Guerra en Sudán

Jeffrey Gettleman, “The War Against the Nuba”, NYREV:

Los accidentados 1.357 kilómetros entre Sudán y la nueva nación independiente de Sudán del Sur constituyen la más conflictiva frontera en el continente africano. Decenas de miles de soldados están concentrados a ambos lados y, a pesar de las negociaciones de paz, las escaramuzas fronterizas estallaron recientemente, muriendo decenas de soldados. Los dos países están profundamente divididos sobre cómo partir las ganancias del petróleo y resolver el territorio en disputa.

La guerra entre el norte y el sur de Sudán es uno de los más largos y más complejos conflictos en África, impulsado por cismas religiosos, raciales, políticas petroleras y un legado colonial especialmente complicado. El primer período de la lucha comenzó en 1955 y duró hasta 1972. Durante el segundo período de conflicto, entre 1983 y 2005, más de dos millones de personas murieron y cientos de miles de personas hambrientas se convirtieron en refugiadas, incluidos niños perdidos, niños del sur de Sudán que fueron condenados a vagar por cientos de kilómetros a través de la sabana, esquivando leones y bombarderos. Uno de los términos del acuerdo de paz que puso fin a la guerra en 2005 fue un referéndum celebrado en 2011 en el que los sudaneses del sur votaron abrumadoramente a favor de independizarse del norte.

Dentro de este conflicto más amplio, la rebelión en las montañas Nuba puede que esté entre los más complicados. También es el que causa una violencia y un sufrimiento más intensos en estos momentos. El ejército rebelde Nuba, con base en Sudán, pero con el apoyo de Sudán del Sur, ha estado dispuesto a combatir a las mucho mejor equipadas fuerzas gubernamentales sudanesas.

     

El pueblo Nuba fue celebrado por Leni Riefenstahl en un libro de fotografías, The Last of the Nuba (1973). Riefenstahl, la famosa cineasta alemana y confidente de Hitler, se ocupó de los nuba por la viva  calidad de sus tradiciones, incluyendo la lucha pública, que se mantuvieron hasta bien entrada la década de 1970 y que continúan en cierta medida en la actualidad. Su territorio, los montes Nuba -en realidad, colinas de alrededor de tres mil pies de altura-  se encuentran justo al otro lado de la frontera de Sudán del Sur. Durante siglos, losnuba se retiraron a estas montañas para escapar de los cazadores de esclavos. Los nubas no son árabes, como los gobernantes de Jartum, y muchos no son musulmanes, sino que siempre han visto a sí mismos más cercanos a los grupos étnicos, muchos con creencias animistas, de lo que hoy es el sur de Sudán. Son oficialmente ciudadanos sudaneses, pero son vistos por el gobierno sudanés de Jartum como enemigos subversivos y  han sido despiadadamente bombardeados y sometidos al hambre.

El verano pasado, me subieron a un avión que transportaba suministros médicos a las montañas de Nuba. El piloto era una fumadora búlgara  que vive en Nairobi con animales exóticos, incluyendo monos y chimpancés, que ella rescata rutinariamete de las zonas de guerra a las que vuela. Había presentado un plan de vuelo engañoso aquella mañana porque nadie debía saber nuestro destino, tampoco los líderes sudaneses, aunque probablemente sabían muy bien a dónde íbamos. El espacio aéreo encima de las montañas de Nuba estaba cerrada en sentido estricto, y la fuerza aérea sudanesa amenazaba con derribar los vuelos no autorizados, incluidos los vuelos de ayuda humanitaria. Nuestro avión se movía lentamente, una Cessna Caravan monomotor repleta de cajas de medicinas y de varias tiendas de lona de gran tamaño para los refugiados cuyos hogares habían sido bombardeados recientemente hasta su total destrucción.

Nos movíamos pesadamente desde Juba, capital de Sudán del Sur, por la zona del Sudd, ese pantano palúdico aparentemente indefinido donde el Nilo se estanca y se extiende sin rumbo a través del paisaje. Los exploradores que buscaban las fuentes del Nilo nunca lo intentaron a través del Sudd. Volamos sobre las sabanas y bosques primordiales antes de llegar a un conjunto de colinas onduladas con el color rojizo de los leones. Llegamos a tierra firme a toda velocidad a través de la hierba alta, con viejos camiones manchado de barro para camuflarse y decenas de soldados rebeldes portando ametralladoras. Nuestro contacto, una amable joven nuba llamada Nagwa, nos llevó a un Land Cruiser que esperaba. “Bienvenido a las montañas de Nuba”, dijo. “Ahora vamos a salir de aquí”.

Justo esa semana, las bombas habían estado cayendo desde  un avión ucraniano Antonov de la fuerza aérea sudanesa. Varios aldeanos habían sido asesinados, incluyendo una niña pequeña que al ir a buscar agua fue cortada literalmente por la mitad por la metralla. En el viaje a Kauda, ​​un bastión rebelde, Nagwa me dijo que la gente estaba tan aterrorizada que huían de sus aldeas en el valle para esconderse en cuevas en la cima de la montaña. Si oye un avión, Nagwa advirtió: “Sólo échese a tierra, o podría ser asesinado”.

Ahora, un año más tarde, la República de Sudán sigue matando a su propio pueblo. Durante el pasado año los servicios de seguridad sudaneses han atacado implacablemente las montañas de Nuba, no sólo con aviones, sino más recientemente con cohetes de fabricación china y miles de fuerzas de tierra, en un intento de acabar con la creciente rebelión nuba. Las granjas, iglesias y escuelas han sido bombardeadas, las mujeres han sido violadas  y un sinnúmero de personas han muerto o desaparecido.

El pueblo Nuba ha tenido roces con el gobierno central sudanés desde antiguoo, quejándose del abandono y la opresión, solicitando más autonomía, una demanda familiar y peligrosa en este país inmenso y heterogéneo que ha sido sacudido por tensiones desde antes de la independencia de Gran Bretaña en 1956. Sudán -o ahora los dos Sudanes- es un lugar complejo, con una vertiginosa diversidad. Antes de que Sudán del Sur se separara, Sudán era el país más grande, geográficamente hablando, de África. Pero también tenía unas demarcaciones internas inusualmente claras, reforzadas por los colonizadores británicos, con la parte sur de mayoría animista y cristiana y el norte de mayoría musulmana y durante mucho tiempo dominado por árabes. El Sudd, que significa “barrera” en árabe, históricamente los separaba, incluso los británicos aprobaron leyes que prohibían la entrada de comerciantes musulmanes al sur.

El gobierno de Sudán ha respondido a los disturbios en las montañas de Nuba en su manera acostumbrada y brutal, desatando el mismo tipo de campaña de tierra quemada que ya realizó antes en el sur de Sudán, en los años 1980 y 1990, y más tarde en Darfur, en la década de 2000. De hecho, todos estos diferentes conflictos del pasado y el presente amenazan ahora con converger en uno solo. Los rebeldes nubas se han asociado recientemente con algunos de los más poderosos de Darfur para luchar conjuntamente contra Jartum. Sudán del Sur ha proporcionado a la nueva Alianza Rebelde ayuda militar encubierta, incluyendo cohetes, tanques y hombres. Los rebeldes nubas solían ser parte del mismo movimiento rebelde – Movimiento Popular de Liberación de Sudán (SPLA)- que ahora gobierna el sur de Sudán. Algunos analistas dicen que la rebelión nuba está siendo dirigida desde Juba.

Los combates en las montañas de Nuba, que comenzaron en junio de 2011, son precisamente los que provocaron los enfrentamientos en la frontera entre el norte y el sur en la primavera, que mucha gente temía que degeneraran en una guerra total. El gobierno de Sudán en Jartum comenzó a bombardear el territorio de Sudán del Sur, tratando de cortar las rutas de suministro desde el sur a los rebeldes nubas. Sudán del Sur respondió enviando fuerzas que cruzaron la frontera y penetraron en el norte, haciéndose con la zona de Heglig, donde está el campo petrolífero más productivo de Sudán. Esto empujó a las dos partes a la disputa más peligrosa desde que la guerra norte-sur terminó oficialmente en 2005.

Sudán no tiene muchos amigos. Su presidente, Omar Hassan al-Bashir, que ha estado en el poder desde 1989, es buscado por la Corte Penal Internacional por genocidio en relación con las masacres de Darfur. Sudán está también bajo una serie de sanciones, algunas de las cuales datan de 1993, cuando Osama bin Laden vivió brevemente en Jartum, y otras que se le han ido imponiendo desde el inicio del conflicto de Darfur. Sin embargo, muchas personas, tanto líderes occidentales como opositores políticos internos de Bashir, se preocupan profundamente por lo que podría suceder si la nueva alianza rebelde expulsa a Bashir, dejando a Sudán sin un liderazgo coherente. Casi cada rincón de este país está lleno de armas y hay un grave riesgo de que Sudán pueda hundirse en una ciénaga tipo Somalia -en la que los diferentes grupos armados dividan el país en feudos en guerra.

Según un informe publicado en mayo por Human Rights Watch, las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF) no sólo luchan contra los rebeldes, sino que están acabando con los suministros de alimentos y las fuentes de agua en las montañas de Nuba, al mismo tiempo que  bloquean la ayuda humanitaria. El informe señala que los nuba de la ciudad de Troji “relataron a Human Rights Watch que, en diciembre, soldados de las FAS prendieron fuego a las reservas de granos, destruyeron los molinos y robadron el ganado”. Otros grupos de apoyo están empezando a hablar de hambruna y a decir que a menos que la situación mejore drásticamente, miles de nuba sitiados pronto podrían morir de hambre. A mediados de mayo, Oxfam indicó: “Estamos en el camino de una crisis catástrofica”.

El gobierno estadounidense ha instado a Sudán a levantar el bloqueo de las montañas de Nuba y a abrir corredores humanitarios en las zonas rebeldes más afectadas. A finales de junio, el gobierno de Sudán indicó finalmente que permitiría algunas entregas de ayuda humanitaria, pero muchas organizaciones de ayuda siguen siendo escépticas, diciendo que el gobierno tiene un historial terrible haciendo honor a su palabra. Además, ahora es la temporada de lluvias, lo que significa que es muy difícil para los camiones de ayuda llegar a las montañas Nuba porque las carreteras están embarradas. China, que opera los campos petroleros en Sudán y Sudán del Sur, también ha ejercido presión sobre las dos partes para reanudar las negociaciones.

El fantasma de una nueva guerra es lo que impulsó en mayo al Consejo de Seguridad a aprobar por unanimidad una resolución que pide el cese inmediato de los combates entre Sudán y Sudán del Sur, amenazando con sanciones si las dos partes no cooperan. Inmediatamente después, la mayor parte de las escaramuzas se calmaron y se reanudaron las negociaciones entre las dos naciones sobre una serie de cuestiones difíciles, como los beneficios del petróleo y las zonas fronterizas en disputa. Pero, a partir de mediados de junio, las negociaciones no han detenido los ataques de Sudán a sus ciudadanos nuba. Las zonas controladas por los rebeldes todavía están selladas. Decenas de miles de refugiados hambrientos, que han estado viviendo de una dieta de frutos y hierbas silvestres, están ahora huyendo.

Las montañas Nuba son una de las partes más distintas culturalmente de Sudán, una región de creencias tradicionales animistas africanas y hogar de docenas de idiomas. Hasta la década de 1970, la mayoría de los nuba no usaban dinero, sino que utilizaban, por ejemplo, el trueque de un puñado de hojas de tabaco por un poco de alambre de acero. Muchos ni siquiera se vestían.   Esto era muy embarazoso para un país musulmán que trataba de parecer moderno, y en la década de 1970 el gobierno sudanés prohibió a los comerciantes vender a una persona que fuera desnuda.

Los nuba son famosos por sus tradicionales luchadores, hombres grandes que lidian por el honor y riquezas en círculos de polvo, generalmente rodeados por cientos de fans apasionados. Después que Leni Riefenstahl publicara sus llamativas fotos  en The Last of the Nuba, Eudora Welty, reseñando el libro para The New York Times en 1974, escribió que las fotos Riefenstahl

tienen una belleza absorbente y una potencia acumulativa …. Nos dan una freca comprensión del hombre, como podría ser, en su majestad original y aceptación de la vida, en su vanidad y valor, su belleza, vulnerabilidad, orgullo.

Las imágenes de Riefenstahl alentaron este tipo de visión romántica de los nuba en Europa y los EE.UU.. Pero desde la década de 1980 los nubas han sido apretados con un fieme torno. A principios de 1980, los rebeldes sudaneses del sur, en su mayoría cristianos y animistas, lanzaron una insurrección contra el gobierno de Jartum, dominado por los árabes. Los rebeldes del sur, liderados por el carismático y astuto John Garang, vieron la oportunidad de atacar a las fuerzas sudanesas del norte desde los montes Nuba. El ejército sudanés respondió ferozmente, primero armando a milicias árabes de la zona y usándolas para la violación y asesinato de los nuba (una táctica utilizada posteriormente en Darfur), y luego con bombardeos masivos de los pueblos nubas  (también una táctica usada en Darfur). Esto llevó a decenas de miles de auba a las filas rebeldes, convirtiendo las montañas de Nuba en uno de los frentes más activos de la guerra civildel entre el norte y el sur de Sudán.

A principios de 1990, el gobierno de Jartum declaró una yihad en las montañas Nuba y comenzó a arrestar a cientos de miles de civiles nubas, obligándoles a alojarse en “campamentos de paz” miserables e infestados de enfermedad. Allí,  muchos nuba se convirtieron al islam a punta de pistola. Asimismo, el gobierno comenzó a llevar a cabo una política deliberada de hambre, de destrucción de las depósitos de alimentos y desplazamiento de personas de sus campos, justo de lo que se le acusa de ahora. Era como si el gobierno quisiera extirpar la cultura y el pueblo nuba de una vez por todas. Sus acciones se describen en Facing Genocide: The Nuba of Sudan (1995), un libro publicado por la organización African Rights, con un prólogo de Alex de Waal, académico muy respetado en Sudán y  miembro entonces de African Rights.

En el año 2002, la guerra civil entre el norte y el sur de Sudán había llegado a un punto muerto y los nuba firmaron un alto el fuego con Jartum. Se concedió un estatus especial se concedió a las zonas de Nuba y el Nilo Azul, otra zona del norte de Sudán que se había aliado con los rebeldes del sur. Todo esto fue codificado en el Acuerdo General de Paz (CPA) de 2005, que puso fin oficialmente a la guerra civil de Sudán. El gobierno de Bush ayudó a que las dos partes alcanzaran el acuerdo final. Condoleezza Rice y otros han señalado que el CPA fue uno de los triunfos de la política exterior de los ocho años de gobierno de Bush.

La cláusula más importante de la CPA fue la previsión de una autodeterminación para el pueblo del sur de Sudán, y en enero de 2011 millones de sudaneses del sur acudieron a las urnas de cartón para votar sí o no a la independencia. Después de haber denunciado tantas masacres y conflictos en la región, me pareció inmensamente esperanzador que tanta gente, que habían sacrificado tanto, participara pacíficamente en su propia y largamente esperada liberación.

El referéndum fue mejor de lo esperado en casi todos los sentidos. La votación fue jubilosa pero ordenada, y los resultados -un 98,8 por ciento en favor de la separación- se dieron a conocer sin demora. Más significativamente, el presidente Bashir, que había luchado durante décadas para evitar este resultado y que iba a perder un tercio de su territorio y dos tercios de su petróleo si el sur se separaba, hizo suyo el referéndum.

De hecho, Bashir no tenía muchas opciones. Las Naciones Unidas, la Unión Africana y las potencias occidentales apoyaban firmemente el referéndum. La Unión Africana, por las simpatías profundas de sus miembros hacia los atribulados sudaneses del sur, venció su resistencia habitual a juguetear con las fronteras. Sin embargo, Bashir y sus seguidores islamistas del Partido del Congreso Nacional, que controla Sudán desde hace años, fueron llevados a creer por los diplomáticos extranjeros que iban a conseguir un “dividendo de paz” por su cooperación. Estaban especialmente interesados ​​en que los Estados Unidos levantaran las sanciones económicas. La mayoría de expertos occidentales en Sudán que conozco piensan que el levantamiento de las sanciones se está retrasando. Sudán, con toda su brutalidad en Darfur y sus continuos ataques contra los nubas, no se ha implicado en el terrorismo internacional desde que Bashir expulsó a Osama bin Laden en 1996. De hecho, las fuerzas de seguridad sudanesas cooperaron estrechamente con los EE.UU. después del 11 de septiembre.

Pero no pasó nada. Cada vez que hablo con funcionarios sudaneses sobre los EE.UU., destacan su decepción y frustración. “Firmamos el CPA y dejamos que el referéndum siguiera adelante, y ¿qué recibimos a cambio? Absolutamente nada”, me dijo un funcionario sudanés.

Después que Bashir asumiera  el referéndum del sur a principios de 2011, el gobierno de Obama comenzó el proceso para eliminar a Sudán de la lista de países patrocinadores del terrorismo. Pero ese proceso dura al menos seis meses. Y cuando Sudán comenzó a bombardear las montañas Nuba en junio de 2011, el gobierno cambió de rumbo y decidió no retirar a Sudán de la lista de organizaciones terroristas. Altos funcionarios de Estados Unidos me han comentado que, con una lectura atenta de la ley antiterrorista, Sudán debe ser eliminado de la lista (porque no hay evidencia de que el gobierno esté patrocinando el terrorismo internacional), pero que eso no es políticamente factible ahora.

La Coalición para Salvar Darfur, con el apoyo de celebridades como George Clooney y Mia Farrow, y otros activistas y sus aliados en el Congreso han logrado vilipendiar tan a fondo al gobierno de Jartum por sus atrocidades en Darfur, y ahora en las montañas de Nuba, que las manos de la administración Obama están atadas. Pero si se hubiera encontrado alguna manera  de convencer al Congreso y recompensar al gobierno sudanés por su aceptación del referéndum de Sudán del Sur, tal vez Bashir y sus afines habrían estado más dispuestos a hacer concesiones. En su lugar, habían quedado escocidos, sentían que se había hecho un gran regalo en manos de la línea dura del gobierno sudanés.

La primera muestra de ello fue la decisión de Jartum de apoderarse de manera unilateral de la disputada zona de Abyei en mayo de 2011, apenas unas semanas antes de que el surse separara formalmente. Este territorio, una de las muchas regiones fronterizas disputadas en Sudán, de unos cuatro mil kilómetros cuadrados, está habitada por grupos étnicos procedentes del norte y del sur, entre ellos el pueblo Ngok Dinka. Abyei es también codiciada porque tiene pastos fértiles y algo de petróleo. De hecho, la mayor parte del petróleo que Sudán usaba para apuntalar su economía en los últimos diez años está a lo largo de la frontera entre el norte y el sur.

Mientras informaba sobre la toma de Abyei, me llegó un documento secreto que revela que el ejército sudanés planeaba ocupar las vecinas Montañas Nuba. “Este es un proyecto de guerra”, me dijo una de mis fuentes , porque decenas de miles de soldados rebeldes estaban escondidos allí y todavía no estaba claro lo que iba a pasar con ellos después de que el sur se separara. A pesar de que los Nuba lucharon valientemente con los sureños contra Jartum, la posibilidad de que se les conceda el derecho a la libre determinación nunca fue una opción, ya que las montañas Nuba están claramente en el norte. Esta es la razón por la que Nuba seguirá siendo una de las cuestiones más difíciles de resolver en Sudán, y la causa por la que la mayoría de los analistas esperan más enfrentamientos.

A principios de junio de 2011, los militares sudaneses irrumpieron en las montañas Nuba, comenzando con un implacable bombardeo aéreo y luego con fuerzas terrestres. Muchas aldeas se vaciaron rápidamente y miles de personas buscaron refugio en las cuevas rocosas, su única protección contra el ataque aéreo. Según el informe de Human Rights Watch:

Los civiles muertos y heridos por los bombardeos aéreos investigados por Human Rights Watch se produjeron principalmente en zonas civiles, donde los testigos indicaron que no había ningún objetivo militar aparente ni presencia de combatientes rebeldes.

Los civiles no estaban armados. Pero, al menos en las áreas que vi, la gente trabajaba en estrecha colaboración con los rebeldes. Por la noche, jóvenes combatientes rebeldes llegaban al recinto donde me alojababa y entregfaban a los trabajadores humanitarios locales fotos de niños y otros habitantes del pueblo que habían sido asesinados en bombardeos indiscriminados. Los trabajadores de ayuda humanitaria usaban luego sus conexiones por satélite para enviar las imágenes al mundo. Una nueva generación de niños perdidos se está generando ahora a medida que los padres envían a sus hijos a hacer un angustioso viaje a los campamentos de refugiados lejos de las montañas.

Este invierno los sudaneses introdujeron una nueva arma en el conflicto Nuba: cohetes de alcance medio Weishi, de fabricación china, que vuelan a tres mil millas por hora y son difíciles de guiar con precisión. El ejército sudanés simplemente dispara una batería de ellos hacia un pueblo a veinticinco millas de distancia, y dado que los cohetes vuelan muy rápido, para cuando los aldeanos los escuchan, ya es demasiado tarde.

No veo cómo puede haber una solución rápida para los dos Sudanes. Ambos se enfrentan aa gobiantes problemas internos -el norte tiene que contar con insurgencias simultáneas en Darfur, las montañas Nuba y el Nilo Azul;  y el sur está lleno de milicias étnicas que han matado a miles de personas en los últimos dos años, desnudando la debilidad de unas fuerzas de seguridad étnicamente divididas.

Al mismo tiempo, la enemistad entre el norte y el sur ha paralizado las economías de ambos. Las dos partes deben trabajar juntas para bombear más petróleo. Sudán solía producir alrededor de 500.000 barriles al día y, mientras la mayoría de ese petróleo está en el sur, el oleoducto de mil kilómetros para exportarlo pasa por el norte, hasta Port Sudan en el Mar Rojo. La dependencia mutua es clara. En cambio, las dos partes no han conseguido acordar la manera de compartir las ganancias del petróleo. El norte quería cobrar más de 30$ por barril por los derechos de tránsito, y el sur quería pagar alrededor de un dólar.

Este invierno, el norte comenzó a apoderarse de los petroleros en Port Sudan repletos de crudo del sur, diciendo que el sur le debía cientos de millones de dólares. Sudán del Sur respondió cerrando por completo la producción de petróleo y prometiendoconstruir un nuevo oleoducto a través de Kenia, que llevaría años, costaría miles de millones y, no por casualidad, correría cuesta arriba a través del Valle del Rift de Kenia, lo que los expertos petroleros dicen que aumentaría considerablemente el mantenimiento. El cierre del bombeo de petróleo inmediatamente desató una crisis de divisas en ambos lados de la frontera, porque el petróleo es crucial para el norte y para el sur, especialmente en el sur, que recibe el 98 por ciento de sus ingresos públicos por la venta de petróleo. Un funcionario del Banco Mundial predijo que la economía del sur pronto se colapsaría a menos que s reanudara la producción de petróleo. En el norte, la inflación se ha disparado y también lo ha hecho el descontento urbano. A finales de junio, cientos de sudaneses se lanzaron a las calles de Jartum y otras ciudades, furiosos por la inflación y el cambio de régimen exigente. El gobierno reaccionó como siempre lo hace: atacando a los manifestantes con porras y deteniendo a periodistas.

Pero una cosa que ha impedido que los dos Sudanes explotaran es la constante atención internacional. Los Estados Unidos, la Unión Africana, las Naciones Unidas y China tienen sus propias razones para evitar que los Sudanes se conviertan en la próxima Somalia. Pocas veces un problema se ha convertido en una crisis cuando hay tantos ojos sobre él. Son los lugares que no vemos los que explotan, como Darfur en 2003 (¿quién había oído hablar de Darfur antes?) o del norte de Malí hasta hace poco, hogar de un novato estado de al-Qaeda que pareció materializarse en el desierto de la noche a la mañana.

Con tantas potencias interesadas y observadores involucrados, no veo una  inmediata guerra en toda regla entre los Sudanes. Sin embargo, por lo de las montañas de Nuba, Abyei,   las disputas por el petróleo y el peso de una historia envenenada, tampoco veo perspectivas de una paz duradera.

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