Asia y Occidente

Lo señalaba este verano el NYT. Habemus cierta polémica sobre las relaciones este-oeste y el motivo es el nuevo libro de Pankaj Mishra: From the Ruins of Empire: The Revolt Against the West and the Remaking of Asia (Allen Lane).

Para calibrar el debate, para el que más adelante ofreceré una poca munición, vayamos con la reseña que el reputado Mark Mazower hace de ese volumen en el FT:

“Oh, Oriente es Oriente y Occidente es Occidente, y nunca se encontrarán los dos”, escribió Rudyard Kipling en 1889. Esto no era sino una ilusión, y nadie lo sabía mejor que el poeta del mismo Raj imperial: de hecho, ese mismo año Kipling visitó Hong Kong y lamentó el probable impacto de llevar las vías férreas y los periódicos a China. “¿Qué -advirtió-  pasará cuando China realmente despierte?”

Con el imperio británico en el cénit de su poder, no era una preocupación inmediata. Los chinos podían enorgullecerse de evitar el destino de un “país perdido” como la India, con sus virreyes y su emperatriz extranjeros, pero la dinastía Qing fue perdiendo el control y sólo unos pocos años después la rebelión nacionalista Boxer sería brutalmente aplastada por una fuerza expedicionaria occidental, lo que precipitó una crisis que China no remontó hasta pasado medio siglo.

Sin embargo, muy poco a poco, el balance global estaba empezando a inclinarse en la otra dirección. Cuando Japón aniquiló gran parte de la flota rusa en el estrecho de Tsushima en mayo de 1905, se anunció al mundo el surgimiento de la primera potencia no occidental en los tiempos modernos. La primera guerra mundial precipitó un profundo examen de conciencia en Europa y La decadencia de Occidente, la obra de Oswald Spengler tan cargada de penumbra, captó el ambiente de pesimismo weimariano. Informando desde las líneas del frente greco-turco en Anatolia, el historiador Arnold Toynbee vislumbró un nuevo poder en el este, y el gradual decrecimiento de esa “sombra sobre el resto de la humanidad [que] es arrojada por la civilización occidental”. En tanto el intento de Grecia por el imperio fue rechazado por el ejército turco nacionalista liderado por Mustafa Kemal (más tarde Atatürk), Toynbee extraía implicaciones mundiales: Europa, advirtió, ya no podía pagar su tradicional indiferencia hacia el este y ahora tendría que llegar a un acuerdo con la existencia de otras civilizaciones.

Sus palabras no fueron atendidas inmediatamente, y algunos dirían que Occidente tiene todavía mucho camino por recorrer para aceptar otras tradiciones culturales e intelectuales como realmente iguales. Sin duda, la disminución de su predominio económico y el actual despertar chino que Kipling había previsto aceleran el proceso. Este libro inteligente y vivaz de Pankaj Mishra, escritor indio cuyos trabajos anteriores han explorado el entramado de pensamientos y creencias contemporáneos europeos y asiáticos, también puede ayudar. From the Ruins of Empire ofrece una explicación de cómo, en el apogeo de hegemonía global europea, intelectuales árabes, persas, indios, chinos y japoneses respondieron a la intrusión de colonos, diplomáticos y mercaderes. Soñando con la resistencia y la reafirmación, abogaron por la solidaridad – a veces de los musulmanes, a veces de los asiáticos – y sintieron una profunda humillación en su impotencia ante el desequilibrio de poder global. La idea de que lo que estaba ocurriendo era una gran enfrentamiento entre las fuerzas de la modernidad occidental y la tradición oriental siempre ha apoyado una visión bastante benigna y con frecuencia francamente celebratoria de “la expansión de Europa”. Mishra acepta el paradigma, pero no hay nada que sea muy positivo en el relato visto a través de los ojos de sus víctimas y críticos.

El primer pensadorde ese tipo es la misteriosa figura de Jamal al-Din al-Afghani, que nació en un pueblo en el noroeste de Persia en 1838 y falleció en Estambul en 1897. Un chií que se hizo pasar por musulmán suní de origen afgano, cuyas andanzas -entre Persia, Afganistán y el Raj, las tierras otomanas, Egipto y Rusi – le dieron una aguda apreciación de las posibilidades del Islam como fuerza política antioccidental. Cuando los funcionarios de Whitehall pasaban noches en vela pensando en la amenaza panislámica al Raj, Egipto y Sudán, en buena parte era gracias a Afghani y a los que él inspiraba. Más tarde, sus acólitos incluyeron a  los nacionalistas egipcios anteriores a la Primera Guerra Mundial, así como a figuras clave en el movimiento árabe e indio de entreguerras para restaurar el Califato, un intento fallido de forjar la unidad política entre los musulmanes después de la caída de la dinastía otomana. Tampoco fue olvidado por los intelectuales emigrantes iraníes de la posguerra,  que pasaban sus días en los cafés de la Rive Gauche tramando la caída del sha.

Afghani tenía edad suficiente para haber nacido con las viejas costumbres, pero fuerza suficiente para ver que sin una reforma de la educación, que tuviera en cuenta la ciencia moderna, esas tradiciones perecerían. Perteneció a la primera generación de periodistas en árabe, y comprendió el poder de la palabra impresa: su debate con el historiador francés Ernest Renan sobre la relación entre el Islam y la modernidad fue un encuentro dramático en el que Renan quedó en segundo lugar. Pero al igual que algunas de las otras figuras que Mishra revive para nosotros, Afgana murió como un hombre desilusionado, decepcionado a su vez por los gobernantes de Afganistán, Persia y el Imperio Otomano.

Aunque nació una generación más tarde, en 1873, el reformador chino Liang Qichao ofrece una especie de vida paralela, y no sólo en sus frustraciones. Al igual que Afghani, Liang comprendió el poder de la prensa y empuñó la pluma con efecto contundente,  enseñando (entre otros) al joven Mao Zedong que la reforma política era imprescindible para apuntalar el Estado y salvar a la nación. Y al igual que Afghani, Liang conocía el oeste mucho mejor que el oeste lo conocía a él:  viajó extensamente a través de los EE.UU. y su experiencia de las agudas desigualdades de riqueza y del racismo de la Edad dorada  influyeron en su visión de China.

Un grupo dispar, los pensadores preferidos de Mishra son vagabundos, cosmopolitas anti-coloniales que sueñan con nuevas alianzas de pueblos y que advierten del materialismo occidental y de la necesidad de preservar la espiritualidad y la fe a través de las fronteras. Cuando mira a China, inevitablemente nos hacemos una idea de la atracción del nacionalismo anticolonial, de la atracción del socialismo occidental y del sueño del progreso material. Pero hay poco espacio para los muchos socialistas,  teósofos, feministas y racionalistas que florecieron, sobre todo en el Raj, y el libro en realidad no trata de explicar el repentino giro hacia el socialismo de los intelectuales árabes de entreguerras. De hecho, lo que ofrece es en cierto modo una visión de los caminos no recorridos. Las invocaciones sin fin de la espiritualidad oriental -ejemplificados en los pronunciamientos proféticos del poeta bengalí y premio Nobel Rabindranath Tagore, quien también ocupa un lugar preponderante en este libro- suenan ahora raras. Las actuales élites políticas y empresariales de Asia y el Medio Oriente compiten por el capital occidental. Boutiques y multimillonarios en Mumbai, Prada y Louis Vuitton en Beijing, sin mencionar Dubai: todo esto era prácticamente la visión de Tagore del infierno -el triunfo final del deseo de Occidente de cosas-, pero ha ganado a la vida contemplativa sin mucha lucha.

Tagore, por su parte, era más una figura de su tiempo de lo que concede Mishra. En términos generales, su generación hablaba con tanta facilidad acerca de las “civilizaciones” como lo hacían sus contemporáneos occidentales, como Spengler y Toynbee. Sus pronunciamientos a veces tendían a verdades profundas, pero a menudo se tambaleaban al borde del vacío, y la forma en que ambos, Tagore y Toynbee, fueron abrazados en el período de entreguerras como eruditos-videntes unificadores de un mundo dividido ahora parece claramente exagerada. Resulta interesante preguntarse hasta dónde los orientales de Mishra debían su discurso de declinación civilizacional y resurgimiento, de espíritu frente a la materia, a los orientalistas europeos, que eran a la vez sus profesores y sus oponentes. Pero su deuda con estos últimos podría explicar por qué a menudo surgen como críticos mucho más eficaces de la hipocresía y los defectos occidentales de lo que lo hacen como guías de sus propias tradiciones.

En todo caso, ¿había un “Este”? ¿Cuánto – aparte del dolor de ser tratado con condesdendencia, gobernado y humillado de incontables maneras por europeos y estadounidenses- compartían realmente los muy diferentes credos, lenguas y comunidades históricas de las tierras entre el Mediterráneo y el Pacífico? La verdad es que los cosmopolitas -sea el anticolonial o el comunista- quedaron en general decepcionados por el siglo XX y por la rápida propagación del nacionalismo en el mundo colonial a manos de tecnócratas, militares y funcionarios de partido. En la década de 1930, a más tardar, el panislamismo y el panarabismo habían muerto como proyecto político, y tampoco Nasser ni (mucho más tarde) al-Qaeda tenían alguna posibilidad de revivirlos. En cuanto al panasianismo, más o menos  le fue asestado un golpe mortal una vez que los japoneses lo convirtieron en una excusa para su propia versión del imperialismo.

Mishra alaba el movimiento de países no alineados y, como esfuerzo de los países en desarrollo opuestos a la guerra fría, fue impresionante. Pero no fue el inicio de un tipo de movimiento anticolonial solidario. En el momento en que el imperio se derrumbó, India y China comenzaron su lucha por el liderazgo regional, aprovechando la derrota de Japón. La Asia de hoy carece sorprendentemente de un impulso serio hacia la integración política. Al final, fue la Turquía de Atatürk -al forjar una orgullosa independencia como Estado nacional- la que resultó ser el modelo más potente.

Sin embargo, hay una verdad más profunda en el libro de Mishra que también sigue siendo pertinente. Vivimos en una época en que la llamada comunidad internacional, impulsada por las preocupaciones éticas de Occidente, ya no respeta la inviolabilidad de la soberanía del Estado o la inviolabilidad de las fronteras, e interviene por razones humanitarias con mayor facilidad que en cualquier otro momento del siglo pasado. Los políticos occidentales sermonean a los turcos por el reconocimiento del genocidio, y regañan a los chinos por sus abusos contra los derechos humanos. Tal vez este libro les ayudará a complementar su sentido de la justicia moral con un poco de comprensión histórica. La memoria del imperialismo europeo sigue siendo un factor político vivo en todas partes, desde Casablanca a Yakarta, y si uno está hablando de energía nuclear con Teherán o del futuro del renminbi con los chinos, la diplomacia contemporánea errará si no lo toma en cuenta. Por supuesto, como indica el ejemplo de Robert Mugabe, las élites del mundo en desarrollo pueden tener sus propias y muy egoístas razones para insistir en los males del imperio; sin embargo, esa retórica resuena. A nadie le gusta que le digan qué hacer, y el imperio era sobre todo eso. Como registro de lo que algunos de los comentaristas más perspicaces pensaban de los valores y las pretensiones occidentales, From the Ruins of Empire conserva la facultad de instruir e incluso de sacudirnos. Nos proporciona una visión interesante del vasto y aún inexplorado terreno de gran parte del pensamiento anticolonial, el que dio forma a gran parte del mundo posoccidental en el que vivimos ahora.

Copyright The Financial Times Limited 2012

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Y la anunciada munición. Por supuesto, Pankaj Mishra está en las antípodas de Niall Ferguson, sobre todo de su Civilisation: The West and the Rest. Se puede comprobar en la reseña que publicó en la LRB  ( Watch this man, reseña que tradujimos en este blog) y en un reciente artículo en las páginas de The Guardian.

Quien quiera abundar en el conocimiento de uno de los grandes países asiáticos (India), no tiene más que repasar los dos artículos que este verano publicó Perry Anderson en la citada LRB: “Why Partition?” y “After Nehru“.

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