Vivimos una nueva transición

A mediados del pasado mes de septiembre se celebró en Trento un seminario  sobre “Comprendere le epoche di transizione“, subrayando así la importancia de la categoría inspirada en el maestro Huizinga. “La nuestra es una época bisagra,  en torno a la cual el mundo ha girado, un punto de inflexión sin vuelta atrás”, señaló a La Repubblica Paolo Pombeni, coordinador de las jornadas junto con Heinz-Gerhard Haupt. Reproducimos, pues, la entrevista que mantuvo en ese periódico con Simonetta Fiori:

“Transición” es una de las palabras que más se usa en nuestro léxico político. A ella remite la historia de las últimas décadas, pero si se mira de cerca se puede ir más atrás, al arco temporal que va desde entre el final de la Segunda Guerra Mundial hasta los años setenta. Y tal vez  toda la historia occidental sea una “transición”, continúa. Así que, ¿de qué estamos hablando?

(…)

Vivimos en una época de cambios radicales que, sin embargo, nos resulta difícil aceptar plenamente.

Se modifican los paradigmas -nociones cambiantes de familia, trabajo, sexualidad, deber cívico, identidad- pero todavía nos aferramos a las viejas certezas. No queremos renunciar a nuestras formas de pensar, porque tenemos miedo de que sin ellas estaríamos en el vacío. En el mejor de los casos, se intenta enmarcar los nuevos parámetros en lo viejo.

¿Y cómo podemos definir esta etapa en términos históricos?

Ahora voy a ello, pero primero quiero explicar lo que ha hecho nuestro grupo de trabajo. El primer paso fue analizar la relación entre  conservación e innovación. Cada gran época de transición es un entrelazamiento de permanencias y de innovaciones. Nos inspiramos en un libro que fue un punto de inflexión, El otoño de la Edad Media, de Huizinga, aparecido en 1919: el erudito holandés contrasta la idea de fechas clave para explicar cómo en las transicones históricas se unía un lento declive con la incubación de lo nuevo.

¿Y cuál ha sido el resultado?

Esta lectura no era suficiente. Observando la época contemporánea, por un lado nos encontramos con la persistencia de características distintivas de la modernidad: el carácter preminente de la autodeterminación individual; una relación con la naturaleza que excluye cualquier implicación mágica; el predominio de la ciencia como instrumento de la razón y su aplicación a la esfera pública. Por otro lado, sin embargo, no se puede negar que toda esta estructura está en crisis: la autodeterminación individual plantea problemas;  la naturaleza no tienen poderes mágicos, pero tiene un equilibrio sobre el que el dominio del hombre no puede ser ejercitado plenamente: la ciencia y la razón a veces han generado monstruos, como señaló Horkheimer: “En el momento de su consumación la razón se ha vuelto irracional y tonta”. Y la esfera pública no puede ser contenida y racionalizado ni por la economía, ni por la administración, ni por el derecho.

La modernidad, en esencia, parece estar en crisis, pero creemos que no podemos prescindir de ella.

Si, por lo que la hipótesis de que vamos a proponer en Trento es definir la nuestra como una nueva “era axial. “El concepto fue desarrollado originalmente por Jaspers, luego retomado por Eisenstadt y Schluchter  y más recientemente por los sociólogos estadounidenses Robert Bellah y Hans Joas, editores del volumen The Axial Age and its consequences, que Harvard University Press publicará en octubre.

Pero, ¿qué se entiende por Edad Axial?

Es una época bisagra sobre la que el mundo ha girado, de modo que después ya no será el mismo. Ciertamente, dentro de la era axial hay cambios, ampliaciones y e incluso retrocesos,  pero no se modifica lo esencial: con ese punto de inflexión no hay vuelta atrás.

¿Me puede dar un ejemplo en el pasado?

Jaspers y sus seguidores tenían en mente las grandes civilizaciones de la antigüedad clásica: la china, la hindú, la hebraica y la griega entre los siglos IX y  III aC.. Estas civilizaciones desarrollaron la primera salida del hombre de la esfera mágica para colocarlo en la de la razón, es decir, la organización de las formas de entender lo que estaba pasando a su alrededor confiando en su capacidad para relacionar causa y efecto. Entre las edades axiales en la que estos autores estaban pensado no estaba la moderna, aunque Eisenstadt se extendió sobre este terreno. Tratamos de combinar las civilizaciones clásicas con la edad axial de la modernidad, dividida en tres períodos. “

¿Cuáles?

Los dos primeros son bastante obvias. Comenzamos con la a transición entre el final del siglo XV y el siguiente (la era de la reforma, la reorganización de la esfera de los dominios políticos y el nacimiento de la economía moderna). Luego pasamos a considerar el paso entre los siglos XVIII y XIX, de la época de la Ilustración a la aparición de la esfera pública, del constitucionalismo a la primacía de la administración, de la crisis de la conciencia religiosa al surgimiento de las religiones políticas. Más difícil ha sido más difícil elegir el final.

Muchos lo ven en el 89, con el fin del mundo bipolar Este-Oeste.

Nos parece una solución simplista. Puede ser una fecha importante en el plano político, pero no en la estructura profunda de los acontecimientos históricos. Hemos preferido centrarsnos en el período 1945-1973, pues nos parecía una fase que, con un oxímoron, podría llamarse de “estabilización disolutiva”.

¿Qué significa eso?

En apariencia, con la segunda guerra mundial el mundo había llegado a su estabilización, tanto en lo político -incluso en el equilibrio de los bloques- como en el ámbito cultural, con el dominio de la racionalidad occidental. Sin embargo, en cuanto este mundo más se estabiliza  imponiéndose como el único posible, más se debilitan sus estructuras. Y desde los años setenta fuimos llamados a medirnos con un futuro que ya no estaba en los cánones precedentes. Hemos elegido la fecha simbólica de 1973, el año de la primera crisis del petróleo. A partir de entonces todo fue una disolución continúa: crisis culturales, políticas, religiosas. Y la aparición de fuerzas que la antigua filosofía de la modernidad ya no podía dominar, a menos que de manera radical nose aceptara participar en el juego.

Una investigación, la suya, con implicaciones civiles.

Sí, no es una cuestión baladí para los especialistas, pues es el tema de las generaciones presentes y futuras. La sociedad que no entiende que está inmersa en una transición  de naturaleza irreversible sucumbirá en la vana búsqueda de defender la continuación de un pasado que ya está terminado. Y que nunca volverá.

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