Asalto a las humanidades (y a las ciencias sociales)

A finales de febrero, la AHA alertada a sus socios y simpatizantes sobre la enésima carga de determinados responsables políticos contra el valor de las humanidades, un ataque que reclama la reducción de fondos para la investigación y que solicita incluso medidas similares para las ciencias sociales. Defendiendo una educación ligada a las demandas del mercado, solo habría lugar para lo que los anglosajones denominan STEM (science, technology, engineering, maths).  La AHA no solamente alertaba, sino que solicitaba la movilización textual. Entre los que han participado en ella, nos quedamos con Carol Geary Schneider, presidenta de la Association of American Colleges and Universities. Su texto apareció publicado en IHE,  con el título de “A Dangerous Assault”. Si bien, como suele ocurrir, recurre a a los intereses nacionales y a la voluntad de preservar el peso de su país en un mundo global, sus palabras expresan la creciente preocupacón de humanistas y otros académicos:

Carol Geary Schneider

[A principios de febrero], en lo que fue considerado como una política de primer orden, el congresista por Virginia Eric Cantor, líder de la mayoría republicana, pidió la eliminación de los fondos de investigación “dedicados actualmente por el gobierno a las ciencias sociales – incluyendo la política….”

Es realmente irritante cuando un importante líder nacional, en una Cámara de Representantes inicialmente creada para reflejar la voluntad política del pueblo, se propone acabar con (o redirigir, para ser exactos) todo apoyo a la investigación en las disciplinas -incluyendo ciencias políticas- que son claramente básicas para la suerte de la democracia y para que los estadounidenses sean capacees de conseguir el liderazgo global.

La única cosa más escalofriante que la verdadera esencia de esta propuesta política es la creciente frecuencia con la que aparecen ahora pronunciamientos similares. El hecho es que las artes liberales y las ciencias sufren un constante asalto por parte de los líderes políticos, tanto a nivel federal como estatal. La tradición de las artes liberales , junto con la fortaleza del poder-hacer de las profesiones, ha proporcionado una ventaja competitiva a este país desde su fundación hasta el presente. Pero indiferentes a la historia, los líderes políticos parecen empeñados en una ruina voluntaria de la fuerza estadounidense en estudios que son fundamentales, tanto para la democracia como para la economía global. Thomas Jefferson, el virginiano que ayudó a articular las conexiones integrales entre artes liberales y libertad democrática, seguramente estaría horrorizado.

Por supuesto, el asalto a la tradición de las artes liberales no se extiende en realidad a los campos de la ciencia y las matemáticas, a pesar de que estos campos sean una parte integral de esa tradición. Más bien, son las humanidades y varias de las ciencias sociales lo que muchos líderes públicos han acabado viendo como irrelevantes (o peor) para el futuro de América. A pesar del vertiginoso ritmo de cambio en la economía, los líderes políticos parecen pensar que una mayor concentración en campos de estudio patentemente relacionadas con el trabajo ahora escaso -las STEM y seleccionadas “carreras profesionales”- de alguna manera puede constiituir toda la gama de habilidades y conocimientos que la sociedad estadounidense necesitará, en su conjunto, en la era de la interconexión global en la que ya hemos entrado.

Antes se decía que la universidad tiene que preparar a los graduados para “empleos aún no creados” y para los complejos retos del futuro. Pero ya no. En marzo de 2011, la Asociación Nacional de Gobernadores pidió una mayor inversión en los estudios universitarios más directamente ligados a la demanda del mercado laboral, asumiendo que, para ello, los Estados Unidos podrían tener que recortar su tradicional sustento a las artes liberales. En Florida, hay una propuesta para cobrar menos a las licenciaturas (majors)  de STEM y más  a las demás, incluyendo otras artes liberales, mientras el gobernador se ha manifestado públicamente en contra de la antropología como licenciatura. En Carolina del Norte, el nuevo gobernador, incitado por comentarista conservador William Bennett (que tiene un doctorado en filosofía), compartió su opinión de que los fondos públicos no deben gastarse subsidiando licenciaturas inútiles, con un guiño especial a los estudios de género. La mayoría de la Cámara de Representantes (legislatura 2010-12) ha dejado constancia de que la ciencia política ya no debe ser susceptible de financiación por parte de la National Science Foundation.

No es necesario, por supuesto, quitarle fondos a las humanidades: el apoyo federal se ha marchitado desde hace mucho tiempo, dedicando un pequeño goteo a toda la gama de las humanidades, sea la historia, la filosofía, la religión, los estudios globales y culturales, las lenguas, la literatura y otras. Sin embargo, los desafíos globales a los que los estadounidenses se enfrentan ahora hacen a las humanidades y las ciencias sociales más centrales que nunca, y no menos, para nuestro futuro competitivo -como economía y como democracia.

¿Cómo podemos imaginar que los EE.UU. puedan seguir liderando un mundo interdependiente cuando la mayoría de los estadounidenses sabemos muy poco acerca de las historias globales, culturas, religiones, valores, o de los sistemas sociales y políticos -los mismos temas que las humanidades y las ciencias sociales pueden ayudarnos a explorar? ¿Cómo contribuiremos los americanos de forma útil a la libertad y el bienestar de las mujeres, los niños y las familias de todo el mundo si los líderes deciden, en el futuro, que los estudios relacionados con las mujeres es una pérdida de tiempo y dinero?

En una serie de estudios nacionales, los propios empleadores -los supuestos beneficiarios de la reducción educativa prevista- han pedido un mayor enfoque en el conocimiento global, una meta imposible de alcanzar si las ciencias sociales y las humanidades se dejan de lado. Para ilustrar las carencias que ya ven, los empleadores debían valorar las recientes contrataciones según diversos resultados de aprendizaje deseados, y dieron a los graduados una calificación reprobatoria en conocimiento y comprensión mundiales.y

survvey

Esta afirmada tradición nacional de estudios sobre el terreno sobre los estudiantes universitarios -sea cual sea su especialidad- con un núcleo fuerte de artes liberales y ciencias ha ayudado a formar generaciones de ciudadanos innovadores que, a su vez, han hecho de Estados Unidos una fuente inagotable de creatividad y dinamismo económicos. Esta es la razón por la  que Steve Jobs observó con tanta frecuencia que el “matrimonio de las artes liberales y la tecnología” fue una clave de éxito mundial de Apple. Pero el aprendizaje depende de una fuerte vitalidad académica. Si el trabajo académico en campos específicos se marchita, no hay manera de que los logros de graduados y ciudadanos  en estas mismas áreas puedan florecer.

Irónicamente, mientras nuestros líderes trabajan de manera proactiva para desmantelar la tradición de las artes liberales en los Estados Unidos, los líderes de nuestros principales competidores en Asia la están abrazando. En Hong Kong, por ejemplo, el sistema educativo se está reformando para añadir “estudios liberales” -es decir, humanidades y ciencias sociales – y educación general en artes y  ciencias en todos los niveles, en las escuelas ya través de un programa de estudios universitario ampliado de tres años a cuatro. Los líderes políticos asiáticos, al parecer, ven el valor de la tradición de las artes liberales con mucha más claridad que los líderes políticos estadounidenses.

Es hora de que los líderes estadounidenses -educadores y empleadores- digan claramente y al unísono que el actual asalto político a las artes liberales es peligroso -peligroso no sólo para la calidad de la educación superior, sino también para el liderazgo global de Estados Unidos, para nuestra democracia y para nuestra economía.

“Si una nación espera ser ignorante y libre”, observó Thomas Jefferson en 1816, “espera lo que nunca fue y lo que nunca será”. Dos años más tarde, en un informe de los comisionados para la Universidad de Virginia, Jefferson ofreció su magistral – y todavía sorprendentemente relevante en el contexto actual – resumen de los objetivos de la educación:

Para dar a cada ciudadano la información que necesita para las operaciones de su propio negocio; para que pueda calcular por sí mismo, y expresar y preservar sus ideas … por escrito; para mejorar la lectura, su moral y sus facultades; para comprender sus deberes para con sus vecinos ysu país, y para cumplir con competencia las funciones a él confiadas por cualquiera de estos;  para conocer sus derechos, para ejercer con orden y justicia los que conserva; … para observar con inteligencia y fidelidad todas las relaciones sociales bajo las cuales será ssituado;  para instruir a la masa de los ciudadanos en estos, sus derechos, intereses y deberes… son los objetos de la educación.

Si leemos cuidadosamente esta declaración, es evidente que estos objetivos solo pueden lograrse mediante una educación que comprenda centralmente el aprendizaje  en ciencias sociales y humanidades, incluyendo, sin duda, el estudio de la vida política y de los principios democráticos.

La idea de que nuestra democracia vaya a sobrevivir, y mucho menos prosperar, si deliberadamente desinvierte en la investigación y el aprendizaje en disciplinas que son tan esenciales para democrática y de la capacidad global es ciertamente una locura preocupante.

About these ads

2 Respuestas a “Asalto a las humanidades (y a las ciencias sociales)

  1. Me han mandado esto de USA en la misma línea. Parexce que allí hay un debate importante que aquí deberíamos propiciar antes de que sea demasiado tarde
    In Ignorance We Trust
    By TIMOTHY EGAN

    Timothy Egan December 13,
    2012, 8:15 pm116 Comments
    In Ignorance We Trust
    By TIMOTHY EGAN

    A packet of letters arrived the other day from the honors English class at St. Lawrence School in Brasher Falls, N.Y. Snail mail, from high school sophomores? Yes, and honest, witty and insightful snail mail at that. They had been forced to read a book of mine.
    “Personally, I don’t like reading about history or learning about it,” wrote one student, setting the tone for the rest of the class.
    “The Dust Bowl? Really?” So began another missive. “When we heard we were reading your book…heads dropped. Let me rephrase that, heads fell to the floor and rolled down the hallway.”
    You get the drift: history is a brain freeze. And, writers of history, well, there’s a special place with the already-chewed gum in nerd camp for them. But as I read through the letters I was cheered. Some of the last survivors of the American Dust Bowl were high school sophomores when they were hit with the nation’s worst prolonged environmental disaster. In that 1930s story of gritty resilience, the Brasher Falls kids of 2012 found a fresh way to look at their own lives and this planet.
    History is always utilitarian, and often entertaining. It stirs the blood of any lover of the past to see Steven Spielberg’s majestic “Lincoln” — at its core, a drama about politicians with ZZ Top beards writing legislation — crush the usual soulless, computer-generated distractions at the box office.
    But history, the formal teaching and telling of it, has never been more troubled. Two forces, one driven by bottom-line educators answering to corporate demands to phase out the liberal arts, the other coming from the circular firing squad of academics who loathe popular histories, have done much to marginalize our shared narratives.
    David McCullough, the snowy-headed author and occasional national scold, says we are raising a generation of Americans who are historically illiterate. He cites Harry Truman’s line that the only new thing in the world is the history you don’t know. And today, in part by design, there’s a lot of know-nothingness throughout the land. Only 12 percent of high school seniors are “at or above proficient” in American history, which, of course, doesn’t mean they’re stupid.
    For knuckleheaded refinement look to the state of Florida, a breeder of bad ideas from its dangerous gun laws to its deliberate attempts to make it hard for citizens to vote. Gov. Rick Scott’s task force on higher education is now suggesting that college students with business-friendly majors pay less tuition than those in traditional liberal arts fields.
    “You know, we don’t need a lot of anthropologists in this state,” the governor said in October. “I want to spend our dollars giving people science, technology, engineering and math degrees. That’s what our kids need to focus all their time and attention on.”
    Notice he said “all.” If the governor, who’s been trying to run Florida like a corporation, had applied the skills of the liberal arts, his approval rating might be higher than 38 percent. Any anthropologist could tell Scott how he misread human behavior in the Sunshine State.
    It’s fine to encourage society to crank out more engineers, computer technicians and health care specialists. We need them. But do we really want to discourage people from trying to understand where they came from? The Florida proposals would enshrine the unexamined life.
    This is but one byproduct of the rage among educators to use math and science like a stick against history, literature, art or philosophy.
    And yet, as McCullough has said, the keepers of academic gates in these fields are their own worst enemies. Too many history books are boring, badly written and jargon-weighted with politically correct nonsense. There are certainly exceptions among the authors — the witty Patricia Limerick at the University of Colorado, for example, or the prolific Douglas Brinkley at Rice. And I defy anyone to read Robert K. Massie’s “Catherine the Great” (enlightened German teenager takes over Russia) or Erik Larson’s “In the Garden of Beasts” (Nazis, oozing evil in diplomatic circles) and not come away moved.
    But in the great void between readable histories and snooze-fest treatises have stepped demagogues with agendas, from Glenn Beck and his paranoid writings on the perils of progressivism, to Oliver Stone and his highly selective retelling of the 20th century.
    One of my best friends in college ripped through chemistry, engineering and advanced calculus courses. And then, degree in hand, he felt strangely uncompleted. On his own, and for a full year, he read Tolstoy, Dostoevsky, Fitzgerald and Civil War histories. He spent the next 30 years at Boeing. No doubt, he was one of the few mechanical engineers who not only was aware of Faulkner’s immortal line — “The past is never dead. It’s not even past” — but also understood what it meant.

  2. Pingback: Asalto a las humanidades (y a las ciencias soci...·

Los comentarios están cerrados.