Los peligros de la historia: entre el erizo y la zorra

Mucho es el interés que ha suscitado el nuevo libro del muy respetado David Cannadine,  interés acompañado de críticas por lo general nada complacientes. Instalado en Princeton desde hace un lustro, el nuevo volumen se titula The Undivided Past: History Beyond our Differences (Allen LaneKnopf). Entre los comentaristas está Jill Stephenson, emérito  de la University of Edinburgh, que lo reseña en THE de forma bastante somera y apresurada. Más centrada resulta la del Times, pero es solo para subscriptores; por lo que les aconsejo la del historiador Richard Overy, vecino además de sello editorial, donde ya anuncia The Bombing War: Europe 1939-45. Overy expone sus reparos en el semanario New Stateman y lo hace en los siguientes términos:

Undivided Past

Este es un libro extraño. David Cannadine, un distinguido historiador de la Gran Bretaña del siglo XIX , se ha arrogado la obligación de amonestar a la profesión histórica por haber creado una serie de inútiles oposiciones en sus narrativas del pasado, haciendo hincapié en la división en lugar de en la colaboración, en las identidades en conflicto en lugar de en una común humanidad. Nos reprende por no haber escrito sobre aspectos tediosos, cuando las personas se llevaban bien unas con otras; a su vez, según él, siempre estamos persiguiendo los momentos de interés noticioso del pasado, cuando la gente evidentemente no lo hizo.

Para ilustrar su tesis, Cannadine aísla seis formas de identidad con las que los historiadores han ayudado a cimentar determinados antagonismos irreales:  religión, nación, clase, género, raza y civilización. En lugar de compartimentar la historia, centrándose en una forma de identidad a costa de otras, Cannadine insiste -¿y quién pondría en duda esto?-  en que tenemos identidades múltiples y cambiantes. Es posible ser mujer, negra, obrera, cristiana y británica, todo al mismo tiempo. Sin embargo, esto es tan obvio que apenas necesita ser dicho. El miedo de Cannadine es que los historiadores impongan a las figuras del pasado -y, por extensión, a los que nos rodean hoy en día- una sola identidad, viendo a todos los trabajadores, por ejemplo, como potenciales proletarios con conciencia de clase; o a todos los cristianos como portadores, a través de los siglos, de prejuicios u odios antisemitas y antiislámicos; o a todas las mujeres como esperando ser liberadas de un construido universo masculino.

La más problemática de estas categorías es la de civilización. Aquí también, Cannadine insiste en que los historiadores se han encargado de adoptar un acercamiento al pasado (y al presente) que ha dividido la humanidad en grandes agregaciones basadas en la idea de civilizaciones separadas e identificables, que, casi por definición, serían antagónicas y que, en manos de diversas generaciones de escritores occidentales, han sido contrastadas con el “bárbaro”.

Esta última categoría, como Cannadine reconoce, se remonta al menos a los antiguos griegos, para quienes el bárbaro era el otro o el extranjero. En el siglo XIX, los historiadores contrastaron la herencia griega y romana y su supervivencia a través del Renacimiento y de la Ilustración con las sociedades “bárbaras” de África y Asia y con los pueblos que encontraron en el Nuevo Mundo.

undividedpast

En el siglo XX, contar civilizaciones se hizo de rigor, con Arnold Toynbee y Oswald Spengler como principales exponentes. El libro de Samuel P. Huntington El choque de civilizaciones (1996) es, para Cannadine, el punto final de este perjudicial esfuerzo por dividir la historia de la humanidad en historias de “nosotros” contra “ellos”. Este esfuerzo está, sugiere, en la raíz de la actual lucha entre los valores y los modos de vida “occidentales”  y la amenaza invisible del terrorismo internacional.

Cannadine escribe sobre todas estas cosas de forma muy atractiva y con su fluidez de siempre. Es sin duda cierto que algunos historiadores del último siglo o así, cuando la escritura histórica occidental se ha profesionalizado y practicado ampliamente, han contribuido a crear conflictos de identidad, de manera exagerada y, a veces, perniciosa. Es tentador proyectar preocupaciones y  prejuicios actuales hacia el pasado, convirtiendo a cada mujer de la Europa del XIX en una víctima de la misoginia universal o cada hombre negro en una víctima de la supremacía blanca. Los historiadores han desempeñado su papel en la creación de identidades nacionales que son más imaginarias que reales, así como en el fomento de las rivalidades nacionales, sin darse cuenta o no.

La historia de la guerra habitualmente la escriben los que la ganan, por lo que las narrativas de “la buena guerra” pasan por alto la terrible realidad de todos los conflictos humanos, especialmente cuando el enemigo se puede definir como bárbaro. No en vano fue la palabra “huno” la que se utilizaba para describir a los alemanes en las dos guerras mundiales (y los historiadores ciertamente ayudaron yendo a la caza de las atrocidades alemanas para, más implícita que explícitamente, confirmar el sobrenombre bárbaro).

Cannadine se reserva su más fuerte acusación  para los historiadores del siglo XX que, desde un punto de vista marxista o submarxista, vendían la perspectiva de Karl Marx de que toda la historia es la historia de la lucha de clases y debe ser escrita como tal. Los archivillanos aquí son, como era previsible, Eric Hobsbawm y E.P. Thompson, aunque la red se puede expandir  ampliamente desde los años 1920 hasta la década de 1970, cuando se dice que el posmodernismo ha desafiado las narrativas “hegemónicas” de nación, clase y élite. Los historiadores que han suscrito al modelo marxista (aunque no necesariamente marxistas) no solo  definieron el pasado en términos de clase, desde la revuelta de Espartaco del 73 aC hasta el triunfo de Hitler en 1933, sino que ayudaron a dar forma a las preguntas que se suponía que otros historiadores debían plantearse sobre el pasado -por tanto, historias interminables de los movimientos sindicales, cooperativas, relaciones laborales e  identidades de clase, por no mencionar el trabajo de Cannadine sobre la aristocracia en declive.

En la década de 1960, el marxismo parecía un sólido punto de referencia para la comprensión de las variedades del pasado. Ahora, nos dice Cannadine, el marxismo está muerto y enterrado, vencido por la forma en que la identidad de clase es en algunos aspectos la más débil de las colectividades impuestas a la historia, incapaz de explicar o de socavar el atractivo de la religión, la nación o el género.

David Cannadine

David Cannadine

Hay algunas objeciones obvias que hacer a la tesis de Cannadine. Claramente no ha prestado atención a la dirección en la que la escritura histórica se ha estado moviendo en los últimos decenios en Gran Bretaña y Estados Unidos. Los temas que ahora interesan a los historiadores se encuentran en la vida cotidiana -el sexo, la moda, la comida, incluso el ruido y la suciedad- y en los espacios entre las viejas narrativas y sus batallas, asesinatos y conmoción. La metodología histórica está ahora arraigada en una obsesión con los pasados “transnacionales” -el tipo de relación fluida entre grupos sociales, unidades nacionales o civilizaciones que Cannadine argumenta que ha sido descuidada. Los contactos, las redes y las traducciones están de moda.

Es difícil pensar en un historiador que todavía se adhiera a las verdades más antiguas, tanto es así que la palabra “clase” (que es un concepto histórico, inventado por Hegel años antes de Marx) es ahora considerada como una reliquia de una época pasada. Una gran parte de la historia de hoy se escribe sobre los historiadores y sobre la forma en que la “historia pública”, como se le llama, ha sido distorsionada por los valores de una generación anterior de escritores. Gran parte de este trabajo, incluyendo el libro de Cannadine, que se basa en sus Trevelyan lectures de 2007 en la Universidad de Cambridge, tiene por objeto refinar las crudas categorías que se han impuesto sobre las sociedades del pasado a fin de comprender mejor y superar los prejuicios y suposiciones persistentes sobre “el otro”. A los escolares se les enseña ahora en las clases de historia a olfatear el “sesgo”.

Una objeción más simple es que a menudo los historiadores han suministrado una voz crítica y disidente, contrarrestando los crudos estereotipos y los prejuicios populares. A pesar de que a actual obsesión en las escuelas inglesas con los nazis sea tal vez excesiva, es sin embargo un poderoso vehículo para la exposición de todas las formas de prejuicio racial y opresión estatal. Precisamente porque la historia es una disciplina difícil y crítica, su capacidad para influir en cómo la gente piensa o ha pensado es mucho más limitada de lo que a los historiadores les gusta afirmar. Las pequeñas camarillas de historiadores invitados a reunirse, por ejemplo, con Margaret Thatcher o George W. Bush eran ornamentales, no esenciales. Durante la mayor parte del tiempo, los historiadores han cuestionado realidades que hicieron muy poco por conformar.

En su introducción, Cannadine concede que sus seis categorías son sostenidas por “expertos, políticos y público en general”, pero añade que “muchos académicos comprometidos” (sea lo que eso sea) quieren definir el mundo en términos de la eterna lucha entre el “bien “y el “mal “. Esto puede ser cierto para las iglesias, cuya hipocresía está expuesta diariamente en la prensa, y para los ingenuos presidentes de Estados Unidos -¿pero para los historiadores? Cannadine ha optado por crear una fila de hombres de paja en lugar de comprometerse con lo que son realmente la mayoría de sus colegas de profesión.

Richard Overy

Richard Overy

Lo más preocupante del argumento de Cannadine es la idea de que de alguna manera los historiadores han ayudado a construir una versión falsa de la realidad. Simplemente no es cierto que para la mayoría grupos sociales, pueblos, imperios y géneros de la historia humana las cosas hayan ido razonablemente bien. Los historiadores reflejan en lo que escriben una realidad heredada, por distorsionada u opaca que su interpretación pueda ser a veces. Sería absurdo sugerir que las mujeres no han sido -y siguen siendo- objetos de discriminación, coerción violenta y violación, sobre todo cuando las instituciones religiosas o las estructuras políticas dictan su absoluta inferioridad. Que las voces de las mujeres se escucharan muy pocas veces en el pasado lejano o que la evidencia parezca mostrar su connivencia con su propia sujeción no disminuye la realidad histórica del poder masculino.

Las mismas objeciones se aplican al petulante rechazo de Cannadine del marxismo. Aunque algunos trabajadores sintieran que eran más católicos que proletarios, o más patrióticos que internacionalistas, o más blancos que de clase trabajadora, el capitalismo industrial fue responsable de la aparición en el siglo XIX de ciudades sucias, mal construidas, habitadas por gentes pobres, con pocos servicios, con enfermedades crónicas y unj bienestar insignificante. Los historiadores no han inventado el antagonismo entre el capital y el trabajo, que tiene sus raíces en las duras realidades sociales.

Por aburridas que puedan ser las historias del sindicalismo, son monumentos a los esfuerzos realizados por la gente común para mejorar su poder de negociación y desafiar a la elite industrial, que se dio cuenta muy tarde de que tratar mejor a los trabajadores mejoraba la productividad y expandía la demanda. Agitadores políticos, economistas y filántropos sin duda contribuyeron al proceso de mejorar la pobreza y desventaja social; los historiadores solo han descrito ese proceso. En lugar de crear divisiones artificiales, la mayoría de los historiadores se esfuerzan por explicar cómo sucedieron y cuáles han sido sus consecuencias.

Es difícil ver qué quiere Cannadine que su profesión haga ahora. Hace un llamamiento a los historiadores académicos a abandonar las divisiones artificiales de la historia de la “identidad” y celebrar una la humanidad común “que todavía nos une hoy”. Se trata de un canto estilo 1960, una ilusión occidental que en nada se parece a la realidad, ya sea del pasado reciente o lejano. La mayoría de los que viven fuera del privilegiado y seguro Ocidente no piensan en una humanidad común, sino en las condiciones de mera supervivencia en un mundo que se asemeja más al de Darwin que al de John Locke.

Sigue habiendo profundas diferencias en el mundo que tienen profundas raíces históricas;  de hecho, es precisamente la arrogancia occidental la que ha asumido que si los talibanes fueran como nosotros no tendríamos que defender “nuestra forma de vida” en la provincia de Helmand. Hay una humanidad común solo en el sentido más banal de que todos comemos, dormimos, tenemos relaciones sexuales y morimos -como lo hacen los conejos y los gorilas. El papel del historiador es seguramente poder comprender esas diferencias y lo que significan, así como  animar a los políticos y a los generales para que respeten y comprendan la diferencia. Sin duda, muchos historiadores esperan que eso sobre lo que escriben también plantee un desafío moral a las muchas formas de discriminación y violencia que aún sobreviven en el mundo. Pero, en última instancia, la vida humana es, como insistió Schopenhauer, una historia de “lucha”. Hacer un llamamiento a una humanidad común no va a cambiar eso.

Leyendo el libro de Cannadine, me acordé de la canción de John Lennon “Imagine”, escrita hace más de 40 años: “Puedes decir que soy un soñador / pero no soy el único / Espero que algún día te nos unirás / Y el mundo vivirá como uno solo”. Sigan imaginando.

 © New Statesman 1913 – 2013

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8 Respuestas a “Los peligros de la historia: entre el erizo y la zorra

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  2. Hola Anaclet,
    ¿por qué “entre el erizo y la zorra”? Pensaba que con esa expresión Berlin se refirió a la diferencia entre la historia total (que busca el sentido de la historia) y la historia más fragmentaria (“que cuenta muchas cosas”). ¿Me equivoco?
    Gracias por tu blog. Saludos,
    Juan

    • Quizá el título sea inadecuado. Berlin no se refiería a eso, ni a la historia, sino al mundo de las ideas, oponiendo visiones centrípetas (erizos) a centrífugas (zorras) o a aquellos que creen que hay una solución frente a quienes dicen que son múltiples. Por supuesto, Berlin veía en el totalitarismo un ejemplo claro de lo primero; hoy diríamos que la idea de austeridad también lo es.

      En fin, remite a la fábula que decía “Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”. Forzando acaso en exceso esa imagen, opuse la idea de humanidad común de Cannadine a la múltiple y conflictiva que defiende Overy. Si la cosa confunde, como parece ser, que no se tome en cuenta.

  3. Me ha gustado el artículo, pero veo que reseña una crítica previa. Mi pregunta es, Sr. Anaclet, por qué el título. Es decir ¿cómo se posiciona usted ante el crítico y criticado?

    Saludos.

    • Espero que valga la respuesta previa. Y, sí, es una traducción. Como verá en la página de “información”, en este blog solo se ofrecen traducciones, con alguna ligera acotación. El trabajo, por lo general, consiste en seleccionar los libros y elegir las reseñas.
      Saludos

  4. Ese es precisamente el valor de este blog. La búsqueda y selección de materiales que nos ahorra a sus seguidores.
    En cuanto al título, todo claro. Gracias por la respuesta.

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  6. Muy buena nota. Me parece positiva la postura de Cannadine, es una alternativa a las posturas más clásicas. Utópica si, pero supongo que los historiadores tambien escriben para poder vivir en un mundo diferente

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