Escupir sangre: la historia de la tuberculosis

No es que descuidemos el asunto, pero en este blog no menudean los libros relativos a la historia de la ciencia, y de las enfermedades en particular. Entre estas últimas, la que mejor ha combinado las desgracias con el glamour literario es, sin duda, la tuberculosis. Por esa misma razón, son múltiples los estudios, largos y cortos, sesudos y ligeros, que se le han dedicado. A ellos ha de sumarse ahora el de Helen Bynum, que publica Oxford University Press con el acertado título de Spitting Blood: The History of Tuberculosis. Entre los que lo han valorado, que han sido varios, optamos por una pluma habitual, la de Richard J. Evans en THE:

spitting blood

La tuberculosis se ha cobrado muchas víctimas famosas a largo de los siglos, tanto en la ficción como en la vida real, de John Keats a George Orwell, de las hermanas Bronte a Robert Louis Stevenson, de las heroínas de La Traviata de Verdi y La Bohème de Puccini a los tuberculosos que entretenían las horas conversado en La montaña mágica de Thomas Mann. Se puso muy de moda en el siglo XIX, cuando parecía dar a sus víctimas un aire de noble sufrimiento y aumentaba su atractivo sexual. “Estoy pálido”,  se dice que comentó Lord Byron, mirándose en el espejo durante una visita del diarista Tom Moore: “Me gustaría morir de consunción”;  “¿por qué?”, preguntó su invitado;  “porque todas las damas dirían: mirad al pobre Byron, qué interesante parece moribundo! ‘”

De hecho, la tuberculosis era una enfermedad de pobres, alentada por una nutrición inadecuada y propagada por unas condiciones de vida marcadas por el hacinamiento. A medida que la industrialización se extendió por todo el mundo, agolpando a las nuevas clases trabajadoras en fábricas humedas, factorías insalubres y barrios fétidos, las bajas por la tuberculosis se dispararon. En Hamburgo, entre 1885 y 1894, las tasas de mortalidad por esta enfermedad en los barrios más ricos de la ciudad eran de un promedio de 1,3 por 1.000 habitantes, mientras en las nuevas zonas de la clase trabajadora ascendían a 2,6, y eran del 3,4 en las viviendas frente al mar, donde vivían los trabajadores portuarios ocasionales. Las desagradables realidades de la incidencia de la enfermedad se plasmaron en una escena aterradora en Crimen y castigo de Dostoievski, cuando la tuberculosa y pobre viuda Katerina Ivanova, conducida a la miseria por el alcoholismo de su irresponsable marido, y más aún por su eventual muerte, acaba delirando y saca sus hijos a la calle para que canten y bailen por unos cuantos kopeks; detenida por un policía, corre sin aliento, tropieza y cae muerta en la calle, mientras la sangre brota de su garganta. “Lo he visto antes”, dice el policía. “Está tísica”. Su muerte es indigna y grotesca, producto de la pobreza extrema que la ha impulsado no a un estado de exaltación, a un estado mental místico, sino a la locura y a la degradación.

Ha habido muchos buenos estudios de la historia de esta enfermedad, lo cual no es sorprendente dada su casi universal incidencia y la mortalidad en masa que provocaba. Se dice que de ello fallecieron casi 4 millones de personas en Inglaterra y Gales entre 1851 y 1910, tres cuartas partes de tuberculosis pulmonar. Era la mayor de las enfermedades mortales debido a que su presencia era permanente, a diferencia de las epidemias de cólera y de otro tipo que aparecían sólo en intervalos esporádicos. El nuevo tratamiento que ofrece Helen Bynum del tema, que aparece en la colección “Biographies of Disease” de Oxford University Press, destaca sobre todo por su eficiente y precisa cobertura de la historia clínica de la enfermedad (otros estudios, como The White Death: A History of Tuberculosis (Hambledon Press, 1999), de Thomas Dormandy, y The White Plague: Tuberculosis, Man and Society (Rutgers University Press, 1987, original de 1952), de René y Jean Dubos, ambos excelentes a su manera, se han centrado más en el proceso cultural de la tuberculosis). Spitting Blood comienza con la aparición de la tuberculosis como tisis en el mundo antiguo y lleva al lector hasta el presente.

Teniendo en cuenta la influencia de la industrialización en la difusión y profundización del impacto de la enfermedad, no es de extrañar que el siglo XIX fuera la época clásica de la tuberculosis. Su declive en Gran Bretaña y Europa en la segunda mitad del siglo sigue siendo un misterio, algo a lo que Bynum quizás debería haber dedicado una atención más detallada y que evidentemente tuvo algo que ver con la mejora de la vivienda y de la dieta, junto con la “revolución sanitaria”, la “gran limpieza” de pueblos y ciudades  y a la liquidación de los lúgubres suburbios industriales. Cuando declinó la industria del algodón en Salford como consecuencia de la Guerra Civil Americana, la disminución previa de las muertes por tuberculosis se invirtió a medida que las familias de clase trabajadora ahorraban en alquiler y se mudaban a una vivienda más barata y más pequeña y, por tanto, más congestionada, y las mujeres y los niños se quedaban sin comer para mantener fuertes a los cabezas de familia masculinos. Sin embargo, es difícil establecer correlaciones exactas. Lo que estaba claro era que la intervención médica directa tenía relativamente poco que ver, incluso después del tan cacareado descubrimiento del bacilo causante de la enfermedad en 1882 por parte del médico alemán Robert Koch.

Es aleccionador recordar cuánto hace que la tuberculosis se puede tratar con eficacia mediante el uso de antibióticos, especialmente con la estreptomicina. Perdí un tío a por esa enfermedad y aún recuerdo que era mistificada con señales de “No escupa” en los autobuses durante mi infancia. Eran gargajos lo que la gente del campo solía escupir, no sangre, pero aún así podían suponer una infección y era peligroso para todos los que estaban a su alrededor. Ahora la tuberculosis ha vuelto de nuevo. Parte del problema radica en el hecho de que después de haber sido efectivamente superada en el mundo desarrollado, comenzó a desaparecer de las preocupaciones de los gobiernos, médicos y asociaciones de voluntarios que luchaban contra ella, muchos de los cuales eliminaron la palabra “tuberculosis” de sus nombres o ampliaron sus objetivos en la década de 1960 para incluir otras infecciones.

Sin embargo, como todas las enfermedades, la tuberculosis se teje en la fábrica de la sociedad humana y especialmente en los conflictos humanos. La guerra, la revolución, el hambre y la migración la expanden, sobre todo cuando las personas ya debilitadas por la desnutrición son hacinadas en campamentos de refugiados mal administrados y antihigiénicos. La crisis política y la debilidad del Estado en países afectados por la guerra, como Somalia, suponen que la mayoría de los pacientes que inician un tratamiento abandonen el programa antes de completarlo. En el mundo desarrollado, la hospitalización se convirtió políticamente en algo pasado de moda. Las duras políticas económicas y sociales ampliamente adoptadas después de la crisis petrolera de la década de 1970 crearon una subclase de personas sin hogar, los desempleados y vagabundos, entre los cuales la incidencia de la enfermedad comenzó a crecer de nuevo. En 1979, los casos de tuberculosis en Nueva York comenzaron a aumentar justo cuando la oficina municipal (Bureau of Tuberculosis Control) se había liquidado. Cuando vivía en Nueva York en la década de 1980 había grandes extensiones de chabolas quemadas, incendiados por unos propietarios deseosos de reutilizar los terrenos para urbanizarlos: se perdieron 200.000 viviendas (housing units), y las ruinas ennegrecidas se convirtieron en refugio de drogadictos y personas sin hogar, incapaces de recibir el adecuado tratamiento médico a largo plazo debido a que no estaban asegurados. Unas 600.000 personas se vieron obligadas a abandonar las zonas incineradas, lo que aumentó el hacinamiento en otras partes de la ciudad, de renta baja. Conforme estas áreas se fueron aburguesando, el resultado fue el de menos casas, pero más grandes.

Y justo cuando la ciudad comenzó a ser limpiada, el sida hizo su aparición, abriendo una nueva serie de posibilidades para la tuberculosis como infección oportunista.  Hacia 1990, la mitad de los pacientes con tuberculosis en los hospitales de Nueva York eran seropositivos. Además de esto, nuevas cepas resistentes a los medicamentos comenzaron a hacer su aparición. El optimismo de la década de 1960 y principios de 1970, cuando algunos informes hablaban de la “erradicación de la enfermedad”, desapareció. A finales del siglo, se había extendido una vez más por todo el mundo.

Como dice Bynum, la conquista de la tuberculosis es “un trabajo a medias”. Presenta un análisis académicamente persuasivo y convincente, suficiente para que la comunidad mundial de la salud se tome muy en serio la tuberculosis. Los “pasados ​​tuberculosos”, se señala en este libro de fácil lectura y en una conclusión muy pesimista, siguen siendo “nuestro futuro potencial”. Su excelente estudio merece un gran número de lectores, no sólo entre los historiadores, sino también entre una profesión médica que lucha por llegar a un acuerdo ante la reaparición de la tuberculosis.

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