François Hartog: historicidades del siglo XX

François Hartog acaba de publicar un excelente libro: Croire en l’histoire (Flammarion). Como suele ocurrir en Francia, el editor es parco en paratextos que promocionen la obra, así que recurimos a otros medios.

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1. Veamos la entrevista que concedió a Renán Silva, publicada en Historia Crítica a finales de 2012. Allí, al ser preguntado entonces por sus proyectos, manifestaba:

Acabo de terminar dos libros, que deben aparecer en enero de 2013. El primero, que tiene por título Croire en l’histoire, estudia el concepto moderno de historia desde siglo XIX hasta el siglo XXI, a través de la cuestión de la creencia en la historia. Hace un momento hablaba de la pérdida de evidencia de la historia. En el siglo XIX, la Historia, escrita con mayúscula, se convirtió en una evidencia. Este (nuevo) mundo “histórico” ha sido una representación dominante. Los historiadores, con toda seguridad, pero también los novelistas, los artistas, los filósofos y los políticos la han hecho suya. La Historia ha sido el gran objeto de las creencias de la época moderna. Hoy en día ya no resulta ser así, o en todo caso lo es mucho menos. ¿Pero entonces en qué creemos cuando se invoca la historia, incluso con minúscula, o cuando se prefiere recurrir a la memoria? El segundo es un libro de entrevistas titulado La chambre de veille. Se trata de otra manera de interrogar la coyuntura presente a través de mi propia trayectoria intelectual. Cómo ha avanzado esta interrogación sobre la historia, que es al tiempo la pregunta de una vida.

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2. El contenido del volumen lo anunciaba hace tiempo el boletín de la EHESS:  “El siglo XIX fue la gran época de la historia. Se creía en ello con una fuerza y una fe inquebrantables, y se empezó a practicar metódicamente con la ambición de elevarla al rango de ciencia, pero la novela se adueñó… Verdadera teología de la época moderna, guión entre el pasado, presente y futuro, organizaba el mundo y le daba  sentido. ¿Qué pasa ahora, cuando “hacer historia” significa algo más -como en Chateaubriand, desempeñar un papel político, ser motor de acontecimientos-  que ser meramente un historiador, después de haber estudiado y obtenido títulos que justifiquen esa credencial? ¿Podemos creer todavía en la historia? ¿Y creer quiere decir que creemos que tiene un sentido? ¿Quién hace la historia y qué es escribir la historia? ¿El concepto moderno ha quedado definitivamente obsoleto? Continuando con la discusión iniciada en sus libros anteriores, en particular en Évidence de l’histoire, dialogando con artistas (tres comentarios de ilustraciones puntuan el libro ), con escritores (de Balzac a McCarthy) e historiadores (Spengler, Toynbee), François Hartog muestra cómo la evolución del concepto de historia es significativo del cambio gradual de nuestra relación con el tiempo: asistimos a un cierre del futuro y al desarrollo del presente omnipresente, pero también a un auge de la “memoria” (leyes memoriales, el deber de la memoria, el derecho de memoria …)”.

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3. La obra empieza así: “Creemos aún en la Historia?, ¿qué significa hoy en día contestar sí o no a esa pregunta? He aquí la pregunta inicial de esta investigación y de esta reflexión. ¿Creemos en la historia como se creyó en el siglo XIX, con la misma fuerza y ​​la misma fe? Cuando ha devenido evidente, cuando empezamos a practicarla metódicamente, con la ambición de ascenderla a la categoría de ciencia, según el modelo de las ciencias naturales. Cuando la literatura se ha adueñado vivamente de ella,  cuando la novela se ha dado la tarea de escribir ese nuevo mundo atravesado por  la historia. Tomando entonces conciencia de su poder, nos hemos visto atrapados por su fuerza de arrastre, hasta reconocer una nueva figura del destino. Su marcha hacia adelante suscitó reverencia, su capacidad para triturar países y vidas generó pavor. A finaes de 1940, Mircea Eliade se refiere incluso a lo que llamó el “terror de la historia.” Durante un tiempo, confiamos en su tribunal, la hemos convocado en incontables campos de batalla, en su nombre fueron justificadas o condenadas las políticas más opuestas. ¿Cuántos discursos, líricos y realistas, no ha inspirado? ¿Cuántos libros han cercado sus secretos (libros de historia, novelas históricas, novelas)? Cuántos tratados filosóficos han pretendido descubrir las leyes o denunciar las seudo-leyes? Cuántass pinturas o esculturas de Clio, más o menos pensativa, no hemos visto entronizar los edificios públicos?”.

Y concluye de este modo: “llega así a primer plano de nuestros espacios públicos estas palabras, que son también consignas y prácticas y se traducen en políticas: memoria, patrimonio, conmemoración, identidad, etc. Son otras tantas formas de convocar al pasado en el presente, privilegiando una relación inmediata, llamando a la empatía y a la identificación. Para cerciorarse de ello, no hay más que visitar los monumentos y otros museos históricos, inaugurados en gran número en los últimos años. Además, este presentismo está rodeado de toda una serie de ideas o conceptos, más o menos destemporalizados: modernidad, posmoderno, pero también globalización e incluso crisis. ¿Qué es, en efecto, una crisis “sistémica” sino una crisis que dura, delimitando una especie de presente permanente: precisamente el de la crisis del sistema?”

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4. A los interesados en estos temas, no hallarán mejor complemento que el último número de la revista Vingtième Siècle, correspondiente a los meses de enero/marzo. Está dedicada a “Historicités du 20e siècle. Coexistence et concurrence des temps”, con un colofón a cargo del propio Hartog.

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