon Wood y Lynn Hunt. El de Lowenthal lleva por título “The Frailty of Historical Truth. Learning Why Historians Inevitably Err” y dice lo siguiente:

per0313

Qué fastidio son las interminables anécdotas acerca de [William Best] Hesseltine, su seminario y sus estudiantes”, escribió el editor de Wisconsin Paul Hass. Sin embargo, las ignoradas lecciones historiográficas impartidas en ese seminario a mí y a otros merecerían con creces haberse registrado. Explorando las publicaciones de nuestros mentores con profundidad escéptica, los estudiantes aprendieron que el sesgo oculto siempre distorsiona la prueba, que las fuentes secundarias son, ipso facto, poco fiables y que la miríada de pequeños errores presagia innumerables pecados mayores. Aún más, aprendieron que ni siquiera nuestros maestros tienen el suficiente tiempo, la paciencia o la probidad para prevenir todos esos errores y evitar sus graves consecuencias epistémicas. Los historiadores siempre tropezamos con nuestros pies de barro.

En la Universidad de Wisconsin, desde 1932 hasta su muerte en 1963, Hesseltine fue un renombrado cronista de la Guerra Civil y de su posguerra, cuyo “mandamientos” sobre la escritura de la historia todavía se citan a menudo. Sus anatemas prohibían la voz pasiva, el presente, designar a las personas solamente por su apellido y citar a partir de fuentes secundarias. Arremetió contra la creciente ola de la impedimenta pomposa: “no discutir de tu metodología”, “escribir sobre tu tema y no sobre los documentos relativos a tu tema”, “dar todas tus batallas en las notas al pie”. Y – pertinente en el actual aluvión de apología Wiedergutmachung, tentando a los historiadores a convertirse en  moralistas-  “no has de emitir juicio sobre la humanidad en general, ni … perdón a nadie por nada”.  Una celebrante retrospectiva de la apreciada “mezcla extraña de pacifismo, anarquismo, menckenismo, calvinismo y simple perversidad desnuda” de Hesseltine.

El escepticismo era la regla cardinal en el seminario de posgrado sobre métodos que daba Hesseltine. Uno aprendía a “dudar de todo documento y asumía que todos los testigos era unos malditos mentirosos”, recordaba Richard Current. En 1950, los seminarios se iniciaban con un “mandato firme de desconfiar de todo testigo; de ver todos los documentos como si hubieran sido diseñados para engañar”. Al igual que el tonelero aprendía sus destrezas, los estudiantes de Hesseltine dominarían el oficio de historiador. La brutalidad adversaria era rutina. El “mejor seminario era como una pelea de perros”, escribió Current. Para Frank Byrne, la atmósfera, en la que Hesseltine “sacrificaba a cada estudiante por la educación de los neófitos, [era] una reminiscencia de la arena romana”.

Pero los colegas de Hesseltine -Howard Beale, Merle Curti, Chester Easum, Merrill Jensen, Paul Knaplund, Vernon Carstensen- sufrían más que sus estudiantes. Ellos mismos eran los conejillos de indias cuyas publicaciones evidenciaban errores lamentables. Nuestra primera tarea fue revisar la mera precisión de un ensayo, aparecido en una importante revista y escrito por un miembro del personal titular -cada cita, nombre, lugar, título, fecha, editoriales en texto y notas, y la paginación. De cada fuente secundaria se verificaba su conformidad con el original. Por último, se tabulaban los errores, compilando los índices de fallos. Estábamos asombrados -y al controlar a unos mentores en quienes confiábamos, horrorizados- de encontrar un número de errores que rara vez bajaban del 50 por ciento, y muchas veces llegaban hasta el 80 por ciento.

d-lowenthal

Nuestra siguiente tarea fue determinar cómo y por qué se habían cometido dichas faltas. En muchos casos, la dependencia de una fuente secundaria significaba repetir una omisión o error originales. Pero la mayoría de los defectos parecían deberse a una absoluta negligencia. Los descuidados autores habían transcrito errónea o incompletamente las notas de archivo o biblioteca y -esto resultó crucial- no habían tomado la debida precaución de repasar las fuentes antes de  presentarlo o de corregir las pruebas. Nos chocaron y horrorizaron las manifiestas deficiencias de nuestros mayores y mejores. Pero nos ofreció un cauteloso recordatorio. Nos dimos cuenta de que los errores de transcripción no eran la excepción, sino la regla, de que ningún estudioso, por minucioso que fuera, era inmune a ellos y de que los atajos, mediante el uso de fuentes secundarias, agravaban los juicios erróneos y arruinaban puntos de vista fructíferos.

La lección más trascendente remitía al corazón de la integridad histórica. Nuestra próxima tarea, que exigía todo un mes de investigación y análisis, fue elaborar un juicio razonado acerca de si (y si era así, por qué) realmente importaban esos errores. Sin embargo, lamentablemente, la mayoría de los numerosos errores eran, después de todo, pequeños detalles -una página equivocada, un nombre mal escrito, un texto mal datado-, aspectos de poca importancia que no afectaban materialmente a las conclusiones del autor ni molestaban a la mayoría de los lectores. Podían ser fácilmente rectificados sin daños de consideración. Por tanto, dadas las limitaciones de tiempo y energía creativos de los estudiosos, ¿no era mejor perdonar estas faltas? La precipitada disculpa del ocupado perpetrador puede ser suficiente, algo parecido a la respuesta del historiador del arte Ernst Gombrich, cuando uno se ve atrapado en una transgresión trivial, la de “mea culpa, mea minima culpa“.

Por desgracia, resultó ser una conclusión engañosa. Al profundizar en los ensayos, sus pecadillos servían, al igual que los canarios en las minas de carbón, para alertarnos sobre fallos fundamentales. No consultar la fuente original dejaba al  autor a merced de una lectura imperfecta o parcial del intermediario. Para evitar ser influenciado inconscientemente por el sesgo de ese usuario de segunda mano, era esencial ver el original completo. Además, las fuentes originales a menudo revelan datos pertinentes inadvertidos y desconocidos para el perezoso secundario.

Aún más perjudicial era no revisar las fuentes antes de publicar. Pues los errores resultantes iban mucho más allá de simples fallos de transcripción. El examen de sus fuentes mostraba que nuestros autores a menudo malinterpretaban su significado o importancia. Habían aceptado el material que apoyaba sus propias conclusiones, ignorando o menospreciando la evidencia contraria y los puntos de vista alternativos en la misma fuente, a menudo en la misma frase. Solo con volver a leer las fuentes antes de enviar el trabajo a imprenta, nuestros autores habrían evitado la trampa de la selectividad. Al escribir y rescribir, somos propensos a seleccionar y pervertir las pruebas en aras de la coherencia, la consistencia y la credibilidad.

lowenthal-elpasado

Llegamos a la conclusión de que, a falta de una atenta lectura final de los materiales básicos, tales deformaciones eran ineludibles. Todo historiador hace cosas mientras escribe -seleccionar, omitir y reorganizar los datos para ofrecer un argumento claro, un aspecto vívido, una conclusión indudable. Nos habían enseñado a aborrecer el sesgo deliberado, sabiendo sin embargo que la objetividad era como mucho un noble sueño. Sin embargo, no nos habíamos dado suficiente cuenta de hasta qué punto el sesgo inconsciente impregnaba el proceso de recopilación y uso de las fuentes, por no hablar de lo importante que era -y de la cantidad de trabajo que suponía- para minimizar ese sesgo.

Estos hallazgos nos afectaron de tres maneras. En primer lugar, nos advirtieron de que hay que mirar con mucho cuidado la veracidad y las conclusiones de los historiadores, dados los múltiples, aunque aparentemente menores, descuidos. En segundo lugar, eran recordatorios de incalculable valor para nuestra propia investigación doctoral, por lento y costoso que demostrara ser el adherirnos a ello. A mi me supuso una semana adicional en los National Archives, no solo para comprobar mis transcripciones iniciales y sinopsis de los 1.500 y pico  despachos diplomáticos desde el Imperio Otomano e Italia de mi biografiado George Perkins Marsh, sino también para releer los despachos en su totalidad, así como para medir lo que mi penúltimo proyecto de tesis había omitido, ahorrado o mal interpretado.

La tercera lección fue la más preocupante. Por mucho que nos tomáramos estos principios precautorios en serio y nos comprometiéramos ardientemente a respetar escrupulosamente sus principios, nos dimos cuenta de que nunca podríamos hacerlo en todo momento. De hecho, nuestros errores, como los de nuestros mentores, acabarían siendo más numerosos cuanto más atareadas fueran nuestras carreras. ¿Cuántos historiadores se ocupan, incluso teniendo en cuenta los recursos, de volver a comprobar todas las fuentes antes de publicar? ¿Quién fielmente hurga en la fuente original a partir de la cita secundaria, especialmente cuando la tenida por “original” resulta ser otra secundaria dudosa? Tal tarea académica no tendría fin. Así que sabemos que inexcusablemente nos quedaremos cortos.

Este mortificante conocimiento debe fortalecer la humildad, muy alabada por los historiadores que tienen en mente la escritura  y que nos inducen a lavar los disciplinarios pies de barro de nuestros discípulos. “Toda historia debería ser una lección de humildad para nosotros los historiadores”, declaró Charles McIlwain en su conferencia presidencial de 1936 para la AHA . “Lo que todos necesitamos es un mayor sentido de humildad …”, se hizo eco Allan Nevins 23 años después, “porque por muy duramente que busquemos la verdad, no la hallaremos completamente”. Y, sin embargo, “cómo se puede esperar que practiquen la humildad”, preguntó Theodore Hamerow, “en medio de la deferencia” ampliamente reconocida a los historiadores a mediados de siglo”. “La tentación de hacer de adivino era simplemente demasiado grande”.

Al no ser aceptados ya como adivinos, los historiadores han perdido credibilidad pública. Es saludable que se nos recuerde que somos forzosamente falibles, no solo epistémicamente sino también personalmente, subyugados no solo por nuestro resbaladizo objeto sino por nuestro resbaladizo ser. A las limitaciones insuperables del propio género -los datos que son siempre selectivos e incompletos; el abismo insalvable entre los pasados reales y cualquier versión de ellos;  el sesgo derivado de la distancia temporal, la retrospección y las necesidades narrativas-, debemos agregar, y tener en mente, la fragilidad humana. De ahí que con razón accedamos a revisar permanente nuestro trabajo. La corrección continua es obligatoria no solo porque siguen apareciendo nuevos datos, continúan surgiendo nuevas perspectivas y el paso del tiempo actualiza anteriores juicios, sino también porque reconocemos que nunca estamos enteramente a la altura de los principios más exigentes de nuestro negocio.

No debería mortificarnos, pues, si algún sucesor fuera capaz de revelar nuestros errores involuntarios y de poner al descubierto sus lamentables consecuencias históricas. Solo estamos obligados a minimizar esos errores en la medida en que nuestra corta vida lo haga razonablemente posible. Y a impartir a nuestros estudiantes las humildes lecciones que nos transmite la fragilidad de la verdad histórica.

© 2006 American Historical Association

About these ads

2 Respuestas a “David Lowenthal: la frágil verdad histórica

  1. Pingback: David Lowenthal: la frágil verdad hist&o...·

Los comentarios están cerrados.