La psicología nazi

Paul Lerner, autor de Hysterical Men: War, Psychiatry and the Politics of Trauma in Germany, 1890-1930 (Cornell UP, 2003), reseña en el TLS el reciente volumen de Daniel Pick, The Pursuit of the Nazi Mind. Hitler, Hess, and the Analysts (Oxford UP). Estas son sus palabras:

Cuando Rudolf Hess saltó desde un avión de la Luftwaffe y descendió en paracaídas sobre una granja escocesa poco antes de la medianoche del 10 de mayo de 1941 -en uno de los incidentes más extraños de la Segunda Guerra Mundial-, muy probablemente estaba tratando de negociar un acuerdo de paz entre Gran Bretaña y la Alemania nazi. No está claro si estaba actuando por su cuenta o si había hecho contactos previos en el Reino Unido. Tampoco sabemos con precisión cuál es el resultado que esperaba. Tal vez imaginó que sería recibido por los altos círculos diplomáticos, incluso acogido como un héroe. Podría haber previsto que su país le celebraría por su papel al acelerar el final del insensato conflicto anglo-alemán, lo que permitiría a los nazis  dirigir su atención hacia la Unión Soviética, su declarado enemigo racial e ideológico, mientras cedía a Gran Bretaña su dominio de los mares. Sin embargo, con lo que seguramente no contaba era con que fuera a caer en manos de los psicoanalistas.

Como prisionero, Hess parece haber proporcionado alguna información militar útil, pero el impacto perdurable de sus cuatro años de estancia en suelo británico resulta que fue más psicológico que estratégico. De hecho, una vez que se habían curado las lesiones físicas que Hess había sufrido en el salto, los médicos y psicólogos dirigieron su atención a la mente del enigmático nazi, en busca de pistas sobre la mentalidad de sus enemigos alemanes, con la esperanza de descubrir el secreto del atractivo de Hitler sondeando la psique de uno de sus más cercanos secuaces.

Dirigido por el Dr. Henry Dicks, de la Clínica Tavistock de Londres, en las investigaciones sobre el estado mental de Hess no faltaron peculiaridades psicológicas y neurosis. En Hess, Dicks tuvo a un paciente petulante que vacilaba entre períodos de cooperación y arrebatos de hostilidad y paranoia, y que más tarde experimentaba largas fases de pérdida de memoria, ya fuera real o (lo más probable) convincentemente fingida. Hipocondríaco como era, Hess se había traído gran cantidad de medicamentos especiales en el vuelo. Sus hábitos alimenticios exigentes (en parte debido al temor de ser envenenado), su evasión de la responsabilidad de los crímenes nazis y su sexualidad, todo ello se presentaba como algo digno de un análisis más profundo. Los observadores perciben, por ejemplo, una discrepancia entre la conducta hipermasculina de Hess y su relación servil a Hitler, que se considera que encierra una dimensión homosexual. El análisis preliminar de Hess solo parecía ahondar en  en el misterio. La lealtad por encima de todo había caracterizado la carrera de Hess como mano derecha de Hitler en el partido nazi: su aparición en El triunfo de la Voluntad de Leni Riefenstahl ofrece una vívida ilustración visual de su devoción incondicional al Führer. Se le muestra introduciendo servilmente a Hitler y luego mirándole con admiración mientraseste se dirige al Partido en el Congreso de Nuremberg. Sin embargo, al emprender su aventura británica, es casi seguro que Hess actuó sin el conocimiento ni la aprobación de Hitler; más aún, se dijo que este montó en cólera cuando se enteró de los hechos al día  siguiente. Hess, además, negó rotundamente cualquier responsabilidad personal por la persecución alemana de los judíos,  culpándoles del abuso al que fueron sometidos, segun sus fantasías de la omnipotencia de los judíos y de sus poderes sugestivos y seductores.

Terminar en el diván del analista fue un destino irónico para el lugarteniente de Hitler, pues los nazis, como es bien sabido, habían condenado al psicoanálisis como una “ciencia judía”, despreciado su “degenerada” obsesión con la sexualidad, y -al menos oficialmente- desterrado del paisaje académico y clínico del Tercer Reich. En consecuencia, el ascenso de los nazis en Alemania y la Anschluss de Austria en 1938 provocó la emigración masiva de analistas centroeuropeos, desplazando los centros del psicoanálisis de Viena, Berlín y Budapest a Londres, Boston y Nueva York. En el momento que Hess dejó Alemania, el psicoanálisis, con la ayuda de la avalancha de refugiados que llegaban con el prestigio de la ciencia médica alemana, había logrado aumentar su visibilidad e influencia en la psiquiatría y la cultura angloamericana, e incluso en los asuntos políticos.

El encuentro entre Hess y Dicks, entre el bastión nazi y el médico británico que se movía en círculos freudianos, es fundamental en el la excelente nuevo libro de Daniel Pick, The Pursuit of the Nazi Mind. Hitler, Hess, and the Analysts. Pick trata el episodio de Hess, así como otros momentos en el compromiso psicológico y psicoanalítico con Hitler y sus seguidores. Historiza las perspectivas psicoanalíticas -aquí en sentido amplio- sobre el fascismo y muestra que los psicoanalistas, psicólogos y científicos sociales freudianos fueron capaces de hablar sobre el nazismo con autoridad e influencia a ambos lados del Atlántico. Pick, un distinguido historiador de una amplitud de miras considerable, además de psicoanalista, es el autor ideal para este estudio. Su tratamiento del psicoanálisis está a la vez históricamente enmarcado y teóricamente matizado, evitando hábilmente caer en las trampas de la psicohistoria o la psicobiografía, aunque defiende la pertinencia del psicoanálisis como modo de explicación social. Así pues, Pick no está analizando la mente nazi en sí misma, sino proporcionando más bien un repaso histórico de esta búsqueda en la década de 1940 y más allá.

Mientras Dicks recorría su camino a través del laberinto de la mente de Hess, sus colegas en los Estados Unidos estaban trabajando de forma independiente para comprender la mentalidad nazi. La OSS (Office of Strategic Services), que formaba parte de la infraestructura de la inteligencia estadounidense en tiempo de guerra, estaba dedicada a sus propias investigaciones psicológicas sobre el enemigo. Bajo el liderazgo de “Wild” Bill Donovan, cuya apertura y eclecticismo fomentaron una especie de aproximación del tipo de “pruébalo todo” para entender y socavar la amenaza alemana, el psicólogo freudiano Walter Langer fue contratado para analizar la mente de Hitler, un proyecto que llevó a cabo junto con estudios paralelos y superpuestos sobre el funcionamiento de la propaganda nazi y la perspectiva de desnazificación y democratización de la Alemania del futuro. Por supuesto, trabajando sin el beneficio del contacto directo y personal con su objeto, Langer se vio obligado a depender de los materiales recogidos por la OSS para sacar conclusiones sobre el desarrollo psíquico de Hitler y su influencia casi hipnótica sobre el pueblo alemán.

Los hallazgos de Langer, presentados a la OSS en 1943 y publicados dos años más tarde como The Mind of Adolf Hitler, retratan a Hitler como un personaje perturbado, atormentado con fijaciones y fetiches, un masoquista pervertido, cuyos delirios acerca de los judíos y cuyo dominio de su pueblo estaban envueltos con su propia infancia conflictiva y el subsiguiente auto-odio. En la formación de esta imagen, Langer se aprovechó de detalles tales como la cercanía de Hitler a su madre, su miedo a su abusivo y formidable padre, su tensa relación supuestamente sexual con su sobrina Geli Raubal y su falta de interés físico en las mujeres después de su suicidio. Este retrato puede haber parecido un tanto peculiar en su día, y parece absurdo hoy, pero dio en el blanco en algunos aspectos importantes. Tratando a Langer con tacto y simpatía, Pick  legítimamente le da crédito en la identificación de los impulsos autodestructivos del Führer. Ya en 1943, Langer previó que la guerra sólo podría terminar con la destrucción completa de la Alemania nazi y la propia muerte de Hitler. Por otra parte, los historiadores y teóricos del fascismo todavía se toman en serio la idea de que había un componente erótico en la relación de Hitler con el pueblo. Y la idea de que había algo sexualmente patológico en los nazis ha sido un tema permanente y resonante desde 1930. Continuó en la denuncia del movimiento estudiantil alemán de la presunta mojigatería de los nazis en la década de 1960, en los salaces (e infundados) rumores acerca de los programas de reproducción de las SS, en la lectura de la cultura nazi como la unión hipermasculino de un cuadro de reprimidos -y en algunos casos no tan reprimidos- homosexuales, e incluso en la erotización de las carceleras sádicas de los campos en el cine de la posguerra y la literatura. De los nazis, en nuestros intentos desesperados para darles sentido, se ha  dicho que tenían muy pocas relaciones sexuales, que practicaban demasiado el sexo o que simplemente era el tipo de sexo equivocado.

Pick dedica las secciones posteriores a los estudios sobre La personalidad autoritaria dirigidos por Theodor W. Adorno, a los juicios de Nuremberg y a la desnazificación, centrándose de nuevo en el papel de la psicología y el psicoanálisis en el diagnóstico de los líderes nazis y sus seguidores. En conjunto, los libro señala la gran y a menudo olvidada influencia del pensamiento psicológico y psicoanalítico sobre la percepción de la amenaza nazi y los intentos de contrarrestar la influencia de Hitler sobre los alemanes durante la guerra. Posteriormente, como muestra Pick, el psicoanálisis y otros campos afines contribuyeron a debatir sobre la culpabilidad de los perpetradores nazis, la culpabilidad de los alemanes “corrientes  y el problema de los aliados a la hora de hacer ciudadanos democráticos de los antiguos fascistas. Exhaustivamente investigado y atractivamente escrito, The Pursuit of the Nazi Mind rinde un importante servicio al volver a insertar la psicología y el psicoanálisis en los debates de mediados del siglo XX sobre el totalitarismo y las atracciones del fascismo. Que las explicaciones contemporáneas sobre la “locura” de Hitler e incluso de toda la nación alemana recurrieran tan a menudo a términos psicológicos no constituye ninguna sorpresa, pero mostrar la posición prominente del psicoanálisis dentro de esos debates es una aportación historiográfica importante y fascinante. El hecho de que la descodificación de los secretos de la sexualidad de Hitler, por ejemplo, se considerara crucial para la comprensión, la derrota yel enjuiciamiento del enemigo nazi representa una visión histórica profunda y reveladora.

Por desgracia, no siempre está claro en este libro cuánta influencia tuvieron los protagonistas de Pick. Después de dedicar más de un capítulo al informe de Langer, Pick señala que fue dejado de lado por la OSS y que probablemente tuvo poco impacto. Del mismo modo, los jueces de Nuremberg mostraron escaso interés en las explicaciones psicodinámicas. Así, el lector se queda sin una visión completa sobre si los trabajo de Dicks, Langer o cualquiera de los otros personajes que emergen profusamente en las páginas de este libro fueron fundamentales en la lucha contra la Alemania nazi. El tema, por otra parte, puede ser un poco resbaladizo, dado que gran parte del libro no es acerca de psicoanálisis freudiano en un sentido estricto, sino que ofrece una serie de enfoques que proceden o han sido influidos por él en algún grado.

Sin embargo, estas ligeras críticas son algo menor comparado con la enorme contribución del libro tanto a la historia del psicoanálisis y las ciencias humanas como al estudio del nazismo. Y aunque el enfoque de Pick es fundamentalmente histórico, concluye con una pensada súplica en favor de la relevancia de los enfoques psicoanálisis y psicológicos en la comprensión de los temas históricos, al menos los extraños y difíciles de comprender como el fascismo. En efecto, para dar sentido a los crímenes monstruosos de la mitad del siglo XX, así como a las figuras más bien anodinas e incluso vacías que los diseñaron, la caja de herramienta del historiador materialista no es suficiente. El psicoanálisis, cuya propia historia está tan sorprendente entrelazada con la historia del fascismo, puede arrojar mucha luz sobre el magnetismo de los líderes carismáticos y la dinámica de sus seguidores. Ello demuestra que es una herramienta indispensable para el análisis de la inscripción de los eventos traumáticos en las formas de expresión cultural. Incluso podría ayudarnos a entender el persistente, y a veces lascivo, interés de nuestra sociedad por los nazis y su sexualidad.

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